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domingo, 11 de enero de 2015

Ser o no ser (Charlie)

Ya a estas alturas del partido se ha dividido el mundo entre aquellos que son “Charlie” de los que no son “Charlie”. Es evidente que todos rechazan el feroz ataque terrorista en París (ver a Netanyahu con Merkel juntos es una cosa rara) porque es inaceptable que se asesine a alguien en el nombre de Dios, pero al conocer un poco más del estilo particular de la revista, tan ofensivo, tan anárquico y anti-religioso, ha aparecido una discusión distinta y necesaria, surgiendo la pregunta de hasta dónde debe llegar la libertad de expresión. ¿Es que acaso hay cosas de las que definitivamente no se debe hablar o se puede escribir sobre todo? ¿Qué hacemos con el libertinaje de expresión? ¿Qué se hace con los libertinajes en general? Muchas son las preguntas que salen al aire ante el terror de los execrables atentados terroristas en París. 

No puedo negar que me sentí muy incómodo con algunas de las viñetas de Charlie Hebdo, especialmente con un par en donde representan de una manera vulgar a la trinidad o el nacimiento de Cristo. Pero me es claro que, como leí por alguna parte, el castigo de la blasfemia le corresponde a Dios, no a sus seguidores. Es que la blasfemia puede ser cosa muy relativa. Yo no soy quien para excomulgar o tomar una AKM contra aquellos que ofendieron a Dios. Como el diluvio bien lo expone, él puede defenderse solo. Sin embargo, a pesar de eso, me queda en el aire la sensación de que cualquiera, en aras de lo que sea, puede ofenderme a mí o a cualquier persona. Pero, seamos sinceros, hay personas de ciertos grupos sociales a los que los ofenderán más. Los dibujos ofensivos parecían ser en particular insistentes por parte de Charlie Hebdo hacia una comunidad que en Francia es la más marginada junto con los subsaharianos: los musulmanes. Una especie de marcado desprecio por los arrabales. Una manifestación de poder, a fin de cuentas. 

Entonces, como se tiene cierto poder, que dibujen lo que quieran. Es esta la libertad de expresión. Yo no sé si eso lo sea, pero Cristo, al ser inquirido por un escriba, dijo que la segunda gran norma para nosotros es el “amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos” (cf. Mr. 12:31). El amor como eje de vida, como clave de la fe y el accionar diario. Ya bien sabemos quién es el prójimo por si tenemos dudas (Lc. 10:25-37, la parábola del buen samaritano) y por eso como cristianos nuestros ojos deben estar en el otro, en el darme a él, en hacer comunidad, en el encuentro, en manifestarme con amor hacia él. Como bien dice el mensaje lucano, ese otro puede ser alguien a quien la sociedad desprecia: otra raza, otra religión, otra clase social. De dónde provenga el prójimo es algo que no importa en el mensaje de Cristo. Por eso me es tan extraña la actitud de Charlie Hebdo, porque no es una actitud cristiana. Por eso no estoy de acuerdo con la actitud de sus dibujos. No hay amor, no hay prójimo. Por eso, no soy Charlie.

miércoles, 22 de enero de 2014

Es en nosotros

Jesús comienza su ministerio de manera abierta en algún paraje del río Jordán cerca a Betábara (Jn. 1.28), cuando su primo Juan el Bautista, de ya exitoso ministerio a esas alturas del partido, lo bautiza a pesar de su oposición totalmente razonable: “Yo necesito ser bautizado por ti, ¿y tú vienes a mí?” (Mt. 3:14). El evangelista Lucas es más detallado sobre lo que había significado Juan el Bautista para su nación predicando casi sin nada en el desierto palestino, mendicante, sucio, pero con un giño gigante hacia la figura de uno de los profetas más grandes del Antiguo Testamento: Elías. El pueblo desesperado por la pobreza extrema, la violencia y los romanos, se vuelca a él, se entusiasma esperanzado de que quizá fuera el Mesías tan añorado, el que los liberaría del yugo opresor que los aplastaba. “Yo no soy el Cristo” (Jn. 1:20) les dijo de manera directa a los representantes del poder religioso local. Sin embargo, anuncia que aquel a quien ni siquiera puede atar las correas de su calzado anda por allí, entre la gente. Era, pues, inminente la llegada de un nuevo orden espiritual, de magnitudes impensables, que incluso abrió los cielos el primer día (Mt. 3:16). 

Cristo se bautiza, y pronto consiguió sus primeros discípulos según el relato juanino. Rápido se fue al desierto, a una dura jornada de ayuno, cosa poco común en nuestros tiempos tan edulcorados de malls repletos de consumismo y redes sociales adictivas. ¿Por qué hacerlo? No era tampoco un ayudo en reclusión, al amparo de la sombra, era en el sol furioso de medio oriente, que aturde inevitablemente. Luego de un tiempo largo, larguísimo, dice el evangelio que se acercó el tentador (Mt. 4:3a), quien de manera directa reta la naturaleza especial de hijo de Dios que tenía Jesús. Satisface tu hambre –porque tienes mucha-, deja que el Dios Padre te salve si te lanzas al vacío –lo dice la Biblia-, adórame –pero no gratis. ¡Tendrás poder!-. No eran cosas sencillas de resistir este apetitoso triplete. Demasiados han caído a través de la historia. 

Debemos ir mucho más allá de concentrarnos en la literalidad simple del texto, ya que es evidente de que no hay montaña desde la que pueda verse todo el mundo y tampoco era cosa simple el acceder al pináculo del templo de Jerusalén. La combinación del desierto, la soledad, el poderoso ejercicio espiritual previo al inicio del ministerio de Jesús nos dice algo en extremo claro, con una obviedad extrema: hasta para Cristo, el Emmanuel, el combate fundamental se gesta en uno mismo; en nuestro corazón se da el conflicto más importante de todos, donde resistimos, cedemos o morimos. Ya es claro el por qué Cristo se fue al desierto antes de la tarea tan enorme que ya estaba comenzando. Yo casi nunca fui a ese lugar de catarsis y templaza, y cuando lo hice fue para vivir otro tipo de aridez, muy distinta a la que sirve para aproximarnos a Dios.

domingo, 29 de noviembre de 2009

Economía y misión en la Biblia Clase 1

Hola a todos.

Les adjunto la presentación de la primera clase del curso que estoy dictando en el Centro de Misología Andino-Amazónica de Lima-Perú. Sus comentarios serán bienvenidos.

Un saludo,


jueves, 3 de septiembre de 2009

La revolución sin quórum

Las revoluciones exitosas en la historia siempre poseyeron un causal que ha motivado a los involucrados a empujar sus causas a la victoria final. Sin esclavitud en Egipto el Éxodo pierde su razón de ser. Sin degeneración religiosa no habría existido reforma protestante. Sin las terribles iniquidades de las revoluciones industriales no habría sucedido jamás la revolución bolchevique que clamaba por comida y libertad. Sin gente que sienta que hay injusticia por la que valga la pena levantarse, todo seguirá sin cambios. Quizá aún seríamos cazadores y recolectores.

La dicotomía opresor-oprimido tiene sentido para analizar las revoluciones. En ese contexto, un mecanismo para la perpetuación de la situación es manipular al oprimido de tal manera que considere que todo está bien, que no hay nada que cambiar o que la fuerza que lo exprime es demasiado grande para poder ser combatida. Con pan y circo los romanos olvidaban el día a día. Marx decía que la religión era el calmante principal que atontaba a los pueblos. Muchos pueblos antiguos optaban por el desarraigo, como los babilonios o los incas. Los nazis acallaban a todos a fuerza de tanques, SS y stukas.

En entornos más pequeños, con mucha frecuencia el oprimido no es conciente de su situación. A veces parece como si un masivo síndrome de Estocolmo poseyera a todos los que viven bajo el yugo, escuchando inverosímiles defensas de la situación degenerada. Esto se percibe en especial en los ambientes religiosos en donde se desarrollan comportamientos sectarios; literalmente la frase “lavado de cerebro” cobra aquí gran relevancia. ¿Cómo explicar que padres en su sano juicio permitan que su hija de 13 años se acueste con el líder de la secta y que consideren esto como un gran honor? ¿Cómo entender los miles de soles que los seguidores de “Pare de sufrir” entregan semana a semana a cambio de utensilios carentes de valor, como agua del río Jordán venida directamente del caño del lavadero de la cocina del local de la secta? ¿Cómo comprender a gente pensante que esté dispuesta al suicidio comunitario porque alguien recibió un mandato de quien sabe dónde? Y no pensemos que esto es exclusivo del ambiente religioso. Pensemos en Hitler y su obra en el país cuna de la Reforma, Kant, Hegel, Nietzsche y los avances teológicos más importantes.

Con frecuencia, es más difícil categorizar a la gente en la dicotomía opresor-oprimido. En especial, cuando encontramos matices opresores, junto con desenvolvimientos “estándares-normales” de las relaciones personales. ¿Encontramos aquí las manipulaciones amorosas? ¿La educación mecánica que no fomenta el pensamiento crítico ni la construcción de nuevos paradigmas, que promueve el que otros piensen por nosotros? ¿Los deseos autoritarios de los líderes políticos, sociales y religiosos? Lo peor en esta situación es que el “oprimido” no quiere ver la situación; se siente cómodo como está. Piensa que todo le hace bien, que eso es la panacea, la solución a todos sus conflictos emocionales y hasta espirituales.

Pensemos en la moda de los esquemas dictatoriales en América Latina (Chávez, Morales, Ortega, Correa, y Uribe también). Todos son altamente populares. Pensemos en el enamorado que acepta vez tras vez los desplantes de la amada. Ella hace lo que quiere con él, pero a él no le interesa, hasta se puede decir que es feliz. Pensemos en los muchos pastores con reminiscencias autoritarias (abundantísimos por aquí), con una congregación radiante con él, absolutamente dependiente de sus mandatos y directivas. En este escenario, no hay revolución posible. Los chavistas nos agarrarán a balazos, el enamorado seguirá su camino ofendido con nosotros, los feligreses nos acusarán de fríos, liberales, poco espirituales, herejes, ateos, peligrosos o mundanos. Como dije antes, sin gente que sienta que hay injusticia por la que valga la pena levantarse, todo seguirá igual.

La cuestión es qué hacer si no hay revolución posible por falta de quórum. Una alternativa es la estrategia de la gota en la roca: una tras otra, con los años hará un agujero, esto es, con décadas de sutilezas la gente se dará cuenta de los problemas. Otra alternativa es la del kamikaze: se lanza contra el palacio presidencial o el púlpito para llamar la atención del público de una manera directa y contundente. Otra es la nihilista: vivir los placeres de la vida y que los demás se autodestruyan si quieren, total, cada uno es libre y el que le gusta estar oprimido sin que se de cuenta pues es su problema. Otra es la del camarón dormido: dejarse llevar por la corriente y no hacer nada de nada. También está la del puritano británico: cruzar el mar para construir todo desde cero, sin que nos quieran matar en el intento. También está la alternativa Matrix: ir liberando uno por uno, a quien escuche el mensaje o al que sospecha que algo está raro: le acabamos haciendo escoger entre la pastilla roja o azul.

En realidad, las revoluciones entran en el horizonte del depende. La Biblia habla de vocación profética que denuncia la injusticia y la infidelidad pagana contra Dios, y vemos al mismo tiempo a un Cristo que cara a cara se enfrenta a la religiosidad manipuladora de su época, lo que lo llevó a la muerte en la cruz. Pero Esdras reconstruye el judaísmo casi desde cero, y Pablo arma las bases teológicas de la nueva fe basada en el sacrificio de Jesucristo partiendo del Antiguo Testamento, pero generando algo completamente novedoso. Josías transforma el culto desde dentro; Elías combate a los sacerdotes de Baal desde fuera. Parece ser algo ecléctica la respuesta, totalmente dependiente del llamado personal de cada uno. Unos somos Juanes Bautistas, otros Pablos, otros seremos Pedros y quizá algunos sean llamados a liderar a los macabeos. A lo que no nos llaman es a no hacer nada. Eso si no cabe en las opciones.




sábado, 28 de febrero de 2009

Cincuenta épocas, cincuenta dioses (6)

Una aplicación

Podemos seguir con la casuística bíblica de los J(T,N), ahondando más en la misma idea. Cada época, una aproximación, cada época, un Dios. Bien dice José María Castillo cuando piensa que “…Dios no está a nuestro alcance. Nadie lo ha visto. Y nadie sabe, ni puede saber, cómo es exactamente. Porque Dios, por definición, es el “Trascendente”, es decir, que nos “trasciende”. Y eso significa que está más allá de todo lo que nosotros podemos comprender con nuestra limitada capacidad de saber y de entender. Pero, además de eso, a los cristianos se nos complica más todo este asunto. Porque cualquier ser humano, cuando pronuncia la palabra “Dios”, en realidad está pronunciando una palabra que tiene muchos significados. Los entendidos le llaman a eso una palabra “polisémica”, que quiere decir lo que acabo de indicar: una palabra que tiene significados, a veces, enteramente distintos” (5). Estos significados provocan las cincuenta épocas con sus cincuenta “dioses” ―por decirlo de alguna manera―. Enfatizo: no distintos dioses, sí distintos acercamientos. Son las mil caras de Dios, que se adapta a nuestras circunstancias, a nuestra vida, a nuestro andar paso a paso. Camina con la historia y según ésta vaya evolucionando se manifiesta, cambiando de rostro, enfatizando ciertas cosas de su ser Absoluto; en otro momento gira, muestra otro ángulo desconocido. Es, desde nuestros ojos, un Dios variable (porque siempre observamos algo diferente de Él), pero desde su punto de vista, un Dios demasiado grande para nuestra comprensión que va resaltando aspectos diversos de Él según el ser humano, conciente o inconcientemente, lo requiera.

J(T,N) es una aproximación condicionada por muchas cosas. ¿Qué hace que las aproximaciones se alejen las unas de las otras, condicionando los resultados? La cultura, las circunstancias y caracteres de los escritores y editores, el nivel de los relatos épicos y mitológicos, la influencia de naciones extranjeras vía el comercio o la invasión militar, etcétera. Por ello, con mis ojos, mi vida y mi cosmovisión, traduzco a Dios, creando mi J(T,N) particular.

Hagamos un ejercicio ahora. De todos los J(T,N) de la historia, tomemos un subconjunto de ellos, circunscritos a la era bíblica y más aún, delimitados por su aparición en la Biblia. Nos preguntamos: ¿Existen niveles de aproximación? Dicho de otra manera, ¿Dentro de mi subconjunto hay algunos J(T,N) más cercanos a J que otros? La respuesta es sí. En términos gruesos, puedo decir que la aproximación de Abraham es menor a la de Moisés; ésta menor a la exílica y ésta menor a la apostólica. Esta última seria la imagen definitiva del subconjunto que decidí tomar al comienzo (acotado en la Biblia), ya que compartieron la maravillosa experiencia de la vida en la tierra con Jesucristo, la imagen del Dios invisible. En palabras de José María Castillo, “En el evangelio de Juan hay unas palabras que nos tienen que hacer pensar: “A Dios nadie lo ha visto jamás; el Hijo único del Padre es quien nos lo ha dado a conocer” (Jn 1, 18). Con esto, el Evangelio nos quiere decir que Dios no está a nuestro alcance, o sea que supera nuestra capacidad de comprensión. Y por eso nadie lo puede conocer. ¿Cómo podemos, entonces, saber cómo es Dios? No cualquier Dios, sino precisamente Dios tal como se nos ha revelado en Jesús, el Hijo único del Padre. Pues bien, para saber eso, el único camino que tenemos es conocer a Jesús. Por eso, el mismo Jesús le dijo a uno de sus apóstoles: “Felipe, el que me ve a mí está viendo al Padre” (Jn 14, 9). Es decir, ver a Jesús es ver a Dios. O sea, en Jesús aprendemos la manera de pensar de Dios, lo que le gusta y lo que no le gusta a Dios, las costumbres de Dios y sus preferencias. Todo lo que nos puede interesar sobre Dios, lo tenemos y lo encontramos en Jesús” (6)

¿Qué elementos podemos extraer de esta imagen definitiva? La certeza de que Dios es amor, es verdad, es vida, que abandonó su divinidad para encarnarse y morir en sacrificio definitivo por nosotros, que no cambia porque es perfecto y no muta. Esta imagen apostólica es superior a todas las del subconjunto que tomé, por lo tanto, es la que prevalece.

Considerando las aproximaciones condicionadas y la visión apostólica como imagen definitiva dentro del subconjunto de J(T,N), pregunto lo siguiente: ¿Debemos asumir la literalidad de todo lo que se escribió en un momento histórico determinado, siendo consientes de la aproximación condicionada a la que los textos se vieron expuestas? Mi respuesta es un rotundo no. Entonces, ¿Cómo filtro los textos para depurar las corrupciones de la literalidad? Creo que lo adecuado es examinar las menores aproximaciones en término de la mayor; esto es, examino los textos más antiguos en función de la imagen definitiva.

Por ejemplo tomemos los siguientes textos:

Mas Jehová dijo a Josué: Mira, yo he entregado en tu mano a Jericó y a su rey, con sus varones de guerra” (Jos. 6:2, RV60)

Y destruyeron a filo de espada todo lo que en la ciudad había; hombres y mujeres, jóvenes y viejos, hasta los bueyes, las ovejas y los asnos” (Jos. 6:21, RV60)

Evidentemente ambos no coinciden con la imagen definitiva. En Josué el mensaje es de muerte y destrucción; en los evangelios la fuerza está en la vida, la redención y la salvación. Citando a José María Castillo, “…es evidente que el Dios nacionalista, el “Señor de los ejércitos” y, a veces, el Dios violento, que se lee en algunos textos del Antiguo Testamento, no coincide con el Padre del que habla Jesús, ni se parece casi en nada a lo que hacía y decía el mismo Jesús” (7). Teniendo en cuenta el criterio de examinar los textos precederos en función de la imagen definitiva, ¿cómo queda el pasaje de la toma de Jericó? Pues la muerte reinante no es más que contaminación humana. La puso el hombre, hijo de su época, atribuyendo su accionar sangriento a Dios para validar su proceder. Asumir que Dios mandaba una matanza era normal en su época y, por supuesto, las tribus que formaron Israel no fueron la excepción. ¿Por qué habrían de serlo? Entonces, ¿Dios mandó el exterminio? La respuesta bajo la perspectiva de Jesús, la imagen definitiva, es rotundamente negativa. Esto me lleva a una conclusión provocadora, de aceptación difícil y profundamente debatible en los ambientes evangélicos latinoamericanos: no todo lo que está escrito en la Biblia explícitamente mencionado como “Jehová dijo” es algo que, realmente, Dios exclamó. O, expresado como trabalenguas redundante: no dijo todo lo que dijeron que dijo.

Esta perspectiva, entre otras cosas, nos ayuda a explicar la aparente contradicción entre el Dios justo y violento del Antiguo Testamento con el Dios amoroso dispuesto a morir por su criatura del Nuevo Testamento sin crear modelos teológicos tan forzados como el dispensacionalismo. Dios no cambia jamás, el hombre sí. Jesús mostró al Padre ante nosotros no como una fotografía nueva o un cambio de imagen por una estrategia de mercadotecnia, sino que dio a conocer lo que siempre fue y será. Por ello, algunos textos del Antiguo Testamento entran en aparente contradicción con la revelación de Cristo porque están contaminados. ¿A pesar de esto, Dios utiliza la Biblia? Sí, a pesar de eso, Dios la usa enormemente como vehículo de su palabra y mecanismo de su revelación, como repositorio de su Ley y narrativa de la experiencia de creyentes de muchas épocas distintas, como el lugar de la enseñanza más importante que el ser humano debe recibir ¿Qué hago, entonces? ¿Desechar el Antiguo Testamento? Nunca, porque la Palabra de Dios también está allí. Cabe hacer lo que ya se dijo: escudriñar la Palabra siempre desde una perspectiva teológica. Esta es nuestra herramienta fundamental que evitará que nos perdamos en los vericuetos literalistas que abundan enormemente en todas partes.


Referencias

(5) José María Castillo. Humanizar a Dios. Málaga: Ediciones Manantial, 2005. Citado en http://www.monjaguerrillera.com.ar/?p=876

(6) José María Castillo. Humanizar a Dios. Málaga: Ediciones Manantial, 2005. Citado en http://www.monjaguerrillera.com.ar/?p=876

(7) José María Castillo. Humanizar a Dios. Málaga: Ediciones Manantial, 2005. Citado en http://www.monjaguerrillera.com.ar/?p=876


(8) La imagen se extrae de http://mlozano.blogia.com/upload/20070310174600-jesucristo-con-sol.jpg

sábado, 6 de diciembre de 2008

El siervo del centurión en versión de Coelho

Es muy popular pero ligerito. Paulo Coelho tiene el tipo de escritura ideal para tiempos modernos: simple, directa, en forma de relato, no voluminosa. Nada de técnicas literarias complejas. He leído cuatro o cinco libros de él y, de todos, creo que el más valioso es "El Alquimista". En él crea una historia con uno de los relatos que más me conmueven de los evangelios: el siervo del centurión. Para mí, esas dos páginas valen muchísimo más de lo que pagué por el libro (lo compré usado en una feria de libros en Lima). Allí les va.

En la antigua Roma, en la época del emperador Tiberio, vivía un hombre muy bueno, que tenía dos hijos: uno era militar, y cuando entró en el ejército, fue enviado a las más lejanas regiones del Imperio. El otro hijo era poeta y encantaba a toda Roma con sus hermosos versos.

Una noche, el viejo tuvo un sueño. Un ángel se le aparecía para decir que las palabras de uno de sus hijos serían conocidas y repetidas en el mundo entero, por todas las generaciones venideras. El anciano despertó agradecido y orando aquella noche, porque la vida era generosa y le había revelado algo que cualquier padre se sentiría orgulloso de saber.

Poco tiempo después, el viejo murió al intentar salvar a un niño que iba a ser aplastado por las ruedas de un carruaje. Como se había portado de manera justa toda su vida, fue directo al cielo, y se encontró con el ángel que se le había aparecido en el sueño.

─Tú fuiste un hombre bueno ─le dijo el ángel─. Viviste tu existencia con amor y moriste con dignidad. Puedo realizar ahora cualquier deseo que tengas.

─La vida también fue buena para mí ─respondió el anciano─. Cuando tú te me apareciste en un sueño, sentí que todos mis esfuerzos estaban justificados. Porque los versos de mi hijo quedarán entre los hombres por los siglos venideros. Nada tengo que pedir para mí; sin embargo, todo padre se enorgullecería de ver la fama de alguien a quien él cuidó cuando niño y educó cuando joven. Me gustaría ver, en el futuro lejano, las palabras de mi hijo.

El ángel tocó en el hombro al anciano y los dos fueron proyectados hacia un futuro distante. A su alrededor apareció un lugar inmenso, con millares de personas, que hablaban en una lengua extraña.

El viejo lloró de alegría.

─Yo sabía que los versos de mi hijo poeta eran buenos e inmortales ─dijo al ángel, entre lágrimas─. Me gustaría que me dijeses cuál de sus poesías está recitando esa gente.

El ángel entonces se aproximó al viejo con cariño y se sentaron en uno de los bancos que había en aquel inmenso lugar.

─Los versos de tu hijo poeta fueron muy populares en Roma ─dijo el ángel─. Gustaban a todos y todos disfrutaban con ellos. Pero cuando acabó el reinado de Tiberio, sus versos también fueron olvidados. Estas palabras son de tu hijo que entró en el ejército.

El anciano miró sorprendido hacia el ángel.

─Tu hijo fue a servir a un lugar lejano [y] llegó a ser centurión. Era también un hombre justo y bueno. Una tarde, uno de sus siervos enfermó y estaba a punto de morir. Tu hijo, entonces, oyó hablar de un rabino que curaba a los enfermos y anduvo días y días en busca de este hombre. Mientras caminaba, descubrió que el hombre al que estaba buscando era el Hijo de Dios. Encontró a otras personas que habían sido curadas por él, aprendió sus enseñanzas e incluso siendo un centurión romano se convirtió a su fe. Hasta que cierta mañana llegó cerca del Rabino.

─Le dijo que tenía un siervo enfermo. Y el Rabino se dispuso a ir hasta su casa. Pero el centurión era un hombre de fe y mirando al fondo de los ojos del Rabino, comprendió que estaba delante mismo del Hijo de Dios cuando las personas que estaban alrededor de ellos se levantaron.

─Estas son las palabras de tu hijo ─dijo el ángel al anciano─. Son las palabras que él dijo al Rabino en aquel momento y que nunca más fueron olvidadas. Decían:

“Señor, yo no soy digno de que entres en mi casa, pero di una sola palabra y mi siervo será salvo”


Imagen: "Jesús y el centurión" de El Veronés (1528-1588).

martes, 11 de noviembre de 2008

Dinámicas comunitarias

Todo esfuerzo de la praxis cristiana debe partir siempre de la comunidad, de toda la gente unida que se compromete a avanzar paso a paso en la vida cristiana, apoyándose, siendo amigos, conociendo más el amor de Dios, madurando bíblicamente en pos de la santidad. Sin comunidad no hay cristianismo; sin comunidad hay sólo apatía y apocamiento. No en vano Jesucristo les dijo a sus discípulos que “donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos”. (Mt. 18:20, RV60) Es en el espacio vívido de la comunidad donde la presencia de Cristo se hace sólida porque mediante la vida en común (Hch. 2:42b) es que Dios nos permite conocerle mejor.

La trinidad y la entrega

Lo anterior es así porque al vivir en comunidad replicamos el modelo trinitario. La trinidad del Padre, Hijo y Espíritu Santo, tres personas independientes pero una completa al mismo tiempo, es nuestro ejemplo por excelencia de comunidad. Como la trinidad, nosotros somos varios pero a la vez podemos ser uno. Somos varios que sentimos con certeza que somos uno en el amor del Señor, preparados para disfrutar y enfrentar las alegrías y penas de la vida. “El ejemplo trinitario de equidad, comunicación y amor incondicional y rebosante debe llenar nuestros ojos e impulsarnos a capturar el modelo de quien somos imágenes para que en esta tierra los cristianos tengamos un parangón activo y trascendente que sea el norte de nuestra praxis de vida cristiana” (1)

La vida en comunidad siempre nos recuerda la entrega de Jesucristo al venir a la cruz para morir por nosotros, abandonando su dignidad divina a la diestra del Padre (Fil. 2:5-11). Él era sublime, absolutamente glorioso en los cielos, pero decidió remangarse la camisa para venir aquí para salvar a la creación pervertida por el pecado con su sacrificio definitivo (He. 10:10,12b,14-18), viniendo a la tierra para andar con su imagen y semejanza. ¿Qué nos está diciendo esto? Para comenzar, se nos está hablando del trato entre los miembros de la comunidad. Si el mismo Jesucristo, el Señor de toda la creación, se hizo como uno de nosotros pero no como rey sino como una persona humilde nacida en un establo y crecida en un pueblo insignificante, ¿quiénes somos nosotros para manifestar actitudes de superioridad? ¿De mayor santidad por vano orgullo? ¿Porqué si Cristo fue de arriba hacia abajo (Divinidad-encarnación-pesebre-crucifixión) nosotros pretendemos ir de abajo hacia arriba (mundano-converso-líder-pastor-¿apóstol?) en nuestras propias relaciones en las iglesias? Por lo tanto, es en humildad que un miembro decide someterse a otro de manera voluntaria. Así debe ser, con una actitud preponderante de humildad los unos con los otros. Nadie más que el otro pero en serio, no en el papel como tristemente ha venido sucediendo en la historia de la iglesia cristiana, donde vez tras vez el afán por el poder ha cegado a muchos de los líderes de turno. (2)

¿Qué implica este principio de humildad? Primero, la igualdad absoluta entre todos los miembros. Ergo, no existen jerarquías y por ende no se haría necesaria la institucionalidad burocrática. Segundo, se realza el sacerdocio de todos los creyentes y el hecho de que absolutamente todos tengamos que hacer la misión de Dios. La suma de ambas nos trae una conclusión determinante: no se hace necesaria en las comunidades la línea entre el laico y el pastor. No existe porque somos ontológicamente lo mismo; no existe porque todos somos iguales. Tercero, la entrega de los miembros por su otro, por su hermano, en actitud permanente de servicio abnegado. No la búsqueda de la propia conveniencia o del control, sino siempre el pensar en lo mejor para el hermano, porque eso es lo que nos dijo el Señor y lo recalca, con otro énfasis, el apóstol Pablo (Mt. 22:39; Gal. 6:10).

Escribiendo lo anterior de otro modo, los dos principios fundamentales de una comunidad basada en la trinidad como forma de vida son la horizontalidad -fundamentata en la humildad- y la entrega por el otro en beneficio de todos –establecida en el sacrificio cristológico-. Esto es ver a la comunidad hacia adentro, hacia sí misma, hacia su propia alma.

La comunidad, no obstante, no puede vivir para sí misma porque no ha sido creada con ese fin (Mt. 28:19; Jn. 17:18, 20). La comunidad vive en y para el mundo (Jn. 17:15-16, 23), no esta destinada para estar en un espíritu de aislamiento y ascetismo. Hacia adentro la comunidad, valga la redundancia, subsiste para hacer comunidad, hermandad, compañerismo, vida en común, koinonía, o como quieran llamarlo. Hacia afuera la comunidad está para cumplir la misión que Dios nos ha puesto en la tierra. ¿Qué misión? La comunidad debe impulsarse activamente en una actitud solidaria con el mundo, comprendiendo lo mejor posible lo que sucede en la sociedad y estando prestos a dar, porque de esa manera podremos comprometernos con la idea de construir el reino de Dios en la tierra. Ese dar implica predicar el evangelio con firmeza pero a la vez estar presente en las vivencias de la gente, allá afuera, en sus actividades comunales y sociales, en sus fiestas y entierros, en los nacimientos y graduaciones, en la construcción de la plaza del pueblo o jugando el campeonato de fútbol del fin de semana. Por ello de inmediato nace la motivación de las comunidades que siempre son retadas a la acción por la realidad que las rodea. No puede haber comunidad sin misión porque se condena a la agonía y la consecuente muerte. Tampoco es sano que existan comunidades aisladas en su propio guetto porque esto no es más que una triste devaluación de la vida cristiana.

La comunidad en el día a día

Pensando en elementos prácticos de vida comunitaria, se me ocurren algunos componentes que enumero sin ningún orden en especial y que, a mi entender, forman parte del espíritu comunitario en el día de hoy que tenerse presente a la hora de participar de la misión de Dios.

a. Crecimiento: Las comunidades deben anhelar llegar a más gente pero priorizando el crecimiento espiritual sobre el numérico. La salud comunitaria y personal de cada uno de los miembros es más importante que una masa de prosélitos que jamás lograrás atender. Primero es el crecer en madurez y en conocimiento de Dios. No es una renuncia a la evangelización, es renuncia al irresponsable crecimiento neoplásico sin consistencia. Es ser responsables y decirle adiós a la hambruna eclesial que genera cristianos escuálidos que son arrastrados por las muchas modas que de tanto en tanto invaden el barrio evangélico latinoamericano.

b. Revolución homilética: Las iglesias consideran como cosa fundamental al sermón. Algo de razón tienen, porque aquí se suele predicar la palabra y es el escenario natural de la instrucción bíblica. El problema es que son los pastores los que han monopolizado el púlpito, creando barreras a la entrada para miembros de la iglesia capaces y dispuestos. Y más aún, el sermón es en un solo sentido, sin posibilidad de réplica en contraste del estilo del mismo Cristo (ej. Lc. 10:29). Por ello, las comunidades pueden romper el monólogo del sermón para reemplazarlo por un dialogo plural, donde el Espíritu Santo sea más libre y hable por todos los miembros de la comunidad. Supone el abandono del discurso pero el impulso intenso del dialogo entre iguales, donde uno aprende del otro.

c. Espontaneidad: Mucha de la liturgia en las iglesias se ha osificado, sacralizando el orden del culto. Las comunidades pueden renunciar a la rigidez programática creyendo que es bueno planear pero en un estado de permanente sensibilidad a lo que ella misma quiere, siendo abiertas a los cambios a los que el Espíritu Santo las lleva. La espontaneidad se lleva también a los aspectos económicos. Adiós a las ataduras y obligaciones del diezmo, bienvenida la entrega sacrificial sin presiones.

d. Innovación: Las comunidades deben siempre considerar con respeto los dos mil años de historia cristiana y, en ese espíritu, se abre a la innovación en las formas eclesiales, la manifestación de la fe y maneras creativas de hacer la misión como tantos hermanos cristianos lo hicieron en el pasado. Reunirse en un parque o en algún espacio público, celebrar la Cena del Señor en con la periodicidad que deseen, transformar el ritmo de la alabanza o lo que consideren necesario adaptar o mantener es parte del ser de las comunidades.

e. Dimensionalidad: Las comunidades pueden considerar que los paradigmas del tiempo y el espacio se han roto. No son necesarios templos ni tiempos específicos para desarrollar la vida lutúrgica. Para la comunidad, cualquier espacio y cualquier momento puede ser adecuado para un encuentro con el Señor Jesucristo. ¿Debe ser siempre los fines de semana? ¿Sólo el domingo, el día del Señor? Las realidades espirituales y la comunión con Dios están interesados en cuestiones de mucha más trascendencia (Col. 2:16). Las comunidades pueden ser realmente libres de largas ataduras por la presión de tener un gran templo o por hacer las actividades siempre en los mismos días específicos.

f. Celebración: Las comunidades pueden priorizar la alegría y la celebración como elementos fundamentales dentro del compartir cristiano. Las alimenta su convicción de estar trabajando en la misión de Dios, de crecer en madurez y de ser parte de la maravillosa creación de Dios, y desde allí concluyen que permanentemente hay motivos de celebración y compartir como comunidad. No son ciegas al dolor humano y a la tristeza propia del pecado en el mundo, e inclusive saben llorar cuando sea necesario, pero entienden que el saber que en toda circunstancia Dios está a nuestro lado es un suceso que nos ayuda a mantener y transmitir la alegría comunitaria.

g. Pluralismo: Aunque las comunidades seguro que han encontrado sus propias maneras de acercarse a Dios y vivir el cristianismo, deben reconocer la multiplicidad de experiencias de fe, tanto tradicionales como no tradicionales, en las cuales Dios trabaja y manifiesta su amor, obrando mediante su Espíritu Santo de la misma manera que lo hace con ella misma. Este reconocimiento implica respeto porque considera que todos somos hijos de Dios alabándolo de maneras distintas, llenas de nuestras propias experiencias siempre variopintas.

h. Digitalidad: Las comunidades deben tener en cuenta que Satanás no vive en Internet, y por ello puede aprovechar las nuevas tecnologías mediante las cuales la Palabra puede ser expresada, adosándose a ellas. Los blogs, Youtube, Skype, Facebook, Messenger, las demás redes sociales y otras metodologías son espacios en los que la comunidad se puede expresar, lanzando el mensaje de Cristo a este mundo tan necesitado de Él.


Referencias

lunes, 31 de marzo de 2008

Jesucristo de los desesperados

Una de las principales denominaciones que trabajan en el Perú ha realizado una gran conferencia denominada "Crece y multiplícate", animando a su liderazgo nacional a implicarse con la expansión numérica de la iglesia en los próximos años. Es su compromiso doble con dos grandes principios teológicos, uno a nivel misiológico (el cumplimiento de la Gran Comisión a toda costa) y el otro de tipo escatológico (la premisa pre-milenial y pre-tribulacionista que deriva en una visión fatalista y degenerativa del mundo), que le dan sentido a las motivaciones de la evangelización: hacerlo porque es un mandato ineludible del Señor Jesucristo y hacerlo porque el Apocalipsis está cerca, el mundo se destruye, se hunde y hay que rescatar a la mayoría de las personas de este gran naufragio, a lo Moody.
Este primer principio teológico basado en la Gran Comisión se concentra en la palabra "Id" (Mt. 28:19). Las iglesias suelen hacer el esfuerzo de ir al griego, de donde dice que el verbo se encuentra en forma de un participio pasivo deponente de aoristo, lo que significa que la traducción verdadera debe ser "yendo". Es decir, "cuando estén yendo, hagan discípulos", y se enfatiza fuertemente en ese proceso doble: yendo por nuestros caminos-haciendo discípulos en ese caminar (1).
Yo me quiero concentrar en un punto vinculado a la Gran Comisión. Sabemos que Cristo se la encarga a los apóstoles en un contexto en que los once habían pasado tres años con Él. Pueblo tras pueblo, con multitudes, a solas, por los desiertos, por el mar de Galilea, por el Jordán, en el Templo jerosolimitano, en sinagogas citadinas, en las norteñas tierras extranjeras, en cenas pudientes, en meriendas multitudinarias. Ellos se sabían discípulos del maestro, tanto que algunos lloraron amargamente su negación (Mt. 26:69-75; Mr. 14:66-72; Lc. 22:55-63; Jn. 18:15-18,25-27) o se colgaron de una cuerda por su traición (Mt. 27:3-10; cf. Hch. 1:16-20). Tres años, día tras día, aprendieron del verdadero Rabí, del mismo Dios hecho hombre, de sus enseñanzas, de sus milagros, de su compasión, de su rabia al ver profanado el templo sagrado. Su discipulado era complejo, completo e integral. Era paciente, esforzado, vivencial, nada haragán, de día a día. Si a ellos les decían la palabra "discípulo", todo lo anterior y mucho más venía de inmediato a sus cabezas.
Teniendo en cuenta esto pregunto: ¿Qué pensaban los originales receptores del mensaje (los apóstoles) al recibir el mensaje de "ir yendo haciendo discípulos", considerando el entrenamiento que habían recibido? Creo yo que reflexionaban en el ejemplo recibido de Jesús aplicado directamente a ellos mismos, que de ninguna manera tenía a la inmediatez como característica. Para ellos la labor de Jesús fue como una maratón, no una carrera de cien metros planos. Entendían que hacer discípulos es un trabajo largo, no una cosa de una campaña de una noche, una mano levantada, las palabras de un consejero, el llenado de una ficha o la invitación a una reunión. Lo comprendían por sus propias vidas transformadas.
Si el "hacer discípulos" era algo largo y trabajoso según la forma que Cristo estableció en su labor terrestre, para un claro entendimiento de la Gran Comisión se necesita encontrar el hilo conductor del andar del Jesús en misión. Yo pienso que es necesario comenzar por Lucas 4:16-30, una especie de génesis o bosquejo programático del ministerio del Señor. Sé que antes estuvo el bautismo, la tentación, la charla nocturna con Nicodemo, la primera limpieza del templo, las bodas de Caná, algunos milagros, pero ninguno de estos eventos son un compendio, una base inicial, un marco de referencia de todo Su ministerio. El discurso en Nazaret sí lo es.
Nazaret (2) es la ciudad "donde se había criado" (v. 16). Por lo tanto, Jesús es una figura familiar para su auditorio ya que es un miembro de la comunidad a la que frecuentado todos los sábados por muchos años. Con mucha probabilidad había hecho antes el mismo acto de leer y reflexionar que caracterizaba a la extensa liturgia compuesta de oraciones y lecturas (en ella se leían algunos pasajes de la Ley y de los profetas. Luego, alguien ofrecía un comentario a la asamblea. Jesús hace esto último según el texto lucano), y en esta ocasión Jesús cita a Tritoisaías, profeta enigmático que habla de temas diversos en sus diez capítulos aunque se puede centrar su enseñanza en dos ejes. El primero es la justicia (Is. 56:1), el segundo es precisamente el pasaje citado por Jesucristo (Is. 61:1-3). Ambos textos hablan de un consuelo por venir que traerá bendición y salvación de Dios a todo el pueblo, aunque condicionado a la práctica de la justicia. "Dios quiere escuchar a su pueblo, salvarlo de la situación en que se encuentra. Pero el hombre debe colaborar, cambiando de actitud y de conducta" (3). Con ese contexto en mente, el sexteto misiológico citado por Jesús cobra más relevancia:
- Dar buenas nuevas a los pobres/abatidos
- Sanar/vendar a los quebrantados de corazón
- Pregonar/publicar libertad a los cautivos
- Vista a los ciegos
- Poner en libertad a los oprimidos/presos
- Predicar el año agradable del Señor/año de gracia, día de venganza
El anuncio, la sanidad y la liberación son expresiones de la misión de Jesús dentro de un contexto temporal aplicado a un nuevo jubileo sin opresores-oprimidos-abatidos-invidentes-desesperados. Es una trama nueva donde se anuncia una esperanza que nos sugiere colaborar con esta acción de Dios manifiesta desde que "el reino de los cielos se ha(n) acercado" (Mt. 4:17). Lo fantástico es que "todo se había cumplido en ese momento" (Lc. 4:21), para sorpresa general de los nazarenos, que reaccionan de una manera ambigua, aunque finalmente pretenden despeñarlo porque Sus palabras no estuvieron de acuerdo con su particular esperanza.
El esqueleto de la secuencia global puede ser como sigue:

- Jesús define su misión (Lc. 4:16-30)
- Jesús aplica su misión (la gran mayoría de los evangelios)
- Jesús delega la misión (Mt. 28:19)

Marcando distancia con la muerte en la cruz, misión exclusiva del Señor por su condición única de redentor del mundo, creo que el pasaje lucano estaba marcado en la idea apostólica de "hacer discípulos", siendo imposible divorciar ambos eventos. Hacerlo de una manera distinta es un error que nos ha costado caro a través de la historia de la iglesia cristiana y más en los siglos recientes, donde hermenéuticas fundamentalistas olvidaron la profunda relación de ambos textos.
Si este es el marco de referencia de los apóstoles a la hora de hacer discípulos, es necesario analizar las aplicaciones prácticas en nuestra misiología. Sé que "hoy, aquí, en el Perú y en todo el mundo, el jubileo es una esperanza ya cumplida, pero, como el mismo reino de Dios, es una realidad que "ya pero todavía no", donde será más presente cuando los cristianos sean más concientes y sensibles de su papel en la misión de Dios y su proceso reconciliatorio. Por ello este mensaje de Jesús atento al pobre como opción preferente (pero no única), demanda de nosotros compasión, un compartir permanente, solidaridad, renuncia, sacrificio, lucha por la justicia en todas sus instancias pero, en especial, por la justicia económica" (4), entendiendo la especial prioridad en el texto hacia los desposeídos. Debo añadir, sin embargo, que no es lo único que se infiere del pasaje bíblico. ¿Por qué digo esto? Porque se nos habla de los quebrantados de corazón, de los de corazón roto y pulverizado. Un problema en la teología latinoamericana es que la opción por los pobres ha sido sacralizada casi a niveles absolutos (aclaro que creo en ella) cuando en realidad no es una opción exclusiva. Existe un nivel de la misión de Jesús dedicada de una forma práctica al trato de la desesperanza, de la angustia, del sufrimiento humano, de la crisis psicológica, de las lágrimas permanentes. Por su trato con el sufrimiento resucitó a dos personas, sanó multitudes, dejó que lavaran sus pies con un aceite caro. Es, como dice Gabriela Ibarra en su excelente blog: un Cristo que se compromete en acción por los desesperados sin importar si son ricos o pobres. Y este es un ejemplo patente, un gran compromiso y ejemplo del Señor para nosotros.
Dicen que este será el siglo de los psicólogos porque la violencia, el terrorismo, la solidaridad distorsionada, la migración, el feminismo, la postmodernidad, la "nueva" moral, el escenario internacional, y tantas otras cosas machacarán nuestras almas hasta el punto de hacerlas perder el sentido de la vida, andando errantes sin saber qué hacer en este mundo que ofrece tecnología pero quita espíritu, entrega riqueza pero también sinsentido. Esto ya sucede desde hace varias décadas pero nos dicen que se agravará. ¿No es una contradicción que las estrellas del cine y la música sean, al mismo tiempo, personas que lo tienen todo pero que a la vez buscan la autodestrucción en las drogas o en el comportamiento suicida?
Cristo también vino para ayudar a la psiquis del hombre postmoderno. Por supuesto, no de la manera que la iglesia ha estado haciéndolo hoy. Muchas comunidades aún creen que la psicología es del mundo, venida directamente de la naturaleza pecaminosa y del diablo. Para muchas una depresión se cura expulsando a los espíritus territoriales o denunciando a las canciones demoníacas que escuchamos en la radio. Para otros una esquizofrenia no es más que un demonio en posesión de una persona (y no digo que no sea así, pero ¿siempre?) al cual hay que expulsar sin conmiseración. Eso no nos sirve para nada. La abyecta desesperanza tiene raíces más profundas, no es tan fácil como un demonio dentro de alguien. Por ello debemos cambiar, siendo apoyo real a la humanidad abatida, preparados para socorrer y rescatar de las fauces de la nausea inmisericorde, entendiendo el dolor del otro, comprendiendo que también los cristianos pueden tener vacíos existenciales, asumiendo los pasivos de la presión mediática, siendo realmente servidores y no jueces de pena capital. Leyendo a Lucas entendemos, con claridad, que verdaderamente nuestro maestro era el Jesucristo de los pobres, pero también el de los desesperados.

Referencias
(1) Un brevísimo pero adecuado resumen está en http://anyulled.blogspot.com/2007/02/la-gran-comisin.html
(3) Sicre, José Luis. Profetismo en Israel. Estella: Editorial Verbo Divino, 2005. Pag. 248.

lunes, 10 de diciembre de 2007

Hacia la tierra prometida (con escalas)

Los teólogos de la liberación han tomado al éxodo como evento fundamental dentro de su marco teórico de referencia. No es una idea descabellada ya que es uno de los grandes eventos bíblicos y punto de paso obligado para cualquier persona que quiera estudiar la Biblia con seriedad. ¿Cómo enfrentarnos al éxodo como hecho histórico utilizado por Dios y puesto por Él como hito en su día-a-día con la humanidad? Si se piensa en el éxodo es necesario, a mi entender, ir por lo obvio y partir desde el pueblo sufriente, silencioso al inicio, y clamoroso tras unas cuantas décadas (?) (Ex. 2:23). Este pueblo fue víctima de la opresión abusiva de Egipto a niveles de esclavitud (Ex. 1:14), situación desesperada que lo llevó a clamar a Dios por ayuda. Llama la atención la demora en su petición de socorro, lo que inmediatamente nos hace preguntar ¿Por qué tardaron tanto en clamar a Dios? No se sabe con certeza, pero lo que sí es conocido es que Dios les respondió enviándoles lo que necesitaban: un libertador con cobertura divina…

… que los liberó del yugo. ¿Todo bien desde ahora? No, porque ahora el problema fue la actitud del pueblo tras el éxodo de Egipto, es decir, tenían la libertad ansiada pero no les era suficiente por las carencias materiales: hambre, sed, calor, monotonía en los alimentos, enemigos, incertidumbre. ¡Preferían volver a Egipto con las cabezas genuflexas! ¿Por qué preferir la servidumbre a la libertad? Pienso, como otros, que el pueblo extrañaba la seguridad de la esclavitud en contraste con la poca certeza de la travesía en el desierto. Es un pueblo totalmente humano. ¿O es que eran superhombres? ¿Cuántas veces nosotros hemos sido igual a ellos? Yo lo soy con frecuencia.

El faraón es otro de los actores del drama egipcio. Obcecado, preso de su propia opinión, pensaba económiamente al no querer perder su valiosa mano de obra. Miles de esclavos no se podían conseguir de la noche a la mañana. Dios intenta varias veces dialogar con el soberano sin éxito. En el ínterin Faraón agrava la opresión del pueblo (Ex. 5:9) “para que no atiendan a palabras mentirosas”, es decir, ¡para que no piensen! Es la típica imagen del opresor –han pasado más de tres milenios y hay cosas que no han cambiado nada- la que nos muestra el relato bíblico, y lo peor del asunto es que por su actitud todo el pueblo de Egipto se vio afectado (por las plagas y la entrega de sus bienes de valor). Si estás en el poder, tu pueblo sufre por tus decisiones. Es este un mensaje vivo a los gobernantes de las naciones actuales que con frecuencia no piensan en el pueblo a la hora de disponer. Se van, destruyendo el país, ¡y luego quieren volver a gobernar! (a veces retornan, como Alan García. O lo intentan, como Fujimori o Menem)

Dios también está presente (vale la pena recordar el papel de Dios porque a veces se nos olvida). Su actuar en el Éxodo delimita una imagen que ha mutado desde el Dios personal, íntimo, de clan -que se deja ganar por un hombre-, del tiempo patriarcal, al Dios poderoso que reta al poder imperial con las plagas. Eso nos ayuda a entender algo: Dios tiene mil caras, se adapta a nuestras circunstancias, a nuestra vida, a nuestro andar paso a paso. Camina con la historia y según esta se vaya evolucionando Dios se manifiesta, cambia de rostro, enfatiza ciertas cosas de su ser Absoluto; en otro momento gira, muestra otro ángulo que aparentemente es contradictorio con el anterior pero que no es así. Es, desde nuestros ojos, un Dios variable (porque siempre observamos algo diferente de Él), pero desde su punto de vista, un Dios demasiado grande para nuestra comprensión que va resaltando aspectos diversos de Él según el ser humano, conciente o inconcientemente, lo requiera.

Moisés fue profundamente sensible a las necesidades de sus compatriotas aunque su impulsividad quiso solucionar el problema de inmediato, asesinando a un egipcio (Ex. 2:11-15), viendose obligado a escapar del país. Pasó 40 años en el desierto, donde ni siquiera pudo juntar su propio hato de ovejas ya que seguía pastando el ganado de su suegro, tras los cuales Dios lo llama a la misión de su vida. Se niega con diversas excusas: desconocimiento de él mismo, desconocimiento teológico, incapacidad, renuncia, pero al final va a Egipto, casi a regañadientes. Qué diferentes son los criterios de Dios a la hora de elegir un líder (en contraste con los parámetros del mundo o de muchas iglesias de la actualidad). Pero, a pesar de su gran obra, al final él no entra a la tierra prometida. ¿Por qué? La solución simplista –aunque cierta- es por su pecado tras el incidente en el desierto de Zin (Num. 20:1-13). Pero si vamos un poco más allá, podemos afirmar que Moisés no entró porque no le correspondía. Dios es el Señor de la historia, y cumple sus promesas o sus propósitos por encima de personas, naciones, creencias o teologías. A veces nos creemos dueños de la obra de Dios, nos autoimponemos el papel de voceros oficiales de Dios, nos creemos indispensables, pero nos olvidamos que sólo somos vasijas y que el que dispone finalmente es Dios.

Es en el éxodo donde se establecen los fundamentos de la religión de los hebreos con la Alianza como un basamento importante. Lo particular de las alianzas en esos tiempos es que se establecía una relación comprometida siervo-amo tal como estaba en el modelo hitita de los pactos. Un detalle de la alianza es la elección: Dios escoge a un pueblo para sí, no por sus virtudes sino porque así quiso, no porque fueren especiales (eran esclavos en Egipto) sino porque su Voluntad así lo decidió. No por las virtudes, no por los atributos. ¿Comprendemos la profundidad del concepto? ¿Por qué enfatizar en la elección y en la Alianza? Porque para los judíos eran elementos claves de su identidad, elementos que nunca perdieron en la historia. Si ellos son pueblo de Dios, lo son por la alianza con Dios que se hizo nueva en Cristo cientos de años después.

La historia es mucho más compleja de lo que dicen los libros. Muchos cristianos de hoy tenemos la tendencia a literalizar lo que dice la Biblia y a creer tal cual dice el texto sin hacer un sano proceso de interpretación. Nos olvidamos que la Biblia se escribió en un determinado contexto y con particulares intensiones, muy distintas en cada uno de sus libros. Dado esto, pienso que la idea, en el desierto, es declarar la profunda humanidad del pueblo con sus idas y venidas, la de Moisés como caudillo, la visión de Dios que protege y provee pero que también castiga la infidelidad; ya en la ocupación, se denotan los múltiples elementos variopintos en esta etapa formativa del pueblo hebreo: los muchos pueblos que contribuyeron a su evolución (abundantes elementos fueron prestados de otras naciones para su culto, el propio “mestizaje racial”), una ocupación lenta y tediosa -sin mucha épica- de la tierra prometida. Repito el mensaje: LA HISTORIA ES MAS COMPLEJA DE LO QUE APARENTA. Es algo que nunca debemos olvidar.

Si hacemos un salto temporal hasta el tiempo intermedio de la monarquía, veremos a un pueblo que basaba su estabilidad en la Alianza, en la elección de Dios, en la capital del país y en el templo de Jerusalén. En otras palabras, la nación creía que jamás les pasaría nada porque Dios está en el templo, son EL pueblo de Dios y nadie es capaz de destruir SU casa. La base de su fe era simplemente asuntos externos y no internos: la ética en tiempos monárquicos estaba bastante deteriorada. Estaban seguros, cómodos, pero todo se vino abajo con el exilio. ¡Destruyeron al pueblo de Dios! ¡Destruyeron el templo! ¡Ya no hay Jerusalén! Se eliminó toda la base de la fe y la estructura de la nación. La elite dirigente se fue a Babilonia y el pueblo, sin líderes, se quedó en Palestina. Surgieron preguntas incómodas porque el Dios de la liberación de Egipto los llevó a una nueva cautividad ¿Cómo responder a esta crisis? ¿Qué hacer? La amenaza sincrética, la influencia de otras culturas, y la actualización del mensaje se hicieron relevantes. Tras el exilio, el pueblo perdió la esperanza pues toda la magnificencia del Deuteroisaías sobre la victoria absoluta del pueblo de Dios no se cumplió. Sin embargo, el mensaje siempre se adaptó a las nuevas circunstancias (en este caso, por Hageo, Zacarías, Esdras y Nehemías).

Doy otro salto temporal y llego hasta Jesús. La visión cristológica la coloco dentro de su contexto de evangelio (buenas noticias) que debe ser proclamado (kerigma) y testificado (martirio). Es un mensaje que nos convierte al encontrarnos con Cristo (transmisor del mensaje que al mismo tiempo es el mensaje) y que nos libera, trayendo una perspectiva más amplia de ver el mundo. Cristo reinterpreta a la Torah, colocándola más rígida en la ética y más relajada en lo cultual, basándola totalmente en el amor y en una visión escatológica. Su libertad se sustenta en la cruz que todos debemos llevar, es decir, una libertad basada en el servicio, el sacrificio y no en el libertinaje.

Con todo el compendio anterior, ¿Puede armarse una teología bíblica del éxodo? Creo que sí. Elementos que estarían dentro de ella son:

a) Dios es un Dios de la historia, que camina con ella y en ella, paso a paso a nuestro lado.

b) Dios, como tal, muestra múltiples caras, como a los patriarcas (Dios personal, de clan), en el éxodo (Dios poderoso), la monarquía (Dios nacional), el exilio (Dios universal y único), o el Nuevo Testamento (Dios con nosotros). ¿Cuál es el rostro que tiene hoy con nosotros?

c) Dios siempre quiere liberar, tanto de la opresion economica y social (Egipto), del pecado (como dice el mensaje de Cristo), de la tristeza del desarraigo (Exilio). Es parte de un proceso que no termina nunca. Es una libertad múltiple y no exclusiva de sólo una de sus partes (resaltando una en detrimento de las otras). Hay que proclamar libertad, sí, pero completa. Hay que proclamar la libertad, sí, pero sin imposiciones ideológicas, ni de derecha ni de izquierda. Eso es inconcebible.

d) Dios quiere que siempre observemos sus múltiples caras y nos llama a ser partícipes de la reinterpretación de su mensaje según el contexto histórico: la ley de Moisés, la identidad de la monarquía, la crisis del exilio (y el nuevo fundamento del judaísmo sin templo y sin Jerusalén), el mensaje cristológico. Dios está en la historia, la historia fluye y el mensaje, siempre, según nuestro contexto, debe actualizarse.

e) Dios comprende nuestra humanidad, sabe que no somos perfectos y así nos ama: quejosos como el pueblo en el desierto, perdidos como en Babilonia, desanimados como cuando volvieron a Palestina, con la vision en otra parte como Pedro en la trasnfiguración, con mi dejadez cuando quiero orar un rato.

f) Cristo nos llama a una liberación basada en el amor a Dios y al prójimo, en una ética estricta, en tomar la cruz y en basar la libertad no como libertinaje, sino como servicio, sacrificio, entrega, humildad. Es esta la base de la verdadera liberación.

g) El mensaje liberador de Cristo no es pasivo sino que nos llama a la acción porque su visión está en la esperanza escatológica que nos llama a actuar hoy, en un ya (porque Cristo está aquí) pero todavía no (porque todo no ha llegado a su pleno cumplimiento).


Referencias

BRIGHT, JOHN. “La historia de Israel”. Edición revisada y aumentada con introducción y apéndice de William P. Brown. Bilbao: Editorial Desclee de Brouwer, 2003.

GUTIERREZ, GUSTAVO. “Teología de la liberación: Perspectivas”. 11va edición. Lima: CEP, 2005.

SICRE, JOSÉ LUIS. “Introducción al Antiguo Testamento”. 9na edición. Estella-Navarra: Editorial Verbo Divino, 2005.

martes, 17 de abril de 2007

Una praxis constante: Jesús y los marginales a través de Lucas

Hasta este punto, he considerado tres elementos, esenciales a mí entender, dentro del panorama económico lucano: María y su Magnificat, Juan el Bautista y el fruto del arrepentimiento, y Jesús presentando su ministerio en la sinagoga de Nazaret. Los tres forman una especie de “marco teórico” introductorio al que debemos tratar de encontrar una aplicación práctica que nos ilustre sobre su factibilidad. ¿Existe? Tenemos, entonces que observar a Cristo directamente en el campo, viviendo su propio pensamiento. Bien dice Juan Stam que “la consigna para ser un buen teólogo nos la da Marx en su undécima tesis sobre Feuerbach, que podemos parafrasear con “hasta ahora los teólogos han contemplado el evangelio sólo para explicarlo y formar un sistema; de lo que se trata es de llevar las buenas nuevas a todas las personas, a las naciones y a la historia, en servicio del reino de Dios. La teología que no es praxeológica tampoco puede ser bíblica; nace con un virus desde sus mismos inicios[i] y nuestro Señor, además de su enseñanza de salvación, de buenas obras y de esperanza, vivió una vida de sincronía perfecta entre lo que decía y lo que hacía, con un mensaje no exclusivamente espiritualista; como decíamos antes, con los pies bien puestos sobre la tierra. Jesús convertía en hechos toda y cada una de sus prédicas, no se conformaba sólo con el hablar, con la retórica fina, sutil, elegante, o confrontadora. No era sólo teoría teológica o ética: su praxis es categórica, determinante, capital.

Por ello, para muchos Lucas es el evangelista que más presenta a Jesús en contacto con los sectores sociales desprotegidos y menospreciados, muy interesado en la gente menos privilegiada: los pobres, las mujeres, los niños, los enfermos –y más, los que quedaban en condición permanente de impureza ceremonial, como la mujer del flujo de sangre o los leprosos- y los pecadores declarados. Su ministerio es presentado desde el principio como el anuncio de buenas nuevas a los pobres y marginados (Lc. 4:18-19), pero cabe una pregunta inmediata: ¿Quiénes son esos marginados? En una sociedad marcada por los valores religiosos de un fariseísmo insensible e intereses políticos de los escribas y saduceos, junto con la explotación del dominio extranjero y el sentimiento permanente de revolución y necesidad material, la marginación alcanzó niveles económicos (los pobres), sociales (niños y enfermos), culturales (samaritanos y mujeres) y políticos (publicanos), los mismos que mencioné líneas arriba. Nuevamente vale la pena aclarar que no todos los marginados con los que Jesús se relacionó eran materialmente pobres[ii].

Para efectos del trabajo, me concentraré en los pobres materiales. Según Gustavo Gutierrez, la palabra griega ptojos (pobre), que aparece 34 veces en todo el Nuevo Testamento, mayormente hace referencia al indigente, carente de lo necesario para vivir[iii]. Lo corrobora Bosch cuando nos recuerda en Lucas la palabra aparece 10 veces, en comparación de las 5 veces de Mateo y Marcos, y lo mismo ocurre con otros términos referidos a la riqueza, como plousios (rico) y hyparjonta (posesiones)[iv]. Es, pues, un tema importante.

Para muchos la pobreza es sinónimo de mugre; de una casa de cartón o esteras en un cerro de alguno de los conos de Lima que, por no tener energía eléctrica, se iluminan con velas que suelen caerse y quemar toda la vivienda, frecuentemente con niños adentro, encerrados para su protección por tener recursos para una niñera; de un colegio nacional de carpetas vetustas y profesores sindicalizados ignorantes; de pandilleros; de la empleada doméstica a la que no se le pagan los beneficios sociales, trabaja 14 horas al día y que gana menos del sueldo mínimo porque la-labor-incluye-casa-y-comida; del niño que hace piruetas en alguna esquina hasta las once de la noche; de rostros cobrizos y andinos; de ropa parchada. Pero la pobreza es más que eso, más que la imagen que no nos gusta ver, es un fenómeno complejo de tal magnitud que hoy, a pesar de todos los avances en la ciencia en general, no hemos logrado solucionar (vergüenza máxima de nosotros los economistas). Es más, parece que sigue aumentando, y la brecha entre pobres y ricos se incrementa permanentemente junto con la concentración de la riqueza.

La pobreza afecta la vida entera: las condiciones de salud, la nutrición, la educación, la seguridad con la violencia como contraparte, los servicios básicos, el estilo de comunicación, el sistema de valores, las relaciones entre los géneros, la familia como estructura, las lógicas económicas, la relación con el medio ambiente, la visión de los derechos humanos y la institucionalidad, la mirada de uno mismo como persona individual e integrante de una sociedad llena de discriminación y racismo[v]. Es un enemigo que ataca por todas las partes imaginables. Por ello, cabe perfectamente el término moderno de “grupos vulnerables”. Con esto en cuenta, se entiende más el amor especial de Jesús hacia ellos porque los conocía bien, sintiendo y viviendo su condición ontológica durante su vida. Con él no valían los discursos: se encarnó en la tierra en una situación de pobreza. No le bastó ser Dios omnisciente-que-todo-lo-sabe, se metió en el mundo de la mayoría, respiró el polvo, vio todo por dentro. No fue un analista social acomodado debatiendo sobre la carestía. Es esta una de sus prédicas actuadas.

No sorprende, por lo tanto, la reivindicación permanente del pobre que hace Jesús. Sabe de su condición de desventaja en esta tierra desigual, sabe de su permanente desvalorización –muchas veces hecha por ellos mismos- al ver la riqueza de otros. Por ejemplo, en los ayes lucanos (6:20-21a, 24-25a) el Maestro dice:

Y alzando los ojos hacia sus discípulos, decía: Bienaventurados vosotros los pobres, porque vuestro es el reino de Dios. Bienaventurados los que ahora tenéis hambre, porque seréis saciados… Mas ¡ay de vosotros, ricos! porque ya tenéis vuestro consuelo. ¡Ay de vosotros, los que ahora estáis saciados! porque tendréis hambre

Habla de un estado de justicia futura pero real. Les dice “felices” porque ese reino, que ya se ha acercado, ¡era de ellos! Les promete la satisfacción completa de su necesidad y le da un mensaje al que tiene mucho, no porque posea sino por su actitud hedonista que vive satisfecha de su estilo de vida. Y lo mismo sucede en la parábola del rico insensato (Lc. 12:16-21). El pobre vive el día a día, muchas veces sin un trabajo estable y se encuentra en un estado de dependencia de Dios constante. El rico suele pensar que tiene todo en su mano, que controla su vida, que de él depende todo, que todo será como hoy, cuando no es así. Lucas se mofa de ese pensamiento, y coloca en una real dimensión. Más aún: ¡Les dice que para Dios ellos no tienen nada!:

También les refirió una parábola, diciendo: La heredad de un hombre rico había producido mucho. Y él pensaba dentro de sí, diciendo: ¿Qué haré, porque no tengo dónde guardar mis frutos? Y dijo: Esto haré: derribaré mis graneros, y los edificaré mayores, y allí guardaré todos mis frutos y mis bienes; y diré a mi alma: Alma, muchos bienes tienes guardados para muchos años; repósate, come, bebe, regocíjate. Pero Dios le dijo: Necio, esta noche vienen a pedirte tu alma; y lo que has provisto, ¿de quién será? Así es el que hace para sí tesoro, y no es rico para con Dios

Pasa lo mismo en el relato del rico y Lázaro (Lc. 16:19-30), que conforta al sufriente en esta tierra y coloca al rico en situación de tormento. Incluso cree que todavía tiene cierto poder al decir “Padre Abraham, ten misericordia de mí, y envía a Lázaro para que moje la punta de su dedo en agua, y refresque mi lengua; porque estoy atormentado en esta llama”. Recibe la respuesta correcta de Abraham: “Hijo, acuérdate que recibiste tus bienes en tu vida, y Lázaro también males; pero ahora éste es consolado aquí, y tú atormentado”. Lázaro, que representa a todos los mendigos, tiene paz. Por supuesto, no podemos inventar una teología económica-soteriológica desde estos versículos.

Pero, no sólo existe una comisión hacia los pobres, sino que hay una palabra clara dirigida a los ricos. Jesús nunca fue exclusivo de una clase social, se relacionó con toda clase de gente. En Lucas hay muchos encuentros de Jesús con personas pudientes. ¿Qué es lo que les quiso decir a los ricos? Su mensaje lo realiza a través de sus parábolas e historias: quiere que el rico se convierta de forma coherente al lenguaje social de Jesús. Dos ejemplos son los contrapuestos: Zaqueo (Lc. 19:1-10), jefe de los publicanos de Jericó, que opta por entregar la mitad de sus bienes a los pobres y cuadruplicar el posible fraude cometido por él a favor del transgredido, y el Joven Rico (Lc. 18:18-30), quien vive una vida ejemplar, celosa de la Ley, pero que no puede aceptar el reto de Jesús por su exceso de riqueza. Siempre vale la pena mencionar que Zaqueo no entregó el total de sus bienes, sólo la mitad, y con eso “la salvación llegó a su casa”, aunque al joven rico le pidió dar todo.

Derivada está la idea de la limosna, mencionada siempre -salvo una excepción- por Lucas en el Nuevo Testamento. Dar la limosna es, bajo el pensamiento judío que viene desde Moisés, una actuación a favor de la justicia y la misericordia, y se nos invita a darla de forma generosa. Y, per se, es una forma de alivio de la pobreza de la comunidad. En la práctica actual hay aristas espinosas y para muestra basta un botón: los niños que piden dinero en las calles que son casi siempre “monitoreados” por un adulto que los usa para su beneficio. ¿Dar, para que esta adulto se aproveche, o no dar, para evitar la explotación infantil? O, de manera distinta, ¿Dar, para acostumbrar a esos niños a que no es necesario trabajar para conseguir lo necesario para vivir, o no dar, para que los infantes se den cuenta que no es posible conseguir dinero en las calles? ¿Qué nos queda, dar en forma no-monetaria? Interrogantes complicadas. La idea está presente: dar para la necesidad del que no tiene. El proceso hermenéutico debe realizarse para encontrar nuestra mejor respuesta a este llamado.

Hay un mensaje adicional a los ricos. El pasaje del amor hacia los enemigos y la regla del oro (Lc. 6:27-36) nos da la pauta. Mateo lo relata (5:38-48; 7:12), pero Lucas hace el siguiente añadido:

“Y si prestáis a aquellos de quienes esperáis recibir, ¿qué mérito tenéis? Porque también los pecadores prestan a los pecadores, para recibir otro tanto. Amad, pues, a vuestros enemigos, y haced bien, y prestad, no esperando de ello nada; y será vuestro galardón grande, y seréis hijos del Altísimo; porque él es benigno para con los ingratos y malos. Sed, pues, misericordiosos, como también vuestro Padre es misericordioso” (v. 34-36).

El amor en términos del préstamo, un flechazo directo y certero a Mammón (Mt. 6:24). Más aún, Lucas expresa el amor hacia los enemigos en términos de amor hacia los morosos. ¿Cómo, entonces, entender esto? “Lucas entiende esta exhortación a los cristianos ricos. Bajo la ética social de su tiempo, los ricos invitaban solamente a los ricos para poder recibir a su vez la invitación de los mismos (Lc. 14:12). El Jesús interpretado por Lucas rechaza precisamente tal proceder. Este tipo de conducta se espera más bien de los pecadores que se limitan a hacer el bien a los que tratan bien y únicamente prestan dinero bajo garantía de devolución (Lc. 6:32-34). Los discípulos de Jesús, sin embargo, deben prestar sin esperar cosa alguna (6:35a). Son desafiados a ser misericordiosos como lo es su Padre Celestial (6:36). Por ello recibirán recompensa (6:35b): si absuelven (apolyo) a sus deudores, ellos mismos serán absueltos, es decir, se les perdonará… En términos económicos, Lucas desafía a los miembros ricos de su comunidad a abandonar una porción significativa de su riqueza y a emprender además algunas actividades desagradables, como la de otorgar préstamos riesgosos y perdonar deudas contraídas. Por supuesto, el lenguaje que expresa esa dimensión del discipulado es el lenguaje del año de jubileo: la idea del jubileo, de hecho, permea el Evangelio de Lucas[vi]

El Jubileo está vigente hoy en día. Con esa idea, comprendemos la situación vulnerable del pobre, la realzamos y asumimos, afirmando su estado de desventaja. Dios conoce la pobreza y ante ella nos consuela y anima, sabiendo que sus ojos están allí, vigilantes. No ignora la situación, no le da la espalda, no la olvida, no se hace el loco. Más bien, se encarna en ella, la vive y la explora. Pero, al mismo tiempo, se acerca al rico, le ofrece a salvación y le alienta a ejercitar el amor con una muestra práctica del compartir las riquezas con los que menos tienen. No le dice necesariamente que dejen sus funciones aparentemente ingratas (como a Zaqueo y su puesto de jefe de publicanos) ni que dejen de ser pudientes. Decir esto es ir en contra del espíritu del Evangelio. Sí lo invita a la justicia y a resarcir la falta. Al rico lo invita a ser generoso dando al que no tiene nada (mediante las limosnas). Es parte del testimonio misionero que se nos induce. Una misión que predica la salvación, la reconciliación y el perdón a todos los pecadores, pero al mismo tiempo desprendida, atenta con la necesidad del otro, lista a amar, no inclinada al dinero. ¿Cómo predicar las Buenas Nuevas si no somos sensibles a la problemática de nuestro auditorio?

No se puede predicar de ese modo, pero se ha hecho por mucho, mucho tiempo.


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[i] Stam, Juan: “Haciendo teología en América Latina. Juan Stam, un teólogo del camino”. Arturo Piedra-Editor. San José de Costa Rica, Litografía Ipeca. 2005. Pág. 23.
[ii] Lopez, Darío: “La misión liberadora de Jesús según Lucas”. En Bases de la misión: Perspectivas latinoamericanas. Redé Padilla-Editor. Buenos Aires, Nueva Creación. 1998. Pág. 237-239.
[iii] Citado por Lopez, Darío. Op. Cit. Pág. 240.
[iv] Bosch, David: Misión en Transformación. Grands Rapids: Libros Desafío. 2000. Pag. 130.
[v] Parte de la secuencia se extrae de Agencia Suiza para el desarrollo y la cooperación: “Pobreza-Bienestar un instrumento de orientación, de aprendizaje y de trabajo para la lucha contra la pobreza”. COSUDE, 2000.
[vi] Bosch, David: Misión en Transformación. Grands Rapids: Libros Desafío. 2000. Pag. 135.

sábado, 7 de abril de 2007

Jesús definiendo su misión: el manifiesto en Nazaret

Luego de su bautismo en el Jordán y la posterior tentación a la que fue sometido por parte de Satanás en el desierto por cuarenta días, Jesús permaneció por un tiempo en Judea (allí suceden eventos como su conversación con Nicodemo o la primera limpieza del templo de Jerusalén), retornando luego a Galilea para iniciar la parte exitosa de su ministerio que algunos denominan “año de popularidad”, donde su fama de profeta, predicador y hacedor de milagros se extiende por todo el país. Ya popular, viene a su pequeño pueblo, Nazaret, el lugar de su niñez, adolescencia y primeros años de adultez, donde todos lo conocían[i] y de tan mala reputación que hizo exclamar a Natanael: “¿De Nazaret puede salir algo de bueno?” (Jn. 1:46). Ya no es uno más: es, en cierta forma, alguien “importante”. Se fue en silencio. Vuelve como el personaje de moda. El texto lucano que describe su llegada dice los siguiente (4:16-30):

“Vino a Nazaret, donde se había criado; y en el día de reposo entró en la sinagoga, conforme a su costumbre, y se levantó a leer. Y se le dio el libro del profeta Isaías; y habiendo abierto el libro, halló el lugar donde estaba escrito:

El Espíritu del Señor está sobre mí,
Por cuanto me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres;
Me ha enviado a sanar a los quebrantados de corazón;
A pregonar libertad a los cautivos,
Y vista a los ciegos; (Is. 61:1)
A poner en libertad a los oprimidos; (Is. 58:6)
A predicar el año agradable del Señor. (Is. 61:2)

Y enrollando el libro, lo dio al ministro, y se sentó; y los ojos de todos en la sinagoga estaban fijos en él. Y comenzó a decirles:

“Hoy se ha cumplido esta Escritura delante de vosotros”

Y todos daban buen testimonio de él, y estaban maravillados de las palabras de gracia que salían de su boca, y decían:

“¿No es éste el hijo de José?”

El les dijo:

“Sin duda me diréis este refrán: Médico, cúrate a ti mismo; de tantas cosas que hemos oído que se han hecho en Capernaum, haz también aquí en tu tierra”

Y añadió:

“De cierto os digo, que ningún profeta es acepto en su propia tierra. Y en verdad os digo que muchas viudas había en Israel en los días de Elías, cuando el cielo fue cerrado por tres años y seis meses, y hubo una gran hambre en toda la tierra; pero a ninguna de ellas fue enviado Elías, sino a una mujer viuda en Sarepta de Sidón. Y muchos leprosos había en Israel en tiempo del profeta Eliseo; pero ninguno de ellos fue limpiado, sino Naamán el sirio”.

Al oír estas cosas, todos en la sinagoga se llenaron de ira; y levantándose, le echaron fuera de la ciudad, y le llevaron hasta la cumbre del monte sobre el cual estaba edificada la ciudad de ellos, para despeñarle. Mas él pasó por en medio de ellos, y se fue”



Jesús fue a la sinagoga del pueblo, lugar al que fue por años, en el día de recogimiento y culto judío. Es especial la frase “… y se levantó a leer” porque se circunscribe a la costumbre de la época: cada sábado los judíos tenían siete lectores: primero un sacerdote, luego un levita, luego cinco israelitas de la misma sinagoga. Es la única ocasión en la que localizamos a Jesús leyendo un texto directamente de los rollos que contenían la Palabra ya que siempre lo hallamos en sinagogas exclusivamente predicando[ii]. El busca y encuentra el texto (4:17). ¿Lo escoge él? ¿Era parte de una secuencia sobre la que ya estaban estudiando? No lo sabemos; sea la manera que sea, está en Isaías la lectura escogida por la Providencia Divina para expresarnos la base de la misión de Jesús.

¿Para qué sirvió el pasaje leído por Jesús en el contexto original del libro de Isaías? No es una pregunta de fácil respuesta porque el debate sobre la paternidad del libro es intenso. Bosch, por ejemplo, afirma que es “una profecía dirigida en primera instancia a judíos decepcionados, poco tiempo después del exilio. En su contexto, el oráculo buscaba animarlos, afirmando que Dios no los había olvidado sino que vendría en su ayuda al inaugurar el año favorable del Señor, es decir, el año del Jubileo[iii]. Robinson, en cambio, nos recuerda la destrucción completa del reino de Israel por las fuerzas de Senaquerib, la débil esperanza de las condiciones sociales de la población debido a la inmensa riqueza y extrema pobreza[iv] que convivían juntas, sumadas a las consecuencias de la guerra que habían arreciado los niveles atroces de pobreza de las grandes masas del país[v]. Sea cualquiera de las alternativas (doscientos años de diferencia entre ambas), el sentimiento predominante es el de decepción, desasosiego, ansiedad, y la profecía evidentemente busca brindar esperanza y consuelo en Dios, en su intervención y en el final feliz. Ambos escenarios convergen al jubileo prometido.

Sin embargo, hay un problema. Lucas inserta entre Is. 61:1 e Is. 61:2 la cita “A poner en libertad a los oprimidos” (Is. 58:6), subrayada en la cita de más arriba precisamente por este detalle. Es evidente que Jesús no leyó todo en el mismo rollo, aunque eso no significa que en otro momento Él no haya enseñado sobre el texto, como lo sugiere el comentario al texto de la Biblia de Jerusalén. La pregunta inmediata es: ¿Por qué Lucas hizo esta inserción? La respuesta es difícil porque no existe certeza, pero una fuerte posibilidad es que el apóstol pretendía comunicar algo adicional a los lectores de su relato que con la sola lectura de Isaías 61 hubiera quedado sólo parcialmente explicado. O distorsionado. O tal vez desviado del centro de la enseñanza de Jesús por la interpretación particular del tiempo del Nuevo Testamento. Entonces, ¿qué significado tiene la frase incrustada? Vamos a Isaías 58:6-7. La división del pasaje no está en la Biblia, pero sí la integridad del texto:

“¿No es más bien el ayuno que yo escogí:

(a) desatar las ligaduras de impiedad,
(b) soltar las cargas de opresión,
(c) y dejar ir libres a los quebrantados,
(d) y que rompáis todo yugo?

¿No es que

(e) partas tu pan con el hambriento,
(f) y a los pobres errantes albergues en casa;
(g) que cuando veáis al desnudo, lo cubras,
(h) y no te escondas de tu hermano?”


La parte (a) implica soltar toda atadura –puede traducirse también como lazos de maldad- con que uno haya injustamente atado a su prójimo (Lv. 25:49ss), como la servidumbre o un contrato fraudulento. (c) y (d) alude a los quebrantados con el yugo de la esclavitud (Neh. 5:10-12; Jer. 39:9-11, 14, 16). Para Jerónimo, el traductor de la Vulgata, este pasaje significa “quebrantados por la pobreza, en la bancarrota”[vi]. En Nehemías 5 se nos relata el caso de judíos pobres que tenían que vender o hipotecar sus casas y campos para poder pagar los impuestos determinados por el rey persa, al extremo de verse en la necesidad de vender a sus hijos como esclavos de los judíos ricos, los cuales sin duda alguna, aprovecharon la pérfida oportunidad para generar beneficios personales.

Por lo tanto, en esta coyuntura los “oprimidos”, “abatidos” o “quebrantados” son, definitivamente, los destruidos en el sentido económico, los que tal era su situación que tuvieron que venderse a sí mismos como esclavos sin esperanza de escapar. Se refieren a los arrinconados en el sistema económico por las deudas crecientes o por el trabajo que no llega. Para todos ellos es el anuncio del “año favorable del Señor”[vii], el llamado a un Jubileo que traerá ilusión de un mañana mejor. Es demasiado evidente el trasfondo económico y social de la frase añadida por Lucas. No podemos espiritualizarla de ninguna forma, tal como algunos comentaristas tratan de hacer. Incluso Henry dice que (Hay que) desatar las cadenas de maldad, esto es, las ataduras que hemos impuesto injustamente a otros. Que sea suelto el encarcelado por deudas que no tiene nada con qué pagar, que se acabe la vejación que pesa sobre el vecino, que sea manumitido el esclavo que es retenido por la fuerza por más tiempo que el de su esclavitud, y que se rompa todo yugo; no sólo han de ser sueltos los que son oprimidos injustamente bajo cualquier yugo, sino que debe quebrarse el yugo mismo, para que no vuelva a oprimir[viii]

Bajo este texto corrector se debe interpretar el todo el pasaje leído por Jesús en Nazaret. ¿Cómo podían entenderlo los oyentes? Sabemos que los judíos estaban bajo la sujeción del imperio romano, y no todo era color de rosa. “… de un extremo del Mar Mediterráneo al otro, el mundo conocía una paz inaudita. Sólo en Palestina había murmullos de nacionalismo; en otras partes las naciones, rendidas por una serie de guerras mundiales, se contentaban con descansar bajo las alas de la pax romana[ix]. El fanatismo de los zelotes, revolucionarios judíos a los que perteneció Simón el Cananista y que mantenían una posición resistente ante la autoridad romana llegando al uso de las armas, mantuvo al pueblo en agitación permanente, especialmente en Galilea, que estaba invadida de sediciosos independentistas, individuos con pensamientos apocalípticos y recelosos religiosos que esperaban, todos ellos, la llegada del Mesías libertador, militarista, poderoso. Todo mensaje bíblico donde se mencionase al Mesías exacerbaba el espíritu revolucionario del pueblo. Todos estaban prestos a enrolarse bajo las órdenes del Ungido para expulsar a los perros gentiles invasores y ser así un pueblo de Dios libre.

Con esto, llega Jesús a leer Isaías 61[x] y, provocadoramente, exclama: “Hoy se cumple esta Escritura en presencia de ustedes” (Lc. 4:21). ¿Qué pensaría el auditorio, sus compañeros de juegos, ya adultos, los levitas de la sinagoga? ¡Que tal vez es el momento de la revolución! Es esta la forma en la que ellos interpretarían el pasaje. Pero no es tan así. No consideraron el “A poner en libertad a los oprimidos” (Lc. 4:18). Y más aún, percibieron “cómo Jesús corta intencionalmente el texto de Isaías, pues él no ha venido para venganza, para derramar ira. El Mesías no era de la clase de Mesías que los judíos esperaban; era un Mesías que deja a un lado la venganza y asume el perdón, que se ha comprometido con la no-violencia[xi]. Por ello la protesta y el enfado del auditorio: Jesús sólo predicó sobre la misericordia de Dios, pero evitó hablar sobre la venganza mesiánica. Y lo quisieron desbarrancar.

No entendieron nada.

¿Cuál es, pues, el mensaje de Jesús en ésta definición introductoria que Él mismo hace de su misión? ¿Qué es lo que realmente quiere decir? No es el mensaje de revolución que esperaban sus vecinos nazarenos, sino es uno de perdón y misericordia, presto al amor a todos y listo a disculpar la ofensa, por más fuerte que haya sido (Mt. 5:43-48). No es un mensaje espiritualista en donde sus seguidores, con ojos de carnero degollado, mirarán al cielo esperando su llegada ni tampoco es una enseñanza escapista. Su misión, en contraste, tuvo los pies bien puestos sobre la tierra, como Cristo que se encargó y andó por los mismos caminos que nosotros en nuestro peregrinar caminamos, y una de sus aristas importantes era contemplar a la opresión desde el punto de vista de las diferencias económicas y sociales. Tampoco es una proclama de destrucción del sistema como eje del cambio, sino que nos exige involucrarnos, vivir el día a día, encarnarnos en la necesidad de nuestro entorno y hacer algo con ella.

Por ello, el mensaje de esperanza del año favorable del Señor, esto es, “el jubileo de las tradiciones hebreas y de las proclamaciones proféticas (que) era lo que podríamos llamar “la revolución de Dios” o “la revolución de la gracia”: nuevos comienzos en la sociedad a fin de corregir las injusticias acumuladas por la apropiación de las tierras de las familias (por la fuerza, por la ley, por la guerra, por impuestos o acciones arbitrarias de los reyes, por enfermedades o muertes, por desastres naturales, y las deudas consiguientes) que llevaban a la esclavitud y a la pobreza crónica. El jubileo apuntaba a una reestructuración periódica de las relaciones sociales con el fin de dar libertad y acceso a los medios de vida y de trabajo a cada generación. El jubileo era un acto de gracia de Dios (liberación, perdón, nuevos comienzos) que a su vez requería un acto de gracia de las autoridades y del pueblo”[xii]. La misma esperanza del profeta Isaías para su pueblo sufriente, pobre y sujeto de injusticias tremendas es la que Jesús toma en este nuevo tiempo en el que “el reino de los cielos se ha acercado”. Al decir que la profecía estaba cumplida, Jesús afirma que este jubileo ya está aquí de manera permanente. Hoy, aquí, en el Perú y en todo el mundo, el jubileo es una esperanza ya cumplida, pero, como el mismo reino de Dios, es una realidad que “ya pero todavía no”, donde será más presente cuando los cristianos sean más concientes y sensibles de su papel en la misión de Dios y su proceso reconciliatorio. Por ello este mensaje de Jesús atento al pobre como opción preferente (pero no única), demanda de nosotros compasión, un compartir permanente, solidaridad, renuncia, sacrificio, lucha por la justicia en todas sus instancias pero, en especial, por la justicia económica.

Amigos y amigas mías, que así sea.

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[i] Erdman, Carlos: “El evangelio de Lucas”. Grand Rapids, TELL, 1974. Pig. 66-67.
[ii] Henry, Matthey: “Comentario Bíblico”. Barcelona, Editorial Clie, 1999.Pág. 1274
[iii] Bosch, David: Misión en Transformación. Grands Rapids, Libros Desafío. 2000. Pág. 132
[iv] Más al respecto en Torres Valenzuela, Pedro: “Sanidad en Isaías”. Lima, Gráfica Maranatha 1995. Pág. 32-35.
[v] Robinson, Jorge: “El libro de Isaías”. Grands Rapids: TELL. 1978. Pág. 31.
[vi] Jamieson R., Fausset A., Brown D: “Comentario exegético y explicativo de la Biblia: Tomo I: El Antiguo Testamento”. El Paso: Casa Bautista de Publicaciones. Pág. 644.
[vii] Bosch, David: Misión en Transformación. Grands Rapids: Libros Desafío. 2000. Pág. 133
[viii] Henry, Matthey: “Comentario Bíblico”. Barcelona, Editorial Clie, 1999.Pág. 802.
[ix] Foulkes R.: “Panorama del Nuevo Testamento”. Miami: Editorial Caribe, 1968. Pág. 10.
[x] Una explicación más completa está en Bosch, David: Misión en Transformación. Grands Rapids: Libros Desafío. 2000. Pág. 141-147.
[xi] C. René Padilla y Harold Segura (editores): “Ser, hacer y decir: Bases bíblicas de la misión integral”. Buenos Aires, Ediciones Kairos, 2006. Pág. 249
[xii] Mortimer Arias y Juan Damián: “La gran comisión”. Quito: CLAI, 1994. Pág. 65.