Mostrando las entradas con la etiqueta corrupción. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta corrupción. Mostrar todas las entradas

jueves, 25 de enero de 2018

Francisco en el Perú

El Papa, en el Perú, vino, vio y venció. Fuera de las discusiones numéricas sobre los asistentes a los eventos de Lima, Trujillo y Puerto Maldonado, incluso si asumimos las cifras más conservadoras podemos considerar su visita como muy exitosa, en especial si la comparamos con lo ocurrido en Chile, donde Francisco tuvo mayores resistencias debido al mediático caso Karadima y al accionar del obispo Barros, que según los testimonios trató de ocultar lo sucedido. Todo, a pesar de mensajes controvertidos como el que dio en Puerto Maldonado, a favor de los pueblos selváticos originarios y en contra de la voracidad extractivista. O a los silencios, como el caso Sodalicio, que hiede hace tiempo en el país. 

Los evangélicos hemos visto de reojo toda la ebullición vivida con diversas reacciones, desde el silencio respetuoso hasta la mención de la “demoníaca” palabra ecumenismo ante una foto de algunos representantes de iglesias evangélicas históricas con el Papa, antes de la misa que dio en la base aérea de Las Palmas. Yo que pensaba que tras la colaboración íntima que muchos grupos evangélicos han tenido con el catolicismo en las marchas pro-vida y movimientos tipo #conmishijosnotemetas (no olvidemos que el marco ideológico pro-vida fue configurado en el Vaticano), ya el viejo recelo católico-evangélico había sido superado. Pero parece que no es así. Los mensajes de oposición a la reunión protocolar, inocua además, si es que se lee el comunicado que fue entregado a Francisco, han sido agresivos y han mostrado con claridad el dominio de ciertas escatologías en el imaginario popular de ciertos sectores evangélicos. Es muy peruano esto: acepto la colaboración velada (en los movimientos pro-vida) pero no acepto la foto explícita. Hipocresía, a fin de cuentas. 

Sí, cientos de miles fueron a ver a Francisco. Ante ello, varios han hablado de que el Perú es un país cristiano, de mucha fe. Han inflado el pecho, orgullosos. ¿De verdad podemos decir esto? ¡Miren nuestro país, reventando en corrupción! El mismo Francisco ha dicho que la política está enferma, y creo que más en el Perú, donde hemos casi elegido dos veces a la representante del fujimorismo, los directores del gobierno más corrupto de la historia peruana. ¿De verdad, somos cristianos? ¿Seguimos los preceptos de Cristo? Los funcionarios públicos roban, los políticos velan por sus propios intereses, los policías piden coimas y nosotros las pagamos, somos indiferentes ante el dolor ajeno, manejamos horrible, no nos importa el otro, botamos la basura en cualquier lugar, contaminamos con desparpajo, golpeamos a nuestras parejas y le damos un cariz cultural a ese mal. De nuevo: ¿de verdad, somos cristianos? No lo pregunto solo como mención a los hermanos católicos, nuestro lado evangélico tiene mucho que aportar al respecto. 

El Perú se cae a pedazos y si la moral no es algo importante es, en parte, por responsabilidad de las iglesias. Todas, sin excepción, por acción u omisión. Ya somos el veinte por ciento de la población en el Perú (más de seis millones de evangélicos) pero Odebrecht nos domina, el fujimorismo es mayoría en el Congreso con nuestra venia, buscamos los privilegios que tiene la Iglesia Católica para nosotros. Hemos, pues, de cambiar. Hemos, pues, de poner nuestro grano de arena más allá de lo pro-vida y de la anti-homosexualidad que es casi lo único que parece importar, las únicas palabras de nuestro discurso monotemático. Debemos, por lo tanto, avanzar. ¿Hacia dónde? Mi impresión, desde una perspectiva ideológica, es que los teólogos evangélicos deben trabajar en una teología social evangélica que trascienda denominaciones, y que pueda ser reconocida por todos. Una que recalque el papel del ser humano más allá de su condición caída, que lo reconozca en el contexto de la economía, la sociedad y la cultura enfatizando su condición de creatura de Dios, que defienda la moral y ética cristianas como alternativas a un país en crisis y que ubique a los cristianos como personas en un entorno social que no buscan el poder por mero derecho de una posición de dominio (como es sugerido por el mensaje neopentecostal) sino que podemos acceder a él para servir a la ciudadanía como un todo, sin importar su clase social, su color de piel, su orientación sexual o su religión. Ya hay cosas escritas, por supuesto, pero creo que se hace necesario seguir construyendo hacia esta dirección.

domingo, 10 de abril de 2011

Por qué jamás votaré por el fujimorismo

Parece que muy a mi pesar Keiko Fujimori pasará a la segunda vuelta con Ollanta Humala. Como en el 2006, aparecerá el anti-voto, y muchos de los que votaron por Castañeda, PPK y quizá algunos toledistas votarán por Keiko. No es mi caso. Yo jamás votaré por el fujimorismo. Mis alternativas en segunda vuelta es votar por Ollanta Humala, el voto blanco o el voto nulo. Algunos ven mi postura como irracional, como enemiga del Perú. Debo defender el crecimiento, dicen, así como hicimos muchos el 2006, cuando tapándonos la nariz marcamos la estrella de Alan García.

No acepto eso. El fujimorismo fue un régimen abiertamente delincuencial, como si los barrios bajos de Lima hubieran tomado el poder para saquear las arcas fiscales y asesinar a los enemigos. Nos gobernó lo más selecto de la Trinchera Norte y el Comando Sur. Por eso, no votaré ahora, mañana ni jamás por el fujimorismo porque no quiero más dobles mensajes políticos (por ejemplo, digo “no shock” para el aplauso de las masas, y a la hora de la hora aplico el shock), no más patadas en el trasero a nuestros hermanos evangélicos que lo apoyaron en 1990 con fervor y que se convirtieron rápidamente en inservibles, no quiero más "disolver el Congreso", no quiero más combate al terrorismo con la doctrina del "ojo por ojo y diente por diente" (esto es, combatir a los terroristas con el mismo terror. Somos gente civilizada, somos el Estado, ¿no? No podemos convertirnos en criminales con el fin de combatirlos). No quiero más nueve alumnos y un profesor muertos en La Cantuta, incinerados y luego enterrados en un páramo desolado, no quiero más grupo de aniquilamiento Colina, no quiero más ejecuciones de Barrios Altos (donde murieron inocentes -¡un niño de ocho años!- que hacían una pollada pro-fondos: los ajusticiadores querían asesinar a otras personas, terroristas ellas, que se encontraban en otra parte del edificio), no quiero más jueces sin rostro que juzgaban en tres días, no quiero más inocentes que pasaron 10 años en la cárcel porque alguien los inculpó sin pruebas, no más mentiras respecto a la derrota del terrorismo: Fujimori no derrotó a nadie; todo fue el trabajo de un cuerpo especializado de policía que capturó a la “cuarta espada del marxismo” y con ello, listo, el golpe maestro. No quiero más esterilizaciones forzadas a campesinas inocentes de los andes perdidos, no quiero más apropiación del FONAVI, que hasta hoy sufrimos. No quiero más copamiento de las instituciones públicas (Poder Judicial con sus magistrados provisionales, con Blanca Nélida Colán; Ministerios, poderes electorales –con la vergüenza de mi universidad, la UNI, como referencia: José Portillo, el artífice del fraude del 2000-) ni la destrucción de ellas. No más prensa chicha que insultaba a los opositores en la carátula sin notas en el interior, no más prensa comprada (cómo olvidar la pared de dinero para Crousillat o la de Schutz), no quiero más estado benefactor estupidizante, que solo se dedicaba a entregar papas, arroz y calendarios, sin interesarse plenamente en el desarrollo. No quiero más Laura Bozzo (perdonen por ella, amigos mexicanos), no quiero más Ministerio de la Presidencia corrupto y centralizado, no quiero más robos de los fondos de las privatizaciones, no más saqueo de la Caja de Pensiones Militar-Policial, no más japonesitos ladrones de ropa donada y dinero venido del Japón. No quiero más los 15 millones de CTS entregados a Montesinos por su “servicio al país” y devueltos en efectivo por Fujimori, no quiero más robos a Popular y Porvenir (con el prófugo Miyagusuku), no más leyes de interpretación auténtica del tristemente célebre Carlos Torres y Torres Lara, no quiero más decretos secretos que hacían que algunas empresas pagaran menos impuestos. No quiero más renuncias por fax, no quiero Presidentes que intenten capturar a sus asesores con un enorme contingente policial que ellos mismos comandaban (buscando…). No quiero más fraudes electorales, no quiero más aviones presidenciales que carguen cocaína. Basta de salitas del SIN, y basta de presidentes allanando una casa llevando un fiscal falso. Basta de primeras damas electrocutadas y de amenazas a periodistas. No quiero otra Mariela Barreto ni otra Leonor La Rosa. No quiero más especímenes como Santiago Martin Rivas. No quiero otros Beto Kouris que pedían dinero a Montesinos con el fin de "comprar un camioncito para repartir pescado". Ya estuvo bueno de lacras como Nicolás Hermosa Ríos, que en su juicio reconoció haberse robado 20 millones de dólares (sí, el eterno Comandante General de Ejército, íntimo de Montesinos y Fujimori). No quiero más venta de armas a las FARC pagadas con cocaína. No quiero más cerros pintados y ya es suficiente con hijitos estudiando en Boston con dos mil soles de sueldo. No quiero más congresistas comprados ni transfuguismo. No quiero más dinero repartido en decenas de cuentas secretas de todo el mundo, no quiero un ex-presidente candidateando al Senado de un país extranjero. No quiero geishas ni más torturas en el sótano del Servicio de inteligencia del Ejército. No más chuponeo telefónico. No más “Vaticanos”. No más a la mayor corrupción de la historia republicana peruana. No quiero más declaraciones de hoy que hablan que todo lo anterior fueron “errores”. ¿Comandos de aniquilamiento, errores? ¿Narcotráfico abierto, errores? ¡Indignante!

Puedo seguir, pero creo que he probado mi punto: en resumen, jamás votaré por el fujimorismo porque tengo memoria. Por ello, en segunda vuelta solo tengo tres opciones: blanco, viciado u Ollanta Humala. Por ahora, no he decidido nada. Ya se verá.