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lunes, 31 de marzo de 2008

Jesucristo de los desesperados

Una de las principales denominaciones que trabajan en el Perú ha realizado una gran conferencia denominada "Crece y multiplícate", animando a su liderazgo nacional a implicarse con la expansión numérica de la iglesia en los próximos años. Es su compromiso doble con dos grandes principios teológicos, uno a nivel misiológico (el cumplimiento de la Gran Comisión a toda costa) y el otro de tipo escatológico (la premisa pre-milenial y pre-tribulacionista que deriva en una visión fatalista y degenerativa del mundo), que le dan sentido a las motivaciones de la evangelización: hacerlo porque es un mandato ineludible del Señor Jesucristo y hacerlo porque el Apocalipsis está cerca, el mundo se destruye, se hunde y hay que rescatar a la mayoría de las personas de este gran naufragio, a lo Moody.
Este primer principio teológico basado en la Gran Comisión se concentra en la palabra "Id" (Mt. 28:19). Las iglesias suelen hacer el esfuerzo de ir al griego, de donde dice que el verbo se encuentra en forma de un participio pasivo deponente de aoristo, lo que significa que la traducción verdadera debe ser "yendo". Es decir, "cuando estén yendo, hagan discípulos", y se enfatiza fuertemente en ese proceso doble: yendo por nuestros caminos-haciendo discípulos en ese caminar (1).
Yo me quiero concentrar en un punto vinculado a la Gran Comisión. Sabemos que Cristo se la encarga a los apóstoles en un contexto en que los once habían pasado tres años con Él. Pueblo tras pueblo, con multitudes, a solas, por los desiertos, por el mar de Galilea, por el Jordán, en el Templo jerosolimitano, en sinagogas citadinas, en las norteñas tierras extranjeras, en cenas pudientes, en meriendas multitudinarias. Ellos se sabían discípulos del maestro, tanto que algunos lloraron amargamente su negación (Mt. 26:69-75; Mr. 14:66-72; Lc. 22:55-63; Jn. 18:15-18,25-27) o se colgaron de una cuerda por su traición (Mt. 27:3-10; cf. Hch. 1:16-20). Tres años, día tras día, aprendieron del verdadero Rabí, del mismo Dios hecho hombre, de sus enseñanzas, de sus milagros, de su compasión, de su rabia al ver profanado el templo sagrado. Su discipulado era complejo, completo e integral. Era paciente, esforzado, vivencial, nada haragán, de día a día. Si a ellos les decían la palabra "discípulo", todo lo anterior y mucho más venía de inmediato a sus cabezas.
Teniendo en cuenta esto pregunto: ¿Qué pensaban los originales receptores del mensaje (los apóstoles) al recibir el mensaje de "ir yendo haciendo discípulos", considerando el entrenamiento que habían recibido? Creo yo que reflexionaban en el ejemplo recibido de Jesús aplicado directamente a ellos mismos, que de ninguna manera tenía a la inmediatez como característica. Para ellos la labor de Jesús fue como una maratón, no una carrera de cien metros planos. Entendían que hacer discípulos es un trabajo largo, no una cosa de una campaña de una noche, una mano levantada, las palabras de un consejero, el llenado de una ficha o la invitación a una reunión. Lo comprendían por sus propias vidas transformadas.
Si el "hacer discípulos" era algo largo y trabajoso según la forma que Cristo estableció en su labor terrestre, para un claro entendimiento de la Gran Comisión se necesita encontrar el hilo conductor del andar del Jesús en misión. Yo pienso que es necesario comenzar por Lucas 4:16-30, una especie de génesis o bosquejo programático del ministerio del Señor. Sé que antes estuvo el bautismo, la tentación, la charla nocturna con Nicodemo, la primera limpieza del templo, las bodas de Caná, algunos milagros, pero ninguno de estos eventos son un compendio, una base inicial, un marco de referencia de todo Su ministerio. El discurso en Nazaret sí lo es.
Nazaret (2) es la ciudad "donde se había criado" (v. 16). Por lo tanto, Jesús es una figura familiar para su auditorio ya que es un miembro de la comunidad a la que frecuentado todos los sábados por muchos años. Con mucha probabilidad había hecho antes el mismo acto de leer y reflexionar que caracterizaba a la extensa liturgia compuesta de oraciones y lecturas (en ella se leían algunos pasajes de la Ley y de los profetas. Luego, alguien ofrecía un comentario a la asamblea. Jesús hace esto último según el texto lucano), y en esta ocasión Jesús cita a Tritoisaías, profeta enigmático que habla de temas diversos en sus diez capítulos aunque se puede centrar su enseñanza en dos ejes. El primero es la justicia (Is. 56:1), el segundo es precisamente el pasaje citado por Jesucristo (Is. 61:1-3). Ambos textos hablan de un consuelo por venir que traerá bendición y salvación de Dios a todo el pueblo, aunque condicionado a la práctica de la justicia. "Dios quiere escuchar a su pueblo, salvarlo de la situación en que se encuentra. Pero el hombre debe colaborar, cambiando de actitud y de conducta" (3). Con ese contexto en mente, el sexteto misiológico citado por Jesús cobra más relevancia:
- Dar buenas nuevas a los pobres/abatidos
- Sanar/vendar a los quebrantados de corazón
- Pregonar/publicar libertad a los cautivos
- Vista a los ciegos
- Poner en libertad a los oprimidos/presos
- Predicar el año agradable del Señor/año de gracia, día de venganza
El anuncio, la sanidad y la liberación son expresiones de la misión de Jesús dentro de un contexto temporal aplicado a un nuevo jubileo sin opresores-oprimidos-abatidos-invidentes-desesperados. Es una trama nueva donde se anuncia una esperanza que nos sugiere colaborar con esta acción de Dios manifiesta desde que "el reino de los cielos se ha(n) acercado" (Mt. 4:17). Lo fantástico es que "todo se había cumplido en ese momento" (Lc. 4:21), para sorpresa general de los nazarenos, que reaccionan de una manera ambigua, aunque finalmente pretenden despeñarlo porque Sus palabras no estuvieron de acuerdo con su particular esperanza.
El esqueleto de la secuencia global puede ser como sigue:

- Jesús define su misión (Lc. 4:16-30)
- Jesús aplica su misión (la gran mayoría de los evangelios)
- Jesús delega la misión (Mt. 28:19)

Marcando distancia con la muerte en la cruz, misión exclusiva del Señor por su condición única de redentor del mundo, creo que el pasaje lucano estaba marcado en la idea apostólica de "hacer discípulos", siendo imposible divorciar ambos eventos. Hacerlo de una manera distinta es un error que nos ha costado caro a través de la historia de la iglesia cristiana y más en los siglos recientes, donde hermenéuticas fundamentalistas olvidaron la profunda relación de ambos textos.
Si este es el marco de referencia de los apóstoles a la hora de hacer discípulos, es necesario analizar las aplicaciones prácticas en nuestra misiología. Sé que "hoy, aquí, en el Perú y en todo el mundo, el jubileo es una esperanza ya cumplida, pero, como el mismo reino de Dios, es una realidad que "ya pero todavía no", donde será más presente cuando los cristianos sean más concientes y sensibles de su papel en la misión de Dios y su proceso reconciliatorio. Por ello este mensaje de Jesús atento al pobre como opción preferente (pero no única), demanda de nosotros compasión, un compartir permanente, solidaridad, renuncia, sacrificio, lucha por la justicia en todas sus instancias pero, en especial, por la justicia económica" (4), entendiendo la especial prioridad en el texto hacia los desposeídos. Debo añadir, sin embargo, que no es lo único que se infiere del pasaje bíblico. ¿Por qué digo esto? Porque se nos habla de los quebrantados de corazón, de los de corazón roto y pulverizado. Un problema en la teología latinoamericana es que la opción por los pobres ha sido sacralizada casi a niveles absolutos (aclaro que creo en ella) cuando en realidad no es una opción exclusiva. Existe un nivel de la misión de Jesús dedicada de una forma práctica al trato de la desesperanza, de la angustia, del sufrimiento humano, de la crisis psicológica, de las lágrimas permanentes. Por su trato con el sufrimiento resucitó a dos personas, sanó multitudes, dejó que lavaran sus pies con un aceite caro. Es, como dice Gabriela Ibarra en su excelente blog: un Cristo que se compromete en acción por los desesperados sin importar si son ricos o pobres. Y este es un ejemplo patente, un gran compromiso y ejemplo del Señor para nosotros.
Dicen que este será el siglo de los psicólogos porque la violencia, el terrorismo, la solidaridad distorsionada, la migración, el feminismo, la postmodernidad, la "nueva" moral, el escenario internacional, y tantas otras cosas machacarán nuestras almas hasta el punto de hacerlas perder el sentido de la vida, andando errantes sin saber qué hacer en este mundo que ofrece tecnología pero quita espíritu, entrega riqueza pero también sinsentido. Esto ya sucede desde hace varias décadas pero nos dicen que se agravará. ¿No es una contradicción que las estrellas del cine y la música sean, al mismo tiempo, personas que lo tienen todo pero que a la vez buscan la autodestrucción en las drogas o en el comportamiento suicida?
Cristo también vino para ayudar a la psiquis del hombre postmoderno. Por supuesto, no de la manera que la iglesia ha estado haciéndolo hoy. Muchas comunidades aún creen que la psicología es del mundo, venida directamente de la naturaleza pecaminosa y del diablo. Para muchas una depresión se cura expulsando a los espíritus territoriales o denunciando a las canciones demoníacas que escuchamos en la radio. Para otros una esquizofrenia no es más que un demonio en posesión de una persona (y no digo que no sea así, pero ¿siempre?) al cual hay que expulsar sin conmiseración. Eso no nos sirve para nada. La abyecta desesperanza tiene raíces más profundas, no es tan fácil como un demonio dentro de alguien. Por ello debemos cambiar, siendo apoyo real a la humanidad abatida, preparados para socorrer y rescatar de las fauces de la nausea inmisericorde, entendiendo el dolor del otro, comprendiendo que también los cristianos pueden tener vacíos existenciales, asumiendo los pasivos de la presión mediática, siendo realmente servidores y no jueces de pena capital. Leyendo a Lucas entendemos, con claridad, que verdaderamente nuestro maestro era el Jesucristo de los pobres, pero también el de los desesperados.

Referencias
(1) Un brevísimo pero adecuado resumen está en http://anyulled.blogspot.com/2007/02/la-gran-comisin.html
(3) Sicre, José Luis. Profetismo en Israel. Estella: Editorial Verbo Divino, 2005. Pag. 248.

sábado, 2 de febrero de 2008

Jesús, ¿profeta?

Si pretendo hablar de profecía y mesianismo debo referirme necesariamente a Cristo, a su papel en su ministerio terrenal y su credencial como profeta. ¿Lo es? ¿Es más que eso? ¿Es lo más importante de su obra? ¿Es relevante para nuestro caminar como cristianos? ¿Tan solo es una carga de Cristo, no transferible a sus seguidores?

En tiempos de Jesús se pensaba que las Escrituras eran algo definitivo porque el canon ya estaba completo (el rompecabezas del Pentateuco acabado, realizado el relato creativo en el período exílico-postexílico, el complejo proceso monitoreado por Dios listo). Antes Dios hablaba por los profetas (porque el canon estaba incompleto. Cuando Elías vivía faltaba medio Antiguo Testamento por lo menos) pero en épocas romanos la comunicación se filtraba a través de los sabios expertos en el análisis del texto divino. Sin embargo, aún había cierta profecía en Israel:

-Mediante el Sumo Sacerdote por su acceso al lugar santísimo.

-Mediante la apocalíptica que señalan la esperanza en la promesa, los sueños, las visiones y el éxtasis.

-Por referencias a Moisés.

A pesar de estas reseñas, se creía que la profecía ya estaba acabada, por lo menos tal como se la entendía en el Antiguo Testamento. No más Eliseos, o Samueles, o Amoses.

En este contexto —de ausencia de profetismo— los evangelios hablan de Jesús como profeta. Entonces, viene la evidente pregunta: ¿Es UN profeta o es EL profeta? O, replanteando esta cuestión tan importante incluso para hoy: ¿Jesús muestra una continuidad con el Antiguo Testamento o es algo nuevo, distinto, diferente? Analizando el texto bíblico, encontramos que se le llama profeta además de anunciarse un paralelo con Elías. Se hacen preguntas sobre su persona, aunque parece que nadie en el contexto pre-pascual lo llamaba Mesías de la manera en que se entendió después. Lo que sí es seguro es que lo consideraban un profeta. Hasta Herodes el Tetrarca.

Jesús mismo quiso presentar su misión en la línea del anuncio profético, más aún cuando se relaciona su obra con el destino del profeta, o sea, la muerte violenta (esto se hace evidente cuando vamos directamente al evento de su muerte). ¿Tuvo Jesús obra de profeta? Parece que sí a la luz de Lc. 4:16-30. El hizo profecías, juicios de desgracia, lamentos, y bienaventuranzas. Al oírlo hablar así la gente de su época pensó que era profeta al viejo estilo y se entusiasmó, tal como pasó con Juan el Bautista. Jesús también hace signos proféticos —la profecía nunca puede reducirse al mero anuncio, como si todo el carisma estaría compuesto por la palabra expresada—. Los signos son muy importantes, como los milagros y gestos (maldición de la higuera, Jesús escribiendo sobre el suelo como acto profético por excelencia, Jesús recibiendo a los niños como símbolos de disponibilidad para la acogida, la purificación del templo, etc.)

¿Qué decimos, entonces? Jesús era considerado un profeta desde la perspectiva pre-pascual y esto es lo correcto. Pero, para interpretar su persona esta visión es insuficiente, incompleta, parcial. La cristología de Jesús-profeta nos puede ayudar a entender el ministerio de Cristo, pero es una forma truncada de entender el misterio global. A la luz de la cristología post-pascual esto se hace insuficiente. Cristo viene del mismo Dios, por lo que el título de profeta es rebasado completamente. Hay que ir más allá, mucho más allá.

lunes, 10 de diciembre de 2007

Hacia la tierra prometida (con escalas)

Los teólogos de la liberación han tomado al éxodo como evento fundamental dentro de su marco teórico de referencia. No es una idea descabellada ya que es uno de los grandes eventos bíblicos y punto de paso obligado para cualquier persona que quiera estudiar la Biblia con seriedad. ¿Cómo enfrentarnos al éxodo como hecho histórico utilizado por Dios y puesto por Él como hito en su día-a-día con la humanidad? Si se piensa en el éxodo es necesario, a mi entender, ir por lo obvio y partir desde el pueblo sufriente, silencioso al inicio, y clamoroso tras unas cuantas décadas (?) (Ex. 2:23). Este pueblo fue víctima de la opresión abusiva de Egipto a niveles de esclavitud (Ex. 1:14), situación desesperada que lo llevó a clamar a Dios por ayuda. Llama la atención la demora en su petición de socorro, lo que inmediatamente nos hace preguntar ¿Por qué tardaron tanto en clamar a Dios? No se sabe con certeza, pero lo que sí es conocido es que Dios les respondió enviándoles lo que necesitaban: un libertador con cobertura divina…

… que los liberó del yugo. ¿Todo bien desde ahora? No, porque ahora el problema fue la actitud del pueblo tras el éxodo de Egipto, es decir, tenían la libertad ansiada pero no les era suficiente por las carencias materiales: hambre, sed, calor, monotonía en los alimentos, enemigos, incertidumbre. ¡Preferían volver a Egipto con las cabezas genuflexas! ¿Por qué preferir la servidumbre a la libertad? Pienso, como otros, que el pueblo extrañaba la seguridad de la esclavitud en contraste con la poca certeza de la travesía en el desierto. Es un pueblo totalmente humano. ¿O es que eran superhombres? ¿Cuántas veces nosotros hemos sido igual a ellos? Yo lo soy con frecuencia.

El faraón es otro de los actores del drama egipcio. Obcecado, preso de su propia opinión, pensaba económiamente al no querer perder su valiosa mano de obra. Miles de esclavos no se podían conseguir de la noche a la mañana. Dios intenta varias veces dialogar con el soberano sin éxito. En el ínterin Faraón agrava la opresión del pueblo (Ex. 5:9) “para que no atiendan a palabras mentirosas”, es decir, ¡para que no piensen! Es la típica imagen del opresor –han pasado más de tres milenios y hay cosas que no han cambiado nada- la que nos muestra el relato bíblico, y lo peor del asunto es que por su actitud todo el pueblo de Egipto se vio afectado (por las plagas y la entrega de sus bienes de valor). Si estás en el poder, tu pueblo sufre por tus decisiones. Es este un mensaje vivo a los gobernantes de las naciones actuales que con frecuencia no piensan en el pueblo a la hora de disponer. Se van, destruyendo el país, ¡y luego quieren volver a gobernar! (a veces retornan, como Alan García. O lo intentan, como Fujimori o Menem)

Dios también está presente (vale la pena recordar el papel de Dios porque a veces se nos olvida). Su actuar en el Éxodo delimita una imagen que ha mutado desde el Dios personal, íntimo, de clan -que se deja ganar por un hombre-, del tiempo patriarcal, al Dios poderoso que reta al poder imperial con las plagas. Eso nos ayuda a entender algo: Dios tiene mil caras, se adapta a nuestras circunstancias, a nuestra vida, a nuestro andar paso a paso. Camina con la historia y según esta se vaya evolucionando Dios se manifiesta, cambia de rostro, enfatiza ciertas cosas de su ser Absoluto; en otro momento gira, muestra otro ángulo que aparentemente es contradictorio con el anterior pero que no es así. Es, desde nuestros ojos, un Dios variable (porque siempre observamos algo diferente de Él), pero desde su punto de vista, un Dios demasiado grande para nuestra comprensión que va resaltando aspectos diversos de Él según el ser humano, conciente o inconcientemente, lo requiera.

Moisés fue profundamente sensible a las necesidades de sus compatriotas aunque su impulsividad quiso solucionar el problema de inmediato, asesinando a un egipcio (Ex. 2:11-15), viendose obligado a escapar del país. Pasó 40 años en el desierto, donde ni siquiera pudo juntar su propio hato de ovejas ya que seguía pastando el ganado de su suegro, tras los cuales Dios lo llama a la misión de su vida. Se niega con diversas excusas: desconocimiento de él mismo, desconocimiento teológico, incapacidad, renuncia, pero al final va a Egipto, casi a regañadientes. Qué diferentes son los criterios de Dios a la hora de elegir un líder (en contraste con los parámetros del mundo o de muchas iglesias de la actualidad). Pero, a pesar de su gran obra, al final él no entra a la tierra prometida. ¿Por qué? La solución simplista –aunque cierta- es por su pecado tras el incidente en el desierto de Zin (Num. 20:1-13). Pero si vamos un poco más allá, podemos afirmar que Moisés no entró porque no le correspondía. Dios es el Señor de la historia, y cumple sus promesas o sus propósitos por encima de personas, naciones, creencias o teologías. A veces nos creemos dueños de la obra de Dios, nos autoimponemos el papel de voceros oficiales de Dios, nos creemos indispensables, pero nos olvidamos que sólo somos vasijas y que el que dispone finalmente es Dios.

Es en el éxodo donde se establecen los fundamentos de la religión de los hebreos con la Alianza como un basamento importante. Lo particular de las alianzas en esos tiempos es que se establecía una relación comprometida siervo-amo tal como estaba en el modelo hitita de los pactos. Un detalle de la alianza es la elección: Dios escoge a un pueblo para sí, no por sus virtudes sino porque así quiso, no porque fueren especiales (eran esclavos en Egipto) sino porque su Voluntad así lo decidió. No por las virtudes, no por los atributos. ¿Comprendemos la profundidad del concepto? ¿Por qué enfatizar en la elección y en la Alianza? Porque para los judíos eran elementos claves de su identidad, elementos que nunca perdieron en la historia. Si ellos son pueblo de Dios, lo son por la alianza con Dios que se hizo nueva en Cristo cientos de años después.

La historia es mucho más compleja de lo que dicen los libros. Muchos cristianos de hoy tenemos la tendencia a literalizar lo que dice la Biblia y a creer tal cual dice el texto sin hacer un sano proceso de interpretación. Nos olvidamos que la Biblia se escribió en un determinado contexto y con particulares intensiones, muy distintas en cada uno de sus libros. Dado esto, pienso que la idea, en el desierto, es declarar la profunda humanidad del pueblo con sus idas y venidas, la de Moisés como caudillo, la visión de Dios que protege y provee pero que también castiga la infidelidad; ya en la ocupación, se denotan los múltiples elementos variopintos en esta etapa formativa del pueblo hebreo: los muchos pueblos que contribuyeron a su evolución (abundantes elementos fueron prestados de otras naciones para su culto, el propio “mestizaje racial”), una ocupación lenta y tediosa -sin mucha épica- de la tierra prometida. Repito el mensaje: LA HISTORIA ES MAS COMPLEJA DE LO QUE APARENTA. Es algo que nunca debemos olvidar.

Si hacemos un salto temporal hasta el tiempo intermedio de la monarquía, veremos a un pueblo que basaba su estabilidad en la Alianza, en la elección de Dios, en la capital del país y en el templo de Jerusalén. En otras palabras, la nación creía que jamás les pasaría nada porque Dios está en el templo, son EL pueblo de Dios y nadie es capaz de destruir SU casa. La base de su fe era simplemente asuntos externos y no internos: la ética en tiempos monárquicos estaba bastante deteriorada. Estaban seguros, cómodos, pero todo se vino abajo con el exilio. ¡Destruyeron al pueblo de Dios! ¡Destruyeron el templo! ¡Ya no hay Jerusalén! Se eliminó toda la base de la fe y la estructura de la nación. La elite dirigente se fue a Babilonia y el pueblo, sin líderes, se quedó en Palestina. Surgieron preguntas incómodas porque el Dios de la liberación de Egipto los llevó a una nueva cautividad ¿Cómo responder a esta crisis? ¿Qué hacer? La amenaza sincrética, la influencia de otras culturas, y la actualización del mensaje se hicieron relevantes. Tras el exilio, el pueblo perdió la esperanza pues toda la magnificencia del Deuteroisaías sobre la victoria absoluta del pueblo de Dios no se cumplió. Sin embargo, el mensaje siempre se adaptó a las nuevas circunstancias (en este caso, por Hageo, Zacarías, Esdras y Nehemías).

Doy otro salto temporal y llego hasta Jesús. La visión cristológica la coloco dentro de su contexto de evangelio (buenas noticias) que debe ser proclamado (kerigma) y testificado (martirio). Es un mensaje que nos convierte al encontrarnos con Cristo (transmisor del mensaje que al mismo tiempo es el mensaje) y que nos libera, trayendo una perspectiva más amplia de ver el mundo. Cristo reinterpreta a la Torah, colocándola más rígida en la ética y más relajada en lo cultual, basándola totalmente en el amor y en una visión escatológica. Su libertad se sustenta en la cruz que todos debemos llevar, es decir, una libertad basada en el servicio, el sacrificio y no en el libertinaje.

Con todo el compendio anterior, ¿Puede armarse una teología bíblica del éxodo? Creo que sí. Elementos que estarían dentro de ella son:

a) Dios es un Dios de la historia, que camina con ella y en ella, paso a paso a nuestro lado.

b) Dios, como tal, muestra múltiples caras, como a los patriarcas (Dios personal, de clan), en el éxodo (Dios poderoso), la monarquía (Dios nacional), el exilio (Dios universal y único), o el Nuevo Testamento (Dios con nosotros). ¿Cuál es el rostro que tiene hoy con nosotros?

c) Dios siempre quiere liberar, tanto de la opresion economica y social (Egipto), del pecado (como dice el mensaje de Cristo), de la tristeza del desarraigo (Exilio). Es parte de un proceso que no termina nunca. Es una libertad múltiple y no exclusiva de sólo una de sus partes (resaltando una en detrimento de las otras). Hay que proclamar libertad, sí, pero completa. Hay que proclamar la libertad, sí, pero sin imposiciones ideológicas, ni de derecha ni de izquierda. Eso es inconcebible.

d) Dios quiere que siempre observemos sus múltiples caras y nos llama a ser partícipes de la reinterpretación de su mensaje según el contexto histórico: la ley de Moisés, la identidad de la monarquía, la crisis del exilio (y el nuevo fundamento del judaísmo sin templo y sin Jerusalén), el mensaje cristológico. Dios está en la historia, la historia fluye y el mensaje, siempre, según nuestro contexto, debe actualizarse.

e) Dios comprende nuestra humanidad, sabe que no somos perfectos y así nos ama: quejosos como el pueblo en el desierto, perdidos como en Babilonia, desanimados como cuando volvieron a Palestina, con la vision en otra parte como Pedro en la trasnfiguración, con mi dejadez cuando quiero orar un rato.

f) Cristo nos llama a una liberación basada en el amor a Dios y al prójimo, en una ética estricta, en tomar la cruz y en basar la libertad no como libertinaje, sino como servicio, sacrificio, entrega, humildad. Es esta la base de la verdadera liberación.

g) El mensaje liberador de Cristo no es pasivo sino que nos llama a la acción porque su visión está en la esperanza escatológica que nos llama a actuar hoy, en un ya (porque Cristo está aquí) pero todavía no (porque todo no ha llegado a su pleno cumplimiento).


Referencias

BRIGHT, JOHN. “La historia de Israel”. Edición revisada y aumentada con introducción y apéndice de William P. Brown. Bilbao: Editorial Desclee de Brouwer, 2003.

GUTIERREZ, GUSTAVO. “Teología de la liberación: Perspectivas”. 11va edición. Lima: CEP, 2005.

SICRE, JOSÉ LUIS. “Introducción al Antiguo Testamento”. 9na edición. Estella-Navarra: Editorial Verbo Divino, 2005.

domingo, 18 de noviembre de 2007

Recordando a Amós

Debo reconocer previamente que he leído poco, en todo mi tiempo de cristiano, a los profetas denominados “menores” salvo a Jonás por la recurrencia en las prédicas oídas y a Malaquías por la insistencia de los líderes de la congregación con respecto al muy sensible tema del diezmo, aunque he tratado de remendar mi falta con mis recientes estudios veterotestamentarios. Considerando esto ingreso en el mundo de Amós.

¿Cuáles son las características del tiempo, del contexto? Él fue un profeta dirigido al reino del norte aproximadamente en el siglo XIII a.C en un tiempo de relativa paz y mucha prosperidad. La bonanza económica era notoria –de haber tenido un instituto de estadística o un ministro de economía, los reyes hebreos habrían anunciado con mucha publicidad el crecimiento de la economía de la época-, mucho lujo en ciertos estratos pero con una desigualdad calamitosa y abusos notorios contra los pobres desde el punto de vista económico (salarios deplorables, iniquidades en el comercio, adulteración en las pesas y medidas) como el legal (corrupción en los jueces, injusticia institucionalizada). Era en la práctica un sistema que abusaba enormemente de unos en detrimento de otros.

Desde el punto de vista religioso hubo una vida de fe ficticia. Los lugares sagrados rebosaban de gente, activismo, sacrificios al maximo de su capacidad, diezmos al tope y prédicas sacerdotales frecuentes y, seguramente, impactantes, lo que les sustentaba una actitud de falsa seguridad: tranquilos y felices de la situación del país ya que pensaban que nada les iba a pasar porque “cumplían” todos los requerimientos religiosos que representaban obediencia a Dios y, por lo tanto, la nación estaba protegida ante cualquier amenaza. La verdad era, sin embargo, que el pueblo del norte estaba concentrado en las apariencias y habia olvidado a Dios completamente. Su religión no era más que los actos cultuales, el incienso y la sangre de los corderos en el altar pero Jahveh estaba muy lejos de sus vidas.

¿Quién era Amos? No era un religioso, ni levita, ni sacerdote, ni siquiera un acólito del templo sino un ganadero dedicado a sus negocios y a su vida normal, probablemente rico, que en cierto momento de su vida recibe el llamado profético por parte de Dios. ¿Qué anuncia? Denuncia fuertemente el abuso contra los pobres y la dualidad de un sistema barnizado de piedad que favorece a pocos: la riqueza extrema que hace que se tenga una casa de veraneo (Am. 3:15) o que se atesore en los grandes palacios (Am. 3:9) pero que al mismo tiempo se maltrate escandalosamente de los que tienen poco (Am. 4:1) denotando una profunda hipocresía religiosa (Am 5:21-27) que es rechazada absolutamente por Amós, abominando toda la parafernalia religiosa vacía e inútil. Proclama el castigo de Dios que parece ser inminente y duro, un castigo de muerte (Am. 5:3), pero siempre deja un resquicio para la esperanza: “Busquenme, ¡y vivirán!”. Es un mensaje impopular, incómodo al extremo que el sacerdote expulsará al profeta tras el anuncio radical (Am. 7:10-17) pero él se mantiene fiel a la palabra recibida, una palabra de reprimenda, punitiva, de un dolor que se acerca por culpa de nuestro olvido de Dios. Lo peor es que el pueblo no se daba cuenta de lo dramática y frágil de su situación.

Amós vio las cosas con claridad: la fe en Jahveh es una y sus implicancias prácticas no son transables. Poner los ojos en Dios requiere amarlo sobre todas las cosas, vivir comprometido con sus preceptos y buscar la justicia en todos los ambientes en los que nos encontremos. Podemos ser ricos -eso no es lo que Amós condena per se-, pero debemos tener en nuestro corazón una sincera búsqueda de la justicia social, económica y religiosa si nos decimos cristianos. ¿Cómo puedo decir que soy un discípulo de Dios si fomento sin remordimientos las partes negativas de un sistema que empobrecerá a mi prójimo, paga bajos salarios, aprovecha las asimetrías, corrompe el sistema jurídico para que algunos se queden con los bienes ajenos y fomenta el estado de consumismo suntuoso? No tiene sentido y, ante ello, cabe la denuncia vehemente.

¿Es un mensaje relevante el día de hoy? Sí, porque en el Perú las injusticias económicas son abismales pero una buena parte de los evangélicos, en vez de denunciarlas sin ambages, hemos preferido -por ejemplo- hablar de mensajes escapistas que predican un rapto y una segunda venida inminente, siendo un calmante al sufrimiento del tiempo actual (¡un sedativo como lo era el culto de la época de Amós!). Hay hipocresía religiosa dentro de nuestras iglesias pero preferimos la comodidad de teologías dominantes, controladoras y abusadoras. “¿Qué me importa la hipocresía si los hermanos pagan el diezmo?” parecen decir algunos. Hoy en día la iglesia evangélica predica un discurso cómodo, popular, que llena estadios y coliseos, que hace milagros a granel, que tiene cuatro o cinco muletillas a las que llama teología, que fomenta el negocio de la música cristiana absolutamente laxa y sin contenido, que le da la mano al presidente en el Te Deum y le predica suavecito porque algunos pastores están haciendo cálculos políticos por detrás, que predica para ella misma de manera calculadora para no estar mal con nadie a pesar de las injusticias. Esto es muy diferente a lo que el profeta hacía en su tiempo, totalmente comprometido con su situación histórica (al contrario de hoy, que preferimos la máxima espiritualización posible y desconocemos lo que sucede en el mundo), comprometido con los abusados, comprometido con Dios denunciando la manipulación religiosa.

¿Por qué nos habremos olvidado de Amós?