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martes, 19 de agosto de 2014
sábado, 1 de marzo de 2014
Integralidad N°15
Les presento la edición N° 15 de la revista digital Integralidad, que trabajamos desde el Centro Evangélico de Misiología Andino-Amazónica (CEMAA) en Lima (Perú). Sus comentarios serán bienvenidos. Para acceder a ella sólo tienen que hacerle click a la imagen de arriba.
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miércoles, 6 de enero de 2010
Hijos de la insurgencia

Latinoamérica es amante de los esquemas controladores y dictatoriales. Nos gusta la mano dura y que las botas llenas de barro nos tengan bien pisoteados, mientras hacemos mil ejercicios de sobrevivencia con salarios subsaharianos. Para afuera deseamos libertad pero en el fondo, al lado del corazón, añoramos a los Chávez, Velascos, Fujimoris, Pinochets y Ortegas. Por ello los cristianismos que privilegian el control han prosperado tanto en nuestros países. El pentecostalismo, lleno de pastores estrictos y sometimientos inverosímiles que la gente acepta de buena gana, es un perfecto ejemplo, casi ideal a pesar de la horizontalidad que trajo la democratización del carisma. Su crecimiento sigue dándose porque calza con el alma latinoamericana, tan carente de figura paterna y abundante en dioses débiles y serviles.
Todo esquema de control siempre se va implantando por etapas, suave al inicio, pero que al final sataniza con voracidad a los críticos, mientras alaba las estructuras que se definen como tierra santa, como el santuario incólume que debe mantenerse por-los-siglos-de-los-siglos-amén. Los líderes mismos, los llamados, tienen caracterizaciones especiales, cada vez más altas y cercanas a las nubes. Los apóstoles de hoy son un claro ejemplo: intocables, casi todopoderosos, poseen un robusto apetito por controlar que se acompaña de una enorme hambre de sus congregaciones por ser controlados. Una sincronía perfecta en la que todos, aparentemente, están felices. Pero estar felices no necesariamente es sinónimo de que todo está bien.
Algunos de nosotros no vemos las cosas como si estuvieran al lado del cielo sino que, con cierto temor, consideramos que el riesgo que la iglesia asume hoy por su estilo de liderazgo es desmedido. Creemos que la verticalidad en las relaciones del clero evangélico y el laicado no hace bien a la gente, la estupidiza, no la permite desarrollarse, la convierte literalmente en un rebaño. Sin embargo, entendemos que la superación de esto puede tomar algunos años más. ¿Muchos? No lo creo. La tecnología y la facilidad de la interacción de las personas de hoy puede empujar con mucha rapidez a los cambios, a pesar de la pobreza y la enclenque educación que recibimos.
Mientras las cosas van cambiando, sin embargo, algunos tratan de apurar el proceso, en abierta oposición al establishment. Por supuesto que el liderazgo reacciona y ve a los opositores casi como embajadores del mismo Satanás. Han protegido las estructuras generando marcos de “pensamiento” bastante estrictos, en donde los disidentes son poco espirituales y deben ser alejados y sus palabras no escuchadas. No quiero ni imaginarme si aún estuvieran vigentes los métodos de la inquisición católica romana.
La rebeldía y la insurgencia son, entonces, malas palabras, antivalores dignos de los no creyentes, de los ateos que no quieren saber nada con Dios. Lo paradójico del asunto es que si estas actitudes no hubieran existido en la historia de la iglesia, probablemente aún se cobraría dinero por las indulgencias. Sin rebeldía e insurgencia, Lutero jamás habría publicado sus 95 tesis, Savonarola se hubiera quedado tranquilo en su monasterio dominico, silencioso ante la degeneración de los Borgia, y Calvino nunca hubiera configurado su teología. Y no existiríamos. O seríamos los católicos que muchos no toleran, o los sectarios que otros desprecian u alguna otra cosa que solo imaginarla provoca escalofríos. Sin rebelión ni enfrentamiento contra la institucionalidad religiosa, no existiría la iglesia evangélica. Somos, pues, hijos de la insurgencia, y querrámoslo o no, debe ser algo que debe marcar nuestro constante caminar. Nuestro andar en pos de ser los mejores cristianos que nos sea posible. Insurgencia no debe ser una mala palabra.
Todo esquema de control siempre se va implantando por etapas, suave al inicio, pero que al final sataniza con voracidad a los críticos, mientras alaba las estructuras que se definen como tierra santa, como el santuario incólume que debe mantenerse por-los-siglos-de-los-siglos-amén. Los líderes mismos, los llamados, tienen caracterizaciones especiales, cada vez más altas y cercanas a las nubes. Los apóstoles de hoy son un claro ejemplo: intocables, casi todopoderosos, poseen un robusto apetito por controlar que se acompaña de una enorme hambre de sus congregaciones por ser controlados. Una sincronía perfecta en la que todos, aparentemente, están felices. Pero estar felices no necesariamente es sinónimo de que todo está bien.
Algunos de nosotros no vemos las cosas como si estuvieran al lado del cielo sino que, con cierto temor, consideramos que el riesgo que la iglesia asume hoy por su estilo de liderazgo es desmedido. Creemos que la verticalidad en las relaciones del clero evangélico y el laicado no hace bien a la gente, la estupidiza, no la permite desarrollarse, la convierte literalmente en un rebaño. Sin embargo, entendemos que la superación de esto puede tomar algunos años más. ¿Muchos? No lo creo. La tecnología y la facilidad de la interacción de las personas de hoy puede empujar con mucha rapidez a los cambios, a pesar de la pobreza y la enclenque educación que recibimos.
Mientras las cosas van cambiando, sin embargo, algunos tratan de apurar el proceso, en abierta oposición al establishment. Por supuesto que el liderazgo reacciona y ve a los opositores casi como embajadores del mismo Satanás. Han protegido las estructuras generando marcos de “pensamiento” bastante estrictos, en donde los disidentes son poco espirituales y deben ser alejados y sus palabras no escuchadas. No quiero ni imaginarme si aún estuvieran vigentes los métodos de la inquisición católica romana.
La rebeldía y la insurgencia son, entonces, malas palabras, antivalores dignos de los no creyentes, de los ateos que no quieren saber nada con Dios. Lo paradójico del asunto es que si estas actitudes no hubieran existido en la historia de la iglesia, probablemente aún se cobraría dinero por las indulgencias. Sin rebeldía e insurgencia, Lutero jamás habría publicado sus 95 tesis, Savonarola se hubiera quedado tranquilo en su monasterio dominico, silencioso ante la degeneración de los Borgia, y Calvino nunca hubiera configurado su teología. Y no existiríamos. O seríamos los católicos que muchos no toleran, o los sectarios que otros desprecian u alguna otra cosa que solo imaginarla provoca escalofríos. Sin rebelión ni enfrentamiento contra la institucionalidad religiosa, no existiría la iglesia evangélica. Somos, pues, hijos de la insurgencia, y querrámoslo o no, debe ser algo que debe marcar nuestro constante caminar. Nuestro andar en pos de ser los mejores cristianos que nos sea posible. Insurgencia no debe ser una mala palabra.
Imagen: http://www.manueltalens.com/imagenes/angel.jpg
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domingo, 20 de diciembre de 2009
Economía y Misión en la Biblia Clase 4
Hola a todos.
Les adjunto la presentación de la cuarta clase del curso que dicté en el Centro de Misología Andino-Amazónica de Lima-Perú. Sus comentarios serán bienvenidos.
Un saludo,
Les adjunto la presentación de la cuarta clase del curso que dicté en el Centro de Misología Andino-Amazónica de Lima-Perú. Sus comentarios serán bienvenidos.
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miércoles, 29 de julio de 2009
El universo gris
Ver el mundo como una calamidad es una circunstancia que no requiere mucho esfuerzo en demostrar. Ver el mundo como un escenario de esperanza también es una circunstancia que puede ser contrastada sin movernos del computador desde donde ahora leemos este texto.La calamidad se ve cuando un borracho atropella a una familia que espera en un paradero al bus que la llevará cerca de su casa y se da a la fuga; cuando leemos en los libros de historia la industria de la muerte a medidas industriales en los campos de concentración nazis y que hoy algunos se esfuerzan por negar; cuando los niños mueren de frío en las punas del sur peruano por incompetencia gubernamental provocadas por diferencias políticas. Calamidad se ve cuando los sistemas económicos no funcionan para todos; cuando la riqueza se acumula en pocas manos y cuando la impunidad campea: está preso en una prisión-tugurio el que robó una gallina por hambre pero el que traficó con armas y drogas ―o el que hizo del lobbismo un estilo de vida― vive la comodidad de una celda dorada. Donde posemos los ojos veremos la dureza del destrozo inmisericorde, el poco aprecio por la humanidad del prójimo, la desfachatez del poder del mal que se expone orgulloso por el mundo.
La esperanza también es posible contemplarse. Se ve cuando encontramos la historia de la madre que caminó cuatro días hasta la posta médica más cercana para salvar a su hijo enfermo, o la generosidad de los numerosos que dan de lo que no tienen al que necesita, o los muchos que han muerto por salvar a otros o han entregado sus vidas completas por causas altruistas. Aún pueden percibirse las actitudes totalmente desinteresadas, o el aprecio por la honestidad, o la incondicionalidad de la amistad. El amor que “todo lo puede y todo lo soporta” es una fuente inagotable de esperanza que trae un aire nuevo, lleno de consuelo para las almas que pueden sufrir tribulación. Es un tipo de redención.
La dualidad calamidad/esperanza se contempla en lo profundo de la realidad humana, en cada uno de los corazones de los cerca de siete mil millones de personas que inundan el planeta. Oscilamos entre el deseo del bien y la tentación del mal. Podemos ser los más santos del mundo mientras gozamos de la más plena experiencia religiosa, pero al mismo tiempo vivir el infierno en la tierra tras la botella un millón que entra en nuestra alcohólica garganta, o por el insulto inmisericorde dirigido a nuestro hijo o el comentario envidioso hecho con el fin de dañar a otra persona. Bien dice Sabato que “no podemos hablar del hombre como si fuera un ángel, y no debemos hacerlo. Pero tampoco como si fuera una bestia, porque el hombre es capaz de las peores atrocidades, pero también capaz de los más grandes y puros heroísmos”. La vida del no cristiano no es ni blanca ni negra sino que es gris, y la vida del cristiano también es gris –aunque a algunos les cause escozor admitilo-. No por nada Pablo decía que él quiere hacer el bien siempre, pero algo interno se lo impedía y terminaba haciendo el mal que quería evitar. Un mal que frecuentemente no es conciente y que no suele medir consecuencias. Más humanidad, imposible.
El universo gris gobernará todos nuestros pasos. Por ello, no debemos perder la realidad de la imperfección en nuestros esfuerzos por agradar a un Dios que nos pide santidad. Dios sabe que en esta vida nunca dejaremos de ser grises, y que ningún esfuerzo hará que eso cambie. Eso puede ser muy frustrante. Nos deja en carestía absoluta, en impotencia declarada, en pobreza extrema. ¿Pueden imaginarlo? Nuestros esfuerzos no alcanzarán jamás, pero aquí entra la maravilla de la gracia divina, de lo que pretendo hablar en un post futuro.
La palabra “pobres” es en el original griego ptocoi, que significa mendigar, o también mendigo. O sea, en traducción literal la popular bienaventuranza sería algo así como “felices los mendigos espirituales ya que a ellos pertenece el reino de Dios”. ¿Por qué mendigo espiritual? Creo que es porque ante Dios, el Absoluto, el Todopoderoso, estamos en una situación de carestía absoluta, nada podemos hacer para evitar ser grises teniendo en cuenta que Él nos pide ser blancos. En última instancia, espiritualmente no tenemos nada, fuera de Dios todo es razonamiento vano o sentimentalismo frágil, pero la verdadera espiritualidad está sólo en Dios. Y Dios, sabiendo eso, nos tiende la mano. Sabiendo nuestra condición, nos recomienda apuntar hacia la fuente de espiritualidad verdadera, su hijo Jesucristo, que se entregó por nosotros permitiendo que seamos aptos a pesar de nuestra grisitud.
Es interesante ver que la primera característica que Cristo enseña en las bienaventuranzas sobre lo que un seguidor suyo debe ser se enfoca en la espiritualidad, en darnos cuenta que nosotros no podemos generarla adecuadamente, que la fuente es y será siempre Dios, y que la actitud de mendicidad espiritual no la reemplaza jamás el activismo eclesial, el involucrarse en la mayor cantidad de ministerios posibles, llevar a cabo profundos estudios teológicos o ir hacha en mano derrumbando iglesias apolilladas. La mendicidad espiritual es una actitud que toca la más profunda fibra del orgullo humano, el cual debe desaparecer por completo: sólo debemos depender de Él, y nada más. Porque lo gris es nuestra realidad, fuera y dentro de la cristiandad, y nada se puede hacer por cambiarla.
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http://www.piscinasbonmar.com/ES/imagesAll/98/Imagenes/Contenidos/Productos/lamina_de_piscina_mosaico_recto_gris.jpg
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martes, 17 de abril de 2007
Una praxis constante: Jesús y los marginales a través de Lucas
Hasta este punto, he considerado tres elementos, esenciales a mí entender, dentro del panorama económico lucano: María y su Magnificat, Juan el Bautista y el fruto del arrepentimiento, y Jesús presentando su ministerio en la sinagoga de Nazaret. Los tres forman una especie de “marco teórico” introductorio al que debemos tratar de encontrar una aplicación práctica que nos ilustre sobre su factibilidad. ¿Existe? Tenemos, entonces que observar a Cristo directamente en el campo, viviendo su propio pensamiento. Bien dice Juan Stam que “la consigna para ser un buen teólogo nos la da Marx en su undécima tesis sobre Feuerbach, que podemos parafrasear con “hasta ahora los teólogos han contemplado el evangelio sólo para explicarlo y formar un sistema; de lo que se trata es de llevar las buenas nuevas a todas las personas, a las naciones y a la historia, en servicio del reino de Dios. La teología que no es praxeológica tampoco puede ser bíblica; nace con un virus desde sus mismos inicios”[i] y nuestro Señor, además de su enseñanza de salvación, de buenas obras y de esperanza, vivió una vida de sincronía perfecta entre lo que decía y lo que hacía, con un mensaje no exclusivamente espiritualista; como decíamos antes, con los pies bien puestos sobre la tierra. Jesús convertía en hechos toda y cada una de sus prédicas, no se conformaba sólo con el hablar, con la retórica fina, sutil, elegante, o confrontadora. No era sólo teoría teológica o ética: su praxis es categórica, determinante, capital.
Por ello, para muchos Lucas es el evangelista que más presenta a Jesús en contacto con los sectores sociales desprotegidos y menospreciados, muy interesado en la gente menos privilegiada: los pobres, las mujeres, los niños, los enfermos –y más, los que quedaban en condición permanente de impureza ceremonial, como la mujer del flujo de sangre o los leprosos- y los pecadores declarados. Su ministerio es presentado desde el principio como el anuncio de buenas nuevas a los pobres y marginados (Lc. 4:18-19), pero cabe una pregunta inmediata: ¿Quiénes son esos marginados? En una sociedad marcada por los valores religiosos de un fariseísmo insensible e intereses políticos de los escribas y saduceos, junto con la explotación del dominio extranjero y el sentimiento permanente de revolución y necesidad material, la marginación alcanzó niveles económicos (los pobres), sociales (niños y enfermos), culturales (samaritanos y mujeres) y políticos (publicanos), los mismos que mencioné líneas arriba. Nuevamente vale la pena aclarar que no todos los marginados con los que Jesús se relacionó eran materialmente pobres[ii].
Para efectos del trabajo, me concentraré en los pobres materiales. Según Gustavo Gutierrez, la palabra griega ptojos (pobre), que aparece 34 veces en todo el Nuevo Testamento, mayormente hace referencia al indigente, carente de lo necesario para vivir[iii]. Lo corrobora Bosch cuando nos recuerda en Lucas la palabra aparece 10 veces, en comparación de las 5 veces de Mateo y Marcos, y lo mismo ocurre con otros términos referidos a la riqueza, como plousios (rico) y hyparjonta (posesiones)[iv]. Es, pues, un tema importante.
Para muchos la pobreza es sinónimo de mugre; de una casa de cartón o esteras en un cerro de alguno de los conos de Lima que, por no tener energía eléctrica, se iluminan con velas que suelen caerse y quemar toda la vivienda, frecuentemente con niños adentro, encerrados para su protección por tener recursos para una niñera; de un colegio nacional de carpetas vetustas y profesores sindicalizados ignorantes; de pandilleros; de la empleada doméstica a la que no se le pagan los beneficios sociales, trabaja 14 horas al día y que gana menos del sueldo mínimo porque la-labor-incluye-casa-y-comida; del niño que hace piruetas en alguna esquina hasta las once de la noche; de rostros cobrizos y andinos; de ropa parchada. Pero la pobreza es más que eso, más que la imagen que no nos gusta ver, es un fenómeno complejo de tal magnitud que hoy, a pesar de todos los avances en la ciencia en general, no hemos logrado solucionar (vergüenza máxima de nosotros los economistas). Es más, parece que sigue aumentando, y la brecha entre pobres y ricos se incrementa permanentemente junto con la concentración de la riqueza.
La pobreza afecta la vida entera: las condiciones de salud, la nutrición, la educación, la seguridad con la violencia como contraparte, los servicios básicos, el estilo de comunicación, el sistema de valores, las relaciones entre los géneros, la familia como estructura, las lógicas económicas, la relación con el medio ambiente, la visión de los derechos humanos y la institucionalidad, la mirada de uno mismo como persona individual e integrante de una sociedad llena de discriminación y racismo[v]. Es un enemigo que ataca por todas las partes imaginables. Por ello, cabe perfectamente el término moderno de “grupos vulnerables”. Con esto en cuenta, se entiende más el amor especial de Jesús hacia ellos porque los conocía bien, sintiendo y viviendo su condición ontológica durante su vida. Con él no valían los discursos: se encarnó en la tierra en una situación de pobreza. No le bastó ser Dios omnisciente-que-todo-lo-sabe, se metió en el mundo de la mayoría, respiró el polvo, vio todo por dentro. No fue un analista social acomodado debatiendo sobre la carestía. Es esta una de sus prédicas actuadas.
No sorprende, por lo tanto, la reivindicación permanente del pobre que hace Jesús. Sabe de su condición de desventaja en esta tierra desigual, sabe de su permanente desvalorización –muchas veces hecha por ellos mismos- al ver la riqueza de otros. Por ejemplo, en los ayes lucanos (6:20-21a, 24-25a) el Maestro dice:
“Y alzando los ojos hacia sus discípulos, decía: Bienaventurados vosotros los pobres, porque vuestro es el reino de Dios. Bienaventurados los que ahora tenéis hambre, porque seréis saciados… Mas ¡ay de vosotros, ricos! porque ya tenéis vuestro consuelo. ¡Ay de vosotros, los que ahora estáis saciados! porque tendréis hambre”
Habla de un estado de justicia futura pero real. Les dice “felices” porque ese reino, que ya se ha acercado, ¡era de ellos! Les promete la satisfacción completa de su necesidad y le da un mensaje al que tiene mucho, no porque posea sino por su actitud hedonista que vive satisfecha de su estilo de vida. Y lo mismo sucede en la parábola del rico insensato (Lc. 12:16-21). El pobre vive el día a día, muchas veces sin un trabajo estable y se encuentra en un estado de dependencia de Dios constante. El rico suele pensar que tiene todo en su mano, que controla su vida, que de él depende todo, que todo será como hoy, cuando no es así. Lucas se mofa de ese pensamiento, y coloca en una real dimensión. Más aún: ¡Les dice que para Dios ellos no tienen nada!:
“También les refirió una parábola, diciendo: La heredad de un hombre rico había producido mucho. Y él pensaba dentro de sí, diciendo: ¿Qué haré, porque no tengo dónde guardar mis frutos? Y dijo: Esto haré: derribaré mis graneros, y los edificaré mayores, y allí guardaré todos mis frutos y mis bienes; y diré a mi alma: Alma, muchos bienes tienes guardados para muchos años; repósate, come, bebe, regocíjate. Pero Dios le dijo: Necio, esta noche vienen a pedirte tu alma; y lo que has provisto, ¿de quién será? Así es el que hace para sí tesoro, y no es rico para con Dios”
Pasa lo mismo en el relato del rico y Lázaro (Lc. 16:19-30), que conforta al sufriente en esta tierra y coloca al rico en situación de tormento. Incluso cree que todavía tiene cierto poder al decir “Padre Abraham, ten misericordia de mí, y envía a Lázaro para que moje la punta de su dedo en agua, y refresque mi lengua; porque estoy atormentado en esta llama”. Recibe la respuesta correcta de Abraham: “Hijo, acuérdate que recibiste tus bienes en tu vida, y Lázaro también males; pero ahora éste es consolado aquí, y tú atormentado”. Lázaro, que representa a todos los mendigos, tiene paz. Por supuesto, no podemos inventar una teología económica-soteriológica desde estos versículos.
Pero, no sólo existe una comisión hacia los pobres, sino que hay una palabra clara dirigida a los ricos. Jesús nunca fue exclusivo de una clase social, se relacionó con toda clase de gente. En Lucas hay muchos encuentros de Jesús con personas pudientes. ¿Qué es lo que les quiso decir a los ricos? Su mensaje lo realiza a través de sus parábolas e historias: quiere que el rico se convierta de forma coherente al lenguaje social de Jesús. Dos ejemplos son los contrapuestos: Zaqueo (Lc. 19:1-10), jefe de los publicanos de Jericó, que opta por entregar la mitad de sus bienes a los pobres y cuadruplicar el posible fraude cometido por él a favor del transgredido, y el Joven Rico (Lc. 18:18-30), quien vive una vida ejemplar, celosa de la Ley, pero que no puede aceptar el reto de Jesús por su exceso de riqueza. Siempre vale la pena mencionar que Zaqueo no entregó el total de sus bienes, sólo la mitad, y con eso “la salvación llegó a su casa”, aunque al joven rico le pidió dar todo.
Derivada está la idea de la limosna, mencionada siempre -salvo una excepción- por Lucas en el Nuevo Testamento. Dar la limosna es, bajo el pensamiento judío que viene desde Moisés, una actuación a favor de la justicia y la misericordia, y se nos invita a darla de forma generosa. Y, per se, es una forma de alivio de la pobreza de la comunidad. En la práctica actual hay aristas espinosas y para muestra basta un botón: los niños que piden dinero en las calles que son casi siempre “monitoreados” por un adulto que los usa para su beneficio. ¿Dar, para que esta adulto se aproveche, o no dar, para evitar la explotación infantil? O, de manera distinta, ¿Dar, para acostumbrar a esos niños a que no es necesario trabajar para conseguir lo necesario para vivir, o no dar, para que los infantes se den cuenta que no es posible conseguir dinero en las calles? ¿Qué nos queda, dar en forma no-monetaria? Interrogantes complicadas. La idea está presente: dar para la necesidad del que no tiene. El proceso hermenéutico debe realizarse para encontrar nuestra mejor respuesta a este llamado.
Hay un mensaje adicional a los ricos. El pasaje del amor hacia los enemigos y la regla del oro (Lc. 6:27-36) nos da la pauta. Mateo lo relata (5:38-48; 7:12), pero Lucas hace el siguiente añadido:
“Y si prestáis a aquellos de quienes esperáis recibir, ¿qué mérito tenéis? Porque también los pecadores prestan a los pecadores, para recibir otro tanto. Amad, pues, a vuestros enemigos, y haced bien, y prestad, no esperando de ello nada; y será vuestro galardón grande, y seréis hijos del Altísimo; porque él es benigno para con los ingratos y malos. Sed, pues, misericordiosos, como también vuestro Padre es misericordioso” (v. 34-36).
El amor en términos del préstamo, un flechazo directo y certero a Mammón (Mt. 6:24). Más aún, Lucas expresa el amor hacia los enemigos en términos de amor hacia los morosos. ¿Cómo, entonces, entender esto? “Lucas entiende esta exhortación a los cristianos ricos. Bajo la ética social de su tiempo, los ricos invitaban solamente a los ricos para poder recibir a su vez la invitación de los mismos (Lc. 14:12). El Jesús interpretado por Lucas rechaza precisamente tal proceder. Este tipo de conducta se espera más bien de los pecadores que se limitan a hacer el bien a los que tratan bien y únicamente prestan dinero bajo garantía de devolución (Lc. 6:32-34). Los discípulos de Jesús, sin embargo, deben prestar sin esperar cosa alguna (6:35a). Son desafiados a ser misericordiosos como lo es su Padre Celestial (6:36). Por ello recibirán recompensa (6:35b): si absuelven (apolyo) a sus deudores, ellos mismos serán absueltos, es decir, se les perdonará… En términos económicos, Lucas desafía a los miembros ricos de su comunidad a abandonar una porción significativa de su riqueza y a emprender además algunas actividades desagradables, como la de otorgar préstamos riesgosos y perdonar deudas contraídas. Por supuesto, el lenguaje que expresa esa dimensión del discipulado es el lenguaje del año de jubileo: la idea del jubileo, de hecho, permea el Evangelio de Lucas”[vi]
El Jubileo está vigente hoy en día. Con esa idea, comprendemos la situación vulnerable del pobre, la realzamos y asumimos, afirmando su estado de desventaja. Dios conoce la pobreza y ante ella nos consuela y anima, sabiendo que sus ojos están allí, vigilantes. No ignora la situación, no le da la espalda, no la olvida, no se hace el loco. Más bien, se encarna en ella, la vive y la explora. Pero, al mismo tiempo, se acerca al rico, le ofrece a salvación y le alienta a ejercitar el amor con una muestra práctica del compartir las riquezas con los que menos tienen. No le dice necesariamente que dejen sus funciones aparentemente ingratas (como a Zaqueo y su puesto de jefe de publicanos) ni que dejen de ser pudientes. Decir esto es ir en contra del espíritu del Evangelio. Sí lo invita a la justicia y a resarcir la falta. Al rico lo invita a ser generoso dando al que no tiene nada (mediante las limosnas). Es parte del testimonio misionero que se nos induce. Una misión que predica la salvación, la reconciliación y el perdón a todos los pecadores, pero al mismo tiempo desprendida, atenta con la necesidad del otro, lista a amar, no inclinada al dinero. ¿Cómo predicar las Buenas Nuevas si no somos sensibles a la problemática de nuestro auditorio?
No se puede predicar de ese modo, pero se ha hecho por mucho, mucho tiempo.
Por ello, para muchos Lucas es el evangelista que más presenta a Jesús en contacto con los sectores sociales desprotegidos y menospreciados, muy interesado en la gente menos privilegiada: los pobres, las mujeres, los niños, los enfermos –y más, los que quedaban en condición permanente de impureza ceremonial, como la mujer del flujo de sangre o los leprosos- y los pecadores declarados. Su ministerio es presentado desde el principio como el anuncio de buenas nuevas a los pobres y marginados (Lc. 4:18-19), pero cabe una pregunta inmediata: ¿Quiénes son esos marginados? En una sociedad marcada por los valores religiosos de un fariseísmo insensible e intereses políticos de los escribas y saduceos, junto con la explotación del dominio extranjero y el sentimiento permanente de revolución y necesidad material, la marginación alcanzó niveles económicos (los pobres), sociales (niños y enfermos), culturales (samaritanos y mujeres) y políticos (publicanos), los mismos que mencioné líneas arriba. Nuevamente vale la pena aclarar que no todos los marginados con los que Jesús se relacionó eran materialmente pobres[ii].
Para efectos del trabajo, me concentraré en los pobres materiales. Según Gustavo Gutierrez, la palabra griega ptojos (pobre), que aparece 34 veces en todo el Nuevo Testamento, mayormente hace referencia al indigente, carente de lo necesario para vivir[iii]. Lo corrobora Bosch cuando nos recuerda en Lucas la palabra aparece 10 veces, en comparación de las 5 veces de Mateo y Marcos, y lo mismo ocurre con otros términos referidos a la riqueza, como plousios (rico) y hyparjonta (posesiones)[iv]. Es, pues, un tema importante.
Para muchos la pobreza es sinónimo de mugre; de una casa de cartón o esteras en un cerro de alguno de los conos de Lima que, por no tener energía eléctrica, se iluminan con velas que suelen caerse y quemar toda la vivienda, frecuentemente con niños adentro, encerrados para su protección por tener recursos para una niñera; de un colegio nacional de carpetas vetustas y profesores sindicalizados ignorantes; de pandilleros; de la empleada doméstica a la que no se le pagan los beneficios sociales, trabaja 14 horas al día y que gana menos del sueldo mínimo porque la-labor-incluye-casa-y-comida; del niño que hace piruetas en alguna esquina hasta las once de la noche; de rostros cobrizos y andinos; de ropa parchada. Pero la pobreza es más que eso, más que la imagen que no nos gusta ver, es un fenómeno complejo de tal magnitud que hoy, a pesar de todos los avances en la ciencia en general, no hemos logrado solucionar (vergüenza máxima de nosotros los economistas). Es más, parece que sigue aumentando, y la brecha entre pobres y ricos se incrementa permanentemente junto con la concentración de la riqueza.
La pobreza afecta la vida entera: las condiciones de salud, la nutrición, la educación, la seguridad con la violencia como contraparte, los servicios básicos, el estilo de comunicación, el sistema de valores, las relaciones entre los géneros, la familia como estructura, las lógicas económicas, la relación con el medio ambiente, la visión de los derechos humanos y la institucionalidad, la mirada de uno mismo como persona individual e integrante de una sociedad llena de discriminación y racismo[v]. Es un enemigo que ataca por todas las partes imaginables. Por ello, cabe perfectamente el término moderno de “grupos vulnerables”. Con esto en cuenta, se entiende más el amor especial de Jesús hacia ellos porque los conocía bien, sintiendo y viviendo su condición ontológica durante su vida. Con él no valían los discursos: se encarnó en la tierra en una situación de pobreza. No le bastó ser Dios omnisciente-que-todo-lo-sabe, se metió en el mundo de la mayoría, respiró el polvo, vio todo por dentro. No fue un analista social acomodado debatiendo sobre la carestía. Es esta una de sus prédicas actuadas.
No sorprende, por lo tanto, la reivindicación permanente del pobre que hace Jesús. Sabe de su condición de desventaja en esta tierra desigual, sabe de su permanente desvalorización –muchas veces hecha por ellos mismos- al ver la riqueza de otros. Por ejemplo, en los ayes lucanos (6:20-21a, 24-25a) el Maestro dice:
“Y alzando los ojos hacia sus discípulos, decía: Bienaventurados vosotros los pobres, porque vuestro es el reino de Dios. Bienaventurados los que ahora tenéis hambre, porque seréis saciados… Mas ¡ay de vosotros, ricos! porque ya tenéis vuestro consuelo. ¡Ay de vosotros, los que ahora estáis saciados! porque tendréis hambre”
Habla de un estado de justicia futura pero real. Les dice “felices” porque ese reino, que ya se ha acercado, ¡era de ellos! Les promete la satisfacción completa de su necesidad y le da un mensaje al que tiene mucho, no porque posea sino por su actitud hedonista que vive satisfecha de su estilo de vida. Y lo mismo sucede en la parábola del rico insensato (Lc. 12:16-21). El pobre vive el día a día, muchas veces sin un trabajo estable y se encuentra en un estado de dependencia de Dios constante. El rico suele pensar que tiene todo en su mano, que controla su vida, que de él depende todo, que todo será como hoy, cuando no es así. Lucas se mofa de ese pensamiento, y coloca en una real dimensión. Más aún: ¡Les dice que para Dios ellos no tienen nada!:
“También les refirió una parábola, diciendo: La heredad de un hombre rico había producido mucho. Y él pensaba dentro de sí, diciendo: ¿Qué haré, porque no tengo dónde guardar mis frutos? Y dijo: Esto haré: derribaré mis graneros, y los edificaré mayores, y allí guardaré todos mis frutos y mis bienes; y diré a mi alma: Alma, muchos bienes tienes guardados para muchos años; repósate, come, bebe, regocíjate. Pero Dios le dijo: Necio, esta noche vienen a pedirte tu alma; y lo que has provisto, ¿de quién será? Así es el que hace para sí tesoro, y no es rico para con Dios”
Pasa lo mismo en el relato del rico y Lázaro (Lc. 16:19-30), que conforta al sufriente en esta tierra y coloca al rico en situación de tormento. Incluso cree que todavía tiene cierto poder al decir “Padre Abraham, ten misericordia de mí, y envía a Lázaro para que moje la punta de su dedo en agua, y refresque mi lengua; porque estoy atormentado en esta llama”. Recibe la respuesta correcta de Abraham: “Hijo, acuérdate que recibiste tus bienes en tu vida, y Lázaro también males; pero ahora éste es consolado aquí, y tú atormentado”. Lázaro, que representa a todos los mendigos, tiene paz. Por supuesto, no podemos inventar una teología económica-soteriológica desde estos versículos.
Pero, no sólo existe una comisión hacia los pobres, sino que hay una palabra clara dirigida a los ricos. Jesús nunca fue exclusivo de una clase social, se relacionó con toda clase de gente. En Lucas hay muchos encuentros de Jesús con personas pudientes. ¿Qué es lo que les quiso decir a los ricos? Su mensaje lo realiza a través de sus parábolas e historias: quiere que el rico se convierta de forma coherente al lenguaje social de Jesús. Dos ejemplos son los contrapuestos: Zaqueo (Lc. 19:1-10), jefe de los publicanos de Jericó, que opta por entregar la mitad de sus bienes a los pobres y cuadruplicar el posible fraude cometido por él a favor del transgredido, y el Joven Rico (Lc. 18:18-30), quien vive una vida ejemplar, celosa de la Ley, pero que no puede aceptar el reto de Jesús por su exceso de riqueza. Siempre vale la pena mencionar que Zaqueo no entregó el total de sus bienes, sólo la mitad, y con eso “la salvación llegó a su casa”, aunque al joven rico le pidió dar todo.
Derivada está la idea de la limosna, mencionada siempre -salvo una excepción- por Lucas en el Nuevo Testamento. Dar la limosna es, bajo el pensamiento judío que viene desde Moisés, una actuación a favor de la justicia y la misericordia, y se nos invita a darla de forma generosa. Y, per se, es una forma de alivio de la pobreza de la comunidad. En la práctica actual hay aristas espinosas y para muestra basta un botón: los niños que piden dinero en las calles que son casi siempre “monitoreados” por un adulto que los usa para su beneficio. ¿Dar, para que esta adulto se aproveche, o no dar, para evitar la explotación infantil? O, de manera distinta, ¿Dar, para acostumbrar a esos niños a que no es necesario trabajar para conseguir lo necesario para vivir, o no dar, para que los infantes se den cuenta que no es posible conseguir dinero en las calles? ¿Qué nos queda, dar en forma no-monetaria? Interrogantes complicadas. La idea está presente: dar para la necesidad del que no tiene. El proceso hermenéutico debe realizarse para encontrar nuestra mejor respuesta a este llamado.
Hay un mensaje adicional a los ricos. El pasaje del amor hacia los enemigos y la regla del oro (Lc. 6:27-36) nos da la pauta. Mateo lo relata (5:38-48; 7:12), pero Lucas hace el siguiente añadido:
“Y si prestáis a aquellos de quienes esperáis recibir, ¿qué mérito tenéis? Porque también los pecadores prestan a los pecadores, para recibir otro tanto. Amad, pues, a vuestros enemigos, y haced bien, y prestad, no esperando de ello nada; y será vuestro galardón grande, y seréis hijos del Altísimo; porque él es benigno para con los ingratos y malos. Sed, pues, misericordiosos, como también vuestro Padre es misericordioso” (v. 34-36).
El amor en términos del préstamo, un flechazo directo y certero a Mammón (Mt. 6:24). Más aún, Lucas expresa el amor hacia los enemigos en términos de amor hacia los morosos. ¿Cómo, entonces, entender esto? “Lucas entiende esta exhortación a los cristianos ricos. Bajo la ética social de su tiempo, los ricos invitaban solamente a los ricos para poder recibir a su vez la invitación de los mismos (Lc. 14:12). El Jesús interpretado por Lucas rechaza precisamente tal proceder. Este tipo de conducta se espera más bien de los pecadores que se limitan a hacer el bien a los que tratan bien y únicamente prestan dinero bajo garantía de devolución (Lc. 6:32-34). Los discípulos de Jesús, sin embargo, deben prestar sin esperar cosa alguna (6:35a). Son desafiados a ser misericordiosos como lo es su Padre Celestial (6:36). Por ello recibirán recompensa (6:35b): si absuelven (apolyo) a sus deudores, ellos mismos serán absueltos, es decir, se les perdonará… En términos económicos, Lucas desafía a los miembros ricos de su comunidad a abandonar una porción significativa de su riqueza y a emprender además algunas actividades desagradables, como la de otorgar préstamos riesgosos y perdonar deudas contraídas. Por supuesto, el lenguaje que expresa esa dimensión del discipulado es el lenguaje del año de jubileo: la idea del jubileo, de hecho, permea el Evangelio de Lucas”[vi]
El Jubileo está vigente hoy en día. Con esa idea, comprendemos la situación vulnerable del pobre, la realzamos y asumimos, afirmando su estado de desventaja. Dios conoce la pobreza y ante ella nos consuela y anima, sabiendo que sus ojos están allí, vigilantes. No ignora la situación, no le da la espalda, no la olvida, no se hace el loco. Más bien, se encarna en ella, la vive y la explora. Pero, al mismo tiempo, se acerca al rico, le ofrece a salvación y le alienta a ejercitar el amor con una muestra práctica del compartir las riquezas con los que menos tienen. No le dice necesariamente que dejen sus funciones aparentemente ingratas (como a Zaqueo y su puesto de jefe de publicanos) ni que dejen de ser pudientes. Decir esto es ir en contra del espíritu del Evangelio. Sí lo invita a la justicia y a resarcir la falta. Al rico lo invita a ser generoso dando al que no tiene nada (mediante las limosnas). Es parte del testimonio misionero que se nos induce. Una misión que predica la salvación, la reconciliación y el perdón a todos los pecadores, pero al mismo tiempo desprendida, atenta con la necesidad del otro, lista a amar, no inclinada al dinero. ¿Cómo predicar las Buenas Nuevas si no somos sensibles a la problemática de nuestro auditorio?
No se puede predicar de ese modo, pero se ha hecho por mucho, mucho tiempo.
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[i] Stam, Juan: “Haciendo teología en América Latina. Juan Stam, un teólogo del camino”. Arturo Piedra-Editor. San José de Costa Rica, Litografía Ipeca. 2005. Pág. 23.
[ii] Lopez, Darío: “La misión liberadora de Jesús según Lucas”. En Bases de la misión: Perspectivas latinoamericanas. Redé Padilla-Editor. Buenos Aires, Nueva Creación. 1998. Pág. 237-239.
[iii] Citado por Lopez, Darío. Op. Cit. Pág. 240.
[iv] Bosch, David: Misión en Transformación. Grands Rapids: Libros Desafío. 2000. Pag. 130.
[v] Parte de la secuencia se extrae de Agencia Suiza para el desarrollo y la cooperación: “Pobreza-Bienestar un instrumento de orientación, de aprendizaje y de trabajo para la lucha contra la pobreza”. COSUDE, 2000.
[vi] Bosch, David: Misión en Transformación. Grands Rapids: Libros Desafío. 2000. Pag. 135.
sábado, 7 de abril de 2007
Jesús definiendo su misión: el manifiesto en Nazaret
Luego de su bautismo en el Jordán y la posterior tentación a la que fue sometido por parte de Satanás en el desierto por cuarenta días, Jesús permaneció por un tiempo en Judea (allí suceden eventos como su conversación con Nicodemo o la primera limpieza del templo de Jerusalén), retornando luego a Galilea para iniciar la parte exitosa de su ministerio que algunos denominan “año de popularidad”, donde su fama de profeta, predicador y hacedor de milagros se extiende por todo el país. Ya popular, viene a su pequeño pueblo, Nazaret, el lugar de su niñez, adolescencia y primeros años de adultez, donde todos lo conocían[i] y de tan mala reputación que hizo exclamar a Natanael: “¿De Nazaret puede salir algo de bueno?” (Jn. 1:46). Ya no es uno más: es, en cierta forma, alguien “importante”. Se fue en silencio. Vuelve como el personaje de moda. El texto lucano que describe su llegada dice los siguiente (4:16-30):
“Vino a Nazaret, donde se había criado; y en el día de reposo entró en la sinagoga, conforme a su costumbre, y se levantó a leer. Y se le dio el libro del profeta Isaías; y habiendo abierto el libro, halló el lugar donde estaba escrito:
El Espíritu del Señor está sobre mí,
Por cuanto me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres;
Me ha enviado a sanar a los quebrantados de corazón;
A pregonar libertad a los cautivos,
Y vista a los ciegos; (Is. 61:1)
A poner en libertad a los oprimidos; (Is. 58:6)
A predicar el año agradable del Señor. (Is. 61:2)
Y enrollando el libro, lo dio al ministro, y se sentó; y los ojos de todos en la sinagoga estaban fijos en él. Y comenzó a decirles:
“Hoy se ha cumplido esta Escritura delante de vosotros”
Y todos daban buen testimonio de él, y estaban maravillados de las palabras de gracia que salían de su boca, y decían:
“¿No es éste el hijo de José?”
El les dijo:
“Sin duda me diréis este refrán: Médico, cúrate a ti mismo; de tantas cosas que hemos oído que se han hecho en Capernaum, haz también aquí en tu tierra”
Y añadió:
“De cierto os digo, que ningún profeta es acepto en su propia tierra. Y en verdad os digo que muchas viudas había en Israel en los días de Elías, cuando el cielo fue cerrado por tres años y seis meses, y hubo una gran hambre en toda la tierra; pero a ninguna de ellas fue enviado Elías, sino a una mujer viuda en Sarepta de Sidón. Y muchos leprosos había en Israel en tiempo del profeta Eliseo; pero ninguno de ellos fue limpiado, sino Naamán el sirio”.
Al oír estas cosas, todos en la sinagoga se llenaron de ira; y levantándose, le echaron fuera de la ciudad, y le llevaron hasta la cumbre del monte sobre el cual estaba edificada la ciudad de ellos, para despeñarle. Mas él pasó por en medio de ellos, y se fue”
Jesús fue a la sinagoga del pueblo, lugar al que fue por años, en el día de recogimiento y culto judío. Es especial la frase “… y se levantó a leer” porque se circunscribe a la costumbre de la época: cada sábado los judíos tenían siete lectores: primero un sacerdote, luego un levita, luego cinco israelitas de la misma sinagoga. Es la única ocasión en la que localizamos a Jesús leyendo un texto directamente de los rollos que contenían la Palabra ya que siempre lo hallamos en sinagogas exclusivamente predicando[ii]. El busca y encuentra el texto (4:17). ¿Lo escoge él? ¿Era parte de una secuencia sobre la que ya estaban estudiando? No lo sabemos; sea la manera que sea, está en Isaías la lectura escogida por la Providencia Divina para expresarnos la base de la misión de Jesús.
¿Para qué sirvió el pasaje leído por Jesús en el contexto original del libro de Isaías? No es una pregunta de fácil respuesta porque el debate sobre la paternidad del libro es intenso. Bosch, por ejemplo, afirma que es “una profecía dirigida en primera instancia a judíos decepcionados, poco tiempo después del exilio. En su contexto, el oráculo buscaba animarlos, afirmando que Dios no los había olvidado sino que vendría en su ayuda al inaugurar el año favorable del Señor, es decir, el año del Jubileo”[iii]. Robinson, en cambio, nos recuerda la destrucción completa del reino de Israel por las fuerzas de Senaquerib, la débil esperanza de las condiciones sociales de la población debido a la inmensa riqueza y extrema pobreza[iv] que convivían juntas, sumadas a las consecuencias de la guerra que habían arreciado los niveles atroces de pobreza de las grandes masas del país[v]. Sea cualquiera de las alternativas (doscientos años de diferencia entre ambas), el sentimiento predominante es el de decepción, desasosiego, ansiedad, y la profecía evidentemente busca brindar esperanza y consuelo en Dios, en su intervención y en el final feliz. Ambos escenarios convergen al jubileo prometido.
Sin embargo, hay un problema. Lucas inserta entre Is. 61:1 e Is. 61:2 la cita “A poner en libertad a los oprimidos” (Is. 58:6), subrayada en la cita de más arriba precisamente por este detalle. Es evidente que Jesús no leyó todo en el mismo rollo, aunque eso no significa que en otro momento Él no haya enseñado sobre el texto, como lo sugiere el comentario al texto de la Biblia de Jerusalén. La pregunta inmediata es: ¿Por qué Lucas hizo esta inserción? La respuesta es difícil porque no existe certeza, pero una fuerte posibilidad es que el apóstol pretendía comunicar algo adicional a los lectores de su relato que con la sola lectura de Isaías 61 hubiera quedado sólo parcialmente explicado. O distorsionado. O tal vez desviado del centro de la enseñanza de Jesús por la interpretación particular del tiempo del Nuevo Testamento. Entonces, ¿qué significado tiene la frase incrustada? Vamos a Isaías 58:6-7. La división del pasaje no está en la Biblia, pero sí la integridad del texto:
“¿No es más bien el ayuno que yo escogí:
(a) desatar las ligaduras de impiedad,
(b) soltar las cargas de opresión,
(c) y dejar ir libres a los quebrantados,
(d) y que rompáis todo yugo?
¿No es que
(e) partas tu pan con el hambriento,
(f) y a los pobres errantes albergues en casa;
(g) que cuando veáis al desnudo, lo cubras,
(h) y no te escondas de tu hermano?”
La parte (a) implica soltar toda atadura –puede traducirse también como lazos de maldad- con que uno haya injustamente atado a su prójimo (Lv. 25:49ss), como la servidumbre o un contrato fraudulento. (c) y (d) alude a los quebrantados con el yugo de la esclavitud (Neh. 5:10-12; Jer. 39:9-11, 14, 16). Para Jerónimo, el traductor de la Vulgata, este pasaje significa “quebrantados por la pobreza, en la bancarrota”[vi]. En Nehemías 5 se nos relata el caso de judíos pobres que tenían que vender o hipotecar sus casas y campos para poder pagar los impuestos determinados por el rey persa, al extremo de verse en la necesidad de vender a sus hijos como esclavos de los judíos ricos, los cuales sin duda alguna, aprovecharon la pérfida oportunidad para generar beneficios personales.
Por lo tanto, en esta coyuntura los “oprimidos”, “abatidos” o “quebrantados” son, definitivamente, los destruidos en el sentido económico, los que tal era su situación que tuvieron que venderse a sí mismos como esclavos sin esperanza de escapar. Se refieren a los arrinconados en el sistema económico por las deudas crecientes o por el trabajo que no llega. Para todos ellos es el anuncio del “año favorable del Señor”[vii], el llamado a un Jubileo que traerá ilusión de un mañana mejor. Es demasiado evidente el trasfondo económico y social de la frase añadida por Lucas. No podemos espiritualizarla de ninguna forma, tal como algunos comentaristas tratan de hacer. Incluso Henry dice que “(Hay que) desatar las cadenas de maldad, esto es, las ataduras que hemos impuesto injustamente a otros. Que sea suelto el encarcelado por deudas que no tiene nada con qué pagar, que se acabe la vejación que pesa sobre el vecino, que sea manumitido el esclavo que es retenido por la fuerza por más tiempo que el de su esclavitud, y que se rompa todo yugo; no sólo han de ser sueltos los que son oprimidos injustamente bajo cualquier yugo, sino que debe quebrarse el yugo mismo, para que no vuelva a oprimir”[viii]
Bajo este texto corrector se debe interpretar el todo el pasaje leído por Jesús en Nazaret. ¿Cómo podían entenderlo los oyentes? Sabemos que los judíos estaban bajo la sujeción del imperio romano, y no todo era color de rosa. “… de un extremo del Mar Mediterráneo al otro, el mundo conocía una paz inaudita. Sólo en Palestina había murmullos de nacionalismo; en otras partes las naciones, rendidas por una serie de guerras mundiales, se contentaban con descansar bajo las alas de la pax romana”[ix]. El fanatismo de los zelotes, revolucionarios judíos a los que perteneció Simón el Cananista y que mantenían una posición resistente ante la autoridad romana llegando al uso de las armas, mantuvo al pueblo en agitación permanente, especialmente en Galilea, que estaba invadida de sediciosos independentistas, individuos con pensamientos apocalípticos y recelosos religiosos que esperaban, todos ellos, la llegada del Mesías libertador, militarista, poderoso. Todo mensaje bíblico donde se mencionase al Mesías exacerbaba el espíritu revolucionario del pueblo. Todos estaban prestos a enrolarse bajo las órdenes del Ungido para expulsar a los perros gentiles invasores y ser así un pueblo de Dios libre.
Con esto, llega Jesús a leer Isaías 61[x] y, provocadoramente, exclama: “Hoy se cumple esta Escritura en presencia de ustedes” (Lc. 4:21). ¿Qué pensaría el auditorio, sus compañeros de juegos, ya adultos, los levitas de la sinagoga? ¡Que tal vez es el momento de la revolución! Es esta la forma en la que ellos interpretarían el pasaje. Pero no es tan así. No consideraron el “A poner en libertad a los oprimidos” (Lc. 4:18). Y más aún, percibieron “cómo Jesús corta intencionalmente el texto de Isaías, pues él no ha venido para venganza, para derramar ira. El Mesías no era de la clase de Mesías que los judíos esperaban; era un Mesías que deja a un lado la venganza y asume el perdón, que se ha comprometido con la no-violencia”[xi]. Por ello la protesta y el enfado del auditorio: Jesús sólo predicó sobre la misericordia de Dios, pero evitó hablar sobre la venganza mesiánica. Y lo quisieron desbarrancar.
No entendieron nada.
¿Cuál es, pues, el mensaje de Jesús en ésta definición introductoria que Él mismo hace de su misión? ¿Qué es lo que realmente quiere decir? No es el mensaje de revolución que esperaban sus vecinos nazarenos, sino es uno de perdón y misericordia, presto al amor a todos y listo a disculpar la ofensa, por más fuerte que haya sido (Mt. 5:43-48). No es un mensaje espiritualista en donde sus seguidores, con ojos de carnero degollado, mirarán al cielo esperando su llegada ni tampoco es una enseñanza escapista. Su misión, en contraste, tuvo los pies bien puestos sobre la tierra, como Cristo que se encargó y andó por los mismos caminos que nosotros en nuestro peregrinar caminamos, y una de sus aristas importantes era contemplar a la opresión desde el punto de vista de las diferencias económicas y sociales. Tampoco es una proclama de destrucción del sistema como eje del cambio, sino que nos exige involucrarnos, vivir el día a día, encarnarnos en la necesidad de nuestro entorno y hacer algo con ella.
Por ello, el mensaje de esperanza del año favorable del Señor, esto es, “el jubileo de las tradiciones hebreas y de las proclamaciones proféticas (que) era lo que podríamos llamar “la revolución de Dios” o “la revolución de la gracia”: nuevos comienzos en la sociedad a fin de corregir las injusticias acumuladas por la apropiación de las tierras de las familias (por la fuerza, por la ley, por la guerra, por impuestos o acciones arbitrarias de los reyes, por enfermedades o muertes, por desastres naturales, y las deudas consiguientes) que llevaban a la esclavitud y a la pobreza crónica. El jubileo apuntaba a una reestructuración periódica de las relaciones sociales con el fin de dar libertad y acceso a los medios de vida y de trabajo a cada generación. El jubileo era un acto de gracia de Dios (liberación, perdón, nuevos comienzos) que a su vez requería un acto de gracia de las autoridades y del pueblo”[xii]. La misma esperanza del profeta Isaías para su pueblo sufriente, pobre y sujeto de injusticias tremendas es la que Jesús toma en este nuevo tiempo en el que “el reino de los cielos se ha acercado”. Al decir que la profecía estaba cumplida, Jesús afirma que este jubileo ya está aquí de manera permanente. Hoy, aquí, en el Perú y en todo el mundo, el jubileo es una esperanza ya cumplida, pero, como el mismo reino de Dios, es una realidad que “ya pero todavía no”, donde será más presente cuando los cristianos sean más concientes y sensibles de su papel en la misión de Dios y su proceso reconciliatorio. Por ello este mensaje de Jesús atento al pobre como opción preferente (pero no única), demanda de nosotros compasión, un compartir permanente, solidaridad, renuncia, sacrificio, lucha por la justicia en todas sus instancias pero, en especial, por la justicia económica.
Amigos y amigas mías, que así sea.
“Vino a Nazaret, donde se había criado; y en el día de reposo entró en la sinagoga, conforme a su costumbre, y se levantó a leer. Y se le dio el libro del profeta Isaías; y habiendo abierto el libro, halló el lugar donde estaba escrito:
El Espíritu del Señor está sobre mí,
Por cuanto me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres;
Me ha enviado a sanar a los quebrantados de corazón;
A pregonar libertad a los cautivos,
Y vista a los ciegos; (Is. 61:1)
A poner en libertad a los oprimidos; (Is. 58:6)
A predicar el año agradable del Señor. (Is. 61:2)
Y enrollando el libro, lo dio al ministro, y se sentó; y los ojos de todos en la sinagoga estaban fijos en él. Y comenzó a decirles:
“Hoy se ha cumplido esta Escritura delante de vosotros”
Y todos daban buen testimonio de él, y estaban maravillados de las palabras de gracia que salían de su boca, y decían:
“¿No es éste el hijo de José?”
El les dijo:
“Sin duda me diréis este refrán: Médico, cúrate a ti mismo; de tantas cosas que hemos oído que se han hecho en Capernaum, haz también aquí en tu tierra”
Y añadió:
“De cierto os digo, que ningún profeta es acepto en su propia tierra. Y en verdad os digo que muchas viudas había en Israel en los días de Elías, cuando el cielo fue cerrado por tres años y seis meses, y hubo una gran hambre en toda la tierra; pero a ninguna de ellas fue enviado Elías, sino a una mujer viuda en Sarepta de Sidón. Y muchos leprosos había en Israel en tiempo del profeta Eliseo; pero ninguno de ellos fue limpiado, sino Naamán el sirio”.
Al oír estas cosas, todos en la sinagoga se llenaron de ira; y levantándose, le echaron fuera de la ciudad, y le llevaron hasta la cumbre del monte sobre el cual estaba edificada la ciudad de ellos, para despeñarle. Mas él pasó por en medio de ellos, y se fue”
Jesús fue a la sinagoga del pueblo, lugar al que fue por años, en el día de recogimiento y culto judío. Es especial la frase “… y se levantó a leer” porque se circunscribe a la costumbre de la época: cada sábado los judíos tenían siete lectores: primero un sacerdote, luego un levita, luego cinco israelitas de la misma sinagoga. Es la única ocasión en la que localizamos a Jesús leyendo un texto directamente de los rollos que contenían la Palabra ya que siempre lo hallamos en sinagogas exclusivamente predicando[ii]. El busca y encuentra el texto (4:17). ¿Lo escoge él? ¿Era parte de una secuencia sobre la que ya estaban estudiando? No lo sabemos; sea la manera que sea, está en Isaías la lectura escogida por la Providencia Divina para expresarnos la base de la misión de Jesús.
¿Para qué sirvió el pasaje leído por Jesús en el contexto original del libro de Isaías? No es una pregunta de fácil respuesta porque el debate sobre la paternidad del libro es intenso. Bosch, por ejemplo, afirma que es “una profecía dirigida en primera instancia a judíos decepcionados, poco tiempo después del exilio. En su contexto, el oráculo buscaba animarlos, afirmando que Dios no los había olvidado sino que vendría en su ayuda al inaugurar el año favorable del Señor, es decir, el año del Jubileo”[iii]. Robinson, en cambio, nos recuerda la destrucción completa del reino de Israel por las fuerzas de Senaquerib, la débil esperanza de las condiciones sociales de la población debido a la inmensa riqueza y extrema pobreza[iv] que convivían juntas, sumadas a las consecuencias de la guerra que habían arreciado los niveles atroces de pobreza de las grandes masas del país[v]. Sea cualquiera de las alternativas (doscientos años de diferencia entre ambas), el sentimiento predominante es el de decepción, desasosiego, ansiedad, y la profecía evidentemente busca brindar esperanza y consuelo en Dios, en su intervención y en el final feliz. Ambos escenarios convergen al jubileo prometido.
Sin embargo, hay un problema. Lucas inserta entre Is. 61:1 e Is. 61:2 la cita “A poner en libertad a los oprimidos” (Is. 58:6), subrayada en la cita de más arriba precisamente por este detalle. Es evidente que Jesús no leyó todo en el mismo rollo, aunque eso no significa que en otro momento Él no haya enseñado sobre el texto, como lo sugiere el comentario al texto de la Biblia de Jerusalén. La pregunta inmediata es: ¿Por qué Lucas hizo esta inserción? La respuesta es difícil porque no existe certeza, pero una fuerte posibilidad es que el apóstol pretendía comunicar algo adicional a los lectores de su relato que con la sola lectura de Isaías 61 hubiera quedado sólo parcialmente explicado. O distorsionado. O tal vez desviado del centro de la enseñanza de Jesús por la interpretación particular del tiempo del Nuevo Testamento. Entonces, ¿qué significado tiene la frase incrustada? Vamos a Isaías 58:6-7. La división del pasaje no está en la Biblia, pero sí la integridad del texto:
“¿No es más bien el ayuno que yo escogí:
(a) desatar las ligaduras de impiedad,
(b) soltar las cargas de opresión,
(c) y dejar ir libres a los quebrantados,
(d) y que rompáis todo yugo?
¿No es que
(e) partas tu pan con el hambriento,
(f) y a los pobres errantes albergues en casa;
(g) que cuando veáis al desnudo, lo cubras,
(h) y no te escondas de tu hermano?”
La parte (a) implica soltar toda atadura –puede traducirse también como lazos de maldad- con que uno haya injustamente atado a su prójimo (Lv. 25:49ss), como la servidumbre o un contrato fraudulento. (c) y (d) alude a los quebrantados con el yugo de la esclavitud (Neh. 5:10-12; Jer. 39:9-11, 14, 16). Para Jerónimo, el traductor de la Vulgata, este pasaje significa “quebrantados por la pobreza, en la bancarrota”[vi]. En Nehemías 5 se nos relata el caso de judíos pobres que tenían que vender o hipotecar sus casas y campos para poder pagar los impuestos determinados por el rey persa, al extremo de verse en la necesidad de vender a sus hijos como esclavos de los judíos ricos, los cuales sin duda alguna, aprovecharon la pérfida oportunidad para generar beneficios personales.
Por lo tanto, en esta coyuntura los “oprimidos”, “abatidos” o “quebrantados” son, definitivamente, los destruidos en el sentido económico, los que tal era su situación que tuvieron que venderse a sí mismos como esclavos sin esperanza de escapar. Se refieren a los arrinconados en el sistema económico por las deudas crecientes o por el trabajo que no llega. Para todos ellos es el anuncio del “año favorable del Señor”[vii], el llamado a un Jubileo que traerá ilusión de un mañana mejor. Es demasiado evidente el trasfondo económico y social de la frase añadida por Lucas. No podemos espiritualizarla de ninguna forma, tal como algunos comentaristas tratan de hacer. Incluso Henry dice que “(Hay que) desatar las cadenas de maldad, esto es, las ataduras que hemos impuesto injustamente a otros. Que sea suelto el encarcelado por deudas que no tiene nada con qué pagar, que se acabe la vejación que pesa sobre el vecino, que sea manumitido el esclavo que es retenido por la fuerza por más tiempo que el de su esclavitud, y que se rompa todo yugo; no sólo han de ser sueltos los que son oprimidos injustamente bajo cualquier yugo, sino que debe quebrarse el yugo mismo, para que no vuelva a oprimir”[viii]
Bajo este texto corrector se debe interpretar el todo el pasaje leído por Jesús en Nazaret. ¿Cómo podían entenderlo los oyentes? Sabemos que los judíos estaban bajo la sujeción del imperio romano, y no todo era color de rosa. “… de un extremo del Mar Mediterráneo al otro, el mundo conocía una paz inaudita. Sólo en Palestina había murmullos de nacionalismo; en otras partes las naciones, rendidas por una serie de guerras mundiales, se contentaban con descansar bajo las alas de la pax romana”[ix]. El fanatismo de los zelotes, revolucionarios judíos a los que perteneció Simón el Cananista y que mantenían una posición resistente ante la autoridad romana llegando al uso de las armas, mantuvo al pueblo en agitación permanente, especialmente en Galilea, que estaba invadida de sediciosos independentistas, individuos con pensamientos apocalípticos y recelosos religiosos que esperaban, todos ellos, la llegada del Mesías libertador, militarista, poderoso. Todo mensaje bíblico donde se mencionase al Mesías exacerbaba el espíritu revolucionario del pueblo. Todos estaban prestos a enrolarse bajo las órdenes del Ungido para expulsar a los perros gentiles invasores y ser así un pueblo de Dios libre.
Con esto, llega Jesús a leer Isaías 61[x] y, provocadoramente, exclama: “Hoy se cumple esta Escritura en presencia de ustedes” (Lc. 4:21). ¿Qué pensaría el auditorio, sus compañeros de juegos, ya adultos, los levitas de la sinagoga? ¡Que tal vez es el momento de la revolución! Es esta la forma en la que ellos interpretarían el pasaje. Pero no es tan así. No consideraron el “A poner en libertad a los oprimidos” (Lc. 4:18). Y más aún, percibieron “cómo Jesús corta intencionalmente el texto de Isaías, pues él no ha venido para venganza, para derramar ira. El Mesías no era de la clase de Mesías que los judíos esperaban; era un Mesías que deja a un lado la venganza y asume el perdón, que se ha comprometido con la no-violencia”[xi]. Por ello la protesta y el enfado del auditorio: Jesús sólo predicó sobre la misericordia de Dios, pero evitó hablar sobre la venganza mesiánica. Y lo quisieron desbarrancar.
No entendieron nada.
¿Cuál es, pues, el mensaje de Jesús en ésta definición introductoria que Él mismo hace de su misión? ¿Qué es lo que realmente quiere decir? No es el mensaje de revolución que esperaban sus vecinos nazarenos, sino es uno de perdón y misericordia, presto al amor a todos y listo a disculpar la ofensa, por más fuerte que haya sido (Mt. 5:43-48). No es un mensaje espiritualista en donde sus seguidores, con ojos de carnero degollado, mirarán al cielo esperando su llegada ni tampoco es una enseñanza escapista. Su misión, en contraste, tuvo los pies bien puestos sobre la tierra, como Cristo que se encargó y andó por los mismos caminos que nosotros en nuestro peregrinar caminamos, y una de sus aristas importantes era contemplar a la opresión desde el punto de vista de las diferencias económicas y sociales. Tampoco es una proclama de destrucción del sistema como eje del cambio, sino que nos exige involucrarnos, vivir el día a día, encarnarnos en la necesidad de nuestro entorno y hacer algo con ella.
Por ello, el mensaje de esperanza del año favorable del Señor, esto es, “el jubileo de las tradiciones hebreas y de las proclamaciones proféticas (que) era lo que podríamos llamar “la revolución de Dios” o “la revolución de la gracia”: nuevos comienzos en la sociedad a fin de corregir las injusticias acumuladas por la apropiación de las tierras de las familias (por la fuerza, por la ley, por la guerra, por impuestos o acciones arbitrarias de los reyes, por enfermedades o muertes, por desastres naturales, y las deudas consiguientes) que llevaban a la esclavitud y a la pobreza crónica. El jubileo apuntaba a una reestructuración periódica de las relaciones sociales con el fin de dar libertad y acceso a los medios de vida y de trabajo a cada generación. El jubileo era un acto de gracia de Dios (liberación, perdón, nuevos comienzos) que a su vez requería un acto de gracia de las autoridades y del pueblo”[xii]. La misma esperanza del profeta Isaías para su pueblo sufriente, pobre y sujeto de injusticias tremendas es la que Jesús toma en este nuevo tiempo en el que “el reino de los cielos se ha acercado”. Al decir que la profecía estaba cumplida, Jesús afirma que este jubileo ya está aquí de manera permanente. Hoy, aquí, en el Perú y en todo el mundo, el jubileo es una esperanza ya cumplida, pero, como el mismo reino de Dios, es una realidad que “ya pero todavía no”, donde será más presente cuando los cristianos sean más concientes y sensibles de su papel en la misión de Dios y su proceso reconciliatorio. Por ello este mensaje de Jesús atento al pobre como opción preferente (pero no única), demanda de nosotros compasión, un compartir permanente, solidaridad, renuncia, sacrificio, lucha por la justicia en todas sus instancias pero, en especial, por la justicia económica.
Amigos y amigas mías, que así sea.
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[i] Erdman, Carlos: “El evangelio de Lucas”. Grand Rapids, TELL, 1974. Pig. 66-67.
[ii] Henry, Matthey: “Comentario Bíblico”. Barcelona, Editorial Clie, 1999.Pág. 1274
[iii] Bosch, David: Misión en Transformación. Grands Rapids, Libros Desafío. 2000. Pág. 132
[iv] Más al respecto en Torres Valenzuela, Pedro: “Sanidad en Isaías”. Lima, Gráfica Maranatha 1995. Pág. 32-35.
[v] Robinson, Jorge: “El libro de Isaías”. Grands Rapids: TELL. 1978. Pág. 31.
[vi] Jamieson R., Fausset A., Brown D: “Comentario exegético y explicativo de la Biblia: Tomo I: El Antiguo Testamento”. El Paso: Casa Bautista de Publicaciones. Pág. 644.
[vii] Bosch, David: Misión en Transformación. Grands Rapids: Libros Desafío. 2000. Pág. 133
[viii] Henry, Matthey: “Comentario Bíblico”. Barcelona, Editorial Clie, 1999.Pág. 802.
[ix] Foulkes R.: “Panorama del Nuevo Testamento”. Miami: Editorial Caribe, 1968. Pág. 10.
[x] Una explicación más completa está en Bosch, David: Misión en Transformación. Grands Rapids: Libros Desafío. 2000. Pág. 141-147.
[xi] C. René Padilla y Harold Segura (editores): “Ser, hacer y decir: Bases bíblicas de la misión integral”. Buenos Aires, Ediciones Kairos, 2006. Pág. 249
[xii] Mortimer Arias y Juan Damián: “La gran comisión”. Quito: CLAI, 1994. Pág. 65.
martes, 27 de marzo de 2007
Reinvindicando a María: su Magnificat y el mensaje hacia los pobres
He tratado de hacer memoria del número de veces que en mi antigua iglesia se predicó específicamente sobre María. Han sido diversas las que se habló sobre Pedro, otras tantas, sobre Pablo, así como sobre Juan el Bautista, o David. A veces, sobre Jonás o Abraham, el padre de la fe. También se han utilizado a antifiguras como Judas Iscariote, Acán o Esaú. Pero, si mi memoria no me falla, en los quince años en los que permanecí en la iglesia, nunca se predicó sobre María. 180 sermones, sin contar las clases de la Academia Bíblica, los martes por la noche.
Por lo general, no se predica sobre ella en los templos protestantes, ni evangélicos, ni pentecostales, ni neo-pentecostales.
No es algo que llame la atención. La América Latina Católica es un pueblo de una fuerte devoción mariana. Además, aunque no sea algo explícito, “la devoción mariana en todo el período postridentino ha tenido una fuerte impronta antiprotestante. La definición dogmática de la Inmaculada por Pío IX en 1854 formaba parte de un plan conjunto de defensa de la tradición y de lucha contra los errores modernos, cuyos siguientes eslabones fueron el Syllabus (1864) y el Vaticano I (1870)”[i]. Por ello, la reacción natural de oposición y perfil bajo de María en las enseñanzas evangélicas. Esto, a pesar de lo dicho por Juan Pablo II, cuando nos recuerda que “Martín Lutero, en 1521, dedicó a este "santo cántico de la bienaventurada Madre de Dios" -como él decía- un célebre comentario. En él afirma que el himno "debería ser aprendido y guardado en la memoria por todos" puesto que "en el Magnificat María nos enseña cómo debemos amar y alabar a Dios... Ella quiere ser el ejemplo más grande de la gracia de Dios para impulsar a todos a la confianza y a la alabanza de la gracia divina"”[ii].
A pesar de lo que en la práctica evangélica hemos hecho, María no fue muda. Dijo cosas –su sí a la obra que Dios iba a realizar a través de ella-, tomó actitudes –su silencio y meditación hacia las cosas que hacía Jesús-, y tiene por supuesto algo que enseñarnos. Moltmann observó que, en la Biblia, algunos de los himnos más vigorosos han sido cantados por mujeres: María (Éx. 15: 21), Débora (Jue. 5), Ana (1 Sam. 2)[iii]; y más aún, el Magnificat de María está circunscrito fuertemente en la historia de salvación: Abraham, hijo de idólatras (Jos. 24:2) es escogido para ser padre de un gran pueblo de creyentes (Gén. 12:1-3); Dios escucha el clamor del pueblo oprimido en Egipto y lo libera (Ex. 3:7-9), mediante Moisés, un exiliado y forastero en tierra extraña (Ex. 2:22; 3:11); elige al insignificante David (1 Sam. 16:4-11) y rechaza a Saúl (1 Sam. 15:10 ss.); personajes débiles y desconocidos como Gedeón (Jue. 6-8) o Débora (Jue. 4-5), salvan al pueblo de la opresión[iv]. Esta secuencia de individuos marginales que usa Dios para fines salvíficos (no necesariamente en el sentido espiritual) es la que persiste hasta María.
Es el Magnificat una expresión sentimental, inspirada y poética de un acontecimiento personal (“Mi alma... Mi espíritu... Mi Salvador... Me felicitarán... Ha hecho obras grandes por mí...”), el más grande y deseado por las mujeres judías, que es al mismo tiempo global. La madre de Jesús habla en primera persona, de su nuevo destino post-anunciación, de su condición ante la Divinidad (“ha mirado la bajeza de su sierva”) y ante la humanidad (“me llamarán bienaventurada todas las generaciones”) y de lo que significaría el gran evento que ha comenzado con la concepción del bebé que lleva en el vientre, aunque no lo comprende del todo. Ella contempla su historia y la de su pueblo Israel a la luz del Dios salvador, del omnipotente, que hace trascendente nuestra insignificancia. Se registra como pecadora pero, al mismo tiempo, reconoce al Dios todopoderoso que ha hecho su Voluntad grandiosa en ella[v].
En el cántico María nos revela cómo interviene Dios en la historia de los seres humanos. Recuerda las grandes obras realizadas por el Señor en favor de su pueblo, y presenta un modus operandi del obrar divino no absoluto[vi]: el amor del Padre a los pequeños, a los pobres y a los marginados. Al escoger a María como “puente”, como “instrumento” de su designio de Salvación, representado en Jesucristo que ya estaba encarnado en ese instante, Dios ilustra una regla, una especie de ley natural, que expresa que la debilidad se convierte en el instrumento preferido de su poder. Se cumple en ella misma en su condición de marginada: mujer, pobre, nazarena. También en los otros actores del drama soteriológico: Zacarías, un sacerdote de poca importancia; Elizabeth, una mujer estéril y anciana; José, que sólo pudo llevar como ofrenda por su primogénito a dos palominos. Es evidente que “Dios realiza actos de poder con su brazo, símbolo de su fuerza, al invertir el orden humano de las cosas, humillando, dispersando y despidiendo vacíos a los soberbios, poderosos y hartos, y ensalzando y colmando de bienes a los humildes y los hambrientos, a los «pobres», oprimidos y defraudados en este mundo (Anawim; cf. Lc 6,20s; Mt 5,3ss)”[vii]. Con demasiada frecuencia la debilidad se refuerza por las tristes condiciones económicas.
Los pobres, los cautivos, los ciegos, y los oprimidos ganan el premio mayor de las buenas nuevas. En cierta manera, indirecta, ser salvo es ser exaltado de la categoría humana de marginado: se es, ahora, un Hijo de Dios, un escogido del Altísimo, un funcionario que permitirá hacer la misión de Dios en la tierra y un potencial agente activo de las misericordias del Señor. No es la primera vez que se da este mensaje en el texto bíblico. Ya se había dicho que Dios es el que libera a los exiliados y les prepara un camino sin lomas ni cerros (Is 40:3-5), es el que ha escogido un pueblo pequeño y es su auxilio (Is 41:8-10); es el que hace florecer el desierto y convierte la tierra seca en manantiales (Is 41:17-20), el que alienta a los corazones humillados (Is 57:15). Su Espíritu envía a anunciar la buena nueva a los humildes y la liberación a los desterrados (Is 61:1-3). A Dios se le estremece el corazón y se le conmueven las entrañas maternas ante Efraín (Os 11:8); él se compadece del pobre y del débil, mientras desprecia a los poderosos y autosatisfechos (1 Sam .2:7-8; Job 5:11; Sal 34:11)[viii].
Es indiscutible que los “ptojos” (pobres) en el Evangelio de Lucas se refieren solamente a las personas oprimidas económicamente, y la palabra “hambrientos” del cántico de María es un derivado de peinao (sentir hambre, tener hambre, padecer hambre). La espiritualización del texto es ofensiva y rompe el espíritu del original en griego pero, para variar, es típica y común dentro de nuestras iglesias. Vale la pena tener en cuenta las condiciones económicas de la Palestina del tiempo de Jesús para ver si es que María pretendía espiritualizar su enseñanza:
“El estado económico de Palestina en el siglo I estaba lejos de ser lo ideal. El pueblo, como un todo, se hallaba en una deplorable situación de privación material… Pobreza hasta el punto de que la privación y el hambre prevalecían en todo Palestina y para una gran multitud la vida no era sino un problema de existencia física. En consecuencia, el descontento y la inquietud física crecían rápidamente.
Los sucesivos brotes de robo e insurrección que caracterizan a este período fueron, en gran medida, resultado de esta tensión en los asuntos económicos. Estas condiciones también cuentan en la facilidad con que las multitudes de Jerusalén podrían ser llevadas a la furia incontenible y a la violencia tumultuosa, como cuando procuraban, sin dilación, apedrear a Jesús (Juan 8:59; 10:31), o se amotinaron pidiendo a Pilato la ejecución de Jesús (Mateo 27:20) o echaron mano de Pablo cuando fue acusado falsamente de llevar gentiles al santuario del templo (Hch. 21:27 ss.). En realidad, la situación general de inquietud y agitación que prevalecía en todo el judaísmo de Palestina en el siglo I y que culminó en la rebelión del año 70 d.C probablemente se debió mucho más al abandono material que lo que se ha reconocido,
La dificultad para obtener medios de vida llevó a muchos a la desesperación. Muchas mujeres acudieron al papel de la Magdalena por escapar de la necesidad física. En atención a este estado económico, uno no se maravilla de la actitud misericordiosa de Jesús hacia tales infortunadas (Lc. 7:36 ss.; Jn. 8:1 ss.). Los hombres abandonaron el respeto de sus vecinos y desafiaban la execración de la ley rabínica al colectar los tributos para los odiados romanos; o, peor aún, acudían al hurto y al pillaje, de modo que aún a lo largo del muy frecuentado camino de Jerusalén a Jericó, uno podía caer entre los ladrones (Lc. 10:20)”[ix]
¿Espiritualización? No. Por ello podemos decir que María, en cierta manera predica una subversión económica al enfatizar la opción preferente[x] de Dios por el pobre económico –totalmente contrario al sistema económico antiguo y moderno que opta por el más calificado, por el de más capital, por el de más poder- y mostrarnos, a través de la misión de Dios, lo que debe ser la misión de la Iglesia. Bosch lo resalta cuando dice que “la salvación abarcaba en realidad seis dimensiones: económica, social, política, física, psicológica y espiritual. Lucas parece destacar la primera de ellas”[xi].
Sin embargo, aunque prácticamente todos los pobres son marginados, no todos los marginados son pobres. La praxis de Jesús nos demuestra eso: Mateo (5:27-32) y Zaqueo (19:1-10) eran ricos, pero estaban marginados socialmente por ser publicanos. La mujer adúltera (Jn. 8:1-11) merecía la muerte pero Jesús le da una nueva oportunidad. Es claro que el Maestro se relacionaba otros excluidos, no necesariamente desde el punto de vista económico: leprosos, mujeres, y niños. En el contexto del reino de Dios, Jesús efectuaba una subversión social[xii], que María contiene en su cántico, porque Jesús se acercaba a aquellos a los que el común del pueblo dejaba a un lado.
El uso del tiempo pasado de los verbos no simplemente nos recuerda los actos salvíficos divinos en la historia de Israel. María está celebrando la salvación decisiva, escatológica, de Dios iniciada con la concepción de este niño: el reino de los cielos se ha acercado, esta aquí, ya pero todavía no. Su visión no es para el futuro real y definitivo o es una visión espiritualizada del presente. Es una perspectiva que abarca las realidades sociales de su día aunque teniendo en cuenta que Dios es el que obra y trae la salvación.
Una pregunta salta al instante: “¿No es el cántico de María radical aún hoy en día? Muchas iglesias han interpretado el cántico y la visión de la salvación en una manera tan espiritualizada que está prácticamente desvinculada de la vida real. Cuando consideramos la historia de y la actualidad de la iglesia en el mundo (tanto las iglesias protestantes como la Católica Romana y Ortodoxa), tenemos que admitir que la iglesia no ha buscado ni facilitado esta subversión social. En demasiadas ocasiones la iglesia apoya estructuras opresivas y hasta busca el poder para sí misma”[xiii]. Un triste ejemplo de la espiritualización del pasaje es la Biblia Thompson, que en sus citas de ayuda menciona cosas como “humillación”, “insatisfacción del pecado” (¡Para la palabra hambrientos!), “deseo espiritual”, “plenitud espiritual”.
Es, entonces, a través de estas palabras de María Dios trae esperanza al pobre económico. A aquel que vive día a día, ganando sol tras sol y apenas le alcanza para comer. Reconforta al enfermo, atrapado en las redes del sistema de salubridad pública y tratado como un numero y un caso permanentemente postergado, diciéndole: “Aquí estoy, te amo, no me olvido de ti, no me he olvidado que te he prometido que te henchiré de salud; estoy a tu lado aunque a veces no lo parezca, mi presencia nunca se aleja de ti”. Al débil, al necesitado, le dice que “soy un Dios que socorro”. Al niño del cual los padres abusan obligándolo a vender golosinas hasta las once de la noche en alguna esquina de Lima. A todos ellos, que peinao (sienten hambre) por la realidad del sistema económico, Dios observa y promete colmarlos.
Y para eso, quizá, Dios nos tenga que usar.
Por lo general, no se predica sobre ella en los templos protestantes, ni evangélicos, ni pentecostales, ni neo-pentecostales.
No es algo que llame la atención. La América Latina Católica es un pueblo de una fuerte devoción mariana. Además, aunque no sea algo explícito, “la devoción mariana en todo el período postridentino ha tenido una fuerte impronta antiprotestante. La definición dogmática de la Inmaculada por Pío IX en 1854 formaba parte de un plan conjunto de defensa de la tradición y de lucha contra los errores modernos, cuyos siguientes eslabones fueron el Syllabus (1864) y el Vaticano I (1870)”[i]. Por ello, la reacción natural de oposición y perfil bajo de María en las enseñanzas evangélicas. Esto, a pesar de lo dicho por Juan Pablo II, cuando nos recuerda que “Martín Lutero, en 1521, dedicó a este "santo cántico de la bienaventurada Madre de Dios" -como él decía- un célebre comentario. En él afirma que el himno "debería ser aprendido y guardado en la memoria por todos" puesto que "en el Magnificat María nos enseña cómo debemos amar y alabar a Dios... Ella quiere ser el ejemplo más grande de la gracia de Dios para impulsar a todos a la confianza y a la alabanza de la gracia divina"”[ii].
A pesar de lo que en la práctica evangélica hemos hecho, María no fue muda. Dijo cosas –su sí a la obra que Dios iba a realizar a través de ella-, tomó actitudes –su silencio y meditación hacia las cosas que hacía Jesús-, y tiene por supuesto algo que enseñarnos. Moltmann observó que, en la Biblia, algunos de los himnos más vigorosos han sido cantados por mujeres: María (Éx. 15: 21), Débora (Jue. 5), Ana (1 Sam. 2)[iii]; y más aún, el Magnificat de María está circunscrito fuertemente en la historia de salvación: Abraham, hijo de idólatras (Jos. 24:2) es escogido para ser padre de un gran pueblo de creyentes (Gén. 12:1-3); Dios escucha el clamor del pueblo oprimido en Egipto y lo libera (Ex. 3:7-9), mediante Moisés, un exiliado y forastero en tierra extraña (Ex. 2:22; 3:11); elige al insignificante David (1 Sam. 16:4-11) y rechaza a Saúl (1 Sam. 15:10 ss.); personajes débiles y desconocidos como Gedeón (Jue. 6-8) o Débora (Jue. 4-5), salvan al pueblo de la opresión[iv]. Esta secuencia de individuos marginales que usa Dios para fines salvíficos (no necesariamente en el sentido espiritual) es la que persiste hasta María.
Es el Magnificat una expresión sentimental, inspirada y poética de un acontecimiento personal (“Mi alma... Mi espíritu... Mi Salvador... Me felicitarán... Ha hecho obras grandes por mí...”), el más grande y deseado por las mujeres judías, que es al mismo tiempo global. La madre de Jesús habla en primera persona, de su nuevo destino post-anunciación, de su condición ante la Divinidad (“ha mirado la bajeza de su sierva”) y ante la humanidad (“me llamarán bienaventurada todas las generaciones”) y de lo que significaría el gran evento que ha comenzado con la concepción del bebé que lleva en el vientre, aunque no lo comprende del todo. Ella contempla su historia y la de su pueblo Israel a la luz del Dios salvador, del omnipotente, que hace trascendente nuestra insignificancia. Se registra como pecadora pero, al mismo tiempo, reconoce al Dios todopoderoso que ha hecho su Voluntad grandiosa en ella[v].
En el cántico María nos revela cómo interviene Dios en la historia de los seres humanos. Recuerda las grandes obras realizadas por el Señor en favor de su pueblo, y presenta un modus operandi del obrar divino no absoluto[vi]: el amor del Padre a los pequeños, a los pobres y a los marginados. Al escoger a María como “puente”, como “instrumento” de su designio de Salvación, representado en Jesucristo que ya estaba encarnado en ese instante, Dios ilustra una regla, una especie de ley natural, que expresa que la debilidad se convierte en el instrumento preferido de su poder. Se cumple en ella misma en su condición de marginada: mujer, pobre, nazarena. También en los otros actores del drama soteriológico: Zacarías, un sacerdote de poca importancia; Elizabeth, una mujer estéril y anciana; José, que sólo pudo llevar como ofrenda por su primogénito a dos palominos. Es evidente que “Dios realiza actos de poder con su brazo, símbolo de su fuerza, al invertir el orden humano de las cosas, humillando, dispersando y despidiendo vacíos a los soberbios, poderosos y hartos, y ensalzando y colmando de bienes a los humildes y los hambrientos, a los «pobres», oprimidos y defraudados en este mundo (Anawim; cf. Lc 6,20s; Mt 5,3ss)”[vii]. Con demasiada frecuencia la debilidad se refuerza por las tristes condiciones económicas.
Los pobres, los cautivos, los ciegos, y los oprimidos ganan el premio mayor de las buenas nuevas. En cierta manera, indirecta, ser salvo es ser exaltado de la categoría humana de marginado: se es, ahora, un Hijo de Dios, un escogido del Altísimo, un funcionario que permitirá hacer la misión de Dios en la tierra y un potencial agente activo de las misericordias del Señor. No es la primera vez que se da este mensaje en el texto bíblico. Ya se había dicho que Dios es el que libera a los exiliados y les prepara un camino sin lomas ni cerros (Is 40:3-5), es el que ha escogido un pueblo pequeño y es su auxilio (Is 41:8-10); es el que hace florecer el desierto y convierte la tierra seca en manantiales (Is 41:17-20), el que alienta a los corazones humillados (Is 57:15). Su Espíritu envía a anunciar la buena nueva a los humildes y la liberación a los desterrados (Is 61:1-3). A Dios se le estremece el corazón y se le conmueven las entrañas maternas ante Efraín (Os 11:8); él se compadece del pobre y del débil, mientras desprecia a los poderosos y autosatisfechos (1 Sam .2:7-8; Job 5:11; Sal 34:11)[viii].
Es indiscutible que los “ptojos” (pobres) en el Evangelio de Lucas se refieren solamente a las personas oprimidas económicamente, y la palabra “hambrientos” del cántico de María es un derivado de peinao (sentir hambre, tener hambre, padecer hambre). La espiritualización del texto es ofensiva y rompe el espíritu del original en griego pero, para variar, es típica y común dentro de nuestras iglesias. Vale la pena tener en cuenta las condiciones económicas de la Palestina del tiempo de Jesús para ver si es que María pretendía espiritualizar su enseñanza:
“El estado económico de Palestina en el siglo I estaba lejos de ser lo ideal. El pueblo, como un todo, se hallaba en una deplorable situación de privación material… Pobreza hasta el punto de que la privación y el hambre prevalecían en todo Palestina y para una gran multitud la vida no era sino un problema de existencia física. En consecuencia, el descontento y la inquietud física crecían rápidamente.
Los sucesivos brotes de robo e insurrección que caracterizan a este período fueron, en gran medida, resultado de esta tensión en los asuntos económicos. Estas condiciones también cuentan en la facilidad con que las multitudes de Jerusalén podrían ser llevadas a la furia incontenible y a la violencia tumultuosa, como cuando procuraban, sin dilación, apedrear a Jesús (Juan 8:59; 10:31), o se amotinaron pidiendo a Pilato la ejecución de Jesús (Mateo 27:20) o echaron mano de Pablo cuando fue acusado falsamente de llevar gentiles al santuario del templo (Hch. 21:27 ss.). En realidad, la situación general de inquietud y agitación que prevalecía en todo el judaísmo de Palestina en el siglo I y que culminó en la rebelión del año 70 d.C probablemente se debió mucho más al abandono material que lo que se ha reconocido,
La dificultad para obtener medios de vida llevó a muchos a la desesperación. Muchas mujeres acudieron al papel de la Magdalena por escapar de la necesidad física. En atención a este estado económico, uno no se maravilla de la actitud misericordiosa de Jesús hacia tales infortunadas (Lc. 7:36 ss.; Jn. 8:1 ss.). Los hombres abandonaron el respeto de sus vecinos y desafiaban la execración de la ley rabínica al colectar los tributos para los odiados romanos; o, peor aún, acudían al hurto y al pillaje, de modo que aún a lo largo del muy frecuentado camino de Jerusalén a Jericó, uno podía caer entre los ladrones (Lc. 10:20)”[ix]
¿Espiritualización? No. Por ello podemos decir que María, en cierta manera predica una subversión económica al enfatizar la opción preferente[x] de Dios por el pobre económico –totalmente contrario al sistema económico antiguo y moderno que opta por el más calificado, por el de más capital, por el de más poder- y mostrarnos, a través de la misión de Dios, lo que debe ser la misión de la Iglesia. Bosch lo resalta cuando dice que “la salvación abarcaba en realidad seis dimensiones: económica, social, política, física, psicológica y espiritual. Lucas parece destacar la primera de ellas”[xi].
Sin embargo, aunque prácticamente todos los pobres son marginados, no todos los marginados son pobres. La praxis de Jesús nos demuestra eso: Mateo (5:27-32) y Zaqueo (19:1-10) eran ricos, pero estaban marginados socialmente por ser publicanos. La mujer adúltera (Jn. 8:1-11) merecía la muerte pero Jesús le da una nueva oportunidad. Es claro que el Maestro se relacionaba otros excluidos, no necesariamente desde el punto de vista económico: leprosos, mujeres, y niños. En el contexto del reino de Dios, Jesús efectuaba una subversión social[xii], que María contiene en su cántico, porque Jesús se acercaba a aquellos a los que el común del pueblo dejaba a un lado.
El uso del tiempo pasado de los verbos no simplemente nos recuerda los actos salvíficos divinos en la historia de Israel. María está celebrando la salvación decisiva, escatológica, de Dios iniciada con la concepción de este niño: el reino de los cielos se ha acercado, esta aquí, ya pero todavía no. Su visión no es para el futuro real y definitivo o es una visión espiritualizada del presente. Es una perspectiva que abarca las realidades sociales de su día aunque teniendo en cuenta que Dios es el que obra y trae la salvación.
Una pregunta salta al instante: “¿No es el cántico de María radical aún hoy en día? Muchas iglesias han interpretado el cántico y la visión de la salvación en una manera tan espiritualizada que está prácticamente desvinculada de la vida real. Cuando consideramos la historia de y la actualidad de la iglesia en el mundo (tanto las iglesias protestantes como la Católica Romana y Ortodoxa), tenemos que admitir que la iglesia no ha buscado ni facilitado esta subversión social. En demasiadas ocasiones la iglesia apoya estructuras opresivas y hasta busca el poder para sí misma”[xiii]. Un triste ejemplo de la espiritualización del pasaje es la Biblia Thompson, que en sus citas de ayuda menciona cosas como “humillación”, “insatisfacción del pecado” (¡Para la palabra hambrientos!), “deseo espiritual”, “plenitud espiritual”.
Es, entonces, a través de estas palabras de María Dios trae esperanza al pobre económico. A aquel que vive día a día, ganando sol tras sol y apenas le alcanza para comer. Reconforta al enfermo, atrapado en las redes del sistema de salubridad pública y tratado como un numero y un caso permanentemente postergado, diciéndole: “Aquí estoy, te amo, no me olvido de ti, no me he olvidado que te he prometido que te henchiré de salud; estoy a tu lado aunque a veces no lo parezca, mi presencia nunca se aleja de ti”. Al débil, al necesitado, le dice que “soy un Dios que socorro”. Al niño del cual los padres abusan obligándolo a vender golosinas hasta las once de la noche en alguna esquina de Lima. A todos ellos, que peinao (sienten hambre) por la realidad del sistema económico, Dios observa y promete colmarlos.
Y para eso, quizá, Dios nos tenga que usar.
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[i] Víctor Codina: “Mariología desde los pobres”. 1986. Citado en http://www.servicioskoinonia.org/relat/139.htm (28-03-2007)
[ii] M. Lutero, Scritti religiosi, a cargo de V. Vinay, Turín 1967, pp. 431 y 512. Citado por Juan Pablo II en la Audiencia General del Vaticano el Miércoles 21 de marzo del 2001.
[iii] E. Hamel: “Justicia en la visión del Magnificat”. Extraído de http://www.mercaba.org/DicTF/TF_justicia_magnificat.htm (28/03/2007)
[iv] Secuencia de versículos extraída de Víctor Codina. Ibid.
[v] E. Hamel: “Justicia en la visión del Magnificat”. Extraído de http://www.mercaba.org/DicTF/TF_justicia_magnificat.htm (28/03/2007)
[vi] Digo no absoluto porque también hay ejemplos de gente rica utilizada por Dios grandemente.
[vii] Josef Schmid, “El Evangelio según San Lucas”. Barcelona, Ed. Herder, 1968, pp. 76-81
[viii] Secuencia de versículos extraída de Víctor Codina: Ibidem.
[ix] Dana, H.E. “El mundo del Nuevo Testamento”. Casa Bautista de Publicaciones, 1975. Pag. 148-151
[x] Hay que enfatizar: preferente no significa exclusiva. Lo digo por si acaso se generen dudas al respecto.
[xi] Bosch, David: Misión en Transformación. Grands Rapids: Libros Desafío. 2000. Pag. 152.
[xii] Abbott, Marcos (1999). Texto citado en http://www.centroseut.org/articulos/separ019.htm (28-03-2007)
[xiii] Abbott, Marcos. Ibid.
viernes, 10 de febrero de 2006
El hambre como premio...
Una vez más el hambre hace ganar un premio internacional de fotografía. Las imágenes aparentemente surrealistas, aparentemente de otro planeta, aparentemente de otro tiempo, que Finbarr O'Reilly, proclamado ganador del galardón Foto del Año dentro del "World Press Photo 2005 tomó, puede dejarnos sin palabras ante la abismal realidad de la desigualdad humana, y ante la idea de la inoperancia de un Dios que se fue a dar un paseo por otra dimensión, dejándonos a cargo de todo mientras regresa.Pero el asunto es que en verdad nos ha dejado a cargo. Y no está inoperante, es consecuente con el hecho que nos ha encargado todo. Mira qué hacemos, está presente, ayuda a la gente, pero sin olvidar que nos ha delegado la administración por lo que no se entromete en la gestión de los recursos y en la forma que hacemos economía. Y la foto debe recordarnos no a Dios de brazos cruzados, sino a nosotros que somos mezquinos y egoístas, haciendo todo mal.
¿Podemos entender la trascendencia de esa afirmación? ¡Dios, dejándonos a cargo del manejo del planeta! Y nosotros, que ni siquiera hemos logrado que la alimentación básica y una vivienda digna sean un derecho de las personas por el hecho de ser seres humanos. No hablo de tener lujos, de tener auto, de lucirnos con ropa vistosa, sino simplemente de tener lo mínimo indispensable para comer y un techo donde resguardarse de la lluvia, sólo eso. Y es que la realidad es que hay pobres y gente que se muere de hambre simplemente porque queremos y no se nos da la gana de eliminar ese problema. Así de crudo. Mientras tanto, por ejemplo, el gobierno peruano le da 6 millones de dólares a Baruch Ivcher por -¡pobrecito!- indemnización por la incautación y los problemas de su canal.
Y los cristianos -que también somos responsables de la mayordomía del planeta y uso adrede una palabra de uso teológico-pensando en el cielo, en regalar biblias o en postular a la presidencia (sabiendo que no tenemos la más mínima posibilidad). ¿Qué hacemos entonces? ¿Y qué hago yo?
sábado, 30 de julio de 2005
¿INVOLUCRARNOS O NO?
El Dr. Tito Paredes se hace la siguiente pregunta: ¿Cómo articular y practicar el evangelio en una situación de pobreza, corrupción, injusticia y violencia? (i) ¿Cuál es el correcto papel de los cristianos ante la desorbitante desigualdad social que, a pesar de las cifras y expectativas de crecimiento que Toledo alegremente dijo en su último mensaje a la Nación como Presidente Constitucional de la República, está allí, haciendo piruetas con limones o viejas pelotas de tenis en la esquina de Frutales y Javier Prado o El Derby con El Polo?¿Basta con predicar un evangelio de esperanza, que brinde al oyente la tranquilidad de pensar que, después de su muerte o de la segunda venida de Cristo -lo que venga primero- Dios nos consolará y gozaremos de una vida en la contemplación de Él, sin la preocupación del qué comeremos hoy, o si nos botará la policía, o si no sé qué haría si necesitamos ir al hospital? ¿O es que quizá la proclamación del evangelio incluye además de lo espiritual, cuestiones económicas, sociales, materiales? Y si es así, ¿Es suficiente con entregarle una moneda al pobre de vez en cuando, darle la ropa que desecho o un chocolate y panetón en navidad? ¿O tal vez basta con entregar el diezmo a la iglesia ya que así ayudamos a la expansión del evangelio en la tierra, que es lo que el mundo realmente necesita, sin más que eso?. En la práctica los evangélicos hemos tendido a aislarnos de la sociedad, a vincularla con el sistema de pecado controlado por Satanás al que hay que oponernos rotundamente.
Hay muchos factores que han colaborado en esta
insana situación, y expertos se han adentrado en su análisis. A veces hemos malentendido aquellas palabras que dicen que "la amistad con el mundo es enemistad con Dios" (Sgo. 4:4) cuando la Biblia es clara al decir Cristo, orando al Padre, que "no pide que nos saquen del mundo, sino que nos guarden del mal" (Jn. 17:15). Una aparente búsqueda de santidad ha provocado el aislamiento y han hecho que vivamos rodeados de dictaduras, violaciones de derechos humanos, pobreza extrema y riqueza extrema, sin que nos inmutemos ante el asunto, ya que más importante que la pobreza en sí es la predicación de la Palabra de Dios.
insana situación, y expertos se han adentrado en su análisis. A veces hemos malentendido aquellas palabras que dicen que "la amistad con el mundo es enemistad con Dios" (Sgo. 4:4) cuando la Biblia es clara al decir Cristo, orando al Padre, que "no pide que nos saquen del mundo, sino que nos guarden del mal" (Jn. 17:15). Una aparente búsqueda de santidad ha provocado el aislamiento y han hecho que vivamos rodeados de dictaduras, violaciones de derechos humanos, pobreza extrema y riqueza extrema, sin que nos inmutemos ante el asunto, ya que más importante que la pobreza en sí es la predicación de la Palabra de Dios.No se me malentienda. No estoy diciendo que está mal la predicación del Evangelio. Ésto está dentro de las directrices de la Gran Comisión y es algo urgente que debe continuarse haciendo como hasta ahora, con el mismo denuedo y devoción. Pero, ¿Cómo mi hermano creerá que Cristo es el Pan de Vida si no come hace dos días? Y si le doy que comer, ¿no hay muchos hermanos que no desayunan, no almuerzan desde hace dos días? ¿Cómo los alimento a todos? Esto me adentra al tema esencial de la pobreza. ¿Cómo la elimino? Es increíble cómo el hombre ha sido capaz de memorables hazañas técnicas pero no de eliminar la pobreza. ¿Es un asunto sistémico entonces? ¿Debemos los cristianos, entonces, reflexionar en lo estructural, e influir más en la comunidad nacional, para llevarla a situaciones más justas y equitativas? ¿Significa que debemos ser las avestruces que saquemos la cabeza del hoyo y correr anunciando -y más que eso- una sociedad en la que el valor básico de amor al prójimo debe recuperarse, para el bien de todos?
Sí, eso debemos hacer. No sólo leer la Biblia todo el día. Tiene que haber una praxis con el entorno, transformadora, jovial y nutriente, que provoque cambios concretos.
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(i) Paredes, Tito. "Evangelio, cultura y misión: Hacia una misiología de transformación integral en Cristo". Artículo de Steuernagel, Valdir. "La misión de la iglesia: Una visión panorámica". Visión Mundial. San José: Varitec, 1992.
(ii) Las imágenes se extraen de www.amnistiacatalunya.org/educadors/. La primera es de Quino, publicada originalmente en "Gente en su sitio". Editorial Lumen. Barcelona, 1978. La segunda de Pugligi (www.diegopublisi.com)
lunes, 20 de junio de 2005
La mundialización y los pobres
Jung Mo Sung
Un sobrino mío, de 12 años, fue a Corea del Sur a conocer la tierra de sus padres. Allá él me compró un regalo: una pluma Parker (marca estadounidense), aunque la caja había sido fabricada en Tailandia, la funda en Inglaterra y la carga en Francia. Es un ejemplo de lo que se está llamando mundialización (o «globalización», con un evidente anglicismo).
Mundialización es el nombre que se da a uno de los fenómenos más importantes de nuestro tiempo, o quizá de todos los tiempos. Hoy las fronteras nacionales cuentan muy poco en términos económicos. A las antiguas empresas multinacionales se les llama transnacionales. No es un simple cambio de nombres; es un cambio real.
El inicio de la aceleración del proceso de internacionalización de la economía se dio después de la Segunda Guerra Mundial. En aquellos tiempos, se consideraba empresas multinacionales a las empresas que estaban presentes en varios países. Hoy, con la mundialización de la economía, esas empresas trabajan como si no existiesen ya las fronteras nacionales. La pluma Parker es un ejemplo. Pero hay muchos otros. Los famosos artículos Nike -una marca estadounidense- no es producido en Estados Unidos, sino en países de Asia. Las bicicletas nacionales brasileñas ya no son producidas en Brasil: las empresas importan más baratas las piezas de otros países, y las montan aquí.
Esa mundialización de la economía está siendo posible gracias a la revolución tecnológica que está dándose en nuestro tiempo. El uso de computadoras, robots, satélites, fibras ópticas y otras tecnologías, acorta las distancias, conecta fábricas distantes y aumenta vertiginosamente la productividad. Cn ello, el capital nacional e internacional (el dinero usado para conseguir más dinero) «viaja» velozmente por el mundo en busca de mejores negocios, productos más baratos, mercados más lucrativos.
Esta lógica, basada en la maximización del lucro, ha generado un aumento de la producción y de la riqueza para unos pocos, y un aumento de la pobreza y del desempleo para muchos en todo el mundo, especialmente en América Latina.
Los que tienen dinero suficiente para participar de esa «gran fiesta de consumo» proporcionada por la mundialización, la defienden con uñas y dientes. Es la oportunidad que tienen de realizar el sueño de consumir productos importados. Se sienten «ciudadanos del mundo», no porque viajen mucho, sino porque consumen mercancías «mundiales».Se identifican mucho más con las personas de cualquier parte del mundo que consumen las mismas marcas , que con las personas pobres de sus países.
El lado sombrío de este sueño que llega a ser pesadilla para los pobres, es la exclusión y la miseria a la que resulta condenada la mayor parte de la población mundial. Exclusión que es el resultado de una lógica económica que tiene en la competencia de todos contra todos su «valor ético» supremo.
Necesitamos ser testigos de otro sueño: el de una sociedad diferente, que promueva «fiestas» donde todos puedan participar. Una sociedad donde la solidaridad tenga valor, una sociedad más parecida al sueño de Jesús. Una sociedad donde «todos tengan vida y la tengan en abundancia» (Jn 10, 10).
Mundialización es el nombre que se da a uno de los fenómenos más importantes de nuestro tiempo, o quizá de todos los tiempos. Hoy las fronteras nacionales cuentan muy poco en términos económicos. A las antiguas empresas multinacionales se les llama transnacionales. No es un simple cambio de nombres; es un cambio real.
El inicio de la aceleración del proceso de internacionalización de la economía se dio después de la Segunda Guerra Mundial. En aquellos tiempos, se consideraba empresas multinacionales a las empresas que estaban presentes en varios países. Hoy, con la mundialización de la economía, esas empresas trabajan como si no existiesen ya las fronteras nacionales. La pluma Parker es un ejemplo. Pero hay muchos otros. Los famosos artículos Nike -una marca estadounidense- no es producido en Estados Unidos, sino en países de Asia. Las bicicletas nacionales brasileñas ya no son producidas en Brasil: las empresas importan más baratas las piezas de otros países, y las montan aquí.
Esa mundialización de la economía está siendo posible gracias a la revolución tecnológica que está dándose en nuestro tiempo. El uso de computadoras, robots, satélites, fibras ópticas y otras tecnologías, acorta las distancias, conecta fábricas distantes y aumenta vertiginosamente la productividad. Cn ello, el capital nacional e internacional (el dinero usado para conseguir más dinero) «viaja» velozmente por el mundo en busca de mejores negocios, productos más baratos, mercados más lucrativos.
Esta lógica, basada en la maximización del lucro, ha generado un aumento de la producción y de la riqueza para unos pocos, y un aumento de la pobreza y del desempleo para muchos en todo el mundo, especialmente en América Latina.
Los que tienen dinero suficiente para participar de esa «gran fiesta de consumo» proporcionada por la mundialización, la defienden con uñas y dientes. Es la oportunidad que tienen de realizar el sueño de consumir productos importados. Se sienten «ciudadanos del mundo», no porque viajen mucho, sino porque consumen mercancías «mundiales».Se identifican mucho más con las personas de cualquier parte del mundo que consumen las mismas marcas , que con las personas pobres de sus países.
El lado sombrío de este sueño que llega a ser pesadilla para los pobres, es la exclusión y la miseria a la que resulta condenada la mayor parte de la población mundial. Exclusión que es el resultado de una lógica económica que tiene en la competencia de todos contra todos su «valor ético» supremo.
Necesitamos ser testigos de otro sueño: el de una sociedad diferente, que promueva «fiestas» donde todos puedan participar. Una sociedad donde la solidaridad tenga valor, una sociedad más parecida al sueño de Jesús. Una sociedad donde «todos tengan vida y la tengan en abundancia» (Jn 10, 10).
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