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lunes, 23 de agosto de 2010

Marcando hitos

Un amigo, el sábado en la reunión de la Fraternidad Teológica Latinoamericana del núcleo Lima, me dijo que este blog se había convertido en algo muy personal. La larga secuencia de posts llamada "Dejados atrás" daba esa apariencia: el predominio de lo íntimo sobre lo reflexivo, de los sentimientos tocados por tristes experiencias sobre lo teológico. No puedo negarlo. Era el momento de hacerlo. Debía marcar una separación, una frontera entre el antes y el después. Lo que dejaba atrás no era cualquier cosa. Un impulso me llevaba a el reto de escribir sobre lo que estaba abandonando, convirtiéndose -sin querer- en un libro, el cual veremos si se publica. Digitalmente, al menos, sí se hará. En papel, lo dirán las circunstancias.


Acabado ese proceso, finalizadas las despedidas, espero retomar el blog mejor que antes. En esta etapa, tras los cinco primeros años del blog, espero poder escribir al menos un post a la semana sobre los temas que más me interesan respecto a aspectos teológicos, aunque de vez en cuando se me escapen cosas personales (quizá la política adorne esta página a veces ya que tenemos en Perú elecciones municipales en poco tiempo y presidenciales el próximo año). Postmodernismo e iglesia emergente, eclesiología, la naturaleza de Dios (con énfasis en la soberanía de Dios y la libertad), relaciones entre economía y Biblia, ética cristiana, misiología, Biblia, y mis conflictos-rollos con mi cristianismo y mi fe deben dominar la escena, aunque nunca se descartan nuevos temas que puedan interesarme. Eso es lo bueno de los blogs: son absolutamente flexibles, se puede escribir sobre lo que a uno se le venga la gana.

Hay abundantes cosas sobre las cuales pensar. Mucho que debe ser puesto en orden. Enemigos contra los cuales combatir, aunque las esperanzas de victoria no sean abundantes. Por todo ello, este blog aún tendrá vida. Larga, espero.

miércoles, 15 de julio de 2009

Cansado

Estoy muy cansado.

- Cansado del sí pero no ("tu mensaje es válido pero no tienes derecho a hablar", "tu crítica tiene sentido pero no sirve porque no planteas soluciones", “tu espíritu es bueno pero tu carne te gana y no se ve la orientación del Espíritu”). ¿Siempre tenemos que dorar la píldora? ¿Acaso nada está bien?

- Cansado del sometimiento al receptor de los mensajes porque "atacamos a lo que ama, pobrecito. Debemos amar al hermano débil". ¿15 años en la iglesia, y lo siguen considerando débil?

- Cansado de mi nula inteligencia a la hora de transmitir lo que quiero decir. Se me olvida que a los peruanos no nos gusta el mensaje directo. Se me olvida el amor que deben transmitir mis palabras.

- Cansado de lobbys y políticas eclesiales, a todo nivel. De sínodos denominacionales, o de miembros que intercambian información entre ellos. Cansado de ser parte de esto.

- Cansado de no aprender a medir mis reacciones y ser algo más diplomático.

- Harto de ver cosas que el resto no ve. ¿Son cosas reales? ¿Son cosas gaseosas e irrelevantes? ¿El pastor en realidad no es autoritario? ¿La gente en realidad no es adicta a él? ¿No somos fundamentalistas? ¿Todo eso no es más que mi subjetividad?

- Harto de hacer algo por cambiar las cosas (algo, al menos levantar la voz de crítica) sin hacerme el loco, o el disimulado o el que trata de cambiar las cosas desde dentro de a pocos.

¿No era todo más fácil antes? ¿En los tiempos de ovejas sometidas? ¿No era mejor ser bien peruano y hacerme de la vista gorda? ¿No viviría más tranquilo de esa manera?

sábado, 22 de noviembre de 2008

Cena madrileña

Con Luis Pérez, de Cristianosh, me unen muchas cosas. Más de las normales.

Además de que ambos somos cristianos y bloggers, trabajamos en lo mismo (los riesgos de mercado). Yo, midiéndolos para un Banco; él, habiendo participado en la creación de un sistema que los mide y ahora involucrado en su venta. Una parte de nuestra conversación fue hablar del Value at Risk (VaR), las volatilidades, backtestings y demás cosas que componen nuestro día a día.

Sin embargo, lo que más tenemos en común son unas tristes circunstancias, no idénticas pero sí parecidas, que nos sucedieron a y a él hace algún tiempo. Un dolor compartido que aún se siente, allí muy fuerte, pero que se soporta porque un Dios poderoso está a nuestro lado, ayudándonos a seguir adelante.

Luis es una persona increíble, con una enorme entrega a Dios y una fe transparente y completa que confía sin dudar en nuestro Señor. Escuchándolo mientras cenábamos en Madrid, recordaba que yo -a veces- me olvido de eso, que de vez en cuando me invade cierta autosuficiencia inutil que me hace vivir el día a día ensimismado en mis propios pensamientos, dejando a Dios de lado. Escuchándolo me di cuenta que esa fe que le sale a borbotones es la que no debo perder jamás, una fe que por nada del mundo debo permitir que se escurra por la rutina, el cansancio o la mucha lectura. Una fe que, simplemente, reconozca que Dios es nuestro Señor día a día, a cada momento y en todo lugar.

Luis: gracias por recordarme eso.

domingo, 24 de junio de 2007

Esas cosas que uno a veces no entiende (IV)

Pastor Caifás: ¡Juan! ¿Cómo va todo? ¿Ya estás en tu semana de exámenes finales en la universidad!

Juan Rebelde
: Todavía no pastor. Todo me va bien excepto un curso medio complicado que se llama "Administración y gestión de las organizaciones". Dicen los profesores que es muy útil pero a mi no me gusta.

Pastor Caifás:
A veces es así. ¿Pero no hay nada que te gusta?

Juan Rebelde:
En realidad sí. Me hicieron hacer un trabajo interesante del cual siempre traté de hablar con el pastor Anás, pero él para ocupado en sus juntas, reuniones de trabajo, comités, consejos y esas cosas.

Pastor Caifás:
¿Y de qué trataba tu tarea?

Juan Rebelde:
Bueno, en el curso dijeron que en las organizaciones modernas el tiempo de labor de los trabajadores en cada puesto que ocupen, sea el nivel en el que sea, debe ser de en promedio de cinco años. Y nos pidieron que evaluemos esta regla de la administración en alguna empresa a nuestro alcance.

Pastor Caifás: ¿Y en dónde investigaste? ¿En la clínica en la que haces tus prácticas?

Juan Rebelde:
No... lo hice en la denominación.

Pastor Caifás: ¿Qué? ¿Cómo que en la denominación?

Juan Rebelde:
Sí, y encontré muchas cosas interesantes.

Pastor Caifás: Creo que te metiste en problemas. La iglesia es otro tipo de organismo. ¿Qué encontraste, según tú?

Juan Rebelde:
A ver... el pastor Anás, de nuestra iglesia, tiene 15 años en su función y ha sido reelegido por 10 años más. El pastor Ananías, de la iglesia del Centro, tiene 22 años como pastor titular. Elí, de la iglesia del Sur, tiene 18 años como titular y con reelección perpetua. Diotrefes, de la iglesia del Norte, es el récord porque tiene 23 años y, en dos meses, la asamblea de su iglesia se reunirá para ver si le dan la perpetuidad. Descubrí también que los cuatro son los miembros del Consejo Directivo Denominacional, la máxima instancia de la iglesia (de cuatro miembros), y que, además, los cuatro son de la misma promoción del Seminario.

Pastor Caifás: ¿Es malo eso, acaso?

Juan Rebelde:
Según las normas de la teoría de la administración que aprendi en el curso, sí, es malísimo. ¿Perpetuidad? ¿Qué es esto? ¿Los tiempos de Anás XIV y su despotismo ilustrado?

Pastor Caifás: Juan, no puedes usar los criterios humanos en la iglesia. La voluntad de Dios está por sobre nuestros pensamientos limitados.

Juan Rebelde:
Bueno, si es así, ¿Por qué nuestra iglesia tiene misión y visión, como lo dice el planeamiento estratégico si no se pueden usar los criterios humanos?

Pastor Caifás:
Por favor, no seas insolente, respeta a la autoridad que Dios ha puesto sobre ti y sométete a tus pastores. Él responderá ante Dios por sus actos.

Juan Rebelde:
Pastor Caifás, yo lo respeto mucho y sólo le he contado lo que hice en mi trabajo. Si se pone así, mejor no le digo lo que me puso el profesor como comentario. Eso sí que es "insolente" y quizá merecedor de su excomunión... y bueno, quizá también el hecho de recordarle que usted también tiene 15 años aquí como pastor asistente. Pero mejor me voy antes que se moleste más. ¡Hasta luego, pastor Caifás!

domingo, 20 de mayo de 2007

¡Ay, la vida!

¡Ay la vida! es una de las frases favoritas de un buen amigo.

Enfatiza los ayes, el dolor, quizá hasta puede ser un contraste con la muerte.

Todo pasa, todo pasa, todo pasa, y el ¡ay! permanece.

Hambre, camino tortuoso, dolor, frustración.

¡Los ayes como elementos permanentes!

Llega el dolor, se profundiza el dolor, no se va el dolor.

Mientras otros, se pasan la gran vida

y la gente aquí, allá, arriba, abajo

llora y llora, prisionera de muchas cosas insoportables.

Profunda nostalgia,

desesperanza.

Amargura.

Y uno quiere correr, correr, correr, correr, correr, correr rápido, rápido.

Y es infructuoso, no se puede escapar.

Nadie puede huir, es la naturaleza.

Y DIOS SABE ESO.

Sabe que nadie escapa, que nos tocará una vez

que querremos correr, y que será infructuoso.

Lo sabe.

Y bien.

Demasiado bien. Cristo mismo lo sintió en carne propia.

Pero Él no nos da más velocidad.

No nos evita el dolor,

no nos lo evade. No nos da la puerta de escape, el atajo, el alucinógeno.

Nos toca a todos. Lo sabe, así es el mundo, por lo menos por ahora.

Pero no deja así las cosas. No se deja llevar por la inacción.

Ni la dejadez.

Se nos acerca cuando estamos con toda la confusión encima.

Y tolera nuestros insultos.

Nuestros gritos, reclamos, vociferaciones.

(Yo, por ejemplo, harto de la sinrazón de la agonía del que era (¡Es!) mi sangre, dije

que renunciaba a Él,

que prefiero el castigo eterno a una relación con su persona

que no dudaba de su existencia, que de eso estaba seguro

pero que con alguien como Él, pues, yo paso.

Que me condene, que no me importaba

que mejor el vacío que un Dios

que en su voluntad estuviera la muerte y el dolor

que voluntariamente matase, o someta a la agonía delante de nuestros ojos

a quien amanos. ¡No! ¡Lo rechazo!

Mejor sólo, asumiendo todas sus consecuencias)

Me toleró con paciencia.

y a mi lado estuvo siempre. Y fui algo implacable.

Le dije cosas terribles.

Pero siguió allí.

Y le pedía que se vaya.

Hasta que ya no puede más. Un día, lo entendí todo.

Él jamás se iría.

Secaría mis lágrimas. ¡Lloraría a mi lado!

Y lo hizo. Allí estuvo

El día ese, al lado de los ascensores.

Y ese otro, en casa de mis padres, insoportable.

Y finalmente allí también, bajo el toldo al sur de Lima.

Donde no pude más –y mi alma corrió mucho, pero de nada sirvió-.

Y allí, estuvo Él, conmigo, con todos nosotros,

con pena, al igual que nosotros.

Pero a nuestro lado

y siempre será así.

¡En toda circunstancia! ¡Siempre!

TODAS.

Él a nuestro lado.

Él nuestro consuelo, la fortaleza

en la dureza de las circunstancias.

Siempre allí,

caminando con nosotros.

Paño y fuente de lágrimas. Conforte, compañía, esperanza.

Guía. Ánimo.

Claridad.



Alabado sea Dios por eso.

jueves, 26 de abril de 2007

Esas cosas que a veces uno no entiende (III)

Año 2000, Conferencia Anual de la Asociación Peruana de Pastores Espirituales, en el salón Chavín de Swiss Hotel (*), San Isidro, Lima-Perú. Se narra una conversación en el coffee break, mientras se departen sanguchitos, jugos y agua mineral, entre tres miembros del liderazgo evangélico del país: el Pastor Anás, pastor titular de una iglesia importante de Lima, el Dr. Gamaliel, Rector del Seminario Bíblico Peruano, y el Hno. Albert E., director nacional de la Asociación de Estudiantes Universitarios Cristianos.

Gamaliel: Anás, tu chico, Juan Rebelde, está primero en el cuadro de mérito del seminario. ¡Es muy bueno! Le vemos muy buen futuro allá.
Pastor Anás: ¡Por supuesto! Es de mi iglesia. ¿Dónde crees que recibió esa base?
Albert E.: Esperen, yo creo que conozco a ese Juan Rebelde. ¿No estudia en la Universidad también?
Pastor Anás: Sí, estudia Derecho. ¿O Medicina? No me acuerdo, tengo que preguntarle a mi asistente, el pastor Caifás.
Albert E.: ¡Claro que lo conozco! Sí, es muy buen hermano. Asiste con frecuencia a nuestras reuniones en el jardín de la facultad de Artes.
Gamaliel: Que bien eso, que se vincule en todo lo que pueda. Oye Anás, en el seminario pensamos que Juan Rebelde podría involucrarse un poco más, siendo Jefe de Práctica de uno de los cursos allá, además de ayudarnos en el diseño de un programa que incluya su carrera profesional y la Teología. También es muy bueno con las computadoras, y pensamos que le puede ayudar a muchos estudiantes mayores que no saben cómo usar una y que tienen el llamado del Señor para estudiar en el Seminario.
Pastor Anás: Que interesante Gamaliel, pero de ninguna manera. Juan está involucrado activamente en la iglesia, y no puede dejar los ministerios. No es posible, lo siento mucho. Caifás, su pastor directo, jamás aceptaría algo similar.
Albert E.: Anás, había pensado algo parecido con él. Yo necesito con urgencia un coordinador para la universidad de Juan, alguien que organice las reuniones y estudios bíblicos, que se encargue de organizarlos en todas las facultades, que haga eventos, conferencias, cosas de ese tipo. Juan me dijo que le encantaría, que estaría feliz haciendo eso.
Pastor Anás: ¡Imposible! Ya dije: Él tiene muchos ministerios en la iglesia que no puede dejar. Por favor, lo que me pides no se puede hacer.
Gamaliel: Anás, Juan es un lider con mucho futuro. Trabajando en la universidad como coordinador y a la vez en el seminario, ayudándonos con esos proyectos, puede ser de gran ayuda en la obra. ¡Su impacto sería mucho mayor que en tu iglesia!
Albert E.: Sí Anás, ayudaría a los futuros cristianos profesionales y a los futuros pastores. ¿No te parece que es más útil allá? Además, él ha dicho que le gusta y que estaría de acuerdo con trabajar conmigo -y estoy seguro que con Gamaliel también-
Gamaliel: Sí, me dijo también que le gustaría.
Pastor Anás: ¡Esto es inconcebible! Yo soy su pastor y yo decido qué es lo mejor para Juan Rebelde. Lo que están haciendo es muy malo: ¡Le preguntan si le gustaría ministrar con ustedes antes de hablar conmigo! ¡Eso está muy mal! ¡No es correcto! ¡Así no se deben hacer las cosas! ¡Puede perder la fe si se desliga de su iglesia local!
Gamaliel: Vamos Anás, te pido que lo consideres. Es un pedido de amigo a amigo.
Pastor Anás: Un amigo que pretende robar las ovejas ajenas. ¿Eso es amistad? No, eso no es amistad.
Albert E.: Anás, no te sulfures, por favor, es sólo un pedido, nadie ha robado nada. Considera que a Juan le gusta la idea.
Pastor Anás: Eso no interesa. Yo soy quien decide qué es lo mejor para la vida ministerial de Juan. Y para él lo mejor siempre será servir en su iglesia. Tendrán que buscarse otra persona o contratar a algún egresado de seminario.
Gamaliel: ¿Y con qué dinero, si tu iglesia nos debe las contribuciones de todo el año 2007?
Albert E.: ¡Jajajaja! ¡Un moroso!
Pastor Anás: Los diezmos han estado ralos estos meses. Regularizaremos pronto.
Gamaliel: No te preocupes. Pero recuerda que Juan no es tu propiedad privada.
Pastor Anás: Está sujeto a mi y debe obedecerme. Es lo que la Biblia dice claramente. Y yo decido que su lugar es ministrando en la iglesia y punto. ¡Y no se hable más del asunto!


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(*) Por supuesto, es 5 estrellas.

jueves, 12 de abril de 2007

Esas cosas que a veces uno no entiende (II)

Otra vez, Juan Rebelde, un amigo mío, cristiano de "mala influencia" o de "segunda división", conversa con su pastor Pepe Caifás, que lo ha citado a su oficina, preocupadísimo:
Pastor Caifás: ¡No puede ser! ¡Me siento muy triste! El hermano Lengua le contó al Cuerpo Pastoral, a la Asamblea de Ancianos y al Comité de Líderes que te vio en un bar, junto a dos personas más que estaban... ¡fumando!, y que tenías en tu mano un vaso con una sustancia espumosa que al parecer era cerveza.

Juan Rebelde: "Cusqueña", pastor (*). ¡La mejor de todas!
Pastor Caifás: ¡No puede ser! ¿Encima te burlas de mi? ¿Qué te está pasando, Juan? Yo te conozco desde pequeño y siempre has sido inclinado a las cosas espirituales; ganabas los concursos bíblicos, te bautizaste muy joven, incluso fuiste al seminario. ¡Te estás perdiendo y eso me duele! ¿Sabes? Estoy orando mucho por ti y, luego de hablar con los otros pastores, hemos decidido darte otra oportunidad porque entendemos que lo del bar puede ser un descuido que a veces pasa, y creemos que si te acercas al ministerio ese fuego intenso que tenías, revivirá.

Juan Rebelde: ¿Una nueva oportunidad?
Pastor Caifás: Sí. ¡Sé que eso es algo que te atrae! ¡Servir de nuevo, Juan! Puedes, si quieres, ser el segundo después de mi. Pero, debes prometer a todos que no volverás a un antro de ese tipo ni te juntarás con esos pecadores que fumaban y mucho mejos, tomarás alcohol de nuevo. Eso es de malísimo testimonio. Hay que pensar en nuestros hermanos más débiles.
Juan Rebelde: ¿Qué? ¿No volver a ese bar? ¿No tomar de nuevo? ¿No ver a esos amigos a los que les hablaba de Dios esa noche? ¡No entiendo!
Pastor Caifás: ¿Predicando en un bar? ¡Estás loco! ¿De dónde tienes edas ideas tan disparatadas? Juan, te lo diré claramente: ¡Tomar es un pecado! ¿Es que te olvidaste de eso?
Juan Rebelde: No pastor, está usted muy equivocado. Lo han engañado completamente. ¡Tomar no es pecado! Tampoco ir a un bar. Nosotros tenemos esa idea pervertida de que tomar una cerveza está mál. ¡Y se la enseñamos a otros! Y peor, nos hacen sentir culpables porque ponen sobre nuestros hombros la carga de nuestros hermanos nuevos en la fe.

Pastor Caifás: Juan... es que... estoy desconcertado, te oigo y te desconozco. ¿Qué ha pasado para que tus estándares éticos hayan caído tan bajo?
Juan Rebelde: ¿Ética? ¿Quién habla de ética aquí?

Pastor Caifás: ¡Pero por supuesto que es un tema ético!
Juan Rebelde: ¿Tomar una cerveza, un tema ético??? ¿Un tema ético como el robo o la infidelidad? Pucha, ¿en qué secta estoy para que se piense así??

Pastor Caifás: Juan, no insultes a la iglesia. Es una cuestión de ética, de testimonio, de evangelismo. Ay Juan... oraré por ti. Si no creyera que la salvación no se pierde, diría que ya estás en el camino del infierno. ¡Oraré de rodillas por tu alma!



(*) Una marca peruana de cerveza.

viernes, 19 de enero de 2007

472

Al leer la Biblia percibo que de alguna manera para Dios el asunto espacial tenía cierta importancia: el ofrecimiento de la tierra prometida en un lugar específico –Canaán, desde Dan hasta Beerseba, entre la nación filistea y Galaad-; la ubicación precisa del Templo sobre el monte Moriah, una de las colinas de la vieja capital; la Palabra inspirada anhelando la tierra abandonada, como ese sublime Salmo 137 que emana añoranza y amor al lugar de dónde somos (RV60 adaptada libremente):

Junto a los ríos de Babilonia,
allí nos sentábamos, y aún llorábamos,
acordándonos de Sión.

Sobre los sauces en medio de ella
colgábamos nuestras arpas.
Y los que nos habían llevado cautivos nos pedían que cantásemos,
y los que nos habían desolado nos pedían alegría, diciendo:
Cántenos algunos de los cánticos de Sión.
¿Cómo cantaremos cántico de Jehová
en tierra de extraños?

Si me olvidase de ti, oh Jerusalén,
pierda mi diestra su destreza.
Mi lengua se pegue a mi paladar,
si de ti no me acordase;
Si no enalteciere a Jerusalén
Como preferente asunto de mi alegría.


Sí, parece que el lugar en donde uno nació o vivió importa aunque sea un poquito, es parte del móvil que nos empuja a continuar, y es aparente un aval divino al sentimiento de localía. García Márquez en “Cien años de soledad” habla de que uno se hace perteneciente a un lugar cuando comienza a enterrar a sus muertos allí. Sabato declara a Buenos Aires como su ciudad, y Sabina canta, esplendoroso, que “he llorado en Venecia, me he perdido en Manhattan, he crecido en La Habana, he sido un paria en París, México me atormenta, Buenos Aires me mata, pero siempre hay un tren que desemboca en Madrid”.

¿Y mi tren? ¿Llega a alguna parte? Sí, siempre a Lima, siempre a su garúa y su neblina, a sus playas de agua helada al sur, a su centro colonial, a su bazar suelo de libros usados, a sus mercados populares efervescentes, y a todos sus rincones, en uno de los cuales nací el invierno de 1977.

Lima ha cumplido el dieciocho de Enero 472 años de fundación española. Es la segunda ciudad del mundo en tamaño construida sobre un desierto (luego de El Cairo), tiene ocho millones de personas y es una típica ciudad latinoamericana que ha crecido exponencialmente por la migración que se dio en la segunda mitad del siglo pasado. Un río pequeño y sucio por la contaminación brutal que recibe, un tráfico brutal y ofensivo, un desarrollo sin planificación que la hace escasa de grandes vías que atraviesen la ciudad (como por ejemplo la 30 o la 40 de Madrid). Pobreza extrema en los arenales de las afueras y riqueza exultante cerca al mar, pegado al acantilado o a algunas estribaciones andinas. Contrastes, todo lleno de contrastes en esta Lima que es una y mil al mismo tiempo.

Siempre he pensado que soy territorial en el sentido del amor: amo la casa de mis padres en la que viví 26 años, mi barrio y sus calles (entre la Javier Prado, Las Palmeras, la Vía de Evitamiento, la Separadora Industrial y la Avenida La Molina), amo mi colegio, amo la universidad en donde estudié, amo Lima, mi ciudad. Me ha encantado siempre recorrer sus calles de extremo a extremo tomando buses o simplemente caminando, indagar leyendas surgidas en las esquinas dueñas del bullicio, compenetrarme con su alma de casi cinco siglos. Estoy enamorado de sus fotos antiguas, de esas de hace cien años que muestran el enorme valle –hoy, totalmente urbanizado-, el inicial trazo de las avenidas, los primeros autos. Me duelen los registros de la guerra del Pacífico con los relatos de la destrucción de Barranco, Chorrillos y Miraflores. Me alegran y conmueven las historias coloniales de Ricardo Palma cuando la urbe de hoy era la Ciudad de los Reyes y la más rica del Nuevo Mundo, me emociona lo que podría ser el centro de la ciudad restaurado, me sorprende la avalancha migrante (mis padres son parte de ella: él, de Cajamarca y ella, de Chiclayo) que le dio una cara absolutamente nueva a la ciudad y que ha hecho que quizá cerca de la mitad de pobladores de Lima no hayan nacido aquí. Todo esto es, definitivamente, parte de mí, un gran fragmento de mi ser melancólico.

Tantas vidas, tantos lugares, tantas historias ya perdidas y otras todavía vivas: una de ellas, chiquitita, la mía.

lunes, 27 de noviembre de 2006

Esto es algo más personal…

Ya he escrito de esto antes. No sé si la repetición es falta de creatividad, símbolo de pocas ideas, quizá cansancio o necesidad de vacaciones; Peor aún, verán que la idea que planteo es algo axiomática, como si uno mas uno es igual a dos o que Cristo es el Hijo de Dios: el tiempo produce cambios tanto en la iglesia como en la gente y, ante ellos, debemos reaccionar y tomar decisiones.

De un tiempo a esta parte, mi relación con mi iglesia “local” ha mutado grandemente. Concentrada en la evangelización de la clase media alta de Lima y fiel seguidora del principio de las unidades homogéneas de McGaravan, acaba de inaugurar su nuevo templo para 800 personas. El esfuerzo es caro, pues la construcción es costosa y se les ha pedido a hermanos específicos que aporten sacrificialmente un importante faltante de dinero para la construcción y acondicionamiento del templo. Ya está listo, es bonito, es grande, conmueve un poco sobre todo si has estado en todas las etapas de la congregación, desde la inicial casa con capacidad para, máximo, 100 personas en 1991.

Pero no estoy feliz. Desde hace dos años, en los que dejé las actividades ministeriales en la iglesia (el grupo de adolescentes, la academia bíblica, los jóvenes) hasta el día de hoy, mi mente y mi corazón han migrado desde la ortodoxia de mi denominación (con un par de años del seminario incluido) a la misión integral, el debate teológico a niveles intuitivos, la abierta autocrítica y la reflexión sobre nuevos modelos de comunidades, un camino en el que muchos otros –manifestando su voz en la blogósfera, por ejemplo- están inmersos en América Latina. Y ante esto, se ha llegado a un punto muerto: mi iglesia local no cambiará, pienso demasiado diferente a ella y ella a su vez distinto a mí. Como decía líneas arriba, las cosas han cambiado, y ya no tengo espacio en sus paredes.

La respuesta es evidente, pero en la práctica no lo es tanto. ¿Por qué es tan traumático para los miembros de la iglesia la salida de un hermano en Cristo a otra denominación o comunidad independiente si no es por causas del pecado o las discusiones? ¿Por qué el hecho de dejar de ser miembro de una iglesia local es una herida enorme para ambos? ¿Por qué esa decisión no puede ser acompañada por un “oraremos por ti para que Dios te llene de gracia en los nuevos caminos que está disponiendo para tu persona” y, en cambio, está adosada al recelo, a la mala palabra, a la especulación lacerante, al chisme, a la expresión por detrás del implicado, al psicoanálisis barato?

Debería ser todo más simple. Si tu mente ha cambiado, tu partida debe ser un proceso natural e incentivado, promovido porque así el crecimiento para con la iglesia universal será mayor, pero no: si queremos escapar del microclima, somos casi herejes, peor que mundanos, unos desagradecidos por no apreciar todo lo que la comunidad local ha hecho por nosotros a través de los años. ¿Por qué, Dios, tienen que ser así las cosas? A mi madre le han “sugerido” evitar el contacto con una señora que ha dejado la congregación hace algunos meses porque ahora su forma de pensar es más pentecostal. ¿Será así conmigo si decido cambiarme? ¿Le prohibirán a mis amigos de años el contacto conmigo? ¿Les dirán que soy una mala influencia?

Es evidente que estoy pensando dejar mi iglesia local. El tiempo la ha cambiado, y a mi también. Oro para que Dios me ayude en este proceso, y si hay que salir… pues tiene que ser a alguna parte, y no estoy seguro de a dónde.

viernes, 20 de octubre de 2006

Hermano, nos vemos luego


Como dijo el Señor en la cruz casi al final de su agonía, "Todo está cumplido" (Jn. 19:30, Biblia de Jerusalén). Mi hermano Gabriel finalmente, luego de once meses de lucha contra la leucemía, pasó a la presencia del Señor.

Era el tiempo. Ya sufría demasiado.

Fue un tiempo difícil. Cuando le detectaron la enfermedad, en la mañana del 2 de Noviembre del 2005, y en las semanas posteriores, tuve la crisis de fe más grande de toda mi vida, al punto de estar cerca de dejar el cristianismo, de descartar a Dios, de preferir ese infierno futuro de fuego y oscuridad a la barata promesa de una nube y un arpa en el cielo, todo para poder estar lejos de la presencia divina que colocaba a mi familia una carga demasiado pesada. No lo podía soportar. Decía: "Dios, ¡Te equivocaste de persona! ¡Era yo, era yo a quien debías tocar! ¿Por qué todo esto?" Sin embargo, las cosas fueron cambiando poco a poco.

En Agosto viajé junto a mi esposa Dorcas y mis amigos Miguel Paredes y Francisco Meza a Cusco, Puno y Arequipa. En Puno, (3,800 metros sobre el nivel del mar) a las 11 de la noche y con un frío que debía estar cerca a los cero grados, estuve con Miguel en una mesa del comedor del hostal en donde nos hospedamos, conversando de muchas cosas -el proyecto misiológico en el que estamos embarcados hoy, su partida al MIT, la vueltita al lago que dimos en la tarde-. Entre ellas, el asunto de mi hermano, recién desahuciado por los médicos. ¿Podemos encontrarle un sentido a esta situación? ¿Una pizca de justicia? ¿Sucederá el milagro?

Intentaba pensar en ese momento, mientras tomaba el café casi helado. Recordé al Señor Jesucristo, muriendo joven. Y estaba a punto de llorar, tratando de hallar una salida, un bálsamo, algo que me calme en ese momento. Seguía pensando en Jesucristo y su obra, en su muerte, en su redentora muerte, como si tuviera la impresión, la sospecha que allí puedo encontrar algo de paz. Recuerdo decirle algo a Miguel sin aparentemente pensarlo demasiado:

"Hay personas que, aunque no lo entienda, tienen el sentido de su vida en su muerte"

En su muerte porque este evento, dolorosísimo, es el que debe ser el inicio, el movil, el detonante de una transformación de los que quedan en la tierra, de tal trascendencia que el efecto multiplicador que provoca la partida de la persona a quien amamos tiene años de duración. Cristo tuvo eso, aunque como era Dios, el valor de su muerte tiene consecuencias permanentes, infinitas. Nosotros, simples humanos, podemos tener el mismo sentido pero a una escala infinitesimal.

En este caso, mi hermano debía morir para que personas como yo, que aún caminamos en este planeta, despertemos a la realidad de la vida y hagamos lo que tenemos que realizar con pasión y sin miedos. Por ello, tras enterrar a mi hermano, siento que lo mejor que puedo hacer para recordarlo es tomar todo lo que Dios quiere mostrarme y corregir mi vida, enderezando la senda en pos de una existencia más santa y ceñida a la misión de Dios en la tierra. Borrar taras, pedir perdon y inspirarme en la valentía de mi hermano, su fortaleza al enfrentar la adversidad, el dolor y el destino final que sabía estaba por llegar. Porque mientras yo me hundía en el desaliento, él flotaba en la certeza del poder de Dios.

Al ver eso, salí del hoyo y volví a creer con más fuerza que antes.

Gabriel, clamo como David: "¡Jonatán! Por tu muerte estoy herido, hermano mío, Jonatán" (2 Sam. 1:25b Biblia de Jerusalén). ¿Sabes algo? Es un vacío muy grande el que tengo ahora. Quizá por esas estúpidas razones que el latinoamericanismo tiene, no fue demasiado afectivo ni te dije todo lo que hubiera sido necesario, pero quiero que sepas -se que no leerás esto, pero igual deseo escribirlo- que te quiero muchísimo y que tengo que darte gracias por todo, por tu vida, por nuestros juegos de infancia en la tierra de detrás de la casa, por ser mi testigo de boda, por mostrarme a través de esos increíbles amigos tuyos de tu universidad el valor de la solidaridad y el compañerismo sin condiciones (no olvidaré jamás el bus de San Marcos en la puerta de mi casa y el detalle hecho en tu honor de la bandera a media asta en el frontis de la facultad de Medicina Veterinaria), por ser mi hermano, por ser un importantísimo elemento de la obra de Dios en mi vida que ha hecho que sea un cristiano distinto el día de hoy.

Ya nos veremos después, allá arriba. No te olvides de guardarme un buen sitio. Hasta luego, castor.

lunes, 11 de septiembre de 2006

¿Qué tipo de iglesia me gustaría levantar?

Me gustaría levantar una iglesia horizontal, donde no exista la figura del pastor dominante que lo controla todo, que tiene la voz autorizada y que aparenta estar más cerca de Dios, sino la de los laicos comprometidos, quizá como la de un elder de iglesia norteamericana. Donde todos participemos de una manera más activa de la liturgia, desde el ejercer la Santa Cena hasta los matrimonios religiosos. Donde el líder sirva de verdad y no más bien sean los miembros que sirven al líder. Donde no exista el pastor gerente al que tengas que sacar cita, sino el líder que busca a la oveja perdida y cansada. Donde la iglesia se involucre en su mundo activamente y no se aísle de él, aplicando ese pasaje en el que dice que debemos servir: la iglesia debe servir al mundo. Una iglesia que participe en las actividades de su comunidad, de su ciudad y país, que viva realmente en él y que no brinde sólo oraciones y prédicas vacías, una iglesia que trate el problema de la injusticia y el sufrimiento humano sin ambages.

Quisiera una iglesia que sea menos rígida en el culto de los domingos. Una iglesia sin púlpito, para que no haya la sensación de superioridad por parte de quien habla allí, sino que quien enseñe la palabra esté en el mismo nivel de los oyentes, con discursos menos atados a los criterios homiléticos. Que la alabanza viva al correr de la cultura, y que no se condicione a la moda de la música cristiana, sino que sea espontánea, viva y artística, inclusiva en toda clase de ritmos. En lo posible, que las composiciones sean realizadas por miembros de la iglesia, para que lo que se diga sea parte de la propia realidad. Que los diezmos no existan sino que sean solamente ofrendas, para ser más bíblicos y no se presione a la congregación con ello.

Quisiera una iglesia más tolerante con el otro, menos juez y más amiga. Que sea firme en el conocimiento y que lo que cree lo sustente con propiedad, pero que entienda que otros hermanos en la fe usan otros criterios hermenéuticos y que creen distinto a nosotros, y que ese hecho no nos da permiso a decir que ellos están equivocados. Que respete a la persona de otra religión porque a pesar de lo que sabemos, entendemos que la fe que esa persona profesa tiene como génesis la inquietud espiritual puesta por Dios en todas las gentes. En resumen, quisiera una iglesia que simplemente ame de verdad, capaz de sacrificarse de ser necesario como Cristo lo hizo por nosotros.

jueves, 17 de agosto de 2006

La liturgia de una despedida (temporal)

Sin que uno pueda evitarlo el tiempo ha transcurrido y hoy 17 de Agosto mi amigo Miguel Paredes se va al Massachussetts Institute of Tecnology (MIT), una de las mejores universidades del mundo, por tres años a estudiar dos maestrías. La fe en Cristo, una amistad de años y un poderoso amor por el Perú -no de la forma demagógica del candidato perdedor de la segunda vuelta en las últimas elecciones- nos une, por lo que hoy la tristeza es inevitable. Sin embargo, el pensar en lo que Dios nos ha enseñado en forma conjunta en los últimos dos años, cambiando por completo nuestra manera de ser evangélicos, me lleva a concluir que esta ausencia temporal será para bien y que Dios en sus propósitos insondables hará grandes cosas cuando Miguel vuelva aquí.

Entonces amigo, hasta pronto.

viernes, 16 de junio de 2006

Ante el sufrimiento del otro, ¡comprométete!

El sufrimiento nos humaniza, porque muchas veces genera ese especial sentimiento llamado solidaridad, vinculándonos y permitiendo la hermandad. Sin embargo, en ocasiones no nos queda claro el objeto de lo solidario, si debemos ser inclusivos y abarcar a todo el mundo, o exclusivos y limitarnos a nuestra comunidad, nuestra familia o nuestra iglesia. Jesús medita y enseña sobre esto al responder la pregunta capital, la más importante de esta vida: “¿Haciendo qué cosa heredaré la vida eterna?” (Mt. 19:16, Mr. 10:17; Lc. 10:25, 18:18).

Jesús la responde con Levítico 19:18 (“Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con toda tu mente, Y a tu prójimo como a ti mismo”). No parece haber mayores objeciones con la parte correspondiente a Dios, pero el escriba que hizo la pregunta, judío y elitista, quiso ir más allá y pidió una especificación, una aclaración sobre el prójimo. Quizá esperaba que el Maestro le dijera que eran el judío, el compañero en la fe o el pueblo de Dios, algo así de específico, pero la respuesta rebasó todas las expectativas.

Cristo contó la parábola del Buen Samaritano (Lc. 11:25-37), conocida por todos. En ella, se nos enseña que ese prójimo no es sólo mi hermano de sangre o mi amigo íntimo, sino el odiado vecino, el desconocido que reniega de Dios, el familiar mundano, la persona que dañó mi vida, el político espiritualmente indiferente o el indígena de una tribu de las selvas de Borneo. Todos, no sólo mis hermanos en la fe, son mi prójimo. De esta manera, nos marcan una visión absolutamente universalista.

El ejemplo de Jesús no es casual. El hecho que ponga una situación directamente vinculada al sufrimiento del otro, del prójimo, nos quiere decir algo. Además de anticipar su obra redentora a la humanidad completa y no sólo a los hebreos, nos dice que debemos amar a todos sin exclusión exhortándonos con firmeza: “Ante el sufrimiento del otro, cuando las circunstancias de la vida lo dejen herido y medio muerto (Lc. 11:30) aunque ese otro puede no tener ningún vínculo contigo, aunque sea yo un samaritano y el otro un judío, ante su sufrimiento, comprométete”.

Comprometerse con el dolor ajeno como lo hizo el Señor al venir a la tierra para morir por nosotros. Qué tal reto, imposible de realizar sin la ayuda del Espíritu Santo, como el resto de las exigencias del cristiano. Yo quedo perplejo ante la enseñanza lucana y percibo al instante que he fallado en el pasado por mi indiferencia ante la desgracia de los que me rodean, ante las lágrimas de mi país que se desangra y se corrompe. Más fácil era taparme los ojos, pero Cristo no vino a enseñarnos a seguir la ruta sencilla. Y ante esto, sólo me queda pedir perdón a los amigos que no apoyé cuando sufrían. Pero más que eso, a ese mundo que ignoré porque pensaba que su degeneración era irreversible.

Pero hay esperanza. “Haz tú lo mismo” (Lc. 11:37). Mi esperanza es la metanoia, el cambio de actitud. Y aunque he perdido muchos años, jamás será tarde para Dios.

domingo, 11 de junio de 2006

Sufre, humano, sufre

Cuando tenía 16 años me encontré con esa frase deslumbrante de Camus que decía que el quid de la filosofía o el tema básico a plantearse era el suicidio, si esta vida en la que nos encontramos merece de verdad, valga la redundancia, ser vivida. Años después, me la volví a encontrar en uno de los últimos libros de Sábato cuando él, siendo existencialista, se encontró con la misma interrogante. Obviamente escogió la vida, y más aún, al puro estilo camusiano: comprometiéndose por completo por esta humanidad rota, partida en demasiados pedazos. Vida larga la suya que no se extingue pasada la base nueve.

Si nos enfocamos en lo miserable de la situación humana presa del temperamento destructivo que se ha venido demostrando a través de la historia, huelgan motivos para darles la razón a ambos. El sinsentido del vivir para padecer, para llorar y entrar en desesperación cunde inmisericorde haciendo dudar en algún momento hasta al de más fuerte fe –sino pensemos en Juan el Bautista, cuando desde su prisión en Macaero envió a sus discípulos a preguntarle a su pariente Jesús si era él el que había de venir (Mt. 11:2-19; Lc. 7:18-23)-. Es que todos sufriremos finalmente. Todos nos vamos a morir años antes o años después, todos nos vamos a enfermar de jóvenes o viejos, todos tenemos en distintos niveles conflictos interpersonales, a todos nos sale sangre y a todos nos duele el alma. Y si la vida se centra en eso, si no hay escapatoria y si nos convertiremos en gusanos una vez que nos llegue la hora, pues escojo el suicidio. Si las cosas son así, mi hermana tiene razón: la vida es basura.

Pero allí no se circunscribe la realidad de las cosas.

Todos los antecedentes se remontan al conflicto cósmico inicial que dio origen al pecado. Sin importar la hamartiología que tengamos, lo que la Biblia insinúa es que este conflicto se inició en las esferas espirituales y que, de alguna manera que para algunos es clarísima (los que asumen la realidad literal de los primeros capítulos del Génesis) y para otros no tanto (los que asumen la no literalidad de los primeros capítulos del primer libro de la Biblia), se derivó con la misma gravedad inicial a la realidad material y, por ello, dice Pablo que toda la creación “gime” a la espera de la restauración definitiva (Rom. 8:21,22). Desde el momento de esta irrupción aunque no lo parezca estamos involucrados en una guerra invisible gravísima que hiere a todos sin cuartel y sin excepción, la verdadera guerra mundial y la más devastadora, sin tregua ni capitulaciones. Nos hace morir, llorar, angustiarnos, temer de verdad. Lo peor del asunto es que no nos damos cuenta de nada.

Somos como judíos en la Alemania de inicios de los años cuarenta. No lo pedimos. Simplemente, como el comercial televisivo decía, las cosas son como son. Y en esa realidad, seamos cristianos, budistas, ateos, agnósticos, musulmanes o lo que sea, seremos víctimas de las esquirlas. Repito la lógica de líneas arriba: enfermarán los niños y jóvenes, moriremos en accidentes de tránsito, nos llenará el desamor y la ingratitud de la gente que nos ama, romperemos amistades y dañaremos a nuestras familias. Nacemos y vivimos en el mar del sufrimiento.

Si esa es la triste realidad, ¿Qué hace Dios al respecto?

Ya hizo lo necesario, pero por alguna razón que entenderemos cabalmente luego, cuando todo se consume, los efectos no son plenos ahora. Lo que sí sabemos con precisión es que la cruz de Cristo fue la solución al dilema cósmico planeada desde el inicio. Cristo se despojó de sí mismo, se hizo como nosotros, se hizo siervo, se hizo pobre, nadó en este mar y para resolver el conflicto, se sumergió en las aguas, usándola como camino necesario, yendo al igual que nosotros directo al destino de la muerte, como aquel siervo sufriente tan explícitamente descrito (Is. 53). Sabiendo que vivimos en la realidad innata del sufrimiento, Cristo la usa como elemento capital para nuestra redención mediante la cruz, con lo que el conflicto cósmico, causal del sufrimiento humano, quedaba resuelto. Así, además de redimirnos, culminó su proceso de identificación completa con la raza humana. Luego de la cruz, puede decirnos: “Consumado es” (Jn. 19:30), pero también “Yo también sufrí, al igual que tú, con tortura y laceraciones, hasta la muerte más despiadada”. Por esa razón en todo sufrimiento Él está allí porque realmente nos entiende. Esto no es demagogia ni eslogan de campaña electoral. Más todavía, porque en su caso lo hizo de manera completamente voluntaria. Caso contrario al nuestro, que buscamos la evasión en todo momento.

Se dice que de nuestros errores más groseros Dios puede sacar eventos de bendición para otros, aunque sería mejor que no fuera así. De lo más miserable Dios puede escoge lo que necesita para cumplir sus planes. Del sufrimiento abyecto de Cristo vino al final nuestra salvación completa. ¿Qué puede hacer entonces a posteriori con el sufrimiento que nos toca vivir?

jueves, 16 de febrero de 2006

El resucitado

La banda sonora, ruidosa y melancólica de julio, con arpas y saxofones vetustos que les hacían recordar la infancia pobre y violenta mientras completamente borrachos lloraban pensando en el desarraigo adolescente que vivieron empujados por el hambre, la pobreza, el dolor, se instalaba al frente de mi casa y se preparaba para gemir por unas horas. Yo los vi siempre, desde el inicio de mis recuerdos hasta el día que me fui, más de un cuarto de siglo después, y siempre las mismas lágrimas, los mismos saxofones y las mismas arpas, la misma bulla que no me dejaba dormir por la noche y que a la mañana siguiente dejaba la callecita de tierra llena de chapas de cerveza y de personas a las que había que levantar como a Lázaro. Una vez, en el invierno de 1994, con la callecita de tierra mojada por la garúa, fui a comprar pan y un muerto a punto de la resurrección dormía sentado junto al quiosco pero parecía haber competido en una competencia lucha en fango, y en sus sueños chacchaba palabras ininteligibles en quechua, su idioma materno, mientras yo mascullaba palabras en mi español colegial de adolescente de quinto de secundaria de escuela pública. Tocaba y tocaba la reja de la tiendecita pero nada, solo escuchaba el quechua y el nombre del pueblecito de donde eran todos dueños de las pequeñas casas de la manzana, una y otra vez, de una forma cansina pero exacerbada a la vez, sin gozo, quizá con algo de pesar. Yo me impacientaba y el muerto quiso resucitar pero en vez de eso empezaron a correr las lágrimas mientras el nombre del pueblito era reverberado como en una especie de transmigración donde a más repetición más rápidamente se llegaría al lugar elegido. Era obvio dónde él quería llegar.

En eso, despertó.

Me miró, quizá se avergonzó un poco por el barro y las lágrimas, pero luego sonrió y se fue. ¿Por qué? Seguramente pensó que la transmigración esa fue real y que el barro del que estaba embadurnado era, en verdad, lodo de la plaza principal del pueblito de su infancia y no el de la callecita de tierra al lado de una acequia limeña. Eso era para él suficiente motivo para ser feliz a muchos kilómetros de la tierra originaria: fundido con ella, uno con la identidad, uno consigo mismo.

Y cierto, se fue feliz.

domingo, 1 de enero de 2006

¿HAY MOTIVOS PARA UN FELIZ AÑO NUEVO?

El año anterior puede pasar si queremos en segundos por nuestra cabeza llegando raudamente a la conclusión de que, dependiendo de cómo vivimos, fue un tiempo productivo y de avance o que simplemente mejor hubiera sido dormir el 31 de Diciembre del 2004 y despertar hoy, sin memoria del 2005 que se acaba evaporando junto con los humos que lanza la cocina trabajadora de horas extras que se esfuerza en hacer una cena en su punto. El olor a pólvora y la ferocidad con que se queman los muñecos en las calles siempre me hizo pensar que a todos les iba mal, que querían carbonizar los recuerdos y vivencias importantes, y las más insignificantes, las que no cabían en el monigote, meterlas en una botella junto con un par de ratablancas para que exploten y, por si acaso, los vidrios esquirlados se encarguen de deshacer lo olvidado por el explosivo.

Sin embargo, hay los que la hacen linda en algun punto de diversión. Allí no hay cohetones ni violencia, hay fiesta, celebración, júbilo. Se celebra el fin de año pero igualmente la llegada del nuevo, y hay mucho por agradecer, por esperar y por sentir. La misma pasión con la que reventamos un pirotecnico la ponemos e el jolgorio. ¿Tienen sentidos los extremos?

Este año ya tengo trabajo fijo, comencé a estudiar una maestría y tuve mi primer sobrino, lo que vale por muchos buenos sucesos. Este año perdí una amistad, caí derrotado una y otra vez en eso del "no hacer el bien que quiero pero sí el mal que no quiero" y a mi hermano le detectaron leucemia, lo que vale por muchos malos sucesos, quizá la tristeza que causa es mayor que la alegría de la vida nueva. ¿Saldo negativo? No lo sé. ¿Cómo decirle a él feliz año cuando lo que le espera es un duro tratamiento que postergará mucho de sus planes y que le hará pasar monótonas temporadas en el hospital? ¿De que sirve el fuego del olvido si el mal no se va, si no perece sino que permanece? ¿Hay motivos para decir feliz año?

Se murió el Juan Pablo II y entro Ratzinger; vino Katrina, Rita, la gripe Aviar y Bush no se ha ido de Irak -mi hermano mayor de parte de padre es mercenario allá-. Atentaron contra Londres, Fujimori se fue a Santiago, firmaron el TLC. ¿Feliz Año, finalmente?

Sí, siempre puede hay motivo, porque aunque todo haya ido mal (y esa es una falacia, porque TODO no puede ser así) tenemos esperanza, porque siempre hay algo que se puede hacer y hay un Dios que no nos desampara, que nos observa y puede tendernos la mano, claro está, si nosotros queremos.

La pregunta es: ¿queremos realmente?

lunes, 26 de diciembre de 2005

¿Celebrar navidad?

Cada año más secular, más consumista y más difusa, al extremo de empezar a mostrar en Estados Unidos una similitud de esencia y sentimiento con el Halloween. Del "verdadero" espíritu de la navidad, el tamaño del árbol, las mejores ofertas de Saga Falabella o Ripley y la relevancia de la creencia en Papá Noel se habla más que del verídico y discreto nacimiento que la motiva, cosa que no nos debe sorprender dado el paganisimo original de la saturnal fiesta del 25 de Diciembre en los tiempos romanos, llena de cenas y regalos que por orden papal fue desintegrada para reemplazarla por la natividad del Salvador. Porque a pesar que no le guste a mucha gente, lo que se nos pide que recordemos es la muerte de Cristo y no su nacimiento. Curioso, la Semana Santa, lo que se nos mandaría a recordar, en parte conserva todavía un aroma religioso en países como el Perú, y la fiesta no solicitada, la navidad, ya es absolutamente secular. Total, Dios nunca pidió que la celebremos, y en teoría nada perdemos.

¿O sí? Quizá la esperanza, porque más que una fiesta de gozo, la navidad, si debiese ser celebrada, sería una fiesta de plena y absoluta esperanza, de recordar que Dios nos recuerda en nuestro quebranto y hace algo por nosotros, algo preciado: el envío de su Hijo para el bien de nuestra almas. Por ello puede haber tristeza en la navidad, puede haber carestía, hambre, sufrimiento y enfermedad. Pero más allá de eso, además hay la seguridad del accionar de Dios, de su obra, la plena certeza de que Él no nos olvida.

Es cierto, porque aunque no lo parezca, aunque no me parezca a veces, aunque sea muy escéptico, no nos olvida. Jamás lo hará.

domingo, 20 de noviembre de 2005

La vida después de la leucemia

Después de la leucemia todo cambia. Ya las idas y venidas al banco dejarán de ser indiferentes y los pensamientos que andaban antes entre el porqué del mundo, la observación de la realidad, mi esposa en sus clases o lo que me esperaba en el trabajo se centran hoy esencialmente en el cáncer de mi hermano, en su posible transplante de médula, en sus quimioterapias, mascarillas, sueros y demás parafernalia médica. La vida de la familia está adosada al octavo piso del Hospital Rebagliati y nuestro centro de gravedad está allí, hasta que él vuelva a casa y todo, si Dios quiere, vuelva a la normalidad.

Los sentimientos han pasado por todas partes. Desde el "Dios de mierda, no te cansas de probar a la gente" de los dos primeros días a una confianza completa en Dios. Creo que no es extraño el hecho de que un evento catastrófico te lleva ante Dios con sólo dos posibilidades: o te acercas a Él y te sometes al puro afecto de su voluntad, o corres en dirección opuesta en estado de negación del evento o de la Divinidad. Una de dos, que a nosotros nos hizo arrinconarnos en pos de lo que ya conocíamos previamente, Su presencia y Su paz.

¿Y qué es lo que vendrá? No lo sé, pero Dios sí y, lo que sea, es lo mejor.