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martes, 19 de febrero de 2019

Las teorías de la conspiración

Fuente: Memes de Teología y Filosofía para ex Fundamentalistas
En los dosmiles llegaron las redes sociales. Las primeras que aparecieron, como Hi5, nos permitían hacer pocas cosas pero ya contenían esa cosa fundamental que tocaba esa fibra poderosa que no se puede separar de la curiosidad y la vanidad. Tiempo después estuvo MySpace, y se consolidaron Facebook, Twitter, Snapchat e Instagram. Linkedin hizo su camino paralelo, y Google+ fracasó en su intento de luchar contra Facebook. Son hoy ineludibles para la vida de la mayoría.

Estas redes nos han transformado la vida. Solo hago notar una cosa que es enorme e importante, entre tantas cosas que han provocado: les ha dado una voz a todos que puede retransmitirse, viralizarse, llegar a todas partes. Hoy día cualquier persona puede decir algo, hacer un video, escribir un post en un blog o una actualización del perfil de Facebook, y el contenido potencialmente puede ser visto por miles de personas. Esta capacidad no existía antes. Recuerdo que hace diez años esto se vendía como algo muy positivo, como una cuestión revolucionaria. En el papel, por supuesto, eso parece ser así. Suena como un ideal bonito el que todos tengamos voz. ¿Quién se opondría a esto?

No pasó mucho tiempo para que pronto tengamos que anunciar problemas a Houston. La voz para todos no dio los resultados pensados, todo lo contrario. Prontamente surgieron personas que parecían ser especialistas en cada tema existente, todólogos completos que iban en contra de la tendencia mundial a la especialización de los conocimientos. De pronto se impuso la ira detrás de la desinhibición que las redes fomentan. Con perfiles anónimos, trolls insultaron sin misericordia y muchas veces de manera innecesaria. Se nos impuso el reinado de la bilis, de la malaleche. Tal vez siempre estuvo allí, restringido a las esquinas de las calles o a las bancas de los parques, pero ahora se manifiesta al mundo porque tiene el poder para hacerlo. Lo inteligente y lo estúpido puede difundirse a todas partes al mismo nivel, pero una es más poderosa que la otra. El que lee, entienda.

Pronto se hizo evidente la vieja desconfianza por la ciencia y el muy vigente anti-intectualismo. Bueno, desde el colegio ya esto se ve: la mayoría tiene dificultades con los cursos de ciencias; que per se desconfíen o minimicen su impacto o la desprecien al menos a mí no me sorprende. Luego se infló eso de "mi verdad, tu verdad", acentuándose esa tendencia tan postmoderna. También el rechazo a la lógica. O el dominio de las fake news, como una licuadora donde la verdadero y lo falso se mezclan sin tener la capacidad de distinguirlos. Todo junto hizo que las redes se convirtieron en el caldo de cultivo perfecto para el surgimiento de varios movimientos que al inicio eran casi pintorescos, una broma, un meme gracioso, pero que se expandieron como una especie de virus y ahora tienen seguidores por todo el mundo: los antivacunas, los terraplanistas, los luchadores por la familia y anti ideología de género, los negacionistas del cambio climático.

Si rechazas visceralmente a las ciencias, si la minimizas, desprecias o usas de ella solo lo que te conviene, te preguntarás el porqué la ciencia convencional trata de imponer su discurso a todos. ¿A quién beneficia eso? Dirán de inmediato que hay intereses ocultos. Un paso más allá llegan en masa las teorías de la conspiración: el gobierno de Estados Unidos, la NASA, la CIA, el FMI, la ONU, la OEA, George Soros, los masones, los Illuminati, los satanistas, el lobby gay, los LGTBI, la izquierda, los marxistas, los comunistas, los judíos, el Estado, siempre el terrible Estado. Súmale a este cóctel la religión que tienes (bonus si eres católico o evangélico), tu tendencia política (otro bonus si eres de derecha o simpatizante de los republicanos), el conservadurismo reflejado en la explosión y difusión del miedo, y listo, tenemos nuestro mundo de 2019.

¿Dónde están los científicos? Perdiendo la batalla mediática-rediática porque están cómodos dedicados a hacer experimentos complejos y escribir libros o papers para revistas indexadas, mientras miran por debajo del hombro a todas las demás personas. Bien metidos en su Olimpo, sin interés en combatir estas narrativas. No creo que les sería tan difícil volver a hacer el experimiento de Eratóstenes para medir la circunferencia de la tierra, pero no aparecen. Algunos de estos grupos llegan a negar la condición de ciencia de, por ejemplo, las ciencias sociales, pero ni eso hace bajar de las nubes a nuestros hombres de ciencia. Sí, científicos, es más que importante lo que hacen, pero hay una batalla en el llano que deben enfrentar.

Por supuesto, hay algunos que están aprovechando este nuevo escenario. Por ejemplo, llama la atención del impacto internacional de la oposición a la perspectiva de género. Hay sincronización entre el movimiento en los distintos países, no parece ser algo tan espontáneo tal como sus promotores lo quieren vender. Además, es curiosa las similitudes de pensamiento de los líderes del movimiento, que la transmiten a sus seguidores: marxismo cultural, anticomunismo, antiizquierdismo, liberalismo económico. O sea, de contrabando pasan principios, a lo caballo de Troya, que van más allá del aparente mensaje conservador o cristiano. Y aunque los argumentos iniciales hayan nacido en El Vaticano, ya este avance exponencial parece tener otros promotores. Pero no tengo tanta información o sensibilidad para detectar el origen.

La lluvia sobre mojado: nos influencia Cambridge Analytica y quien puede pagar nos empuja a donde quiere. Que embrollo; no sé bien cómo podemos salir de esto.

domingo, 2 de diciembre de 2018

Los nuevos científicos

Cuando era adolescente algunas voces ya mayores me decían que la universidad era un reto para los cristianos, no necesariamente por la complejidad de los tópicos a estudiar sino, más bien, porque nos adentraríamos en paradigmas científicos que son marcadamente opuestos a las enseñanzas del cristianismo. Nos iríamos a la cueva del lobo y debíamos estar preparados intelectual y espiritualmente. 

Por ello, existían -aún permanecen- ministerios que trabajan con estudiantes universitarios y sus particulares luchas y dudas de fe ante las muchas consignas que pueden serles rebatidas, como la evolución con su universo de 13,800 millones de años en contraste con un mundo de 6,000 años con dinosaurios apiñados en el arca, la posibilidad de más vida inteligente además de la terrícola o, si eras estudiante de ciencias sociales, el temible marxismo, la doctrina político-económica atea por excelencia. Ya ni hablemos de la filosofía y su particular manera en que se enfrenta a la existencia de Dios: muchos ya consideran, en la práctica, un rechazo a la existencia de la Divinidad. Por eso, en los setentas, o más atrás, ir a la universidad era algo no fomentado en el pequeño mundo evangélico latinoamericano. Cierta [gran] parte de lo científico era visto con mucho recelo. 

Sin embargo, desde hace poco veo que se ha dado un gran viraje en la visión de lo científico. Ahora usamos la “ciencia” para fundamentar nuestras explicaciones. Por ejemplo, debido a la perspectiva particular respecto a la teoría de género, cientos de cristianos usan como argumento el cliché de que no es científica; hablan hoy de evidencia, de biología, de anatomía. Otros hablan de postulados ideológicos, de lo natural y antinatural, de diseño original [científico, claro está], de que los hombres y mujeres son fisiológicamente diferentes, que sus diferencias se basan en lo que determinan sus genes y nada más, que la superposición de las construcciones culturales y sociales es algo que no tiene relevancia, que es un mito o una mentira. La “ciencia” por detrás de todo. Pero las naturales nada más. 

Por andar en las labores mundanas, me perdí de la reconciliación del evangelicalismo con la “ciencia”, aunque me da la impresión de que es cosa utilitaria. ¿O me equivoco?

viernes, 30 de diciembre de 2011

Cuestión de imagen

Ya pasaron algunas semanas desde el gran escándalo que los medios periodísticos generaron por el particular juramento de la ministra evangélica Ana Jara y la posterior entrevista con Beto Ortiz en su noticiario mañanero. 






Nuestra mediocre prensa fue inmisericorde con ella, catalogándola –con un nivel supremo de ignorancia y prejuicio- como una fanática cucufata (esos fueron los términos más amables). Por supuesto, ellos, muy sabihondos, comentaban sobre lo que es el evangelicalismo, mezclaban términos con un profundo desconocimiento y de inmediato la tacharon, como si el hecho de tener una fe y profesarla fuera un causal potente para no ser un funcionario público de confianza. Hace años que perdí el respeto por la prensa peruana, y esta actitud parcializada que una vez más mostró no me sorprendió en lo absoluto. Como le comenté a una amiga por Twitter, si es tan evidente la desinformación de estos periodistas sobre lo evangélico, y a pesar de “estar en la calle” en los temas que comentan, tratan de mostrar una imagen de conocimiento ante sus lectores, ¿en cuántos otros temas pasa lo mismo? La respuesta se cae de madura: en bastante de lo demás. 

Fuera de ese asunto, hay varias cuestiones que han quedado manifiestas. La primera, la ya mencionada: la pobreza de la prensa. La segunda, la inocencia de la ministra, que en la entrevista con Beto Ortiz mostró una candidez política en sus respuestas que la hizo presa fácil de los buitres mediáticos. Lo tercero, la opinión generalizada de que la religión no debe intervenir en la política. Entiendo que el estado debe ser laico, que las iglesias como instituciones deben permanecer al margen de las decisiones políticas excepto la inevitable misión profética, pero de allí a satanizar a gente que cree en algún Dios, y mueve su vida de acuerdo a la forma en que interpreta a ese mismo Dios, es demasiado. Uno tiene una especial cosmovisión, y el hecho de que ésta sea teísta no me descarta para la función pública, en especial si tengo los conocimientos y habilidades profesionales necesarias (el cual es el caso de la ministra). ¿Por qué debe restringirse mi participación pública, a la cual tengo derecho como cualquier ciudadano, por el simple hecho de tener una cosmovisión teísta? ¿Qué la hace inferior a una cosmovisión no teísta? ¿Qué la hace descartable? ¿Por qué una cosmovisión personal que puede basarse en traumas y prejuicios sería necesariamente superior a una basada en la enseñanza de una iglesia de dos mil años de antigüedad? 

Además, creo que es necesario que se tome nota de esa percepción de una parte de la sociedad respecto a los evangélicos. Siempre existirá, por supuesto, una visión restringida de algunas personas a las cuales hemos contribuido con nuestras particulares taras, pero la pregunta real es si esa imagen que estamos dando es la adecuada en términos de participación política. Porque es evidente que la política nos empieza a interesar cada vez más, pero también es claro que la imagen que tanto ha servido para el crecimiento explosivo de las últimas décadas puede ser contraproducente desde el lado político, porque ser representante de una comunidad implica serlo de todos, no solo de los que son como uno mismo. Esto comienza en asuntos pequeños como el de someternos a un juramento o nuestro desenvolvimiento en una entrevista con un periodista complicado.

miércoles, 7 de diciembre de 2011

Inevitable obsolescencia

Supongamos la existencia de una realidad “R”. “R” está afectada por una serie de variables “X” en una relación de causalidad directa. Imaginemos que son tres mil las variables “X” que determinan la realidad “R”. Es decir: 

 
No tenemos idea de la ecuación exacta que relaciona las tres mil variables “X” con la realidad “R”. Jamás lo sabremos porque es imposible de determinar. Sin embargo, tenemos la necesidad de interpretar a “R”, de explicarla, de entenderla. Por eso, podemos hacer simplificaciones y tomar, en lugar de las tres mil variables “X”, solo tres o cuatro de ellas -cantidad de variables más manejable para nuestro intelecto limitado-, las más importantes a nuestro parecer, y con ellas establecer relaciones de causalidad. Por ejemplo, tendríamos lo siguiente: 

 
Son miles de posibilidades, y cada analista de la realidad puede tomar diferentes alternativas. La combinatoria es grande, y aunque es un número que puede calcularse, no es relevante para el propósito de este pequeño post. Lo que debemos tener en cuenta es que relacionamos a “R” con dos sets distintos pero limitados de variables “X”, ya no con las enormes tres mil variables apabullantes. Sin embargo, aparece un problema: yo no sé cómo se determina la relación entre las limitadas variables “X” y la realidad “R”. Se me ocurren las siguientes maneras a manera de ejemplo: 


Tendré miles posibles ecuaciones que intentan explicar “R”. Cada una de ellas es un modelo, esto es, una aproximación de la realidad. Dicho de una manera un poquito diferente, el resultado de mis ecuaciones será una simplificación, un modelo que tratará de explicar el funcionamiento de la realidad “R” de manera aproximada. Mis modelos jamás lograrán explicar a plenitud “R”, y esto es así porque no considero todas las variables. Siempre será lo siguiente, para cualquier modelo: 


Existirá una tendencia del modelo a la realidad, pero no llegaremos a ella. Ahora, imaginemos que nuestro set de variables es el siguiente: 


Las cuales son modelizadas de la siguiente manera: 


Supongamos que este modelo explica muy bien la realidad. Digamos que en un 95%. Somos felices con nuestro nivel de interpretación de “R”. Ahora imaginemos que la realidad “R” es dinámica, esto es, que las tres mil variables cambian en el tiempo, que las que eran importantes antes ya no lo son ahora, que las que antes eran despreciables ahora son relevantes, o que variables desconocidas aparezcan por modificaciones en el entorno. Digamos que estos cambios afectan a nuestro modelo, y dos de nuestras tres variables se hacen irrelevantes, y una de ellas sirve poco en el nuevo escenario. El poder de explicación del modelo ha bajado, digamos que a un 20%. El modelo ya no sirve, y debe ser reemplazado completamente, o quizá solo ajustado. Esto quiere decir que los modelos se hacen obsoletos, y tienen que ser cambiados cuando las variables “X” que explican a la realidad “R” son dinámicas, y cambian continuamente. Creo que no vale la pena explicar el hecho de que nuestro mundo es ferozmente dinámico. 

En resumen, podemos decir que: 

(1) Para explicar la realidad “R”, hago simplificaciones y solo tomo algunos aspectos relevantes de ella, descartando los demás. 

(2) Mis explicaciones, dependiendo de su nivel de complejidad, pueden ser simples opiniones o puntos de vista, pero pueden llegar a ser modelos o doctrinas sumamente elaboradas. 

(3) Estas explicaciones serán siempre aproximaciones a la realidad “R”. No pueden pretender abarcarlo todo por su origen simplicador. Nunca una explicación toma todas las variables. Pretender abarcarlo todo, explicando toda la realidad “R” con un modelo o doctrina, es un error serio. 

(4)La realidad es dinámica. Lo que antes era significativo, ahora no importa. Lo que hoy es fundamental, ayer no existía. 

(5) El hecho de que la realidad sea dinámica, significa que nuestras opiniones o puntos de vista, o nuestros modelos o doctrinas, se hacen obsoletos. Por lo tanto, deben formarse nuevas opiniones y puntos de vista, y deben hacerse nuevos modelos y doctrinas. Insistir con un modelo que puede ser caduco, es un error serio. 

“R” puede ser múltiples cosas. Puede ser, por ejemplo, las relaciones económicas. Las aproximaciones pueden ser, por ejemplo, teorías económicas como el neo-keynesianismo, la teoría neoclásica, el monetarismo, el marginalismo, el liberalismo o el marxismo. Todas, aproximaciones particulares de la realidad, todas simplificaciones, todas sujetas a la obsolescencia inevitable. “R” también puede ser la realidad teológica, y encontraremos la misma lógica: aproximaciones a la Divinidad que, inevitablemente, se harán obsoletas. Por eso, y como lección final, no se puede asumir un modelo o doctrina expuesta a la obsolescencia como un gemelo, un equivalente a una realidad dinámica. Mucho menos endiosarla. Eso ya es casi irracional, aunque, tristemente, es un mal generalizado.

domingo, 27 de noviembre de 2011

Exilio que no es exilio

Nicolás Panotto acaba de escribir un texto en su blog sobre los cuestionamientos hacia las personas que hacen teología desde el exilio, esto es, fuera del cobijo de la iglesia tradicional. Desde que supe que reflexionaría sobre eso en Facebook, me interesé en su escrito de una manera intensa. La razón es evidente: hablaría de mí, alguien que asistió a una iglesia por dieciséis años, sirviendo activamente por más de la mitad de ese tiempo, y que demoró cinco larguísimos años en tomar la decisión de abandonar las paredes del templo a pesar de que la situación dentro era, en verdad, un real desastre, un conflicto abierto e inmisericorde que había dejado en el camino muchos muertos y heridos; yo, entre ellos. 

Recuerdo cuando hice unas pocas lecturas sobre las experiencias de muchos cristianos que, por una razón u otra, decidieron vivir sin la iglesia. Poco a poco observé el fenómeno con más atención, en paralelo a los tiempos de convulsión y enfrentamiento que vivía con el clero de mi iglesia local; no obstante eso, no consideraba la idea de dejar la iglesia. Tenía mis serios rechazos a cristianos independientes, lo reconozco hoy. No podía comprender cómo una persona fuera del fuego de un templo, podría reflexionar, enseñar, tener comunión con un Dios que dejó una enseñanza expresa respecto al congregarnos. No lo lograba entender. Tenía los paradigmas eclesiales aún incrustados en la cabeza. 

Un día llegué un punto en que no pude más. Luego de un tiempo en que, en la práctica, faltaba más domingos de los que asistía, dejé de jugar al visitante ocasional cortando completamente los lazos. Estaba fuera. Sin intenciones de volver. Auto-expulsado. Sin embargo, aún me interesaban los temas teológicos, aún me interesaba Dios, como cuando era niño y pedí con toda la inocencia de mis diez años por un imposible que al día siguiente por la tarde me fue increíblemente concedido. Me sentía aún cristiano, aunque no de la misma forma en que lo era diez años atrás. Las palabras de algunos amigos –orientados hacia afuera- se hicieron más relevantes. Aunque siempre me fue claro que es fundamental vivir en relación con otros cristianos, descubrí, con estupor y maravilla al mismo tiempo, que no necesariamente la iglesia es sinónimo de comunidad. Que la comunidad de fe puede encontrarse en lugares inimaginables, y que uno puede construir el reino de Dios fuera de los usuales convencionalismos: campañas, prédicas y retiros. Hay mucho más que eso. La cosa es que nos demos cuenta. 

Decidí salir para detener el daño, para evitar profundizar más las heridas, para curarlas. Afuera, sin necesidad de encontrar congregación nueva (el requerimiento de mucha gente, que me lo hacía saber con frecuencia) encontré una comunidad de verdad. Un lugar de apoyo desde donde la fe podía, a pesar de lo aplastante de la oposición de tantas cosas que este mundo tiene, ser cobijada. Esa comunidad, de una u otra forma, es sostén de la vida, del espíritu y el alma, convirtiendo el exilio en no-exilio. Esa comunidad me acoge desde Lima pero también de otros lugares, con gente que con el tiempo se ha hecho muy cercana. Junto a esta comunidad, en la que cada uno mantiene sus propias dinámicas en sus particulares espacios, he podido avanzar en la labor de hacer teología desde el camino y no desde el balcón. Se puede hacer. Y me atrevería a decir que se debe hacer, sin falta. En esos espacios también Dios se manifiesta.

domingo, 17 de julio de 2011

Unidad en serio

Cuando tenia menos años de edad pensaba que era un real escandalo que la cristiandad esté partida en miles de pedazos independientes entre sí. Me dolian las peleas, las guerras, los desplantes que unos cristianos le hacian a otros, las mutuas acusaciones de herejia, las excomuniones de un lado al otro. Claro esta, tambien pensaba que mi lado de la cristiandad (para dar una idea, ese lado podría definirse como el cristiano evangelico no pentecostal de transfondo conservador) era el que tenia las ideas correctas, las perspectivas mas sanas. Por lo tanto, de manera indirecta  pensaba que la unidad de la iglesia significaba que los demas debian converger al punto de vista de mi rincón eclesial.

Poco a poco me fui dando cuenta que muchos de los diferendos eran -con frecuencia- simples cuestiones de prejuicios y que, en realidad, la propia naturaleza humana permite una multitud de acercamientos a una misma cosa: la diversidad, por lo tanto, es inevitable, natural, en particular en aspectos eclesiales-teológicos. Por lo tanto, ante ese escenario, lo fundamental era el dialogo, la capacidad de lograr acuerdos, y la aceptación de la existencia del diferendo. Me di cuenta, también, que mi propia perspectiva era fruto de muy diversos factores, no necesariamente superiores a los de los demás, que creían lo que creían por muy distintas razones, que si yo hubiera nacido en sus zapatos sería como ellos. Los otros podrían aprender de mi y yo de ellos; se eliminaron gradualmente las ínfulas de control y superioridad que mi tendencia fundamentalista me había inoculado. Llegó el esfuerzo por entender al otro, por aceptarlo a pesar de que no estaba de acuerdo con sus puntos de vista, la posibilidad de hacer comunidad con el distinto. Harto difícil.
Mi entendimiento de la unidad cambió. Se convirtió de la imposición de la posición "correcta" a martillazos -de ser necesario- al intento conciente de la mejor convivencia, sin importar la actitud del otro que puede rechazarme o tiene actitudes-estilos-de-vida que simplemente son la antípoda de mi visión de la existencia, provocando el no-dialogo. Este intento es algo que, sinceramente, aún no aprendo y quizá no acabe de hacerlo nunca, pero apunto en ese sentido. Es una especie de política personal. 

Me es claro que la unidad impuesta no funciona, pero muchos no están de acuerdo. Si mi visión de la unidad es sacar de en medio a quien tiene distintas perspectivas, con el fin de dejar sólo a los que creemos lo mismo, ¿de qué unidad estamos hablando? Si mi visión de la unidad es conspirar contra los demás con un complejo de salvador de la iglesia, para separar el trigo de la vil cizaña, ¿de qué unidad hablamos? Si quiero que la iglesia dialogue y ande junta en pos de colaborar de la forma más óptima con la misión de Dios, pero lo hago marginando a los demás, ¿es esto unidad?

No es unidad. Es solo un discurso, una declaración de intenciones. La unidad de verdad es inclusiva, amorosa, pastoral. Busca el latido de los demás, y lo sincroniza con nuestros corazones. Conversa, busca acuerdos, convive con el otro. Bueno, al menos lo intenta: la intransigencia -propia o ajena- a veces es cruel y no permite nada de esto. Por eso, si de verdad queremos unir a la iglesia, debemos asumir que el camino es largo y doloroso. No me refiero a la fusión de las estructuras organizacionales, por ejemplo el adosamiento a una de las iglesias representativas, como la Iglesia Católica. Me refiero a la unión espiritual de la que mucho se habla pero de la que poco se ve: la que implica que todos los cristianos nos consideremos hermanos a pesar de nuestras específicas confesiones, algo en teoría más sencillo. La via crucis de la unidad implica tener plenamente controlada a la tentación del poder y del control del prójimo. Puede significar ceder mi voluntad, o aceptar las ideas de otro. Implica tener oídos prestos a escuchar y un corazón sensible a la necesidad. Requiere persuadir con argumentos válidos. Necesita evitar la manipulación y el uso de la gente para nuestro propio beneficio. Implica la inexistencia de dobles discursos. Se basa en un alma conectada con la voz de Dios, que nos alumbra el camino: buscar a Dios con el otro es parte de la agenda. Tristemente, lo que nos sale de nuestra humanidad es lo opuesto: por ello estamos tan distantes de aquella oración que pedía que "seamos uno". Quizá un día las cosas cambien; por ahora, andamos lejos de ese ideal.

sábado, 4 de septiembre de 2010

Continúa creando hoy

Stephen Hawking está de moda, tras esas entrevistas donde dice que Dios no tiene nada que ver en el proceso de formación del universo. Medio mundo ha reaccionado con su pensamiento, cosa que me sorprende mucho, porque ya se sabe lo que el físico piensa desde hace bastante tiempo. Otros científicos como Carl Sagan van en el mismo sentido. Eso no es un problema. Si ellos, por la razón que sea (investigaciones, análisis, prejuicios) piensan que Dios no existe, publicando sus disquisiciones, tienen todo el derecho de hacerlo. Total, nosotros podemos tomar sus ideas, podemos rechazarlas o podemos ignorarlas. Que bien que no estamos en tiempos totalitarios. Ellos exponen sus creencias y nosotros hacemos lo mismo con las propias.

Igual es todo un gigantesco escándalo. Hasta de Juan Pablo II se está hablando, lo que me señala que escondidas sensibilidades se han sentido tocadas. A pesar de eso, es necesario comprender que la física contemporánea se dedica a investigar los orígenes del universo, y no debe sorprendernos que en una o dos generaciones tenga respuestas mucho más certeras sobre todo el proceso de creación de todo lo que nos rodea. ¿No estamos en eso desde el renacimiento? Copérnico, Galileo, Newton, Darwin y Einstein están en la misma ruta de Hawking. ¿Hemos descreído con la teoría de la gravitación universal o con la relatividad restringida? Al contrario, nuestro entendimiento de la forma en que Dios ha actuado en el entorno natural se ha hecho menos esotérica y más diáfana. La ciencia trata de descifrar un lenguaje que también es Palabra de Dios: el funcionamiento del universo. Lo que encuentra es, en cierta forma, revelación.

Pero a veces se nos olvida eso. Pensamos en un Génesis repleto de literalidad, serio manual de ciencia exacta cuando no es así. En nuestra mente está la secuencia de siete días, llena de seres forjados ex-nihilo continuamente hasta llegar a la creación principal, el hombre, que acaba cayendo por una fruta, dañando todo el enorme universo. Eso suena bonito, simpático para los cuentos de mi pequeño hijo, pero se enmarca dentro de una concepción mitológica de la cosmología cristiana. Tristemente, es la que se transmite apologéticamente por todas partes y la que muchos científicos tienen en la cabeza al pensar en la palabra creacionismo. Así las cosas no funcionan, ni en la creación material ni en el accionar de Dios con nosotros.

Dios nos enseña que la ruta la sigue con nosotros, andando con extremada paciencia mientras a veces vencemos y las otras ocasiones somos derrotados vergonzosamente. Paso a paso sigue nuestro caminar, se alegra y llora con nosotros, por ahí nos ayuda de vez en cuando ―¿alguien dijo la palabra oración? ―, respetándonos completamente como seres independientes y libres. Nos apoya en el objetivo de ser mejores día a día, hasta el momento de dejar esta vida. De la misma manera, creó el universo siguiendo una secuencia de millones de años, andando con la creación en avance continuo. También forjó su Palabra revelada, la Biblia, en un lento proceso de idas y vueltas donde uno escribió, otro reescribió, otro a veces editó, un desconocido aumentó, otros preservaron, y otros autenticaron, mil años entre los primeros y los últimos. Su relación con su pueblo, desde el patriarca Abraham, sigue un comportamiento parecido. ¿No es este un patrón?

Lo es. Por ello es un total error de enfoque el decir que Dios no estuvo en el big bang, como si sólo hubiera estado allí. Dios, en realidad, ha estado en todo el proceso creativo, desde la creación del tiempo hasta ahora, mientras escribo estas líneas. Él no sólo jaló el gatillo, sino que anduvo revisando el proceso que, al menos en este planeta de este universo, nos ha traído a nosotros, los homo sapiens. Hablar de que sólo estuvo al comienzo es limitar su accionar, es debatir sobre algo incorrecto, es minimizar a la Divinidad.

domingo, 8 de agosto de 2010

Dejados atrás (30)

Los dos dólares

Hace unos meses, conversaba con Gema sobre la vez que les entregué los dos dólares a ella y a Gabriel. Ella recordaba claramente esa mañana de invierno en medio de Residencial Monterrico. Nos reímos bastante del hecho. A la luz de la distancia, por supuesto, es fácil divertirse, pero en su momento fue algo protocolar, casi solemne, como firmar una capitulación o intercambiar prisioneros de guerra. Especulamos qué pudo hacer Gabriel con su dólar.

Seguramente se compró cohetecillos― dijo Gema.

Yo no creo porque era septiembre. En esas fechas encontrar pirotécnicos es muy difícil, a menos que te vayas a la Carretera Central, allá donde hacen los castillos para las fiestas patronales. Tal vez Gabriel utilizó su dólar para comprarse alguna porquería comestible muy barata de esas que vendían en el colegio. O se los gastó en un par de horas de internet o de Starcraft o Age of Empires.

Entregar los dólares a mis hermanos fue una marca que impuse, simbolizando un tiempo nuevo independiente de un amor que se había hecho tóxico. Este libro es una especie de nuevos dos dólares, que entrego representando la despedida de una etapa que por mucho tiempo fue maravillosa pero que, al final, se tornó tumultuosa, un dolor permanente. Este libro es una frontera con la que descarto una época feliz y triste al mismo tiempo, una señal que marca el comienzo de un tiempo más grande, diferente, con retos mayores. Lo anterior jamás quedará en el olvido, como si nunca hubiera existido: nunca borraré de mi cabeza estos diecisiete años. Han sido muy importantes en mi vida, pero es hora que queden en su lugar definitivo: mi pasado.

Este libro no se ha escrito para acusar a nadie. La experiencia me enseñó que yo mismo fui bastante dañino hacia otras personas de la iglesia. Con frecuencia actué mal, impulsado por sentimientos poco santos, emociones pasajeras e impulsos sin control. Otras personas, laicos y clérigos, también actuaron negativamente, generando un daño fácilmente evitable si hubiéramos escuchado las palabras del maestro cuando nos dijo que nos amemos los unos a los otros como él nos había amado. No nos amamos, sino que buscamos el daño del otro, el beneficio propio. Eso es triste. Este libro se escribe para documentar un proceso que, con algo de temor, veo que se repite por todas partes, arruinando el espíritu de muchos cristianos. Espero que mi restringida experiencia, transcrita aquí, le sirva a otras personas para reflexionar, orar, recapacitar, o simplemente, conocer que la pena puede hacerse permanente en las iglesias, sin que nos demos cuenta, sin que la queramos ver. El cristianismo debe ser fuente de libertad, pero a veces se vuelve amigo de la esclavitud. Hermanos, esto no debe ser así jamás. Cristo vino para que las cosas sean distintas. Murió para salvarnos de verdad.

Los años finales de mi andadura eclesial se concentraron en confrontarme con las autoridades clericales. Encontré un liderazgo que afianzó su verticalidad y me desconcertó con su peligrosa espiritualización. Jamás pensé encontrar comportamientos que detesté en la política universitaria pública dentro del gremio pastoral, como la defensa de intereses personales con uñas y dientes, o la captura de cargos y privilegios. Nunca pensé que la mordaza a la comunidad pudiera encontrarla en mi propia iglesia, sino que inocentemente creí que eso era exclusividad de iglesias de corte neopentecostal, donde la manipulación, mediante apóstoles y homiléticas dominantes, es descarada. Aprendí, con dolor, que cuando uno tiene miedo, las decisiones que toma no son adecuadas, y que el orgullo y el miedo son una de las peores combinaciones porque no se quiere admitir la desesperante necesidad de ayuda. Comprendí, con certeza y convicción, que el modelo de pastor antiguo solemne y “perfecto” está colapsando. Las nuevas generaciones no lo aceptarán. El tiempo es clave, pero la iglesia aún no se da cuenta. Piensa pelear el siglo XXI con herramientas del siglo XX. No entiende la época, no intenta comprenderla, sin querer está quedando desfasada.

Una generación de jóvenes líderes casi completa de la iglesia se puso en riesgo con todos los conflictos eclesiales que se iniciaron el 2004. Muchos de ellos se fueron o están al margen de todo, asistiendo los domingos o solo yendo a reuniones celulares para matar el tiempo. ¿Quién asume esa responsabilidad? ¿Quién responde por aquellos que hoy están decepcionados del trato brindado por los que estaban llamados a servirlos? Los pastores de la iglesia quizá ni sean conscientes de ello, pero deberían responder por la generación que hoy ya no está. Como los ven como mano de obra, en realidad no les interesa, y es seguro que ellos le echen la culpa de su marcha a los propios jóvenes que dejaron el liderazgo, eximiéndose de todo error. ¿Eso puede ser don pastoral? No, eso es ser clérigos profesionales, que actúan no como el pastor que busca a la oveja faltante sino como el lobo que busca la cena del día.

Pero eso no fue todo. También sucedieron cosas excelentes. Por años en la iglesia me embargó un sentimiento de hermandad y profunda amistad que me hizo considerarla mi casa, mi hogar, mi cobijo. Hasta el día de hoy tengo amistades incondicionales que nacieron en el seno de la iglesia, tras vigilias, retiros, clases y múltiples reuniones, que permanecen y que sé, se mantendrán con los años. Muy a pesar del clero, esas cosas siempre aparecen y florecen, como aquellas plantas que tercamente florecen en los lugares más inesperados. Más allá de las disfuncionalidades, en la iglesia hay muchos cristianos excelentes, que trascendiendo los problemas, simplemente quieren vivir de acuerdo a las enseñanzas de la Biblia, tratando de ser los mejores cristianos posibles, sin importarles solicitudes constantes de diezmo, encargados de ministerio tiránicos, o intentos de manipulación. Cristo es más importante que el clero para ellos. Eso no es tan fácil de aprender. A mí, lo confieso, me cuesta mucho.

Nunca debemos olvidar volver a los fundamentos. Cuando perdemos el amor, nuestras manos listas a la caricia se convierten en sierras eléctricas. En el amor está la clave de la convivencia, de la vida. Soy consciente, como lo dije líneas arriba, que olvidé el amor con demasiada frecuencia. Si está el amor, el perdón se adosa siempre al lado, asumiendo su función de puente reconciliatorio. Por eso, pido perdón a mucha gente a la que dañé con mis palabras y acciones. También, con sinceridad, perdono a otros por las cosas que sucedieron. Por ejemplo ―menciono un par de cosas puntuales, pero generalizo a lo demás― perdono al pastor titular por sus palabras hirientes y al pastor de jóvenes por romper mi mejor amistad. Pido su perdón por mis actitudes insanas no dignas de un seguidor de Cristo. En este espíritu, aprovecho para darles un pequeño consejo. Tengan cuidado, no son un oráculo, sean más conscientes de quién realmente les habla en sus momentos de intimidad. Se están equivocando aunque crean que todo es perfecto, pero aún hay tiempo de recapacitar antes de que se hundan definitivamente. Un consejo hasta de un conejo, dice el adagio popular. Yo estoy dejando atrás una era, pero eso no significa que desaparezca el amor por la iglesia a la que estoy dejando. Me turba su condición, me sobrecoge el papel de ustedes, pastores, en la crisis, pero me anima su capacidad de hacer un borrón y cuenta nueva.

Mientras escribía este libro, publicando los avances en mi blog, dos hermanos católicos me sugerían cambiarme de rama, acercándome a ellos mediante una conversión a su confesión. Sé que su intención era la mejor, porque ellos querían ayudarme presentándome lo que les es relevante para sus almas. Los dos, con sus ejemplos y palabras, me ayudaron a respetar al catolicismo, uno digitalmente, mediante nuestras conversaciones en Twitter, Facebook y nuestros blog; el otro a través de muchas charlas en la universidad y una amistad sólida. Sin embargo, debí siempre declinar a tan cordial invitación. Primero, porque a pesar de todos los conflictos me siento muy evangélico. Quiero ayudar a la iglesia en donde crecí y me hice quien soy. Sé que los conflictos son grandes, los abusos severos, pero también comprendo que Dios está allí, presente. Por lo tanto, quiero estar disponible para ayudar en la purificación de mi iglesia. Segundo, porque los conflictos se dan en todas partes, y estoy documentado respecto a situaciones que se dan en el catolicismo. He visto tantos conversos venidos de ese lado… Tercero, porque jamás sería católico. Mi abuelo legal ―no el biológico. Es una larga historia― fue sacerdote católico en Cajamarca. Este solo hecho me inhibirá por siempre de cualquier intención de acercamiento a la iglesia de Roma. Cuando leo los comentarios y la defensa de hermanos católicos del celibato en foros y artículos apologéticos pienso en mi propio caso. Como pueden imaginar, es un gran conflicto.

¿Qué haré ahora? Si me lo permiten, seguiré vinculado a la vida académica teológica, desde donde ―creo― puedo contribuir de la mejor manera en la missio dei. Dictaré cursos, seguiré con la revista digital que dirijo, con suerte escribiré más. Espero seguir con la creatividad suficiente como para mantener el blog por unos años más. En paralelo continuaré con mi trabajo seglar y persistiré con ese maravilloso reto que es criar un hijo. Espero que Dios continúe andando conmigo, como en las noches confusas de los noventas, como en los paseos sabatinos en Larcomar, como en los tensos días del hospital, como en mis noches de computadora escribiendo posts. Espero que Dios continúe andando conmigo a pesar de mí.

Dios,
Eterno,
¿Me permites
dormir
en tu regazo
como antes?

Con estas palabras, termino. Esta línea de la palma de mi mano en forma de iglesia se ha borrado.



FIN

Dejados atrás (29)

Tiempos de descuento

2008 y 2009 pasaron así, entre la observación, el análisis, la decepción contínua y el sentimiento inextinguble de percibirme un extranjero en la congregación. Mientras más conciente era de la realidad corrompida del clero, menos asistía los domingos: a inicios del 2008 acudía cada semana, luego cada quince días y después cada mes. Cuando percibía alguna cuestión adicional o me enteraba de alguna situación injusta (cosa frecuente, muy a mi pesar), se sumaban gotas en el vaso de la partida. Un día el vaso llegaría a su límite, y en ese momento seguramente partiría a una aparente ninguna parte. Me iría a asumir mi realidad de cristiano sin iglesia, que entiende la Biblia, la estudia, busca intimidad con Dios, pero al margen de las instituciones eclesiásticas que terminaron por desilusionarme. Iniciaría un peregrinar marginal, fuera de las luces, el ruido y los intereses que abundan en las iglesias cristianas. Iniciaría una vida en el desierto, evitando el Lugar Santísimo del templo o las sinagogas farisáicas.

Esos dos años fueron de aprendizaje definitivo. Una de las cosas más importantes que finalmente logré comprender fue el quitar de la iglesia la base de mis estructuras. Por fin advertí que no podía colocar todo en la iglesia, en su organización o su parafernalia cultual. Como cualquier construcción humana, la iglesia es frágil y endeble. Yo debía madurar, descartando los viejos sustentos que quizá hace años me sirvieron, pero que hoy no eran más que un estorbo. Pude ser libre de verdad, olvidándome de palabras manipuladoras o viejas carencias adolescentes que me ataban a un pasado que nunca más sería el mismo. Costó años, pero entendí que la relación con Dios es precisamente eso, relación, y ella no depende de la asistencia a una congregación, ni de cantar unas cancioncillas, escuchar una prédica, dar un dinero en una canasta o asistir a una clase semanal. Esos no son más que sucedáneos baratos. La relación con Dios se da en la interacción con Él mediante el contacto con Su palabra por un estudio serio y concienzudo, y se complementa con la vida en comunidad con otros hermanos en la fe que, como yo, están en permanente búsqueda. Ya tenía ambas cosas fuera del seno de la iglesia. Ergo, la iglesia no se me hacía necesaria. Otra cosa que logré afianzar es la manifestación de la fe en entornos inestables, esto es, una fe que se alimenta en la duda, en la carencia, en el contraste. Mi cristianismo se hizo inestable no porque divague como recién convertido, sino porque se sustentó en el caminar por la vida misma, que puede ser dolorosa e injusta, asfixiante y aplastante. La fe es certeza desde el punto de vista de la convicción del accionar de la divinidad, pero conversa con la duda natural que alimenta mi conciencia todos los días, hermanándose con el Cristo en Getsemaní, el Elías alimentado por el cuervo al lado del arroyuelo o el Juan el Bautista encarcelado, que no percibía lo valioso de su ministerio pasado, sino que lo angustiaba la inminencia de su muerte, viéndose forzado a preguntar: ¿Eres tú el Mesías o en verdad esperamos a otro? ¿Dime si hice todo esto por ti o en verdad el enviado es otro? ¿Mi vida tuvo sentido o es que lo que hice fue por nada? Aquí parte la fe, aquí la vida cristiana se alimenta, cobra vida, se hace fuerte.

Fue un tiempo de decepción. Mientras analizaba a la iglesia y me encontraba con la triste situación con cada vez mayor claridad, poco a poco me entristecí más. Desencantado del clero y de los propios cristianos, me volví muy pesimista, considerando dejar el cristianismo de manera definitiva. No podía más. Pero Dios es grande y sabe cuándo intervenir y cómo hacerlo. Aprovechando un viaje de trabajo a España, pude reunirme allá con dos amigos bloggers. El primero, en Madrid. Nos juntamos en un restaurant en Azca, y hablamos largamente. Con él, nuestra sincronía es profunda porque además de compartir la fe, nos unen pérdidas dolorosas, mucho peor la suya que la mía: mientras yo perdí a mi hermano, él perdió a su pequeño hijo. Encontrarme con él fue reconciliar a los cristianos en mi alma. Escuchándolo, lloraba por dentro y recordaba que lo que necesitamos es simplemente creer, confiar, amar, clamar, tratar de ser feliz, recibir el consuelo de Dios que siempre está allí. Fue emocionante encontrar a a alguien con fe sincera. Lo necesitaba. Me hizo ver que hay esperanza, que los Suyos allí están, que mi pequeño mundo no es todo el universo, que Dios está trabajando a pesar que no parece así en mi entorno, que debía confiar más en Dios. Salí transformado.

Así me fui a Barcelona. Un amigo pastor se portó conmigo con una amabilidad extrema y me mostró la ciudad pero hizo algo aún más grande: el domingo me invitó a su comunidad, permitiéndome predicar en ella. Fue divertido porque más que un sermón, fue una conversación con la iglesia. Y los españoles no son tan parcos como los peruanos. Todo lo contrario. Luego tuvimos un almuerzo. La iglesia allá es pequeña, muy cálida. Estando allí recuperé la esperanza y el valor de la comunidad. Vi con tanta claridad el amor entre la gente, ese que hacía tanto no veía. Era verdad, se ve en el mundo, ¡lo tenía al frente!. Conversando con las personas, muy cariñosas conmigo, recobré la ilusión. Viendo su alegría, su paz, su vida en común, comprendí que Dios no olvida a su gente, que Dios está con nosotros, que la iglesia no morirá mientras el corazón de la gente ame a Dios y lo busque sinceramente. Regresé feliz a Lima.

Había esperanza. Más aún cuando el 2009 tuve la oportunidad de enseñar mi primer curso en el centro en donde estudié misiología. Las puertas de la enseñanza, un mundo que me atrae profundamente, se me abrieron. Mejor aún si eran en el mundo teológico. Como antes, los nuevos espacios se presentan, permitiendo reemplazar los antiguos.

Sabía que mi tiempo se terminaba. No sé qué estaba esperando, si un milagro, si una expulsión violenta, o una señal del cielo. Mi asistencia a la iglesia era nominal. Si tras tres minutos percibía que la prédica era mala o insuficientemente preparada, salía del culto a conversar con alguien o me iba a comer un sandwich a uno de los pequeños restaurantes del área. A veces, me iba a la cuna, a quedarme con mi hijo. Si por ahí había algo interesante, me quedaba. Cada vez era peor, cada vez el interés se esfumaba más. A mis amigos cercanos los veía en otros ambientes: venían a mi casa, iba a sus hogares, nos tomábamos un café. Los tiempos de conversación post-culto no era necesarios para saber de ellos. Y a mi familia la veía en otros momentos. Esa no era la actitud. Me odiaba a mí mismo por eso. ¿Para qué el esfuerzo emocional de ir? Aún quedaban unas pocas cosas que me mantenían amarrado, pero eso dejó de ser así poco tiempo después.

A fines de 2009 el pastor asistente me contó, una noche que lo visité en su casa, que renunciará a la iglesia. Con él siempre mantuve buenas relaciones, y era uno de los pocos motivos por el cual podía asistir a la iglesia. Con su partida, realmente, se rompia la última atadura importante a la iglesia, así que su decisión de marcharse fue la gota que derramó el vaso. En diciembre fue la última vez que fui. Para ser sincero, no recuerdo ese último culto. ¿Estuve en la prédica? ¿Quizá en la cuna? ¿Acaso fui solo? ¿Anduve conversando con alguna persona? ¿Me la pasé leyendo en la sala de espera? Mi mente olvidó ese evento, como si fuera una cuestión de importancia menor. De esa manera, sin lagrimas, sin nostalgia, sin suspiros, sin tener el suceso en memoria, se acabaron definitivamente diecisiete años de vida junta a la iglesia. Si darme cuenta, un domingo le dije chau a la iglesia, para siempre.

domingo, 1 de agosto de 2010

Dejados atrás (28)

F) La sacralización (*)

Me gusta leer sobre la Segunda Guerra Mundial, aunque ya no lo hago tanto como en mi época escolar o universitaria. Es una afición que compartí con mi hermano Gabriel, no obstante él era mucho más experto en todo: aviones, tanques, campañas, bombardeos, capitulaciones, poortaviones, bombas atómicas y demás estaban en su mente muy vivas, como si de verdad hubiera estado allí, combatiendo en Guadalcanal, resistiendo en El Alamein, cercando Moscú o tomando Monte Cassino. Cuando recién entró al Hospital Rebagliati le compramos un libro bastante grueso de la Batalla de Stalingrado, el cual leyó en un día, ininterrumpidamente sin dormir. A ese extremo le apasionaba el tema.

También me interesaba todo eso, pero al mismo tiempo me entretenían cuestiones más ocultas, menos evidentes, como los ríos de pensamiento que subyacían la guerra. Me importaban los movimientos políticos, la ideología de Hítler y me sorprendía mucho la pasmosa inacción de los aliados ante la anexión pacífica del espacio vital alemán. Inutil Chamberlain. Eso hoy no se lo permitirían de ninguna manera al austriaco y su camarilla de gobernar Alemania. Pero lo que más me llamaba la atención era cómo el pueblo alemán, quizá el más culto del mundo, cuna de la reforma, el marxismo, de algunas revoluciones teológicas, de excelsos filósofos, de glorias de la música, pudiera estar embelezado por la pompa grandilocuente del nazismo. Grandes masas alemanas se hicieron nacionalsocialistas, dispuestas a todo por el mito del Tercer Reich. Un genio ese Joseph Goebbels. ¿Cómo se dio ese proceso? ¿Tan hercúleas pueden ser las técnicas de manipulación llevadas a la máxima potencia? Parece que así es. Este fenómeno, la verdad, me intriga.

Si el refinado pueblo alemán sucumbió a la ideología nazi, lo mismo ha sucedido con otras sociedades. El comunismo practica las mismas técnicas con el pueblo. Fue así en la Europa del Este, en la Unión Soviética, lo es en China. Quizá el ejemplo más triste de la actualidad es Corea del Norte, aislado, pobre, militarizado, donde no cabe el pensamiento diferente, pero lo que sí tiene es espectacularidad en sus manifestaciones públicas, como queriendo inyectar una grandeza que no existe. Los regímenes totalitarios han buscado controlar las mentes del pueblo, estandarizándolas rígidamente y no permitiendo otras ideas insurgentes. La mente debe cuidarse.

Aquí está la clave de todo. Debo ser enfático en decir que no es verdad que las iglesias evangélicas apoyan prácticas manipulatorias al estilo nazi o comunista, pero sí es cierto que existe una tendencia al pensamiento homogéneo que se impone en muchas iglesias. Con frecuencia no es posible disentir, no alentándose la confluencia de pareceres. Es sorprendente porque ello va en contra de la propia realidad del texto bíblico. Con mucha frecuencia me escriben correos electrónicos o me dejan mensajes en mi blog distintas personas que defienden la “verdad” bíblica, el cristianismo “centrado” en la Biblia, o se apoyan en afirmaciones muy ligeras que dicen algo así como que ellos son seguidores de Cristo y no seguidores de hombres, que seguirán las enseñanzas de Cristo en la Biblia, nada más. Todos han sido educados en las iglesias de manera rígida, excluyente, discriminadora. Ellos tienen la verdad y si tú tienes algo distinto por la razón que sea, significa que estás mal, en pecado, que ellos deben orar para que Dios te tenga misericordia. Como hijos de procesos educativos excluyentes, es natural que nunca hayan leído algo distinto a lo que su pobre teología les explica. Nunca se han planteado ciertas preguntas, y mucho menos saben de dónde surge el “cristianismo bíblico” que ellos defienden con uñas y dientes. No comprenden que su visión es una interpretación, como también existen tantas otras, que debe ser testeada para encontrar la relevancia de sus conclusiones. Su “cristianismo bíblico” es , probablemente, un cristianismo según Calvino, según Moody, según los fundamentalistas del sur de Estados Unidos, según Lutero, según Gustavo Gutierrez, según Darby. Ni cuenta se dan de eso. Si lo descubriesen, quizá realmente se habra una puerta a un dialogo vigente y pertinente con ellos.

Cuando los cristianos han querido establecerse y poner orden a su vida cristiana-eclesial, han desarrollado siempre diversos tipo de modelos. Quizá no somos concientes en absoluto, pero la forma en la que hacemos las cosas en la iglesia fue concebida en algún momento por alguien que las estableció, luego las objetivó, y finalmente las congregaciones o instituciones las sacralizaron. La ropa de los religiosos, la forma de la alabanza, la estructura del culto, la supeditación de un sermón a estrictas reglas homiléticas, la frecuencia y el modo de la Santa Cena, todo fue establecido en algún momento; pocas cosas en tiempos de la iglesia primitiva, mucho más en el transcurso de la historia. El desarrollo de modelos es algo absolutamente necesario, pero debemos siempre recordar que es precisamente eso, un modelo, que se hizo ayer y que mañana puede cambiar. ¿Te reúnes en células para afianzar la comunión? El modelo celular está bien documentado y tiene sus variantes. Desde la distribución por grupos de edad, de género o de estado civil, hasta los grupos de familias completas, como en Corea. Ambas han funcionado en sus ambientes muy bien. ¿Prefieres iglesias multitudinarias? Pues bien. ¿Quieres cantar dos horas repitiendo la misma canción? Es tu elección, tu modelo aplicado. ¿Prefieres estructuras episcopales? ¿O congregacionales?

El problema, lamentablemente, es la sacralización del modelo. Son nuestras cabezas limitadas, orgullosas y obcecadas las que han confundido la expresión pura y libre de la comunión entre cristianos con los modelos eclesiales, y eso es un gravísimo error que arrastramos como un pesado lastre. Por lo tanto, si no participas en la comunión mediante el modelo, estás fuera, te estás “enfriando”, tu vida espiritual es puesta en duda. Tomás de Torquemada revive y nos condena en el tribunal. Si osas ir en contra, como ya comenté, te espera la moledora de carne, que nos chancará sin piedad, expulsándolos en el vacío de la nada y la decepción. Una de las peores cosas es ir en contra de los dictámines del ungido, la cara visible del modelo.

La inquisición juzga a quien entiende la realidad de la iglesia de una forma distinta y trata de hacer las cosas de un modo diferente. Esta inquisición lo aparta y lo expulsa. No tolera el pensamiento diferente, lo aborrece, lo vomita. El que reflexiona, el que piensa un poco tomando una decisión respecto a su participación en la iglesia y no sigue a los demás como borregos es subversivo. Esta inquisición es tradicionalista, temerosa, letrista, limitada en pensamiento porque no tiene la capacidad de dar el paso hacia adelante, quedándose siempre estática en el mismo punto, sin moverse. Pronto se hará como la estatua de sal de la mujer de Lot. ¿Es esta inquisición reflejo del amor de Dios? No es reflejo de este amor, sí de la limitada humanidad que cree tener siempre la razón. Lamentablemente, el resultado de esto son congregaciones llenas de hermanos oompa-loompas: resignados, tímidos, sumisos, obedientes, sin opiniones personales distintas a las establecidas. Todos, según ellos, aspiran a tener el carácter de Cristo, pero yo en lo personal no encuentro la relación entre el carácter de un evangélico promedio y el Cristo de Lucas, por ejemplo. Por ningún sitio.

En mi iglesia local el modelo estaba totalmente sacralizado. El pastor titular era el monarca que decide sobre todos los asuntos, pero todos estaban de acuerdo con ello. El pastor titular tomó alguna mala decisión, pero nadie dirá algo porque Dios lo puso sobre nosotros. El pastor titular quiere un carro nuevo, y todos dirán que sí, espiritualizando las decisiones. Puede ser la organización profundamente informal y con altísimos riesgos, pero no interesa: es lo que Dios quiere para la iglesia local, y no podemos hacer nada para cambiarlo. Es la voluntad de Dios que las cosas sean como son. Los oompa-loompas dirán que sí a todo.

¿De verdad, es la voluntad de Dios?

Yo tengo profundas dudas.



(*) Dos párrafos de esta parte se extraen de Abel García García. “Los peligros de la iglesia de las mil caras”. Revista Integralidad, edición 4. Lima: CEMAA. http://www.cemaa.org/PDF/INTEGRALIDAD4.pdf (01/08/10)

miércoles, 28 de julio de 2010

Dejados atrás (27)

E) La informalidad

Al igual que tantas otras organizaciones en Latinoamérica, las iglesias son profundamente informales. Suelen funcionar a la volada, como sea, tratando de subsistir sin planificación ni visión de largo plazo. La mayoría de sus prácticas rozan lo irregular. Desde el lado económico, estilan no pagan beneficios sociales (como no los pagan las empresas informales), no provisionan para la jubilación (hermanos, Dios proveerá, y más si es para los llamados por Él), hay atrasos en los sueldos que, para peor, suelen estar por debajo del salario mínimo aunque a veces están en el otro extremo. No hablemos del pago de impuestos municipales o gubernamentales, o los simples pagos de los servicios básicos, para los cuales hacen milagros. Las finanzas son un caos total, pero se presupone siempre la confianza en Jehová Jireh que entregará todo lo necesario. En ocasiones se teologiza, hablando de la falta de fe o, tal vez, de la doctrina de la prosperidad que han manipulado profundamente a miles de congregaciones, instruyéndolas a que den mucho dinero para que los laicos puedan ser ricos. Hay cosas tan anormales como las que vive el personal adosado a una iglesia, como las secretarias, conserjes u otros. Los pastores, al menos, tienen una base escritural neotestamentaria cuando se dice que “digno es el obrero de su salario”, tal cual lo escribió el apóstol Pablo. Los demás, en cambio, no tienen nada que extraer de la Biblia de manera explícita y, además, algo adicional les juega en contra: la lógica del “servicio”. ¿A qué me refiero? Que su salario se recategoriza y pasa al rubro de “ofrenda”, por lo que ningún beneficio les corresponde. Así, también, se justifica el pagar sueldos menores al mínimo establecido por ley. Realmente lo que hacen –a los ojos de esas iglesias- no es un trabajo tal cual lo harían en una empresa cualquiera. Es un servicio para Dios que tiene lugar en la iglesia local. ¿Visión errónea? Evidentemente. Por supuesto, así no es en todas partes, pero la práctica campea sin control. Son los derivados de la informalidad.

La natural tendencia a la autocracia pastoral, el orgullo y el control que sofocan el ambiente desde Tijuana a Ushuaia, se aprovechan de esta característica tan particular de nuestras sociedades, generando estructuras inequitativas que les brindan grandes beneficios. Es como Alberto Fujimori en la década de los noventa. Aprovechando la coyuntura de lucha contra la subversión, la oposición congresal, el descontento popular y la debilidad de las instituciones peruanas ―una suerte de informalidad estatal y política―, cerró el Congreso en 1992 ―con un noventa por ciento de aprobación de la ciudadanía al comienzo, yo entre ellos―. Lentamente, comenzó un proceso de copamiento de las instituciones: el Congreso, el Poder Judicial, las Fuerzas Armadas, los medios de comunicación, los jurados electorales, todo apoyados por la corrupción más grande de nuestra historia: la fujimontesinista, que hoy quiere volver al poder bajo el amparo de la hija del líder, hoy condenado por delitos de lesa humanidad. Todo se hundió tras el fraude electoral del 2000 y la evidencia de la putrefacción política que todo el Perú vio en un video donde Vladimiro Montesinos compraba conciencias y votos a favor de Fujimori, obligando al dictador a renunciar vía fax desde su otra patria, Japón, donde llegó a postular al poder legislativo. En las iglesias es lo mismo. La fragilidad institucional permite a los autócratas, poco a poco, copar los espacios, arrebatar el control que los laicos podrían tener, para finalmente hacer sus propios feudos, amparados en una exégesis bíblica deficiente. Lo que agrava todo es la necesidad de las masas latinoamericanas por un liderazgo fuerte, aplastante, que nos marque el camino y nos diga qué hacer. Una simbiosis perfecta que en las iglesias junta a un roto con un descosido. Todos felices en la distorsión de la disfuncionalidad, jubilosos en el fango, en el hedor del chiquero.

El pastor titular pasó por un proceso similar. Casi sin que la gente se de cuenta, cambió la manera de administrar la iglesia, pulverizando el consistorio ―donde laicos comprometidos podían contrapesar su poder― para pasar a un esquema vertical de administración, donde él decidiría todo, determinando un cuerpo administrativo compuesto por laicos, pero que sólo tendrían capacidades operativas, no políticas. Es curiosa la manera de argumentación de los cambios. A los laicos de la iglesia nos decía que “la iglesia no es una democracia sino una teocracia”, argumento que nunca me dejó satisfecho aunque se enseñaba mayoritariamente en toda la denominación. Con frecuencia discutí sobre él con varias personas. Sin embargo, en otras esferas ―léase, entre el gremio pastoral o ante laicos maduros― el discurso era distinto. Se esgrimía que la democracia en la iglesia es algo que se debe enseñar, algo que se debe aplicar paso a paso. Por ello, las normas de la denominación sugieren un modelo de control completo de los pastores titulares que permita enseñar a los laicos cómo debe ser la democracia para instruirlos y, después, cambiar la forma de gobierno. O sea, se hablaba de una temporalidad del control absoluto. Pero ese argumento es ridículo si los pastores no están dispuestos a entregar el control cuando la iglesia esté “lista” para esquemas democráticos. Es como decir que te enseñarán democracia con dictadura. Esto podría funcionar en otras realidades, pero aquí, donde muchos líderes religiosos son adictos al poder y el control, es imposible. El esquema está destinado al fracaso.

El poder total agregado a la informalidad trae como resultado repúblicas bananeras, casi al estilo del Otoño del Patriarca de García Márquez. Puedo tomarme la libertad de hacer un símil eclesiológico y hablar de iglesias bananeras, donde se hace lo que al líder se le da la gana, por encima de todo, y donde las normas y leyes han sido dadas o interpretadas a la medida. Por ejemplo, es pasmosa la falta de transparencia en la iglesia. En las asambleas, las cifras se dan en números agregados, instruidos los expositores a no dar las cifras en detalle. Nunca entendí el por qué. Hay temas tabú de los que nadie habla o interroga. Por ejemplo, ¿cuánto gana el pastor titular? ¿Por qué los miembros de la iglesia, que aportan diezmos y permiten la subsistencia de la iglesia, no pueden saber eso? ¿Qué ingresos adicionales recibe el pastor titular en sus viajes como conferencista o como director de una organización paraeclesiástica? Me pueden decir que eso es irrelevante ya que esos ingresos son independientes a los que la iglesia le paga al pastor titular, pero si él trabaja a tiempo completo para la congregación, entonces está recibiendo un sobresueldo o, en otras palabras, se le está pagando por un servicio no brindado o entregando a alguna otra organización. Un sueldo por no trabajar, tal cual lo reciben malos funcionarios públicos que reciben dos o tres sueldos de tiempo completo. ¿Cuánto ganan los pastores asistentes? ¿Por qué la gran diferencia con el sueldo del pastor titular? ¿Cuánto se gasta por administración? Si yo pago, ¿Por qué no tengo capacidad de decisión? ¿Se les paga a los pastores-misioneros que colaboran con la iglesia? Si no es así y si la iglesia crece, ¿Por qué no traer más pastores, por qué una iglesia del mismo tamaño y más pobre tiene más pastores que la nuestra, en teoría más pudiente? ¿Quién decide el monto de los sueldos? ¿Por qué es el pastor titular? ¿No es un riesgo que tome decisiones monetarias? ¿Por qué se subsidia casa, auto y estudios para los hijos? ¿No es mejor que, como el resto de la gente, directamente sea el clero el que pague por sus gastos, sin ningún tipo de subsidios? ¿Por qué el pastor titular tiene que decidir por todo los ámbitos de la iglesia? ¿Quién controla las decisiones del pastor titular? ¿A quién acudimos si una de sus decisiones nos parece injusta, errada, condicionada? ¿Qué hacemos si no hay nadie a quién acudir? ¿Estamos perdidos? ¿Quién limita su espiritualización? ¿Quién evalúa sus enseñanzas teológicas? ¿Existen mecanismos mediante los cuales podemos prescindir, de ser necesario, de los servicios del pastor titular, el pastor asistente o el pastor de jóvenes? ¿Existen mecanismos por los cuales podamos cambiar las normas denominacionales? Existe una falta de transparencia tremenda, y esto es por lo endeble de las políticas, criterios y normas: es el pastor titular que lo decide todo. ¿Existe un estatuto de la iglesia local? ¿Está a disposición de los miembros? ¿Quién estableció el estatuto? ¿Estamos en la capacidad de cambiarlo? ¿Quién representa a los laicos en las asambleas denominacionales? ¿Nadie? ¿Por qué es así? Resumiendo todo, ¿Podemos hacer algo si un pastor se apodera de una iglesia local? ¿Podemos hacer algo si un grupo de pastores se apodera de una denominación? La respuesta siempre debe ser sí, aunque por ahora lamentablemente es no. Todo funciona informalmente, al margen de leyes o normas, sin control, a merced de la voluntad de un(os) iluminado(s). Y ya se sabe que si se tiene todo el poder… el riesgo de corrupción se incrementa. Cuestiones irregulares ya se han dado. ¿Se esperará a que las circunstancias empeoren? ¿Creen que el nombrar como vitalicio al pastor titular contribuirá a solucionar los impases? Nuevamente la respuesta es no. Los cambios profundos se hacen necesarios: la iglesia los merece. La missio dei los requiere. El futuro los demanda.

domingo, 25 de julio de 2010

Dejados atrás (26)

En realidad, tanto la máscara como las cinco características de la personalidad eclesial del pastor titular son, con varios matices, un arquetipo que está muy extendido en toda América Latina. ¿Cómo nos libramos de estas patologías? Pienso que podemos combatir estas anomalías si nuestra praxis parte del seno de la comunidad, de toda la gente unida que se compromete a avanzar paso a paso en la vida cristiana, apoyándose, siendo amigos, conociendo más el amor de Dios, madurando bíblicamente en pos de la santidad. Sin comunidad no hay cristianismo; sin comunidad hay sólo apatía y distorsiones. No en vano Jesucristo les dijo a sus discípulos que “donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos”. (Mt. 18:20, RV60) Es en el espacio vívido de la comunidad donde la presencia de Cristo se hace sólida porque mediante la vida en común (Hch. 2:42b) es que Dios nos permite conocerle mejor. Es así porque al vivir en comunidad replicamos el modelo trinitario. La trinidad del Padre, Hijo y Espíritu Santo, tres personas independientes pero una completa al mismo tiempo, es nuestro ejemplo por excelencia de comunidad. Como la trinidad, nosotros somos varios pero a la vez podemos ser uno en el amor del Señor, preparados para disfrutar y enfrentar las alegrías y penas de la vida, juntos. El ejemplo trinitario de equidad, comunicación y amor incondicional nos impulsa a capturar el modelo que debe ser el norte de nuestra praxis de vida cristiana.

La vida en comunidad nos recuerda la entrega de Jesucristo al venir a la cruz para morir por nosotros, abandonando su dignidad divina a la diestra del Padre (Fil. 2:5-11). Esto nos habla del trato entre los miembros de la comunidad. Si el mismo Jesucristo se hizo como una persona humilde, nacida en un establo y crecida en un pueblo insignificante, ¿quiénes somos nosotros para manifestar actitudes de superioridad? ¿De mayor santidad por vano orgullo? ¿De soberbia? ¿De afán de control? ¿Porqué si Cristo fue de arriba hacia abajo (Divinidad-encarnación-pesebre-crucifixión) nosotros pretendemos ir de abajo hacia arriba (mundano-converso-líder-pastor-¿apóstol?) en nuestras propias relaciones en las iglesias? Por lo tanto, es en humildad que un miembro decide someterse a otro de manera voluntaria. ¿Qué implica este principio de humildad? Primero, la igualdad absoluta entre todos los miembros sin importar nuestro cargo funcional en la iglesia. Segundo, el realce del sacerdocio de todos los creyentes y el hecho de que absolutamente todos tengamos que hacer la misión de Dios. La suma de ambas nos trae una conclusión determinante: no existe la línea entre el laico y el pastor. No existe porque somos ontológicamente lo mismo; no existe porque todos somos iguales. Por lo tanto, no hay cabina a pretensiones controladoras ni son necesarias las máscaras, porque no existe imagen qué proteger. Tercero, la entrega de los miembros por su otro, por su hermano, en actitud permanente de servicio abnegado. Pensar en lo mejor para el hermano, porque eso es lo que nos dijo el Señor y lo recalca, con otro énfasis, el apóstol Pablo (Mt. 22:39; Gal. 6:10). Con esto, no existe el considerar al laicado como objetos para usar.

Hacia adentro la comunidad, valga la redundancia, subsiste para hacer comunidad, hermandad, compañerismo, vida en común, koinonía. Hacia afuera la comunidad está para cumplir la misión que Dios nos ha puesto en la tierra. ¿Qué misión? La comunidad debe impulsarse activamente en una actitud solidaria con el mundo, comprendiendo lo mejor posible lo que sucede en la sociedad y estando prestos a dar, porque de esa manera podremos comprometernos con la idea de construir el reino de Dios en la tierra. Ese dar implica predicar el evangelio con firmeza pero a la vez estar presente en las vivencias de la gente, allá afuera, en sus actividades comunales y sociales, en sus fiestas y entierros, en los nacimientos y graduaciones, en la construcción de la plaza del pueblo o jugando el campeonato de fútbol del fin de semana. Aquí aprendemos a desarrollar la empatía en la mejor de las maneras. Aprendemos a soñar y reír con el otro, a comprender su alma, a amarlo de verdad. La insensibilidad pasa a mejor vida, a consumirse en el lago de fuego y azufre.

Es en el seno de la comunidad donde se manifiesta el núcleo del poder. Nunca el control es cedido a una persona en exclusividad; ya se adelanta eso cuando se nos dice que nos sometamos los unos a los otros y nos explican el esquema de la autoridad esposo-esposa, hijo-padre, amo-esclavo, iglesia-Cristo. Por lo tanto, es la comunidad es quien debe validar cualquier mensaje llegado a algún miembro de su seno. Uno no se las sabe todas. Ya no existe el sumo sacerdote. Si alguien tiene una visión-llamado-profecía-palabra-revelación, es la comunidad la que, en un espíritu de reverencia, debe contrastar si lo recibido viene de lo alto o de lo bajo, de las nubes o de nuestras tripas. Así evitamos espiritualismos vacíos, nos libramos de fiascos e invitamos a que el equilibrio se establezca entre nosotros. La comunidad como gobernadora cancela las inclinaciones controladoras porque desaparece el predominio de uno sobre los demás, pulverizando los alimentadores del orgullo, dejando en inanición a los adictos al control y permitiendo que el sacerdocio de todos los creyentes se manifieste en toda su extensión, logrando que la misión de Dios sea más pura, dirigida, abierta y hermanada. El equilibrio, tal cual se manifiesta en la trinidad, es quien dirige todo. No hay, entonces, pastores-oráculos, pastores-dictadores, pastores-gerentes. Nada de eso existiría. Allí está el fundamento de un nuevo modelo de iglesia: abierta, inclusiva, receptora y emisora del amor de Dios, predicadora de la real y absoluta libertad.

viernes, 23 de julio de 2010

Dejados atrás (25)

Los primeros en entregarnos a la iglesia somos aquellos que hemos tomado a la congregación para llenar nuestros vacíos (mi caso), sin darnos cuenta que estamos ante una moledora de carne que nos triturará si nos salimos de la línea. Al principio, todo será excelente mientras te mantengas en regla, pero si un día objetas al clero y, como el clero está convencido de tener la razón ―considera que las voces opositoras vienen del diablo―, eliminarán la disidencia en una especie de cruzada personal. El opositor se convierte en sarraceno jerosolimitano que debe ser expulsado. El fin justificará los medios. “No me importa quienes se vayan. Vendrán otros, la cosa es mantener las cosas como están”. Increíble cómo la iglesia, en vez de curar, destruye. Nos pasó a los miembros de nuestro grupo de reflexión, pero sé que también le ha sucedido a incondicionales al pastor, que decidieron marcar distancia por cuestiones diversas, recibiendo tras su salida un trato frío, con mentiras incluidas con el fin de guardar las apariencias ante los demás. Ellos, convencidos de minimizar los daños a la iglesia por amor a los hermanos, optaron por el silencio, pero así han perpetuado la disfuncionalidad corrosiva que dirige las acciones del clero.

La cuarta característica que puedo observar del pastor titular es su fuerte tendencia a la espiritualización, que lo ha convertido, en la práctica, en un oráculo. Con frecuencia enfatiza los largos tiempos de oración que tiene, comentando sobre sus momentos de intimidad y cercanía con Dios donde la misma Divinidad le habla. Afirma siempre que sus decisiones las toma luego de mucha reflexión y largos momentos de oración. Bien por eso. Sin embargo, cuando las experiencias místicas de los momentos de oración se convierten en el validador de las decisiones, el dominio de la subjetividad se hace muy grande. ¿Habla Dios o habla mi yo? Me hace acordar a aquel joven que un día le dijo a una chica: “Dios me ha dicho que tú debes ser mi enamorada”, aunque ella nunca oyó alguna voz celestial. Es claro que en este caso “Dios” eran las hormonas y la calentura. Por ello se hace perentoria la validación de los “mensajes”, y la manera más fácil de contrastar si realmente Dios habló es mediante los resultados al estilo del testeo de la voz profética (Deut. 18.21-22). Aquí el pastor titular tiene sendas derrotas. Para muestra dos botones. El primero es el caso que ya conté respecto a los tremendos errores que cometió al contratar al reemplazante del pastor de jóvenes de la década del noventa. Una desgracia total, ―según él, bajo la venia de Dios, por supuesto―. El segundo es un caso más actual y más sensible. Es la compra del nuevo templo.

Fue el pastor titular el que insistió que se compre el local donde la iglesia funciona ahora porque así Dios se lo había dicho. Yo pude ver las proyecciones financieras del proyecto de compra. Un riesgo tremendo, porque se estimaban los flujos proyectados en base a los aportes voluntarios de unas pocas personas, las más pudientes de la iglesia, de las que no tienes la seguridad de que permanezcan en los próximos años. Además de esto, el pago mensual al Banco por el préstamo implicaba un porcentaje alto de los gastos futuros de la iglesia. ¿Y si el flujo de diezmos y ofrendas decae? El pastor afirmó con seguridad que las dudas financieras eran una simple señal de falta de fe, dudas de la provisión y el poder de Dios. “Las finanzas de Dios se manejan bajo otros parámetros” le dijo a algunas personas. En estricto, el proyecto de compra jamás debió realizarse, pero el pastor titular insistió con él con terquedad, en una decisión espiritualizada, subjetiva. Hoy, los diezmos se han reducido y la iglesia sufre para afrontar sus gastos corrientes, acumulando diversas deudas. ¿Las finanzas de Dios incluyen esos desórdenes? Evidentemente en el tema del templo al pastor titular no le habló Dios sino su ego: quería ser el constructor del templo, mostrarse con su obra ante el resto del clero de la denominación, ser el más importante. Todo, sustentado en una espiritualización falsa, que le colocó un barniz de santidad a su deseo.

La quinta y última característica que puedo observar es el exquisito dominio del pastor titular de la manipulación a los miembros de la iglesia. Percibo varias aristas en las prácticas manipulatorias. La más evidente es su uso de las prédicas dominicales con fines distintos a los que menciona Orlando Costas , cuando reflexiona sobre los caracteres de la homilética: teologal (el conocimiento de Dios como fin de nuestra predicación, más allá del simple evangelismo de primer nivel), cristológico (Cristo como eje debido a su papel de mediador de un nuevo pacto. Ver Hch. 8:5, 35; 9:20; 10:36, 1 Cor. 1:23, 2 Cor. 4:5), evangélico (se anuncia preminentemente la actividad de Dios en Cristo a favor de la humanidad), antropológico (el hombre como receptor por excelencia del mensaje), eclesial (el contexto de la predicación es la iglesia y está íntimamente atada a la existencia y misión de ésta), escatológico (la predicación pertenece a los sucesos de los últimos tiempos ―porque, por si acaso, ya en tiempos neotestamentarios se pensaba que se estaba en los postreros días. Ej. 1 Jn. 2:18― y confronta al hombre con sus realidades futuras), persuasivo (mediante la predicación se convence a los hombres de entregarse completamente al Señor), espiritual (es un acto testificante del Espíritu Santo) y litúrgico (la predicación unifica la adoración pública, hace contemporánea la victoria del evangelio y provee el tema del culto).

Predicar es una tarea de gran responsabilidad. La multiplicidad de aristas de la predicación se resalta cuando Santiago escribe que “nos nos hagamos muchos de nosotros maestros, porque recibiremos mayor condenación” (Sgo. 3:1). A pesar de lo delicado de la advertencia, puede pasar que a veces la experiencia nos juegue una mala pasada. Me explico. En economía existe un concepto llamado marginalidad. ¿Qué quiere decir? Imagina que eres una persona estás en un día de más de cuarenta grados de calor y te mueres de sed. Buscas una Inca Cola. La primera te sabe a gloria, la mejor sensación del mundo, pero quizá la novena no la podamos beber. Esta es una forma de entender la marginalidad: la utilidad de los bienes consumidos disminuye gradualmente mientras sigamos consumiendo el bien, hasta que, quizá, en un momento se haga cero o incluso negativa.

La marginalidad se aplica al púlpito, la predicación y la experiencia del pastor titular. Seguramente sus primeras prédicas las preparó como si se fuera a exponer frente al mismo Jesucristo, pero poco a poco esta emoción inicial se fue perdiendo, y luego de veinte años ya estaba en piloto automático. Puede ser un excelente orador, pero movido por la inercia, por la degeneración. Ya no mira a Dios como antes, ha olvidado lo que la predicación es. El sermón se ha vuelve seco, repetitivo, laxo, emocionante para el recién llegado pero árido para el cristiano con algo más de recorrido por el camino de la fe que se conoce hasta las bromas que hará el pastor junto a la anécdota graciosa que cuenta (y tal vez el libro de donde las saca). El sermón se convierte en una tribuna para la corrección de la congregación cada domingo, para la expresión de sus opiniones particulares sobre cualquier tema o persona, con frecuencia sesgadas y sin conocimiento de causa pero supuestamente con justificación bíblica. Desde el púlpito el pastor habla de una situación “supuesta” introducida en su prédica, cuando en realidad es el problema que en la semana aquejó a algún miembro de la congregación. ¿Habla sobre la fidelidad a la mitad de un sermón sobre la fe? Descubrió algún marido infiel. ¿Sobre la violencia familiar cuando el tema es la navidad? Algún ujier golpea a su esposa. En este nivel ya el púlpito se ha devaluado, el valor marginal de la predicación ya es negativo. Lamentable hasta las lágrimas. Se perdió la brújula. Quizá donde con más frecuencia se utiliza mal el púlpito es cuando se lo usa para presionar sobre el diezmo, asunto sumamente recurrente en los discursos pastorales.

Aunque las prédicas del pastor titular son estructuradas y coherentes, la marginalidad ―fruto de sus más de treinta años de experiencia― hace que sus sermones sean masticados, unidireccionales, sin nada para pensar. Todo es conclusión, todo está resuelto, no se permite la apertura de pensamiento, no brinda opiniones discordantes, jamás insinúa una diversidad de perspectivas. Por lo tanto, hace a la gente dependiente, convencida de que recibirán la verdad de él como conducto preferente: la mente crítica no cabe en su modelo. Es como un dador de la ley, al estilo de Moisés. Su palabra debe seguirse, sin discusión, aunque no está liberado de polémica, en especial cuando trata cierta temática como la de la homosexualidad, donde el pastor titular tiene una opinión sumamente conservadora e intransigente. Para hacer el circuito completo, es reacio a que la gente interactúe con hermanos o pastores de otras iglesias. Este recelo no es exclusividad del pastor titular sino un mal generalizado que he observado en diversas denominaciones. El contacto con otras realidades podría “abrir los ojos” de algunos laicos o, al menos, generar cierto pensamiento crítico, una escandalosa “mala palabra” del fundamentalismo.

Otro mecanismo de manipulación que observé es la política de mantener al laicado en ignorancia. Aunque es verdad que suele existir cierto desinterés en conocer los detalles del funcionamiento de la iglesia, tampoco es que el pastor titular esté incentivado a que exista un involucramiento de los laicos en las dinámicas operativas y menos en la toma de decisiones. Por ejemplo un día eliminaron el consistorio y la gente prácticamente no se dio cuenta de lo que sucedió. Le preguntas a alguien que estuvo presente en la asamblea sobre por qué razón votó así y no tiene ni idea. Pocos sabían exactamente qué estaba pasando. ¿Exceso de confianza? ¿Dejadez? A algunos les conviene que las cosas sean así, y se han aprovechado de la situación.

miércoles, 21 de julio de 2010

Dejados atrás (24)

Una tercera característica de la personalidad del pastor titular, y quizá una de las más peligrosas, es una profunda insensibilidad ante el dolor propio y ajeno que se deriva de una inexistente capacidad de empatía. La máscara que tiene puesta todo el tiempo es impermeable al sufrimiento, perdiéndose cualquiera de los sentimientos más naturales: amor, júbilo, tristeza, soledad. Da la impresión que todo se oculta, todo pasa, todo resbala, todo rebota, por ello su actitud siempre plana ante las circunstancias. Recuerdo con claridad dos eventos muy tristes que hablarán más que un millón de palabras.

Pocos días después que le detectaran leucemia a mi hermano Gabriel, me vi en el simple dilema de seguir con el curso de maestría en misiología que comenzaba el fin de semana siguiente. Al final, decidí asistir. En clase, muchos ya sabían el drama familiar que me aquejaba. Para la asignatura de ese mes se inscribió el pastor titular (es el mismo curso del que escribí párrafos atrás) junto a otros tres pastores de distintas iglesias, y dos hermanos más. Antes de comenzar, el profesor oró por mí y mi familia, y no pude evitar llorar sin parar por varios minutos. Mientras el profesor oraba, varios se me acercaron, abrazándome para tratar de darme fuerzas. Fue un momento especial. Sorprendentemente, el pastor titular se quedó en su sitio, sentado, con los ojos cerrados, inmóvil, como si no hubiera sabido qué hacer. Yo era miembro de su iglesia, ¿no debía ser el primero en aproximarse? No. La triste circunstancia la sintieron todos en el corazón excepto él. Se quedó allí, atornillado. ¿Por qué? ¿Pretendió respetar el espacio pastoral ajeno? Es posible, pero lo dudo bastante.

El otro de los eventos también tiene que ver con Gabriel. El acababa de morir. Estaba en su cama, acostado, con toda la familia reunida alrededor en el cuarto que fue mío hasta el día que me casé. Al rato todos los pastores de la iglesia estaban allí, junto a otras pocas personas, muy cercanas. La funeraria ya estaba en camino. Yo estaba afuera del dormitorio con los dos renunciantes, en silencio, intentando aplacar lo que sentía, tratando de justificar los meses de preparación del alma para ese momento avasallador. De pronto el pastor titular, que se encontraba junto a su esposa, me llama. De su posición podía ver directamente a mi hermano muerto en su cama, con mi hermana Gema en la cabecera, abrazándolo, dándole besos, despidiéndose.

Abel, mira, no es bueno que Gema esté allí tocando el cuerpo de Gabriel. Eso no le hace bien. Por favor, dile que se haga a un lado, que sólo lo observe― me dijo con seriedad.

Les juro que me dejó absolutamente desconcertado. Gema y Gabriel eran muy unidos. Sólo se llevaban un año, compartían el mismo grupo de amigos, Gema era enamorada del mejor amigo de Gabriel, sus vidas enteras eran compartidas con intensidad. ¿Cómo decirle a mi hermana que esté a lo lejos si pronto llegaría la funeraria, tras lo cual el contacto físico con el cuerpo de mi hermano se haría nulo, restringido a la división de un frío vidrio? ¿Cómo negarle el adiós? Era un absurdo, una palabra de alguien que no entendía la esencia de los sentimientos, que obviaba lo sentido e imprescindible de los detalles, las pequeñas cosas, que desconoce la parafernalia de los adioses. Lo ignoré por completo. Entré al dormitorio con mi esposa, nos sentamos del otro lado de la cama y acaricié a mi hermano, llorando un poco junto a Gema. El pastor vio eso; seguramente no le gustó nada mi pequeño desafío a su instrucción. No pude olvidar la sensación de confusión que me produjeron sus palabras.

Ante los demás aparenta no tener corazón. Eso se extiende a cuestiones ministeriales. Cuando una persona ya no sirve a sus propósitos particulares o si se decanta en su oposición, la arroja sin importar los años de servicio ni sus vínculos con la iglesia ni el amor con el que quiere servir a Dios. Al no existir vínculos emocionales profundos, lo que se crea es la visión de la gente como individuos para usar que deben darle lo que necesita. Nos convertimos en recursos, casi en inventarios contables. Hace un tiempo le robaron el carro y rápidamente pretendió que la congregación haga una colecta para comprarle otro nuevo. Utilitarismo al estilo más puro, porque no dudaron en pedir dinero a personas con pocos ingresos. Indignante. Recurro nuevamente a la ironía para hacer mi historia más gráfica.

Juan Rebelde escucha, en los anuncios que siempre dicen luego de la prédica, que hay una reunión al final del culto con todos los líderes de la iglesia. Insisten que el tema es sumamente importante. La cara de Jorge Iscariote, encargado de las finanzas de la iglesia, es de seriedad. “¿Será por el tema del diezmo, otra vez?” se preguntó Juan. “Si es por eso, pucha, me caerá entonces mi café por ser un líder que no diezma”. Juan piensa que lo toleran solo porque aún es necesario por la escasez de líderes.


Pepe Caifás (pastor asistente): Hermanos, los hemos reunido aquí por un tema muy importante. Quizá algunos saben que hace unos días, el Reverendo Anás (pastor titular de la iglesia), recibió una invitación para predicar en una iglesia de la denominación por su aniversario, y mientras se encontraba allí le robaron su carro. Hemos orado para que Dios castigue a los malhechores que han hecho esa monstruosidad contra un siervo amadísimo por Dios. Sin saberlo, esos individuos han acumulado sobre sus hombros un castigo feroz por parte del Dios de los cielos y de la tierra. Lamentablemente el mal está hecho y, por eso, el tesorero Jorge Iscariote tiene una propuesta que hacerles.


Sube el tesorero. La gente, muda, nerviosa, no dice ni una palabra.


Jorge Iscariote: Hermanos, como ya escucharon, el reverendo Anás no tiene carro por el robo sufrido mientras predicaba la palabra de Dios. Por ello, surge la necesidad imperiosa de que un siervo de Dios como él tenga la reposición del vehículo. No es digno de él que se tenga que movilizar en taxis o en el transporte público. Creemos también que a pesar de los pocos ingresos de la iglesia por el poco compromiso que hay (los magros diezmos) debemos responder a esta oposición del demonio con la mayor dedicación, expresando la fe de la mejor manera.
Juan Rebelde (susurrando a su amigo de al lado): Esto no me gusta nada…
Jorge Iscariote: Por lo tanto, creemos que la expresión de la fe es reemplazar el carro del pastor robado, un auto coreano del año 1995, por una SUV del año, preferentemente de fabricación europea. Así le responderemos al diablo, dejándolo en ridículo y proclamando la victoria del Señor mediante la manifestación tangible de la dignidad de sus hijos.
Juan Rebelde (susurrando otra vez a su amigo de al lado): Se viene la estocada, acuérdate de mí…
Jorge Iscariote: Para que esta expresión de victoria se concrete, necesitamos de la ayuda de todos ustedes. Se requiere una cuota extraordinaria, independiente del diezmo, de doscientos dólares por familia con hijos, cien dólares por persona sola con salario independiente, veinte dólares por persona que recibe una pensión de jubilación y lo mismo por jóvenes mayores de 18 años. ¡Hermanos! ¡Este ataque espiritual contra el reverendo Anás debe ser respondido! ¡Ataquemos con las armas de la fe! ¡Entre todos, compremos algo digno de la investidura del reverendo y Satanás no se atreverá a tocarlo nunca mas! Hermanos, llamaré al pastor Caifás para orar y luego recibiremos preguntas y sugerencias.


Tras la oración, la mano levantada de Juan Rebelde era la única que se distinguía entre todas las cabezas silenciosas


Juan Rebelde: Hermanos, antes de comentar, una pregunta previa: ¿el auto tenía seguro?
Reverendo Anás: Juan, tomar un seguro es una falta de confianza, es no creer en el cuidado de Dios. Jamás seremos acusados de falta de fe en el cuerpo pastoral de esta iglesia.
Juan Rebelde: Entiendo. Eso quiere decir que no hay ni un sol para recuperar del robo; y los pasivos al cuadrado de ese descuido los debemos tomar nosotros.
Reverendo Anás: No entiendo…
Juan Rebelde: Si hubieran tomado el seguro, se hubiera repuesto como la mitad del costo del carro. Allí se tendría algo. Pero bueno, aceptemos que no se tome el seguro. Lo que me parece absolutamente incomprensible es que en las condiciones de los diezmos de la iglesia pretendan hacer que los líderes paguen una 4x4 de 25,000 dólares, y más con el manipulador argumento ese de “derrotar al diablo” y “la dignidad del siervo de Dios”.
Jorge Iscariote: ¿Te opones a la compra? ¿Para ti nuestro reverendo debe andar por allí como un cualquiera? ¿No vez todas las bendiciones que Dios hace a través de él?
Juan Rebelde: Me opongo por principio a los privilegios. Si me roban el carro que seguro compraré en el futuro con mucho esfuerzo, y si cometo la irresponsabilidad de no tener seguro, pues debo asumir los costos totales. Y si quiero reponerlo con uno mucho más caro, pues debo tener los ahorros suficientes para ello o una línea bancaria aprobada. ¿Por qué no hace eso el pastor Anás? Que frescura. Me encantaría perder algo caro y que la iglesia lo pague. Así cualquiera. Los pastores en esta iglesia definitivamente tienen muy, muy, muy buenos privilegios.
Jorge Iscariote: Tu mezquindad es colosal. ¿Qué problema tienes? ¿No dice la Biblia que cuidemos a nuestros pastores?
Juan Rebelde: Claro, pero si pretenden comprar un auto –cosa que se puede discutir-, pues que sea usado. Todas las semanas nos repiten y nos repiten y nos tienen hartos con el asunto ese del diezmo: que no dan, que hay poco, que hay deudas, que no han pagado sueldos, que la luz, que el agua, que los teléfonos. Si es así, hay que ser prudentes y considerados, siendo conservadores. ¿Doscientos dólares por familia? Es un abuso, la verdad es que es un verdadero abuso. A propósito, ¿A nombre de quién está el carro?
Jorge Iscariote: En este caso, de quien lo usa. O sea, a nombre del Reverendo Anás.
Juan Rebelde: ¿Y no debería estar a nombre de la iglesia? ¿Porqué a nombre del pastor Anás si con los diezmos de la iglesia se compró el carro anterior?
Pastor Caifás: Estamos entre hermanos, y hay confianza total. Lo de la propiedad es algo irrelevante.
Juan Rebelde: No es irrelevante. Tampoco la pretensión de comprar un carro tan caro. Si es así, mañana querrán construir un templo para mil personas sin tener el dinero necesario para eso. Pasado querrán una radio, luego un canal de TV, esquilmando a los miembros, manipulando algunos textos bíblicos para justificar, hablando siempre que "la fe", "la fe" y "la fe". ¿Se podrán tolerar esas irresponsabilidades? Mejor cortar eso por lo sano desde ahora, y nos libraremos de cosas muy ingratas en el futuro. La sanidad financiera ante todo, hermanos.