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martes, 13 de octubre de 2026

Tomarse en serio la religión

Los resultados de las elecciones brasileñas han crispado a todo el continente. Muchos no esperaban los números finales y han quedado muy sorprendidos con el 47% de Flávio Bolsonaro frente al 45% de Lula en la primera vuelta electoral. La búsqueda de explicaciones comenzó rápidamente y un grupo de analistas se ha decantado centrarse en la influencia del voto evangélico como responsable del avance del bolsonarismo. Esta idea suele venir acompañada de otra que afirma que el propio crecimiento evangélico latinoamericano fue obra de Estados Unidos, específicamente a manos de la CIA. Son dos tesis distintas, una electoral y otra histórica, pero las dos comparten el hecho de que en ninguna de las dos el evangélico decide nada. En una los evangélicos existimos porque alguien nos ideó desde una oficina en Washington, en la otra nosotros votamos en cierta dirección porque alguien nos lo ordenó desde el púlpito. En las dos desaparece la persona que cree, interpreta, se convierte y elige. En este artículo examino ambas tesis y sostengo algo que a muchos analistas les cuesta aceptar: la fe misma tiene un gran poder causal, y ninguna explicación del fenómeno evangélico está completa si es excluida.


1. Brasil, una explicación demasiado sencilla

Se está diciendo en distintos foros y yo repetiré lo mismo en este blog: el voto evangélico no es homogéneo. Desde fuera el imaginario nos ve a los evangélicos como una fuerza casi militar que vota disciplinadamente, pero esto está alejado de la realidad, porque lo que existe es una inclinación del voto, no una obediencia cerrada. Pretenden analizar la influencia política evangélica sin tener en cuenta que la influencia política de la religión no equivale necesariamente a obedecer electoralmente al pastor. ¿De verdad los miembros de las iglesias votan mecánicamente según lo que les digan desde sus púlpitos? Los datos disponibles parecen decir que no, y los presento en la sección 5. Una pregunta distinta es si los evangélicos explican el resultado, y tal vez convenga hacer un poco de números. Según Datafolha (Correio Braziliense, 2026), Flávio Bolsonaro tenía 52% de intención de voto entre evangélicos frente a 26% de Lula. Entre católicos, Lula ganaba 50% a 32%. Según cálculos propios, si los evangélicos son cerca del 27% del electorado, entonces aportan alrededor de un tercio de los 47 puntos de Flávio, y los católicos tantos votos o más. Sin su ventaja entre los evangélicos, Lula habría terminado primero. Son parte necesaria de su coalición, no su mayoría. 

Con estos datos en mente les plantearía a todos la siguiente pregunta: ¿estamos de verdad intentando comprender cómo piensan los evangélicos? Podría añadir una segunda pregunta: ¿cómo interpretamos este fenómeno desde una mirada que tome en serio lo religioso? Mi impresión es que muchos minimizan el papel de la religión en las vidas de las comunidades y en su capacidad transformadora.


2. La CIA y la expansión evangélica latinoamericana

La teoría de la CIA es una interpretación histórica que tiene muchos años y merece escrutinio. Dice que el crecimiento evangélico de América Latina sería resultado de una estrategia estadounidense diseñada para debilitar al catolicismo (en especial esa creación latinoamericana llamada teología de la liberación) o combatir la izquierda política que se encontraba en conflicto con los Estados Unidos en la segunda mitad del siglo XX. Es verdad que la CIA investigó el fenómeno religioso en América Latina (Kissinger, 1969), pero otros documentos como el Informe Rockefeller (1969) son antecedentes que alertan sobre los movimientos católicos de base influenciados por ideas precursoras de la Teología de la Liberación que pueden convertirse en focos de potenciales revoluciones sociales, afirmación que se afianza en textos como el Documento de Santa Fe I y II (1980/1988), que defienden la necesidad de contener estas influencias teológicas. Frei Betto (2025) resalta que si bien los textos no mencionan explícitamente el apoyo a las iglesias evangélicas, la lógica subyacente es clara: la necesidad de promover formas de religiosidad anticomunistas, individualistas y apolíticas, alineadas con los valores del mundo libre capitalista.

Pongamos los puntos sobre las íes. Es verdad que el poder de las misiones dirigidas hacia América Latina era muy grande. También era cierto que había mucho financiamiento misionero, y que desde Estados Unidos las posturas eran marcadamente anticomunistas y existían convergencias geopolíticas entre muchos misioneros y los intereses del gobierno norteamericano en la región durante la Guerra Fría. Y que por supuesto sectores de la derecha religiosa estadounidense estuvieron muy interesados en combatir a la Teología de la Liberación. En la IV Conferencia General del Episcopado Latinoamericano de Santo Domingo (1992), Juan Pablo II habló expresamente de una “cierta estrategia” destinada a debilitar la unidad religiosa latinoamericana y de “importantes recursos económicos” destinados a campañas proselitistas. Existen documentos vaticanos posteriores que hablaron incluso de grupos procedentes de Estados Unidos con abundantes recursos. Pero eso está muy lejos de imaginar siquiera que la CIA causó o dirigió la expansión evangélica, aunque quienes la defienden suelen invocar casos concretos, como el apoyo evangélico a Ríos Montt en Guatemala, las sospechas sobre el Instituto Lingüístico de Verano, o los televangelistas que respaldaron a la Contra. Los tres fueron episodios reales de convergencia entre misión y política exterior, pero desde ellos no se puede explicar la conversión de millones. Además, el pentecostalismo latinoamericano nació antes de la Guerra Fría. Por ejemplo, en Chile comienza en 1909, y en Brasil se marca el principio con la Congregação Cristã (1910) y las Asambleas de Dios (1911), fundadas por inmigrantes italianos y suecos. La CIA se creó recién en 1947.

David Stoll dedica buena parte de “¿América Latina se vuelve protestante?” (1990/1993) precisamente a esas interacciones entre evangelicalismo, Estados Unidos, Centroamérica, Guerra Fría y Teología de la Liberación. Su interpretación global no es la de una operación norteamericana que fabrica evangélicos, sino que habla de un despertar religioso y de una transformación mucho más compleja del campo religioso latinoamericano. Por ejemplo, crecieron más las iglesias autóctonas y peor financiadas en contraste con las denominaciones misioneras con dinero y, si hacemos una comparación, el pentecostalismo creció igual en África o en China, donde el Estado persigue a la iglesia.

Yo me hago una pregunta sincera: la existencia de intereses políticos externos, ¿basta para explicar la conversión religiosa de millones de latinoamericanos? Yo les digo que es difícil que esa intervención, dinero, intereses y utilización política de la religión por sí solas expliquen la conversión de millones de personas a la nueva fe. Esta explicación geopolítica es sumamente reduccionista y la cuestiono enfáticamente. Busquemos, entonces, por otros lados, como en la historia de las misiones, el crecimiento de las congregaciones locales, el evangelismo personal o los testimonios de conversión.


3. El poder del mensaje religioso

Hay cierto análisis político, en especial cuando mira religiones o creencias con las cuales no se está familiarizado o hay sesgos ideológicos, que parece incapaz de imaginar que alguien pueda convertirse simplemente porque ha creído. Que cree que el mensaje poderoso del diálogo entre Pablo, Silas y el carcelero de Filipos, a quien le dijeron “cree, y serás salvo tú y tu casa” (Hch. 16:31) es una frase cualquiera. No, ese mensaje lo puede cambiar todo. Parece no verse que las convicciones religiosas tienen una muy fuerte capacidad para movilizar personas, transformar conductas, y sostener compromisos extraordinarios. 

Los ejemplos son múltiples. Recordemos a los primeros cristianos, que comenzaron una nueva fe desde cero, sin grandes recursos ni poder estatal durante sus primeros siglos, expandiéndose por todo el imperio romano. No era convicción política sino religiosa: la certeza de que se seguía el mandato de Dios. Algo parecido ocurrió con el proceso de difusión del budismo. Las grandes religiones han demostrado que las ideas religiosas poseen una gran capacidad autónoma de movilización. Es cierto que en distintos momentos de su historia interactúan con estados, dinero, conquistas, instituciones y la cultura, pero no pueden reducirse a ellos. Desde mi esquina cristiana podría decir que Constantino ayuda a explicar la historia posterior del cristianismo hasta nuestros días, pero Constantino no explica Pentecostés. Para el creyente cristiano Pentecostés es el poder que lo invita a ir “hasta lo último de la tierra” (Hch. 1:8). ¿La CIA, sola, detrás de esta expansión? No desprecien, por favor, el poder majestuoso de la religión. La gente cambia por él, predica por él, muere por él.

He mencionado Pentecostés y no debo pasar por alto a la Gran Comisión: “Por tanto, vayan, y hagan discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo” (Mt. 28:19). El cristianismo tiene un mensaje que puede transformar a las personas y la Gran Comisión incluye un mandato explícito de Jesús para transmitirlo. Para millones de cristianos estas palabras no son una bonita metáfora ni solo una recomendación, sino que son una orden directa del Señor. Se predica porque se cree, y porque se cree se obedece. Todos quienes reciben el mensaje adquieren la responsabilidad de transmitirlo tal como lo hizo la iglesia primitiva. El relato de Hechos presenta a personas que, habiendo recibido el Espíritu Santo, anuncian públicamente a Cristo incluso frente a la oposición de las autoridades religiosas. “Porque no podemos dejar de decir lo que hemos visto y oído” (Hch. 4:20) era la convicción que los movía, la experiencia religiosa categórica que se convierte casi de inmediato en necesidad de comunicar. Por lo tanto, la predicación puede experimentarse no solo como una elección conveniente o que solo le corresponde al pastorado, sino como una obligación interior de cada uno de los creyentes.

Aquí no hay solamente consignas institucionales, estrategias de crecimiento o campañas de penetración cultural. Lo que existe es un mandato divino. Y cuando alguien cree profundamente que Dios le ha encargado una misión, esa convicción puede convertirse en una fuerza extraordinaria de movilización. Aquí, creo yo, es que está un factor fundamental del crecimiento evangélico. No quiero ser absolutista porque este mandato lo tenían denominaciones históricas que no crecieron, y lo tienen también los católicos. Lo tenían los pentecostales que centraron la expansión, y era el mismo entre países, sin embargo Guatemala y Brasil crecieron mucho y México mucho menos. La fe, entonces, es condición necesaria y el contexto explica el cuándo y el dónde.

Ese análisis, ante la incredulidad de aceptar algo tan simple (y tan real para los que somos creyentes) de que hay transformación porque se cree, busca otras causas como la CIA, el dinero, la manipulación, los pastores, la televisión, el imperialismo, la ignorancia, o la pobreza. Es verdad, todos pueden ser factores en la ecuación, pero ignoran el elemento más relevante de todos: la gente escucha un mensaje religioso, encuentra que ese mensaje para ella es verdad, o fue sanada, o encontró una comunidad, o vivió una transformación por completo que restauró a su familia y todas sus relaciones, o dejó el alcohol o las drogas, o encontró esperanza. Luego quiere transmitir ese mensaje para que otros se transformen. Para los evangélicos eso es el pan de cada día.

Hace unos años, Pew (2014) le preguntó a los latinoamericanos por qué se pasaron del catolicismo al protestantismo. La respuesta dominante no fue el factor económico, ni la política, ni la influencia de los Estados Unidos. Lo que dijeron fue que buscaban una relación más personal con Dios (81%, mediana de los países con resultados publicados) y que fue relevante la actividad evangelizadora de las nuevas iglesias (58%, mediana de los países con resultados publicados). También aparecen el estilo de culto, una mayor insistencia moral, una iglesia que ayuda a sus miembros y el contacto personal de otros creyentes. Además, el mismo estudio de Pew encontró que los protestantes latinoamericanos declaraban compartir su fe con personas de otras confesiones con mayor frecuencia que los católicos.

Estos números no demuestran por sí solos que la Gran Comisión sea la causa predominante del crecimiento, pero ofrecen evidencia consistente de su relevancia. Cuando se pregunta a los propios conversos por qué se convirtieron, ellos dan razones religiosas, aunque buena parte del análisis secular decide ignorar sistemáticamente la autopercepción de los actores sociales. Al descartar de plano las motivaciones declaradas por los creyentes, asumen una postura epistémica que minimiza la validez de la experiencia religiosa, asumiendo que siempre debe haber una causa oculta (política o económica) detrás de una decisión de fe. Dicho de una manera más simple, la fe no explica todo, pero tampoco podemos colocarla como un elemento secundario que deba desaparecer de nuestras explicaciones. El mensaje religioso tiene una gran capacidad para movilizar y transformar a la gente y al mundo que la rodea.


4. ¿Por qué creció tanto el evangelicalismo latinoamericano?

Puedo ensayar un análisis muy sencillo desde la convergencia de dos grandes fuerzas:

- La fuerza interna de la fe: convicción del llamado de Dios y de obediencia a la Gran Comisión, misioneros enviados, predicación de la Palabra, conversión personal, encuentro con Dios, lectura bíblica, comunidad y discipulado, transformación de la vida, predicación y evangelización, expansión de las iglesias evangélicas, el ciclo vuelve a comenzar. Los evangélicos conocemos esto demasiado bien. La pauta está bien marcada en la Gran Comisión (Mt. 28:19). 

Lo particular es que la expansión evangélica no depende solamente de pastores y misioneros profesionales, sino que cada nuevo creyente puede convertirse en un evangelizador. La Gran Comisión no se percibe como una responsabilidad exclusiva de la jerarquía de la iglesia, sino como un mandato que alcanza a todos los discípulos de Cristo. Así, el evangelio pasa de una persona a otra, de una familia a otra, de un barrio a otro, de una ciudad a otra, de un país a otro. Para esto no necesito un sistema de planificación central, solo miles de personas convencidas de que deben anunciar a Cristo hasta el final. Se puede incluso vincular el sacerdocio universal de todos los creyentes y la pneumatología pentecostal, que autorizan a cualquier converso a predicar, frente a una eclesiología sacramental que requiere un clero ordenado y escaso. En la línea de Chesnut (2003), esto explica por qué crecieron los pentecostales y no los protestantes históricos.

- La capacidad de adaptación histórica: la segunda mitad del siglo XX fue profundamente transformadora en América Latina. Urbanización exponencial, migraciones del campo a la ciudad y entre países, crecimiento de las periferias empobrecidas, liderazgos locales de las iglesias, congregaciones flexibles y nuevas formas de comunicación.

Ambas dimensiones son muy reales y se potencian mutuamente. El mensaje religioso puede adquirir especial fuerza cuando encuentra necesidades, lenguajes y circunstancias históricas que lo hacen significativo. Les pongo un ejemplo. La explosión pentecostal coincide con sociedades que se urbanizan aceleradamente, enormes migraciones internas, periferias urbanas nuevas, debilitamiento de las viejas estructuras comunitarias y una Iglesia católica cuya estructura territorial y escasez de sacerdotes hacían muy difícil acompañar semejante crecimiento. Ante este mundo, el pentecostalismo tenía características que se adaptaban muy bien a este mundo emergente latinoamericano: podía abrir una congregación prácticamente en cualquier barrio; formaba líderes locales con enorme rapidez; el pastor podía proceder de la misma clase social que sus miembros; convertía al creyente rápidamente en evangelizador; ofrecía pequeñas comunidades y redes personales; utilizaba lenguaje popular, música local y testimonio; ofrecía experiencia religiosa inmediata desde la conversión, oración, sanidad y Espíritu Santo; imponía disciplinas que podían transformar conductas destructivas; y no necesitaba esperar una gran infraestructura institucional. 

Sin embargo, estas ventajas organizativas no explican por sí solas el fenómeno. Una congregación flexible, un pastor cercano a sus fieles o una iglesia que puede establecerse en cualquier barrio son condiciones que favorecen el crecimiento, pero detrás de todo ello existen creyentes firmemente convencidos de que deben predicar el evangelio a toda persona. Desde mi perspectiva, ninguna de las dos fuerzas basta sin la otra. Sin fe no habría habido nada que adaptar. La urbanización, por sí sola, produjo en Europa secularización, no iglesias. Y sin la transformación de América Latina, esa misma fe, que los protestantes predicaban en la región desde el siglo XIX, no habría estallado como lo hizo en la segunda mitad del siglo XX. La fe fue la condición necesaria, el contexto puso el detonante. Por ello, no necesitamos imaginar una estructura centralizada que dirige el crecimiento cuando existen comunidades enteras cuyos miembros creen que evangelizar es una obligación espiritual. Como creyente, sé que detrás de todo esto está Dios obrando en la historia, pero como observador me basta con mostrar que sin fe no hay explicación posible.

A veces resulta difícil comprender, desde fuera de la experiencia religiosa, algo como lo siguiente: una persona puede dedicar años de su vida a predicar, viajar a lugares remotos, aprender idiomas con poquísimos hablantes, traducir la Biblia a esos idiomas, abandonar comodidades, sostener una congregación sin remuneración o afrontar persecuciones porque está convencida de que obedece a Cristo. La experiencia religiosa tiene un poder movilizador que una explicación exclusivamente económica o geopolítica difícilmente puede recoger en su totalidad.

Doy un paso más. El evangelicalismo latinoamericano tuvo la suficiente inteligencia histórica para responder a los cambios sociales. Bien lo describe Andrew Chesnut en Masci (2014), cuando dice que el pentecostalismo consiguió “latinoamericanizarse” ya que sus líderes se parecían cultural y socialmente a sus congregaciones, y su énfasis en sanidad, transformación personal y comunidad respondía a necesidades concretas. Y citando a Chesnut de nuevo: el fenómeno terminó independizándose de Estados Unidos. Por ejemplo, las Asambleas de Dios brasileñas llegaron a ser varias veces mayores que las estadounidenses y hoy mismo el flujo misionero incluso empezó a invertirse. Nosotros en Latinoamérica ya vemos a Estados Unidos como campo de misión. 


5. La fe, la política y la libertad del creyente

Volvamos a Flávio Bolsonaro, con todo lo anterior en mente. Las preferencias políticas pueden formarse dentro de comunidades religiosas evangélicas sin necesidad de instrucciones explícitas de voto. Al mismo tiempo, existe diversidad doctrinal, social, regional y política entre los evangélicos.

Dado esto, no podemos tapar el sol con un dedo. Por lo tanto, debemos reconocer las alianzas entre líderes religiosos y políticos, así como también debemos tener en cuenta los riesgos de instrumentalización de la fe. A su vez es necesario no reducir a los creyentes a una masa manipulada, cosa que siento hacen muchos analistas y también influencers de política. Por favor no olvidemos que la influencia de una cosmovisión religiosa no es idéntica a la manipulación de una autoridad religiosa.

Puede ser que un pastor no diga directamente “Vota a Bolsonaro”, pero los creyentes evangélicos tienen un pensamiento sobre la familia, el aborto, la sexualidad, la autoridad, la delincuencia, el mérito, la asistencia social, la libertad religiosa, el comunismo, Israel, Trump, la derecha norteamericana, y tantas cosas. Flávio Bolsonaro, por supuesto no crea esas preferencias, pero sí logra representar de alguna manera un universo moral que ya estaba presente. Este marco ético evangélico, centrado en la defensa de la familia tradicional, la ética del esfuerzo personal, el orden y una visión trascendente del bien y el mal, se ha intersectado orgánicamente con el conservadurismo político actual. Para muchos evangélicos, la derecha política ha sabido articular un discurso que empatiza con estas preocupaciones cotidianas, mientras que perciben en ciertos discursos progresistas o de izquierda una hostilidad directa hacia sus valores más sagrados. No es que el evangélico vote por la derecha porque el pastor se lo ordene, es que encuentra en ella un vehículo político que parece proteger su cosmovisión. ¿De dónde viene esa cosmovisión política? Volveré con esto al final.

Desde aquí debemos abordar ciertos datos. Por ejemplo, según Ferreira y Fuks (2021), ser evangélico sí aumentaba significativamente la probabilidad de votar por Jair Bolsonaro, y la frecuencia de asistencia a cultos explicaba aproximadamente 16% de ese efecto. Folha de S.Paulo (2026) cita un estudio de More in Common Brasil y el grupo Passagens (UFRJ), que analizó 7.456 cultos y misas celebrados antes de la primera vuelta. Es un estudio con limitantes: cultos transmitidos por YouTube, muestra de solo dos domingos (20 y 27 de septiembre 2026). Con una definición amplia (cualquier práctica que promoviera o atacara una candidatura, sea directa o indirectamente), encontró propaganda electoral en 0.7 % de las misas católicas, 1.4 % de los cultos bautistas y 8.3 % de los cultos de las Asambleas de Dios, un 3.2% del total. No incluyó a la Iglesia Universal ni a los neopentecostales. Nótese que las Asambleas lo hicieron doce veces más que los católicos. 

Esto no significa que la influencia política evangélica no exista, sino que ha mutado hacia canales más horizontales e informales. La verdadera politización hoy ocurre a través de grupos de WhatsApp de la congregación, redes sociales, memes, tik-toks y líderes mediáticos que no necesariamente son pastores locales. En estos espacios cotidianos es donde se filtra la información política, se construyen narrativas de resistencia frente a amenazas percibidas contra la fe, y se consolida la identidad política del creyente, todo ello al margen de la liturgia formal de los domingos. Por ello sería absurdo negar la existencia de la afinidad: Almeida (2019) dice que ya Datafolha en 2018 estimó que Jair Bolsonaro tuvo cerca de 69% del voto evangélico frente a 31% para Haddad. Una ventaja gigantesca.


6. Tomarse en serio la religión

Vuelvo a las dos tesis del inicio. La de la CIA confunde convergencia con causa porque aunque es verdad que sí, hubo dinero, misioneros anticomunistas e intereses de Washington, el pentecostalismo latinoamericano nació antes de la Guerra Fría y las iglesias que más crecieron fueron las autóctonas, no las que recibían financiamiento del norte. La tesis del púlpito confunde afinidad con obediencia. Los evangélicos brasileños se inclinan con claridad hacia la derecha, pero no necesariamente es porque su pastor se lo ordene desde el altar. En ambos casos se trata al creyente como objeto de fuerzas ajenas y no como sujeto que cree, interpreta y decide. No es necesario compartir una fe para reconocer su peso histórico, sino que basta con no negar de antemano el poder causal que tiene la fe.

Reconocer agencia no equivale a absolver. Que el creyente elija libremente no significa que su elección no haya sido formada por alguien. La conversión puede ser obra del Espíritu Santo y de una decisión personal, pero la opinión de un evangélico de São Paulo o de Lima sobre Trump, Israel o el comunismo, tiene una genealogía que sí pasa por Estados Unidos. Existen editoriales, predicadores mediáticos y redes. Por eso, en este artículo les pido a los analistas de este fenómeno que se tomen en serio la religión. A mis hermanos les recuerdo que tomarse en serio nuestra fe significa no permitir que nadie, de izquierda o de derecha, la convierta en instrumento de un proyecto político. La influencia de una cosmovisión no es manipulación, pero una cosmovisión que no examina de dónde vienen sus lealtades políticas sí puede llegar a serlo.

La Gran Comisión no es exclusivamente un mandato de convertir personas, sino en especial es un mandato para hacer discípulos, bautizándolos y enseñándoles a guardar lo que él había mandado, que se resume en la transmisión de una forma de vida. No solo se anuncia una creencia. Se invita a una comunidad, a unas prácticas, a una ética, a una manera de comprender el mundo. Y los conversos reproducen rápidamente esas mismas prácticas. De ahí que la expansión evangélica no sea simplemente el crecimiento numérico de las iglesias, los porcentajes del total de la población que ahora somos y que nos tiene atentos a los censos. En especial involucra la creación de comunidades y la transformación de relaciones personales, familiares y sociales.

Repito mi pregunta: ¿Por qué algunos analistas están dispuestos a reconocer que las ideas políticas transforman la historia, pero se resisten a reconocer esa misma capacidad en las ideas religiosas? Millones de latinoamericanos no se hicieron evangélicos porque alguien los fabricara, sino porque creyeron y, habiendo creído, no pudieron callar. Es algo extraordinario. Pablo lo dijo mejor que cualquier sociólogo o socióloga: 


“...me es impuesta necesidad; y ¡ay de mí si no anunciare el evangelio!” (1 Cor. 9:16)


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Notas sobre el proceso

Este artículo fue revisado con la ayuda de Claude (Anthropic) y ChatGPT (OpenAI), modelos de inteligencia artificial, que actuaron como lectores críticos a lo largo de varias versiones del presente documento. Señalaron debilidades lógicas, verificaron algunos datos y propusieron redacciones para ciertos pasajes. La tesis, la estructura general, la perspectiva teológica, las decisiones sobre qué aceptar y qué descartar, y las ediciones finales son responsabilidad mía.


Referencias

Almeida, R. de. (2019). Bolsonaro presidente: Conservadorismo, evangelismo e a crise brasileira. Novos Estudos CEBRAP, 38(1), 185–213. https://doi.org/10.25091/S01013300201900010010

Chesnut, R. A. (2003). Competitive spirits: Latin America's new religious economy. Oxford University Press. https://doi.org/10.1093/oso/9780195161847.001.0001

Ferreira, M. G. M., & Fuks, M. (2021). O hábito de frequentar cultos como mecanismo de mobilização eleitoral: O voto evangélico em Bolsonaro em 2018. Revista Brasileira de Ciência Política, (34), Artículo e238866. https://doi.org/10.1590/0103-3352.2021.34.238866

Frei Betto. (2025, 13 de abril). Documentos de Santa Fé e o perfil religioso da América Latina. https://www.freibetto.org/documentos-de-santa-fe-e-o-perfil-religioso-da-america-latina/

Juan Pablo II (1992, 12 de octubre). Discurso Inaugural de la IV Conferencia General del Episcopado Latinoamericano. https://www.vatican.va/content/john-paul-ii/es/speeches/1992/october/documents/hf_jp-ii_spe_19921012_iv-conferencia-latinoamerica.html

Kissinger, H. (1969, 22 de julio). Memorandum from the President's Assistant for National Security Affairs (Kissinger) to President Nixon [Memorándum]. En Foreign Relations of the United States, 1969–1976, Volume E–10, Documents on American Republics, 1969–1972 (Documento 8). Office of the Historian, U.S. Department of State. https://history.state.gov/historicaldocuments/frus1969-76ve10/d8

Lula tem 50% entre católicos, e Flávio 52% entre evangélicos, diz Datafolha. (2026, 2 de octubre). Correio Braziliense. https://www.correiobraziliense.com.br/politica/2026/10/7513140-lula-tem-50-entre-catolicos-e-flavio-52-entre-evangelicos-diz-datafolha.html

Masci, D. (2014, 14 de noviembre). Why has Pentecostalism grown so dramatically in Latin America? Pew Research Center. https://www.pewresearch.org/short-reads/2014/11/14/why-has-pentecostalism-grown-so-dramatically-in-latin-america/

Pesquisa refuta 'voto de cajado' nas igrejas: Propaganda eleitoral apareceu em 3%. (2026, 10 de octubre). Folha de S.Paulo. https://www1.folha.uol.com.br/poder/2026/10/pesquisa-refuta-voto-de-cajado-nas-igrejas-propaganda-eleitoral-apareceu-em-3.shtml

Pew Research Center. (2014, 13 de noviembre). Religion in Latin America: Widespread change in a historically Catholic region. https://www.pewresearch.org/religion/2014/11/13/religion-in-latin-america/

Rockefeller, N. A. (1969). Informe de Nelson Rockefeller sobre América Latina. Repositorio Digital de la Universidad Adolfo Ibáñez. https://repositorio.uai.cl/handle/20.500.12858/113

Stoll, D. (1993). ¿América Latina se vuelve protestante? Las políticas del crecimiento evangélico. Ediciones Abya-Yala. (Obra original publicada en inglés en 1990)


miércoles, 17 de junio de 2026

Confesión de una fe integral

1. Mi visión se basa en la Biblia, compuesta por 66 libros separados en dos testamentos: Antiguo y Nuevo, de origen divino, fuente fundamental de la revelación de Dios a los hombres y regla de fe y ética cristiana, veraz en todo lo que afirma para nuestra fe y nuestra salvación.

2. Dios, uno y trino, santo y fiel, justo y misericordioso, que camina con nosotros y no nos abandona, es el creador de todo lo existente, visible e invisible, que forjó al hombre y a la mujer a su imagen y semejanza con un propósito sistematizado en cuatro aspectos fundamentales: una relación con Dios, una relación consigo mismo, una relación con los otros, y una relación con el medio ambiente que lo rodea.

3. Desde una perspectiva teológica, la entrada del pecado en la creación material, debido a la desobediencia, daña todas estas relaciones del hombre y la mujer, distorsionándolas y dejando al ser humano incapaz de salvarse a sí mismo, originando el mundo tal como lo vemos hoy, trayendo además la muerte física y la muerte espiritual. El efecto es devastador y alcanza a toda la creación. Sin embargo, aun en medio de esta ruina, la gracia de Dios precede y hace posible la respuesta humana a Él.

4. Sin embargo, Dios, en sus propósitos, envió a su Hijo Unigénito Jesucristo, completamente Dios y completamente hombre, para Su obra sublime, que incluye la expiación, propiciación, sustitución, justificación por gracia mediante la fe, y redención. Este proceso ataca todos los efectos del pecado y podemos afirmar que la obra de Cristo es global, reparando las cuatro relaciones fundamentales: Dios, uno mismo, los otros, el medio ambiente que nos rodea. La resurrección corporal de Jesús al tercer día es la manifestación de su victoria absoluta y esperanza básica de que Dios es Señor de la vida y de lo que pasa en la vida, siendo capaz de revivirlo todo, si Él así lo quiere.

5. La llegada de Cristo a la tierra es el evento categórico por excelencia, e implicó que el reino de los cielos se acercó, condición que no ha variado hasta hoy, manifestada como una realidad presente en Su propia persona y acción (predicación, obras de justicia, misericordia), al mismo tiempo que como algo futuro, porque no se ha consumado; por eso se dice que existe una tensión de tipo escatológico: el "ya pero todavía no".

6. Una vez que Cristo deja la tierra, la continuación de los efectos del acercamiento del reino queda en manos del Espíritu Santo, tercera persona de la Trinidad, que da soporte a la iglesia en el trabajo que lleva esta tarea ya que enseña y guía tanto al creyente como a la comunidad. La iglesia debe manifestar el reino de Dios en la historia, haciéndolo realidad por los dones del Espíritu Santo.

7. Esta continuación de efectos implica que la iglesia debe involucrarse activamente en las cuatro reconciliaciones fundamentales: la relación con Dios, la relación consigo mismo, la relación con los otros, y la relación con el medio ambiente que lo rodea. Estas cuatro dimensiones son inseparables y mutualmente implicadas.

8. Dios llama a los creyentes a vivir su fe en comunidad, ya que la iglesia es una manifestación del reino de Dios, aunque imperfecta y todavía en camino. Porque nosotros, que somos la iglesia, no solo hemos sido hogar, sino que también hemos herido, hemos ejercido poder en lugar de servir, hemos excluido a quien Dios recibía, hemos lastimado en su nombre. Por eso vivimos la misma gracia que predicamos porque la necesitamos para nosotros antes que nadie. Y por esa gracia recibida, en el seno de la iglesia personas reconciliadas y redimidas, las cuales viven un proceso de transformación constante, comparten vida, servicio, oración, intercesión, mesa, consuelo, cobijo, alegría, lágrimas, descanso, alabanza y misión. Es en la comunidad donde se encarna la misión, donde encontraremos: gracia para el pecador que se arrepiente sin distinción alguna, gracia para el hijo de Dios que vuelve, consuelo para el quebrantado, misión para los discípulos, esperanza para los que esperan, espacio para que Dios transforme a las personas.

9. La comunidad tiene gestos físicos y visibles con los que celebra la gracia y hace memoria de la obra redentora de Cristo, y expresa su fe y compromiso: el bautismo y la cena del Señor. Ambos también son medios mediante los cuales Dios se acerca a nosotros.

10. La vida cristiana ocurre en medio de la fragilidad humana y la incertidumbre. Dios obra no solo a través de la fortaleza y el éxito de la iglesia, sino que se manifiesta con potencia a través de la vulnerabilidad, el arrepentimiento, el sufrimiento y la dependencia de su gracia inmerecida. El saber que vivimos en la incertidumbre nos llama a ser plenamente dependientes de Dios y su misericordia, sabiendo que él quiere lo mejor para nosotros y que confiemos en él con todo el corazón.

11. La gracia es el eje de la vida. Mediante la gracia Dios se acerca a nosotros, mediante la gracia nosotros servimos a pesar de no merecerlo, mediante la gracia podemos alabarlo, mediante la gracia amamos a nuestros semejantes, mediante la gracia Dios nos usa, a pesar de nosotros.

12. Por la gracia Dios nos ve y nos transforma, y nos da nuevas oportunidades. Inclusive si caemos y “volvemos en sí”, Dios nos recibe con los brazos abiertos y se alegra de tenernos en casa de nuevo. Incluso si pecamos y merecemos el apedreamiento, Dios nos dice que no nos juzga pero nos exhorta a no pecar más. Incluso si lo negamos tres veces, él después nos llama a apacentar a sus ovejas. La gracia maravillosa buscará restaurar y redimir, nos da otra oportunidad y nos redime del mal que está en nosotros mismos —pero solo si así lo queremos—. El joven rico, a fin de cuentas, se fue triste sin seguir a Jesús.

13. Lo perfecto será cuando Él venga, por segunda vez; por ahora, debemos mostrar cómo podría ser el mundo completamente reconciliado, tanto en nuestras comunidades de fe como en los ambientes en donde nos movamos. Esto es parte intrínseca de la misión. Mientras tanto, esperamos su venida, la resurrección de los muertos y la renovación de toda la creación. El anhelo es que esta renovación alcance a todos, pero la gracia que salva respeta nuestra libertad, y los hombres y mujeres son libres de aceptar o no la invitación de Dios. La manera y el alcance final de todo esto permanecen en misterio, y se lo confiamos completamente a Dios.


jueves, 7 de mayo de 2026

La fe en la vorágine

A veces no lo creo: este blog ya tiene más de veinte años, aunque en los últimos tiempos los espacios de escritura han sido en extremo distanciados. Mucha agua ha pasado bajo el puente, y una de las cosas que he aprendido -y que son evidentes en varios de los textos del blog- es que la teología no es una disciplina de respuestas estáticas, sino que más bien es algo que muta, evoluciona dinámicamente según el andar de nuestra vida y nuestro corazón. Las preguntas que aparecen van siendo distintas y a veces se van haciendo más difíciles, pero con suerte nuestra habilidad para contestarlas también va creciendo. O simplemente no queda más que resignarnos a no conocer la respuesta.

Algo que llama mi atención desde hace tiempo es sentir y pensar a nuestra vida desde la turbulencia. En mi día a día me muevo en el mundo de los riesgos financieros. Allí, las colas negativas de las distribuciones son casi obsesión, esto es, los momentos en los que hay colapso y las estructuras financieras y económicas se ponen a prueba. En la vida creo que pasa algo parecido: también hay colas negativas que traen vientos huracanados, y nuestras estructuras se ponen también a prueba, incluyendo nuestra visión de Dios y nuestra espiritualidad. ¿Cómo pensamos? ¿Cómo nuestra fe se tensa? ¿Cómo sentimos a Dios? ¿Cómo recibe nuestras lágrimas? ¿Sentimos que nos escucha? ¿Pensamos en que podemos perder la fe? ¿La perdemos? ¿La recuperamos?


La fe más allá del refugio

A menudo nuestras estructuras de fe son construidas para la “normalidad”, para cuando todo está bien o movimientos “esperados” o “usuales” (como suelen ser los modelos de riesgos): una fe para el templo, para la calma o la paz emocional. Una fe para el refugio, para el cobijo dentro de las murallas de la seguridad. Las religiones suelen ser así. Sin embargo, una fe diseñada para vivir en el refugio no nos sirve de mucho, es en realidad una fe frágil, de la que no quiero.


Yo creo que la espiritualidad de verdad se gestiona afuera, en la lluvia, en la intemperie, no dentro de las murallas. En lo común del día a día, en el cuidado del espacio en donde vivimos, donde gestionamos la convivencia con nuestros vecinos, en el manejo del auto, en la mirada frente a la computadora laboral, en el abrazo a los hijos, en la mirada de amor hacia la esposa. La fe no es un discurso, es más bien una especie de ética operativa, del día a día, un BAU (business as usual) que se debe cumplir escrupulosamente. Es lo cotidiano convirtiéndose en liturgia. La vivencia de lo divino se traduce aquí como integridad pero especialmente como servicio a los demás. Puedo pensar también en el papel de la fe en el pensamiento (aquí me sale mi función de profesor universitario), donde la fe debe ser creer sin renunciar a la razón, donde ésta se convierte en una especie de sistema de protección contra la mentira y el pensamiento simplista que tanto abunda hoy, una manera de discernir la verdad entre la marea del ruido. Una fe contra las fake news y la desinformación malintencionada.


Fe y vulnerabilidad

Pero estar afuera tiene sus riesgos también. Uno grande, creo yo, es el peligro a encerrarnos dentro de fundamentalismos y teorías de la sospecha (tan abundantes ahora en las redes), que nos ofrecen una seguridad falsa que roba el amor, y su humanidad. Es demasiado triste ver esto en el día a día.


Pero otro riesgo es la incertidumbre, donde cada vez tenemos menos seguridades y menos certezas, donde la verdad parece ser atacada por todos los frentes. Ante la incertidumbre, madre de los riesgos financieros y de todo tipo de riesgo, lo que debe hacer la fe es asumirla y aceptar nuestra propia vulnerabilidad ante lo que nos rodea. La fe no tiene que ser absolutista, y no debe tener miedo a ser retada y cuestionada, sino que tiene que entender que su valor real no está en cuanto sabe, sino en cuánto es capaz de estar a nuestro lado en los momentos de mayor turbulencia. Es aquí, en el centro de la vorágine, del caos y la nausea, cuando Dios aparece, nos acoge, y nos pide confiar de manera absoluta, dicíendonos que él resucitó a la hija de Jairo, a Lázaro, que caminó sobre el lago y abrió el mar, que creó el mundo, y que no dejará de estar a nuestro lado, aunque la incertidumbre nos ahogue y las circunstancias parezcan ir en nuestra contra.


miércoles, 15 de abril de 2026

La resurección que viene de lo alto

 

Jesús resucitó a Lázaro, resucitó al hijo de la viuda de Naín, resucitó a la hija de Jairo. Las tres resurrecciones son profundamente conmovedoras. El pasaje de Jairo rogando por la ayuda de Jesús ante la agonía de su hija me saca lágrimas, y es poderoso en mensaje: “No temas, cree solamente” ante los anuncios de que la niña ya había fallecido. ¿Se imaginan a Jairo? Una fe que va más allá del anuncio de la muerte, una confianza que rompe el sentido común. “No temas, cree solamente” se ha convertido en uno de mis ejes de vida y de fe. Cree, confía, Dios está en control de las cosas.


Y con la viuda de Naín, la señal y enseñanza poderosa de Jesùs es que Dios tiene compasión, que ve nuestro dolor, nuestras lágrimas, nuestros clamores al cielo, y que a pesar de lo aparentemente definitorio, a pesar de la muerte ya probada y visible, él puede resucitar, puede volver a construir un nuevo comienzo. La viuda no le pidió nada, él vio la necesidad, la carencia que venía, los sollozos que no pararían nunca en la viuda, hasta el fin de sus días. Que grande que es el poder de Jesús sobre la muerte, que grande que es la mirada de Jesús hacia los vulnerables.


Lázaro, que se levantó y andó luego de cuatro días de muerto. Todos pensaban que ya era tarde, que todo era irreversible, un milagro que ya era imposible. La hija de Jairo acababa de morir, pero Lázaro ya tenía tiempo fallecido. “Hiede ya” le decían a Jesús pero eso no importó, su poder sobre la muerte es absoluto y demostró que siempre es posible resucitar. Si lo hizo con unos huesos secos en Ezequiel, pues Dios lo puede todo.


Sí, podemos entender que hablamos de resurrección literal, de un muerto que pasa a vida. Es la esencia de nuestra fe. Pero voy más allá. No me quedo con el hecho de la resurrección como la vuelta de un cadáver a la vida, sino con el hecho que Jesús puede volver a la vida todo, tiene el poder de transformarlo todo, de incluso recuperar y hacer florecer lo que todos dicen que está muerto. “No temas, cree solamente” dijo él. Hay cosas muertas en nosotros, hay cosas muertas en nuestras relaciones, hay cosas muertas en el alma, pero Jesús tiene el poder de la resurrección, puede hacerlo, porque vino a sanar a los enfermos, porque se compadece de nosotros, porque somos sus amigos y nos llora. Pero esa resurrección no viene como un rayo del cielo, sino que nos pide tener la fe de Jairo, la que exige algo de nosotros: tomar la decisión de luchar por el otro o la otra, o nos susurra que acortemos distancias, o nos invita a abandonar la lejanía y elegir el servicio diario constante, o nos dice que abramos incondicionalmente el corazón ante la persona que amamos, o que poseamos la sensibilidad a la necesidad de los demás y la ternura como los canales por donde Dios vuelve a soplar vida. Creer en nuevos comienzos es un acto de fe monumental, y yo quiero creer.


La hija de Jairo es la muerte reciente. El hijo de la viuda es la muerte en tránsito, Lázaro es la muerte irreversible de varios días que ya es un hecho consumado. El mensaje es claro y lo recibo en el corazón: no importa en qué etapa de la "muerte" se encuentre nuestra situación de vida, el poder de Cristo es absoluto y puede resucitar lo que sea, ¡siempre!


Resucita, Jesús, las partes de mi alma que están muertas. Resucita, Jesús, lo que tengas que traer a la vida en mí. ¡Tú sabes lo que tienes que resucitar! Amén.


viernes, 14 de abril de 2017

Construyendo la fe mirando al exilio

Muchos creen, hoy en día, que el mensaje bíblico es uno solo, grabado en piedra, estable, plano, cuando en realidad es una construcción que demandó cientos de años. No solo me refiero al armatoste religioso, sino también a lo más sagrado: a Dios. El Dios de la Biblia, digámoslo así, fue evolucionando. Dios, para Abraham, era muy distinto a Dios para el apóstol Juan. Esta construcción fue un largo proceso en el que se recibieron muchos aportes de un lado y de otro, no exclusivamente de sitios santos sino también de rincones con influencias directas del paganismo o culturas totalmente distintas a la hebrea. Basta pensar en el cristianismo primitivo, Pablo y el profundo influjo heleno en nuestra fe. 

Pero de Pablo no quiero hablar esta vez, sino del exilio babilónico, un evento trascendente que, sin saberlo, tuvo y tiene poderosa influencia en nuestra manera de entender a Dios. ¿Por qué el exilio? ¿Para qué el Exilio? ¿Cómo se dio el Exilio? La reinterpretación de los profetas –que lo sentían íntimamente- dice que el exilio se dio porque el pueblo pecó, porque no cumplió con su parte de la alianza hecha con Dios. Este pecado recurrente (Deuteroisaías, Jeremías) fue el causante de que Dios decidiera castigarlos. Dentro de la lógica de los profetas tiene sentido porque Dios había sido bastante paciente con ellos (unos 400 años) y por supuesto la paciencia tiene un límite. Se había adelantado con Asiria en el reino del norte, pero se venció el plazo con Babilonia en el reino del sur, cuando Nabucodonosor sitia Jerusalén y se lleva a la clase dirigente, en varias oleadas de exilio. 

Esta invasión fue dramática. Pero no todo es malo: a veces, lo catastrófico es una oportunidad de reinterpretar a la divinidad y la forma de aproximarse a ella. El exilio, desde los profetas, sirvió para una nueva definición de Dios: nace allí un Dios universal, todopoderoso, único (aquí surge la idea del monoteísmo), que liberará a su pueblo y que reinará sobre todas las demás naciones de la tierra. Además, el exilio sirvió para crear una nueva identidad: antes del exilio, el culto estaba centrado en Jerusalén, en los sacerdotes, en los sacrificios, en la parafernalia que giraba en torno al templo salomónico del monte Moriah. Aquí estaba el eje de la identidad de los judíos. Sin embargo, al destruir Nabucodonosor el templo, hay una enorme crisis del culto. ¿Y ahora? ¿Qué se hace? Pues se definió una nueva identidad basada en la Ley, el sábado, el ritualismo y la circuncisión. Así, el pueblo pudo tener una identidad nueva, distinta a la anterior. El mensaje, por supuesto, cambia. Antes del exilio era duro, justiciero, casi una aplicación directa de la ley del talión; luego del exilio el mensaje se hace amoroso, consolador (esto se ve profundamente en Ezequiel, que tiene una división en su énfasis). Deuteroisaías escribe pocos años antes de Ciro, tras la segunda deportación en un escenario de crisis de fe y esperanza por la pregunta: ¿Quién trae a Ciro, Jahveh o Marduk? Su mensaje es de énfasis del poder de Dios, del Dios creador (sin ayuda) que es Señor de los ejércitos celestes y ante el cual ningún poder puede competir. Además, configura el monoteísmo y enfatiza que Dios es el Señor de la Historia, por lo cual se debe tener confianza en que el pueblo volverá a Israel. Ezequiel muestra que Dios está siempre al lado del pueblo (Ez. 3:15) en los tiempos de crisis (Ez. 33:10) y de fe bamboleante. ¡Nunca abandona al pueblo! Y promete la restauración, como ese relato poderoso del valle de los huesos secos (Ezequiel 37). 

Con el mensaje del Deuteroisaías en la mente, el pueblo vuelve a Israel. Pero hay problemas, porque los que vuelven son un poco babilónicos y los que se quedaron (que no fueron pocos) se hicieron un poco paganos. Sin embargo, el estado de carestía, pobreza, enemistad con los pueblos vecinos, y falta de liderazgo, hacen que el pueblo pierda rápidamente la fe. ¿Dónde está el Dios que es único y con el que tenemos una alianza? ¿Dónde está ese Dios creador de todo? ¿Por qué no hay templo? ¡La capital es paupérrima! Esta crisis traída por el exceso de expectativa traída por el Deuteroisaías hace que llegue el mensaje de ánimo de Zacarías y Hageo, junto con la obra de Nehemías y el trabajo del nuevo configurador de la fe: Esdras. Este último puso las bases del judaísmo que existe hasta hoy, muy distinto al que estuvo vigente antes de Nabucodonosor. 

El mensaje bíblico es, entonces, una construcción. El exilio es un ladrillo importante en nuestra casa llamada cristianismo. Y la construcción es, en esencia, acción. Dios es acción, y nosotros debemos serlo también. Los que salieron de Egipto “hicieron” la ley; los que salieron de Babilonia, reescribieron la fe, crearon una nueva identidad, distinta a la anterior. Jesucristo volvió a reescribir la fe. Por ello, los cristianos le predicamos al mundo del amor de Cristo, de su obra salvífica, de la buena noticia; nuestra esperanza escatológica en el reino de Dios hace que nuestra fe nueva nos impulse a hacer cosas concretas en este mundo, nunca aislarnos, llamándonos también a reescribir-construir nuestra fe como los que nos antecedieron, como los que, por ejemplo, volvieron del exilio.

sábado, 4 de septiembre de 2010

Continúa creando hoy

Stephen Hawking está de moda, tras esas entrevistas donde dice que Dios no tiene nada que ver en el proceso de formación del universo. Medio mundo ha reaccionado con su pensamiento, cosa que me sorprende mucho, porque ya se sabe lo que el físico piensa desde hace bastante tiempo. Otros científicos como Carl Sagan van en el mismo sentido. Eso no es un problema. Si ellos, por la razón que sea (investigaciones, análisis, prejuicios) piensan que Dios no existe, publicando sus disquisiciones, tienen todo el derecho de hacerlo. Total, nosotros podemos tomar sus ideas, podemos rechazarlas o podemos ignorarlas. Que bien que no estamos en tiempos totalitarios. Ellos exponen sus creencias y nosotros hacemos lo mismo con las propias.

Igual es todo un gigantesco escándalo. Hasta de Juan Pablo II se está hablando, lo que me señala que escondidas sensibilidades se han sentido tocadas. A pesar de eso, es necesario comprender que la física contemporánea se dedica a investigar los orígenes del universo, y no debe sorprendernos que en una o dos generaciones tenga respuestas mucho más certeras sobre todo el proceso de creación de todo lo que nos rodea. ¿No estamos en eso desde el renacimiento? Copérnico, Galileo, Newton, Darwin y Einstein están en la misma ruta de Hawking. ¿Hemos descreído con la teoría de la gravitación universal o con la relatividad restringida? Al contrario, nuestro entendimiento de la forma en que Dios ha actuado en el entorno natural se ha hecho menos esotérica y más diáfana. La ciencia trata de descifrar un lenguaje que también es Palabra de Dios: el funcionamiento del universo. Lo que encuentra es, en cierta forma, revelación.

Pero a veces se nos olvida eso. Pensamos en un Génesis repleto de literalidad, serio manual de ciencia exacta cuando no es así. En nuestra mente está la secuencia de siete días, llena de seres forjados ex-nihilo continuamente hasta llegar a la creación principal, el hombre, que acaba cayendo por una fruta, dañando todo el enorme universo. Eso suena bonito, simpático para los cuentos de mi pequeño hijo, pero se enmarca dentro de una concepción mitológica de la cosmología cristiana. Tristemente, es la que se transmite apologéticamente por todas partes y la que muchos científicos tienen en la cabeza al pensar en la palabra creacionismo. Así las cosas no funcionan, ni en la creación material ni en el accionar de Dios con nosotros.

Dios nos enseña que la ruta la sigue con nosotros, andando con extremada paciencia mientras a veces vencemos y las otras ocasiones somos derrotados vergonzosamente. Paso a paso sigue nuestro caminar, se alegra y llora con nosotros, por ahí nos ayuda de vez en cuando ―¿alguien dijo la palabra oración? ―, respetándonos completamente como seres independientes y libres. Nos apoya en el objetivo de ser mejores día a día, hasta el momento de dejar esta vida. De la misma manera, creó el universo siguiendo una secuencia de millones de años, andando con la creación en avance continuo. También forjó su Palabra revelada, la Biblia, en un lento proceso de idas y vueltas donde uno escribió, otro reescribió, otro a veces editó, un desconocido aumentó, otros preservaron, y otros autenticaron, mil años entre los primeros y los últimos. Su relación con su pueblo, desde el patriarca Abraham, sigue un comportamiento parecido. ¿No es este un patrón?

Lo es. Por ello es un total error de enfoque el decir que Dios no estuvo en el big bang, como si sólo hubiera estado allí. Dios, en realidad, ha estado en todo el proceso creativo, desde la creación del tiempo hasta ahora, mientras escribo estas líneas. Él no sólo jaló el gatillo, sino que anduvo revisando el proceso que, al menos en este planeta de este universo, nos ha traído a nosotros, los homo sapiens. Hablar de que sólo estuvo al comienzo es limitar su accionar, es debatir sobre algo incorrecto, es minimizar a la Divinidad.

domingo, 8 de agosto de 2010

Dejados atrás (30)

Los dos dólares

Hace unos meses, conversaba con Gema sobre la vez que les entregué los dos dólares a ella y a Gabriel. Ella recordaba claramente esa mañana de invierno en medio de Residencial Monterrico. Nos reímos bastante del hecho. A la luz de la distancia, por supuesto, es fácil divertirse, pero en su momento fue algo protocolar, casi solemne, como firmar una capitulación o intercambiar prisioneros de guerra. Especulamos qué pudo hacer Gabriel con su dólar.

―Seguramente se compró cohetecillos― dijo Gema.

Yo no creo porque era septiembre. En esas fechas encontrar pirotécnicos es muy difícil, a menos que te vayas a la Carretera Central, allá donde hacen los castillos para las fiestas patronales. Tal vez Gabriel utilizó su dólar para comprarse alguna porquería comestible muy barata de esas que vendían en el colegio. O se los gastó en un par de horas de internet o de Starcraft o Age of Empires.

Entregar los dólares a mis hermanos fue una marca que impuse, simbolizando un tiempo nuevo independiente de un amor que se había hecho tóxico. Este libro es una especie de nuevos dos dólares, que entrego representando la despedida de una etapa que por mucho tiempo fue maravillosa pero que, al final, se tornó tumultuosa, un dolor permanente. Este libro es una frontera con la que descarto una época feliz y triste al mismo tiempo, una señal que marca el comienzo de un tiempo más grande, diferente, con retos mayores. Lo anterior jamás quedará en el olvido, como si nunca hubiera existido: nunca borraré de mi cabeza estos diecisiete años. Han sido muy importantes en mi vida, pero es hora que queden en su lugar definitivo: mi pasado.

Este libro no se ha escrito para acusar a nadie. La experiencia me enseñó que yo mismo fui bastante dañino hacia otras personas de la iglesia. Con frecuencia actué mal, impulsado por sentimientos poco santos, emociones pasajeras e impulsos sin control. Otras personas, laicos y clérigos, también actuaron negativamente, generando un daño fácilmente evitable si hubiéramos escuchado las palabras del maestro cuando nos dijo que nos amemos los unos a los otros como él nos había amado. No nos amamos, sino que buscamos el daño del otro, el beneficio propio. Eso es triste. Este libro se escribe para documentar un proceso que, con algo de temor, veo que se repite por todas partes, arruinando el espíritu de muchos cristianos. Espero que mi restringida experiencia, transcrita aquí, le sirva a otras personas para reflexionar, orar, recapacitar, o simplemente, conocer que la pena puede hacerse permanente en las iglesias, sin que nos demos cuenta, sin que la queramos ver. El cristianismo debe ser fuente de libertad, pero a veces se vuelve amigo de la esclavitud. Hermanos, esto no debe ser así jamás. Cristo vino para que las cosas sean distintas. Murió para salvarnos de verdad.

Los años finales de mi andadura eclesial se concentraron en confrontarme con las autoridades clericales. Encontré un liderazgo que afianzó su verticalidad y me desconcertó con su peligrosa espiritualización. Jamás pensé encontrar comportamientos que detesté en la política universitaria pública dentro del gremio pastoral, como la defensa de intereses personales con uñas y dientes, o la captura de cargos y privilegios. Nunca pensé que la mordaza a la comunidad pudiera encontrarla en mi propia iglesia, sino que inocentemente creí que eso era exclusividad de iglesias de corte neopentecostal, donde la manipulación, mediante apóstoles y homiléticas dominantes, es descarada. Aprendí, con dolor, que cuando uno tiene miedo, las decisiones que toma no son adecuadas, y que el orgullo y el miedo son una de las peores combinaciones porque no se quiere admitir la desesperante necesidad de ayuda. Comprendí, con certeza y convicción, que el modelo de pastor antiguo solemne y “perfecto” está colapsando. Las nuevas generaciones no lo aceptarán. El tiempo es clave, pero la iglesia aún no se da cuenta. Piensa pelear el siglo XXI con herramientas del siglo XX. No entiende la época, no intenta comprenderla, sin querer está quedando desfasada.

Una generación de jóvenes líderes casi completa de la iglesia se puso en riesgo con todos los conflictos eclesiales que se iniciaron el 2004. Muchos de ellos se fueron o están al margen de todo, asistiendo los domingos o solo yendo a reuniones celulares para matar el tiempo. ¿Quién asume esa responsabilidad? ¿Quién responde por aquellos que hoy están decepcionados del trato brindado por los que estaban llamados a servirlos? Los pastores de la iglesia quizá ni sean conscientes de ello, pero deberían responder por la generación que hoy ya no está. Como los ven como mano de obra, en realidad no les interesa, y es seguro que ellos le echen la culpa de su marcha a los propios jóvenes que dejaron el liderazgo, eximiéndose de todo error. ¿Eso puede ser don pastoral? No, eso es ser clérigos profesionales, que actúan no como el pastor que busca a la oveja faltante sino como el lobo que busca la cena del día.

Pero eso no fue todo. También sucedieron cosas excelentes. Por años en la iglesia me embargó un sentimiento de hermandad y profunda amistad que me hizo considerarla mi casa, mi hogar, mi cobijo. Hasta el día de hoy tengo amistades incondicionales que nacieron en el seno de la iglesia, tras vigilias, retiros, clases y múltiples reuniones, que permanecen y que sé, se mantendrán con los años. Muy a pesar del clero, esas cosas siempre aparecen y florecen, como aquellas plantas que tercamente florecen en los lugares más inesperados. Más allá de las disfuncionalidades, en la iglesia hay muchos cristianos excelentes, que trascendiendo los problemas, simplemente quieren vivir de acuerdo a las enseñanzas de la Biblia, tratando de ser los mejores cristianos posibles, sin importarles solicitudes constantes de diezmo, encargados de ministerio tiránicos, o intentos de manipulación. Cristo es más importante que el clero para ellos. Eso no es tan fácil de aprender. A mí, lo confieso, me cuesta mucho.

Nunca debemos olvidar volver a los fundamentos. Cuando perdemos el amor, nuestras manos listas a la caricia se convierten en sierras eléctricas. En el amor está la clave de la convivencia, de la vida. Soy consciente, como lo dije líneas arriba, que olvidé el amor con demasiada frecuencia. Si está el amor, el perdón se adosa siempre al lado, asumiendo su función de puente reconciliatorio. Por eso, pido perdón a mucha gente a la que dañé con mis palabras y acciones. También, con sinceridad, perdono a otros por las cosas que sucedieron. Por ejemplo ―menciono un par de cosas puntuales, pero generalizo a lo demás― perdono al pastor titular por sus palabras hirientes y al pastor de jóvenes por romper mi mejor amistad. Pido su perdón por mis actitudes insanas no dignas de un seguidor de Cristo. En este espíritu, aprovecho para darles un pequeño consejo. Tengan cuidado, no son un oráculo, sean más conscientes de quién realmente les habla en sus momentos de intimidad. Se están equivocando aunque crean que todo es perfecto, pero aún hay tiempo de recapacitar antes de que se hundan definitivamente. Un consejo hasta de un conejo, dice el adagio popular. Yo estoy dejando atrás una era, pero eso no significa que desaparezca el amor por la iglesia a la que estoy dejando. Me turba su condición, me sobrecoge el papel de ustedes, pastores, en la crisis, pero me anima su capacidad de hacer un borrón y cuenta nueva.

Mientras escribía este libro, publicando los avances en mi blog, dos hermanos católicos me sugerían cambiarme de rama, acercándome a ellos mediante una conversión a su confesión. Sé que su intención era la mejor, porque ellos querían ayudarme presentándome lo que les es relevante para sus almas. Los dos, con sus ejemplos y palabras, me ayudaron a respetar al catolicismo, uno digitalmente, mediante nuestras conversaciones en Twitter, Facebook y nuestros blog; el otro a través de muchas charlas en la universidad y una amistad sólida. Sin embargo, debí siempre declinar a tan cordial invitación. Primero, porque a pesar de todos los conflictos me siento muy evangélico. Quiero ayudar a la iglesia en donde crecí y me hice quien soy. Sé que los conflictos son grandes, los abusos severos, pero también comprendo que Dios está allí, presente. Por lo tanto, quiero estar disponible para ayudar en la purificación de mi iglesia. Segundo, porque los conflictos se dan en todas partes, y estoy documentado respecto a situaciones que se dan en el catolicismo. He visto tantos conversos venidos de ese lado… Tercero, porque jamás sería católico. Mi abuelo legal ―no el biológico. Es una larga historia― fue sacerdote católico en Cajamarca. Este solo hecho me inhibirá por siempre de cualquier intención de acercamiento a la iglesia de Roma. Cuando leo los comentarios y la defensa de hermanos católicos del celibato en foros y artículos apologéticos pienso en mi propio caso. Como pueden imaginar, es un gran conflicto.

¿Qué haré ahora? Si me lo permiten, seguiré vinculado a la vida académica teológica, desde donde ―creo― puedo contribuir de la mejor manera en la missio dei. Dictaré cursos, seguiré con la revista digital que dirijo, con suerte escribiré más. Espero seguir con la creatividad suficiente como para mantener el blog por unos años más. En paralelo continuaré con mi trabajo seglar y persistiré con ese maravilloso reto que es criar un hijo. Espero que Dios continúe andando conmigo, como en las noches confusas de los noventas, como en los paseos sabatinos en Larcomar, como en los tensos días del hospital, como en mis noches de computadora escribiendo posts. Espero que Dios continúe andando conmigo a pesar de mí.

Dios,
Eterno,
¿Me permites
dormir
en tu regazo
como antes?

Con estas palabras, termino. Esta línea de la palma de mi mano en forma de iglesia se ha borrado.



FIN

Dejados atrás (29)

Tiempos de descuento

2008 y 2009 pasaron así, entre la observación, el análisis, la decepción contínua y el sentimiento inextinguble de percibirme un extranjero en la congregación. Mientras más conciente era de la realidad corrompida del clero, menos asistía los domingos: a inicios del 2008 acudía cada semana, luego cada quince días y después cada mes. Cuando percibía alguna cuestión adicional o me enteraba de alguna situación injusta (cosa frecuente, muy a mi pesar), se sumaban gotas en el vaso de la partida. Un día el vaso llegaría a su límite, y en ese momento seguramente partiría a una aparente ninguna parte. Me iría a asumir mi realidad de cristiano sin iglesia, que entiende la Biblia, la estudia, busca intimidad con Dios, pero al margen de las instituciones eclesiásticas que terminaron por desilusionarme. Iniciaría un peregrinar marginal, fuera de las luces, el ruido y los intereses que abundan en las iglesias cristianas. Iniciaría una vida en el desierto, evitando el Lugar Santísimo del templo o las sinagogas farisáicas.

Esos dos años fueron de aprendizaje definitivo. Una de las cosas más importantes que finalmente logré comprender fue el quitar de la iglesia la base de mis estructuras. Por fin advertí que no podía colocar todo en la iglesia, en su organización o su parafernalia cultual. Como cualquier construcción humana, la iglesia es frágil y endeble. Yo debía madurar, descartando los viejos sustentos que quizá hace años me sirvieron, pero que hoy no eran más que un estorbo. Pude ser libre de verdad, olvidándome de palabras manipuladoras o viejas carencias adolescentes que me ataban a un pasado que nunca más sería el mismo. Costó años, pero entendí que la relación con Dios es precisamente eso, relación, y ella no depende de la asistencia a una congregación, ni de cantar unas cancioncillas, escuchar una prédica, dar un dinero en una canasta o asistir a una clase semanal. Esos no son más que sucedáneos baratos. La relación con Dios se da en la interacción con Él mediante el contacto con Su palabra por un estudio serio y concienzudo, y se complementa con la vida en comunidad con otros hermanos en la fe que, como yo, están en permanente búsqueda. Ya tenía ambas cosas fuera del seno de la iglesia. Ergo, la iglesia no se me hacía necesaria. Otra cosa que logré afianzar es la manifestación de la fe en entornos inestables, esto es, una fe que se alimenta en la duda, en la carencia, en el contraste. Mi cristianismo se hizo inestable no porque divague como recién convertido, sino porque se sustentó en el caminar por la vida misma, que puede ser dolorosa e injusta, asfixiante y aplastante. La fe es certeza desde el punto de vista de la convicción del accionar de la divinidad, pero conversa con la duda natural que alimenta mi conciencia todos los días, hermanándose con el Cristo en Getsemaní, el Elías alimentado por el cuervo al lado del arroyuelo o el Juan el Bautista encarcelado, que no percibía lo valioso de su ministerio pasado, sino que lo angustiaba la inminencia de su muerte, viéndose forzado a preguntar: ¿Eres tú el Mesías o en verdad esperamos a otro? ¿Dime si hice todo esto por ti o en verdad el enviado es otro? ¿Mi vida tuvo sentido o es que lo que hice fue por nada? Aquí parte la fe, aquí la vida cristiana se alimenta, cobra vida, se hace fuerte.

Fue un tiempo de decepción. Mientras analizaba a la iglesia y me encontraba con la triste situación con cada vez mayor claridad, poco a poco me entristecí más. Desencantado del clero y de los propios cristianos, me volví muy pesimista, considerando dejar el cristianismo de manera definitiva. No podía más. Pero Dios es grande y sabe cuándo intervenir y cómo hacerlo. Aprovechando un viaje de trabajo a España, pude reunirme allá con dos amigos bloggers. El primero, en Madrid. Nos juntamos en un restaurant en Azca, y hablamos largamente. Con él, nuestra sincronía es profunda porque además de compartir la fe, nos unen pérdidas dolorosas, mucho peor la suya que la mía: mientras yo perdí a mi hermano, él perdió a su pequeño hijo. Encontrarme con él fue reconciliar a los cristianos en mi alma. Escuchándolo, lloraba por dentro y recordaba que lo que necesitamos es simplemente creer, confiar, amar, clamar, tratar de ser feliz, recibir el consuelo de Dios que siempre está allí. Fue emocionante encontrar a a alguien con fe sincera. Lo necesitaba. Me hizo ver que hay esperanza, que los Suyos allí están, que mi pequeño mundo no es todo el universo, que Dios está trabajando a pesar que no parece así en mi entorno, que debía confiar más en Dios. Salí transformado.

Así me fui a Barcelona. Un amigo pastor se portó conmigo con una amabilidad extrema y me mostró la ciudad pero hizo algo aún más grande: el domingo me invitó a su comunidad, permitiéndome predicar en ella. Fue divertido porque más que un sermón, fue una conversación con la iglesia. Y los españoles no son tan parcos como los peruanos. Todo lo contrario. Luego tuvimos un almuerzo. La iglesia allá es pequeña, muy cálida. Estando allí recuperé la esperanza y el valor de la comunidad. Vi con tanta claridad el amor entre la gente, ese que hacía tanto no veía. Era verdad, se ve en el mundo, ¡lo tenía al frente!. Conversando con las personas, muy cariñosas conmigo, recobré la ilusión. Viendo su alegría, su paz, su vida en común, comprendí que Dios no olvida a su gente, que Dios está con nosotros, que la iglesia no morirá mientras el corazón de la gente ame a Dios y lo busque sinceramente. Regresé feliz a Lima.

Había esperanza. Más aún cuando el 2009 tuve la oportunidad de enseñar mi primer curso en el centro en donde estudié misiología. Las puertas de la enseñanza, un mundo que me atrae profundamente, se me abrieron. Mejor aún si eran en el mundo teológico. Como antes, los nuevos espacios se presentan, permitiendo reemplazar los antiguos.

Sabía que mi tiempo se terminaba. No sé qué estaba esperando, si un milagro, si una expulsión violenta, o una señal del cielo. Mi asistencia a la iglesia era nominal. Si tras tres minutos percibía que la prédica era mala o insuficientemente preparada, salía del culto a conversar con alguien o me iba a comer un sandwich a uno de los pequeños restaurantes del área. A veces, me iba a la cuna, a quedarme con mi hijo. Si por ahí había algo interesante, me quedaba. Cada vez era peor, cada vez el interés se esfumaba más. A mis amigos cercanos los veía en otros ambientes: venían a mi casa, iba a sus hogares, nos tomábamos un café. Los tiempos de conversación post-culto no era necesarios para saber de ellos. Y a mi familia la veía en otros momentos. Esa no era la actitud. Me odiaba a mí mismo por eso. ¿Para qué el esfuerzo emocional de ir? Aún quedaban unas pocas cosas que me mantenían amarrado, pero eso dejó de ser así poco tiempo después.

A fines de 2009 el pastor asistente me contó, una noche que lo visité en su casa, que renunciará a la iglesia. Con él siempre mantuve buenas relaciones, y era uno de los pocos motivos por el cual podía asistir a la iglesia. Con su partida, realmente, se rompia la última atadura importante a la iglesia, así que su decisión de marcharse fue la gota que derramó el vaso. En diciembre fue la última vez que fui. Para ser sincero, no recuerdo ese último culto. ¿Estuve en la prédica? ¿Quizá en la cuna? ¿Acaso fui solo? ¿Anduve conversando con alguna persona? ¿Me la pasé leyendo en la sala de espera? Mi mente olvidó ese evento, como si fuera una cuestión de importancia menor. De esa manera, sin lagrimas, sin nostalgia, sin suspiros, sin tener el suceso en memoria, se acabaron definitivamente diecisiete años de vida junta a la iglesia. Si darme cuenta, un domingo le dije chau a la iglesia, para siempre.

domingo, 1 de agosto de 2010

Dejados atrás (28)

F) La sacralización (*)

Me gusta leer sobre la Segunda Guerra Mundial, aunque ya no lo hago tanto como en mi época escolar o universitaria. Es una afición que compartí con mi hermano Gabriel, no obstante él era mucho más experto en todo: aviones, tanques, campañas, bombardeos, capitulaciones, poortaviones, bombas atómicas y demás estaban en su mente muy vivas, como si de verdad hubiera estado allí, combatiendo en Guadalcanal, resistiendo en El Alamein, cercando Moscú o tomando Monte Cassino. Cuando recién entró al Hospital Rebagliati le compramos un libro bastante grueso de la Batalla de Stalingrado, el cual leyó en un día, ininterrumpidamente sin dormir. A ese extremo le apasionaba el tema.

También me interesaba todo eso, pero al mismo tiempo me entretenían cuestiones más ocultas, menos evidentes, como los ríos de pensamiento que subyacían la guerra. Me importaban los movimientos políticos, la ideología de Hítler y me sorprendía mucho la pasmosa inacción de los aliados ante la anexión pacífica del espacio vital alemán. Inutil Chamberlain. Eso hoy no se lo permitirían de ninguna manera al austriaco y su camarilla de gobernar Alemania. Pero lo que más me llamaba la atención era cómo el pueblo alemán, quizá el más culto del mundo, cuna de la reforma, el marxismo, de algunas revoluciones teológicas, de excelsos filósofos, de glorias de la música, pudiera estar embelezado por la pompa grandilocuente del nazismo. Grandes masas alemanas se hicieron nacionalsocialistas, dispuestas a todo por el mito del Tercer Reich. Un genio ese Joseph Goebbels. ¿Cómo se dio ese proceso? ¿Tan hercúleas pueden ser las técnicas de manipulación llevadas a la máxima potencia? Parece que así es. Este fenómeno, la verdad, me intriga.

Si el refinado pueblo alemán sucumbió a la ideología nazi, lo mismo ha sucedido con otras sociedades. El comunismo practica las mismas técnicas con el pueblo. Fue así en la Europa del Este, en la Unión Soviética, lo es en China. Quizá el ejemplo más triste de la actualidad es Corea del Norte, aislado, pobre, militarizado, donde no cabe el pensamiento diferente, pero lo que sí tiene es espectacularidad en sus manifestaciones públicas, como queriendo inyectar una grandeza que no existe. Los regímenes totalitarios han buscado controlar las mentes del pueblo, estandarizándolas rígidamente y no permitiendo otras ideas insurgentes. La mente debe cuidarse.

Aquí está la clave de todo. Debo ser enfático en decir que no es verdad que las iglesias evangélicas apoyan prácticas manipulatorias al estilo nazi o comunista, pero sí es cierto que existe una tendencia al pensamiento homogéneo que se impone en muchas iglesias. Con frecuencia no es posible disentir, no alentándose la confluencia de pareceres. Es sorprendente porque ello va en contra de la propia realidad del texto bíblico. Con mucha frecuencia me escriben correos electrónicos o me dejan mensajes en mi blog distintas personas que defienden la “verdad” bíblica, el cristianismo “centrado” en la Biblia, o se apoyan en afirmaciones muy ligeras que dicen algo así como que ellos son seguidores de Cristo y no seguidores de hombres, que seguirán las enseñanzas de Cristo en la Biblia, nada más. Todos han sido educados en las iglesias de manera rígida, excluyente, discriminadora. Ellos tienen la verdad y si tú tienes algo distinto por la razón que sea, significa que estás mal, en pecado, que ellos deben orar para que Dios te tenga misericordia. Como hijos de procesos educativos excluyentes, es natural que nunca hayan leído algo distinto a lo que su pobre teología les explica. Nunca se han planteado ciertas preguntas, y mucho menos saben de dónde surge el “cristianismo bíblico” que ellos defienden con uñas y dientes. No comprenden que su visión es una interpretación, como también existen tantas otras, que debe ser testeada para encontrar la relevancia de sus conclusiones. Su “cristianismo bíblico” es , probablemente, un cristianismo según Calvino, según Moody, según los fundamentalistas del sur de Estados Unidos, según Lutero, según Gustavo Gutierrez, según Darby. Ni cuenta se dan de eso. Si lo descubriesen, quizá realmente se habra una puerta a un dialogo vigente y pertinente con ellos.

Cuando los cristianos han querido establecerse y poner orden a su vida cristiana-eclesial, han desarrollado siempre diversos tipo de modelos. Quizá no somos concientes en absoluto, pero la forma en la que hacemos las cosas en la iglesia fue concebida en algún momento por alguien que las estableció, luego las objetivó, y finalmente las congregaciones o instituciones las sacralizaron. La ropa de los religiosos, la forma de la alabanza, la estructura del culto, la supeditación de un sermón a estrictas reglas homiléticas, la frecuencia y el modo de la Santa Cena, todo fue establecido en algún momento; pocas cosas en tiempos de la iglesia primitiva, mucho más en el transcurso de la historia. El desarrollo de modelos es algo absolutamente necesario, pero debemos siempre recordar que es precisamente eso, un modelo, que se hizo ayer y que mañana puede cambiar. ¿Te reúnes en células para afianzar la comunión? El modelo celular está bien documentado y tiene sus variantes. Desde la distribución por grupos de edad, de género o de estado civil, hasta los grupos de familias completas, como en Corea. Ambas han funcionado en sus ambientes muy bien. ¿Prefieres iglesias multitudinarias? Pues bien. ¿Quieres cantar dos horas repitiendo la misma canción? Es tu elección, tu modelo aplicado. ¿Prefieres estructuras episcopales? ¿O congregacionales?

El problema, lamentablemente, es la sacralización del modelo. Son nuestras cabezas limitadas, orgullosas y obcecadas las que han confundido la expresión pura y libre de la comunión entre cristianos con los modelos eclesiales, y eso es un gravísimo error que arrastramos como un pesado lastre. Por lo tanto, si no participas en la comunión mediante el modelo, estás fuera, te estás “enfriando”, tu vida espiritual es puesta en duda. Tomás de Torquemada revive y nos condena en el tribunal. Si osas ir en contra, como ya comenté, te espera la moledora de carne, que nos chancará sin piedad, expulsándolos en el vacío de la nada y la decepción. Una de las peores cosas es ir en contra de los dictámines del ungido, la cara visible del modelo.

La inquisición juzga a quien entiende la realidad de la iglesia de una forma distinta y trata de hacer las cosas de un modo diferente. Esta inquisición lo aparta y lo expulsa. No tolera el pensamiento diferente, lo aborrece, lo vomita. El que reflexiona, el que piensa un poco tomando una decisión respecto a su participación en la iglesia y no sigue a los demás como borregos es subversivo. Esta inquisición es tradicionalista, temerosa, letrista, limitada en pensamiento porque no tiene la capacidad de dar el paso hacia adelante, quedándose siempre estática en el mismo punto, sin moverse. Pronto se hará como la estatua de sal de la mujer de Lot. ¿Es esta inquisición reflejo del amor de Dios? No es reflejo de este amor, sí de la limitada humanidad que cree tener siempre la razón. Lamentablemente, el resultado de esto son congregaciones llenas de hermanos oompa-loompas: resignados, tímidos, sumisos, obedientes, sin opiniones personales distintas a las establecidas. Todos, según ellos, aspiran a tener el carácter de Cristo, pero yo en lo personal no encuentro la relación entre el carácter de un evangélico promedio y el Cristo de Lucas, por ejemplo. Por ningún sitio.

En mi iglesia local el modelo estaba totalmente sacralizado. El pastor titular era el monarca que decide sobre todos los asuntos, pero todos estaban de acuerdo con ello. El pastor titular tomó alguna mala decisión, pero nadie dirá algo porque Dios lo puso sobre nosotros. El pastor titular quiere un carro nuevo, y todos dirán que sí, espiritualizando las decisiones. Puede ser la organización profundamente informal y con altísimos riesgos, pero no interesa: es lo que Dios quiere para la iglesia local, y no podemos hacer nada para cambiarlo. Es la voluntad de Dios que las cosas sean como son. Los oompa-loompas dirán que sí a todo.

¿De verdad, es la voluntad de Dios?

Yo tengo profundas dudas.



(*) Dos párrafos de esta parte se extraen de Abel García García. “Los peligros de la iglesia de las mil caras”. Revista Integralidad, edición 4. Lima: CEMAA. http://www.cemaa.org/PDF/INTEGRALIDAD4.pdf (01/08/10)

miércoles, 28 de julio de 2010

Dejados atrás (27)

E) La informalidad

Al igual que tantas otras organizaciones en Latinoamérica, las iglesias son profundamente informales. Suelen funcionar a la volada, como sea, tratando de subsistir sin planificación ni visión de largo plazo. La mayoría de sus prácticas rozan lo irregular. Desde el lado económico, estilan no pagan beneficios sociales (como no los pagan las empresas informales), no provisionan para la jubilación (hermanos, Dios proveerá, y más si es para los llamados por Él), hay atrasos en los sueldos que, para peor, suelen estar por debajo del salario mínimo aunque a veces están en el otro extremo. No hablemos del pago de impuestos municipales o gubernamentales, o los simples pagos de los servicios básicos, para los cuales hacen milagros. Las finanzas son un caos total, pero se presupone siempre la confianza en Jehová Jireh que entregará todo lo necesario. En ocasiones se teologiza, hablando de la falta de fe o, tal vez, de la doctrina de la prosperidad que han manipulado profundamente a miles de congregaciones, instruyéndolas a que den mucho dinero para que los laicos puedan ser ricos. Hay cosas tan anormales como las que vive el personal adosado a una iglesia, como las secretarias, conserjes u otros. Los pastores, al menos, tienen una base escritural neotestamentaria cuando se dice que “digno es el obrero de su salario”, tal cual lo escribió el apóstol Pablo. Los demás, en cambio, no tienen nada que extraer de la Biblia de manera explícita y, además, algo adicional les juega en contra: la lógica del “servicio”. ¿A qué me refiero? Que su salario se recategoriza y pasa al rubro de “ofrenda”, por lo que ningún beneficio les corresponde. Así, también, se justifica el pagar sueldos menores al mínimo establecido por ley. Realmente lo que hacen –a los ojos de esas iglesias- no es un trabajo tal cual lo harían en una empresa cualquiera. Es un servicio para Dios que tiene lugar en la iglesia local. ¿Visión errónea? Evidentemente. Por supuesto, así no es en todas partes, pero la práctica campea sin control. Son los derivados de la informalidad.

La natural tendencia a la autocracia pastoral, el orgullo y el control que sofocan el ambiente desde Tijuana a Ushuaia, se aprovechan de esta característica tan particular de nuestras sociedades, generando estructuras inequitativas que les brindan grandes beneficios. Es como Alberto Fujimori en la década de los noventa. Aprovechando la coyuntura de lucha contra la subversión, la oposición congresal, el descontento popular y la debilidad de las instituciones peruanas ―una suerte de informalidad estatal y política―, cerró el Congreso en 1992 ―con un noventa por ciento de aprobación de la ciudadanía al comienzo, yo entre ellos―. Lentamente, comenzó un proceso de copamiento de las instituciones: el Congreso, el Poder Judicial, las Fuerzas Armadas, los medios de comunicación, los jurados electorales, todo apoyados por la corrupción más grande de nuestra historia: la fujimontesinista, que hoy quiere volver al poder bajo el amparo de la hija del líder, hoy condenado por delitos de lesa humanidad. Todo se hundió tras el fraude electoral del 2000 y la evidencia de la putrefacción política que todo el Perú vio en un video donde Vladimiro Montesinos compraba conciencias y votos a favor de Fujimori, obligando al dictador a renunciar vía fax desde su otra patria, Japón, donde llegó a postular al poder legislativo. En las iglesias es lo mismo. La fragilidad institucional permite a los autócratas, poco a poco, copar los espacios, arrebatar el control que los laicos podrían tener, para finalmente hacer sus propios feudos, amparados en una exégesis bíblica deficiente. Lo que agrava todo es la necesidad de las masas latinoamericanas por un liderazgo fuerte, aplastante, que nos marque el camino y nos diga qué hacer. Una simbiosis perfecta que en las iglesias junta a un roto con un descosido. Todos felices en la distorsión de la disfuncionalidad, jubilosos en el fango, en el hedor del chiquero.

El pastor titular pasó por un proceso similar. Casi sin que la gente se de cuenta, cambió la manera de administrar la iglesia, pulverizando el consistorio ―donde laicos comprometidos podían contrapesar su poder― para pasar a un esquema vertical de administración, donde él decidiría todo, determinando un cuerpo administrativo compuesto por laicos, pero que sólo tendrían capacidades operativas, no políticas. Es curiosa la manera de argumentación de los cambios. A los laicos de la iglesia nos decía que “la iglesia no es una democracia sino una teocracia”, argumento que nunca me dejó satisfecho aunque se enseñaba mayoritariamente en toda la denominación. Con frecuencia discutí sobre él con varias personas. Sin embargo, en otras esferas ―léase, entre el gremio pastoral o ante laicos maduros― el discurso era distinto. Se esgrimía que la democracia en la iglesia es algo que se debe enseñar, algo que se debe aplicar paso a paso. Por ello, las normas de la denominación sugieren un modelo de control completo de los pastores titulares que permita enseñar a los laicos cómo debe ser la democracia para instruirlos y, después, cambiar la forma de gobierno. O sea, se hablaba de una temporalidad del control absoluto. Pero ese argumento es ridículo si los pastores no están dispuestos a entregar el control cuando la iglesia esté “lista” para esquemas democráticos. Es como decir que te enseñarán democracia con dictadura. Esto podría funcionar en otras realidades, pero aquí, donde muchos líderes religiosos son adictos al poder y el control, es imposible. El esquema está destinado al fracaso.

El poder total agregado a la informalidad trae como resultado repúblicas bananeras, casi al estilo del Otoño del Patriarca de García Márquez. Puedo tomarme la libertad de hacer un símil eclesiológico y hablar de iglesias bananeras, donde se hace lo que al líder se le da la gana, por encima de todo, y donde las normas y leyes han sido dadas o interpretadas a la medida. Por ejemplo, es pasmosa la falta de transparencia en la iglesia. En las asambleas, las cifras se dan en números agregados, instruidos los expositores a no dar las cifras en detalle. Nunca entendí el por qué. Hay temas tabú de los que nadie habla o interroga. Por ejemplo, ¿cuánto gana el pastor titular? ¿Por qué los miembros de la iglesia, que aportan diezmos y permiten la subsistencia de la iglesia, no pueden saber eso? ¿Qué ingresos adicionales recibe el pastor titular en sus viajes como conferencista o como director de una organización paraeclesiástica? Me pueden decir que eso es irrelevante ya que esos ingresos son independientes a los que la iglesia le paga al pastor titular, pero si él trabaja a tiempo completo para la congregación, entonces está recibiendo un sobresueldo o, en otras palabras, se le está pagando por un servicio no brindado o entregando a alguna otra organización. Un sueldo por no trabajar, tal cual lo reciben malos funcionarios públicos que reciben dos o tres sueldos de tiempo completo. ¿Cuánto ganan los pastores asistentes? ¿Por qué la gran diferencia con el sueldo del pastor titular? ¿Cuánto se gasta por administración? Si yo pago, ¿Por qué no tengo capacidad de decisión? ¿Se les paga a los pastores-misioneros que colaboran con la iglesia? Si no es así y si la iglesia crece, ¿Por qué no traer más pastores, por qué una iglesia del mismo tamaño y más pobre tiene más pastores que la nuestra, en teoría más pudiente? ¿Quién decide el monto de los sueldos? ¿Por qué es el pastor titular? ¿No es un riesgo que tome decisiones monetarias? ¿Por qué se subsidia casa, auto y estudios para los hijos? ¿No es mejor que, como el resto de la gente, directamente sea el clero el que pague por sus gastos, sin ningún tipo de subsidios? ¿Por qué el pastor titular tiene que decidir por todo los ámbitos de la iglesia? ¿Quién controla las decisiones del pastor titular? ¿A quién acudimos si una de sus decisiones nos parece injusta, errada, condicionada? ¿Qué hacemos si no hay nadie a quién acudir? ¿Estamos perdidos? ¿Quién limita su espiritualización? ¿Quién evalúa sus enseñanzas teológicas? ¿Existen mecanismos mediante los cuales podemos prescindir, de ser necesario, de los servicios del pastor titular, el pastor asistente o el pastor de jóvenes? ¿Existen mecanismos por los cuales podamos cambiar las normas denominacionales? Existe una falta de transparencia tremenda, y esto es por lo endeble de las políticas, criterios y normas: es el pastor titular que lo decide todo. ¿Existe un estatuto de la iglesia local? ¿Está a disposición de los miembros? ¿Quién estableció el estatuto? ¿Estamos en la capacidad de cambiarlo? ¿Quién representa a los laicos en las asambleas denominacionales? ¿Nadie? ¿Por qué es así? Resumiendo todo, ¿Podemos hacer algo si un pastor se apodera de una iglesia local? ¿Podemos hacer algo si un grupo de pastores se apodera de una denominación? La respuesta siempre debe ser sí, aunque por ahora lamentablemente es no. Todo funciona informalmente, al margen de leyes o normas, sin control, a merced de la voluntad de un(os) iluminado(s). Y ya se sabe que si se tiene todo el poder… el riesgo de corrupción se incrementa. Cuestiones irregulares ya se han dado. ¿Se esperará a que las circunstancias empeoren? ¿Creen que el nombrar como vitalicio al pastor titular contribuirá a solucionar los impases? Nuevamente la respuesta es no. Los cambios profundos se hacen necesarios: la iglesia los merece. La missio dei los requiere. El futuro los demanda.