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martes, 1 de noviembre de 2011

Siempre con cuidado

No me cansaré de repetir, a costa de parecer cansino y monótono, que el acercamiento al texto bíblico debe ser con mucho respeto, como penetrando en un lugar sagrado, con ansias de encontrar lo que Dios quiere decir. Acercarse a la Biblia debe ser reverente, debe motivarnos a prepararnos en serio, a no ser advenedizos, a conocer lo más posible del escenario histórico y social al que nos estamos aproximando, comprendiendo que la Biblia no es plana, que es muy distinta la situación de Abraham, de los tiempos de la judicatura, del exilio o de los años de la predicación de Cristo, siendo plenamente conscientes de nuestros particulares sesgos, evitando introducir categorías modernas en textos tan antiguos como, por ejemplo, la historia de Job. Para leer por leer está el periódico o Facebook.

Con pena, creo que tampoco dejaré de encontrar abiertas distorsiones al texto. Conste que la Biblia tiene harto espacio para la saludable discrepancia dependiendo del código hermenéutico que estamos utilizando. Por ello, existirán en muchos casos distintos acercamientos y conclusiones de lo dicho en la Palabra. Alguna vez me refería a eso como la teoría de las bandas, por donde sanamente pueden discurrir las interpretaciones que enfatizarán en una u otra cosa. Sin embargo, siempre se encontrarán textos y opiniones que rayan en lo no cristiano. Y, para hacer las cosas peores, los que dan estas opiniones suelen estar enfermos del virus sectario, esto es, creen que su interpretación es la única correcta, mirando con menosprecio y orgullo a los que piensan diferente. Son agresivos, maniqueos, obcecados; les es imposible ver la realidad desde otros ojos. Son ciegos en la práctica. 

Lo sé, es repetitivo. Pero real. La eisegesis que se lee es tan descarada, que sorprende que cristianos serios caigan al embrujo de antojadizas interpretaciones. Pero caen, y literalmente parecen como si estuvieran recién enamorados (la verdad, es impresionante el poder que tiene el pensamiento sectario en la gente), presos de una aparente buena nueva, que no es más que un espejismo que se hará real cuando las verdaderas intenciones de las personas salgan a la luz. ¿Qué hacer cuando nos encontramos con una situación como esta? 

Seriedad ante el texto, es y será lo más importante. No perdamos la diligencia y hagamos nuestro trabajo cuando estudiemos la Biblia. Pablo no dijo en vano que todo debe ser examinado, pero tras esa revisión de la oferta de enseñanzas, solo debemos quedarnos con lo que es de verdad bueno, lo que pasa las pruebas, lo que tiene valor, lo que viene de sanas intenciones. Examinar lo que quieren vendernos es una tarea irrenunciable, pero parece que con demasiada frecuencia, por flojera, dejadez, falta de tiempo, agotamiento, o por el carisma de los encantadores de serpientes, olvidamos eso, y terminamos tragando tremendos camellos que nos traerán mucho dolor en el mediano plazo. Muchos intentan justificar sus ideas o ideologías con textos bíblicos, casi siempre de maneras endebles y forzadas, y nuestro trabajo será siempre detectarlos. Y descartarlos, para bien de nosotros mismos, de nuestras comunidades de fe y de nuestras iglesias. Separar el trigo y la cizaña es una función que debe realizarse ¡siempre!

jueves, 12 de marzo de 2009

Añorando otros tiempos

Una realidad ineludible es que los problemas en la historia van cambiando. Lo que ayer nos preocupaba hoy es baladí; lo que en la época de nuestros bisabuelos era la comidilla en las tertulias de los bares y fondas, hoy no merece ni siquiera el recuerdo en nuestras conversaciones vía chat. Bien dicen, aplicado a la ética, que "cada siglo elabora su ética y no puede conformarse con la repetición de un modelo de ética anterior, precisamente porque las éticas –y las éticas de la responsabilidad- se ocupan de los problemas que se van planteando en las diferentes realidades de nuestra Historia. Lo que es peor, nos sorprenden las crisis mundiales y personales, los puntos cumbres de los problemas, siempre semidesnudos de una ética que nos haga responsables, que nos componga aptos para responder ante sus demandas.

Parece una obviedad, pero no estoy segura de que entre cristianos se sepan de un modo acabado: Los problemas del siglo 1, del siglo 2, del siglo 3, del siglo 4, 5, 6, 7… son distintos a los problemas que surgieron –o que generamos- en otros siglos. No se puede ser responsable ante un problema planteado en el siglo 21 confrontándolo con la ética de la responsabilidad del siglo 19.


Son distintos los problemas y, en consecuencia, las éticas deben ser distintas.

Si esto no es así, nos creeremos muy responsables aplicando las éticas del siglo 16 a nuestro tiempo, pero en realidad seremos –y somos- unos completos irresponsables, porque con nuestro sistema de regurgitación de santidades no estamos siendo consecuentes con la interpelación que se nos presenta
"

Tan igual es con la teología. Les cuesta muchísimo a los cristianos admitir que el pensamiento teológico es hijo de su tiempo, que surge en respuesta a retos específicos que aparecieron en un momento determinado, que quizá los esquemas que marcan su vida pueden ser obsoletos. No comprenden que cada época configura modelos de demostración de la existencia de Dios, distantas escatologías, enfoques distintos de la cristología, eclesiologías novedosas. Piensan que el brillante modelo hecho por un teólogo de los tiempos renacentistas es casi palabra divina, casi como si fuera la propia Biblia. Y así y todo les parece repulsiva la Tradición de los católicos.
Les planteas algo distinto, y se les sale el complejo del inquisidor. No toman en cuenta que el caminar del pensamiento y la forma de vivir la vida cristiana es un flujo permanente, que responde al alma de la gente. Lo que hoy llena nuestro ser, mañana puede ser subalterno. Y las explicaciones que tratan de responder a las preguntas básicas se tienen que actualizar.
Estos hijos de Torquemada añoran profundamente el pasado. Los daguerrotipos. El excremento de los caballos en cada esquina. Los tiempos seguros en que la verdad era sólo una y nada más que una -la de ellos, por supuesto-. Los arcabuces. Los bergantines. El machismo extremo. La peste negra. Las cacerías de brujas. Los dragones y duendes. La hogueras. Los piratas.

Que pena que el siglo XXI se los está comiendo con zapatos y todo. En vez de asumir el reto de las nuevas problemáticas, prefieren el calorcito de un genio que supo responder a su tiempo. Quizá el reto les resulta demasiado grande. Quizá se mueran de miedo. Quizá sospechan que perderían la fe en el intento.
Imagen: Ateneo Teológico

sábado, 28 de febrero de 2009

Cincuenta épocas, cincuenta dioses (6)

Una aplicación

Podemos seguir con la casuística bíblica de los J(T,N), ahondando más en la misma idea. Cada época, una aproximación, cada época, un Dios. Bien dice José María Castillo cuando piensa que “…Dios no está a nuestro alcance. Nadie lo ha visto. Y nadie sabe, ni puede saber, cómo es exactamente. Porque Dios, por definición, es el “Trascendente”, es decir, que nos “trasciende”. Y eso significa que está más allá de todo lo que nosotros podemos comprender con nuestra limitada capacidad de saber y de entender. Pero, además de eso, a los cristianos se nos complica más todo este asunto. Porque cualquier ser humano, cuando pronuncia la palabra “Dios”, en realidad está pronunciando una palabra que tiene muchos significados. Los entendidos le llaman a eso una palabra “polisémica”, que quiere decir lo que acabo de indicar: una palabra que tiene significados, a veces, enteramente distintos” (5). Estos significados provocan las cincuenta épocas con sus cincuenta “dioses” ―por decirlo de alguna manera―. Enfatizo: no distintos dioses, sí distintos acercamientos. Son las mil caras de Dios, que se adapta a nuestras circunstancias, a nuestra vida, a nuestro andar paso a paso. Camina con la historia y según ésta vaya evolucionando se manifiesta, cambiando de rostro, enfatizando ciertas cosas de su ser Absoluto; en otro momento gira, muestra otro ángulo desconocido. Es, desde nuestros ojos, un Dios variable (porque siempre observamos algo diferente de Él), pero desde su punto de vista, un Dios demasiado grande para nuestra comprensión que va resaltando aspectos diversos de Él según el ser humano, conciente o inconcientemente, lo requiera.

J(T,N) es una aproximación condicionada por muchas cosas. ¿Qué hace que las aproximaciones se alejen las unas de las otras, condicionando los resultados? La cultura, las circunstancias y caracteres de los escritores y editores, el nivel de los relatos épicos y mitológicos, la influencia de naciones extranjeras vía el comercio o la invasión militar, etcétera. Por ello, con mis ojos, mi vida y mi cosmovisión, traduzco a Dios, creando mi J(T,N) particular.

Hagamos un ejercicio ahora. De todos los J(T,N) de la historia, tomemos un subconjunto de ellos, circunscritos a la era bíblica y más aún, delimitados por su aparición en la Biblia. Nos preguntamos: ¿Existen niveles de aproximación? Dicho de otra manera, ¿Dentro de mi subconjunto hay algunos J(T,N) más cercanos a J que otros? La respuesta es sí. En términos gruesos, puedo decir que la aproximación de Abraham es menor a la de Moisés; ésta menor a la exílica y ésta menor a la apostólica. Esta última seria la imagen definitiva del subconjunto que decidí tomar al comienzo (acotado en la Biblia), ya que compartieron la maravillosa experiencia de la vida en la tierra con Jesucristo, la imagen del Dios invisible. En palabras de José María Castillo, “En el evangelio de Juan hay unas palabras que nos tienen que hacer pensar: “A Dios nadie lo ha visto jamás; el Hijo único del Padre es quien nos lo ha dado a conocer” (Jn 1, 18). Con esto, el Evangelio nos quiere decir que Dios no está a nuestro alcance, o sea que supera nuestra capacidad de comprensión. Y por eso nadie lo puede conocer. ¿Cómo podemos, entonces, saber cómo es Dios? No cualquier Dios, sino precisamente Dios tal como se nos ha revelado en Jesús, el Hijo único del Padre. Pues bien, para saber eso, el único camino que tenemos es conocer a Jesús. Por eso, el mismo Jesús le dijo a uno de sus apóstoles: “Felipe, el que me ve a mí está viendo al Padre” (Jn 14, 9). Es decir, ver a Jesús es ver a Dios. O sea, en Jesús aprendemos la manera de pensar de Dios, lo que le gusta y lo que no le gusta a Dios, las costumbres de Dios y sus preferencias. Todo lo que nos puede interesar sobre Dios, lo tenemos y lo encontramos en Jesús” (6)

¿Qué elementos podemos extraer de esta imagen definitiva? La certeza de que Dios es amor, es verdad, es vida, que abandonó su divinidad para encarnarse y morir en sacrificio definitivo por nosotros, que no cambia porque es perfecto y no muta. Esta imagen apostólica es superior a todas las del subconjunto que tomé, por lo tanto, es la que prevalece.

Considerando las aproximaciones condicionadas y la visión apostólica como imagen definitiva dentro del subconjunto de J(T,N), pregunto lo siguiente: ¿Debemos asumir la literalidad de todo lo que se escribió en un momento histórico determinado, siendo consientes de la aproximación condicionada a la que los textos se vieron expuestas? Mi respuesta es un rotundo no. Entonces, ¿Cómo filtro los textos para depurar las corrupciones de la literalidad? Creo que lo adecuado es examinar las menores aproximaciones en término de la mayor; esto es, examino los textos más antiguos en función de la imagen definitiva.

Por ejemplo tomemos los siguientes textos:

Mas Jehová dijo a Josué: Mira, yo he entregado en tu mano a Jericó y a su rey, con sus varones de guerra” (Jos. 6:2, RV60)

Y destruyeron a filo de espada todo lo que en la ciudad había; hombres y mujeres, jóvenes y viejos, hasta los bueyes, las ovejas y los asnos” (Jos. 6:21, RV60)

Evidentemente ambos no coinciden con la imagen definitiva. En Josué el mensaje es de muerte y destrucción; en los evangelios la fuerza está en la vida, la redención y la salvación. Citando a José María Castillo, “…es evidente que el Dios nacionalista, el “Señor de los ejércitos” y, a veces, el Dios violento, que se lee en algunos textos del Antiguo Testamento, no coincide con el Padre del que habla Jesús, ni se parece casi en nada a lo que hacía y decía el mismo Jesús” (7). Teniendo en cuenta el criterio de examinar los textos precederos en función de la imagen definitiva, ¿cómo queda el pasaje de la toma de Jericó? Pues la muerte reinante no es más que contaminación humana. La puso el hombre, hijo de su época, atribuyendo su accionar sangriento a Dios para validar su proceder. Asumir que Dios mandaba una matanza era normal en su época y, por supuesto, las tribus que formaron Israel no fueron la excepción. ¿Por qué habrían de serlo? Entonces, ¿Dios mandó el exterminio? La respuesta bajo la perspectiva de Jesús, la imagen definitiva, es rotundamente negativa. Esto me lleva a una conclusión provocadora, de aceptación difícil y profundamente debatible en los ambientes evangélicos latinoamericanos: no todo lo que está escrito en la Biblia explícitamente mencionado como “Jehová dijo” es algo que, realmente, Dios exclamó. O, expresado como trabalenguas redundante: no dijo todo lo que dijeron que dijo.

Esta perspectiva, entre otras cosas, nos ayuda a explicar la aparente contradicción entre el Dios justo y violento del Antiguo Testamento con el Dios amoroso dispuesto a morir por su criatura del Nuevo Testamento sin crear modelos teológicos tan forzados como el dispensacionalismo. Dios no cambia jamás, el hombre sí. Jesús mostró al Padre ante nosotros no como una fotografía nueva o un cambio de imagen por una estrategia de mercadotecnia, sino que dio a conocer lo que siempre fue y será. Por ello, algunos textos del Antiguo Testamento entran en aparente contradicción con la revelación de Cristo porque están contaminados. ¿A pesar de esto, Dios utiliza la Biblia? Sí, a pesar de eso, Dios la usa enormemente como vehículo de su palabra y mecanismo de su revelación, como repositorio de su Ley y narrativa de la experiencia de creyentes de muchas épocas distintas, como el lugar de la enseñanza más importante que el ser humano debe recibir ¿Qué hago, entonces? ¿Desechar el Antiguo Testamento? Nunca, porque la Palabra de Dios también está allí. Cabe hacer lo que ya se dijo: escudriñar la Palabra siempre desde una perspectiva teológica. Esta es nuestra herramienta fundamental que evitará que nos perdamos en los vericuetos literalistas que abundan enormemente en todas partes.


Referencias

(5) José María Castillo. Humanizar a Dios. Málaga: Ediciones Manantial, 2005. Citado en http://www.monjaguerrillera.com.ar/?p=876

(6) José María Castillo. Humanizar a Dios. Málaga: Ediciones Manantial, 2005. Citado en http://www.monjaguerrillera.com.ar/?p=876

(7) José María Castillo. Humanizar a Dios. Málaga: Ediciones Manantial, 2005. Citado en http://www.monjaguerrillera.com.ar/?p=876


(8) La imagen se extrae de http://mlozano.blogia.com/upload/20070310174600-jesucristo-con-sol.jpg

domingo, 22 de febrero de 2009

Cincuenta épocas, cincuenta dioses (5)

Dios para Moisés

De nuevo, no debemos olvidar el sentido histórico de lo que leemos, buscando de verdad el mensaje teológico implícito en los textos bíblicos. En este sentido, Brigth nos dice que “la existencia de Israel como pueblo quedó archivada en la memoria de una experiencia común, cuyos protagonistas, que forman el núcleo de Israel, le confieren su expresión definitiva. Aunque no podemos dar cuenta de todos los detalles de la narración bíblica, es incuestionable que está basada en la historia. En todo caso, no hay razón para dudar que esclavos hebreos escaparon de Egipto de forma prodigiosa (¡Y bajo el liderazgo de Moisés!) y de que ellos interpretaron su liberación como una intervención graciosa de Yahvé, el “nuevo” Dios en cuyo nombre se presentó Moisés. Tampoco hay razón objetiva para dudar que este mismo pueblo se dirigió entonces hacia el Sinaí, donde pactaron con Yahvé la alianza de ser su pueblo. Así, de lo que no lo era, nacía una nueva sociedad, y no precisamente de la sangre, sino de la experiencia historica y de la decisión moral. Cuando la memoria de estos acontecimientos fue llevada a Palestina de la mano de quienes lo habían vivido y se unen con la fundación de la liga tribal en torno a la fe yahvista ―por supuesto, mediante alianza―, el éxodo y el Sinaí se convirtieron en la tradición normativa de todo Israel: todos nuestros antepasados pasaron por el mar guiados por Yahvé y se constituyeron en su pueblo por la alianza solemne del Sinaí; nosotros confirmamos esta alianza en la tierra prometida y la seguiremos confirmando hasta el fin” (4). Entonces, ¿es en realidad importante, capital, escudar el hecho de que el pueblo cruzó el Mar Rojo entre dos paredes de agua mientras el ejército egipcio era detenido por una columna de fuego? ¿Afirmar la provisión con maná cada día hasta cruzar el río Jordán? ¿Centrar una apologética porque se dice que Moisés sacó agua de la roca? ¿Defender a ultranza la literalidad de las plagas o del evento de la zarza ardiente? No, no es importante. En realidad, son detalles poco relevantes en los que los cristianos hemos estado entretenidos por demasiado tiempo. Lo que realmente interesa es el proceso creador, la gesta constructora con el actuar de Dios que, mediante exégesis, nos hablará tres mil quinientos años después a nuestra realidad de Internet, postmodernismo y crisis ambientales utilizando los añejos textos que se hacen actuales por el propio deseo de Dios que se auto-revela permanentemente.

Este proceso formativo, en donde Israel toma conciencia de quién es como colectividad y como pueblo, también contiene una conceptualización más trascendente: la idea de cómo es Dios. Un simple contraste basta para notar que el accionar divino en el Éxodo delimita con claridad una imagen que ha mutado desde el Dios personal, íntimo, de clan –que, por ejemplo, se deja ganar por un hombre- del tiempo patriarcal, al Dios poderoso que reta al poder imperial con las plagas, introduciéndose con fuerza el concepto de elección del pueblo, en donde Israel es propiedad personal de Dios (Nm. 23:9; Dt. 33:28 ss.) bajo la continua protección de su poder (Jue. 5:11; Sal. 68:19 ss.) porque ha entrado en alianza con Dios bajo una relación de señor-vasallo (donde el vasallo tiene estrictamente sólo un señor). La diferencia es realmente abismal, inclusive en el accionar divino, que mediante una lectura correcta nos llevará a pensar sobre este “nuevo” Dios que controla la naturaleza, guía al pueblo día y noche marcándole un destino desconocido en los tiempos de esclavitud, da la leyes morales y relacionales, y cohesiona la nación mediante la certidumbre de la alianza. Esto último es tan importante que la visión apostólica enfoca la obra de Jesucristo bajo la perspectiva de una alianza nueva.

Resulta evidente que J(-2000,N)=Abraham y J(-1400,N)=Moisés son bastante diferentes, con aproximaciones condicionadas a sus propias realidades y visiones de Dios no análogas pero al mismo tiempo cercanas porque observan a J hermanadas por una continuidad ―que se prolonga hasta nuestros días― que une a ambos personajes, brindando al ser humano un encuentro con Él, motivado por Él, y que lleva a la intimidad con Él, trayendo como resultado a largo plazo la plenitud de la obra de Jesucristo cuya muerte en la cruz permite la salvación global del ser humano, una nueva forma de relación con Dios y la posibilidad de tener muchos J (T,N) con mayor convergencia hacia J que cualquiera de las imágenes veterotestamentarias. En palabras simples, nuestra imagen de Dios es superior a la imagen de Abraham y a la de Moisés. ¿Extraño? Ya lo adelantaba Cristo al reflexionar sobre la obra de Juan el Bautista (Mt. 11:11; Lc. 7:28).


Referencias

(4) John Bright. La historia de Israel. Edición revisada y aumentada con introducción y apéndice de William P. Brown. Bilbao: Editorial Desclee de Brouwer, 2003. Pág. 208-209.

viernes, 13 de febrero de 2009

Cincuenta épocas, cincuenta dioses (4)

Dios para los patriarcas

Recordemos el alcance de la inspiración. Por una parte, se valida el proceso que nos trajo la Biblia; por otro lado, se valida el contenido. ¿Esto último implica que cada palabra escrita en la Biblia es absoluta y estricta verdad en el sentido histórico? ¿Si la Biblia dice que algo pasó, entonces sucedió en realidad? La respuesta es que muchas veces sí, pero otras muchas veces no. Para los propósitos de este artículo no interesa conocer cuándo es sí o no porque es suficiente con la gran certeza: a través del relato bíblico, tal como está, sea el estilo literario que sea, así no tenga necesariamente rigurosidad histórica, DIOS NOS HABLÓ, HABLA Y HABLARÁ. Así, la Biblia como la tenemos, sea mito, poesía, cuento, parábola, carta o lo que sea, es ideal, adecuada, óptima para la expresión del mensaje de Dios. ¿Dios hablando a través de un mito? Sí, Dios nos habla a través de él.

Por ejemplo, tomemos la descripción sobre la Torre de Babel (Gen. 11:1-9). El contenido mitológico es poderoso; de esa manera los antiguos “explicaron” la existencia de la multiplicidad de lenguas de su época. Dado los estudios lingüísticos que disponemos el día de hoy, resulta claro que la literalidad de Babel nunca se dio. ¿Esto le quita autoridad a la Biblia? En lo absoluto. La Biblia es hija de su tiempo, y si recoge relatos cuya génesis está por detrás de la edad de los metales, allá atrás, en la época de la profusión de la leyenda J(-3000,N), pues la explicación de la realidad de las cosas, por la ausencia de la ciencia y el método científico, será necesariamente mitológica (lo que en realidad le quitaría autoridad al texto bíblico es que fuera distinto). Como ya dije, lo que importa es el sentido teológico: ¿Qué nos dice la actitud de las personas que quisieron “edifi[car] una ciudad y una torre, cuya cúspide llegue al cielo; y ha[cerse] un nombre, por si fuér[an] esparcidos sobre la faz de toda la tierra”? ¿Cuál era el problema de la obra? ¿Qué nos dice la intervención de Dios? Esto es lo valioso, no los vanos esfuerzos por demostrar la historicidad del coloso babilónico.

Los relatos patriarcales J(-2000,N) son del tipo épico. Esto es, existe una esencial verdad dentro de lo que se relata, pero no todo lo que se cita es de carácter literal —así son los relatos épicos de cualquier cultura del mundo—. En otras palabras, seguramente Abraham, Isaac y Jacob existieron realmente, pero lo que se describe en Génesis no debe tomarse al pie de la letra como historia pero sí, por supuesto, como insumo teológico de primer orden que debe ser revisado permanentemente ya que cimiento de nuestro cristianismo actual. Decir que Jacob vendió su primogenitura por un plato de lentejas o que Israel desciende sólo de Abraham, es ir demasiado lejos, igual que con Babel. ¿Es esa discrepancia, entre lo escrito y lo que pasó realmente, un choque, un problema? Para mi no, en lo absoluto. Es, más bien, un desafío al proceso hermenéutico, que nos reta a hacer un vital esfuerzo por encontrar el sentido del texto bíblico que nos llama; esto es, considerar que estos relatos tienen una perspectiva teologica, no histórica. Es ir, una y otra vez a ellos para encontrarles relevancia en nuestras vivencias actuales.

¿Cuál fue el Dios de los patriarcas? No es una herejía lo que digo. Teniendo en cuenta a los J(-800,N) —quienes habrían escrito los textos patriarcales desde una perspectiva del yahvismo entre 1000 y 1300 años después—, y recordando que estos escritores que recopilaron las tradiciones tenían muy claro que los patriarcas adoraron a Jahveh (los J(-800,N) tratando de describir a los J(-2000,N), y todos a la vez contemplando la magnificencia de J), no podemos atribuir a los patriarcas de Israel la fe del Israel del futuro. Peor aún, no podemos atribuir a los patriarcas de Israel la fe del cristiano evangélico del siglo XXI. Dios no cambia, pero el hombre sí. Dios es el mismo, pero se muestra diferente en cada época de la historia. Asumir visiones de Dios de una época en otra es un lamentable pero frecuente error que genera un enorme riesgo de distorsiones del mensaje bíblico, algo que muchos creyentes de nuestra época no han sabido considerar. Literalizar lo épico es tremendamente negativo y nocivo.

Cada patriarca emprende por su propia voluntad el culto a su Dios. Esto era común en el mundo de su época, y se corrobora cuando se habla del Dios de Abraham (elohe: Gn. 28:13; 31:42-53), el padrino de Isaac (pahad: 31:42-53), el campeón o poderoso de Jabob (abir: 49:24). Es clarísima la visión de Dios como la divinidad patronal del clan. (¡El Dios creador del universo que se rebaja a ser el dios de un clan de unos cuantos cientos de personas! ¿Qué nos tiene que decir este mensaje? Pocos cristianos siguen este ejemplo el día de hoy, sobre todo en el liderazgo). Un ejemplo vital está en Gn. 31:36-55 (ver, en especial el versículo 53) donde Jacob jura por el padrino de Isaac y Labán por el Dios de Nacor, esto es, cada uno jura por el Dios del clan de su padre. Nadie se hacía problemas en ese momento: la idea del Dios único y todopoderoso es exílica y post-exílica, por lo que era totalmente normal asumir la existencia de otros dioses diferentes a los del clan. Se dice que en la época era común la definición de una relación personal del jefe del clan y su respectivo Dios, con una religión familiar, simple, basadas a veces en promesas (Gn. 15), donde el clan era como la familia de Dios y con un centro litúrgico basado en el sacrificio del cordero, como en otros entornos semitas.

¿Y cómo era el Dios de antes de los patriarcas? Es una imagen distinta, de un Dios que crea, destruye y “re-crea”. Un Dios profundamente temperamental. Hace todo en Génesis 1 y 2, lo destruye en el diluvio, lo vuelve a comenzar con Noe, lo deshace –en otra manera- en Babel, cuando dispersa a los hombres con separaciones efectivas (el relato de las distintas lenguas de los hombres) porque el hombre quizo reemplazar a Dios consigo mismo. Sin embargo, permanece la imagen del Dios que dialoga directamente, que nos conoce, que está al tanto de nuestros caminos.


Referencias

(2) José Luis Sicre. Introducción al Antiguo Testamento. 9na edición. Estela-Navarra: Editorial Verbo Divino, 1995. Novena edición.

(3) John Bright. La historia de Israel. Edición revisada y aumentada con introducción y apéndice de William P. Brown. Bilbao: Editorial Desclee de Brouwer, 2003.

Imagen: http ://k-punk.abstractdynamics.org/archives/abraham-thumb.jpg

domingo, 8 de febrero de 2009

Cincuenta épocas, cincuenta dioses (3)

Menos abstracción

La historia es la sede en donde el ser humano se encuentra con Dios. Cuando el autor de la carta a los Hebreos realiza el recuento de los hombres de la fe (Heb. 11) lo hace, en primera instancia, para validar la realidad de la fe como eje de la vida cristiana verdadera. Sin embargo, en segunda instancia y de manera implícita, me da la impresión de que cada uno de los nombres allí consignados nos susurra que la historia ha corrido ―y corre, ahora con más rapidez― con eventos buenos y malos, con sangre, muerte, desolación y esperanza, y que en ella Dios ha actuado, en ella Dios ha intervenido, en ella Dios participa (Rom. 8:28).

Claro está, sin determinarlo todo. Yo pienso que la libertad que tenemos es mucho mayor de la que estamos dispuestos a asumir, por ello aparece un terror a la libertad tan tremendo que para enfrentarlo creamos modelos autoritarios que hoy están tan en boga en Latinoamérica, sea en la política nacional o en la iglesia. Por ello, conocer la naturaleza de esta libertad humana nos ayudará a comprender el verdadero papel del Señor, ayudando al cristianismo a reinterpretarse y a asumir con valor los retos que tiene de cara al futuro.

Según el relato bíblico, Dios nos dio espacio y nosotros hicimos lo que quisimos ignorando las palabras divinas, pero Él nunca nos abandonó a pesar de la expulsión del paraíso. Ese espacio sólo limitado por dos árboles me dice que Dios no ha determinado todos los eventos negativos que suceden a diario en nuestro mundo. No todo lo que sucede, positivo y negativo, es su voluntad. Él no ha previsto todo lo que pasará, porque ha resuelto construir la historia con su creación máxima renunciando a parte de su omnipotencia, como en la kenosis cuando inició el proceso de redención. ¿No es esto sorprendente?

Hay, entonces, una aleatoriedad de las circunstancias de la vida, y dentro de ella Dios marcha con la historia segundo a segundo; una historia que cambia de la misma manera que el hombre también cambia. La misión y obra de Dios no es un paquete que viene construído del cielo, completo, algo así como la nueva Jerusalén de la revelación juanina. Es, en cambio, una construcción que se hace ladrillo a ladrillo, a lo largo de la vida de la gente, de los pueblos y las sociedades, con J(-2000,N), J(-1400,N) o J(100,N) . Esto está de acuerdo a la naturaleza del Dios que siempre está con nosotros, en todas nuestras vivencias, a nuestro lado. Se puede decir, entonces, que construyó la Biblia de la misma manera que actúa normalmente en su interacción con la gente.

Algo interesante de la historia, casi axiomático, es que ella no es plana, no es una llanura constante donde no pasa nada, donde nos morimos de aburrimiento. Al contrario, la historia se parece más a una cordillera repleta de accidentes geográficos. Ya que la Biblia se escribió en el contexto de la historia es fácil afirmar que esta idea axiomática aplica para ella. Esto es, la Biblia tampoco no es plana, sino que está llena de eventos que motivaron respuestas y actitudes de un pueblo pero, a la vez, con un accionar de Dios que es distinto en cada ocasión. El mismo Dios muestra caras distintas para con su creación obstinada que crece, poco a poco, en el conocimiento de sí misma y de Él. Como si Dios se adaptara a las necesidades de su pueblo. Una cosa increíble: el Dios creador de todo el universo rebajándose al entendimiento de su creatura, todo por amor.

Pensando en la historia me interno en el supuesto que planteé líneas arriba: ¿Quién escribió E, un libro del Pentateuco? Si somos realmente humildes diremos que no hay respuesta categórica. Los que dicen, con aplomo, que fue Moisés porque así “lo dice el título de los libros en la Biblia” peca de simplista, de poco meticuloso. Los eruditos expertos en el tema no están de acuerdo, por lo que nos jugamos a afirmar lo más probable según el estado actual de las ciencias arqueológicas e históricas.Y lo que dicen estas ciencias en este momento es que lo más seguro es que la mayoría del Pentateuco fue escrito alrededor del siglo X antes de Cristo, cuando se consolida el movimiento yahvista en Israel, cuando todas las tradiciones orales existentes en el país toman forma escrita, tomando como referencia todas los cuentos y relatos, junto a viejos documentos que aún se conservaron, los cuales sirvieron de base para el Pentateuco que tenemos hoy (A+B+C+D). Fue una labor en extremo difícil. Tal como dice José Luis Sicre:

Quizá fue una noche de frío, junto al fuego, cuando comenzó a contarse la historia de Israel. Primero los ancianos, que recordaban las andanzas de antepasados famosos. Llegaron más tarde los grupos del desierto, relatando y exagerando las penalidades sufridas en Egipto, la terrible narcha hacia la tierra prometida, la revelación concedida por el Señor a Moisés. Vendrán luego los poetas populares, cantores de gestas realizadas contra los filisteos, que cambiaban batallas y ejércitos por una buena comida antes de seguir su viaje. No faltaban sacerdotes que, en las peregrinacionea anuales a los santuarios, relataban al pueblo cómo se apareció Dios en aquel lugar sagrado.

Así, de boca en boca, transmitidas oralmente, comenzaron a conservarse y enriquecerse las tradiciones históricas de Israel. Hasta que surgió una clase más culta, en torno a la corte de Jerusalén, en el siglo X a.C. También le interesaban otros datos: la lista de los gobernadores de Salomón, los distritos en los que dividió su reino, el lento proceso de construcción del templo de Jerusalén y del palacio, con sus numerosos objetos de culto o adorno. Todos ellos comienzan a usar la escritura. No quieren que datos tan importantes se pierdan con el paso del tiempo.

Por último, dentro de esta tradición escrita, surgen verdaderos genios, que recopilan con enorme esfuerzo los relatos antiguos y los unen en una historia continua del pueblo. Algunos se concentran en los orígenes. Otros se limitaron a acontecimientos fundamentales de su época, como la subida de David al trono o las terribles intrigas que provocó su sucesión. Incluso hubo un grupo que emprendió la tremenda tarea de recopilar las tradiciones que iban desde la conquista de la tierra (s. XIII) hasta la deportación a Babilonia, componiendo lo que conocemos como “historia deuteronomista” (Josué, Jueces, Samuel, Reyes)” (1)


Referencias

(1) José Luis Sicre. Introducción al Antiguo Testamento. 9na edición. Estela-Navarra: Editorial Verbo Divino, 1995. Novena edición. Pág. 65

(2) Imagen: http://www.chasque.net/umbrales/rev136/biblia%20pag%2025.JPG

miércoles, 4 de febrero de 2009

Cincuenta épocas, cincuenta dioses (2)

Un proceso difícil

Los mecanismos de la construcción de varios libros bíblicos pueden analizarse realizando una simplificación. Para esto, sólo tomamos algunas variables fundamentales implicadas. Supongamos E, uno de los libros del Pentateuco atribuidos a Moisés. ¿De dónde salió E? Los entendidos dicen que pudo ser de:

A -> Un pequeño texto original de Moisés
B -> Tradiciones orales
C -> Añadidos posteriores al texto original de Moisés
D -> "Edición", donde todo lo anterior se condensa en un texto (final, si se le puede llamar así)

Dentro del escenario que me da mi supuesto (nada más cuatro variables), entre A y D tenemos 600 o 700 años de distancia. Desconocemos por completo las circunstancias de la escritura de A, sabemos algo de cómo se forman las tradiciones orales –normalmente basadas en hecho reales- aunque no conocemos con precisión las que sirvieron de insumo a nuestra Biblia actual (B). Pueden ubicarse varios C que con relativa claridad son agregados. D es, de las cuatro variables, la más especial. ¿Quiénes fueron los genios que tomaron A, B y C, más su propio pensamiento y visión, y formaron el texto actual de E? ¿Quiénes fueron esos que debieron respetar la historia donde Dios se relaciona con la humanidad, con pocos elementos, una ciencia incipiente, pero con un respeto gigantesco por la labor que estaban realizando?

No es poca cosa D. A+B+C+D es, en conjunto, una labor majestuosa, digna del Dios que creó todo el universo. Ahora, imaginemos esto:

Sea J, que la defino como Dios, el Yo soy el que soy; como la realidad de su divino ser en su completa perfección y condición de absoluto. Miren mi osadía. A único hecho plenitud, con omnisciencia y omnipotencia, a Jahveh, creador, sustentador, salvador y restaurador del mundo, lo estoy representando por un mero símbolo, J, que, por supuesto, no lo contiene en lo absoluto, pero que para nuestras mentes limitadas e incompletas puede sernos útiles en el proceso de aproximación a la majestad de la divinidad.

Ya que nosotros somos seres finitos y no absolutos, al contemplar J tendremos particulares visiones y perspectivas, todas simples acercamientos incompletos aunque muchas, probablemente, muy similares. Esto es:

J (1)
J (2)

J ( 6 500 000 000)

Cada una de ellas son visiones parciales, aproximaciones de J que tratarán de converger pero que nunca llegarán a aproximarse a todo su significado y magnificencia. J(50) puede ser la pachamama, J(5 000) sería el sol, J (3 125 986) es Alá, J (458 694 278) es el vacío, la no existencia.

Todas las J (N) son visiones en un propio espacio temporal, por ejemplo el 2009. Cada 100 años podría hacer lo mismo, y encontraría más J (N). Puedo re-expresar esta idea así:

J (2009-1)
J (2009-2)

J ( 2009-6 500 000 000)

Y, por ejemplo, si me ubico en 1909 tendría:

J (1909-1)
J (1909-2)

J (1909-K)

K es el número de personas vivas en el mundo en el año 1909. Con todo lo anterior, puedo expresar la visión parcial de cualquier persona sobre J, el Dios absoluto, como:

J (T,N)

Donde T es el año, N la persona que vive en un año específico (quizá puedo medir de siglo en siglo para evitar repeticiones, aunque igual me queda el problema de la gente que vivió en años intermedios. Para efectos de este artículo es algo irrelevante). Si mal no recuerdo, tenemos 40 000 000 000 de personas las que han pasado por nuestro planeta. Todas con visiones distintas de J, todas con disímiles aproximaciones a la divinidad. Aquí cabe la posibilidad de hacer agrupaciones: todos los J(T,N) cristianos, budistas, animistas, judíos, cientólogos, ateos, y un largísimo etcétera.

Tomo dos muestras de J (T,N). Un J(-2000,N) y algún J(-1400,N), ambos parte del mismo subconjunto de seguidores de Jahveh. Quizá pueden ser estos:

J(-2000,N) = Abraham
J(-1400,N) = Moisés

Aunque no lo creamos, Abraham y Moisés veían a Dios de una manera no análoga. Primero, porque son personas diferentes. Segundo, porque son de tiempos diferentes. Tercero, porque son de naciones diferentes (uno, caldeo; el otro, culturalmente egipcio y hebreo). Cuarto, porque ―según Génesis― recibieron revelaciones diferentes. Evidentemente Abraham no veía a Dios de la misma manera que Moisés. Y las diferencias no eran menores.

Con esto en mente tenemos el que diseña D, con su propio J (-800,N), que tiene dos opciones. La primera, pisotear lo que pensaban antes de él. La otra, es respetar (en lo posible) las visiones de Dios que tenían los que vivieron en su pasado. Por eso les llamo genios, porque supieron hacerlo, porque al leer la Biblia podemos, de verdad, percibir las diferencias entre los J (T,N) a través del tiempo. Genios porque supieron respetar la sede de la relación entre Dios y el hombre, esto es, la historia.

Y, en medio de todo, Dios estuvo presente. Esos escritores anónimos jamás estuvieron en soledad mientras construían la Palabra que hoy tenemos en nuestras manos.
Imagen: http://lafuente.forumup.es/about1170-lafuente.html

sábado, 31 de enero de 2009

Cincuenta épocas, cincuenta dioses (1)

La inspiración

No es mi idea discutir a profundidad este tema que para nada está definido (pues sí, señores, no está definido a pesar de lo que leyeron por allí en algún manual básico de seminario evangélico o de lo que les dijeron en sus catecumenado eclesial). Para ello pueden ir a los textos fundamentales donde la inspiración se discute con seriedad o, dentro del universo blog en español, consultar como referencia la secuencia que en el blog Teosubversión se ha hecho. Sin embargo, necesito partir desde la inspiración, así que de todas maneras mencionaré algunas ideas pecando de simplista.

De manera muy general, cuando se habla de inspiración yo entiendo el término de dos maneras:

(1) Es la validación del contenido del texto bíblico.
(2) Es la validación del proceso que generó el texto bíblico.

Validar el contenido del texto bíblico implica que Dios considera al libro llamado “Biblia”, como una representación física donde su palabra está contenida y que tiene el propósito de comunicar una multitudes de mensajes al ser humano que, de otra manera, no podría recibirlos. Ese ente físico y palpable en forma de libro servirá, entre otras cosas, para “enseñar, para argüir, para corregir y para educar en la justicia. Así el hombre de Dios se encuentra perfecto y preparado para toda obra buena (2 Tim. 3:16 Biblia de Jerusalén)”. La utilidad, por supuesto, dependerá de la permanente actualización del texto validado por Dios a través de los muy distintos escenarios en donde se encuentran los lectores, sean variopintas culturas, épocas o estado de avance de las ciencias. Por ello lo fundamental, más que concentrarnos en la literalidad del texto, es buscar el lenguaje teológico que Dios nos quiso comunicar, escondido en los distintos relatos y tipos literarios que la Biblia tiene.

Validar el proceso de generación del texto bíblico significa que Dios certifica su participación en la compleja secuencia de construcción de la Biblia. ¿Y cómo fue esta? Como bien es sabido, el desarrollo de las ciencias sociales tiene menos de 200 años. Antes de este desarrollo científico, se pensaba de una manera limitada y simplista, considerando que los libros de la Biblia fueron escritos por los autores que ella misma decía y más o menos en las épocas en las que hacía referencia. Por supuesto, hay muchos libros en los que es obvia la escritura rápida de un solo autor, como las cartas juaninas o algunas paulinas, pero lo mismo se suponía para el Pentateuco, Job o Isaías. El avance de la historia, la arqueología y el mayor conocimiento de las lenguas muertas nos van enseñando, cada vez con más claridad, que el proceso de escritura de muchos textos bíblicos fue más complejo que el simple “se sentó a escribir lo que Dios le inspiraba”, sino que lo que tenemos ahora pasó por una larga secuencia de podía partir de la tradición oral (basada en hechos reales) para finalizar siglos después en la cristalización de un texto definitivo, que se ha preservado hasta hoy. Validar el proceso implica que en toda esta lenta secuencia Dios participó, día a día, semana a semana, año a año, siglo a siglo, con el fin de construir con nosotros su Palabra expresada en lo que hoy llamamos Biblia.


Imagen: http://msidobre.free.fr/exposes/numeration/haniez_bab/tabl-cuneiforme2.jpg

lunes, 10 de diciembre de 2007

Hacia la tierra prometida (con escalas)

Los teólogos de la liberación han tomado al éxodo como evento fundamental dentro de su marco teórico de referencia. No es una idea descabellada ya que es uno de los grandes eventos bíblicos y punto de paso obligado para cualquier persona que quiera estudiar la Biblia con seriedad. ¿Cómo enfrentarnos al éxodo como hecho histórico utilizado por Dios y puesto por Él como hito en su día-a-día con la humanidad? Si se piensa en el éxodo es necesario, a mi entender, ir por lo obvio y partir desde el pueblo sufriente, silencioso al inicio, y clamoroso tras unas cuantas décadas (?) (Ex. 2:23). Este pueblo fue víctima de la opresión abusiva de Egipto a niveles de esclavitud (Ex. 1:14), situación desesperada que lo llevó a clamar a Dios por ayuda. Llama la atención la demora en su petición de socorro, lo que inmediatamente nos hace preguntar ¿Por qué tardaron tanto en clamar a Dios? No se sabe con certeza, pero lo que sí es conocido es que Dios les respondió enviándoles lo que necesitaban: un libertador con cobertura divina…

… que los liberó del yugo. ¿Todo bien desde ahora? No, porque ahora el problema fue la actitud del pueblo tras el éxodo de Egipto, es decir, tenían la libertad ansiada pero no les era suficiente por las carencias materiales: hambre, sed, calor, monotonía en los alimentos, enemigos, incertidumbre. ¡Preferían volver a Egipto con las cabezas genuflexas! ¿Por qué preferir la servidumbre a la libertad? Pienso, como otros, que el pueblo extrañaba la seguridad de la esclavitud en contraste con la poca certeza de la travesía en el desierto. Es un pueblo totalmente humano. ¿O es que eran superhombres? ¿Cuántas veces nosotros hemos sido igual a ellos? Yo lo soy con frecuencia.

El faraón es otro de los actores del drama egipcio. Obcecado, preso de su propia opinión, pensaba económiamente al no querer perder su valiosa mano de obra. Miles de esclavos no se podían conseguir de la noche a la mañana. Dios intenta varias veces dialogar con el soberano sin éxito. En el ínterin Faraón agrava la opresión del pueblo (Ex. 5:9) “para que no atiendan a palabras mentirosas”, es decir, ¡para que no piensen! Es la típica imagen del opresor –han pasado más de tres milenios y hay cosas que no han cambiado nada- la que nos muestra el relato bíblico, y lo peor del asunto es que por su actitud todo el pueblo de Egipto se vio afectado (por las plagas y la entrega de sus bienes de valor). Si estás en el poder, tu pueblo sufre por tus decisiones. Es este un mensaje vivo a los gobernantes de las naciones actuales que con frecuencia no piensan en el pueblo a la hora de disponer. Se van, destruyendo el país, ¡y luego quieren volver a gobernar! (a veces retornan, como Alan García. O lo intentan, como Fujimori o Menem)

Dios también está presente (vale la pena recordar el papel de Dios porque a veces se nos olvida). Su actuar en el Éxodo delimita una imagen que ha mutado desde el Dios personal, íntimo, de clan -que se deja ganar por un hombre-, del tiempo patriarcal, al Dios poderoso que reta al poder imperial con las plagas. Eso nos ayuda a entender algo: Dios tiene mil caras, se adapta a nuestras circunstancias, a nuestra vida, a nuestro andar paso a paso. Camina con la historia y según esta se vaya evolucionando Dios se manifiesta, cambia de rostro, enfatiza ciertas cosas de su ser Absoluto; en otro momento gira, muestra otro ángulo que aparentemente es contradictorio con el anterior pero que no es así. Es, desde nuestros ojos, un Dios variable (porque siempre observamos algo diferente de Él), pero desde su punto de vista, un Dios demasiado grande para nuestra comprensión que va resaltando aspectos diversos de Él según el ser humano, conciente o inconcientemente, lo requiera.

Moisés fue profundamente sensible a las necesidades de sus compatriotas aunque su impulsividad quiso solucionar el problema de inmediato, asesinando a un egipcio (Ex. 2:11-15), viendose obligado a escapar del país. Pasó 40 años en el desierto, donde ni siquiera pudo juntar su propio hato de ovejas ya que seguía pastando el ganado de su suegro, tras los cuales Dios lo llama a la misión de su vida. Se niega con diversas excusas: desconocimiento de él mismo, desconocimiento teológico, incapacidad, renuncia, pero al final va a Egipto, casi a regañadientes. Qué diferentes son los criterios de Dios a la hora de elegir un líder (en contraste con los parámetros del mundo o de muchas iglesias de la actualidad). Pero, a pesar de su gran obra, al final él no entra a la tierra prometida. ¿Por qué? La solución simplista –aunque cierta- es por su pecado tras el incidente en el desierto de Zin (Num. 20:1-13). Pero si vamos un poco más allá, podemos afirmar que Moisés no entró porque no le correspondía. Dios es el Señor de la historia, y cumple sus promesas o sus propósitos por encima de personas, naciones, creencias o teologías. A veces nos creemos dueños de la obra de Dios, nos autoimponemos el papel de voceros oficiales de Dios, nos creemos indispensables, pero nos olvidamos que sólo somos vasijas y que el que dispone finalmente es Dios.

Es en el éxodo donde se establecen los fundamentos de la religión de los hebreos con la Alianza como un basamento importante. Lo particular de las alianzas en esos tiempos es que se establecía una relación comprometida siervo-amo tal como estaba en el modelo hitita de los pactos. Un detalle de la alianza es la elección: Dios escoge a un pueblo para sí, no por sus virtudes sino porque así quiso, no porque fueren especiales (eran esclavos en Egipto) sino porque su Voluntad así lo decidió. No por las virtudes, no por los atributos. ¿Comprendemos la profundidad del concepto? ¿Por qué enfatizar en la elección y en la Alianza? Porque para los judíos eran elementos claves de su identidad, elementos que nunca perdieron en la historia. Si ellos son pueblo de Dios, lo son por la alianza con Dios que se hizo nueva en Cristo cientos de años después.

La historia es mucho más compleja de lo que dicen los libros. Muchos cristianos de hoy tenemos la tendencia a literalizar lo que dice la Biblia y a creer tal cual dice el texto sin hacer un sano proceso de interpretación. Nos olvidamos que la Biblia se escribió en un determinado contexto y con particulares intensiones, muy distintas en cada uno de sus libros. Dado esto, pienso que la idea, en el desierto, es declarar la profunda humanidad del pueblo con sus idas y venidas, la de Moisés como caudillo, la visión de Dios que protege y provee pero que también castiga la infidelidad; ya en la ocupación, se denotan los múltiples elementos variopintos en esta etapa formativa del pueblo hebreo: los muchos pueblos que contribuyeron a su evolución (abundantes elementos fueron prestados de otras naciones para su culto, el propio “mestizaje racial”), una ocupación lenta y tediosa -sin mucha épica- de la tierra prometida. Repito el mensaje: LA HISTORIA ES MAS COMPLEJA DE LO QUE APARENTA. Es algo que nunca debemos olvidar.

Si hacemos un salto temporal hasta el tiempo intermedio de la monarquía, veremos a un pueblo que basaba su estabilidad en la Alianza, en la elección de Dios, en la capital del país y en el templo de Jerusalén. En otras palabras, la nación creía que jamás les pasaría nada porque Dios está en el templo, son EL pueblo de Dios y nadie es capaz de destruir SU casa. La base de su fe era simplemente asuntos externos y no internos: la ética en tiempos monárquicos estaba bastante deteriorada. Estaban seguros, cómodos, pero todo se vino abajo con el exilio. ¡Destruyeron al pueblo de Dios! ¡Destruyeron el templo! ¡Ya no hay Jerusalén! Se eliminó toda la base de la fe y la estructura de la nación. La elite dirigente se fue a Babilonia y el pueblo, sin líderes, se quedó en Palestina. Surgieron preguntas incómodas porque el Dios de la liberación de Egipto los llevó a una nueva cautividad ¿Cómo responder a esta crisis? ¿Qué hacer? La amenaza sincrética, la influencia de otras culturas, y la actualización del mensaje se hicieron relevantes. Tras el exilio, el pueblo perdió la esperanza pues toda la magnificencia del Deuteroisaías sobre la victoria absoluta del pueblo de Dios no se cumplió. Sin embargo, el mensaje siempre se adaptó a las nuevas circunstancias (en este caso, por Hageo, Zacarías, Esdras y Nehemías).

Doy otro salto temporal y llego hasta Jesús. La visión cristológica la coloco dentro de su contexto de evangelio (buenas noticias) que debe ser proclamado (kerigma) y testificado (martirio). Es un mensaje que nos convierte al encontrarnos con Cristo (transmisor del mensaje que al mismo tiempo es el mensaje) y que nos libera, trayendo una perspectiva más amplia de ver el mundo. Cristo reinterpreta a la Torah, colocándola más rígida en la ética y más relajada en lo cultual, basándola totalmente en el amor y en una visión escatológica. Su libertad se sustenta en la cruz que todos debemos llevar, es decir, una libertad basada en el servicio, el sacrificio y no en el libertinaje.

Con todo el compendio anterior, ¿Puede armarse una teología bíblica del éxodo? Creo que sí. Elementos que estarían dentro de ella son:

a) Dios es un Dios de la historia, que camina con ella y en ella, paso a paso a nuestro lado.

b) Dios, como tal, muestra múltiples caras, como a los patriarcas (Dios personal, de clan), en el éxodo (Dios poderoso), la monarquía (Dios nacional), el exilio (Dios universal y único), o el Nuevo Testamento (Dios con nosotros). ¿Cuál es el rostro que tiene hoy con nosotros?

c) Dios siempre quiere liberar, tanto de la opresion economica y social (Egipto), del pecado (como dice el mensaje de Cristo), de la tristeza del desarraigo (Exilio). Es parte de un proceso que no termina nunca. Es una libertad múltiple y no exclusiva de sólo una de sus partes (resaltando una en detrimento de las otras). Hay que proclamar libertad, sí, pero completa. Hay que proclamar la libertad, sí, pero sin imposiciones ideológicas, ni de derecha ni de izquierda. Eso es inconcebible.

d) Dios quiere que siempre observemos sus múltiples caras y nos llama a ser partícipes de la reinterpretación de su mensaje según el contexto histórico: la ley de Moisés, la identidad de la monarquía, la crisis del exilio (y el nuevo fundamento del judaísmo sin templo y sin Jerusalén), el mensaje cristológico. Dios está en la historia, la historia fluye y el mensaje, siempre, según nuestro contexto, debe actualizarse.

e) Dios comprende nuestra humanidad, sabe que no somos perfectos y así nos ama: quejosos como el pueblo en el desierto, perdidos como en Babilonia, desanimados como cuando volvieron a Palestina, con la vision en otra parte como Pedro en la trasnfiguración, con mi dejadez cuando quiero orar un rato.

f) Cristo nos llama a una liberación basada en el amor a Dios y al prójimo, en una ética estricta, en tomar la cruz y en basar la libertad no como libertinaje, sino como servicio, sacrificio, entrega, humildad. Es esta la base de la verdadera liberación.

g) El mensaje liberador de Cristo no es pasivo sino que nos llama a la acción porque su visión está en la esperanza escatológica que nos llama a actuar hoy, en un ya (porque Cristo está aquí) pero todavía no (porque todo no ha llegado a su pleno cumplimiento).


Referencias

BRIGHT, JOHN. “La historia de Israel”. Edición revisada y aumentada con introducción y apéndice de William P. Brown. Bilbao: Editorial Desclee de Brouwer, 2003.

GUTIERREZ, GUSTAVO. “Teología de la liberación: Perspectivas”. 11va edición. Lima: CEP, 2005.

SICRE, JOSÉ LUIS. “Introducción al Antiguo Testamento”. 9na edición. Estella-Navarra: Editorial Verbo Divino, 2005.

viernes, 20 de mayo de 2005

La hermenéutica de los amigos de Job

Nosotros vemos el mundo a través de nuestros paradigmas [i]
Joel Arthur Barker

Dice Jorge Luis Borges que el objetivo del escritor de Job fue “demostrar que el propósito del Libro de Job es que no podemos aplicar ningún epíteto humano a Dios; no podemos medirlo según nuestras medidas”, que es precisamente lo que Elifaz, Bildad y Sofar hicieron al argumentar y meditar sobre los males de Job y su “segura” causa. Racionalizar a Dios es algo que, de la misma forma que el problema del sufrimiento, trasciende toda época ya que mucha gente ha reflexionado en esto desde los tiempos babilónicos hasta la actualidad y la actitud tan humana de creer que Dios piensa como nosotros o que debería seguir un cierto patrón de conducta predefinido por los seres humanos es vista con diáfana claridad desde el patriarcado hasta, lamentablemente, nuestros tiempos modernos. Cuántos pastores claman desde el púlpito o desde las oficinas de consejería: “Dios dice que…” cuando en verdad no es el Señor sino un modelo teológico, una creencia particular, una postura, una premonición, o quizá un trauma infantil quien habla a través del pastor. Creamos un paradigma humanista con fragancia teocéntrica y lo elevamos a la categoría de divino sin más razón que la experiencia, la tradición o la sabiduría, como hicieron los amigos de Job. Este es un error viejísimo del cual Dios nos advierte y nos exhorta no caer a través de una lectura seria del libro de Job.

1.- Criterio Exegético

¿Qué pautas se pretende utilizar en el presente estudio para analizar el tema planteado? Martínez, con respecto al análisis exegético de Job, nos dice que es necesario “… [estudiar] las declaraciones de cada uno de los personajes que intervienen en el dialogo a la luz de su propia teología, y determínense hasta qué punto expresan una verdad totalmente válida, son una verdad a medias o constituyen un error. Tanto Job como sus amigos hicieron afirmaciones maravillosas; pero de los labios de todos ellos salieron grandes dislates. El intérprete ha de dar a cada frase el valor que le corresponde”
[ii]. Este principio fundamental será la referencia para auscultar las ideas subyacentes a los dichos de los amigos de Job.


2.- Teología de los amigos

El principio básico por el discurría el pensamiento de los amigos de Job era bastante antiguo y sobrevivió, inclusive, hasta los tiempos de Jesús
[iii]. Mackenzie nos ilustra al respecto y dice que “siempre se había tenido por axioma que Yahvé era justo y fuente de justicia. Pero esta justicia podía ser entendida en dos formas completamente distintas. Desde el punto de vista de los desamparados y oprimidos, la justicia significaba liberación, salvación; los jueces de Israel son los héroes y campeones, que salvaban al pueblo de Yahvé de la opresión… [por lo tanto] los participantes de su alianza debían tener, naturalmente, seguridad y bienestar. Pero si estos partícipes de la alianza se volvían desleales y actuaban como enemigos, entonces no tenían más remedio que conocer la otra cara de la justicia, que significaba destrucción. Esto fue, según los profetas, lo que le sucedió a Judá en el exilio… al mismo tiempo los maestros de la sabiduría subrayaban la eficacia de una vida justa. En sus esfuerzos por comprender la existencia humana, trataban de reducir los elementos arbitrarios e imprevisibles de la vida. Afirmaban la existencia de unas leyes morales que gobiernan la vida, cuyo custodio y garante es Dios” [iv]. Este principio o ley es llamado el de la justicia retributiva, a la que los tres amigos “en forma diversa pero muy similar… responden: a la culpa corresponde la pena, a la justicia, el premio” [v]. Esta diversidad de forma se sistematiza de la siguiente manera:

a) Elifaz: Teología de la Experiencia.

b) Bildad: Teología de la Tradición.

c) Zofar: Teología del Legalismo

Entonces tenemos una idea general con tres vertientes diferentes. Lo general es presentado por Elifaz en la forma de la teoría de la retribución “afirmando la universalidad de la pecaminosidad humana: todos somos pecadores (Job. 4:17-21), todos causan infelicidad (5:5-7), todos deben agradecer a Dios la prueba-purificación (5:17-26). “se cosecha lo que se siembra” (4:8). Quien ama el mal, recibirá lo que ama. Quien siembra el bien, cosechará bienes”
[vi]. Mackenzie menciona lo mismo pero en otra circunstancia del libro de Job también para el caso de Elifaz: “[Este] toma casi al azar la lista de crímenes sociales que podía cometer impunemente un individuo rico y poderoso en el mundo antiguo… [y llega a la siguiente conclusión]: como Job está sufriendo lazos, terror, tinieblas, diluvio, en consecuencia, ha tenido que cometer los pecados que se mencionan en 22:6-9”[vii]. Estos postulados son válidos para las expresiones de los otros dos amigos [viii].

La primera de las tres vertientes menciona a Elifaz como el adalid de la experiencia ya que “… él mismo ha contemplado cómo la justicia divina actuaba infaliblemente en el mundo”
[ix]. Su punto de vista discurre a través de la pequeña frase “he visto” de Job 4:8 y 5:3 pero además se menciona una revelación en la que no están de acuerdo los expertos. Si tratamos de condensar diríamos que “la experiencia y la revelación confirman [la] enseñanza (de la teoría de la retribución)”[x]. Por eso Elifaz pretende “convencer a Job de que éste ha de aceptar la sentencia de Dios que le declara pecador, tanto si entiende su pecado como si no”[xi].

La segunda de las vertientes se basa en que Bildad funda su argumentación en la experiencia. Job lo muestra en 8:8-10. “Pregunta a la generación pasada y medita en la experiencia de tus padres. Nosotros somos de ayer y no sabemos nada, pues en la tierra pasamos como una sombra. Pero ellos te enseñarán y te hablarán, expresarán para ti su pensamiento”. El reafirma la teoría de la retribución, por ejemplo en 8:4 (“si tus hijos pecaron contra él entonces él se encargó ya de ponerlos en manos de su maldad”) pero también en otros pasajes.

La última de las vertientes es la de Zofar que, en cambio, basa su autoridad en “la sabiduría misma, un conocimiento que se justifica por sí mismo, que él posee y que se identifica (al menos en su aplicación al vivir humano) con la sabiduría de Dios. Esta doctrina no es sólo clara y cierta en sí misma, sino también en el caso de Job… Sofar glorifica la sabiduría de Dios
[xii] (11:5: “¡Ojalá hablara Dios, te viniera a contestar (como lo hizo al final) y te revelara los misterios de la sabiduría, -que son maravillosos a nuestro entendimiento[xiii]-!)”


3.- El nivel de verdad de la Teología de los amigos

Usando las palabras de Martínez nos preguntamos ¿Cuál es el valor que corresponde a las palabras y argumentos de los amigos de Job? Detrás de los dichos de los amigos de Job hay actitudes que manchan su teología y que nos pueden dar pautas del nivel de certidumbre de sus dichos
[xiv]. Van Baalen en su conocido libro “El caos de las sectas” al hablar de Charles Russell, el fundador de los Testigos de Jehová, dice que “una mala teología procede de un mal corazón”. Podríamos parafrasear esta frase para nuestros intereses: “Una corazón con las motivaciones incorrectas provocará una incorrecta teología” y esto último es lo que sucedió con los amigos de Job. Mackenzie nos orienta al respecto:

a) Los amigos de Job “insisten en que son ellos los que declaran un juicio en nombre de Dios, que la sabiduría que ellos profesan tiene una garantía divina”
[xv]. Elifaz a ratos aparenta tener la seguridad de ser el oráculo de Dios y portador de sus palabras. Inclusive ve la justicia retributiva como una ley natural, inflexible y que definitivamente viene de Dios, sin errores ni manchas. En otras palabras, han reemplazado la palabra de Dios por un sucedáneo escuálido, sin vida, al que han elevado a niveles cuasi-divinos, convenciéndose de la verdad de él a punta de razonamientos incorrectos. Esto es precisamente lo que Dios quiere rebatir en el libro.

b) Elifaz “no ha querido examinar la posición de Job. Dicho brevemente: tiene una mente cerrada y se encuentra completamente satisfecho con su doctrina tan fácil de comprender, que aplica complacida y fríamente a Job”
[xvi]. El paradigma lo tiene incrustado de tal forma que no puede concebir una posibilidad diferente hasta el punto que tuve que intervenir Dios para trastocar su mente (leemos esto en el final del libro). Mackenzie dice que “desde el prólogo [nos damos cuenta] que el análisis que Elifaz hace sobre el caso de Job no es correcto, he hecho, al insistir tanto en el motivo utilitario, su postura se confunde con la del adversario”[xvii] (Jiménez Hernández lo dice de una forma más cruda: Los amigos, aliados de Satán). Por lo tanto, la ceguera de ellos les provocó un bloqueo intelectual y espiritual –que es muchísimo más terrible-, teniendo una posición parecida a la de los fariseos: creían que estaba cerca de Dios, que tenían la esencia de su verdad, pero realmente se habían convertido en enemigos de Dios al punto de ser llamados por Juan el Bautista “generación de víboras”. Dios no llega a este extremo ahora, pero conmina a los amigos a hacer un sacrificio al final.

c) Bildad “da por supuesto que las funciones de Dios son automáticas: los hombres son libres para elegir esto o aquello, pero en los juicios de Dios no queda lugar para el amor o la libertad”
[xviii]. Es más de lo mismo: Dios respeta la ley natural y no la viola bajo ninguna circunstancia.

d) Los tres amigos defendían un “concepto de una especie de justicia conmutativa entre Dios y el hombre, [y este concepto] destruye la trascendencia divina y tiende, en ese sentido, a rebajar a Dios a la altura del hombre”
[xix] Los amigos suponen una causalidad moral estricta en los actos humanos, idea que se deriva de la justicia retributiva.

e) Los amigos no están dispuestos a admitir que los actos de Dios resultan extremadamente misteriosos para el hombre. “Forzados por la situación, tratan de defender a Dios e términos humanos, y hasta llegan a mentir en el intento”
[xx]. Como muchos religiosos en todos los tiempos, trataron de racionalizar a Dios, pero fracasaron en su intento, ya que lo infinito no cabe en lo finito, como concluyeron tantos pensadores.

f) En todo el libro lo que hace Job es amenazar sus estructuras religiosas (claro de ver en 19:28-29: “Ustedes, que tratan de condenarme y buscan pretextos contra mi, teman que la espada los hiera a ustedes mismos cuando la cólera de Dios castigue sus culpas, y ustedes sabrán entonces que hay al fin justicia”), “y esto les hace sentirse crueles”
[xxi]


4.- El planteamiento triple

¿Podemos afirmar la validez o la inutilidad de la tradición, la sabiduría o la experiencia desde las afirmaciones del autor de Job? Si observamos bien, Job no critica jamás la triada de planteamientos. No rechaza a la tradición ni a la experiencia ni a la sabiduría per se, como elementos que Dios abomina para mostrar parte de su revelación, de su pensamiento. Lo que en verdad se critica es el paradigma de la justicia retributiva que llevó a los amigos a los extremos descritos: se critica su actitud de hablar por Dios, la autosuficiencia que da el pensar que tienen el punto de vista de Dios, se critica su ostracismo, su mente cerrada y el enorme pecado de limitar a Dios a un modelo mental humano.

No están mal las tradiciones. Si no fueran por ellas, mucho del conocimiento previo se perdería, y mucho de la mística y del camino recorrido por los que estuvieron antes de nosotros, no serviría de nada. Pablo mandó guardar ciertas tradiciones y el mismo Cristo se sujetó a las que estaban vigentes. La misma ley de Moisés en parte es un conjunto de normas que trascendiesen el tiempo y que tienen la forma de tradición y dentro de la soberanía de Dios estaba el uso de la ley en esa forma. Pero existe el peligro de colocar estas tradiciones al nivel de la Biblia, como es el caso de la Iglesia Católica-Romana o de los fariseos en los templos bíblicos. Basta afirmar lo que le dijo Cristo a ellos cuando les preguntaba: “¿Porqué también vosotros quebrantáis el mandamiento de Dios por vuestra tradición?” (Mt. 15:3) para tener una respuesta clara: hay un límite para la tradición, y es cuando empieza a ir en contra del mandato bíblico.

No están mal las experiencias. Si no fuera así no tendría sentido el argumento cosmológico que plantea la existencia de Dios y que Pablo explica en Romanos, en donde se nos dice que el universo es de por sí el testimonio del creador (nuestra experiencia al enfrentarnos al universo nos lleva a la idea de un Dios). Exhortaciones como la del autor de los Hebreos para que avancemos hacia la madurez no tendrían sentido si la experiencia fuera algo que debiéramos desdeñar, ya que la madurez es una función directamente proporcional a la experiencia. El problema es que comenzamos a centrar nuestro cristianismo sólo en las señales (un ejemplo de experiencia), y destinamos el fin de nuestra religiosidad a su búsqueda, pudiendo llegar muchas veces a tendencias místicas, por ejemplo. Mucha de la teología pentecostal del Espíritu Santo enfatiza demasiado las vivencias carismáticas diciendo que si uno no tiene tal o cual señal entonces tenemos un indicador de nuestra cercanía a Dios.

No está mal el ceñirnos a la Biblia. La Palabra de Dios debe ser el marco en el que se circunscriben todas nuestras acciones, y nuestra cosmovisión debe ser absolutamente bíblica. El problema es que nos podemos volver jueces y perder la humildad que debemos tener como seres humanos ya que existe sólo un Juez supremo. Nos volvemos literalistas y podemos llegar a perder el amor que el hijo de Dios mostró en la tierra que nos pide reflejar al mundo pecador.

El problema en Job está en que los amigos usan precisamente el planteamiento triple para sustentar su errada perspectiva. Ellos ponen la teoría de la retribución como pensamiento de Dios y para argumentar a favor de ella usan herramientas que son colocadas al mismo nivel de su teoría. En otras palabras, en una forma sutil reemplazan a Dios por la tradición, por la experiencia o por la sabiduría con el fin de demostrar que su pensamiento es correcto. Elifaz, en este sentido
[xxii] tenía “la fuerza de su razonamiento en la experiencia, sujetando la verdad a ella”. En cambio, las palabras de Bildad “descansan en la autoridad de la tradición, en este caso, la Torah”, mientras que Sofar “usa la palabra pero incorrectamente, determinando una teología del legalismo… él era un biblista”. Entonces, elementos que son usados por Dios, como la reflexión basada en la experiencia diaria, son elevados por los amigos a la categoría de condicionantes de la verdad de Dios, hecho que invalida completamente su teología. Y eso es lo que tenemos que evitar.

Como lectores postmodernos de Job, en los tiempos en que se habla en Europa y Estados Unidos de una sociedad postcristiana, miremos a Job y en especial a sus amigos para no cometer el error herménéutico de tratar de justificar algún tipo de pensamiento eclesial o secular con ideas convencionales cristianas para reemplazar a la enseñanza de la Palabra de Dios. La Biblia es lo más valioso que tenemos, y aunque ella misma dice que “el cielo y la tierra pasarán, mas mis palabras no pasarán”, esto no quita el hecho que estemos vigilantes ante distorsiones que puedan ocurrir en nuestro entorno. Distorsiones al estilo Job.

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[i] Y podría añadir a modo de complemento que los amigos de Job lo estaban viendo a través del suyo, pero Dios ha sido y sigue siendo experto en romper paradigmas, sobre todo cuando estos se forman en el fondo del alma humana y reemplazan de una u otra forma a su Palabra y sus Decretos.
[ii] Martinez, Jose M. HERMENÉUTICA BÍBLICA. Terrasa, Barcelona-España: Editorial Clie, 1984. Pg. 348.
[iii] vv. Jn. 9:1-3, donde algunos discípulos de Cristo se interrogan sobre la causa de la ceguera de un individuo debido a que su enfermedad era de nacimiento. Este pasaje es mencionado también por Mackenzie.
[iv] R.A.F Mackenzie en “Comentario Bíblico San Jerónimo”, Tomo 2, dirigido por Brown, Fitzmyer y Murphy. Madrid: Ediciones Cristiandad. Pag. 449.
[v] Jiménez Fernández, Emiliano. JOB CRISOL DE LA FE. Madrid: Ediciones para la nueva evangelización, 1999. Pag. 86.
[vi] Ibid. Pag. 86.
[vii] Op. Cit. Pag. 483.
[viii] ¿Cómo una teoría de esa magnitud pudo haber sido creída sin problemas por los hombres de la antigüedad, sin ningún tipo de ambages? ¿Cómo un pueblo culto como el judío pudo tener una cosmovisión que incluya la teoría retributiva? Jorge Luis Borges, el gran escritor argentino, en una conferencia del año 1967 en el Instituto Cultural Argentino-Israelí sobre Job dijo: “Para nosotros esos amigos son personajes casi diabólicos. Pero Froude hace notar que por aquellos años se creía en un gobierno moral del mundo. Desde luego, a pesar de algún pasaje deliberadamente mal traducido, no se creía en la inmortalidad del alma, de suerte que, si admitimos un Dios justo y todopoderoso, entonces los males que afligen a los hombres son castigos por sus pecados, públicos o desconocidos, del mismo modo que su prosperidad es una recompensa”.
[ix] Mackenzie. Op. Cit. Pag. 461.
[x] Ibid. Pag. 462.
[xi] Ibid. Pag. 461.
[xii] Ibid. Pag. 469.
[xiii] Este último añadido lo menciona Mackenzie en op. Cit. Pag. 469.
[xiv] Por ejemplo, en el caso de Elifaz tenemos que en su primer discurso él suena tolerante y cuidadoso, pero no así en el segundo (en donde habla del destino de los malvados) y mucho menos en el tercero (en donde él se convence de lo mal del corazón de Job).
[xv] Ibid. Pag. 458.
[xvi] Ibid. Pag. 461.
[xvii] Ibid. Pag. 462.
[xviii] Ibid. Pag. 466
[xix] Ibid. Pag. 468
[xx] Ibid. Pag. 470
[xxi] Ibid. Pag. 477
[xxii] Las siguientes tres citas provienen de los apuntes de clase del curso de Literatura Sapiencial del Seminario Bíblico Alianza del Perú.