Jesús paró un día en un pueblo llamado Sicar, en territorio no amigo. Era mediodía, y sus discípulos se habían ido a buscar provisiones. Él, en un pozo, esperaba y al rato una mujer se acerca a buscar agua. De manera sorprendente, le dirige la palabra y tiene un largo diálogo con ella, cosa tan rara que se dice que los discípulos "se maravillaron de que hablaba con UNA mujer" (Jn. 4:27, RV60). Ella tiene todo en contra: mujer, samaritana, sin marido, apartada -buscaba agua sola, a la mitad del día- pero a ella le dice con una claridad pasmosa: "Yo soy [el Mesías], el que habla contigo" (Jn. 4:27, RV60). Se acerca a ella, la escucha, y a una invisible revela lo más maravilloso de su mensaje, la naturaleza de su ministerio.
Tiempo después, Jesús entra en su centro de operaciones de su ministerio galileo: Capernaum. Cerca de allí vivía un centurión romano, extranjero, del imperio opresor. Es cierto que era converso y piadoso con los judíos, pero eso no implicaba que su posición particular en el ejército fuera ignorada por los demás. Por eso los ancianos judíos enviados tratan de persuadir a Jesús al comienzo diciendo que "ama a la nación y edificó una sinagoga para nosotros" (Lc. 7:5). Extranjero, finalmente, no tenía voz por sí mismo. Jesús va, y ocurre un evento de fe maravilloso, tanto que exclama que ni siquiera entre los hijos de Israel había encontrado tanta fe (Lc. 7:9). Un extranjero, fuera del perímetro del pueblo de Dios, recibe la atención de Jesús y una sanidad excepcional.
Pero no fue la única historia con un extranjero. Hay una más, igual de impactante. Jesús estaba por Tiro y Sidón, tierras norteñas fuera de Palestina. Se le acerca una cananea, extranjera, mujer, invisible. Ella lo sigue, grita, ruega por la sanación de su hija. Debió ser un escándalo tremendo ya que los discípulos llegaron a pedirle a Jesús que, por favor, le conceda el milagro, "que viene gritando detrás de nosotros" (Mt. 15:23 BJ). Esta mujer no era conversa -en contraste con el centurión-, era pagana, por eso el uso del término "perrillos" del v.26 (los judíos llamaban perros a los paganos y Jesús lo usa en esta ocasión), pero luego, de nuevo lo sorprendente: las muros existen, pero pueden ser franqueados, así seas extranjera, adoradora de otros dioses, mujer, escandalosa. El milagro le fue dado.
Quizá el desprecio que sentían los judíos por los extranjeros se intensificaba cuando alguien del propio pueblo decidía servir al imperio romano. Los publicanos eran lo más selecto en esta categoría del menosprecio. Jesús había sido provocador al elegir a un ex-publicano como Mateo en su grupo íntimo de doce discípulos, pero eso no era todo. Ya casi al final de su ministerio, Jesús hace su viaje ulterior a Judea y va a Jericó. Allí, las multitudes usuales, que clamaban por su cercanía. Entre ellos, Zaqueo, jefe de los publicanos, la concentración del vilipendio. A ese rico, pero marginal, Jesús le dice: "... conviene que hoy me quede yo en tu casa" (Lc. 19:5 BJ). Por supuesto, de inmediato llegaron los murmullos y la desaprobación general (Lc. 19:7) pero de inmediato las palabras del Maestro fueron categóricas: Él ha venido a salvar lo que está perdido (Lc. 19:10). Lo perdido, a veces, está en esa condición por la propia presión de los salvos, del pueblo de Dios. Sí, para ellos también es la salvación. Dios también puede quedarse en la casa de esos que están en los márgenes.
Habían otros invisibles. Están, por ejemplo, los niños, que al ser traídos ante Jesús son tratados al margen y los trataron de poner a un lado los discípulos. Seguro había gente más importante a la cual atender. Pero Jesús no entiende eso, Él dice: "dejen a los niños que vengan a mí, porque de los que son como niños es el reino de Dios". Aplastante esta sentencia. También está la mujer con el flujo de sangre por doce años, por lo tanto, ceremonialmente impura (Lv. 15:25) y con una poderosa imagen de pecado (Ez. 36:17). Tan sólo el tacto hacía impuros a los demás, y a pesar de eso, y seguramente muy cubierta, se mete en la multitud para buscar el milagro. Toca a Jesús esta pecadora, esta apartada, esta invisible, y lo hace impuro. Por eso su temor y temblor (Lc. 8:47) al declarar lo que había hecho. Estaba en falta evidente, pero Jesús le dice: "tu fe te ha salvado, ve en paz". La fe y la misericordia por encima de nuestras barreras.
O la historia de la sanación del leproso (Mt. 8:1-4), tras el sermón del monte, cuando a pesar de que sería impuro, él toca al leproso que estaba de rodillas ante él, y lo sana. Un leproso era un apartado, un paria, un muerto viviente (Num. 12:12), su condición está vinculada a una condición pecaminosa que resaltaba con la pureza que tenía que tener el pueblo, tenía que vivir fuera de los pueblos y sin contacto con el resto de la gente. Las reglas con ellos eran estrictas (ver Levítico 13) pero Jesús lo toca. Lo dignifica, lo regresa a la comunidad, lo vuelve visible.
¿Qué nos queda entonces? ¿Qué hacemos? Siempre pienso que debemos recurrir a ese caso de misericordia máxima: el pasaje agregado juanino de Jesús y la mujer adúltera. Allí, Él, único con el derecho de apedrearla, queda solo ante ella, y en lugar de ejecutar el juicio da su sentencia: "yo tampoco te condeno. Ve y no peques más" (Juan 8:11).
Jesús les dio voz a los invisibles. Les dio su escucha, su revelación, sus milagros. Al pagano, al extranjero, a la mujer, a los niños. Sin embargo, hoy tenemos piedras en nuestras manos listos para apedrear al invisible de nuestros tiempos, al que consideramos como pecador, como indigno de nuestra aparente santidad. Nos creemos con derecho de ello, nos arrogamos la potestad de ser los poseedores del llamado divino, arriando banderas aparentemente justas pero lastimosamente nuestro móvil está lejos del amor cristiano, olvidando de algo que Jesús repitió varias veces: misericordia quiero, no sacrificios (Mt. 9:13, Mt. 12;7, ambos inspirados en Os. 6:6). Que la misericordia ante todos sea lo que mande nuestro andar por la tierra, antes que el juicio, acogiendo siempre a los invisibles del mundo.
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-RV60: Reina Valera 1960
-BJ: Biblia de Jerusalén
-Fuente de imagen: http://bibliadenavarra.blogspot.pe/2011/03/jesus-habla-con-la-samaritana-jn-45-42.html
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sábado, 18 de febrero de 2017
domingo, 28 de noviembre de 2010
La ilusión de la pureza
Que estamos en el mundo pero que no somos del mundo es un adagio, plenamente bíblico, que nos enseñan en las iglesias en las primeras clases de verdades fundamentales del cristianismo. Es evidente ―a mis ojos de seguidor de Cristo a-eclesial― que la interpretación del texto en cuestión no es literal, sino que es más relacionada a la desvinculación del sistema de pecado que impera, a nuestra nueva ciudadanía, a nuestra transformación de creaturas de Dios a hijos de Dios. Pero lo que ha sucedido, para variar, es una tremenda malinterpretación del texto que ha llevado a las iglesias latinoamericanas a padecer de un mal cuya patología provoca profundas ganas de aislamiento, complejos de superioridad, instauración de microculturas y tufillos santificadores: el mundo es malo; lo que produce el mundo es malo; yo no soy del mundo; no debo vincularme con el mundo ni con las cosas que produce porque quiero ser puro, no pecador como los del mundo; lo mejor es estar lo más aislados posibles, viviendo en nuestras cuatro paredes; así seré un cristiano feliz, listo para cuando me llamen al cielo, donde mi mansión me espera.
Entonces, me haré más puro si me aíslo del malévolo mundo, creando mis códigos de lenguaje, usando vestimentas particulares o viviendo en rutinas absorbentes que me ayuden a ocupar mi tiempo. Por ello, es frecuente que los evangélicos no tengan amigos de verdad en el mundo; o, si los tienen, sean contados, ninguno profundo por temor a la contaminación: se nos invita a las amistades con hermanos de la iglesia, se nos instruye diciendo que esas amistades son superiores. Ya ni hablemos del tema del yugo desigual (estar de novios o casarse con alguien del mundo), otra tremenda malinterpretación de la que seguro escribiré un día de estos. Como acabo de decir, percibo una patología generalizada, de contumaz resistencia a intentos de medicación.
Las tendencias monacales evangélicas tienen distintos matices, aunque son inconsistentes en todos los casos. Es decir, si digo que el mundo es ontológicamente malo y no deseo contacto con él, pues lo que debo hacer, realmente, es seguir el ejemplo de los monjes orientales en un estricto anacoretismo, viviendo sobre un árbol o sobre una columna. Pero hacer esto es un ingente absurdo. Si me ubico más al centro, decidiendo filtrar, escogiendo qué tomo y qué rechazo más allá de los principios y valores que perentoriamente necesitamos discernir, entramos en el más puro dominio de la especulación. Esta extensión de las maldades del mundo más allá de los límites ético-morales no ha hecho más que traer un caos total. Por ejemplo, a cuenta de agradar a Dios rechazaré la moda del mundo y me vestiré de estricto saco y corbata (una moda que también es del mundo) o con largos vestidos hasta los tobillos, pero a cuenta de hacer la obra que Dios me ha encomendado elijo evangelizar al mundo con todos los medios que la tecnología me permite: Twitter, Facebook, radio por internet, canales de TV, spam, y un larguísimo etcétera. ¿Cómo sustentar los filtros parciales que rechazan moda y aceptan los últimos avances en tecnología de la información? No hay manera.
A mi entender, es absurdo pensar que redactar un blog o escribir libros digitales es anticristiano porque la tecnología vino del mundo. Por aquí anda el error de los amish, que deciden no mezclarse al rechazar la tecnología: siendo puristas, deberían vivir como los cromagnon o los no contactados de la amazonia y no con los avances del siglo XIX que serían igual de pervertidos que los del siglo XXI. La tecnología va más allá de pantallas planas e I-phones: también son procedimientos, pensamientos e ideas nuevas. Nos es claro que un Nintendo Wii y un auto híbrido es tecnología, pero también lo es, a su manera, los modelos de medición del riesgo de mercado, las leyes ambientales, el coaching, el mentoring y la gran gama desarrollada en la teoría de las organizaciones. Debería, entonces, ser indiferente usar electricidad, implantar un esquema de iglesia online, o desarrollar en una iglesia un modelo bajo las últimas teorías desarrolladas por los gurúes en Recursos Humanos (claro está, sin olvidar en foco en los principios bíblicos). Es una quimera la pureza que digo tener si evito usar las “teorías de ese pecador que hasta divorciado es”, o la página web de aquel ateo que enseña técnicas para la crianza de hijos hiperactivos. Atar de esa manera la técnica y la persona es un error.
A pesar de lo que podemos pensar, estos desarrollos se hacen desde una parte de la naturaleza humana que compartimos con Dios por ser su imagen: la capacidad de crear. Lo simpático del asunto es que no hay restricción a su uso en la iglesia salvo evidentes conflictos morales como los que, quizá, podrían existir en los avances actuales de la biología. Por ello la iglesia cambia, se mueve con los tiempos, abandona preceptos viejos, reflexiona y establece adagios nuevos, que seguramente serán reemplazados por la generación siguiente, como debe ser. Este proceso de cambio no lo provoca el mundo, sino que es un aspecto natural de la humanidad, que seguramente existiría si Adán y Eva no se hubiesen comido la manzana. Resistir este proceso no me hace más puro ni merecedor de la aureola del apóstol Pedro. Defender el dogma implantado por nuestros abuelos es verdaderamente ir contra la corriente, es ser antinatural. Por ello, adelante con la iglesia online, las nuevas teologías, las renovadas liturgias, las nuevas organizaciones eclesiales. Eso no es el mundo entrando en la iglesia, es ser cristianos siendo humanos de verdad: creadores, no estáticos, llenos de la vida que Dios nos regala.
sábado, 31 de octubre de 2009
Aborto: del efecto a la causa (III)
El toro por las astasUn cristiano, para mí, encuentra un campo de misión extremadamente valioso al enseñar a los jóvenes de una manera completa el tema sexual de una manera que abarque a todos y no se restrinja a unos pocos, ya que llega hasta lo más profundo de nuestra intimidad: el inicio de nuestro caminar en este mundo, la génesis del soplo de vida. ¿Qué implica este campo de misión?
(1) La necesidad de definir con claridad lo que es el sexo, qué implica, qué vincula, cuánto pesa dentro de nuestra naturaleza humana. Es urgente comunicar que una relación sexual no se centra en la carnalidad, tampoco en un sentimiento o una atracción hormonal que debe ser satisfecha, sino que subyace profundas relaciones indexadas a nuestra compleja humanidad. No debemos de agotarnos en entregar este mensaje, que prácticamente puede ser de vida o muerte, remando contracorriente en un mundo que se ha entregado al placer sin tapujos ni limitantes.
(2) Debemos hablar de la praxis que garantiza la seguridad total: lo mejor es no tener relaciones sexuales hasta que te cases, sin riesgo de embarazos no deseados que puedan truncar los planes de vida ni de muertes innecesarias. Es evidente que la ética sexual cristiana va más allá, pero para evitar abortos basta con ello.
(3) La necesidad de protegerse si se toma la decisión de tener relaciones sexuales. Somos absolutamente libres de irnos a la cama con quienes queramos –según las determinaciones de nuestro marco moral-, pero debemos asumir las posibles consecuencias. No hay método 100% seguro en el mercado que evite los embarazos, por lo que hay ciertos riesgos marginales que deben ser claramente explicados de la manera más diáfana posible, a manera de “para protegerte tienes estos métodos: a, b, c. Para evitar embarazos no deseados tienes d, e, f. Y SE USAN DE ESTA MANERA”. O sea, enseñar a usar un condón correctamente, a usar las pastillas, el método del ritmo, todos los demás. Por lo tanto, ¿puede ser parte de la misión de Dios enseñar a usar el preservativo a jóvenes que no comparten mi ética pero que seguramente se acostarán con su enamorada o una prostituta muy pronto? Pues, diría que sí. El pecado debe ser minimizado siempre.
(4) Tomar el toro por las astas también significa considerar con seriedad la casuística completa, esto es, hablar de aborto eugenésico, la píldora del día siguiente y los embarazos por violaciones. El primer caso es sumamente complejo, pero pienso que es posible admitir la posibilidad de un aborto para casos muy especiales, que los expertos en el tema (léase, los médicos) deben determinar de una manera sumamente cuidadosa, buscando el diagnóstico más preciso, considerando inclusive el riesgo de la vida de la madre. La llamada píldora del día siguiente requiere una clara definición. ¿Es abortiva o no? Si lo es, entonces no debe usarse. Si no lo es, entonces no hay problema. ¿Quién debe determinar eso? Los expertos, o sea, los médicos. Yo soy economista y estudio con relativa seriedad la teología, por lo que no soy competente en las disquisiciones de las ciencias biológicas, y la verdad es que se leen demasiados comentarios a favor y en contra. Respecto al embarazo por violaciones, creo que debe primar el derecho a la vida del bebé. Él no es culpable del acto en sí. El violador debe ser encerrado con la máxima pena posible, pero pienso que el bebé debe nacer. ¿Qué debe decidir la mujer? Si lo deja en adopción o no.
Soy conciente que hay mucho por debatir, pero como cristianos debemos tener posturas claras sobre este tema tan sensible. Entiendo que puedan convivir algunas divergencias, pero lo que es claro es que no pueden existir posturas indiferentes ante esta situación que se ha generalizado peligrosamente. Como ya he dicho antes, el silencio para el cristiano es siempre enemigo.
lunes, 26 de octubre de 2009
Aborto: del efecto a la causa (II)
La situación realEl problema fundamental es que discutir sobre el aborto es llegar tarde, es analizar el efecto cuando es irreversible, como analizar la estrategia para ganar el partido luego del pitazo final. Es cínico oponerme al aborto per sé sin referirme al problema que subyace la discusión, y este es el de la liberalidad sexual de nuestra época. Aquí es donde debemos centrar la discusión, y tristemente debe decirse que la realidad nos da un portazo en la cara. Actualmente la edad de iniciación a la vida sexual activa ha bajado a los 13 años de edad en Lima. Por curiosidad y por ignorancia los y las adolescentes se están exponiendo a prácticas cada vez más bizarras sin saber muchos de los riesgos que corren. No se puede intentar tapar el sol con un dedo: esta liberalidad está aquí y se va a quedar, nos guste o no.
Considerando esto como punto de partida, la actitud tradicional que está de acuerdo a la ética cristiana se basa en que el sexo está circunscrito a la esfera del matrimonio. Toda relación sexual premarital o extramarital es incorrecta porque trasgrede lo que la Biblia dice y, desde esa lógica, apuntamos una propuesta de manejo que puede reducirse a que el no tener sexo antes del matrimonio es el único método 100% seguro, junto con la fidelidad en el matrimonio. Sin embargo, lo anterior es mi ética como cristiano que la aplicaremos los cristianos comprometidos con la globalidad de las enseñanzas bíblicas, que no aplica a quien no quiere aceptarla. ¿Qué hago, entonces? ¿Adopto poses proféticas o busco que el efecto del pecado sea el menor posible?
Ambas cosas, en realidad. Quiero que se conozca que el 100% de protección es lo óptimo (y lo debo expresar de esa manera sin absurdos prejuicios de una parte de la opinión pública sesgada a la opinión convencional de las iglesias) pero las cosas no son como yo quiero que sean, sino que las cosas son como son. La realidad pesa demasiado, no puedo cubrirla ni meter mi cabeza en un agujero como lo hacen los avestruces. Por ello, 95%, 97% es mejor que 30% o 25% (hablo en términos de protección). Por lo tanto, aspiraré a ampliar mi probabilidad al máximo que me sea posible, porque quiero menos gente con sida, con sífilis, con gonorrea, con hepatitis; quiero menos niños sin padres, menos abortos, menos adolescentes con vidas truncas. Quiero minimizar el accionar del pecado. Allá nosotros si nos queremos engañar diciendo que “no tener sexo es lo mejor” pero sabiendo que los chicos tienen relaciones sexuales (haciéndonos de la vista gorda) y que un embarazo no deseado puede venir por el simple hecho que nadie le enseñó al joven sobre el sentido concreto del sexo dentro del mundo de las relaciones humanas ni tampoco del uso correcto del preservativo y de otros métodos anticonceptivos. ¿No es eso un poco inmoral?
domingo, 25 de octubre de 2009
Aborto: del efecto a la causa (I)
Por circunstancias que aún no quedan muy claras, el debate sobre el aborto se encuentra en el primer nivel de la política nacional. Algún lobby ha logrado que el tema se discuta en el Congreso, y muchas voces han puesto el grito en el cielo, en especial provenientes de la iglesia católica. Como siembre, el lado protestante denota un exceso de timidez –o desinterés aparente- por el tema.Cuatro ideas involucradas
Si consideramos que el origen de la vida se encuentra en la concepción, no quedan muchas alternativas: el aborto es, sin eufemismos que ayudan a mirar a otro lado, un tipo de asesinato. Muchos cristianos tenemos esa postura, por lo que de manera principista nos opondremos siempre a esa práctica nociva tan dañina para la madre, la familia y en especial para el ser que nunca tendría la oportunidad de vivir. Particularmente nos contrapondremos porque nuestra visión siempre privilegiará la vida humana en todas sus formas.
En nuestros tiempos el sexo como tal se ha independizado del aspecto relacional de las personas. Tener relaciones hoy es como cocinar, ir a dar una vuelta por allí, ver televisión o dirigirse al cine, esto es, actividades amorales y emocionalmente neutrales. Los cristianos pensamos que el sexo es mucho más que eso, es algo integral de la naturaleza humana, profundamente vinculada a la forma de relacionarnos, de amar, de sentir, de vivir. Hoy se reduce el sexo a la genitalidad, al coito, a la batalla sexual que busca el máximo placer. El sexo es categóricamente más que eso: es conversación íntima, es entrega, es búsqueda profunda.
Algo sumamente importante es el principio de la libertad. Yo sí creo en que el sexo es para la esfera matrimonial, y que la fidelidad es lo mejor y lo que protege con total seguridad de las amenazas de las ETS y embarazos indeseados. Esto es así por mi ética adquirida, la cual se aplica –en lo posible- en las iglesias cristianas y la inculcaré en el seno de mi familia. Pero ¿debo imponer esta ética a otras personas (que además son mayoritarias) con las que no comparto el mismo esquema de valores? ¿Imponerla a gente que cree que el sexo es una expresión de entrega en la relación de pareja? ¿A gente que lo circunscribe a niveles puramente hedonísticos y placenteros? ¿Gente que no es cristiana practicante, que quizá es atea? Pienso que no. Las ideas cristianas deben ser siempre expuestas pero nunca impuestas; tenemos suficiente con los oscuros tiempos de la edad media.
Lo último es la minimización del efecto del pecado. El mundo ideal del cristiano apunta siempre hacia la escatología, cuando Cristo venga por segunda vez e implante su reino; sin embargo, al mismo tiempo existe la conciencia de la realidad actual, inmersa en una en una dualidad entre el deseo de hacer bien y la tendencia hacia lo malo que nos sitúa en un escenario de imperfección y concupiscencia. Por eso, nuestro objetivo debe ser siempre la minimización de la influencia del pecado en el mundo que nos rodea. Inclusive, puede ser que nos encontremos en una situación en la que debamos minimizar pecados de consecuencias más graves en detrimento de otros menos nocivos, y aquí entra a tallar el discernimiento de cada uno de nosotros.
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