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sábado, 5 de enero de 2013

Integralidad N°12




Les presento la edición N° 12 de la revista digital Integralidad, que trabajamos desde el Centro Evangélico de Misiología Andino-Amazónica (CEMAA) en Lima (Perú). Sus comentarios serán bienvenidos. Para acceder a ella sólo tienen que hacerle click a la imagen de arriba.

lunes, 31 de marzo de 2008

Jesucristo de los desesperados

Una de las principales denominaciones que trabajan en el Perú ha realizado una gran conferencia denominada "Crece y multiplícate", animando a su liderazgo nacional a implicarse con la expansión numérica de la iglesia en los próximos años. Es su compromiso doble con dos grandes principios teológicos, uno a nivel misiológico (el cumplimiento de la Gran Comisión a toda costa) y el otro de tipo escatológico (la premisa pre-milenial y pre-tribulacionista que deriva en una visión fatalista y degenerativa del mundo), que le dan sentido a las motivaciones de la evangelización: hacerlo porque es un mandato ineludible del Señor Jesucristo y hacerlo porque el Apocalipsis está cerca, el mundo se destruye, se hunde y hay que rescatar a la mayoría de las personas de este gran naufragio, a lo Moody.
Este primer principio teológico basado en la Gran Comisión se concentra en la palabra "Id" (Mt. 28:19). Las iglesias suelen hacer el esfuerzo de ir al griego, de donde dice que el verbo se encuentra en forma de un participio pasivo deponente de aoristo, lo que significa que la traducción verdadera debe ser "yendo". Es decir, "cuando estén yendo, hagan discípulos", y se enfatiza fuertemente en ese proceso doble: yendo por nuestros caminos-haciendo discípulos en ese caminar (1).
Yo me quiero concentrar en un punto vinculado a la Gran Comisión. Sabemos que Cristo se la encarga a los apóstoles en un contexto en que los once habían pasado tres años con Él. Pueblo tras pueblo, con multitudes, a solas, por los desiertos, por el mar de Galilea, por el Jordán, en el Templo jerosolimitano, en sinagogas citadinas, en las norteñas tierras extranjeras, en cenas pudientes, en meriendas multitudinarias. Ellos se sabían discípulos del maestro, tanto que algunos lloraron amargamente su negación (Mt. 26:69-75; Mr. 14:66-72; Lc. 22:55-63; Jn. 18:15-18,25-27) o se colgaron de una cuerda por su traición (Mt. 27:3-10; cf. Hch. 1:16-20). Tres años, día tras día, aprendieron del verdadero Rabí, del mismo Dios hecho hombre, de sus enseñanzas, de sus milagros, de su compasión, de su rabia al ver profanado el templo sagrado. Su discipulado era complejo, completo e integral. Era paciente, esforzado, vivencial, nada haragán, de día a día. Si a ellos les decían la palabra "discípulo", todo lo anterior y mucho más venía de inmediato a sus cabezas.
Teniendo en cuenta esto pregunto: ¿Qué pensaban los originales receptores del mensaje (los apóstoles) al recibir el mensaje de "ir yendo haciendo discípulos", considerando el entrenamiento que habían recibido? Creo yo que reflexionaban en el ejemplo recibido de Jesús aplicado directamente a ellos mismos, que de ninguna manera tenía a la inmediatez como característica. Para ellos la labor de Jesús fue como una maratón, no una carrera de cien metros planos. Entendían que hacer discípulos es un trabajo largo, no una cosa de una campaña de una noche, una mano levantada, las palabras de un consejero, el llenado de una ficha o la invitación a una reunión. Lo comprendían por sus propias vidas transformadas.
Si el "hacer discípulos" era algo largo y trabajoso según la forma que Cristo estableció en su labor terrestre, para un claro entendimiento de la Gran Comisión se necesita encontrar el hilo conductor del andar del Jesús en misión. Yo pienso que es necesario comenzar por Lucas 4:16-30, una especie de génesis o bosquejo programático del ministerio del Señor. Sé que antes estuvo el bautismo, la tentación, la charla nocturna con Nicodemo, la primera limpieza del templo, las bodas de Caná, algunos milagros, pero ninguno de estos eventos son un compendio, una base inicial, un marco de referencia de todo Su ministerio. El discurso en Nazaret sí lo es.
Nazaret (2) es la ciudad "donde se había criado" (v. 16). Por lo tanto, Jesús es una figura familiar para su auditorio ya que es un miembro de la comunidad a la que frecuentado todos los sábados por muchos años. Con mucha probabilidad había hecho antes el mismo acto de leer y reflexionar que caracterizaba a la extensa liturgia compuesta de oraciones y lecturas (en ella se leían algunos pasajes de la Ley y de los profetas. Luego, alguien ofrecía un comentario a la asamblea. Jesús hace esto último según el texto lucano), y en esta ocasión Jesús cita a Tritoisaías, profeta enigmático que habla de temas diversos en sus diez capítulos aunque se puede centrar su enseñanza en dos ejes. El primero es la justicia (Is. 56:1), el segundo es precisamente el pasaje citado por Jesucristo (Is. 61:1-3). Ambos textos hablan de un consuelo por venir que traerá bendición y salvación de Dios a todo el pueblo, aunque condicionado a la práctica de la justicia. "Dios quiere escuchar a su pueblo, salvarlo de la situación en que se encuentra. Pero el hombre debe colaborar, cambiando de actitud y de conducta" (3). Con ese contexto en mente, el sexteto misiológico citado por Jesús cobra más relevancia:
- Dar buenas nuevas a los pobres/abatidos
- Sanar/vendar a los quebrantados de corazón
- Pregonar/publicar libertad a los cautivos
- Vista a los ciegos
- Poner en libertad a los oprimidos/presos
- Predicar el año agradable del Señor/año de gracia, día de venganza
El anuncio, la sanidad y la liberación son expresiones de la misión de Jesús dentro de un contexto temporal aplicado a un nuevo jubileo sin opresores-oprimidos-abatidos-invidentes-desesperados. Es una trama nueva donde se anuncia una esperanza que nos sugiere colaborar con esta acción de Dios manifiesta desde que "el reino de los cielos se ha(n) acercado" (Mt. 4:17). Lo fantástico es que "todo se había cumplido en ese momento" (Lc. 4:21), para sorpresa general de los nazarenos, que reaccionan de una manera ambigua, aunque finalmente pretenden despeñarlo porque Sus palabras no estuvieron de acuerdo con su particular esperanza.
El esqueleto de la secuencia global puede ser como sigue:

- Jesús define su misión (Lc. 4:16-30)
- Jesús aplica su misión (la gran mayoría de los evangelios)
- Jesús delega la misión (Mt. 28:19)

Marcando distancia con la muerte en la cruz, misión exclusiva del Señor por su condición única de redentor del mundo, creo que el pasaje lucano estaba marcado en la idea apostólica de "hacer discípulos", siendo imposible divorciar ambos eventos. Hacerlo de una manera distinta es un error que nos ha costado caro a través de la historia de la iglesia cristiana y más en los siglos recientes, donde hermenéuticas fundamentalistas olvidaron la profunda relación de ambos textos.
Si este es el marco de referencia de los apóstoles a la hora de hacer discípulos, es necesario analizar las aplicaciones prácticas en nuestra misiología. Sé que "hoy, aquí, en el Perú y en todo el mundo, el jubileo es una esperanza ya cumplida, pero, como el mismo reino de Dios, es una realidad que "ya pero todavía no", donde será más presente cuando los cristianos sean más concientes y sensibles de su papel en la misión de Dios y su proceso reconciliatorio. Por ello este mensaje de Jesús atento al pobre como opción preferente (pero no única), demanda de nosotros compasión, un compartir permanente, solidaridad, renuncia, sacrificio, lucha por la justicia en todas sus instancias pero, en especial, por la justicia económica" (4), entendiendo la especial prioridad en el texto hacia los desposeídos. Debo añadir, sin embargo, que no es lo único que se infiere del pasaje bíblico. ¿Por qué digo esto? Porque se nos habla de los quebrantados de corazón, de los de corazón roto y pulverizado. Un problema en la teología latinoamericana es que la opción por los pobres ha sido sacralizada casi a niveles absolutos (aclaro que creo en ella) cuando en realidad no es una opción exclusiva. Existe un nivel de la misión de Jesús dedicada de una forma práctica al trato de la desesperanza, de la angustia, del sufrimiento humano, de la crisis psicológica, de las lágrimas permanentes. Por su trato con el sufrimiento resucitó a dos personas, sanó multitudes, dejó que lavaran sus pies con un aceite caro. Es, como dice Gabriela Ibarra en su excelente blog: un Cristo que se compromete en acción por los desesperados sin importar si son ricos o pobres. Y este es un ejemplo patente, un gran compromiso y ejemplo del Señor para nosotros.
Dicen que este será el siglo de los psicólogos porque la violencia, el terrorismo, la solidaridad distorsionada, la migración, el feminismo, la postmodernidad, la "nueva" moral, el escenario internacional, y tantas otras cosas machacarán nuestras almas hasta el punto de hacerlas perder el sentido de la vida, andando errantes sin saber qué hacer en este mundo que ofrece tecnología pero quita espíritu, entrega riqueza pero también sinsentido. Esto ya sucede desde hace varias décadas pero nos dicen que se agravará. ¿No es una contradicción que las estrellas del cine y la música sean, al mismo tiempo, personas que lo tienen todo pero que a la vez buscan la autodestrucción en las drogas o en el comportamiento suicida?
Cristo también vino para ayudar a la psiquis del hombre postmoderno. Por supuesto, no de la manera que la iglesia ha estado haciéndolo hoy. Muchas comunidades aún creen que la psicología es del mundo, venida directamente de la naturaleza pecaminosa y del diablo. Para muchas una depresión se cura expulsando a los espíritus territoriales o denunciando a las canciones demoníacas que escuchamos en la radio. Para otros una esquizofrenia no es más que un demonio en posesión de una persona (y no digo que no sea así, pero ¿siempre?) al cual hay que expulsar sin conmiseración. Eso no nos sirve para nada. La abyecta desesperanza tiene raíces más profundas, no es tan fácil como un demonio dentro de alguien. Por ello debemos cambiar, siendo apoyo real a la humanidad abatida, preparados para socorrer y rescatar de las fauces de la nausea inmisericorde, entendiendo el dolor del otro, comprendiendo que también los cristianos pueden tener vacíos existenciales, asumiendo los pasivos de la presión mediática, siendo realmente servidores y no jueces de pena capital. Leyendo a Lucas entendemos, con claridad, que verdaderamente nuestro maestro era el Jesucristo de los pobres, pero también el de los desesperados.

Referencias
(1) Un brevísimo pero adecuado resumen está en http://anyulled.blogspot.com/2007/02/la-gran-comisin.html
(3) Sicre, José Luis. Profetismo en Israel. Estella: Editorial Verbo Divino, 2005. Pag. 248.

martes, 17 de abril de 2007

Una praxis constante: Jesús y los marginales a través de Lucas

Hasta este punto, he considerado tres elementos, esenciales a mí entender, dentro del panorama económico lucano: María y su Magnificat, Juan el Bautista y el fruto del arrepentimiento, y Jesús presentando su ministerio en la sinagoga de Nazaret. Los tres forman una especie de “marco teórico” introductorio al que debemos tratar de encontrar una aplicación práctica que nos ilustre sobre su factibilidad. ¿Existe? Tenemos, entonces que observar a Cristo directamente en el campo, viviendo su propio pensamiento. Bien dice Juan Stam que “la consigna para ser un buen teólogo nos la da Marx en su undécima tesis sobre Feuerbach, que podemos parafrasear con “hasta ahora los teólogos han contemplado el evangelio sólo para explicarlo y formar un sistema; de lo que se trata es de llevar las buenas nuevas a todas las personas, a las naciones y a la historia, en servicio del reino de Dios. La teología que no es praxeológica tampoco puede ser bíblica; nace con un virus desde sus mismos inicios[i] y nuestro Señor, además de su enseñanza de salvación, de buenas obras y de esperanza, vivió una vida de sincronía perfecta entre lo que decía y lo que hacía, con un mensaje no exclusivamente espiritualista; como decíamos antes, con los pies bien puestos sobre la tierra. Jesús convertía en hechos toda y cada una de sus prédicas, no se conformaba sólo con el hablar, con la retórica fina, sutil, elegante, o confrontadora. No era sólo teoría teológica o ética: su praxis es categórica, determinante, capital.

Por ello, para muchos Lucas es el evangelista que más presenta a Jesús en contacto con los sectores sociales desprotegidos y menospreciados, muy interesado en la gente menos privilegiada: los pobres, las mujeres, los niños, los enfermos –y más, los que quedaban en condición permanente de impureza ceremonial, como la mujer del flujo de sangre o los leprosos- y los pecadores declarados. Su ministerio es presentado desde el principio como el anuncio de buenas nuevas a los pobres y marginados (Lc. 4:18-19), pero cabe una pregunta inmediata: ¿Quiénes son esos marginados? En una sociedad marcada por los valores religiosos de un fariseísmo insensible e intereses políticos de los escribas y saduceos, junto con la explotación del dominio extranjero y el sentimiento permanente de revolución y necesidad material, la marginación alcanzó niveles económicos (los pobres), sociales (niños y enfermos), culturales (samaritanos y mujeres) y políticos (publicanos), los mismos que mencioné líneas arriba. Nuevamente vale la pena aclarar que no todos los marginados con los que Jesús se relacionó eran materialmente pobres[ii].

Para efectos del trabajo, me concentraré en los pobres materiales. Según Gustavo Gutierrez, la palabra griega ptojos (pobre), que aparece 34 veces en todo el Nuevo Testamento, mayormente hace referencia al indigente, carente de lo necesario para vivir[iii]. Lo corrobora Bosch cuando nos recuerda en Lucas la palabra aparece 10 veces, en comparación de las 5 veces de Mateo y Marcos, y lo mismo ocurre con otros términos referidos a la riqueza, como plousios (rico) y hyparjonta (posesiones)[iv]. Es, pues, un tema importante.

Para muchos la pobreza es sinónimo de mugre; de una casa de cartón o esteras en un cerro de alguno de los conos de Lima que, por no tener energía eléctrica, se iluminan con velas que suelen caerse y quemar toda la vivienda, frecuentemente con niños adentro, encerrados para su protección por tener recursos para una niñera; de un colegio nacional de carpetas vetustas y profesores sindicalizados ignorantes; de pandilleros; de la empleada doméstica a la que no se le pagan los beneficios sociales, trabaja 14 horas al día y que gana menos del sueldo mínimo porque la-labor-incluye-casa-y-comida; del niño que hace piruetas en alguna esquina hasta las once de la noche; de rostros cobrizos y andinos; de ropa parchada. Pero la pobreza es más que eso, más que la imagen que no nos gusta ver, es un fenómeno complejo de tal magnitud que hoy, a pesar de todos los avances en la ciencia en general, no hemos logrado solucionar (vergüenza máxima de nosotros los economistas). Es más, parece que sigue aumentando, y la brecha entre pobres y ricos se incrementa permanentemente junto con la concentración de la riqueza.

La pobreza afecta la vida entera: las condiciones de salud, la nutrición, la educación, la seguridad con la violencia como contraparte, los servicios básicos, el estilo de comunicación, el sistema de valores, las relaciones entre los géneros, la familia como estructura, las lógicas económicas, la relación con el medio ambiente, la visión de los derechos humanos y la institucionalidad, la mirada de uno mismo como persona individual e integrante de una sociedad llena de discriminación y racismo[v]. Es un enemigo que ataca por todas las partes imaginables. Por ello, cabe perfectamente el término moderno de “grupos vulnerables”. Con esto en cuenta, se entiende más el amor especial de Jesús hacia ellos porque los conocía bien, sintiendo y viviendo su condición ontológica durante su vida. Con él no valían los discursos: se encarnó en la tierra en una situación de pobreza. No le bastó ser Dios omnisciente-que-todo-lo-sabe, se metió en el mundo de la mayoría, respiró el polvo, vio todo por dentro. No fue un analista social acomodado debatiendo sobre la carestía. Es esta una de sus prédicas actuadas.

No sorprende, por lo tanto, la reivindicación permanente del pobre que hace Jesús. Sabe de su condición de desventaja en esta tierra desigual, sabe de su permanente desvalorización –muchas veces hecha por ellos mismos- al ver la riqueza de otros. Por ejemplo, en los ayes lucanos (6:20-21a, 24-25a) el Maestro dice:

Y alzando los ojos hacia sus discípulos, decía: Bienaventurados vosotros los pobres, porque vuestro es el reino de Dios. Bienaventurados los que ahora tenéis hambre, porque seréis saciados… Mas ¡ay de vosotros, ricos! porque ya tenéis vuestro consuelo. ¡Ay de vosotros, los que ahora estáis saciados! porque tendréis hambre

Habla de un estado de justicia futura pero real. Les dice “felices” porque ese reino, que ya se ha acercado, ¡era de ellos! Les promete la satisfacción completa de su necesidad y le da un mensaje al que tiene mucho, no porque posea sino por su actitud hedonista que vive satisfecha de su estilo de vida. Y lo mismo sucede en la parábola del rico insensato (Lc. 12:16-21). El pobre vive el día a día, muchas veces sin un trabajo estable y se encuentra en un estado de dependencia de Dios constante. El rico suele pensar que tiene todo en su mano, que controla su vida, que de él depende todo, que todo será como hoy, cuando no es así. Lucas se mofa de ese pensamiento, y coloca en una real dimensión. Más aún: ¡Les dice que para Dios ellos no tienen nada!:

También les refirió una parábola, diciendo: La heredad de un hombre rico había producido mucho. Y él pensaba dentro de sí, diciendo: ¿Qué haré, porque no tengo dónde guardar mis frutos? Y dijo: Esto haré: derribaré mis graneros, y los edificaré mayores, y allí guardaré todos mis frutos y mis bienes; y diré a mi alma: Alma, muchos bienes tienes guardados para muchos años; repósate, come, bebe, regocíjate. Pero Dios le dijo: Necio, esta noche vienen a pedirte tu alma; y lo que has provisto, ¿de quién será? Así es el que hace para sí tesoro, y no es rico para con Dios

Pasa lo mismo en el relato del rico y Lázaro (Lc. 16:19-30), que conforta al sufriente en esta tierra y coloca al rico en situación de tormento. Incluso cree que todavía tiene cierto poder al decir “Padre Abraham, ten misericordia de mí, y envía a Lázaro para que moje la punta de su dedo en agua, y refresque mi lengua; porque estoy atormentado en esta llama”. Recibe la respuesta correcta de Abraham: “Hijo, acuérdate que recibiste tus bienes en tu vida, y Lázaro también males; pero ahora éste es consolado aquí, y tú atormentado”. Lázaro, que representa a todos los mendigos, tiene paz. Por supuesto, no podemos inventar una teología económica-soteriológica desde estos versículos.

Pero, no sólo existe una comisión hacia los pobres, sino que hay una palabra clara dirigida a los ricos. Jesús nunca fue exclusivo de una clase social, se relacionó con toda clase de gente. En Lucas hay muchos encuentros de Jesús con personas pudientes. ¿Qué es lo que les quiso decir a los ricos? Su mensaje lo realiza a través de sus parábolas e historias: quiere que el rico se convierta de forma coherente al lenguaje social de Jesús. Dos ejemplos son los contrapuestos: Zaqueo (Lc. 19:1-10), jefe de los publicanos de Jericó, que opta por entregar la mitad de sus bienes a los pobres y cuadruplicar el posible fraude cometido por él a favor del transgredido, y el Joven Rico (Lc. 18:18-30), quien vive una vida ejemplar, celosa de la Ley, pero que no puede aceptar el reto de Jesús por su exceso de riqueza. Siempre vale la pena mencionar que Zaqueo no entregó el total de sus bienes, sólo la mitad, y con eso “la salvación llegó a su casa”, aunque al joven rico le pidió dar todo.

Derivada está la idea de la limosna, mencionada siempre -salvo una excepción- por Lucas en el Nuevo Testamento. Dar la limosna es, bajo el pensamiento judío que viene desde Moisés, una actuación a favor de la justicia y la misericordia, y se nos invita a darla de forma generosa. Y, per se, es una forma de alivio de la pobreza de la comunidad. En la práctica actual hay aristas espinosas y para muestra basta un botón: los niños que piden dinero en las calles que son casi siempre “monitoreados” por un adulto que los usa para su beneficio. ¿Dar, para que esta adulto se aproveche, o no dar, para evitar la explotación infantil? O, de manera distinta, ¿Dar, para acostumbrar a esos niños a que no es necesario trabajar para conseguir lo necesario para vivir, o no dar, para que los infantes se den cuenta que no es posible conseguir dinero en las calles? ¿Qué nos queda, dar en forma no-monetaria? Interrogantes complicadas. La idea está presente: dar para la necesidad del que no tiene. El proceso hermenéutico debe realizarse para encontrar nuestra mejor respuesta a este llamado.

Hay un mensaje adicional a los ricos. El pasaje del amor hacia los enemigos y la regla del oro (Lc. 6:27-36) nos da la pauta. Mateo lo relata (5:38-48; 7:12), pero Lucas hace el siguiente añadido:

“Y si prestáis a aquellos de quienes esperáis recibir, ¿qué mérito tenéis? Porque también los pecadores prestan a los pecadores, para recibir otro tanto. Amad, pues, a vuestros enemigos, y haced bien, y prestad, no esperando de ello nada; y será vuestro galardón grande, y seréis hijos del Altísimo; porque él es benigno para con los ingratos y malos. Sed, pues, misericordiosos, como también vuestro Padre es misericordioso” (v. 34-36).

El amor en términos del préstamo, un flechazo directo y certero a Mammón (Mt. 6:24). Más aún, Lucas expresa el amor hacia los enemigos en términos de amor hacia los morosos. ¿Cómo, entonces, entender esto? “Lucas entiende esta exhortación a los cristianos ricos. Bajo la ética social de su tiempo, los ricos invitaban solamente a los ricos para poder recibir a su vez la invitación de los mismos (Lc. 14:12). El Jesús interpretado por Lucas rechaza precisamente tal proceder. Este tipo de conducta se espera más bien de los pecadores que se limitan a hacer el bien a los que tratan bien y únicamente prestan dinero bajo garantía de devolución (Lc. 6:32-34). Los discípulos de Jesús, sin embargo, deben prestar sin esperar cosa alguna (6:35a). Son desafiados a ser misericordiosos como lo es su Padre Celestial (6:36). Por ello recibirán recompensa (6:35b): si absuelven (apolyo) a sus deudores, ellos mismos serán absueltos, es decir, se les perdonará… En términos económicos, Lucas desafía a los miembros ricos de su comunidad a abandonar una porción significativa de su riqueza y a emprender además algunas actividades desagradables, como la de otorgar préstamos riesgosos y perdonar deudas contraídas. Por supuesto, el lenguaje que expresa esa dimensión del discipulado es el lenguaje del año de jubileo: la idea del jubileo, de hecho, permea el Evangelio de Lucas[vi]

El Jubileo está vigente hoy en día. Con esa idea, comprendemos la situación vulnerable del pobre, la realzamos y asumimos, afirmando su estado de desventaja. Dios conoce la pobreza y ante ella nos consuela y anima, sabiendo que sus ojos están allí, vigilantes. No ignora la situación, no le da la espalda, no la olvida, no se hace el loco. Más bien, se encarna en ella, la vive y la explora. Pero, al mismo tiempo, se acerca al rico, le ofrece a salvación y le alienta a ejercitar el amor con una muestra práctica del compartir las riquezas con los que menos tienen. No le dice necesariamente que dejen sus funciones aparentemente ingratas (como a Zaqueo y su puesto de jefe de publicanos) ni que dejen de ser pudientes. Decir esto es ir en contra del espíritu del Evangelio. Sí lo invita a la justicia y a resarcir la falta. Al rico lo invita a ser generoso dando al que no tiene nada (mediante las limosnas). Es parte del testimonio misionero que se nos induce. Una misión que predica la salvación, la reconciliación y el perdón a todos los pecadores, pero al mismo tiempo desprendida, atenta con la necesidad del otro, lista a amar, no inclinada al dinero. ¿Cómo predicar las Buenas Nuevas si no somos sensibles a la problemática de nuestro auditorio?

No se puede predicar de ese modo, pero se ha hecho por mucho, mucho tiempo.


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[i] Stam, Juan: “Haciendo teología en América Latina. Juan Stam, un teólogo del camino”. Arturo Piedra-Editor. San José de Costa Rica, Litografía Ipeca. 2005. Pág. 23.
[ii] Lopez, Darío: “La misión liberadora de Jesús según Lucas”. En Bases de la misión: Perspectivas latinoamericanas. Redé Padilla-Editor. Buenos Aires, Nueva Creación. 1998. Pág. 237-239.
[iii] Citado por Lopez, Darío. Op. Cit. Pág. 240.
[iv] Bosch, David: Misión en Transformación. Grands Rapids: Libros Desafío. 2000. Pag. 130.
[v] Parte de la secuencia se extrae de Agencia Suiza para el desarrollo y la cooperación: “Pobreza-Bienestar un instrumento de orientación, de aprendizaje y de trabajo para la lucha contra la pobreza”. COSUDE, 2000.
[vi] Bosch, David: Misión en Transformación. Grands Rapids: Libros Desafío. 2000. Pag. 135.

martes, 27 de marzo de 2007

Reinvindicando a María: su Magnificat y el mensaje hacia los pobres

He tratado de hacer memoria del número de veces que en mi antigua iglesia se predicó específicamente sobre María. Han sido diversas las que se habló sobre Pedro, otras tantas, sobre Pablo, así como sobre Juan el Bautista, o David. A veces, sobre Jonás o Abraham, el padre de la fe. También se han utilizado a antifiguras como Judas Iscariote, Acán o Esaú. Pero, si mi memoria no me falla, en los quince años en los que permanecí en la iglesia, nunca se predicó sobre María. 180 sermones, sin contar las clases de la Academia Bíblica, los martes por la noche.

Por lo general, no se predica sobre ella en los templos protestantes, ni evangélicos, ni pentecostales, ni neo-pentecostales.

No es algo que llame la atención. La América Latina Católica es un pueblo de una fuerte devoción mariana. Además, aunque no sea algo explícito, “la devoción mariana en todo el período postridentino ha tenido una fuerte impronta antiprotestante. La definición dogmática de la Inmaculada por Pío IX en 1854 formaba parte de un plan conjunto de defensa de la tradición y de lucha contra los errores modernos, cuyos siguientes eslabones fueron el Syllabus (1864) y el Vaticano I (1870)”[i]. Por ello, la reacción natural de oposición y perfil bajo de María en las enseñanzas evangélicas. Esto, a pesar de lo dicho por Juan Pablo II, cuando nos recuerda que “Martín Lutero, en 1521, dedicó a este "santo cántico de la bienaventurada Madre de Dios" -como él decía- un célebre comentario. En él afirma que el himno "debería ser aprendido y guardado en la memoria por todos" puesto que "en el Magnificat María nos enseña cómo debemos amar y alabar a Dios... Ella quiere ser el ejemplo más grande de la gracia de Dios para impulsar a todos a la confianza y a la alabanza de la gracia divina"”[ii].

A pesar de lo que en la práctica evangélica hemos hecho, María no fue muda. Dijo cosas –su sí a la obra que Dios iba a realizar a través de ella-, tomó actitudes –su silencio y meditación hacia las cosas que hacía Jesús-, y tiene por supuesto algo que enseñarnos. Moltmann observó que, en la Biblia, algunos de los himnos más vigorosos han sido cantados por mujeres: María (Éx. 15: 21), Débora (Jue. 5), Ana (1 Sam. 2)[iii]; y más aún, el Magnificat de María está circunscrito fuertemente en la historia de salvación: Abraham, hijo de idólatras (Jos. 24:2) es escogido para ser padre de un gran pueblo de creyentes (Gén. 12:1-3); Dios escucha el clamor del pueblo oprimido en Egipto y lo libera (Ex. 3:7-9), mediante Moisés, un exiliado y forastero en tierra extraña (Ex. 2:22; 3:11); elige al insignificante David (1 Sam. 16:4-11) y rechaza a Saúl (1 Sam. 15:10 ss.); personajes débiles y desconocidos como Gedeón (Jue. 6-8) o Débora (Jue. 4-5), salvan al pueblo de la opresión[iv]. Esta secuencia de individuos marginales que usa Dios para fines salvíficos (no necesariamente en el sentido espiritual) es la que persiste hasta María.

Es el Magnificat una expresión sentimental, inspirada y poética de un acontecimiento personal (“Mi alma... Mi espíritu... Mi Salvador... Me felicitarán... Ha hecho obras grandes por mí...”), el más grande y deseado por las mujeres judías, que es al mismo tiempo global. La madre de Jesús habla en primera persona, de su nuevo destino post-anunciación, de su condición ante la Divinidad (“ha mirado la bajeza de su sierva”) y ante la humanidad (“me llamarán bienaventurada todas las generaciones”) y de lo que significaría el gran evento que ha comenzado con la concepción del bebé que lleva en el vientre, aunque no lo comprende del todo. Ella contempla su historia y la de su pueblo Israel a la luz del Dios salvador, del omnipotente, que hace trascendente nuestra insignificancia. Se registra como pecadora pero, al mismo tiempo, reconoce al Dios todopoderoso que ha hecho su Voluntad grandiosa en ella[v].

En el cántico María nos revela cómo interviene Dios en la historia de los seres humanos. Recuerda las grandes obras realizadas por el Señor en favor de su pueblo, y presenta un modus operandi del obrar divino no absoluto[vi]: el amor del Padre a los pequeños, a los pobres y a los marginados. Al escoger a María como “puente”, como “instrumento” de su designio de Salvación, representado en Jesucristo que ya estaba encarnado en ese instante, Dios ilustra una regla, una especie de ley natural, que expresa que la debilidad se convierte en el instrumento preferido de su poder. Se cumple en ella misma en su condición de marginada: mujer, pobre, nazarena. También en los otros actores del drama soteriológico: Zacarías, un sacerdote de poca importancia; Elizabeth, una mujer estéril y anciana; José, que sólo pudo llevar como ofrenda por su primogénito a dos palominos. Es evidente que “Dios realiza actos de poder con su brazo, símbolo de su fuerza, al invertir el orden humano de las cosas, humillando, dispersando y despidiendo vacíos a los soberbios, poderosos y hartos, y ensalzando y colmando de bienes a los humildes y los hambrientos, a los «pobres», oprimidos y defraudados en este mundo (Anawim; cf. Lc 6,20s; Mt 5,3ss)”[vii]. Con demasiada frecuencia la debilidad se refuerza por las tristes condiciones económicas.

Los pobres, los cautivos, los ciegos, y los oprimidos ganan el premio mayor de las buenas nuevas. En cierta manera, indirecta, ser salvo es ser exaltado de la categoría humana de marginado: se es, ahora, un Hijo de Dios, un escogido del Altísimo, un funcionario que permitirá hacer la misión de Dios en la tierra y un potencial agente activo de las misericordias del Señor. No es la primera vez que se da este mensaje en el texto bíblico. Ya se había dicho que Dios es el que libera a los exiliados y les prepara un camino sin lomas ni cerros (Is 40:3-5), es el que ha escogido un pueblo pequeño y es su auxilio (Is 41:8-10); es el que hace florecer el desierto y convierte la tierra seca en manantiales (Is 41:17-20), el que alienta a los corazones humillados (Is 57:15). Su Espíritu envía a anunciar la buena nueva a los humildes y la liberación a los desterrados (Is 61:1-3). A Dios se le estremece el corazón y se le conmueven las entrañas maternas ante Efraín (Os 11:8); él se compadece del pobre y del débil, mientras desprecia a los poderosos y autosatisfechos (1 Sam .2:7-8; Job 5:11; Sal 34:11)[viii].

Es indiscutible que los “ptojos” (pobres) en el Evangelio de Lucas se refieren solamente a las personas oprimidas económicamente, y la palabra “hambrientos” del cántico de María es un derivado de peinao (sentir hambre, tener hambre, padecer hambre). La espiritualización del texto es ofensiva y rompe el espíritu del original en griego pero, para variar, es típica y común dentro de nuestras iglesias. Vale la pena tener en cuenta las condiciones económicas de la Palestina del tiempo de Jesús para ver si es que María pretendía espiritualizar su enseñanza:

“El estado económico de Palestina en el siglo I estaba lejos de ser lo ideal. El pueblo, como un todo, se hallaba en una deplorable situación de privación material… Pobreza hasta el punto de que la privación y el hambre prevalecían en todo Palestina y para una gran multitud la vida no era sino un problema de existencia física. En consecuencia, el descontento y la inquietud física crecían rápidamente.

Los sucesivos brotes de robo e insurrección que caracterizan a este período fueron, en gran medida, resultado de esta tensión en los asuntos económicos. Estas condiciones también cuentan en la facilidad con que las multitudes de Jerusalén podrían ser llevadas a la furia incontenible y a la violencia tumultuosa, como cuando procuraban, sin dilación, apedrear a Jesús (Juan 8:59; 10:31), o se amotinaron pidiendo a Pilato la ejecución de Jesús (Mateo 27:20) o echaron mano de Pablo cuando fue acusado falsamente de llevar gentiles al santuario del templo (Hch. 21:27 ss.). En realidad, la situación general de inquietud y agitación que prevalecía en todo el judaísmo de Palestina en el siglo I y que culminó en la rebelión del año 70 d.C probablemente se debió mucho más al abandono material que lo que se ha reconocido,

La dificultad para obtener medios de vida llevó a muchos a la desesperación. Muchas mujeres acudieron al papel de la Magdalena por escapar de la necesidad física. En atención a este estado económico, uno no se maravilla de la actitud misericordiosa de Jesús hacia tales infortunadas (Lc. 7:36 ss.; Jn. 8:1 ss.). Los hombres abandonaron el respeto de sus vecinos y desafiaban la execración de la ley rabínica al colectar los tributos para los odiados romanos; o, peor aún, acudían al hurto y al pillaje, de modo que aún a lo largo del muy frecuentado camino de Jerusalén a Jericó, uno podía caer entre los ladrones (Lc. 10:20)”
[ix]

¿Espiritualización? No. Por ello podemos decir que María, en cierta manera predica una subversión económica al enfatizar la opción preferente[x] de Dios por el pobre económico –totalmente contrario al sistema económico antiguo y moderno que opta por el más calificado, por el de más capital, por el de más poder- y mostrarnos, a través de la misión de Dios, lo que debe ser la misión de la Iglesia. Bosch lo resalta cuando dice que “la salvación abarcaba en realidad seis dimensiones: económica, social, política, física, psicológica y espiritual. Lucas parece destacar la primera de ellas”[xi].

Sin embargo, aunque prácticamente todos los pobres son marginados, no todos los marginados son pobres. La praxis de Jesús nos demuestra eso: Mateo (5:27-32) y Zaqueo (19:1-10) eran ricos, pero estaban marginados socialmente por ser publicanos. La mujer adúltera (Jn. 8:1-11) merecía la muerte pero Jesús le da una nueva oportunidad. Es claro que el Maestro se relacionaba otros excluidos, no necesariamente desde el punto de vista económico: leprosos, mujeres, y niños. En el contexto del reino de Dios, Jesús efectuaba una subversión social[xii], que María contiene en su cántico, porque Jesús se acercaba a aquellos a los que el común del pueblo dejaba a un lado.

El uso del tiempo pasado de los verbos no simplemente nos recuerda los actos salvíficos divinos en la historia de Israel. María está celebrando la salvación decisiva, escatológica, de Dios iniciada con la concepción de este niño: el reino de los cielos se ha acercado, esta aquí, ya pero todavía no. Su visión no es para el futuro real y definitivo o es una visión espiritualizada del presente. Es una perspectiva que abarca las realidades sociales de su día aunque teniendo en cuenta que Dios es el que obra y trae la salvación.

Una pregunta salta al instante: “¿No es el cántico de María radical aún hoy en día? Muchas iglesias han interpretado el cántico y la visión de la salvación en una manera tan espiritualizada que está prácticamente desvinculada de la vida real. Cuando consideramos la historia de y la actualidad de la iglesia en el mundo (tanto las iglesias protestantes como la Católica Romana y Ortodoxa), tenemos que admitir que la iglesia no ha buscado ni facilitado esta subversión social. En demasiadas ocasiones la iglesia apoya estructuras opresivas y hasta busca el poder para sí misma”[xiii]. Un triste ejemplo de la espiritualización del pasaje es la Biblia Thompson, que en sus citas de ayuda menciona cosas como “humillación”, “insatisfacción del pecado” (¡Para la palabra hambrientos!), “deseo espiritual”, “plenitud espiritual”.

Es, entonces, a través de estas palabras de María Dios trae esperanza al pobre económico. A aquel que vive día a día, ganando sol tras sol y apenas le alcanza para comer. Reconforta al enfermo, atrapado en las redes del sistema de salubridad pública y tratado como un numero y un caso permanentemente postergado, diciéndole: “Aquí estoy, te amo, no me olvido de ti, no me he olvidado que te he prometido que te henchiré de salud; estoy a tu lado aunque a veces no lo parezca, mi presencia nunca se aleja de ti”. Al débil, al necesitado, le dice que “soy un Dios que socorro”. Al niño del cual los padres abusan obligándolo a vender golosinas hasta las once de la noche en alguna esquina de Lima. A todos ellos, que peinao (sienten hambre) por la realidad del sistema económico, Dios observa y promete colmarlos.

Y para eso, quizá, Dios nos tenga que usar.

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[i] Víctor Codina: “Mariología desde los pobres”. 1986. Citado en http://www.servicioskoinonia.org/relat/139.htm (28-03-2007)
[ii] M. Lutero, Scritti religiosi, a cargo de V. Vinay, Turín 1967, pp. 431 y 512. Citado por Juan Pablo II en la Audiencia General del Vaticano el Miércoles 21 de marzo del 2001.
[iii] E. Hamel: “Justicia en la visión del Magnificat”. Extraído de http://www.mercaba.org/DicTF/TF_justicia_magnificat.htm (28/03/2007)
[iv] Secuencia de versículos extraída de Víctor Codina. Ibid.
[v] E. Hamel: “Justicia en la visión del Magnificat”. Extraído de http://www.mercaba.org/DicTF/TF_justicia_magnificat.htm (28/03/2007)
[vi] Digo no absoluto porque también hay ejemplos de gente rica utilizada por Dios grandemente.
[vii] Josef Schmid, “El Evangelio según San Lucas”. Barcelona, Ed. Herder, 1968, pp. 76-81
[viii] Secuencia de versículos extraída de Víctor Codina: Ibidem.
[ix] Dana, H.E. “El mundo del Nuevo Testamento”. Casa Bautista de Publicaciones, 1975. Pag. 148-151
[x] Hay que enfatizar: preferente no significa exclusiva. Lo digo por si acaso se generen dudas al respecto.
[xi] Bosch, David: Misión en Transformación. Grands Rapids: Libros Desafío. 2000. Pag. 152.
[xii] Abbott, Marcos (1999). Texto citado en http://www.centroseut.org/articulos/separ019.htm (28-03-2007)
[xiii] Abbott, Marcos. Ibid.

martes, 19 de julio de 2005

Una reflexión sobre la economía y la misión de la Iglesia (4)

1.4. El caso romano
Ya para los tiempos romanos el sistema esclavista estaba plenamente desarrollado. Lo fundamental de éste es, valga la redundancia, el esclavo como agente básico del proceso productivo que produce el excedente del cual se apropian sus amos, representados en última instancia por la figura del emperador romano, el César.

Jesús vivió en ese régimen. Y existe un evento fundamental en el que interactúan en sobremanera la parte política y económica, aunque de manera sutil, dentro del pensamiento de Jesús: La cuestión del tributo. Lucas 20:20-25 lo narra de la siguiente manera:


Mandaron a unos espías que, aparentando ser hombres honrados, hicieran decir a Jesús algo que les diera pretexto para ponerlo bajo el poder y la jurisdicción del gobernador romano. Estos le preguntaron:
—Maestro, sabemos que lo que tú dices y enseñas es correcto, y que no buscas dar gusto a los hombres. Tú enseñas de veras el camino de Dios. ¿Está bien que paguemos impuestos al emperador romano, o no?
Jesús, dándose cuenta de la mala intención que llevaban, les dijo:
—Enséñenme una moneda de denario. ¿De quién es la cara y el nombre que aquí está escrito?
Le contestaron:
—Del emperador.
Jesús les dijo:
—Pues den al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios
[xii].

Este evento sucede en la última semana de la vida de Cristo. Jesús ya había anunciado su muerte a sus discípulos en varias ocasiones sin que los doce lo entendieran, también ya se había instalado en Betania, que sería su morada en este tiempo final de su ministerio terreno antes de su crucifixión y sus pies ya habían sido lavados por María en una escena cargada de simbolismo. El domingo se dirige desde Betania a Jerusalén y ocurre la Entrada Triunfal, donde los peregrinos pascuales [xiii] lo reconocen simbólicamente como Rey de Paz [xiv]; el lunes Jesucristo realiza la purificación del templo (parecería ser que fue la segunda ocasión en la que hizo esto dado el relato juanino ubicado en los primeros capítulos de su evangelio), y el martes fue el día del conflicto con las autoridades religiosas judías. Cristo había hecho una ofensiva directa contra el negociado de los sumos sacerdotes Anás y Caifás sacando a los vendedores y cambistas del patio de los gentiles del Templo [xv], y atacando directamente su autoridad en una manera abiertamente desafiante mediante sus parábolas como, por ejemplo, la de los labradores malvados. Este escenario de tensión lo consigna Mateo en el capítulo 21:45-46:

Y oyendo sus parábolas los principales sacerdotes y los fariseos, entendieron que hablaba de ellos. Pero al buscar cómo echarle mano, temían al pueblo, porque éste le tenía por profeta

Este es el escenario caldeado que engloba el pasaje analizado: Jesús que se había mostrado osado y el poder religioso que buscaba destruirlo. Teniendo en cuenta esto, ¿Qué quiere decir Cristo cuando dice “dad al Cesar lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”? ¿Es tan solo una respuesta a la malicia de sus interrogadores? ¿En simplemente un escape al dificultoso dilema en el que se encuentra? ¿Una artimaña de Jesús? ¿Un pasaje que solamente debe tomarse desde el punto de vista espiritual?

Pienso que Erdman se equivoca al decir que “los enemigos de Jesús daban por supuesto un conflicto de deberes; él, en cambio, mostró que había una armonía perfecta[xvi]. No hay una búsqueda de equilibrio sino un afán de separación, de colocar cada cosa en su sitio correcto. Lo que Cristo parece estar haciendo es desligar la realidad práctica de la divinidad (reflejado en la esencia de la discusión del martes de la última semana de su vida y con el lugar en donde estaba ocurriendo el debate) de la vida político-económica de los seres humanos (algo muy simple ejemplifica esto: la moneda que pide Jesús). A él, con esta pregunta, lo quieren poner bajo la jurisdicción política de los romanos y, curiosamente, para esto le hacen una interrogante básicamente económica (nada tan claro como los impuestos, donde se fusionan poderosamente ambos elementos). Jesús está diciendo es que el régimen político, sus detalles, sus estructuras y su sostén económico son cosas que están bajo la mayordomía del César, es decir, de los seres humanos, mientras que bajo la jurisdicción directa de Dios están otros asuntos, como la iglesia, la vida santa, el alma nuestra. Esta es la razón por la que no “habló” en el caso de José, ni en el caso de la autarquía de los tiempos de los Jueces. El silencio de Dios con José y el tiempo de los Jueces se explica abiertamente aquí: lo económico está dentro de la mayordomía que Dios le expidió a los hombres.

Sin embargo, ¿es que a Dios no le importa nada el régimen económico? ¿Es algo superfluo para él? ¿El hecho que la frase “A Dios lo que es de Dios” nos dice que hay cosas que dependen de él y que el resto no importa? ¿Si Dios no habló en el caso de José, significa que él no hablará nunca? Efesios 6:5-9 da una clave importante. La enseñanza teológica de la carta ya había sido dada y nos encontramos en la parte de las enseñanzas prácticas. 5:21 dice que “debemos someternos los unos a los otros” y engloba dentro de este principio a los tres elementos más importante del orden social, a saber, la relación esposo-esposa, la relación padres-hijos, y la base del sistema económico de la época: la relación amo-esclavo. Existe una manera cristiana de vivir esta tricotomía, un papel que los cristianos juegan, una forma en la que ellos pueden desenvolverse, siempre centrada en el sometimiento mutuo. Esta aparente poco importante disyuntiva entre amos y esclavos es realmente capital:

Esclavos, obedezcan ustedes a los que aquí en la tierra son sus amos. Háganlo con respeto, temor y sinceridad de corazón, como si estuvieran sirviendo a Cristo. Sírvanles, no solamente cuando ellos los están mirando, para quedar bien con ellos, sino como siervos de Cristo, haciendo sinceramente la voluntad de Dios. Realicen su trabajo de buena gana, como un servicio al Señor y no a los hombres. Pues deben saber que cada uno, sea esclavo o libre, recibirá del Señor según lo que haya hecho de bueno.

Y ustedes, amos, pórtense del mismo modo con sus siervos, sin amenazas. Recuerden que tanto ustedes como ellos están sujetos al Señor que está en el cielo, y que él no hace discriminaciones
.

En el pasaje de la cuestión del tributo se nos muestra que Dios no se involucra directamente en nuestro régimen económico y político, que eso es, mas bien, potestad de Dios que encaja dentro de la mayordomía dada a los hombres en el tiempo de la creación. Sin embargo, en este último pasaje bíblico Dios directamente y sin ambages se “entromete” en un tema aparentemente esquivo. ¿Por qué lo hace? Tengamos presente que “En el régimen esclavista, las relaciones de producción se basaban en la propiedad de los dueños de esclavos sobre los medios de producción y sobre los esclavos considerados como “instrumentos parlantes” sin derecho alguno y sujetos a explotación cruel. El trabajo del esclavo, que tenía un carácter abiertamente coercitivo, se aplicaba en gran escala en los latifundios y la producción artesanal, disponiendo el dueño no sólo del trabajo, sino también de la vida del esclavo. En la época en que se forma el régimen esclavista, la sociedad se divide en dos clases fundamentales: los señores esclavistas y los esclavos, y para mantener el dominio de los primeros se estructura un aparato de violencia y coerción, el Estado esclavista. Los contingentes de esclavos se nutrían sobre todo mediante las guerras y, parcialmente, con los campesinos y artesanos que se arruinaban. Se explotaba a los esclavos de manera tan cruel que su vida era corta[xvii], y a pesar de esta situación, de la explotación y crueldad en el trato, del cómo llegaban a ser esclavos [xviii], Dios no interfiere con el sistema. ¿Qué, entonces? Recordemos la lección de la visión teocrática de Jueces y fusionémosla con el punto de vista de Pablo y podemos llegar a concluir que lo que a Dios le interesa en verdad es, a saber, relaciones justas entre los agentes económicos, en este caso, amos y esclavos. Por eso la exhortación a trabajar bien, a tratar bien, a respetarse mutuamente teniendo en cuenta la nueva condición de nacidos de nuevo en Cristo Jesús. Por lo tanto debemos profundizar en el tema de la justicia.

El concepto recorre el Antiguo Testamento [xix] donde la justicia se refiere en primer lugar a un contexto concreto de relaciones sociales, especialmente significa rescatar a la victima, liberar al oprimido, expresando, por lo tanto algún tipo de reinvidicación.

La palabra hebrea Sedeq (Justicia) es expresión suprema y global de lo que es valioso, justo y correcto en la comunidad. Es el concepto central que gobierna todas las relaciones sociales que significa rectificar situaciones entre personas y grupos, vivir conforme a lo que la situación social exige pudiendo inferir por tanto que significa justicia para el oprimido. Mishpat, sedaqah, heded-y-emeth (amor constante) y yeshuah (liberación, salvación) pertenecen al campo semántico de sedeq, justicia. Explicitan uno o más aspectos de sedeq o matizan el concepto.

Sedaqah significa un acto de bondad o compasión. En ese sentido sedaqah es liberar al oprimido, reivindicar al huérfano, a la viuda, al inmigrante, al pobre contra sus opresores. En este sentido el antiguo Cántico de Débora habla también de las sidqoth (plural de sedaqah) de Yahvé Dios. Mishpat se traduce con frecuencia por derecho o justicia. Tiene matices jurídicos (regla, juicio, ley, proceso jurídico), pero estos son solo ampliaciones de su sentido primario: justicia liberadora, salvífica. De hecho lo que esta en el corazón de la Torah, consiste en hacer justicia allá donde reina lo contrario. Mishpat esta relacionado con amor y compasión, ya que la Biblia no reconoce justicia alguna sin amor y sin misericordia.

En el Nuevo Testamento, Jesús proclama el reino de Dios que representa la realización de la justicia (sedeq y mishpat) de Dios. De hecho Pablo en vez de hablar de reino de Dios habla de Justicia de Dios. Más importante es todavía que la constatación de que según el Nuevo Testamento Jesús realiza la justicia de Dios en su propia persona. Su preocupación por los pobres y marginados encarna la justicia del Dios justo. Más aún Jesús muestra de manera explicita lo que quedaba implícito en el Antiguo Testamento: el amor al prójimo es la norma suprema de sedeq de Dios y resumen de todas las demás normas. El amor "tratar al prójimo como uno quiere ser tratado, como otro yo", constituye la base y el alma de toda justicia. Los que siguen a Jesús en esta praxis se convierten en la justicia de Dios presente en el mundo. Jesús se convierte en el criterio último de lo que es la justicia: practicar la justicia es seguir a Jesús.

Y seguir a Cristo remece nuestro ser. Por lo tanto, así como los musulmanes dicen que “Vivir dentro del Islam le enseña al musulmán que la transformación del medio social, en un sentido auténtico, sólo es posible por una transformación de si mismo, y lo que es más importante, por el permiso de quien gobierna y ha creado el mundo, Allah, que alabado sea. Esto le hace al musulmán perder el temor de la existencia porque sólo le teme a Allah [y] cuando lo conoce de este modo el musulmán llega a entender que todo acto es adoración de Allah. Que no hay separación entre la política y la adoración de Allah, ni entre el comercio y la adoración de Allah. En este estado, el musulmán comprende que sólo vive por y para Allah, que depende y confía en Allah[xx], debemos entender que nuestra adoración a Jesús es completa y abarca todo, incluyendo las relaciones económicas.

Y no importa el sistema en el que se den estas relaciones. La Biblia se escribe dentro en el período esclavista, desde sus inicios hasta su apogeo máximo en el Imperio Romano y si hubiéramos nacido en esos tiempos, como amo, esclavo o quizá como hombre libre habríamos sido seguidores de Jesús y, como tales, buscadores de la justicia. Podemos ser esclavos económica y socialmente hablando, pero entre cristianos la acepción de personas no existe, siendo amos y esclavos iguales ante Dios, pero no ante los hombres. No se nos pide cambiar el régimen, destruirlo, se nos dice tratar “al esclavo como a nosotros mismos (si somos amos)” o “tratar al amo como a nosotros mismos (si somos esclavos) [xxi].”

Equivocan completamente el camino cristianos que honestamente piensan que el capitalismo es el régimen bendecido por Dios. Dios no bendice ni avala un régimen ni sistema ni nada que se le parezca. ¡Él pidió obedecer a Nerón!. Este tema lo deja a merced del hombre. Dios quiere que simplemente en el régimen en el que estemos, actuemos con justicia. Por lo tanto, la pregunta clave, capital e imposible de evitar es, ¿qué hacemos si existe la injusticia en las relaciones económicas? ¿Debemos los cristianos denunciarlas o simplemente concentrarnos en asuntos espirituales? ¿Basta con el modelo asistencialista? ¿Dónde podemos encontrar estas injusticias? ¿Hay en la Biblia un punto de partida donde pueden verse a plenitud la injusticia económica?