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martes, 19 de agosto de 2014
domingo, 27 de abril de 2008
El subprime, la Biblia y Keynes
Esto es muy útil. Es sólo una minoría la que puede pagar en efectivo un departamento nuevo de poco más de cien metros cuadrados en una buena zona de Lima por 70 mil dólares, y no hablo de los programas subsidiados del gobierno con precios bastante menores. A menos que tengas una buena herencia o un padre generoso, no hay más alternativa que ir a un banco y pedir un préstamo. Yo lo hice y sin él no tendría el departamento en donde vivo ahora junto a mi esposa y mi hijo.
No descubro la pólvora al decir que nuestra sociedad es consumista en extremo. Esto ha hecho que recurramos a la deuda de forma constante, no sólo para cosas importantes como una vivienda o, probablemente, un auto. El mundo de los préstamos de consumo para un viaje, una computadora nueva, o el de las las tarjetas de crédito siguen la misma lógica bancaria: el banco le presta a los deficitarios, estos compran lo que deseen, pagan en “cómodas cuotas” en un tiempo futuro, casi sin darse cuenta. En sociedades profundamente bancarizadas como la de los países desarrollados, el flujo de deuda es brutal, con montos absolutamente descomunales.
Entonces, los bancos reciben depósitos y prestan a necesitados de una casa, a las empresas que quieren financiar su capital de trabajo, a los bancos con necesidades de liquidez. Los préstamos requieren documentos específicos que están implícitos, como pagarés, letras de cambio, o cartas fianzas. Todos estos nos dicen, en simple, que alguien le pagará a otro alguien una cantidad de dinero, a veces en una sola tanda o en partes por un período determinado. Son documentos reales y vinculantes que lo que aseguran (si el futuro va bien) es un flujo de dinero ulterior desde el prestatario al prestamista.
Las empresas grandes, los bancos y los gobiernos también se endeudan, aunque por su tamaño disponen de otros medios como el acceso al mercado de capitales vía la emisión de bonos —que no son más que certificados de deuda— o emitiendo acciones, con la cual “venden” propiedad de la empresa. El mercado de capitales es, ahora, de dimensiones gigantescas, global, y una de las variables fundamentales del análisis económico de nuestros tiempos.
Estos bonos que se emiten son de muy distintos tipos. Y su proceso de estructuración puede llegar a ser extremadamente complejo. Puede emitirse para cubrir agujeros en los balances, para financiar algún proyecto específico, para pagar una deuda antigua, para generar una curva de tasas de interés. Esta especialización hace que el análisis del riesgo del emisor sea fundamental, porque le da una pista a los compradores de bonos (o sea, a quien le presta plata a la empresa emisora) sobre qué tal buen pagador es el emisor. No es lo mismo el gobierno español, alemán o el de Angola. No es igual Telefónica que La Taberna de Moe.
El desarrollo de la ingeniería financiera en los últimos años ha hecho más complicado el mundo de la emisión de bonos. Ya no sólo se emite por necesidad de fondeo, sino que se generan títulos más difíciles de comprender, que enlazan distintos tipos de mercados. Por ejemplo, un gigante como JP Morgan, banco de inversión, se interesa en la deuda que le tienen al Bank of América –banco tradicional- los poseedores de tarjetas de crédito platinum. (puede ser a la inversa, no interesa). Entonces, lo que hacen es una titulización: se “convierte” esa deuda de tarjetas de crédito platinum en un bono, que luego puede venderse en el mercado de capitales. Muchos flujos de deudas se pueden titulizar, como los préstamos de autos, los préstamos de consumo, las remesas del exterior, una campaña de ventas, una cosecha. La pregunta básica tiene que ver con el riesgo: Si JP Morgan ha titulizado la deuda de las tarjetas de crédito de Bank of América, ¿el bono emitido tiene riesgo JP Morgan, o tiene el riesgo de los que han utilizado las tarjetas platinum?
Casi todo se puede titulizar. Por ejemplo, los préstamos hipotecarios. Como pueden suponer, no todos los que acceden a un préstamo hipotecario tienen la misma capacidad de pago. Unos tienen excelentes trabajos, otros apenas subsisten. Por ello tienen distintos riesgos y en países como Estados Unidos lo tienen claro, por eso los deudores de préstamos hipotecarios más riesgosos tienen un nombre especial: los sub-prime. Pero no importa que ellos sean más morosos, igual esa deuda puede ser titulizada. Esto establece el siguiente circuito: el deudor sub-prime le paga sus cuotas hipotecarias a su banco, que a la vez le dará ese dinero al que titulizó (JP Morgan, por ejemplo) que a su vez se lo entrega a los poseedores de los bonos vía pago de cupones. Peco de simplista, por supuesto, pero creo que al menos sirve para entender.
Entonces, la gran bonanza del mercado de capitales mundial de los últimos años hizo que grandes banqueros involucrados en la estructuración de deuda se decidieran a invertir en el mercado inmobiliario, preso de una enorme burbuja provocada —entre otras cosas— por el crecimiento de la economía mundial. Estos banqueros titulizaron miles de millones de préstamos hipotecarios, crearon bonos y los vendieron en el mercado. Dentro de estos bonos, también habían miles de millones de dólares de bonos que tenían detrás a los deudores sub-prime y que coparon las carteras de los inversionistas más duchos. Nuevamente pregunto: ¿Cuál era el riesgo de esos bonos, el del gran banco de inversión que emitió la deuda –con la más alta clasificación- o el de los miles de sub-primes?
¿Saben porqué pregunto dos veces? No es por casualidad ni por cargoso, ya que la respuesta no fue tan clara para las más grandes empresas clasificadoras de riesgo del mundo, repletas de modelos de alta matemática: ellos consideraron que estos bonos sub-prime tenían el riesgo del gran banco de inversión que los estructuró. Estos miles de millones tuvieron la máxima clasificación. ¿Correcto o incorrecto? Por varios años nadie se hizo problemas y muchos se embolsaron mucho dinero. Nadie dijo nada. Al menos nadie con exposición mediática.
Una pregunta que siempre circuló en el mercado fue sobre la duración de la burbuja hipotecaria. ¿Cuándo explotaría? Algunos pensaban que esto sucedería cuando el ciclo recesivo llegase debido a la altísima correlación entre el ciclo económico global y el sector constructor-inmobiliario. Y cuando este llegó, vinieron los problemas. Hubo menos trabajo, menos ingresos y, por supuesto, la consecuencia inmediata del no pago de sus deudas. Las recesiones siempre afectan más a los que menos tienen, a los de trabajos más inestables, a esos tomadores de deuda hipotecaria de categoría sup-prime.
Ante la crisis en sus ingresos dejaron de pagar sus préstamos hipotecarios. Y claro está, el circuito se perturba. Ya no le pagan a su banco, que ya no le podrá pagar a JP Morgan, que ya no podrá pagarle a los inversionistas poseedores de estos bonos. Y de esta manera el trance se transmitió de un mercado (el hipotecario) a otro (el de capitales). Con las ganancias evaporadas se descubrió que, en realidad, el riesgo se midió mal porque las clasificadoras le asignaron a los bonos un nivel de gran banco de inversión (quizá el máximo) cuando en realidad debió ser el de deudor sup-prime (uno bastante bajo). O sea, el bono se cotizaba a 100 pero realmente valía 70, y cuando se sinceró el precio, las pérdidas fueron millonarias, provocando la caída de varios bancos importantes, entre los que destaca Bear Stearns. Y la ola no ha pasado; para mucho recién todo está comenzando, porque aun falta ver en su real magnitud a la asfixia de liquidez.
Hace años con la caída del Long Term Capital Bank se inició el proceso de implementación de un agresivo control interno. Hoy, analizando en el ex-post, voces como la de Alan Greenspan abogan por la revisión de los modelos de riesgo que parece que, a pesar de su avanzada complejidad, no han funcionado. ¿Está por aquí el centro del asunto? ¿La médula que requiere revisión?
No, allí no está. Creo yo que la lógica de la deuda es la que cabe analizar a profundidad, no la del análisis de riesgo. ¿Es pertinente? ¿Y el mundo especulativo? ¿Es bueno especular? ¿Es bueno tomar deuda innecesaria? ¿Es bueno endeudarse? La Biblia, en realidad, no prohíbe expresamente las deudas personales. Enfatiza la relación entre prestamista pudiente y prestatario desfavorecido económicamente, advierte contra la práctica de lucrar con los préstamos (Hab. 2:6-8), no desea que el pueblo viva agobiado por las deudas (Dt. 15:1-2), habla de períodos limitados de duración de las deudas (7 años: Dt. 15:1-11; 31-10,11), aboga por un espíritu de bienestar y protección de los débiles (Pr. 19:7; 31:8; Jer. 5:28), limita el aval de las deudas (Pr. 22:26-27; 11:15) sugiriendo que no seamos fiadores de nadie (Pr. 6:1-5). Sostiene una diferencia entre el creyente y el no creyente (Dt. 5:3), se concentra en la usura (Lv. 25:35-38), las condiciones sociales extremas que obligan al préstamo (Neh. 5:1-13), incluso habla de la banca primitiva de los tiempos de Jesús (Mt. 21:12; 25:27; Lc. 19:23).
Nivel de deuda razonable, de media duración, considerar el nivel económico de los desfavorecidos, no lucrar con las deudas, no ser garantes… como que nada se cumple ahora, ¿no les parece? A tal extremo no se cumple que el afán codicioso de muchos ha hecho que se hable de un problema mayor al de la crisis de 1929, y tal es el temor que los señores amantes del libre mercado predican en sus foros sobre la necesidad de la intervención estatal con el fin de traernos la estabilidad. Caraduras. ¿No era que Keynes era malo? ¿No que el gobierno era el cuco?
Referencias
(1) Atkinson, David y Field, David. Diccionario de Ética Cristiana y Teología Pastoral. Terrasa: Editorial Clie, 2004.
martes, 17 de abril de 2007
Una praxis constante: Jesús y los marginales a través de Lucas
Hasta este punto, he considerado tres elementos, esenciales a mí entender, dentro del panorama económico lucano: María y su Magnificat, Juan el Bautista y el fruto del arrepentimiento, y Jesús presentando su ministerio en la sinagoga de Nazaret. Los tres forman una especie de “marco teórico” introductorio al que debemos tratar de encontrar una aplicación práctica que nos ilustre sobre su factibilidad. ¿Existe? Tenemos, entonces que observar a Cristo directamente en el campo, viviendo su propio pensamiento. Bien dice Juan Stam que “la consigna para ser un buen teólogo nos la da Marx en su undécima tesis sobre Feuerbach, que podemos parafrasear con “hasta ahora los teólogos han contemplado el evangelio sólo para explicarlo y formar un sistema; de lo que se trata es de llevar las buenas nuevas a todas las personas, a las naciones y a la historia, en servicio del reino de Dios. La teología que no es praxeológica tampoco puede ser bíblica; nace con un virus desde sus mismos inicios”[i] y nuestro Señor, además de su enseñanza de salvación, de buenas obras y de esperanza, vivió una vida de sincronía perfecta entre lo que decía y lo que hacía, con un mensaje no exclusivamente espiritualista; como decíamos antes, con los pies bien puestos sobre la tierra. Jesús convertía en hechos toda y cada una de sus prédicas, no se conformaba sólo con el hablar, con la retórica fina, sutil, elegante, o confrontadora. No era sólo teoría teológica o ética: su praxis es categórica, determinante, capital.
Por ello, para muchos Lucas es el evangelista que más presenta a Jesús en contacto con los sectores sociales desprotegidos y menospreciados, muy interesado en la gente menos privilegiada: los pobres, las mujeres, los niños, los enfermos –y más, los que quedaban en condición permanente de impureza ceremonial, como la mujer del flujo de sangre o los leprosos- y los pecadores declarados. Su ministerio es presentado desde el principio como el anuncio de buenas nuevas a los pobres y marginados (Lc. 4:18-19), pero cabe una pregunta inmediata: ¿Quiénes son esos marginados? En una sociedad marcada por los valores religiosos de un fariseísmo insensible e intereses políticos de los escribas y saduceos, junto con la explotación del dominio extranjero y el sentimiento permanente de revolución y necesidad material, la marginación alcanzó niveles económicos (los pobres), sociales (niños y enfermos), culturales (samaritanos y mujeres) y políticos (publicanos), los mismos que mencioné líneas arriba. Nuevamente vale la pena aclarar que no todos los marginados con los que Jesús se relacionó eran materialmente pobres[ii].
Para efectos del trabajo, me concentraré en los pobres materiales. Según Gustavo Gutierrez, la palabra griega ptojos (pobre), que aparece 34 veces en todo el Nuevo Testamento, mayormente hace referencia al indigente, carente de lo necesario para vivir[iii]. Lo corrobora Bosch cuando nos recuerda en Lucas la palabra aparece 10 veces, en comparación de las 5 veces de Mateo y Marcos, y lo mismo ocurre con otros términos referidos a la riqueza, como plousios (rico) y hyparjonta (posesiones)[iv]. Es, pues, un tema importante.
Para muchos la pobreza es sinónimo de mugre; de una casa de cartón o esteras en un cerro de alguno de los conos de Lima que, por no tener energía eléctrica, se iluminan con velas que suelen caerse y quemar toda la vivienda, frecuentemente con niños adentro, encerrados para su protección por tener recursos para una niñera; de un colegio nacional de carpetas vetustas y profesores sindicalizados ignorantes; de pandilleros; de la empleada doméstica a la que no se le pagan los beneficios sociales, trabaja 14 horas al día y que gana menos del sueldo mínimo porque la-labor-incluye-casa-y-comida; del niño que hace piruetas en alguna esquina hasta las once de la noche; de rostros cobrizos y andinos; de ropa parchada. Pero la pobreza es más que eso, más que la imagen que no nos gusta ver, es un fenómeno complejo de tal magnitud que hoy, a pesar de todos los avances en la ciencia en general, no hemos logrado solucionar (vergüenza máxima de nosotros los economistas). Es más, parece que sigue aumentando, y la brecha entre pobres y ricos se incrementa permanentemente junto con la concentración de la riqueza.
La pobreza afecta la vida entera: las condiciones de salud, la nutrición, la educación, la seguridad con la violencia como contraparte, los servicios básicos, el estilo de comunicación, el sistema de valores, las relaciones entre los géneros, la familia como estructura, las lógicas económicas, la relación con el medio ambiente, la visión de los derechos humanos y la institucionalidad, la mirada de uno mismo como persona individual e integrante de una sociedad llena de discriminación y racismo[v]. Es un enemigo que ataca por todas las partes imaginables. Por ello, cabe perfectamente el término moderno de “grupos vulnerables”. Con esto en cuenta, se entiende más el amor especial de Jesús hacia ellos porque los conocía bien, sintiendo y viviendo su condición ontológica durante su vida. Con él no valían los discursos: se encarnó en la tierra en una situación de pobreza. No le bastó ser Dios omnisciente-que-todo-lo-sabe, se metió en el mundo de la mayoría, respiró el polvo, vio todo por dentro. No fue un analista social acomodado debatiendo sobre la carestía. Es esta una de sus prédicas actuadas.
No sorprende, por lo tanto, la reivindicación permanente del pobre que hace Jesús. Sabe de su condición de desventaja en esta tierra desigual, sabe de su permanente desvalorización –muchas veces hecha por ellos mismos- al ver la riqueza de otros. Por ejemplo, en los ayes lucanos (6:20-21a, 24-25a) el Maestro dice:
“Y alzando los ojos hacia sus discípulos, decía: Bienaventurados vosotros los pobres, porque vuestro es el reino de Dios. Bienaventurados los que ahora tenéis hambre, porque seréis saciados… Mas ¡ay de vosotros, ricos! porque ya tenéis vuestro consuelo. ¡Ay de vosotros, los que ahora estáis saciados! porque tendréis hambre”
Habla de un estado de justicia futura pero real. Les dice “felices” porque ese reino, que ya se ha acercado, ¡era de ellos! Les promete la satisfacción completa de su necesidad y le da un mensaje al que tiene mucho, no porque posea sino por su actitud hedonista que vive satisfecha de su estilo de vida. Y lo mismo sucede en la parábola del rico insensato (Lc. 12:16-21). El pobre vive el día a día, muchas veces sin un trabajo estable y se encuentra en un estado de dependencia de Dios constante. El rico suele pensar que tiene todo en su mano, que controla su vida, que de él depende todo, que todo será como hoy, cuando no es así. Lucas se mofa de ese pensamiento, y coloca en una real dimensión. Más aún: ¡Les dice que para Dios ellos no tienen nada!:
“También les refirió una parábola, diciendo: La heredad de un hombre rico había producido mucho. Y él pensaba dentro de sí, diciendo: ¿Qué haré, porque no tengo dónde guardar mis frutos? Y dijo: Esto haré: derribaré mis graneros, y los edificaré mayores, y allí guardaré todos mis frutos y mis bienes; y diré a mi alma: Alma, muchos bienes tienes guardados para muchos años; repósate, come, bebe, regocíjate. Pero Dios le dijo: Necio, esta noche vienen a pedirte tu alma; y lo que has provisto, ¿de quién será? Así es el que hace para sí tesoro, y no es rico para con Dios”
Pasa lo mismo en el relato del rico y Lázaro (Lc. 16:19-30), que conforta al sufriente en esta tierra y coloca al rico en situación de tormento. Incluso cree que todavía tiene cierto poder al decir “Padre Abraham, ten misericordia de mí, y envía a Lázaro para que moje la punta de su dedo en agua, y refresque mi lengua; porque estoy atormentado en esta llama”. Recibe la respuesta correcta de Abraham: “Hijo, acuérdate que recibiste tus bienes en tu vida, y Lázaro también males; pero ahora éste es consolado aquí, y tú atormentado”. Lázaro, que representa a todos los mendigos, tiene paz. Por supuesto, no podemos inventar una teología económica-soteriológica desde estos versículos.
Pero, no sólo existe una comisión hacia los pobres, sino que hay una palabra clara dirigida a los ricos. Jesús nunca fue exclusivo de una clase social, se relacionó con toda clase de gente. En Lucas hay muchos encuentros de Jesús con personas pudientes. ¿Qué es lo que les quiso decir a los ricos? Su mensaje lo realiza a través de sus parábolas e historias: quiere que el rico se convierta de forma coherente al lenguaje social de Jesús. Dos ejemplos son los contrapuestos: Zaqueo (Lc. 19:1-10), jefe de los publicanos de Jericó, que opta por entregar la mitad de sus bienes a los pobres y cuadruplicar el posible fraude cometido por él a favor del transgredido, y el Joven Rico (Lc. 18:18-30), quien vive una vida ejemplar, celosa de la Ley, pero que no puede aceptar el reto de Jesús por su exceso de riqueza. Siempre vale la pena mencionar que Zaqueo no entregó el total de sus bienes, sólo la mitad, y con eso “la salvación llegó a su casa”, aunque al joven rico le pidió dar todo.
Derivada está la idea de la limosna, mencionada siempre -salvo una excepción- por Lucas en el Nuevo Testamento. Dar la limosna es, bajo el pensamiento judío que viene desde Moisés, una actuación a favor de la justicia y la misericordia, y se nos invita a darla de forma generosa. Y, per se, es una forma de alivio de la pobreza de la comunidad. En la práctica actual hay aristas espinosas y para muestra basta un botón: los niños que piden dinero en las calles que son casi siempre “monitoreados” por un adulto que los usa para su beneficio. ¿Dar, para que esta adulto se aproveche, o no dar, para evitar la explotación infantil? O, de manera distinta, ¿Dar, para acostumbrar a esos niños a que no es necesario trabajar para conseguir lo necesario para vivir, o no dar, para que los infantes se den cuenta que no es posible conseguir dinero en las calles? ¿Qué nos queda, dar en forma no-monetaria? Interrogantes complicadas. La idea está presente: dar para la necesidad del que no tiene. El proceso hermenéutico debe realizarse para encontrar nuestra mejor respuesta a este llamado.
Hay un mensaje adicional a los ricos. El pasaje del amor hacia los enemigos y la regla del oro (Lc. 6:27-36) nos da la pauta. Mateo lo relata (5:38-48; 7:12), pero Lucas hace el siguiente añadido:
“Y si prestáis a aquellos de quienes esperáis recibir, ¿qué mérito tenéis? Porque también los pecadores prestan a los pecadores, para recibir otro tanto. Amad, pues, a vuestros enemigos, y haced bien, y prestad, no esperando de ello nada; y será vuestro galardón grande, y seréis hijos del Altísimo; porque él es benigno para con los ingratos y malos. Sed, pues, misericordiosos, como también vuestro Padre es misericordioso” (v. 34-36).
El amor en términos del préstamo, un flechazo directo y certero a Mammón (Mt. 6:24). Más aún, Lucas expresa el amor hacia los enemigos en términos de amor hacia los morosos. ¿Cómo, entonces, entender esto? “Lucas entiende esta exhortación a los cristianos ricos. Bajo la ética social de su tiempo, los ricos invitaban solamente a los ricos para poder recibir a su vez la invitación de los mismos (Lc. 14:12). El Jesús interpretado por Lucas rechaza precisamente tal proceder. Este tipo de conducta se espera más bien de los pecadores que se limitan a hacer el bien a los que tratan bien y únicamente prestan dinero bajo garantía de devolución (Lc. 6:32-34). Los discípulos de Jesús, sin embargo, deben prestar sin esperar cosa alguna (6:35a). Son desafiados a ser misericordiosos como lo es su Padre Celestial (6:36). Por ello recibirán recompensa (6:35b): si absuelven (apolyo) a sus deudores, ellos mismos serán absueltos, es decir, se les perdonará… En términos económicos, Lucas desafía a los miembros ricos de su comunidad a abandonar una porción significativa de su riqueza y a emprender además algunas actividades desagradables, como la de otorgar préstamos riesgosos y perdonar deudas contraídas. Por supuesto, el lenguaje que expresa esa dimensión del discipulado es el lenguaje del año de jubileo: la idea del jubileo, de hecho, permea el Evangelio de Lucas”[vi]
El Jubileo está vigente hoy en día. Con esa idea, comprendemos la situación vulnerable del pobre, la realzamos y asumimos, afirmando su estado de desventaja. Dios conoce la pobreza y ante ella nos consuela y anima, sabiendo que sus ojos están allí, vigilantes. No ignora la situación, no le da la espalda, no la olvida, no se hace el loco. Más bien, se encarna en ella, la vive y la explora. Pero, al mismo tiempo, se acerca al rico, le ofrece a salvación y le alienta a ejercitar el amor con una muestra práctica del compartir las riquezas con los que menos tienen. No le dice necesariamente que dejen sus funciones aparentemente ingratas (como a Zaqueo y su puesto de jefe de publicanos) ni que dejen de ser pudientes. Decir esto es ir en contra del espíritu del Evangelio. Sí lo invita a la justicia y a resarcir la falta. Al rico lo invita a ser generoso dando al que no tiene nada (mediante las limosnas). Es parte del testimonio misionero que se nos induce. Una misión que predica la salvación, la reconciliación y el perdón a todos los pecadores, pero al mismo tiempo desprendida, atenta con la necesidad del otro, lista a amar, no inclinada al dinero. ¿Cómo predicar las Buenas Nuevas si no somos sensibles a la problemática de nuestro auditorio?
No se puede predicar de ese modo, pero se ha hecho por mucho, mucho tiempo.
Por ello, para muchos Lucas es el evangelista que más presenta a Jesús en contacto con los sectores sociales desprotegidos y menospreciados, muy interesado en la gente menos privilegiada: los pobres, las mujeres, los niños, los enfermos –y más, los que quedaban en condición permanente de impureza ceremonial, como la mujer del flujo de sangre o los leprosos- y los pecadores declarados. Su ministerio es presentado desde el principio como el anuncio de buenas nuevas a los pobres y marginados (Lc. 4:18-19), pero cabe una pregunta inmediata: ¿Quiénes son esos marginados? En una sociedad marcada por los valores religiosos de un fariseísmo insensible e intereses políticos de los escribas y saduceos, junto con la explotación del dominio extranjero y el sentimiento permanente de revolución y necesidad material, la marginación alcanzó niveles económicos (los pobres), sociales (niños y enfermos), culturales (samaritanos y mujeres) y políticos (publicanos), los mismos que mencioné líneas arriba. Nuevamente vale la pena aclarar que no todos los marginados con los que Jesús se relacionó eran materialmente pobres[ii].
Para efectos del trabajo, me concentraré en los pobres materiales. Según Gustavo Gutierrez, la palabra griega ptojos (pobre), que aparece 34 veces en todo el Nuevo Testamento, mayormente hace referencia al indigente, carente de lo necesario para vivir[iii]. Lo corrobora Bosch cuando nos recuerda en Lucas la palabra aparece 10 veces, en comparación de las 5 veces de Mateo y Marcos, y lo mismo ocurre con otros términos referidos a la riqueza, como plousios (rico) y hyparjonta (posesiones)[iv]. Es, pues, un tema importante.
Para muchos la pobreza es sinónimo de mugre; de una casa de cartón o esteras en un cerro de alguno de los conos de Lima que, por no tener energía eléctrica, se iluminan con velas que suelen caerse y quemar toda la vivienda, frecuentemente con niños adentro, encerrados para su protección por tener recursos para una niñera; de un colegio nacional de carpetas vetustas y profesores sindicalizados ignorantes; de pandilleros; de la empleada doméstica a la que no se le pagan los beneficios sociales, trabaja 14 horas al día y que gana menos del sueldo mínimo porque la-labor-incluye-casa-y-comida; del niño que hace piruetas en alguna esquina hasta las once de la noche; de rostros cobrizos y andinos; de ropa parchada. Pero la pobreza es más que eso, más que la imagen que no nos gusta ver, es un fenómeno complejo de tal magnitud que hoy, a pesar de todos los avances en la ciencia en general, no hemos logrado solucionar (vergüenza máxima de nosotros los economistas). Es más, parece que sigue aumentando, y la brecha entre pobres y ricos se incrementa permanentemente junto con la concentración de la riqueza.
La pobreza afecta la vida entera: las condiciones de salud, la nutrición, la educación, la seguridad con la violencia como contraparte, los servicios básicos, el estilo de comunicación, el sistema de valores, las relaciones entre los géneros, la familia como estructura, las lógicas económicas, la relación con el medio ambiente, la visión de los derechos humanos y la institucionalidad, la mirada de uno mismo como persona individual e integrante de una sociedad llena de discriminación y racismo[v]. Es un enemigo que ataca por todas las partes imaginables. Por ello, cabe perfectamente el término moderno de “grupos vulnerables”. Con esto en cuenta, se entiende más el amor especial de Jesús hacia ellos porque los conocía bien, sintiendo y viviendo su condición ontológica durante su vida. Con él no valían los discursos: se encarnó en la tierra en una situación de pobreza. No le bastó ser Dios omnisciente-que-todo-lo-sabe, se metió en el mundo de la mayoría, respiró el polvo, vio todo por dentro. No fue un analista social acomodado debatiendo sobre la carestía. Es esta una de sus prédicas actuadas.
No sorprende, por lo tanto, la reivindicación permanente del pobre que hace Jesús. Sabe de su condición de desventaja en esta tierra desigual, sabe de su permanente desvalorización –muchas veces hecha por ellos mismos- al ver la riqueza de otros. Por ejemplo, en los ayes lucanos (6:20-21a, 24-25a) el Maestro dice:
“Y alzando los ojos hacia sus discípulos, decía: Bienaventurados vosotros los pobres, porque vuestro es el reino de Dios. Bienaventurados los que ahora tenéis hambre, porque seréis saciados… Mas ¡ay de vosotros, ricos! porque ya tenéis vuestro consuelo. ¡Ay de vosotros, los que ahora estáis saciados! porque tendréis hambre”
Habla de un estado de justicia futura pero real. Les dice “felices” porque ese reino, que ya se ha acercado, ¡era de ellos! Les promete la satisfacción completa de su necesidad y le da un mensaje al que tiene mucho, no porque posea sino por su actitud hedonista que vive satisfecha de su estilo de vida. Y lo mismo sucede en la parábola del rico insensato (Lc. 12:16-21). El pobre vive el día a día, muchas veces sin un trabajo estable y se encuentra en un estado de dependencia de Dios constante. El rico suele pensar que tiene todo en su mano, que controla su vida, que de él depende todo, que todo será como hoy, cuando no es así. Lucas se mofa de ese pensamiento, y coloca en una real dimensión. Más aún: ¡Les dice que para Dios ellos no tienen nada!:
“También les refirió una parábola, diciendo: La heredad de un hombre rico había producido mucho. Y él pensaba dentro de sí, diciendo: ¿Qué haré, porque no tengo dónde guardar mis frutos? Y dijo: Esto haré: derribaré mis graneros, y los edificaré mayores, y allí guardaré todos mis frutos y mis bienes; y diré a mi alma: Alma, muchos bienes tienes guardados para muchos años; repósate, come, bebe, regocíjate. Pero Dios le dijo: Necio, esta noche vienen a pedirte tu alma; y lo que has provisto, ¿de quién será? Así es el que hace para sí tesoro, y no es rico para con Dios”
Pasa lo mismo en el relato del rico y Lázaro (Lc. 16:19-30), que conforta al sufriente en esta tierra y coloca al rico en situación de tormento. Incluso cree que todavía tiene cierto poder al decir “Padre Abraham, ten misericordia de mí, y envía a Lázaro para que moje la punta de su dedo en agua, y refresque mi lengua; porque estoy atormentado en esta llama”. Recibe la respuesta correcta de Abraham: “Hijo, acuérdate que recibiste tus bienes en tu vida, y Lázaro también males; pero ahora éste es consolado aquí, y tú atormentado”. Lázaro, que representa a todos los mendigos, tiene paz. Por supuesto, no podemos inventar una teología económica-soteriológica desde estos versículos.
Pero, no sólo existe una comisión hacia los pobres, sino que hay una palabra clara dirigida a los ricos. Jesús nunca fue exclusivo de una clase social, se relacionó con toda clase de gente. En Lucas hay muchos encuentros de Jesús con personas pudientes. ¿Qué es lo que les quiso decir a los ricos? Su mensaje lo realiza a través de sus parábolas e historias: quiere que el rico se convierta de forma coherente al lenguaje social de Jesús. Dos ejemplos son los contrapuestos: Zaqueo (Lc. 19:1-10), jefe de los publicanos de Jericó, que opta por entregar la mitad de sus bienes a los pobres y cuadruplicar el posible fraude cometido por él a favor del transgredido, y el Joven Rico (Lc. 18:18-30), quien vive una vida ejemplar, celosa de la Ley, pero que no puede aceptar el reto de Jesús por su exceso de riqueza. Siempre vale la pena mencionar que Zaqueo no entregó el total de sus bienes, sólo la mitad, y con eso “la salvación llegó a su casa”, aunque al joven rico le pidió dar todo.
Derivada está la idea de la limosna, mencionada siempre -salvo una excepción- por Lucas en el Nuevo Testamento. Dar la limosna es, bajo el pensamiento judío que viene desde Moisés, una actuación a favor de la justicia y la misericordia, y se nos invita a darla de forma generosa. Y, per se, es una forma de alivio de la pobreza de la comunidad. En la práctica actual hay aristas espinosas y para muestra basta un botón: los niños que piden dinero en las calles que son casi siempre “monitoreados” por un adulto que los usa para su beneficio. ¿Dar, para que esta adulto se aproveche, o no dar, para evitar la explotación infantil? O, de manera distinta, ¿Dar, para acostumbrar a esos niños a que no es necesario trabajar para conseguir lo necesario para vivir, o no dar, para que los infantes se den cuenta que no es posible conseguir dinero en las calles? ¿Qué nos queda, dar en forma no-monetaria? Interrogantes complicadas. La idea está presente: dar para la necesidad del que no tiene. El proceso hermenéutico debe realizarse para encontrar nuestra mejor respuesta a este llamado.
Hay un mensaje adicional a los ricos. El pasaje del amor hacia los enemigos y la regla del oro (Lc. 6:27-36) nos da la pauta. Mateo lo relata (5:38-48; 7:12), pero Lucas hace el siguiente añadido:
“Y si prestáis a aquellos de quienes esperáis recibir, ¿qué mérito tenéis? Porque también los pecadores prestan a los pecadores, para recibir otro tanto. Amad, pues, a vuestros enemigos, y haced bien, y prestad, no esperando de ello nada; y será vuestro galardón grande, y seréis hijos del Altísimo; porque él es benigno para con los ingratos y malos. Sed, pues, misericordiosos, como también vuestro Padre es misericordioso” (v. 34-36).
El amor en términos del préstamo, un flechazo directo y certero a Mammón (Mt. 6:24). Más aún, Lucas expresa el amor hacia los enemigos en términos de amor hacia los morosos. ¿Cómo, entonces, entender esto? “Lucas entiende esta exhortación a los cristianos ricos. Bajo la ética social de su tiempo, los ricos invitaban solamente a los ricos para poder recibir a su vez la invitación de los mismos (Lc. 14:12). El Jesús interpretado por Lucas rechaza precisamente tal proceder. Este tipo de conducta se espera más bien de los pecadores que se limitan a hacer el bien a los que tratan bien y únicamente prestan dinero bajo garantía de devolución (Lc. 6:32-34). Los discípulos de Jesús, sin embargo, deben prestar sin esperar cosa alguna (6:35a). Son desafiados a ser misericordiosos como lo es su Padre Celestial (6:36). Por ello recibirán recompensa (6:35b): si absuelven (apolyo) a sus deudores, ellos mismos serán absueltos, es decir, se les perdonará… En términos económicos, Lucas desafía a los miembros ricos de su comunidad a abandonar una porción significativa de su riqueza y a emprender además algunas actividades desagradables, como la de otorgar préstamos riesgosos y perdonar deudas contraídas. Por supuesto, el lenguaje que expresa esa dimensión del discipulado es el lenguaje del año de jubileo: la idea del jubileo, de hecho, permea el Evangelio de Lucas”[vi]
El Jubileo está vigente hoy en día. Con esa idea, comprendemos la situación vulnerable del pobre, la realzamos y asumimos, afirmando su estado de desventaja. Dios conoce la pobreza y ante ella nos consuela y anima, sabiendo que sus ojos están allí, vigilantes. No ignora la situación, no le da la espalda, no la olvida, no se hace el loco. Más bien, se encarna en ella, la vive y la explora. Pero, al mismo tiempo, se acerca al rico, le ofrece a salvación y le alienta a ejercitar el amor con una muestra práctica del compartir las riquezas con los que menos tienen. No le dice necesariamente que dejen sus funciones aparentemente ingratas (como a Zaqueo y su puesto de jefe de publicanos) ni que dejen de ser pudientes. Decir esto es ir en contra del espíritu del Evangelio. Sí lo invita a la justicia y a resarcir la falta. Al rico lo invita a ser generoso dando al que no tiene nada (mediante las limosnas). Es parte del testimonio misionero que se nos induce. Una misión que predica la salvación, la reconciliación y el perdón a todos los pecadores, pero al mismo tiempo desprendida, atenta con la necesidad del otro, lista a amar, no inclinada al dinero. ¿Cómo predicar las Buenas Nuevas si no somos sensibles a la problemática de nuestro auditorio?
No se puede predicar de ese modo, pero se ha hecho por mucho, mucho tiempo.
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[i] Stam, Juan: “Haciendo teología en América Latina. Juan Stam, un teólogo del camino”. Arturo Piedra-Editor. San José de Costa Rica, Litografía Ipeca. 2005. Pág. 23.
[ii] Lopez, Darío: “La misión liberadora de Jesús según Lucas”. En Bases de la misión: Perspectivas latinoamericanas. Redé Padilla-Editor. Buenos Aires, Nueva Creación. 1998. Pág. 237-239.
[iii] Citado por Lopez, Darío. Op. Cit. Pág. 240.
[iv] Bosch, David: Misión en Transformación. Grands Rapids: Libros Desafío. 2000. Pag. 130.
[v] Parte de la secuencia se extrae de Agencia Suiza para el desarrollo y la cooperación: “Pobreza-Bienestar un instrumento de orientación, de aprendizaje y de trabajo para la lucha contra la pobreza”. COSUDE, 2000.
[vi] Bosch, David: Misión en Transformación. Grands Rapids: Libros Desafío. 2000. Pag. 135.
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