Mostrando las entradas con la etiqueta Riesgos. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Riesgos. Mostrar todas las entradas

domingo, 4 de septiembre de 2011

Tensión

Nuestro mundo económico está tenso. Varias de nuestras concepciones están siendo puestas a prueba, y por ello el cierto desconcierto que se observa hoy. Por ejemplo, los libros hablan del mundo del cero riesgo, y normalmente se asoció la ausencia de riesgo al gobierno todopoderoso de los Estados Unidos; se creyó que era imposible que Estados Unidos no pague sus obligaciones. Hoy esa concepción ya no es real. Standard & Poor’s dice (basada en una autoridad que ha perdido hace años al errar calamitosamente en la evaluación de los títulos subprime, pero bueno, sigue haciendo su trabajo) que Estados Unidos no es AAA, que ahora es AA, que tiene más riesgo de incumplir sus obligaciones. ¿Y ahora cómo queda la teoría? ¿Los libros deben irse a la basura? ¿Cuándo se auscultará el papel de las clasificadoras de riesgo en esta crisis? 

Otra cosa que está sucediendo es que la teoría dice que los países con más riesgo (léase, los subdesarrollados como mi país) tienen que pagar más por el dinero que piden prestado. Esto tiene pleno sentido: si hay posibilidad de que no me pagues, entonces por asumir ese riesgo debo recibir más rentabilidad, debo ser compensado por la tensión de un posible default, por ese posible escenario en que no veré más el dinero que presté. Hoy en día un país como el Perú, aún pobre y con mucho por construir, puede endeudarse a tasas mucho más baratas que naciones más avanzadas como España o Portugal. ¡Cosa de locos! Eso va en contra de las concepciones que se tenían hasta hace poco tiempo. ¿Durará mucho este mundo al revés? 

También tenemos menos herramientas para enfrentar la recesión. La teoría keynesiana más elemental dice que cuando un país está en recesión una alternativa plausible –y necesaria- es aumentar el gasto público. Se ha hecho siempre con buenos resultados cuando la política se aplica bien. Hoy en día, los gobiernos se han endeudado de tal manera (y no solo los gobiernos, también el sector privado lo ha hecho) que tienen serios problemas para pagar lo que deben. Para cuadrar sus flujos de caja futuros, no han visto mejor alternativa que reducir sus presupuestos, esto es, gastar menos. Pero existe una poderosa amenaza recesiva. Por lo tanto, están gastando menos (para poder pagar sus deudas) cuando necesitan gastar más (para paliar la recesión). Se está privilegiando el interés del dueño del dinero a costa del interés del resto de los agentes de la economía que sufrirá una posible depresión económica. ¿Esto es bueno o malo? ¿Qué hacer? ¿Tratarán de dar incentivos de política monetaria cuando esa alternativa está en su límite (caso Estados Unidos)? ¿No es necesario cuestionar el papel de la política monetaria en esta crisis? ¿Demasiado tiempo con tasas bajas fue algo nocivo?

Por último, ¿los responsables de esta crisis mundial ya están pagando por esto? ¿O es que no hay responsables? Imposible, sí los hay. ¿Cómo pagarán?

miércoles, 6 de enero de 2010

Hijos de la insurgencia

Latinoamérica es amante de los esquemas controladores y dictatoriales. Nos gusta la mano dura y que las botas llenas de barro nos tengan bien pisoteados, mientras hacemos mil ejercicios de sobrevivencia con salarios subsaharianos. Para afuera deseamos libertad pero en el fondo, al lado del corazón, añoramos a los Chávez, Velascos, Fujimoris, Pinochets y Ortegas. Por ello los cristianismos que privilegian el control han prosperado tanto en nuestros países. El pentecostalismo, lleno de pastores estrictos y sometimientos inverosímiles que la gente acepta de buena gana, es un perfecto ejemplo, casi ideal a pesar de la horizontalidad que trajo la democratización del carisma. Su crecimiento sigue dándose porque calza con el alma latinoamericana, tan carente de figura paterna y abundante en dioses débiles y serviles.

Todo esquema de control siempre se va implantando por etapas, suave al inicio, pero que al final sataniza con voracidad a los críticos, mientras alaba las estructuras que se definen como tierra santa, como el santuario incólume que debe mantenerse por-los-siglos-de-los-siglos-amén. Los líderes mismos, los llamados, tienen caracterizaciones especiales, cada vez más altas y cercanas a las nubes. Los apóstoles de hoy son un claro ejemplo: intocables, casi todopoderosos, poseen un robusto apetito por controlar que se acompaña de una enorme hambre de sus congregaciones por ser controlados. Una sincronía perfecta en la que todos, aparentemente, están felices. Pero estar felices no necesariamente es sinónimo de que todo está bien.

Algunos de nosotros no vemos las cosas como si estuvieran al lado del cielo sino que, con cierto temor, consideramos que el riesgo que la iglesia asume hoy por su estilo de liderazgo es desmedido. Creemos que la verticalidad en las relaciones del clero evangélico y el laicado no hace bien a la gente, la estupidiza, no la permite desarrollarse, la convierte literalmente en un rebaño. Sin embargo, entendemos que la superación de esto puede tomar algunos años más. ¿Muchos? No lo creo. La tecnología y la facilidad de la interacción de las personas de hoy puede empujar con mucha rapidez a los cambios, a pesar de la pobreza y la enclenque educación que recibimos.

Mientras las cosas van cambiando, sin embargo, algunos tratan de apurar el proceso, en abierta oposición al establishment. Por supuesto que el liderazgo reacciona y ve a los opositores casi como embajadores del mismo Satanás. Han protegido las estructuras generando marcos de “pensamiento” bastante estrictos, en donde los disidentes son poco espirituales y deben ser alejados y sus palabras no escuchadas. No quiero ni imaginarme si aún estuvieran vigentes los métodos de la inquisición católica romana.

La rebeldía y la insurgencia son, entonces, malas palabras, antivalores dignos de los no creyentes, de los ateos que no quieren saber nada con Dios. Lo paradójico del asunto es que si estas actitudes no hubieran existido en la historia de la iglesia, probablemente aún se cobraría dinero por las indulgencias. Sin rebeldía e insurgencia, Lutero jamás habría publicado sus 95 tesis, Savonarola se hubiera quedado tranquilo en su monasterio dominico, silencioso ante la degeneración de los Borgia, y Calvino nunca hubiera configurado su teología. Y no existiríamos. O seríamos los católicos que muchos no toleran, o los sectarios que otros desprecian u alguna otra cosa que solo imaginarla provoca escalofríos. Sin rebelión ni enfrentamiento contra la institucionalidad religiosa, no existiría la iglesia evangélica. Somos, pues, hijos de la insurgencia, y querrámoslo o no, debe ser algo que debe marcar nuestro constante caminar. Nuestro andar en pos de ser los mejores cristianos que nos sea posible. Insurgencia no debe ser una mala palabra.


Imagen: http://www.manueltalens.com/imagenes/angel.jpg

viernes, 18 de diciembre de 2009

Economía y Misión en la Biblia Clase 3

Hola a todos.

Les adjunto la presentación de parte de la tercera clase del curso que dicté en el Centro de Misología Andino-Amazónica de Lima-Perú (profesor invitado para este tema: Luis Cachay). Sus comentarios serán bienvenidos.

Un saludo,