lunes, 29 de junio de 2026

¿Cómo ama Dios?

Cuando pasas un tiempo lejos de la presencia de Dios y regresas, una de las primeras preguntas que golpea es cómo Él nos ama. No quiero pensar esto como algo abstracto, o como definición teológica, sino como realidad que toca nuestra vida, nos quita el sueño, ronda las madrugadas, y sostiene a los corazones cansados y rotos.

Juan nos quita todo mérito cuando dice que “En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó a nosotros" (1 Juan 4:10). Es un amor que no nace de lo que nosotros somos sino de lo que Él es. Iniciativa pura de Dios, y cosa maravillosa: antes de que pueda darle algo, él ya me había amado. No llego a Dios para ganar su amor, sino que llego y descubro que ya lo tengo.

Jeremías también nos dice algo que me hicieron recordar hace poco, y lo sentí como la mano que me rescataba de la arena movediza: "Con amor eterno te he amado; por tanto, te prolongué mi misericordia" (Jeremías 31:3). Misericordia es esa palabra tan difícil de traducir que es Hesed; misericordia, fidelidad entrañable, el amor que no se rinde aunque el otro falle, el amor que persiste aunque la relación está dañada, el amor que espera la restauración. Dice que es amor eterno, que está siempre presente, que nos toca en cualquier momento de nuestra historia. Dios me ama tal cual soy.

También Dios nos ama como padre o madre, "Como el padre se compadece de los hijos, se compadece Jehová de los que le temen" (Salmo 103:13). Compasión viene de una palabra hebrea cuya raíz es vientre materno; la compasión de Dios viene, entonces, de las entrañas, de lo más profundo, de donde se hace la vida. Dios no es un ente frío, o una fuerza que vaga por el universo. Es un padre y una madre, que se conmueve por nosotros, sus hijos.

Llega a mi mente ese pasaje paulino tan conocido: "Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros" (Romanos 5:8). Murió, sí, y no espero a que estuviéramos bien, o espero a que mejoráramos, a que seamos santos. No importa eso, Dios nos ha amado rotos, perdidos, en su contra, indiferentes con Él. ¡Pecadores, a fin de cuentas! Esto puede significar algo práctico: no tienes que estar bien para ser amado. Puedes estar hecho pedazos y ser amado con la misma intensidad que en tus mejores momentos. Aleluya por eso.

Pablo también dice algo sumamente audaz: "Ni lo presente, ni lo por venir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro" (Romanos 8:38-39). Miren esa lista, no hay circunstancia o evento que queden fuera. No hay momento oscuro, o fracaso, o daño causado, o dolor en el alma, o madrugada tan larga que pueda poner distancia entre tú y este amor tan grande que Dios nos da.

Y es incondicional. A veces, la única forma de entender esto es amar a alguien sin ser correspondido. Recibes desplantes, el peso absoluto del silencio, a veces palabras hirientes, pero igual amas, porque el amor no depende de ser correspondido, de la cercanía o el alejamiento del otro, sino que espera sin secuestrar la libertad del otro. Dios ama y espera a quien no lo desea, a quien quiere irse, con intensidad y ternura. Es un amor que ama aunque no reciba. A veces Dios hace crecer en nosotros esa clase de amor para rehacer nuestro corazón a su imagen, para entender en lo más profundo cómo ama Dios. Me conmueve mucho esto porque por mucho tiempo ignoré sus susurros llenos de afecto. No escuchaba su voz, le hacía desplantes, me alejaba, mostraba con hechos que no lo amaba. Pero él nunca se fue, estuvo a mi lado cada día, como el padre en el camino que espera a su hijo, sabiendo que un día regresaría al redil. Nuestro ego ama necesitando ser validado, visto, elegido, necesitando calmar su hambre, pero el amor de Dios es distinto: ofrece un amor que ama aunque no reciba.

Dios no nos ama solo cuando estamos bien. Nos ama en la lágrima, en la espera, en el quebranto, en el silencio de las madrugadas mientras la familia duerme. Este es su amor. Y sobre ese cimiento vale la pena construir nuestra vida.


miércoles, 17 de junio de 2026

Confesión de una fe integral

1. Mi visión se basa en la Biblia, compuesta por 66 libros separados en dos testamentos: Antiguo y Nuevo, de origen divino, fuente fundamental de la revelación de Dios a los hombres y regla de fe y ética cristiana, veraz en todo lo que afirma para nuestra fe y nuestra salvación.

2. Dios, uno y trino, santo y fiel, justo y misericordioso, que camina con nosotros y no nos abandona, es el creador de todo lo existente, visible e invisible, que forjó al hombre y a la mujer a su imagen y semejanza con un propósito sistematizado en cuatro aspectos fundamentales: una relación con Dios, una relación consigo mismo, una relación con los otros, y una relación con el medio ambiente que lo rodea.

3. Desde una perspectiva teológica, la entrada del pecado en la creación material, debido a la desobediencia, daña todas estas relaciones del hombre y la mujer, distorsionándolas y dejando al ser humano incapaz de salvarse a sí mismo, originando el mundo tal como lo vemos hoy, trayendo además la muerte física y la muerte espiritual. El efecto es devastador y alcanza a toda la creación. Sin embargo, aun en medio de esta ruina, la gracia de Dios precede y hace posible la respuesta humana a Él.

4. Sin embargo, Dios, en sus propósitos, envió a su Hijo Unigénito Jesucristo, completamente Dios y completamente hombre, para Su obra sublime, que incluye la expiación, propiciación, sustitución, justificación por gracia mediante la fe, y redención. Este proceso ataca todos los efectos del pecado y podemos afirmar que la obra de Cristo es global, reparando las cuatro relaciones fundamentales: Dios, uno mismo, los otros, el medio ambiente que nos rodea. La resurrección corporal de Jesús al tercer día es la manifestación de su victoria absoluta y esperanza básica de que Dios es Señor de la vida y de lo que pasa en la vida, siendo capaz de revivirlo todo, si Él así lo quiere.

5. La llegada de Cristo a la tierra es el evento categórico por excelencia, e implicó que el reino de los cielos se acercó, condición que no ha variado hasta hoy, manifestada como una realidad presente en Su propia persona y acción (predicación, obras de justicia, misericordia), al mismo tiempo que como algo futuro, porque no se ha consumado; por eso se dice que existe una tensión de tipo escatológico: el "ya pero todavía no".

6. Una vez que Cristo deja la tierra, la continuación de los efectos del acercamiento del reino queda en manos del Espíritu Santo, tercera persona de la Trinidad, que da soporte a la iglesia en el trabajo que lleva esta tarea ya que enseña y guía tanto al creyente como a la comunidad. La iglesia debe manifestar el reino de Dios en la historia, haciéndolo realidad por los dones del Espíritu Santo.

7. Esta continuación de efectos implica que la iglesia debe involucrarse activamente en las cuatro reconciliaciones fundamentales: la relación con Dios, la relación consigo mismo, la relación con los otros, y la relación con el medio ambiente que lo rodea. Estas cuatro dimensiones son inseparables y mutualmente implicadas.

8. Dios llama a los creyentes a vivir su fe en comunidad, ya que la iglesia es una manifestación del reino de Dios, aunque imperfecta y todavía en camino. Porque nosotros, que somos la iglesia, no solo hemos sido hogar, sino que también hemos herido, hemos ejercido poder en lugar de servir, hemos excluido a quien Dios recibía, hemos lastimado en su nombre. Por eso vivimos la misma gracia que predicamos porque la necesitamos para nosotros antes que nadie. Y por esa gracia recibida, en el seno de la iglesia personas reconciliadas y redimidas, las cuales viven un proceso de transformación constante, comparten vida, servicio, oración, intercesión, mesa, consuelo, cobijo, alegría, lágrimas, descanso, alabanza y misión. Es en la comunidad donde se encarna la misión, donde encontraremos: gracia para el pecador que se arrepiente sin distinción alguna, gracia para el hijo de Dios que vuelve, consuelo para el quebrantado, misión para los discípulos, esperanza para los que esperan, espacio para que Dios transforme a las personas.

9. La comunidad tiene gestos físicos y visibles con los que celebra la gracia y hace memoria de la obra redentora de Cristo, y expresa su fe y compromiso: el bautismo y la cena del Señor. Ambos también son medios mediante los cuales Dios se acerca a nosotros.

10. La vida cristiana ocurre en medio de la fragilidad humana y la incertidumbre. Dios obra no solo a través de la fortaleza y el éxito de la iglesia, sino que se manifiesta con potencia a través de la vulnerabilidad, el arrepentimiento, el sufrimiento y la dependencia de su gracia inmerecida. El saber que vivimos en la incertidumbre nos llama a ser plenamente dependientes de Dios y su misericordia, sabiendo que él quiere lo mejor para nosotros y que confiemos en él con todo el corazón.

11. La gracia es el eje de la vida. Mediante la gracia Dios se acerca a nosotros, mediante la gracia nosotros servimos a pesar de no merecerlo, mediante la gracia podemos alabarlo, mediante la gracia amamos a nuestros semejantes, mediante la gracia Dios nos usa, a pesar de nosotros.

12. Por la gracia Dios nos ve y nos transforma, y nos da nuevas oportunidades. Inclusive si caemos y “volvemos en sí”, Dios nos recibe con los brazos abiertos y se alegra de tenernos en casa de nuevo. Incluso si pecamos y merecemos el apedreamiento, Dios nos dice que no nos juzga pero nos exhorta a no pecar más. Incluso si lo negamos tres veces, él después nos llama a apacentar a sus ovejas. La gracia maravillosa buscará restaurar y redimir, nos da otra oportunidad y nos redime del mal que está en nosotros mismos —pero solo si así lo queremos—. El joven rico, a fin de cuentas, se fue triste sin seguir a Jesús.

13. Lo perfecto será cuando Él venga, por segunda vez; por ahora, debemos mostrar cómo podría ser el mundo completamente reconciliado, tanto en nuestras comunidades de fe como en los ambientes en donde nos movamos. Esto es parte intrínseca de la misión. Mientras tanto, esperamos su venida, la resurrección de los muertos y la renovación de toda la creación. El anhelo es que esta renovación alcance a todos, pero la gracia que salva respeta nuestra libertad, y los hombres y mujeres son libres de aceptar o no la invitación de Dios. La manera y el alcance final de todo esto permanecen en misterio, y se lo confiamos completamente a Dios.


jueves, 28 de mayo de 2026

Apuntes de una lectura teológica y económica de la nueva encíclica de León XIV

Antes de hablar de lo que dice la encíclica sobre la IA -cosa que espero hacer en otro posteo-, me quiero detener un momento para hacer una lectura teológica y económica del texto que acaba de publicar León XIV. Porque, más allá de la discusión tecnológica, lo que aparece aquí es una visión profundamente política del desarrollo contemporáneo. Hay varias cosas bien interesantes que se pueden comentar.


Por ejemplo, la encíclica hace un juicio ético contra la financiarización del mundo y la arquitectura que se ha construído para sostenerla (disclaimer: yo trabajo para esa arquitectura), y no lo hace desde principios abstractos sino que aterriza directamente en algo tan concreto como la opción preferencial por los pobres y su encaje en variables como la automatización y el empleo. Desde aquí, se nos invita a resistir al “síndrome de Babel”: “la idolatría del lucro que sacrifica a los débiles, la uniformidad que aplana las diferencias, la pretensión de un lenguaje único —incluso digital— capaz de traducirlo todo, incluso el misterio de la persona, en datos y rendimientos» (párrafo 10).


El capítulo IV de la encíclica, específicamente en la parte que habla de la dignidad del trabajo en la transición digital, trata del mito que dice que la evolución tecnológica y los mercados siguen un camino inevitable al cual debemos someternos sin resistencia. Eso no es verdad, y siempre, como cristianos, debemos estar atentos y participar de las agendas que transforman el mundo porque el evangelio es, precisamente, transformación. 


Por ejemplo, podemos decir que la salvación y la liberación están presentes en la renovación de las estructuras materiales del presente, y desde aquí podemos —y debemos— discernir críticamente los cambios del mundo cuando estos se oponen a la aspiración de una humanidad justa y solidaria. En este contexto el papa dice que «cada decisión técnica o económica se convierte en un punto de discernimiento espiritual, una ocasión para verificar si los avances de la IA abren espacios de justicia y participación o concentran la riqueza y el poder en manos de unos pocos» (párrafo 240). Hay una razón que debemos tener en cuenta: la innovación digital no es neutral. Pueden ampliar nuestras oportunidades, sí, pero también pueden «sustentar modelos que explotan a los más vulnerables, alimentan nuevas esclavitudes y transforman el conflicto en oportunidad de lucro» (párrafo 240).


Hay una preocupación del papa por el hecho de que «hoy en día, en la “cuarta revolución industrial”, esta preocupación se agudiza, ya que la innovación suele acogerse únicamente con el fin de reducir costes y aumentar los beneficios», advirtiendo además que «en muchos sectores, esto ya se traduce en nuevas formas de precariedad y desigualdad, con remuneraciones muy elevadas para una minoría altamente especializada y salarios cada vez más bajos para una gran parte de la población activa» (párrafo 151). Muchas voces vienen anticipando este escenario desde hace años, y aquí la encíclica parece sugerir que las dinámicas económicas y tecnológicas no pueden quedar libradas únicamente a la lógica del mercado, sino que requieren mediaciones políticas, regulatorias y comunitarias orientadas al bien común.


Tal vez el punto cumbre de la interacción entre la teología y la economía se da cuando León XIV establece una frontera ética que marca las pautas de las prioridades del desarrollo contemporáneo. Dice que «el objetivo de obtener mayores beneficios no puede justificar decisiones que sacrifiquen sistemáticamente el empleo, porque la persona humana es un fin y no un medio, y el orden económico debe permanecer subordinado a su dignidad y al bien común» (párrafo 152). Por lo tanto, la encíclica respalda la necesidad de diseñar sistemas centrados en la persona y no solo en el rendimiento (párrafo 150), devolviendo a las instituciones colectivas su función de administradoras del bienestar social, de tal manera que se eviten tensiones debido a «reservas de mano de obra precaria y focos de inestabilidad» (párrafo 153). 


La encíclica se aleja del establishment económico porque dice que la economía y el desarrollo tecnológico no están gobernados por leyes inmutables ―que a los economistas nos encanta defender― sino por la filosofía moral y el discernimiento colectivo. Se entrelazan la teología social con la estabilidad laboral, y se marca una hoja de ruta que basa sus principios en la figura bíblica de Nehemías, convocando no ser «espectadores resignados a las fracturas sociales y culturales, ni simples comentaristas de las ruinas, sino mujeres y hombres que entran en las obras de la historia ―laboratorios de investigación, empresas tecnológicas, escuelas, medios de comunicación, instituciones, comunidades locales― para levantar lo que se ha derrumbado y proteger lo que está expuesto» (párrafo 241). 


Las implicancias son gigantes. Podemos inferir que es posible utilizar la regulación, las políticas fiscales y el discernimiento colectivo para garantizar la equidad entre las personas ante el reto de la IA. No pueden ser solo opciones técnicas para los gobiernos, sino que deben ser consideradas como condiciones indispensables para edificar un hogar, de todos los seres humanos, sólido y hospitalario en el mundo actual.


Insisto lo que dije antes: es una encíclica profundamente política. En otras palabras: León XIV no está escribiendo solamente sobre tecnología. Está discutiendo el poder y una forma de ver al mundo: desde el amor, la dignidad humana y el bien común.


jueves, 7 de mayo de 2026

La fe en la vorágine

A veces no lo creo: este blog ya tiene más de veinte años, aunque en los últimos tiempos los espacios de escritura han sido en extremo distanciados. Mucha agua ha pasado bajo el puente, y una de las cosas que he aprendido -y que son evidentes en varios de los textos del blog- es que la teología no es una disciplina de respuestas estáticas, sino que más bien es algo que muta, evoluciona dinámicamente según el andar de nuestra vida y nuestro corazón. Las preguntas que aparecen van siendo distintas y a veces se van haciendo más difíciles, pero con suerte nuestra habilidad para contestarlas también va creciendo. O simplemente no queda más que resignarnos a no conocer la respuesta.

Algo que llama mi atención desde hace tiempo es sentir y pensar a nuestra vida desde la turbulencia. En mi día a día me muevo en el mundo de los riesgos financieros. Allí, las colas negativas de las distribuciones son casi obsesión, esto es, los momentos en los que hay colapso y las estructuras financieras y económicas se ponen a prueba. En la vida creo que pasa algo parecido: también hay colas negativas que traen vientos huracanados, y nuestras estructuras se ponen también a prueba, incluyendo nuestra visión de Dios y nuestra espiritualidad. ¿Cómo pensamos? ¿Cómo nuestra fe se tensa? ¿Cómo sentimos a Dios? ¿Cómo recibe nuestras lágrimas? ¿Sentimos que nos escucha? ¿Pensamos en que podemos perder la fe? ¿La perdemos? ¿La recuperamos?


La fe más allá del refugio

A menudo nuestras estructuras de fe son construidas para la “normalidad”, para cuando todo está bien o movimientos “esperados” o “usuales” (como suelen ser los modelos de riesgos): una fe para el templo, para la calma o la paz emocional. Una fe para el refugio, para el cobijo dentro de las murallas de la seguridad. Las religiones suelen ser así. Sin embargo, una fe diseñada para vivir en el refugio no nos sirve de mucho, es en realidad una fe frágil, de la que no quiero.


Yo creo que la espiritualidad de verdad se gestiona afuera, en la lluvia, en la intemperie, no dentro de las murallas. En lo común del día a día, en el cuidado del espacio en donde vivimos, donde gestionamos la convivencia con nuestros vecinos, en el manejo del auto, en la mirada frente a la computadora laboral, en el abrazo a los hijos, en la mirada de amor hacia la esposa. La fe no es un discurso, es más bien una especie de ética operativa, del día a día, un BAU (business as usual) que se debe cumplir escrupulosamente. Es lo cotidiano convirtiéndose en liturgia. La vivencia de lo divino se traduce aquí como integridad pero especialmente como servicio a los demás. Puedo pensar también en el papel de la fe en el pensamiento (aquí me sale mi función de profesor universitario), donde la fe debe ser creer sin renunciar a la razón, donde ésta se convierte en una especie de sistema de protección contra la mentira y el pensamiento simplista que tanto abunda hoy, una manera de discernir la verdad entre la marea del ruido. Una fe contra las fake news y la desinformación malintencionada.


Fe y vulnerabilidad

Pero estar afuera tiene sus riesgos también. Uno grande, creo yo, es el peligro a encerrarnos dentro de fundamentalismos y teorías de la sospecha (tan abundantes ahora en las redes), que nos ofrecen una seguridad falsa que roba el amor, y su humanidad. Es demasiado triste ver esto en el día a día.


Pero otro riesgo es la incertidumbre, donde cada vez tenemos menos seguridades y menos certezas, donde la verdad parece ser atacada por todos los frentes. Ante la incertidumbre, madre de los riesgos financieros y de todo tipo de riesgo, lo que debe hacer la fe es asumirla y aceptar nuestra propia vulnerabilidad ante lo que nos rodea. La fe no tiene que ser absolutista, y no debe tener miedo a ser retada y cuestionada, sino que tiene que entender que su valor real no está en cuanto sabe, sino en cuánto es capaz de estar a nuestro lado en los momentos de mayor turbulencia. Es aquí, en el centro de la vorágine, del caos y la nausea, cuando Dios aparece, nos acoge, y nos pide confiar de manera absoluta, dicíendonos que él resucitó a la hija de Jairo, a Lázaro, que caminó sobre el lago y abrió el mar, que creó el mundo, y que no dejará de estar a nuestro lado, aunque la incertidumbre nos ahogue y las circunstancias parezcan ir en nuestra contra.


domingo, 19 de abril de 2026

Voz de una oveja perdida pero amada (Lucas 15:3-7)


Una vez fui parte del rebaño, caminaba con todas las demás ovejas, pero lentamente, casi sin darme cuenta, pastando por aquí y por acá, acabé lejos, en la oscuridad. Un shock de la vida, el cansancio extremo, el silencio que no pide ayuda porque “no pasa nada”, y ya estás extraviado. Quizá lo peor del asunto es que no lo percibes, crees que todo está bien, que todos los aspectos de la vida están bien, pero no eres consciente del enorme grado de vulnerabilidad en el que estás, no te das cuenta de que estás al lado del precipicio, o a veces sí lo sabes y lo que quieres es lanzarte, destruyendo todas las bendiciones recibidas en el rebaño, todo el cuidado maravilloso del pastor, porque crees no merecerlo, que es algo demasiado bueno para ti.

Te pierdes, sí. Quizá algunos creen que la oveja perdida debe “aprender su lección”, que debe andar un tiempo en la obscuridad para que, de alguna forma, encuentre el camino de regreso por sus propios medios. Te dejan solo en la noche. Pero el pastor no es así, sabe que una oveja perdida está desorientada y el vulnerable. Él ama a las ovejas, a cada una con su nombre propio, y por eso dejará la comodidad y seguridad de la comunidad de pastores y de los buenos pastos y se irá hacia el lugar del extravío. La iniciativa de la restauración viene de él.

Las otras 99 están seguras. Aparentemente puede parecer un riesgo enorme exponer a las 99 con el fin de salvar a una, pero la economía de Dios es escandalosamente diferente. Yo no soy un porcentaje de pérdida aceptable (1%), soy alguien que ama con un amor tan intenso que irá a los lugares más oscuros a rescatarne. El “riesgo” del pastor es, de cierta forma, una señal del amor de Jesús expresado en la cruz, muriendo por esa oveja perdida.

Que increíble que es el versículo 5. “Y cuando la encuentra, la pone en sus hombros, gozoso”. Yo me fui, anduve por senderos peligrosos, lo destruí todo, humillé a los que me amaban de verdad. Quizá lo lógico es que me aplicaran la ley, que me castigaran, que me encuentren y me traigan de regreso, con latigazos por la angustia provocada al pastor. Sin embargo, yo humillé pero Dios no hace lo mismo por mi fracaso. Dios me encuentra en mi extravío y asume el peso y el cansancio del regreso. Me carga hacia el lugar donde están las demás, feliz. Me rescata por pura gracia, jubiloso de que haya regresado a casa, sin quejas por el tiempo perdido ni exigiendo disculpas. ¡Convoca a una fiesta! Es tan radical ese amor que interrumpe las actividades para celebrar que uno de los suyos, que pastaba con las otras 99 pero que había perdido el rumbo, está a salvo de nuevo. No hay reproche alguno, solo el gozo del retorno, de la reconciliación. Todo es gracia pura.

Nunca fui un caso perdido. El pastor me encontró magullado, malherido en una fosa debido a mis propios actos. ¡Pero no me olvidó! Es triste haberme caído, sí, y que ganas de que las cosas hubieran sido distintas, pero a pesar de todo Dios no estuvo a lo lejos esperando que fracasara, sino que siempre estuvo pendiente de mí y ahora me buscó y me encontró, herido sí, y me trajo de regreso a casa y me tiene entre algodones, curándome y tranformándome, todo por amor, un amor que muchas veces no entiendo y que me quiebra, pero allí está, incondicional e inconmesurable. 

Que esa gracia redentora que me dio el pastor me dé las fuerzas para levantarme, luchar por la restauración del alma y de la vida, y así pueda volver a mostrar amor a través de la sensibilidad y el servicio humilde a quienes lastimé. Que el perdón divino sea el motor para la reparación humana.


miércoles, 15 de abril de 2026

La resurección que viene de lo alto

 

Jesús resucitó a Lázaro, resucitó al hijo de la viuda de Naín, resucitó a la hija de Jairo. Las tres resurrecciones son profundamente conmovedoras. El pasaje de Jairo rogando por la ayuda de Jesús ante la agonía de su hija me saca lágrimas, y es poderoso en mensaje: “No temas, cree solamente” ante los anuncios de que la niña ya había fallecido. ¿Se imaginan a Jairo? Una fe que va más allá del anuncio de la muerte, una confianza que rompe el sentido común. “No temas, cree solamente” se ha convertido en uno de mis ejes de vida y de fe. Cree, confía, Dios está en control de las cosas.


Y con la viuda de Naín, la señal y enseñanza poderosa de Jesùs es que Dios tiene compasión, que ve nuestro dolor, nuestras lágrimas, nuestros clamores al cielo, y que a pesar de lo aparentemente definitorio, a pesar de la muerte ya probada y visible, él puede resucitar, puede volver a construir un nuevo comienzo. La viuda no le pidió nada, él vio la necesidad, la carencia que venía, los sollozos que no pararían nunca en la viuda, hasta el fin de sus días. Que grande que es el poder de Jesús sobre la muerte, que grande que es la mirada de Jesús hacia los vulnerables.


Lázaro, que se levantó y andó luego de cuatro días de muerto. Todos pensaban que ya era tarde, que todo era irreversible, un milagro que ya era imposible. La hija de Jairo acababa de morir, pero Lázaro ya tenía tiempo fallecido. “Hiede ya” le decían a Jesús pero eso no importó, su poder sobre la muerte es absoluto y demostró que siempre es posible resucitar. Si lo hizo con unos huesos secos en Ezequiel, pues Dios lo puede todo.


Sí, podemos entender que hablamos de resurrección literal, de un muerto que pasa a vida. Es la esencia de nuestra fe. Pero voy más allá. No me quedo con el hecho de la resurrección como la vuelta de un cadáver a la vida, sino con el hecho que Jesús puede volver a la vida todo, tiene el poder de transformarlo todo, de incluso recuperar y hacer florecer lo que todos dicen que está muerto. “No temas, cree solamente” dijo él. Hay cosas muertas en nosotros, hay cosas muertas en nuestras relaciones, hay cosas muertas en el alma, pero Jesús tiene el poder de la resurrección, puede hacerlo, porque vino a sanar a los enfermos, porque se compadece de nosotros, porque somos sus amigos y nos llora. Pero esa resurrección no viene como un rayo del cielo, sino que nos pide tener la fe de Jairo, la que exige algo de nosotros: tomar la decisión de luchar por el otro o la otra, o nos susurra que acortemos distancias, o nos invita a abandonar la lejanía y elegir el servicio diario constante, o nos dice que abramos incondicionalmente el corazón ante la persona que amamos, o que poseamos la sensibilidad a la necesidad de los demás y la ternura como los canales por donde Dios vuelve a soplar vida. Creer en nuevos comienzos es un acto de fe monumental, y yo quiero creer.


La hija de Jairo es la muerte reciente. El hijo de la viuda es la muerte en tránsito, Lázaro es la muerte irreversible de varios días que ya es un hecho consumado. El mensaje es claro y lo recibo en el corazón: no importa en qué etapa de la "muerte" se encuentre nuestra situación de vida, el poder de Cristo es absoluto y puede resucitar lo que sea, ¡siempre!


Resucita, Jesús, las partes de mi alma que están muertas. Resucita, Jesús, lo que tengas que traer a la vida en mí. ¡Tú sabes lo que tienes que resucitar! Amén.