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sábado, 5 de noviembre de 2011

Una mirada a los riesgos subyacentes del crecimiento eclesial

martes, 11 de noviembre de 2008

Dinámicas comunitarias

Todo esfuerzo de la praxis cristiana debe partir siempre de la comunidad, de toda la gente unida que se compromete a avanzar paso a paso en la vida cristiana, apoyándose, siendo amigos, conociendo más el amor de Dios, madurando bíblicamente en pos de la santidad. Sin comunidad no hay cristianismo; sin comunidad hay sólo apatía y apocamiento. No en vano Jesucristo les dijo a sus discípulos que “donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos”. (Mt. 18:20, RV60) Es en el espacio vívido de la comunidad donde la presencia de Cristo se hace sólida porque mediante la vida en común (Hch. 2:42b) es que Dios nos permite conocerle mejor.

La trinidad y la entrega

Lo anterior es así porque al vivir en comunidad replicamos el modelo trinitario. La trinidad del Padre, Hijo y Espíritu Santo, tres personas independientes pero una completa al mismo tiempo, es nuestro ejemplo por excelencia de comunidad. Como la trinidad, nosotros somos varios pero a la vez podemos ser uno. Somos varios que sentimos con certeza que somos uno en el amor del Señor, preparados para disfrutar y enfrentar las alegrías y penas de la vida. “El ejemplo trinitario de equidad, comunicación y amor incondicional y rebosante debe llenar nuestros ojos e impulsarnos a capturar el modelo de quien somos imágenes para que en esta tierra los cristianos tengamos un parangón activo y trascendente que sea el norte de nuestra praxis de vida cristiana” (1)

La vida en comunidad siempre nos recuerda la entrega de Jesucristo al venir a la cruz para morir por nosotros, abandonando su dignidad divina a la diestra del Padre (Fil. 2:5-11). Él era sublime, absolutamente glorioso en los cielos, pero decidió remangarse la camisa para venir aquí para salvar a la creación pervertida por el pecado con su sacrificio definitivo (He. 10:10,12b,14-18), viniendo a la tierra para andar con su imagen y semejanza. ¿Qué nos está diciendo esto? Para comenzar, se nos está hablando del trato entre los miembros de la comunidad. Si el mismo Jesucristo, el Señor de toda la creación, se hizo como uno de nosotros pero no como rey sino como una persona humilde nacida en un establo y crecida en un pueblo insignificante, ¿quiénes somos nosotros para manifestar actitudes de superioridad? ¿De mayor santidad por vano orgullo? ¿Porqué si Cristo fue de arriba hacia abajo (Divinidad-encarnación-pesebre-crucifixión) nosotros pretendemos ir de abajo hacia arriba (mundano-converso-líder-pastor-¿apóstol?) en nuestras propias relaciones en las iglesias? Por lo tanto, es en humildad que un miembro decide someterse a otro de manera voluntaria. Así debe ser, con una actitud preponderante de humildad los unos con los otros. Nadie más que el otro pero en serio, no en el papel como tristemente ha venido sucediendo en la historia de la iglesia cristiana, donde vez tras vez el afán por el poder ha cegado a muchos de los líderes de turno. (2)

¿Qué implica este principio de humildad? Primero, la igualdad absoluta entre todos los miembros. Ergo, no existen jerarquías y por ende no se haría necesaria la institucionalidad burocrática. Segundo, se realza el sacerdocio de todos los creyentes y el hecho de que absolutamente todos tengamos que hacer la misión de Dios. La suma de ambas nos trae una conclusión determinante: no se hace necesaria en las comunidades la línea entre el laico y el pastor. No existe porque somos ontológicamente lo mismo; no existe porque todos somos iguales. Tercero, la entrega de los miembros por su otro, por su hermano, en actitud permanente de servicio abnegado. No la búsqueda de la propia conveniencia o del control, sino siempre el pensar en lo mejor para el hermano, porque eso es lo que nos dijo el Señor y lo recalca, con otro énfasis, el apóstol Pablo (Mt. 22:39; Gal. 6:10).

Escribiendo lo anterior de otro modo, los dos principios fundamentales de una comunidad basada en la trinidad como forma de vida son la horizontalidad -fundamentata en la humildad- y la entrega por el otro en beneficio de todos –establecida en el sacrificio cristológico-. Esto es ver a la comunidad hacia adentro, hacia sí misma, hacia su propia alma.

La comunidad, no obstante, no puede vivir para sí misma porque no ha sido creada con ese fin (Mt. 28:19; Jn. 17:18, 20). La comunidad vive en y para el mundo (Jn. 17:15-16, 23), no esta destinada para estar en un espíritu de aislamiento y ascetismo. Hacia adentro la comunidad, valga la redundancia, subsiste para hacer comunidad, hermandad, compañerismo, vida en común, koinonía, o como quieran llamarlo. Hacia afuera la comunidad está para cumplir la misión que Dios nos ha puesto en la tierra. ¿Qué misión? La comunidad debe impulsarse activamente en una actitud solidaria con el mundo, comprendiendo lo mejor posible lo que sucede en la sociedad y estando prestos a dar, porque de esa manera podremos comprometernos con la idea de construir el reino de Dios en la tierra. Ese dar implica predicar el evangelio con firmeza pero a la vez estar presente en las vivencias de la gente, allá afuera, en sus actividades comunales y sociales, en sus fiestas y entierros, en los nacimientos y graduaciones, en la construcción de la plaza del pueblo o jugando el campeonato de fútbol del fin de semana. Por ello de inmediato nace la motivación de las comunidades que siempre son retadas a la acción por la realidad que las rodea. No puede haber comunidad sin misión porque se condena a la agonía y la consecuente muerte. Tampoco es sano que existan comunidades aisladas en su propio guetto porque esto no es más que una triste devaluación de la vida cristiana.

La comunidad en el día a día

Pensando en elementos prácticos de vida comunitaria, se me ocurren algunos componentes que enumero sin ningún orden en especial y que, a mi entender, forman parte del espíritu comunitario en el día de hoy que tenerse presente a la hora de participar de la misión de Dios.

a. Crecimiento: Las comunidades deben anhelar llegar a más gente pero priorizando el crecimiento espiritual sobre el numérico. La salud comunitaria y personal de cada uno de los miembros es más importante que una masa de prosélitos que jamás lograrás atender. Primero es el crecer en madurez y en conocimiento de Dios. No es una renuncia a la evangelización, es renuncia al irresponsable crecimiento neoplásico sin consistencia. Es ser responsables y decirle adiós a la hambruna eclesial que genera cristianos escuálidos que son arrastrados por las muchas modas que de tanto en tanto invaden el barrio evangélico latinoamericano.

b. Revolución homilética: Las iglesias consideran como cosa fundamental al sermón. Algo de razón tienen, porque aquí se suele predicar la palabra y es el escenario natural de la instrucción bíblica. El problema es que son los pastores los que han monopolizado el púlpito, creando barreras a la entrada para miembros de la iglesia capaces y dispuestos. Y más aún, el sermón es en un solo sentido, sin posibilidad de réplica en contraste del estilo del mismo Cristo (ej. Lc. 10:29). Por ello, las comunidades pueden romper el monólogo del sermón para reemplazarlo por un dialogo plural, donde el Espíritu Santo sea más libre y hable por todos los miembros de la comunidad. Supone el abandono del discurso pero el impulso intenso del dialogo entre iguales, donde uno aprende del otro.

c. Espontaneidad: Mucha de la liturgia en las iglesias se ha osificado, sacralizando el orden del culto. Las comunidades pueden renunciar a la rigidez programática creyendo que es bueno planear pero en un estado de permanente sensibilidad a lo que ella misma quiere, siendo abiertas a los cambios a los que el Espíritu Santo las lleva. La espontaneidad se lleva también a los aspectos económicos. Adiós a las ataduras y obligaciones del diezmo, bienvenida la entrega sacrificial sin presiones.

d. Innovación: Las comunidades deben siempre considerar con respeto los dos mil años de historia cristiana y, en ese espíritu, se abre a la innovación en las formas eclesiales, la manifestación de la fe y maneras creativas de hacer la misión como tantos hermanos cristianos lo hicieron en el pasado. Reunirse en un parque o en algún espacio público, celebrar la Cena del Señor en con la periodicidad que deseen, transformar el ritmo de la alabanza o lo que consideren necesario adaptar o mantener es parte del ser de las comunidades.

e. Dimensionalidad: Las comunidades pueden considerar que los paradigmas del tiempo y el espacio se han roto. No son necesarios templos ni tiempos específicos para desarrollar la vida lutúrgica. Para la comunidad, cualquier espacio y cualquier momento puede ser adecuado para un encuentro con el Señor Jesucristo. ¿Debe ser siempre los fines de semana? ¿Sólo el domingo, el día del Señor? Las realidades espirituales y la comunión con Dios están interesados en cuestiones de mucha más trascendencia (Col. 2:16). Las comunidades pueden ser realmente libres de largas ataduras por la presión de tener un gran templo o por hacer las actividades siempre en los mismos días específicos.

f. Celebración: Las comunidades pueden priorizar la alegría y la celebración como elementos fundamentales dentro del compartir cristiano. Las alimenta su convicción de estar trabajando en la misión de Dios, de crecer en madurez y de ser parte de la maravillosa creación de Dios, y desde allí concluyen que permanentemente hay motivos de celebración y compartir como comunidad. No son ciegas al dolor humano y a la tristeza propia del pecado en el mundo, e inclusive saben llorar cuando sea necesario, pero entienden que el saber que en toda circunstancia Dios está a nuestro lado es un suceso que nos ayuda a mantener y transmitir la alegría comunitaria.

g. Pluralismo: Aunque las comunidades seguro que han encontrado sus propias maneras de acercarse a Dios y vivir el cristianismo, deben reconocer la multiplicidad de experiencias de fe, tanto tradicionales como no tradicionales, en las cuales Dios trabaja y manifiesta su amor, obrando mediante su Espíritu Santo de la misma manera que lo hace con ella misma. Este reconocimiento implica respeto porque considera que todos somos hijos de Dios alabándolo de maneras distintas, llenas de nuestras propias experiencias siempre variopintas.

h. Digitalidad: Las comunidades deben tener en cuenta que Satanás no vive en Internet, y por ello puede aprovechar las nuevas tecnologías mediante las cuales la Palabra puede ser expresada, adosándose a ellas. Los blogs, Youtube, Skype, Facebook, Messenger, las demás redes sociales y otras metodologías son espacios en los que la comunidad se puede expresar, lanzando el mensaje de Cristo a este mundo tan necesitado de Él.


Referencias

domingo, 19 de noviembre de 2006

Conversando sobre la masividad

El banco en donde trabajo me ha mandado a una capacitación a Bilbao y a Madrid, en España. Por ello he dejado un poco abandonado el blog, aunque mi amigo Alexander Rodriguez me permitió conversar con él en su blog Santa Suburbia sobre un tema que había escrito previamente meses atrás. El enlace es el siguiente:

La masividad como meta y misión

Espero que escuchen el dialogo y lo enriquezcan con sus valiosos comentarios.

Saludos a todos desde Bilbao.

jueves, 3 de agosto de 2006

El crecimiento neoplásico o la perspectiva de la masividad

Aunque lo nieguen tratando de espiritualizar el asunto, en la práctica y a la hora de comparar el trabajo realizado, la principal medida de éxito de un pastor es el crecimiento numérico de la iglesia o grupo que dirige. La mayoría de ellos sueña con hacer un evento o seguir un programa en el que puedan triplicar la membresía, pareciéndose todo al rating televisivo: los animadores de programas dicen que no les importa de la boca para afuera, pero en verdad mueren por él. Esto es así porque existe una tendencia natural de la iglesia al incremento poblacional sostenido, vigoroso y constante teniendo su máxima exposición en ese extraño híbrido teológico-mercadotécnico llamado iglecrecimiento

Muchas veces esto se hace de forma irresponsable. Se busca llenar las iglesias de nuevos convertidos sin un soporte eficiente de líderes que permita a los neófitos crecer en la fe y conocer más de las verdades que la Biblia contiene. Nos interesa más las manos levantadas en un culto o la gente que asistió a un evento que el trabajo que implica atenderlos a todos. ¿Y cuántos se quedaron realmente? Claro está que a la hora de anunciar que somos el 15% de la población peruana –lo acaba de decir el Embajador de los Estados Unidos en el Te Deum evangélico que se hizo en la Alianza Cristiana y Misionera de Pueblo Libre y que quizá se aproxime a la verdad-, esbozaremos nuestra mejor sonrisa e inflaremos el pecho. ¿Cuánto costó hacer todo eso? ¿Qué pasa con todos aquellos cristianos que llegaron antes y se ven abandonados porque estamos priorizando la conversión de nuevos creyentes? ¿Es este acaso el costo de la expansión, el dejar a los que tienen algunos años a la deriva de su propio impulso? ¿Que lleguen a pensar que su iglesia no lo es más por la desmotivación?

Lo digo por el tema orgánico porque todo crecimiento no es bueno. Puede ser una neoplasia o también obesidad. Puede ser inclusive sólo flatulencia, o gula. Y digo, sin ambages, que con frecuencia hemos pensado, a lo Macchiavello, que el fin justifica los medios. Qué importa si no tengo la capacidad de recibir a doscientos convertidos, eso no importa, Dios proveerá todo. ¿Tienen que crecer en la fe, tengo que atenderlos pastoralmente y no tengo recursos? No interesa, lo importante es engordar, el Espíritu Santo se encarga del resto. ¿Qué motiva ese crecimiento? ¿Podría ser el orgullo del pastor? ¿Captar fondos para alguna cosa en especial, no necesariamente enriquecimiento del clero, sino más bien con matiz sacrosanto, como construir un templo, iniciar una misión en otro país, o fundar nuevas iglesias?

Flatulencia, gula, orgullo, resultados. “La Biblia puede sostener eso”, dicen. Quizá el versículo principal es Mateo 28:19, la Gran Comisión. Se asume que este último pasaje es una prescripción para ser obedecida, por ello la misión se define como el cumplimiento de un mandato que Cristo dio a sus discípulos que tiene que ver ante todo con la predicación del evangelio a todas las naciones de la tierra. Por lo tanto, si me ordenan hacer discípulos, entonces el crecimiento es la señal directa del buen desempeño. Tan simple como la tabla del uno.

Por todos estos años se ha visto a la evangelización de forma intensiva considerando al receptor del mensaje como parte de una multitud enorme y necesitada, lo que podríamos llamar como una “perspectiva de la masividad”. Probablemente tenga que ver con el término “a todas las naciones” y con la cosmovisión cristiana de perspectiva dual que hace una distinción entre los que se salvan por su decisión personal e individual, y la gran masa de perdidos que forman una unidad esencial: sea donde estén y hagan lo que hagan desde el punto de vista religioso irán al infierno. Por ello la estrategia de los colosales eventos en estadios, grandiosas campañas, conciertos que llenen el más grande coliseo de la ciudad, congresos enormes. Tú no eres Juan Pérez –un individuo con un nombre y una historia-, eres uno de los 500 pecadores convertidos en la campaña del evangelista de moda en el Estadio Nacional. Nada más que eso.

Esta misión de tipo masivo es vinculada directamente con la Gran Comisión, pero, ¿era la intención del autor del evangelio en realidad? ¿Qué quiso decir en verdad Mateo cuando citó esa frase?

Bosch (1) nos hace notar recién que a partir de 1940 se empezó a considerar a Mateo 28:19 desde el punto de vista misionero. En la actualidad la erudición está de acuerdo en que el contenido de todo el Evangelio apunta hacia estos versículos finales, antes no, aunque nos parezca extraño. Por ello, existe la necesidad de cuestionar la forma del uso de la Gran Comisión como base bíblica para la misión, sobre todo aquella de tipo masivo. Por ello, para la comprensión del pasaje bíblico necesitamos indagar en la idea que el autor de este evangelio tenía de sí mismo y de su comunidad y, a partir de allí, aventurar algunas deducciones respecto a su modelo misionero.

De acuerdo a los investigadores actuales, se presume que Mateo perteneció a una comunidad judio-cristiana que huyó de Judea antes de la guerra del 70 d.C para establecerse en una región mayormente gentil. Estos cristianos todavía participaban en la vida religiosa hebrea ya que aún no se entendían como un cuerpo separado de los judíos. Sin embargo, con la destrucción del templo de Jerusalén todo cambió ya que este evento provocó el divorcio entre el cristianismo y la sinagoga.

Aparentemente este momento final de ruptura absoluta con la sinagoga aún no había llegado cuando Mateo escribió su Evangelio. La comunidad aún defendía su derecho de ser vista como el verdadero Israel pero afrontaba una crisis sin precedentes en cuanto a la definición de su identidad” (2). Esta es la clave del evangelio completo ya que es el contexto en el que el autor escribe, lleno de preguntas y de definiciones. “A esta comunidad escribe Mateo: una comunidad aislada de sus raíces, con su identidad judía sacudida brutalmente, dividida en su interior sobre la cuestión de sus prioridades, carente de orientación frente a problemas totalmente desconocidos” (3). A pesar de las distintas tendencias dentro de la comunidad, que iban desde el legalismo extremo basado en la Ley al espíritu como agente de milagros, Mateo no maquilla las diferencias sino que va más allá, preparando de esta forma el camino para la reconciliación, el perdón y el amor mutuo dentro de su comunidad.

Mateo, al parecer, plantea como única manera de salir de la confusión y conflicto que los divide la idea de unir esfuerzos para emprender una misión entre los gentiles con los que conviven. Esto último es revelador ya que, aunque es cierto que el Evangelio confluye hacia la Gran Comisión, no es de la forma en que lo pensamos ahora. La convergencia es más sutil pero reveladora: Mateo quiere mostrarle a su comunidad en crisis una visión nueva que consiste en dejar de estar encerrados en sí mismos y en el judaísmo, para ver el amplio horizonte de la gentilidad como campo de misión y de identidad.

Mateo no quiere hablar de masa, simplemente desea que sus lectores cambien su mirada, desde dentro hacia fuera. “Ir a todas las naciones” no es un llamado de multitudes: es el reto a para un grupo de gente acostumbrada a implosionar constantemente. Por lo tanto, la Gran Comisión no nos da pautas sobre el cómo hacer misión, sino simplemente sobre el dónde: más allá de nosotros mismos. No puedo usar como base de mi metodología multitudinaria a la gran comisión porque el sustento de la forma no está allí.

Hemos creído que la Gran Comisión nos dice cómo hacer (perspectiva de la masividad) pero en verdad sólo nos dice a dónde mirar con la misión. ¿Cómo hacerlo entonces? Evidentemente hay que buscar en otra parte. Por ahora sólo queda decir que es otro evangelista el que nos da una propuesta interesante cuando nos describe la acción de Jesús con la mujer samaritana (Jn. 4) pero eso será motivo de una próxima reflexión.

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(1) Bosch, David. “Misión en Transformación: Cambio de paradigma en la teología de la misión”. Libros Desafío: Grand Rapids, Michigan. 2000. Pag. 82-83. Las ideas posteriores provienen de este autor.
(2) Ibid. Pag. 86
(3) Ibidem.