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miércoles, 7 de diciembre de 2011

Inevitable obsolescencia

Supongamos la existencia de una realidad “R”. “R” está afectada por una serie de variables “X” en una relación de causalidad directa. Imaginemos que son tres mil las variables “X” que determinan la realidad “R”. Es decir: 

 
No tenemos idea de la ecuación exacta que relaciona las tres mil variables “X” con la realidad “R”. Jamás lo sabremos porque es imposible de determinar. Sin embargo, tenemos la necesidad de interpretar a “R”, de explicarla, de entenderla. Por eso, podemos hacer simplificaciones y tomar, en lugar de las tres mil variables “X”, solo tres o cuatro de ellas -cantidad de variables más manejable para nuestro intelecto limitado-, las más importantes a nuestro parecer, y con ellas establecer relaciones de causalidad. Por ejemplo, tendríamos lo siguiente: 

 
Son miles de posibilidades, y cada analista de la realidad puede tomar diferentes alternativas. La combinatoria es grande, y aunque es un número que puede calcularse, no es relevante para el propósito de este pequeño post. Lo que debemos tener en cuenta es que relacionamos a “R” con dos sets distintos pero limitados de variables “X”, ya no con las enormes tres mil variables apabullantes. Sin embargo, aparece un problema: yo no sé cómo se determina la relación entre las limitadas variables “X” y la realidad “R”. Se me ocurren las siguientes maneras a manera de ejemplo: 


Tendré miles posibles ecuaciones que intentan explicar “R”. Cada una de ellas es un modelo, esto es, una aproximación de la realidad. Dicho de una manera un poquito diferente, el resultado de mis ecuaciones será una simplificación, un modelo que tratará de explicar el funcionamiento de la realidad “R” de manera aproximada. Mis modelos jamás lograrán explicar a plenitud “R”, y esto es así porque no considero todas las variables. Siempre será lo siguiente, para cualquier modelo: 


Existirá una tendencia del modelo a la realidad, pero no llegaremos a ella. Ahora, imaginemos que nuestro set de variables es el siguiente: 


Las cuales son modelizadas de la siguiente manera: 


Supongamos que este modelo explica muy bien la realidad. Digamos que en un 95%. Somos felices con nuestro nivel de interpretación de “R”. Ahora imaginemos que la realidad “R” es dinámica, esto es, que las tres mil variables cambian en el tiempo, que las que eran importantes antes ya no lo son ahora, que las que antes eran despreciables ahora son relevantes, o que variables desconocidas aparezcan por modificaciones en el entorno. Digamos que estos cambios afectan a nuestro modelo, y dos de nuestras tres variables se hacen irrelevantes, y una de ellas sirve poco en el nuevo escenario. El poder de explicación del modelo ha bajado, digamos que a un 20%. El modelo ya no sirve, y debe ser reemplazado completamente, o quizá solo ajustado. Esto quiere decir que los modelos se hacen obsoletos, y tienen que ser cambiados cuando las variables “X” que explican a la realidad “R” son dinámicas, y cambian continuamente. Creo que no vale la pena explicar el hecho de que nuestro mundo es ferozmente dinámico. 

En resumen, podemos decir que: 

(1) Para explicar la realidad “R”, hago simplificaciones y solo tomo algunos aspectos relevantes de ella, descartando los demás. 

(2) Mis explicaciones, dependiendo de su nivel de complejidad, pueden ser simples opiniones o puntos de vista, pero pueden llegar a ser modelos o doctrinas sumamente elaboradas. 

(3) Estas explicaciones serán siempre aproximaciones a la realidad “R”. No pueden pretender abarcarlo todo por su origen simplicador. Nunca una explicación toma todas las variables. Pretender abarcarlo todo, explicando toda la realidad “R” con un modelo o doctrina, es un error serio. 

(4)La realidad es dinámica. Lo que antes era significativo, ahora no importa. Lo que hoy es fundamental, ayer no existía. 

(5) El hecho de que la realidad sea dinámica, significa que nuestras opiniones o puntos de vista, o nuestros modelos o doctrinas, se hacen obsoletos. Por lo tanto, deben formarse nuevas opiniones y puntos de vista, y deben hacerse nuevos modelos y doctrinas. Insistir con un modelo que puede ser caduco, es un error serio. 

“R” puede ser múltiples cosas. Puede ser, por ejemplo, las relaciones económicas. Las aproximaciones pueden ser, por ejemplo, teorías económicas como el neo-keynesianismo, la teoría neoclásica, el monetarismo, el marginalismo, el liberalismo o el marxismo. Todas, aproximaciones particulares de la realidad, todas simplificaciones, todas sujetas a la obsolescencia inevitable. “R” también puede ser la realidad teológica, y encontraremos la misma lógica: aproximaciones a la Divinidad que, inevitablemente, se harán obsoletas. Por eso, y como lección final, no se puede asumir un modelo o doctrina expuesta a la obsolescencia como un gemelo, un equivalente a una realidad dinámica. Mucho menos endiosarla. Eso ya es casi irracional, aunque, tristemente, es un mal generalizado.

domingo, 4 de septiembre de 2011

Tensión

Nuestro mundo económico está tenso. Varias de nuestras concepciones están siendo puestas a prueba, y por ello el cierto desconcierto que se observa hoy. Por ejemplo, los libros hablan del mundo del cero riesgo, y normalmente se asoció la ausencia de riesgo al gobierno todopoderoso de los Estados Unidos; se creyó que era imposible que Estados Unidos no pague sus obligaciones. Hoy esa concepción ya no es real. Standard & Poor’s dice (basada en una autoridad que ha perdido hace años al errar calamitosamente en la evaluación de los títulos subprime, pero bueno, sigue haciendo su trabajo) que Estados Unidos no es AAA, que ahora es AA, que tiene más riesgo de incumplir sus obligaciones. ¿Y ahora cómo queda la teoría? ¿Los libros deben irse a la basura? ¿Cuándo se auscultará el papel de las clasificadoras de riesgo en esta crisis? 

Otra cosa que está sucediendo es que la teoría dice que los países con más riesgo (léase, los subdesarrollados como mi país) tienen que pagar más por el dinero que piden prestado. Esto tiene pleno sentido: si hay posibilidad de que no me pagues, entonces por asumir ese riesgo debo recibir más rentabilidad, debo ser compensado por la tensión de un posible default, por ese posible escenario en que no veré más el dinero que presté. Hoy en día un país como el Perú, aún pobre y con mucho por construir, puede endeudarse a tasas mucho más baratas que naciones más avanzadas como España o Portugal. ¡Cosa de locos! Eso va en contra de las concepciones que se tenían hasta hace poco tiempo. ¿Durará mucho este mundo al revés? 

También tenemos menos herramientas para enfrentar la recesión. La teoría keynesiana más elemental dice que cuando un país está en recesión una alternativa plausible –y necesaria- es aumentar el gasto público. Se ha hecho siempre con buenos resultados cuando la política se aplica bien. Hoy en día, los gobiernos se han endeudado de tal manera (y no solo los gobiernos, también el sector privado lo ha hecho) que tienen serios problemas para pagar lo que deben. Para cuadrar sus flujos de caja futuros, no han visto mejor alternativa que reducir sus presupuestos, esto es, gastar menos. Pero existe una poderosa amenaza recesiva. Por lo tanto, están gastando menos (para poder pagar sus deudas) cuando necesitan gastar más (para paliar la recesión). Se está privilegiando el interés del dueño del dinero a costa del interés del resto de los agentes de la economía que sufrirá una posible depresión económica. ¿Esto es bueno o malo? ¿Qué hacer? ¿Tratarán de dar incentivos de política monetaria cuando esa alternativa está en su límite (caso Estados Unidos)? ¿No es necesario cuestionar el papel de la política monetaria en esta crisis? ¿Demasiado tiempo con tasas bajas fue algo nocivo?

Por último, ¿los responsables de esta crisis mundial ya están pagando por esto? ¿O es que no hay responsables? Imposible, sí los hay. ¿Cómo pagarán?

sábado, 18 de junio de 2011

Integralidad




Les presento la novena edición de la revista digital Integralidad, que trabajamos desde el Centro Evangélico de Misiología Andino-Amazónica (CEMAA) en Lima (Perú). Sus comentarios serán bienvenidos. Para acceder a ella sólo tienen que hacerle click a la imagen de arriba.

domingo, 20 de diciembre de 2009

Economía y Misión en la Biblia Clase 4

Hola a todos.

Les adjunto la presentación de la cuarta clase del curso que dicté en el Centro de Misología Andino-Amazónica de Lima-Perú. Sus comentarios serán bienvenidos.

Un saludo,


viernes, 18 de diciembre de 2009

Economía y Misión en la Biblia Clase 3

Hola a todos.

Les adjunto la presentación de parte de la tercera clase del curso que dicté en el Centro de Misología Andino-Amazónica de Lima-Perú (profesor invitado para este tema: Luis Cachay). Sus comentarios serán bienvenidos.

Un saludo,


jueves, 10 de diciembre de 2009

Economía y misión en la Biblia Clase 2

Hola a todos.

Les adjunto la presentación de la segunda clase del curso que estoy dictando en el Centro de Misología Andino-Amazónica de Lima-Perú. Sus comentarios serán bienvenidos.

Un saludo,


domingo, 29 de noviembre de 2009

Economía y misión en la Biblia Clase 1

Hola a todos.

Les adjunto la presentación de la primera clase del curso que estoy dictando en el Centro de Misología Andino-Amazónica de Lima-Perú. Sus comentarios serán bienvenidos.

Un saludo,


miércoles, 25 de noviembre de 2009

Economía y misión en la Biblia

Hola a todos.

Les adjunto el silabus del curso que dictaré en el Centro de Misología Andino-Amazónica de Lima-Perú. Sus comentarios serán bienvenidos.

Un saludo,


viernes, 25 de septiembre de 2009

Iglesia reformada, siempre reformándose

Una de las clases de microeconomía de todas las universidades del mundo introduce al estudiante al estudio de la ley de los rendimientos decrecientes. Supongamos que deseamos producir algún bien agrícola, como por ejemplo papas, en una hectárea de terreno. Puedo usar un trabajador y produciré 10 kilos de papas; usando dos trabajadores produciré 25 kilos de papas (una producción obtenida más que proporcional a la que logra un sólo trabajador). Puedo añadir uno más y quizá se produzcan 45 kilos de papas. Si se dan cuenta, el aporte del primer trabajador generó 10 kilos de papas, el aporte del segundo añadió 15 kilos más y el aporte del tercero puso 20 kilos adicionales. A esto se le llama productividad marginal del trabajo, que al inicio suele ser siempre creciente.

Lo que va a suceder es que uno puede continuar contratando trabajadores y aumentando la producción, pero llegará un punto en que ya no crecerá más, sino que puede incluso menguar. Imaginen 50,000 trabajadores en una hectárea de terreno: probablemente se estorben más que lo que puedan trabajar. ¿Hay una solución a este dilema, que genere un aumento de la producción? Sí, y pasa por incrementar la productividad de cada trabajador, o la productividad de la misma tierra o de las semillas, o cambiar radicalmente la totalidad del sistema de producción.

Es posible hacer una extrapolación de estos principios. Por ejemplo, dentro del mundo de los movimientos religiosos, existe “un fenómeno típico en los movimientos históricos, que consiste en que después de comenzar con la espontánea creatividad de una búsqueda dinámica, poco a poco se van institucionalizando hasta perder casi totalmente la flexibilidad de sus inicios y su original capacidad de sorprender. En muchos casos, este proceso termina en un estado senil de arterioesclerosis institucional” (1). Surge un momento de creación y explosión de las comunidades que suelen reaccionar ante la devaluación de sus grupos matrices. Estas comunidades determinan nuevas formas de hacer la fe, más libres y más ceñidas al texto bíblico, y poseen un gran dinamismo y vida espiritual, con gran celo evangelístico y, en ocasiones, con desarrollos teológicos interesantes (en términos del párrafo anterior, esto es el cambio de todo el sistema de producción). Lamentablemente con el tiempo se solidifican, se aburguesan, olvidándose de la motivación que les dio origen. En ocasiones la misma generación creadora que hizo los cambios en sus años mozos es la que la lleva al adormecimiento año tras año, mientras su liderazgo envejece sin deseos de ceder la posta. Muchas denominaciones evangélicas han sufrido de este proceso que es prácticamente natural. Y la propia Reforma del siglo XVI es esto a un nivel macro, donde la iglesia católica con sus muchas perversiones sufrió una escisión que buscaba la pureza y el respeto por los principios bíblicos. Vale la pena decir que el protestantismo ha visto muchas veces este proceso de nacimiento-crecimiento-aburguesamiento de nuevas formas de ver la fe.

Estudiar estos ciclos es en verdad un tema apasionante, porque encontrar el secreto que extienda al máximo los períodos de crecimiento de la espiritualidad de las iglesias suena a panacea, y saber qué hacer cuando nos encontramos en productividad negativa (en palabras de Stam, estado senil de arterioesclerosis institucional) es algo que las iglesias pagarían caro por saber. No hay respuesta definitiva, pero sí algunos principios que son un punto de partida.

Los propios reformadores parecen haber estado atentos a estos procesos históricos y hablaron de algo que se puede hacer para alargar, y quizá perennizar, los procesos de vida de las iglesias: “la iglesia reformada, siempre reformándose”. De esta manera, la iglesia de manera permanente podría estar en un proceso virtuoso que la lleve a una dinámica de inquebrantable vida espiritual y eclesial, de ejemplo y referencia para el mundo que la rodea. Lástima que esto les guste a pocos, en especial a los que controlan iglesias y denominaciones en todo el planeta. Pedir una reforma permanente implica revisión de dogmas, cambio constante de personas, cero hambre de poder y control, relaciones horizontales con el mundo en el que vivimos, activo sacerdocio de todos los creyentes, altas dosis de humildad, mucho amor por el reino de los cielos, desprofesionalización de la labor pastoral/sacerdotal, pasión sincera por las almas, escasa tendencia al fundamentalismo, oído permanente a la voz profética que es enviada por Dios, corazones abiertos a los cambios que vienen de lo alto. En realidad es bastante pedir. Casi un sueño muy preciado.

Pero sin sueños, ¿vale la pena seguir?



Referencias

(1) Juan Stam. “Sobre la teología de los reformadores: unas reflexiones” http://www.iglesiareformada.com/Stam_Teologia_Reformadores.doc (25/09/2009)

(2) Imagen: http://economiauniversitaria.files.wordpress.com/2009/04/042509-1235-tallerdeeco2.png

sábado, 30 de mayo de 2009

El sudor de la frente (III)

Dios por su propia mano ―o, mejor dicho, por medio de la Segunda Persona de la Trinidad, el Verbo de Juan 1:1― forjó dos creaciones: la directa material o natural, que se explica en los dos primeros capítulos del Génesis; y la directa inmaterial, que es el mundo espiritual compuesto por los seres de tipo angélico (1). La creación directa material tiene varias características. Una de las principales es que es probable que posea la cualidad de adaptarse a las circunstancias cambiantes, generando nuevas “creaciones” consecuentes –algunos le dicen adaptación, otros evolución-. Otra de las características importantes es que todo ser poseedor de vida es absolutamente dependiente del propio entorno en donde se encuentra. Necesita alimentos, necesita oxígeno, necesita agua, necesita la tierra. Lo extraordinario es que los diseños de los ecosistemas garantizan que la mayoría de seres vivos no tengan inconvenientes para satistacer las necesidades que le permiten mantener la vida. Es esta una propiedad adicional: el autosostenimiento.

Como cualquier ser vivo, el ser humano depende de su entorno para su supervivencia y requiere lo mismo que otros mamíferos y animales. En estricto, las similitudes con el resto de la vida son abrumadoras. “…en 1953 Crick y Watson descifraron la estructura de una molécula de ácido desoxirribonucleico (ADN) que contiene el manual de instrucciones de la creación humana. La molécula de ADN consiste en múltiples copias de una única unidad básica, el nucleótido, que se presenta bajo cuatro formas: adenina, timina, guanina y citosina. Este alfabeto de cuatro letras se desdobla en otro alfabeto de veinte letras que son las proteínas, formando el código genético que se presenta en una estructura de doble hélice o de dos cadenas moleculares. El código genético es igual en todos los seres vivos. Watson y Crick concluyeron: «La vida no es más que una vasta gama de reacciones químicas coordinadas; el "secreto" de esta coordinación es un complejo y arrebatador conjunto de instrucciones inscritas químicamente en nuestro ADN” (2). La corporalidad de la raza humana es axiomática y más aún por su origen, el polvo de la tierra (Gn. 2:7), hecho que resalta su pertenencia al mundo material. Sobresale que el propio cuerpo físico sea el único vehículo por el que podemos expresar virtudes espirituales y no algún ente intermedio que nos ayude a acercarnos a Dios (3). Dios hizo la naturaleza junto con el hombre material dependiente y en relación especial con ella por su condición de ser orgánico, poniéndolo a cargo de todo, según el relato, en un gran jardín con todo lo que necesitaba ―estaba él mismo, Eva, Dios, los alimentos y otros satisfactores materiales (Gen. 1:16) ―. Entonces, un vínculo fraterno se formó con otros seres humanos ―a través de la mujer (Gn. 2:23)―, con Dios ―referido en su dialogo con Él (Gn. 3:10-19)―, consigo mismo ―por su conciencia de soledad al ver a los animales (Gn. 2:20)―, y con la propia naturaleza ―al tomar de ella lo que necesitaba (Gn. 1:29,30)― (4).

La peculiar situación de imagen y semejanza de Dios que el hombre posee lo hace distinto, porque el creador diseñó el sistema de tal forma que germine una tercera creación: la indirecta material, que es la que concibe el hombre por su propia actividad en la Tierra pero que estaba dentro del plan divino desde el inicio, denominada también creación derivada o de segundo orden. Todas las relaciones económicas, psicológicas, filosóficas, sociológicas o antropológicas entran en esa categoría (5), lo mismo que toda su inventiva y su desarrollo tecnológico.

domingo, 17 de mayo de 2009

El sudor de la frente (II)

Una cosa interesantísima en el texto bíblico es la manera en que éste comienza. Y es porque uno, ser humano con virtudes y defectos, podría pensar que la mejor manera en iniciar un libro que pretenda ser la revelación de Dios en la tierra con la explicación de sus propósitos, es especificando primero al escritor. Es decir, hacerlo al estilo de Pablo, quien se presentaba en sus cartas: “Pablo, siervo de Cristo Jesús llamado a ser apóstol” (Rom. 1:1). Es decir, presentándose, definiéndose. ¿Es el caso del primer versículo del Génesis?

En el principio creó (bará) Dios…”. Bará tiene un profundo significado teológico, que abarca desde referencias a la soberanía de Dios -que por su pura y propia voluntad decidió hacer todo lo que nos rodea, incluyendo a nosotros mismos- hasta la idea de hacer todo de la nada, que subyace el concepto de Dios como único originador de los elementos básicos que permiten la vida en la tierra. Para mí, Bará se nos presenta como la primera definición de Dios, que no se concentra en aspectos estrictamente ontológicos como por ejemplo Juan 1:1, sino que hace un viraje que puede parecer banal, definiendo a Dios por su profusa actividad. Bará como primera definición de Dios expresa a la divinidad como trabajadora, que hace, forma y establece, ubicándola en la historia humana a pesar de trascender el tiempo. Tan importante es el trabajo, tal es el realce que Dios le quiere dar, que lo coloca primero en el texto bíblico. No habla de su naturaleza de espíritu, ni de sus atributos ni de sus perfecciones; habla de su característica trabajadora y creativa. Por lo tanto, es un eje de interpretación.

El hombre es puesto sobre la tierra con una fiel “imagen y semejanza” de Dios. Son evidentes la similitud de las características volitivas o cognitivas con el creador aunque vale la pena decir que no es algo explícito en el relato. Sin embargo, lo que frecuentemente pasa desapercibido –a pesar de que está allí, clarísimo en los textos- son las similitudes del ser humano con la primera definición de Dios. O sea, Dios como trabajador, y el hombre como trabajador también. Dios crea, y el hombre también crea (por supuesto, en escalas muy diferentes). Por si nos quedaran dudas, se recalca el tema del trabajo en Génesis 1:28 (el mandato cultural) y en Génesis 2:15 (el encargo del trabajo en el huerto, antes de la caída). Su importancia es profundamente enfatizada.

Mi concepto sobre la creación me da un añadido a lo que estoy diciendo. Mi postura no acepta la literalidad del texto genesiano, sino que lo sitúa dentro de su transfondo temporal, ubicándolo en una categoría de tipo mitológico, como otros relatos de su época. Por eso, entiendo que debo recoger el espíritu de escrito: Dios ha creado, sí, aunque el cómo no queda claro. Dado el estado de la ciencia (no hay certeza, por lo que tengo que tomar una postura con lo que hay al día de hoy), parecería que la creación ha sido un proceso largo, que para algunos aún no ha terminado. Sea como sea, es un trabajo de largo aliento, una labor minuciosa, detallada, esforzada, que nos debe servir de paradigma hoy en día. ¿Cuántos de nosotros podríamos decir “Y nuestro trabajo es bueno” como dice Génesis? En Latinoamérica en ocasiones no es común encontrar esa respuesta, porque no somos tan prolijos con nuestra labor.

Y más todavía, si aún nos quedaran dudas, Jesucristo al venir a la tierra se hizo un ente trabajador. No en aspectos intelectuales o religiosos –quizá se pudo haber instalado en el muy cómodo templo de Jerusalén-, sino que se hizo humilde y revalorizó el trabajo sencillo de fuerte contenido manual, y trabajó día a día, siguiendo el ejemplo del Génesis o, en estricto, siendo consecuente consigo mismo (Col. 1:16).

jueves, 30 de abril de 2009

El sudor de la frente (I)

El domingo pasado, 3 de mayo, me invitaron a predicar a una pequeña iglesia en San Juan de Lurigancho, aquí en Lima, en un lugar llamado Huáscar, hasta ese día desconocido para mí. Es una iglesia de una zona carenciada, rodeada de las estribaciones andinas y llenísima de necesidades, tan igual como la comunidad que la rodea. Me pidieron hablar sobre el trabajo, a propósito del reciente feriado que disfrutamos la mayoría en el Perú, y estas líneas son un pequeño bosquejo a manera de cuaderno de apuntes.

El ser humano está inmerso en una serie inmensa de actividades que ocupan un porcentaje importante de su vida, y a muchas de estas se le denomina como trabajo. Tan importante son estas labores que se convierten en una característica fundamental de la identificación de las personas: soy Juanita Pérez, arquitecta, ingeniera, economista, abogada, ama de casa. Soy Perico de los Palotes, comerciante, albañil, carpintero, herrero, pintor, mozo, cobrador de microbús, chofer, taxista, profesor, y seguimos contando casi ad infinitum. Por ello, esta relevancia que posee el trabajo hace que necesitemos algunas nociones de lo que la Biblia nos puede decir sobre este tema. Y cosas importantes definitivamente encontraremos.

Cuando uno le pregunta a la gente, encuentra varias actitudes posibles hacia el trabajo. Muchos no tienen ninguna opinión, ni siquiera han pensado en el tema o lo toman como algo natural, parte de nuestra condición de seres humanos, pieza intrínseca del circuito de la vida: nacer-crecer-estudiar-trabajar-reproducirse-jubilarse-morir. Otros tienen una actitud muy negativa, viéndolo como algo terrible, como un drama hindú, como una carga inmisericorde. Algunos son apologistas de la vagancia y la vida fácil, pero otros llegan inclusive a tener sustento bíblico y se remontan a la caída, cuando Dios le dice a la pareja primigenia –en realidad, específicamente a Adán- que “comerán el pan con el sudor de su frente hasta que vuelvan a la tierra, porque de ella fuiste tomado” (Gn. 3:19). Sustentan que el trabajo ha sido maldecido, que es nuestro estigma.

En realidad, si le damos un vistazo a lo cotidiano algo de razón tienen nuestros amigos de la negatividad. Encontramos trabajos insanos, donde uno está trece, catorce, quince horas al día con una paga que apenas alcanza para comer. Niños se ven obligados a laborar vendiendo en las calles, sometiéndose al sol del desierto limeño haciendo ladrillos, o lavando autos en alguna esquina del centro. Mujeres lavan ropa ajena, cargan el agua subiendo doscientos escalones camino a su casa de cuatro paredes de esteras en las faldas de un cerro. Trabajamos mucho, y la retribución es demasiado poca. Las estadísticas confirman este dato: una buena parte de la población mundial vive con menos de un dólar al día. ¿No es eso la maldición genesiana que nos condena al sufrimiento venido por el hecho de trabajar? Yo diría que sí y que no. Sí porque el trabajo, como muchas otras cosas, fue contaminado por la introducción del pecado en el mundo. No porque el sustento del trabajo no se encuentra allí sino un poco más atrás, en la mismísima obra de Dios en la creación.


Imagen
http://blogs.ozu.es/blogfiles/doctorcasas/2802trabajo.jpg

lunes, 27 de octubre de 2008

Explicando la crisis

Ya hace algún tiempo escribí algo muy pequeño sobre la crisis financiera. La cosa se ha agravado, por supuesto, y mucha gente exige respuestas ante la gravedad de la situación que está por contagiar a la economía real. Allí tocará el bolsillo de todas las personas de manera directa (porque de forma indirecta ha estado perjudicando a nuestros fondos de pensiones de jubilación) y no sólo a la gente que ha estado invirtiendo en mercados de capitales.

Estos dos cómicos ingleses se divierten de la triste coyuntura, pero su explicación no está lejos de la verdad. Espero que les sirva a todos para entender un poquito mejor la causa del problema actual. Está en inglés con subtítulos.

miércoles, 22 de octubre de 2008

Iglesias informales

La informalidad es una característica importante dentro del mundo latinoamericano e inclusive del total del mundo subdesarrollado. Millones de pequeños negocios florecen en todos nuestros países empleando a la gran masa trabajadora que de esa manera mantiene a la economía a flote, generando flujos difíciles de medir para las estadísticas oficiales que no tienen otra alternativa que estimar las cifras de esta economía a la que se adjetiva con frecuencia como subterránea o sumergida.

Los negocios informales surgen por varios motivos. Uno de ellos son los altos costos de la formalidad. Es célebre el estudio de Hernando de Soto detallado en “El otro sendero” donde demuestra que para constituir una empresa se necesitaron casi diez meses en el Perú de los ochentas (sólo cuatro horas en los Estados Unidos). El mismo estudio habla de otra de las causas de la informalidad: el alto costo de la permanencia como formal, donde se estimaba que más del 300 por ciento de las ganancias después de impuestos era el equivalente del dichoso costo. Por supuesto, la informalidad es mucho más barata, la opción real de las grandes masas pobres con ganas de emerger.

Ojo que no me refiero a las actividades ilícitas, como el tráfico de drogas o el robo, sino a acciones completamente lícitas pero que por su propio modus operandi tienen prácticas que no se ciñen absolutamente a la ley. Por ejemplo, pagan salarios por debajo del sueldo mínimo –lo que está de acuerdo a la teoría microeconómica-, no pagan los beneficios existentes como la compensación por tiempo de servicios (una especie de seguro de desempleo en el Perú), la seguridad social o los seguros médicos, no reportan todo el trabajo o todas las ventas realizadas y, por supuesto, o pagan muy pocos o ningún impuesto al gobierno. ¿Qué tan grande es esta economía? En Perú se estima que va por el 40 por ciento del total del producto bruto interno (PBI), algo realmente enorme.

La informalidad penetra en muchos estamentos de la sociedad y genera un estilo de vida, una manera de ver el mundo, un modo de hacer las cosas, que provoca desde el desorden en las calles hasta la desobediencia abierta a muchas de las normas establecidas (que, valga la pena decir, no tienen un mecanismo eficiente de inspección de su aplicación por la fragilidad de los organismos de control). Sus influencias llegan, inclusive, hasta las iglesias evangélicas. Obviamente también a las más fundamentalistas, las que se jactan de ser las más correctas.

La iglesia suele ser profundamente informal en lo económico. No hablo de la naturaleza de los diezmos, ya discutida hace tiempo, sino en cómo se gastan esos recursos dentro de los “gastos operativos” de muchas comunidades. Pongamos de ejemplo las que están legalmente constituídas. Una práctica muy frecuente es no pagar los beneficios sociales de la misma forma que no los pagan las empresas informales. No hay provisión para la jubilación (hermanos, Dios proveerá, y más si es para los llamados por Él). Hay atrasos en los sueldos y sueldos por debajo del mínimo (y para colmo, se exige que la esposa también trabaje casi a tiempo completo en la iglesia porque el llamado “también es para la idonea”). Que el pastor languidezca por la pobreza no interesa; que limiten el trabajo de la esposa es lo correcto –dicen-. Hay que creer siempre en Jahveh Jireh. ¿Pensión de jubilación? Pensar en eso es falta de fe.

El personal que trabaja y no tiene cargo pastoral, como las secretarias, conserjes, vigilantes u otros quienes sean, tiene problemas parecidos pero a la vez un poquito distintos. Los pastores, al menos, tienen una base escritural neotestamentaria cuando se dice que “digno es el obrero de su salario”, tal cual lo escribió el apóstol Pablo. Los demás, en cambio, no tienen nada que extraer de la Biblia en manera explícita, y además algo adicional les juega en contra: la lógica del “servicio”. ¿A qué me refiero? Que su salario se recategoriza y pasa al rubro “ofrenda” por lo que ningún beneficio les corresponde. Así, también, se justifica el pagar sueldos menores al mínimo establecido por ley. Realmente lo que hacen –a los ojos de esas iglesias- no es un trabajo tal cual lo harían en una empresa cualquiera. Es un servicio para Dios que tiene lugar en la iglesia local. ¿Visión errónea? Evidentemente.

Lamentablemente no tengo estadísticas de ningún tipo del grado de penetración de la informalidad en el seno de las iglesias, pero estimo que es importante. Para mí, no hay dudas en declarar que esta es una situación injusta para muchos, y no hay dudas en decir que algo debemos hacer al respecto. ¿O es que no nos importa una efectiva mayordomía del dinero en nuestras iglesias?


Referencias

De Soto, Hernando. “El otro sendero”. Lima: Editorial Barranco, 1986.

http://www.comexperu.org.pe/archivos%5Crevista%5Cfebrero04%5Canalisis.pdf -(22/10/08)

Imagen: http://www.prensalibre.com/pl/2005/septiembre/28/images/01e28sep05.jpg (22/10/2008)

domingo, 27 de abril de 2008

El subprime, la Biblia y Keynes

La lógica elemental del negocio bancario es captar fondos de la gente que tiene excedentes —por lo cual paga una tasa—, brindar un servicio de custodia seguro y entregar esos fondos a individuos que no tienen recursos o ahorros pero sí un buen proyecto o un flujo constante de dinero a futuro, al cual le cobran otra tasa más alta.

Esto es muy útil. Es sólo una minoría la que puede pagar en efectivo un departamento nuevo de poco más de cien metros cuadrados en una buena zona de Lima por 70 mil dólares, y no hablo de los programas subsidiados del gobierno con precios bastante menores. A menos que tengas una buena herencia o un padre generoso, no hay más alternativa que ir a un banco y pedir un préstamo. Yo lo hice y sin él no tendría el departamento en donde vivo ahora junto a mi esposa y mi hijo.

No descubro la pólvora al decir que nuestra sociedad es consumista en extremo. Esto ha hecho que recurramos a la deuda de forma constante, no sólo para cosas importantes como una vivienda o, probablemente, un auto. El mundo de los préstamos de consumo para un viaje, una computadora nueva, o el de las las tarjetas de crédito siguen la misma lógica bancaria: el banco le presta a los deficitarios, estos compran lo que deseen, pagan en “cómodas cuotas” en un tiempo futuro, casi sin darse cuenta. En sociedades profundamente bancarizadas como la de los países desarrollados, el flujo de deuda es brutal, con montos absolutamente descomunales.

Entonces, los bancos reciben depósitos y prestan a necesitados de una casa, a las empresas que quieren financiar su capital de trabajo, a los bancos con necesidades de liquidez. Los préstamos requieren documentos específicos que están implícitos, como pagarés, letras de cambio, o cartas fianzas. Todos estos nos dicen, en simple, que alguien le pagará a otro alguien una cantidad de dinero, a veces en una sola tanda o en partes por un período determinado. Son documentos reales y vinculantes que lo que aseguran (si el futuro va bien) es un flujo de dinero ulterior desde el prestatario al prestamista.

Las empresas grandes, los bancos y los gobiernos también se endeudan, aunque por su tamaño disponen de otros medios como el acceso al mercado de capitales vía la emisión de bonos —que no son más que certificados de deuda— o emitiendo acciones, con la cual “venden” propiedad de la empresa. El mercado de capitales es, ahora, de dimensiones gigantescas, global, y una de las variables fundamentales del análisis económico de nuestros tiempos.

Estos bonos que se emiten son de muy distintos tipos. Y su proceso de estructuración puede llegar a ser extremadamente complejo. Puede emitirse para cubrir agujeros en los balances, para financiar algún proyecto específico, para pagar una deuda antigua, para generar una curva de tasas de interés. Esta especialización hace que el análisis del riesgo del emisor sea fundamental, porque le da una pista a los compradores de bonos (o sea, a quien le presta plata a la empresa emisora) sobre qué tal buen pagador es el emisor. No es lo mismo el gobierno español, alemán o el de Angola. No es igual Telefónica que La Taberna de Moe.

El desarrollo de la ingeniería financiera en los últimos años ha hecho más complicado el mundo de la emisión de bonos. Ya no sólo se emite por necesidad de fondeo, sino que se generan títulos más difíciles de comprender, que enlazan distintos tipos de mercados. Por ejemplo, un gigante como JP Morgan, banco de inversión, se interesa en la deuda que le tienen al Bank of América –banco tradicional- los poseedores de tarjetas de crédito platinum. (puede ser a la inversa, no interesa). Entonces, lo que hacen es una titulización: se “convierte” esa deuda de tarjetas de crédito platinum en un bono, que luego puede venderse en el mercado de capitales. Muchos flujos de deudas se pueden titulizar, como los préstamos de autos, los préstamos de consumo, las remesas del exterior, una campaña de ventas, una cosecha. La pregunta básica tiene que ver con el riesgo: Si JP Morgan ha titulizado la deuda de las tarjetas de crédito de Bank of América, ¿el bono emitido tiene riesgo JP Morgan, o tiene el riesgo de los que han utilizado las tarjetas platinum?

Casi todo se puede titulizar. Por ejemplo, los préstamos hipotecarios. Como pueden suponer, no todos los que acceden a un préstamo hipotecario tienen la misma capacidad de pago. Unos tienen excelentes trabajos, otros apenas subsisten. Por ello tienen distintos riesgos y en países como Estados Unidos lo tienen claro, por eso los deudores de préstamos hipotecarios más riesgosos tienen un nombre especial: los sub-prime. Pero no importa que ellos sean más morosos, igual esa deuda puede ser titulizada. Esto establece el siguiente circuito: el deudor sub-prime le paga sus cuotas hipotecarias a su banco, que a la vez le dará ese dinero al que titulizó (JP Morgan, por ejemplo) que a su vez se lo entrega a los poseedores de los bonos vía pago de cupones. Peco de simplista, por supuesto, pero creo que al menos sirve para entender.

Entonces, la gran bonanza del mercado de capitales mundial de los últimos años hizo que grandes banqueros involucrados en la estructuración de deuda se decidieran a invertir en el mercado inmobiliario, preso de una enorme burbuja provocada —entre otras cosas— por el crecimiento de la economía mundial. Estos banqueros titulizaron miles de millones de préstamos hipotecarios, crearon bonos y los vendieron en el mercado. Dentro de estos bonos, también habían miles de millones de dólares de bonos que tenían detrás a los deudores sub-prime y que coparon las carteras de los inversionistas más duchos. Nuevamente pregunto: ¿Cuál era el riesgo de esos bonos, el del gran banco de inversión que emitió la deuda –con la más alta clasificación- o el de los miles de sub-primes?

¿Saben porqué pregunto dos veces? No es por casualidad ni por cargoso, ya que la respuesta no fue tan clara para las más grandes empresas clasificadoras de riesgo del mundo, repletas de modelos de alta matemática: ellos consideraron que estos bonos sub-prime tenían el riesgo del gran banco de inversión que los estructuró. Estos miles de millones tuvieron la máxima clasificación. ¿Correcto o incorrecto? Por varios años nadie se hizo problemas y muchos se embolsaron mucho dinero. Nadie dijo nada. Al menos nadie con exposición mediática.

Una pregunta que siempre circuló en el mercado fue sobre la duración de la burbuja hipotecaria. ¿Cuándo explotaría? Algunos pensaban que esto sucedería cuando el ciclo recesivo llegase debido a la altísima correlación entre el ciclo económico global y el sector constructor-inmobiliario. Y cuando este llegó, vinieron los problemas. Hubo menos trabajo, menos ingresos y, por supuesto, la consecuencia inmediata del no pago de sus deudas. Las recesiones siempre afectan más a los que menos tienen, a los de trabajos más inestables, a esos tomadores de deuda hipotecaria de categoría sup-prime.

Ante la crisis en sus ingresos dejaron de pagar sus préstamos hipotecarios. Y claro está, el circuito se perturba. Ya no le pagan a su banco, que ya no le podrá pagar a JP Morgan, que ya no podrá pagarle a los inversionistas poseedores de estos bonos. Y de esta manera el trance se transmitió de un mercado (el hipotecario) a otro (el de capitales). Con las ganancias evaporadas se descubrió que, en realidad, el riesgo se midió mal porque las clasificadoras le asignaron a los bonos un nivel de gran banco de inversión (quizá el máximo) cuando en realidad debió ser el de deudor sup-prime (uno bastante bajo). O sea, el bono se cotizaba a 100 pero realmente valía 70, y cuando se sinceró el precio, las pérdidas fueron millonarias, provocando la caída de varios bancos importantes, entre los que destaca Bear Stearns. Y la ola no ha pasado; para mucho recién todo está comenzando, porque aun falta ver en su real magnitud a la asfixia de liquidez.

Hace años con la caída del Long Term Capital Bank se inició el proceso de implementación de un agresivo control interno. Hoy, analizando en el ex-post, voces como la de Alan Greenspan abogan por la revisión de los modelos de riesgo que parece que, a pesar de su avanzada complejidad, no han funcionado. ¿Está por aquí el centro del asunto? ¿La médula que requiere revisión?

No, allí no está. Creo yo que la lógica de la deuda es la que cabe analizar a profundidad, no la del análisis de riesgo. ¿Es pertinente? ¿Y el mundo especulativo? ¿Es bueno especular? ¿Es bueno tomar deuda innecesaria? ¿Es bueno endeudarse? La Biblia, en realidad, no prohíbe expresamente las deudas personales. Enfatiza la relación entre prestamista pudiente y prestatario desfavorecido económicamente, advierte contra la práctica de lucrar con los préstamos (Hab. 2:6-8), no desea que el pueblo viva agobiado por las deudas (Dt. 15:1-2), habla de períodos limitados de duración de las deudas (7 años: Dt. 15:1-11; 31-10,11), aboga por un espíritu de bienestar y protección de los débiles (Pr. 19:7; 31:8; Jer. 5:28), limita el aval de las deudas (Pr. 22:26-27; 11:15) sugiriendo que no seamos fiadores de nadie (Pr. 6:1-5). Sostiene una diferencia entre el creyente y el no creyente (Dt. 5:3), se concentra en la usura (Lv. 25:35-38), las condiciones sociales extremas que obligan al préstamo (Neh. 5:1-13), incluso habla de la banca primitiva de los tiempos de Jesús (Mt. 21:12; 25:27; Lc. 19:23).

Nivel de deuda razonable, de media duración, considerar el nivel económico de los desfavorecidos, no lucrar con las deudas, no ser garantes… como que nada se cumple ahora, ¿no les parece? A tal extremo no se cumple que el afán codicioso de muchos ha hecho que se hable de un problema mayor al de la crisis de 1929, y tal es el temor que los señores amantes del libre mercado predican en sus foros sobre la necesidad de la intervención estatal con el fin de traernos la estabilidad. Caraduras. ¿No era que Keynes era malo? ¿No que el gobierno era el cuco?

Referencias


(1) Atkinson, David y Field, David. Diccionario de Ética Cristiana y Teología Pastoral. Terrasa: Editorial Clie, 2004.

lunes, 24 de diciembre de 2007

La navidad del mercado

Obvio, ¿no? La navidad ya no es religiosa sino económica, porque ha pasado de ser la fiesta de rememoración del nacimiento de Jesús a ser el ícono del consumo y el comercio mundial, uno de los grandes hitos de ventas del año; qué digo, es el mayor de ellos. Duendes, renos, árbol, luces, pavo, cena, champaña, chocolate caliente, panetón, regalos, muñecos de nieve (un sinsentido en una ciudad como Lima, en un desierto y en donde la navidad cae en verano y donde no existe nieve nunca), Papa Noel, Polo Norte, trineo, y un largo etcétera, son los símbolos de esta navidad mercantil. Pero la compra y la venta no tiene contenido en sí misma, y por ello adosaron la idea del compartir en familia, del mundo de los niños que recibirán variopintos regalos, del verdadero significado de la navidad.

El sistema se comió la navidad original con zapatos y todo. Adios al pesebre carenciado y bienvenida la explosión del negocio.

¿Y qué hacemos? Creo, como Miguel Muñoz, que la navidad debe ser reparada. Creo, también, como Ignacio Simal, que debemos contemplar el misterio de la encarnación, que nos muestra el Dios con nosotros, el Dios que hizo carne, que caminó a nuestro lado, que se hizo amigo, compañero... como ya lo había sido antes. Hay que concentrarnos en el principio, en lo que se comenzó esa noche belemita, en soledad y pobreza, poniendo los ojos en en el centro de todo: Nuestro Señor Jesucristo, creador, intercesor, salvador.

Feliz Navidad a todos (la verdadera, no la capitalista).

viernes, 26 de octubre de 2007

Misión y desarrollo económico

Hace unas semanas hicimos un coloquio en el Centro Evangélico de Misiología Andino-Amazónica sobre algunas ideas vinculadas a la misión de la iglesia y el desarrollo económico. Junto a mi gran amigo Miguel pudimos expresar algunas conceptos personales que, espero, les sean de utilidad.
Gracias a Jorge por la edición de los videos.
Parte de Abel García
Parte de Miguel Paredes

miércoles, 11 de julio de 2007

La iglesia y el proceso de desmasificacion

Las revoluciones industriales fueron eventos que colocaron las bases del proceso económico moderno, de nuestra vida moderna, de nuestra forma de hacer economía, relaciones, sociedad, cultura, existencia. Somos los que somos hoy gracias a (o por culpa de) este momento histórico. Este fenómeno es tan fundamental que cambio irreversiblemente el modo de producir, la manera de organizarse socialmente y todos los esquemas que seguían una secuencia ininterrumpida de miles de años.

La vida antes de este acontecimiento era eminentemente agrícola. La Biblia se escribe en este contexto de predominio del campo. Puede causar gracia que la “Ciudad de David” haya tenido trescientos metros de largo y cien de ancho (¡un pequeño pueblo andino es más grande que eso!) o que la Jerusalén de Cristo fue un cuadrado de un kilómetro de lado, pero esto era reflejo de un estilo de vida de la gente que no requería urbes mayores. Las señales de Jesús, sus parábolas (El sembrador, la higuera estéril, trigo y la cizaña, semilla de mostaza, el buen pastor, la oveja perdida, el hijo pródigo, los obreros de la viña, los labradores malvados) y la ubicación de su ministerio terrenal (concentrado en los pequeños pueblos de Galilea, Perea y Judea), son una rúbrica del mundo, del orbe vigente en esa época. No era solamente un enfoque por el auditorio ni una estrategia misiológica, sino que era parte del proceso encarnacional del Mesías: vino a nosotros en una era específica y en un lugar específico; por lo tanto, tuvo que venir al universo agrícola. Si no era así, ¿a dónde hubiera venido? ¿Cómo decir que hubiera identificado con nosotros?

El mundo fue esencialmente similar hasta el siglo XVIII. La economía asentada en el trabajo manual fue remplazada por otra dominada por la industria y sustentada en la maquinaria a base del vapor y el carbón. La expansión del comercio fue beneficiada por la mejora de las rutas de transportes y posteriormente por el nacimiento del ferrocarril, junto al desarrollo naviero. Estas nuevas máquinas favorecieron enormes incrementos en la capacidad de producción y forjaron efectos colaterales como la urbanización y el surgimiento de una clase burguesa vinculada a la manufactura que desplazó a la vieja aristocracia que vivía dependiente de la tierra.

Adam Smith, el padre de la economía, se intereso profundamente en estos procesos. En su obra cumbre: “Una investigación sobre la naturaleza y causas de la riqueza de las naciones”, exploro de una forma novedosa hasta ese momento el fenómeno marcando las pautas básicas del posterior análisis y estableciendo a la naciente economía como una ciencia. El identifico la división del trabajo como la fuente de mayor progreso en las capacidades productivas. ¿Que es la división del trabajo? En simple, significa que el proceso de producción se divide en pequeñas etapas que permiten incrementar en sobremanera la cantidad de bienes elaborados.

Pongamos las cosas más en concreto con un ejemplo del mismo autor. Adam Smith opinaba que una persona, trabajando mucho y utilizando las herramientas manuales disponibles en 1770, podía hacer, quizás, unos veinte alfileres al día. Sin embargo, el propio Smith observo que, utilizando las mismas herramientas pero partiendo el proceso en cierto número de pequeñas operaciones individuales en las que la gente se especializaría, es decir, mediante la división del trabajo, diez personas podrían hacer la asombrosa cifra de 48000 alfileres al día. Uno sacaba el alambre, otro lo estiraba, un tercero lo cortaba, un cuarto lo afilaba, un quinto lo esmerilaba, tres especialistas hacían la cabeza y un cuarto las unía. Por ultimo, uno pulía el alfiler y lo envolvía en un papel. Señoras y señores, con ustedes la producción en serie.

Si a este proceso, bosquejado por Smith pero aplicado por visionarios empresarios que vieron en esta lógica la oportunidad de mayores ganancias le añadimos el invento de nuevas tecnologías para la producción de diversos productos, tendremos una explosión de tal nivel que lo que se acaba creando es un sistema económico nuevo: ha llegado el gran capitalismo.

Por la lógica de la producción en serie miles y miles de productos iguales salían de las factorías de todas partes, y nada más expresivo que las cadenas de montajes de donde, desde piezas independientes, se armaba el auto más famoso de todos los tiempos: el Fort T. Dos características básicas marcaban este proceso. Desde un lado, había una gran cantidad de obreros que participaban del proceso de fabricación. Sin hacer preguntas, sin opinión y fácilmente intercambiable, se encargaban de producir. De otro lado, millones de productos idénticos. Ese es un modelo que no se limito a las fábricas de la época. Distribución en serie, educación de masas, medios de comunicación de masas, espectáculos masivos. La lógica de la fábrica y de la producción en serie.

Hasta aquí, podemos decir: ¿Y qué tiene que ver esto con el cristianismo? La lógica de la fábrica y la producción en serie ingresó en muchos ambientes de la sociedad y, aunque no lo percibamos así, la iglesia no fue la excepción. La iglesia se convirtió en una especie de fábrica que producía, en serie, muchos cristianos idénticos. Dentro de cada una de ellas se buscaba ser como Cristo (porque este es un mensaje bíblico), esto es, todos iguales, pero según un molde predeterminado. Se creó una ética estricta que no permitía que dentro de las comunidades existiesen cristianos de ideas distintas, ergo, estos decantaban naturalmente hacia el exterior. Todos los presbiterianos eran “iguales” en teología, los metodistas “iguales”, los bautistas “iguales”, los luteranos “iguales”. Algunos se visten igual o muy parecido, tienen la misma jerga, el mismo sentido del humor, consideran como malas las mismas cosas, piensan que la verdad es UNA en forma absoluta y que esa es la que enseñan en sus iglesias, que los que piensan diferentes son defectuosos o están en pecado, no están acostumbrados a objetar (porque eso es malo, mi hermano. ¡Lo dice la Biblia!: “Pero el hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura, y no las puede entender, porque se han de discernir espiritualmente. En cambio el espiritual juzga todas las cosas; pero él no es juzgado de nadie. Porque ¿quién conoció la mente del Señor? ¿Quién le instruirá? Más nosotros tenemos la mente de Cristo”). ¿Todo esto viene de la lógica de la fábrica y la producción en serie? Sí, este es uno de los factores importantes.

A la vez que se expandieron las rutas comerciales, se inició la segunda gran colonización liderada por Inglaterra y se expandieron los mercados. Este impulso incentivó poderosamente la evangelización del mundo, iniciando los grandes movimientos misioneros. Era el espíritu de la época. Y, colateralmente, se enfatizó el crecimiento masivo. El espíritu que movió a las misiones no fue sólo fruto de la gran comisión, sino que tuvo un empujón de la revolución industrial.

Las denominaciones empezaron a formarse desde la reforma con mucha intensidad. Esto podría ser una señal de que en realidad la lógica de la fábrica no se cumplía estrictamente ya que cada una de ellas “hacía” cristianos distintos. ¿Es esto así? La formación de las denominaciones trasciende el sentido práctico y nos inclina a cuestiones más terrenas como las envidias o desacuerdos. Sin embargo, las comunidades, dentro de ellas, como un cuerpo que hacía una iglesia local, todos sí debían ser iguales y debemos buscar la expansión de la manera más rápida. Si no, ibas en contra del cuerpo, se te podía considerar, inclusive, un elemento anómalo. No tienes que pensar, no tienes que disentir, todo ya está escrito, ya establecido. La iglesia es una fábrica que busca hacer a todos iguales y en serie.

Sin embargo, hoy se pide algo diferente. Hay un terremoto, otro cambio del nivel de la revolución industrial, ¡que impactará a la iglesia! El trabajador tiene que pensar por sí mismo y ya no quedarse impávido ante las reglas o procesos que le impone el trabajo. El trabajador es animado a poner en tela de juicio los procesos y retado a mejorarlos. Es positivo innovar y asumir riesgos, ya no como antes cuando esa actitud se veía como una amenaza. La producción es hoy personalizada y ya no masiva. ¡La lógica de la fábrica y la producción en serie se ha roto! Este proceso incluye la cultura, los valores y la moral. Por ello, los mensajes transmitidos en los medios de comunicación son independientes y contradictorios, totalmente personales e independientes. Ante esto, vienen cristianos distintos. Cristianos que piensen por sí mismos, que objeten las certezas heredadas, que cuestionen los viejos dogmas y tengan la energía suficiente para derribarlos. Cristianos que refutarán las formas y los fondos, y por su espíritu de innovación crearán nuevos estilos de hacer iglesia más flexibles y distintos a los antiguos. Cristianos que no vean como virtud la homogeneidad masiva sino que aprecien la riqueza de la diversidad en la experiencia con Dios y en la hermenéutica. Ante esto, ¿Qué tiene la iglesia que ofrecer? ¿Hacia dónde muta el cristianismo? ¿Dónde van nuestras comunidades? ¿Estamos perdidos o hay esperanza?



REFERENCIAS

Parkin, Michael. MICROECONOMIA. 2da Edición. Wilmington, Delaware, USA: Addison-Wesley Iberoamericana, S.A. 1995. Pag. 23-24

Salvat Editores. HISTORIA UNIVERSAL, TOMO XVII. Lima. Orbis Ventures, 2005.

Toffler, Alvin y Heidi. LA CREACION DE UNA NUEVA CIVILIZACION. Barcelona. Plaza & Janes Editores, 1995.

Wikipedia. REVOLUCIÓN INDUSTRIAL. Artículo con modificación del 06-07-2007.

martes, 17 de abril de 2007

Una praxis constante: Jesús y los marginales a través de Lucas

Hasta este punto, he considerado tres elementos, esenciales a mí entender, dentro del panorama económico lucano: María y su Magnificat, Juan el Bautista y el fruto del arrepentimiento, y Jesús presentando su ministerio en la sinagoga de Nazaret. Los tres forman una especie de “marco teórico” introductorio al que debemos tratar de encontrar una aplicación práctica que nos ilustre sobre su factibilidad. ¿Existe? Tenemos, entonces que observar a Cristo directamente en el campo, viviendo su propio pensamiento. Bien dice Juan Stam que “la consigna para ser un buen teólogo nos la da Marx en su undécima tesis sobre Feuerbach, que podemos parafrasear con “hasta ahora los teólogos han contemplado el evangelio sólo para explicarlo y formar un sistema; de lo que se trata es de llevar las buenas nuevas a todas las personas, a las naciones y a la historia, en servicio del reino de Dios. La teología que no es praxeológica tampoco puede ser bíblica; nace con un virus desde sus mismos inicios[i] y nuestro Señor, además de su enseñanza de salvación, de buenas obras y de esperanza, vivió una vida de sincronía perfecta entre lo que decía y lo que hacía, con un mensaje no exclusivamente espiritualista; como decíamos antes, con los pies bien puestos sobre la tierra. Jesús convertía en hechos toda y cada una de sus prédicas, no se conformaba sólo con el hablar, con la retórica fina, sutil, elegante, o confrontadora. No era sólo teoría teológica o ética: su praxis es categórica, determinante, capital.

Por ello, para muchos Lucas es el evangelista que más presenta a Jesús en contacto con los sectores sociales desprotegidos y menospreciados, muy interesado en la gente menos privilegiada: los pobres, las mujeres, los niños, los enfermos –y más, los que quedaban en condición permanente de impureza ceremonial, como la mujer del flujo de sangre o los leprosos- y los pecadores declarados. Su ministerio es presentado desde el principio como el anuncio de buenas nuevas a los pobres y marginados (Lc. 4:18-19), pero cabe una pregunta inmediata: ¿Quiénes son esos marginados? En una sociedad marcada por los valores religiosos de un fariseísmo insensible e intereses políticos de los escribas y saduceos, junto con la explotación del dominio extranjero y el sentimiento permanente de revolución y necesidad material, la marginación alcanzó niveles económicos (los pobres), sociales (niños y enfermos), culturales (samaritanos y mujeres) y políticos (publicanos), los mismos que mencioné líneas arriba. Nuevamente vale la pena aclarar que no todos los marginados con los que Jesús se relacionó eran materialmente pobres[ii].

Para efectos del trabajo, me concentraré en los pobres materiales. Según Gustavo Gutierrez, la palabra griega ptojos (pobre), que aparece 34 veces en todo el Nuevo Testamento, mayormente hace referencia al indigente, carente de lo necesario para vivir[iii]. Lo corrobora Bosch cuando nos recuerda en Lucas la palabra aparece 10 veces, en comparación de las 5 veces de Mateo y Marcos, y lo mismo ocurre con otros términos referidos a la riqueza, como plousios (rico) y hyparjonta (posesiones)[iv]. Es, pues, un tema importante.

Para muchos la pobreza es sinónimo de mugre; de una casa de cartón o esteras en un cerro de alguno de los conos de Lima que, por no tener energía eléctrica, se iluminan con velas que suelen caerse y quemar toda la vivienda, frecuentemente con niños adentro, encerrados para su protección por tener recursos para una niñera; de un colegio nacional de carpetas vetustas y profesores sindicalizados ignorantes; de pandilleros; de la empleada doméstica a la que no se le pagan los beneficios sociales, trabaja 14 horas al día y que gana menos del sueldo mínimo porque la-labor-incluye-casa-y-comida; del niño que hace piruetas en alguna esquina hasta las once de la noche; de rostros cobrizos y andinos; de ropa parchada. Pero la pobreza es más que eso, más que la imagen que no nos gusta ver, es un fenómeno complejo de tal magnitud que hoy, a pesar de todos los avances en la ciencia en general, no hemos logrado solucionar (vergüenza máxima de nosotros los economistas). Es más, parece que sigue aumentando, y la brecha entre pobres y ricos se incrementa permanentemente junto con la concentración de la riqueza.

La pobreza afecta la vida entera: las condiciones de salud, la nutrición, la educación, la seguridad con la violencia como contraparte, los servicios básicos, el estilo de comunicación, el sistema de valores, las relaciones entre los géneros, la familia como estructura, las lógicas económicas, la relación con el medio ambiente, la visión de los derechos humanos y la institucionalidad, la mirada de uno mismo como persona individual e integrante de una sociedad llena de discriminación y racismo[v]. Es un enemigo que ataca por todas las partes imaginables. Por ello, cabe perfectamente el término moderno de “grupos vulnerables”. Con esto en cuenta, se entiende más el amor especial de Jesús hacia ellos porque los conocía bien, sintiendo y viviendo su condición ontológica durante su vida. Con él no valían los discursos: se encarnó en la tierra en una situación de pobreza. No le bastó ser Dios omnisciente-que-todo-lo-sabe, se metió en el mundo de la mayoría, respiró el polvo, vio todo por dentro. No fue un analista social acomodado debatiendo sobre la carestía. Es esta una de sus prédicas actuadas.

No sorprende, por lo tanto, la reivindicación permanente del pobre que hace Jesús. Sabe de su condición de desventaja en esta tierra desigual, sabe de su permanente desvalorización –muchas veces hecha por ellos mismos- al ver la riqueza de otros. Por ejemplo, en los ayes lucanos (6:20-21a, 24-25a) el Maestro dice:

Y alzando los ojos hacia sus discípulos, decía: Bienaventurados vosotros los pobres, porque vuestro es el reino de Dios. Bienaventurados los que ahora tenéis hambre, porque seréis saciados… Mas ¡ay de vosotros, ricos! porque ya tenéis vuestro consuelo. ¡Ay de vosotros, los que ahora estáis saciados! porque tendréis hambre

Habla de un estado de justicia futura pero real. Les dice “felices” porque ese reino, que ya se ha acercado, ¡era de ellos! Les promete la satisfacción completa de su necesidad y le da un mensaje al que tiene mucho, no porque posea sino por su actitud hedonista que vive satisfecha de su estilo de vida. Y lo mismo sucede en la parábola del rico insensato (Lc. 12:16-21). El pobre vive el día a día, muchas veces sin un trabajo estable y se encuentra en un estado de dependencia de Dios constante. El rico suele pensar que tiene todo en su mano, que controla su vida, que de él depende todo, que todo será como hoy, cuando no es así. Lucas se mofa de ese pensamiento, y coloca en una real dimensión. Más aún: ¡Les dice que para Dios ellos no tienen nada!:

También les refirió una parábola, diciendo: La heredad de un hombre rico había producido mucho. Y él pensaba dentro de sí, diciendo: ¿Qué haré, porque no tengo dónde guardar mis frutos? Y dijo: Esto haré: derribaré mis graneros, y los edificaré mayores, y allí guardaré todos mis frutos y mis bienes; y diré a mi alma: Alma, muchos bienes tienes guardados para muchos años; repósate, come, bebe, regocíjate. Pero Dios le dijo: Necio, esta noche vienen a pedirte tu alma; y lo que has provisto, ¿de quién será? Así es el que hace para sí tesoro, y no es rico para con Dios

Pasa lo mismo en el relato del rico y Lázaro (Lc. 16:19-30), que conforta al sufriente en esta tierra y coloca al rico en situación de tormento. Incluso cree que todavía tiene cierto poder al decir “Padre Abraham, ten misericordia de mí, y envía a Lázaro para que moje la punta de su dedo en agua, y refresque mi lengua; porque estoy atormentado en esta llama”. Recibe la respuesta correcta de Abraham: “Hijo, acuérdate que recibiste tus bienes en tu vida, y Lázaro también males; pero ahora éste es consolado aquí, y tú atormentado”. Lázaro, que representa a todos los mendigos, tiene paz. Por supuesto, no podemos inventar una teología económica-soteriológica desde estos versículos.

Pero, no sólo existe una comisión hacia los pobres, sino que hay una palabra clara dirigida a los ricos. Jesús nunca fue exclusivo de una clase social, se relacionó con toda clase de gente. En Lucas hay muchos encuentros de Jesús con personas pudientes. ¿Qué es lo que les quiso decir a los ricos? Su mensaje lo realiza a través de sus parábolas e historias: quiere que el rico se convierta de forma coherente al lenguaje social de Jesús. Dos ejemplos son los contrapuestos: Zaqueo (Lc. 19:1-10), jefe de los publicanos de Jericó, que opta por entregar la mitad de sus bienes a los pobres y cuadruplicar el posible fraude cometido por él a favor del transgredido, y el Joven Rico (Lc. 18:18-30), quien vive una vida ejemplar, celosa de la Ley, pero que no puede aceptar el reto de Jesús por su exceso de riqueza. Siempre vale la pena mencionar que Zaqueo no entregó el total de sus bienes, sólo la mitad, y con eso “la salvación llegó a su casa”, aunque al joven rico le pidió dar todo.

Derivada está la idea de la limosna, mencionada siempre -salvo una excepción- por Lucas en el Nuevo Testamento. Dar la limosna es, bajo el pensamiento judío que viene desde Moisés, una actuación a favor de la justicia y la misericordia, y se nos invita a darla de forma generosa. Y, per se, es una forma de alivio de la pobreza de la comunidad. En la práctica actual hay aristas espinosas y para muestra basta un botón: los niños que piden dinero en las calles que son casi siempre “monitoreados” por un adulto que los usa para su beneficio. ¿Dar, para que esta adulto se aproveche, o no dar, para evitar la explotación infantil? O, de manera distinta, ¿Dar, para acostumbrar a esos niños a que no es necesario trabajar para conseguir lo necesario para vivir, o no dar, para que los infantes se den cuenta que no es posible conseguir dinero en las calles? ¿Qué nos queda, dar en forma no-monetaria? Interrogantes complicadas. La idea está presente: dar para la necesidad del que no tiene. El proceso hermenéutico debe realizarse para encontrar nuestra mejor respuesta a este llamado.

Hay un mensaje adicional a los ricos. El pasaje del amor hacia los enemigos y la regla del oro (Lc. 6:27-36) nos da la pauta. Mateo lo relata (5:38-48; 7:12), pero Lucas hace el siguiente añadido:

“Y si prestáis a aquellos de quienes esperáis recibir, ¿qué mérito tenéis? Porque también los pecadores prestan a los pecadores, para recibir otro tanto. Amad, pues, a vuestros enemigos, y haced bien, y prestad, no esperando de ello nada; y será vuestro galardón grande, y seréis hijos del Altísimo; porque él es benigno para con los ingratos y malos. Sed, pues, misericordiosos, como también vuestro Padre es misericordioso” (v. 34-36).

El amor en términos del préstamo, un flechazo directo y certero a Mammón (Mt. 6:24). Más aún, Lucas expresa el amor hacia los enemigos en términos de amor hacia los morosos. ¿Cómo, entonces, entender esto? “Lucas entiende esta exhortación a los cristianos ricos. Bajo la ética social de su tiempo, los ricos invitaban solamente a los ricos para poder recibir a su vez la invitación de los mismos (Lc. 14:12). El Jesús interpretado por Lucas rechaza precisamente tal proceder. Este tipo de conducta se espera más bien de los pecadores que se limitan a hacer el bien a los que tratan bien y únicamente prestan dinero bajo garantía de devolución (Lc. 6:32-34). Los discípulos de Jesús, sin embargo, deben prestar sin esperar cosa alguna (6:35a). Son desafiados a ser misericordiosos como lo es su Padre Celestial (6:36). Por ello recibirán recompensa (6:35b): si absuelven (apolyo) a sus deudores, ellos mismos serán absueltos, es decir, se les perdonará… En términos económicos, Lucas desafía a los miembros ricos de su comunidad a abandonar una porción significativa de su riqueza y a emprender además algunas actividades desagradables, como la de otorgar préstamos riesgosos y perdonar deudas contraídas. Por supuesto, el lenguaje que expresa esa dimensión del discipulado es el lenguaje del año de jubileo: la idea del jubileo, de hecho, permea el Evangelio de Lucas[vi]

El Jubileo está vigente hoy en día. Con esa idea, comprendemos la situación vulnerable del pobre, la realzamos y asumimos, afirmando su estado de desventaja. Dios conoce la pobreza y ante ella nos consuela y anima, sabiendo que sus ojos están allí, vigilantes. No ignora la situación, no le da la espalda, no la olvida, no se hace el loco. Más bien, se encarna en ella, la vive y la explora. Pero, al mismo tiempo, se acerca al rico, le ofrece a salvación y le alienta a ejercitar el amor con una muestra práctica del compartir las riquezas con los que menos tienen. No le dice necesariamente que dejen sus funciones aparentemente ingratas (como a Zaqueo y su puesto de jefe de publicanos) ni que dejen de ser pudientes. Decir esto es ir en contra del espíritu del Evangelio. Sí lo invita a la justicia y a resarcir la falta. Al rico lo invita a ser generoso dando al que no tiene nada (mediante las limosnas). Es parte del testimonio misionero que se nos induce. Una misión que predica la salvación, la reconciliación y el perdón a todos los pecadores, pero al mismo tiempo desprendida, atenta con la necesidad del otro, lista a amar, no inclinada al dinero. ¿Cómo predicar las Buenas Nuevas si no somos sensibles a la problemática de nuestro auditorio?

No se puede predicar de ese modo, pero se ha hecho por mucho, mucho tiempo.


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[i] Stam, Juan: “Haciendo teología en América Latina. Juan Stam, un teólogo del camino”. Arturo Piedra-Editor. San José de Costa Rica, Litografía Ipeca. 2005. Pág. 23.
[ii] Lopez, Darío: “La misión liberadora de Jesús según Lucas”. En Bases de la misión: Perspectivas latinoamericanas. Redé Padilla-Editor. Buenos Aires, Nueva Creación. 1998. Pág. 237-239.
[iii] Citado por Lopez, Darío. Op. Cit. Pág. 240.
[iv] Bosch, David: Misión en Transformación. Grands Rapids: Libros Desafío. 2000. Pag. 130.
[v] Parte de la secuencia se extrae de Agencia Suiza para el desarrollo y la cooperación: “Pobreza-Bienestar un instrumento de orientación, de aprendizaje y de trabajo para la lucha contra la pobreza”. COSUDE, 2000.
[vi] Bosch, David: Misión en Transformación. Grands Rapids: Libros Desafío. 2000. Pag. 135.