jueves, 28 de mayo de 2026

Apuntes de una lectura teológica y económica de la nueva encíclica de León XIV

Antes de hablar de lo que dice la encíclica sobre la IA -cosa que espero hacer en otro posteo-, me quiero detener un momento para hacer una lectura teológica y económica del texto que acaba de publicar León XIV. Porque, más allá de la discusión tecnológica, lo que aparece aquí es una visión profundamente política del desarrollo contemporáneo. Hay varias cosas bien interesantes que se pueden comentar.


Por ejemplo, la encíclica hace un juicio ético contra la financiarización del mundo y la arquitectura que se ha construído para sostenerla (disclaimer: yo trabajo para esa arquitectura), y no lo hace desde principios abstractos sino que aterriza directamente en algo tan concreto como la opción preferencial por los pobres y su encaje en variables como la automatización y el empleo. Desde aquí, se nos invita a resistir al “síndrome de Babel”: “la idolatría del lucro que sacrifica a los débiles, la uniformidad que aplana las diferencias, la pretensión de un lenguaje único —incluso digital— capaz de traducirlo todo, incluso el misterio de la persona, en datos y rendimientos» (párrafo 10).


El capítulo IV de la encíclica, específicamente en la parte que habla de la dignidad del trabajo en la transición digital, trata del mito que dice que la evolución tecnológica y los mercados siguen un camino inevitable al cual debemos someternos sin resistencia. Eso no es verdad, y siempre, como cristianos, debemos estar atentos y participar de las agendas que transforman el mundo porque el evangelio es, precisamente, transformación. 


Por ejemplo, podemos decir que la salvación y la liberación están presentes en la renovación de las estructuras materiales del presente, y desde aquí podemos —y debemos— discernir críticamente los cambios del mundo cuando estos se oponen a la aspiración de una humanidad justa y solidaria. En este contexto el papa dice que «cada decisión técnica o económica se convierte en un punto de discernimiento espiritual, una ocasión para verificar si los avances de la IA abren espacios de justicia y participación o concentran la riqueza y el poder en manos de unos pocos» (párrafo 240). Hay una razón que debemos tener en cuenta: la innovación digital no es neutral. Pueden ampliar nuestras oportunidades, sí, pero también pueden «sustentar modelos que explotan a los más vulnerables, alimentan nuevas esclavitudes y transforman el conflicto en oportunidad de lucro» (párrafo 240).


Hay una preocupación del papa por el hecho de que «hoy en día, en la “cuarta revolución industrial”, esta preocupación se agudiza, ya que la innovación suele acogerse únicamente con el fin de reducir costes y aumentar los beneficios», advirtiendo además que «en muchos sectores, esto ya se traduce en nuevas formas de precariedad y desigualdad, con remuneraciones muy elevadas para una minoría altamente especializada y salarios cada vez más bajos para una gran parte de la población activa» (párrafo 151). Muchas voces vienen anticipando este escenario desde hace años, y aquí la encíclica parece sugerir que las dinámicas económicas y tecnológicas no pueden quedar libradas únicamente a la lógica del mercado, sino que requieren mediaciones políticas, regulatorias y comunitarias orientadas al bien común.


Tal vez el punto cumbre de la interacción entre la teología y la economía se da cuando León XIV establece una frontera ética que marca las pautas de las prioridades del desarrollo contemporáneo. Dice que «el objetivo de obtener mayores beneficios no puede justificar decisiones que sacrifiquen sistemáticamente el empleo, porque la persona humana es un fin y no un medio, y el orden económico debe permanecer subordinado a su dignidad y al bien común» (párrafo 152). Por lo tanto, la encíclica respalda la necesidad de diseñar sistemas centrados en la persona y no solo en el rendimiento (párrafo 150), devolviendo a las instituciones colectivas su función de administradoras del bienestar social, de tal manera que se eviten tensiones debido a «reservas de mano de obra precaria y focos de inestabilidad» (párrafo 153). 


La encíclica se aleja del establishment económico porque dice que la economía y el desarrollo tecnológico no están gobernados por leyes inmutables ―que a los economistas nos encanta defender― sino por la filosofía moral y el discernimiento colectivo. Se entrelazan la teología social con la estabilidad laboral, y se marca una hoja de ruta que basa sus principios en la figura bíblica de Nehemías, convocando no ser «espectadores resignados a las fracturas sociales y culturales, ni simples comentaristas de las ruinas, sino mujeres y hombres que entran en las obras de la historia ―laboratorios de investigación, empresas tecnológicas, escuelas, medios de comunicación, instituciones, comunidades locales― para levantar lo que se ha derrumbado y proteger lo que está expuesto» (párrafo 241). 


Las implicancias son gigantes. Podemos inferir que es posible utilizar la regulación, las políticas fiscales y el discernimiento colectivo para garantizar la equidad entre las personas ante el reto de la IA. No pueden ser solo opciones técnicas para los gobiernos, sino que deben ser consideradas como condiciones indispensables para edificar un hogar, de todos los seres humanos, sólido y hospitalario en el mundo actual.


Insisto lo que dije antes: es una encíclica profundamente política. En otras palabras: León XIV no está escribiendo solamente sobre tecnología. Está discutiendo el poder y una forma de ver al mundo: desde el amor, la dignidad humana y el bien común.


jueves, 7 de mayo de 2026

La fe en la vorágine

A veces no lo creo: este blog ya tiene más de veinte años, aunque en los últimos tiempos los espacios de escritura han sido en extremo distanciados. Mucha agua ha pasado bajo el puente, y una de las cosas que he aprendido -y que son evidentes en varios de los textos del blog- es que la teología no es una disciplina de respuestas estáticas, sino que más bien es algo que muta, evoluciona dinámicamente según el andar de nuestra vida y nuestro corazón. Las preguntas que aparecen van siendo distintas y a veces se van haciendo más difíciles, pero con suerte nuestra habilidad para contestarlas también va creciendo. O simplemente no queda más que resignarnos a no conocer la respuesta.

Algo que llama mi atención desde hace tiempo es sentir y pensar a nuestra vida desde la turbulencia. En mi día a día me muevo en el mundo de los riesgos financieros. Allí, las colas negativas de las distribuciones son casi obsesión, esto es, los momentos en los que hay colapso y las estructuras financieras y económicas se ponen a prueba. En la vida creo que pasa algo parecido: también hay colas negativas que traen vientos huracanados, y nuestras estructuras se ponen también a prueba, incluyendo nuestra visión de Dios y nuestra espiritualidad. ¿Cómo pensamos? ¿Cómo nuestra fe se tensa? ¿Cómo sentimos a Dios? ¿Cómo recibe nuestras lágrimas? ¿Sentimos que nos escucha? ¿Pensamos en que podemos perder la fe? ¿La perdemos? ¿La recuperamos?


La fe más allá del refugio

A menudo nuestras estructuras de fe son construidas para la “normalidad”, para cuando todo está bien o movimientos “esperados” o “usuales” (como suelen ser los modelos de riesgos): una fe para el templo, para la calma o la paz emocional. Una fe para el refugio, para el cobijo dentro de las murallas de la seguridad. Las religiones suelen ser así. Sin embargo, una fe diseñada para vivir en el refugio no nos sirve de mucho, es en realidad una fe frágil, de la que no quiero.


Yo creo que la espiritualidad de verdad se gestiona afuera, en la lluvia, en la intemperie, no dentro de las murallas. En lo común del día a día, en el cuidado del espacio en donde vivimos, donde gestionamos la convivencia con nuestros vecinos, en el manejo del auto, en la mirada frente a la computadora laboral, en el abrazo a los hijos, en la mirada de amor hacia la esposa. La fe no es un discurso, es más bien una especie de ética operativa, del día a día, un BAU (business as usual) que se debe cumplir escrupulosamente. Es lo cotidiano convirtiéndose en liturgia. La vivencia de lo divino se traduce aquí como integridad pero especialmente como servicio a los demás. Puedo pensar también en el papel de la fe en el pensamiento (aquí me sale mi función de profesor universitario), donde la fe debe ser creer sin renunciar a la razón, donde ésta se convierte en una especie de sistema de protección contra la mentira y el pensamiento simplista que tanto abunda hoy, una manera de discernir la verdad entre la marea del ruido. Una fe contra las fake news y la desinformación malintencionada.


Fe y vulnerabilidad

Pero estar afuera tiene sus riesgos también. Uno grande, creo yo, es el peligro a encerrarnos dentro de fundamentalismos y teorías de la sospecha (tan abundantes ahora en las redes), que nos ofrecen una seguridad falsa que roba el amor, y su humanidad. Es demasiado triste ver esto en el día a día.


Pero otro riesgo es la incertidumbre, donde cada vez tenemos menos seguridades y menos certezas, donde la verdad parece ser atacada por todos los frentes. Ante la incertidumbre, madre de los riesgos financieros y de todo tipo de riesgo, lo que debe hacer la fe es asumirla y aceptar nuestra propia vulnerabilidad ante lo que nos rodea. La fe no tiene que ser absolutista, y no debe tener miedo a ser retada y cuestionada, sino que tiene que entender que su valor real no está en cuanto sabe, sino en cuánto es capaz de estar a nuestro lado en los momentos de mayor turbulencia. Es aquí, en el centro de la vorágine, del caos y la nausea, cuando Dios aparece, nos acoge, y nos pide confiar de manera absoluta, dicíendonos que él resucitó a la hija de Jairo, a Lázaro, que caminó sobre el lago y abrió el mar, que creó el mundo, y que no dejará de estar a nuestro lado, aunque la incertidumbre nos ahogue y las circunstancias parezcan ir en nuestra contra.