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viernes, 14 de abril de 2017

Construyendo la fe mirando al exilio

Muchos creen, hoy en día, que el mensaje bíblico es uno solo, grabado en piedra, estable, plano, cuando en realidad es una construcción que demandó cientos de años. No solo me refiero al armatoste religioso, sino también a lo más sagrado: a Dios. El Dios de la Biblia, digámoslo así, fue evolucionando. Dios, para Abraham, era muy distinto a Dios para el apóstol Juan. Esta construcción fue un largo proceso en el que se recibieron muchos aportes de un lado y de otro, no exclusivamente de sitios santos sino también de rincones con influencias directas del paganismo o culturas totalmente distintas a la hebrea. Basta pensar en el cristianismo primitivo, Pablo y el profundo influjo heleno en nuestra fe. 

Pero de Pablo no quiero hablar esta vez, sino del exilio babilónico, un evento trascendente que, sin saberlo, tuvo y tiene poderosa influencia en nuestra manera de entender a Dios. ¿Por qué el exilio? ¿Para qué el Exilio? ¿Cómo se dio el Exilio? La reinterpretación de los profetas –que lo sentían íntimamente- dice que el exilio se dio porque el pueblo pecó, porque no cumplió con su parte de la alianza hecha con Dios. Este pecado recurrente (Deuteroisaías, Jeremías) fue el causante de que Dios decidiera castigarlos. Dentro de la lógica de los profetas tiene sentido porque Dios había sido bastante paciente con ellos (unos 400 años) y por supuesto la paciencia tiene un límite. Se había adelantado con Asiria en el reino del norte, pero se venció el plazo con Babilonia en el reino del sur, cuando Nabucodonosor sitia Jerusalén y se lleva a la clase dirigente, en varias oleadas de exilio. 

Esta invasión fue dramática. Pero no todo es malo: a veces, lo catastrófico es una oportunidad de reinterpretar a la divinidad y la forma de aproximarse a ella. El exilio, desde los profetas, sirvió para una nueva definición de Dios: nace allí un Dios universal, todopoderoso, único (aquí surge la idea del monoteísmo), que liberará a su pueblo y que reinará sobre todas las demás naciones de la tierra. Además, el exilio sirvió para crear una nueva identidad: antes del exilio, el culto estaba centrado en Jerusalén, en los sacerdotes, en los sacrificios, en la parafernalia que giraba en torno al templo salomónico del monte Moriah. Aquí estaba el eje de la identidad de los judíos. Sin embargo, al destruir Nabucodonosor el templo, hay una enorme crisis del culto. ¿Y ahora? ¿Qué se hace? Pues se definió una nueva identidad basada en la Ley, el sábado, el ritualismo y la circuncisión. Así, el pueblo pudo tener una identidad nueva, distinta a la anterior. El mensaje, por supuesto, cambia. Antes del exilio era duro, justiciero, casi una aplicación directa de la ley del talión; luego del exilio el mensaje se hace amoroso, consolador (esto se ve profundamente en Ezequiel, que tiene una división en su énfasis). Deuteroisaías escribe pocos años antes de Ciro, tras la segunda deportación en un escenario de crisis de fe y esperanza por la pregunta: ¿Quién trae a Ciro, Jahveh o Marduk? Su mensaje es de énfasis del poder de Dios, del Dios creador (sin ayuda) que es Señor de los ejércitos celestes y ante el cual ningún poder puede competir. Además, configura el monoteísmo y enfatiza que Dios es el Señor de la Historia, por lo cual se debe tener confianza en que el pueblo volverá a Israel. Ezequiel muestra que Dios está siempre al lado del pueblo (Ez. 3:15) en los tiempos de crisis (Ez. 33:10) y de fe bamboleante. ¡Nunca abandona al pueblo! Y promete la restauración, como ese relato poderoso del valle de los huesos secos (Ezequiel 37). 

Con el mensaje del Deuteroisaías en la mente, el pueblo vuelve a Israel. Pero hay problemas, porque los que vuelven son un poco babilónicos y los que se quedaron (que no fueron pocos) se hicieron un poco paganos. Sin embargo, el estado de carestía, pobreza, enemistad con los pueblos vecinos, y falta de liderazgo, hacen que el pueblo pierda rápidamente la fe. ¿Dónde está el Dios que es único y con el que tenemos una alianza? ¿Dónde está ese Dios creador de todo? ¿Por qué no hay templo? ¡La capital es paupérrima! Esta crisis traída por el exceso de expectativa traída por el Deuteroisaías hace que llegue el mensaje de ánimo de Zacarías y Hageo, junto con la obra de Nehemías y el trabajo del nuevo configurador de la fe: Esdras. Este último puso las bases del judaísmo que existe hasta hoy, muy distinto al que estuvo vigente antes de Nabucodonosor. 

El mensaje bíblico es, entonces, una construcción. El exilio es un ladrillo importante en nuestra casa llamada cristianismo. Y la construcción es, en esencia, acción. Dios es acción, y nosotros debemos serlo también. Los que salieron de Egipto “hicieron” la ley; los que salieron de Babilonia, reescribieron la fe, crearon una nueva identidad, distinta a la anterior. Jesucristo volvió a reescribir la fe. Por ello, los cristianos le predicamos al mundo del amor de Cristo, de su obra salvífica, de la buena noticia; nuestra esperanza escatológica en el reino de Dios hace que nuestra fe nueva nos impulse a hacer cosas concretas en este mundo, nunca aislarnos, llamándonos también a reescribir-construir nuestra fe como los que nos antecedieron, como los que, por ejemplo, volvieron del exilio.

lunes, 18 de noviembre de 2013

Dios en la esperanza

Cristo en la cruz clamaba por el desamparo de Dios Padre, desnudo frente a la multitud que lo aclamaba como a un rey días atrás y ese viernes pascual, extasiada, lo veía morir clavado como vil sedicioso cananista. ¿Negaremos este hecho? ¿Nos haremos de la vista gorda ante la realidad comprobada de que hay ocasiones en que Dios parece dormir, luciendo como si se hubiera ido de viaje, como si hubiera declarado asueto por un feriado largo? ¿Iremos en contra de la dominante alabanza que se concentra en las promesas, en el bienestar al lado de Dios, en declaraciones de victoria, de júbilo, en éxito? ¿Negaremos los tiempos oscuros, los valles de sombra de muerte, los escapes donde nos alimenta un mísero cuervo al lado de un arroyo escuálido? 

No nos hace menos cristianos el admitir la oscuridad que domina a veces a los senderos de la fe. Así, la sensación de desamparo la sentimos en la misma sangre, el sinsentido domina, el caos anda boyante, burlón. Dios brilla, pero por su ausencia helada, y parece que todo está perdido, que todo hiede, que no hay más que hacer. Parece que nos empujan a la rendición, a entregar el alma a la nada, a la renuncia irrevocable. ¿Es que, de verdad, no hay nada, realmente todo está perdido? ¿A dónde ver en tiempos agrios? ¿A la tierra prometida? ¿A la nube de fuego en la noche, que nos guíe? ¿A la tierra abandonada a la cual volveremos tras el exilio? ¿A dónde dirigir la mirada? 

 Quizá pidamos demasiado, quizá queremos que se nos abra el mar, o que rompa el velo del templo de arriba a abajo, algo así de contundente. ¡Queremos que nos lleven al cielo en carros de fuego! Y en realidad, el ver el firmamento en su inmensidad esperando la transformación de lo que nos está sucediendo hace que no veamos los márgenes desde donde Dios suele hablar, donde gusta manifestarse. No vemos el trajinar del padre, o el cielo azul recargado de las estrellas de medianoche. No escuchamos la voz amiga, el viento calmo a través de las palabras del confidente. No olemos el aroma reconfortante. No sentimos nada. Creemos que no hay esperanza, pero ésta surge de muchos pequeños lugares, y en todos éstos, está Dios, comunicándose con nosotros, animándonos a seguir respirando, recordándonos que está allí, hablándonos bajito y caminando con nosotros. A la esperanza no le gusta lo aparatoso. 

 Pero no queremos ver a Dios y seguimos ciegos en el gran túnel, ignorando las luciérnagas de la esperanza. ¡Siempre Dios es esperanza! Y ésta nunca se va, siempre está allí, pequeña a veces, grande también, pero siempre allí. ¿No es fuente de esperanza la sonrisa de la niña que nos hace bien a pesar de que el mundo se esté partiendo en dos? ¿No es fuente de esperanza la manifestación de Dios a través de la persona amada y el sentimiento compartido? Sí, eso y más. Por eso, a veces debemos dejarnos llevar y sentir la dulce palabra de Dios hablada desde lo pequeño, desde lo discreto, de donde nunca nos dijeron que era posible escucharlo.

lunes, 24 de agosto de 2009

El paso del tiempo

Con la amistad es imposible ser utilitario. No sé si digo eso porque, por lo general, en mis relaciones amicales siempre he sentido que he dado poco, casi rayando con la miseria mientras lo que el otro entregaba era algo tan valioso que me salvaba la vida; ergo, hablar de la imposibilidad de lo utilitario sería casi como una justificación a todo lo que recibí, dándole un sentido que no dejaría mi imagen al nivel de un vil aprovechador, sino resaltando que no importa lo que uno brinde, lo trascendente es el hecho del dar desinteresado, enorme como el universo e incondicional como el amor de Dios por nosotros.

Ese desbalance lo sentí con el amigo de los primeros años de la primaria, que me enseñaba un mundo ficticio el cual era conocido a plenitud por él, y aunque todo era quimérico sus relatos daban cabida a mis sueños pueriles; también con aquellos de secundaria, quienes escuchaban vez tras vez mis laberintos de mi profunda confusión, o con los de la universidad, de los que aprendía de su talento innato y rebosante. Yo siempre quedaba al debe.

Algo así me sucedía con mis amigos y, al mismo tiempo, hermanos en la fe. El más cercano de todos era en apariencia opuesto a mí pero con el tiempo encontramos coincidencias profundas; sin embargo, a pesar de sus palabras generosas me quedaba siempre corto, como si abusara de su confianza y su gran corazón, oculto en la seriedad aparente de su vida. No podía observar qué suministraba yo: era evidentísimo que él lo daba todo.

Uno puede dar mucho o poco, pero esas cosas que fueron entregadas casi sacrificialmente son inexorablemente castigadas por el paso del tiempo y el furor de los múltiples eventos en los cuales nos vemos envueltos. La vida es un goteo permanente donde los años pasan, nos casamos, nacen nuestros hijos, se nos muere gente querida, nos hieren con odio visceral, herimos por pura sed revanchista, el trabajo nos traga, los tiempos se reducen, Dios nos enseña cosas nuevas que nos alumbran como una supernova y nos lleva por caminos diferentes tan contundentes como una autopista de diez carriles, aprendemos y desaprendemos acumulando alegrías y soportando las tristezas. Con este alud de acaecimientos, a veces las amistades simplemente no logran soportar. Se quiebran, se despedazan como un vidrio que es impactado por una piedra. A veces, uno mismo es el que lanza la piedra, a veces son otros, a veces no es nadie quien hace que el vidrio se haga añicos: simplemente sucede por el simple efecto del distanciamiento. En ocasiones, ni te das cuenta. Tristísimo es cuando la ruptura se da porque los senderos destinados a los amigos se separan porque Dios así lo pide, ¡y en este caso jamás debió haber discordia! Lamentablemente, las pasiones humanas suelen ser más fuertes, y se comen a la fe en el Señor común.

Cuando el horizonte de la relación se encuentra en el pasado, solo la remembranza es lo que le da valor inapreciable a esa amistad ya devaluada hasta el extremo, y esto no es algo malo. Porque si uno se encuentra en donde está hoy, si uno avanzó y es mejor persona, si uno simplemente sigue creyendo en la redención del mundo a pesar de las viles cosas que uno lee todos los días, si uno vive en esta tierra, con frecuencia es porque alguien estuvo en el pasado apoyándonos, dándonos la mano, regalándonos esperanza, motivándonos para seguir. Y eso es incalculable. Lo que no puede tasarse es lo que en verdad queda, lo que prevalece, a pesar de todo. A pesar de nosotros mismos.

miércoles, 29 de julio de 2009

El universo gris

Ver el mundo como una calamidad es una circunstancia que no requiere mucho esfuerzo en demostrar. Ver el mundo como un escenario de esperanza también es una circunstancia que puede ser contrastada sin movernos del computador desde donde ahora leemos este texto.

La calamidad se ve cuando un borracho atropella a una familia que espera en un paradero al bus que la llevará cerca de su casa y se da a la fuga; cuando leemos en los libros de historia la industria de la muerte a medidas industriales en los campos de concentración nazis y que hoy algunos se esfuerzan por negar; cuando los niños mueren de frío en las punas del sur peruano por incompetencia gubernamental provocadas por diferencias políticas. Calamidad se ve cuando los sistemas económicos no funcionan para todos; cuando la riqueza se acumula en pocas manos y cuando la impunidad campea: está preso en una prisión-tugurio el que robó una gallina por hambre pero el que traficó con armas y drogas ―o el que hizo del lobbismo un estilo de vida― vive la comodidad de una celda dorada. Donde posemos los ojos veremos la dureza del destrozo inmisericorde, el poco aprecio por la humanidad del prójimo, la desfachatez del poder del mal que se expone orgulloso por el mundo.

La esperanza también es posible contemplarse. Se ve cuando encontramos la historia de la madre que caminó cuatro días hasta la posta médica más cercana para salvar a su hijo enfermo, o la generosidad de los numerosos que dan de lo que no tienen al que necesita, o los muchos que han muerto por salvar a otros o han entregado sus vidas completas por causas altruistas. Aún pueden percibirse las actitudes totalmente desinteresadas, o el aprecio por la honestidad, o la incondicionalidad de la amistad. El amor que “todo lo puede y todo lo soporta” es una fuente inagotable de esperanza que trae un aire nuevo, lleno de consuelo para las almas que pueden sufrir tribulación. Es un tipo de redención.

La dualidad calamidad/esperanza se contempla en lo profundo de la realidad humana, en cada uno de los corazones de los cerca de siete mil millones de personas que inundan el planeta. Oscilamos entre el deseo del bien y la tentación del mal. Podemos ser los más santos del mundo mientras gozamos de la más plena experiencia religiosa, pero al mismo tiempo vivir el infierno en la tierra tras la botella un millón que entra en nuestra alcohólica garganta, o por el insulto inmisericorde dirigido a nuestro hijo o el comentario envidioso hecho con el fin de dañar a otra persona. Bien dice Sabato que “no podemos hablar del hombre como si fuera un ángel, y no debemos hacerlo. Pero tampoco como si fuera una bestia, porque el hombre es capaz de las peores atrocidades, pero también capaz de los más grandes y puros heroísmos”. La vida del no cristiano no es ni blanca ni negra sino que es gris, y la vida del cristiano también es gris –aunque a algunos les cause escozor admitilo-. No por nada Pablo decía que él quiere hacer el bien siempre, pero algo interno se lo impedía y terminaba haciendo el mal que quería evitar. Un mal que frecuentemente no es conciente y que no suele medir consecuencias. Más humanidad, imposible.

El universo gris gobernará todos nuestros pasos. Por ello, no debemos perder la realidad de la imperfección en nuestros esfuerzos por agradar a un Dios que nos pide santidad. Dios sabe que en esta vida nunca dejaremos de ser grises, y que ningún esfuerzo hará que eso cambie. Eso puede ser muy frustrante. Nos deja en carestía absoluta, en impotencia declarada, en pobreza extrema. ¿Pueden imaginarlo? Nuestros esfuerzos no alcanzarán jamás, pero aquí entra la maravilla de la gracia divina, de lo que pretendo hablar en un post futuro.

La palabra “pobres” es en el original griego ptocoi, que significa mendigar, o también mendigo. O sea, en traducción literal la popular bienaventuranza sería algo así como “felices los mendigos espirituales ya que a ellos pertenece el reino de Dios”. ¿Por qué mendigo espiritual? Creo que es porque ante Dios, el Absoluto, el Todopoderoso, estamos en una situación de carestía absoluta, nada podemos hacer para evitar ser grises teniendo en cuenta que Él nos pide ser blancos. En última instancia, espiritualmente no tenemos nada, fuera de Dios todo es razonamiento vano o sentimentalismo frágil, pero la verdadera espiritualidad está sólo en Dios. Y Dios, sabiendo eso, nos tiende la mano. Sabiendo nuestra condición, nos recomienda apuntar hacia la fuente de espiritualidad verdadera, su hijo Jesucristo, que se entregó por nosotros permitiendo que seamos aptos a pesar de nuestra grisitud.

Es interesante ver que la primera característica que Cristo enseña en las bienaventuranzas sobre lo que un seguidor suyo debe ser se enfoca en la espiritualidad, en darnos cuenta que nosotros no podemos generarla adecuadamente, que la fuente es y será siempre Dios, y que la actitud de mendicidad espiritual no la reemplaza jamás el activismo eclesial, el involucrarse en la mayor cantidad de ministerios posibles, llevar a cabo profundos estudios teológicos o ir hacha en mano derrumbando iglesias apolilladas. La mendicidad espiritual es una actitud que toca la más profunda fibra del orgullo humano, el cual debe desaparecer por completo: sólo debemos depender de Él, y nada más. Porque lo gris es nuestra realidad, fuera y dentro de la cristiandad, y nada se puede hacer por cambiarla.


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