Mostrando las entradas con la etiqueta Amistad. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Amistad. Mostrar todas las entradas

lunes, 14 de junio de 2010

Dejados atrás (19)

Incompatibilidad de caracteres

En enero de 2008 mi esposa y yo regresamos a la iglesia. Me sentía sumamente raro, como un hebreo en el desierto del Sinaí que ante los problemas de la ruta (léase: desintegración de mi grupo de reflexión) miraba lo bueno de la esclavitud olvidándose de los extremos beneficios de la libertad. Era maltratado, molido a golpes, abusado; sufría todos los días, pero eso era mejor al sol inclemente, la falta de agua y carne o a la monotonía del maná. Lo que debía ver eran las tierras palestinas, los valles galileos, el agua del Jordán o los peces del Mediterráneo; se quedó en la imagen de las pirámides egipcias con harto sudor y mucho castigo. Algo dentro mío añoraba el pasado, quería volver a los tiempos buenos ya definitivamente idos, como si deseara replicar la sensación de seguridad de antes. Burda ilusión: casi todo ya estaba muerto. La iglesia era una desconocida para mí, era otra, bastante desemejante a la que abandoné. ¿Había cambiado ella o, más bien, era yo el diferente? Es cierto que yo no era el mismo ―en especial en asuntos de la fe― pero me era evidente que la congregación se había transformado.

Rápidamente me di cuenta que quedaban muy pocos vínculos que me ataran a la vida eclesial, salvo algunos amigos cercanos. Sentía un recelo de algunas personas que, seguramente, fueron advertidas de un posible trato conmigo, el rebelde insumiso-seguramente-en-paupérrimas-condiciones-espirituales. Los amigos cercanos sí se acercaron sin problemas, así como los adolescentes que estuvieron a mi cargo (a esas alturas, unos universitarios impetuosos). Sin embargo, el ambiente era frío, y los lazos frágiles. Pensé mucho en mi actitud anterior. ¿No tendría el pastor titular toda la razón? No sería todo culpa mía? ¿Mi corazón es impuro y se resiste a escuchar la voz de Dios? ¿No me interesa la unidad de la iglesia sino su destrucción, el daño? ¿Estoy lleno de rencores, que desde ellos hablo, me expreso, critico, vocifero? ¿Debo someterme a la autoridad de los llamados por Dios? ¿Me era necesaria una purificación?

Ante ello, se me hizo urgente evaluar mi corazón para analizar la iglesia con otros ojos. Debía alejar la emotividad y centrarme en lo objetivo del pensamiento analítico, que me permitiese, sin pasiones ni subjetividades, encontrar si era la iglesia la que se hundía o si yo era el que estaba en estado calamitoso. Para eso, me comprometí a utilizar mis conocimientos misiológicos de una forma que me permita analizar a la iglesia de la manera más limpia posible. En este momento es que nace la idea de encontrar las razones de mi alejamiento de la estructura eclesial. Terca obsesión de encontrar una explicación razonable y coherente de todas las cosas.

El resultado me asustó porque no pensé en encontrar a la iglesia en un estado de disfuncionalidad tan grande. Me sorprendió que la comunidad haya mutado de esa manera, continuando en ese proceso sin aparente posibilidad de cambios en el corto plazo. Tristemente encontré a una iglesia atrapada, adicta, hiperactiva, escapista y dependiente, que está feliz cómo es, ciega a su propia condición y que no quiere cambiar por decisión exclusiva de su liderazgo. Si tratase de agrupar las conclusiones, tendría tres partes por donde transcurre el análisis:

a) La congregación
b) El pastorado
c) La institución

Cada una de ellas tiene dos conceptos base que tratan de explicarlas:

―Congregación: Neoplasia, Cortoplacismo.

―Pastorado: Indispensabilidad, Degeneración

―Institución: Informalidad, sacralización.




Ir pensando, poco a poco, en estos elementos, me hizo ir concluyendo en lo inevitable de mi partida irreversible. Era como si nuestros temperamentos fueran absolutamente contrarios, como si nuestros caracteres fueran completamente incompatibles. La hora del divorcio se acercaba. Cuando los últimos lazos se rompieron, en especial con la renuncia del pastor asistente a la iglesia, me di cuenta que no tenía sentido el seguir asistiendo a la iglesia. Nuevamente me despedí. Esta vez de manera definitiva.

miércoles, 9 de junio de 2010

Dejados atrás (18)

Yo abandoné la iglesia sin decirle a nadie, pero nadie lo percibió porque lo hice a inicios del verano, cuando media congregación anda de vacaciones o tomándose autolicencias en las playas del sur de Lima. En febrero de 2007 (y en circunstancias que estoy tratando de recordar y no puedo, aunque sospecho que fue via correo electrónico) le comenté a alguien sobre mi decisión, encendiéndose todas las alarmas. Aunque estábamos en abierto conflicto, casi todos éramos miembros de la iglesia que habíamos decidido hacer las cosas por nuestra cuenta, sin intentar irnos o hacer una comunidad por nuestra propia iniciativa. Estábamos tranquilos con el híbrido que teníamos. Sin embargo, el que yo la abandone cambiaba el escenario. Los pastores me consideraban el líder del grupo, nunca se tragaron el asunto de la homogeneidad porque a sus mentes eso le parecía algo absolutamente incomprensible. Por lo tanto, mi partida podría significar un aliciente, un impulso para que el resto de chicos del grupo también deje la iglesia. Y hablábamos de, por lo menos, diez jóvenes con condiciones de liderazgo y un gran don de servicio que no servían en ningún ministerio pero al menos continuaban siendo miembros nominales de la iglesia. ¿Cómo le explicaría eso el pastor de jóvenes al pastor titular? Estaba en problemas serios.

A los dos días de que se encendieran las alarmas, el pastor de jóvenes, ansioso, trató de comunicarse conmigo. No recibí sus correos electrónicos (lo tenía bloqueado en mi vetusta cuenta de Hotmail, recuerden). El próximo domingo fui al terminar el culto para entregar algo a una persona y de inmediato se me acercó, pidiéndome conversar en el lugar que quisiera, la hora que quisiera. Le di mi dirección electrónica de Gmail, me escribió y quedamos en vernos el sábado siguiente por la mañana en el Starbucks de Los Frutales y Javier Prado, mi Starbucks, el que está en las calles de mi infancia, adolescencia y juventud. Me intrigó enormemente, pero me parecía que el pastor tenía algo de temor al pensar en que sería responsable de la ida del grupo. Tenía que evitarlo al costo que sea.

Fue una conversación rara desde el principio. Yo hablé claramente de las cosas que me hirieron, de mis fastidios, del dolor por mi hermano, del ataque en sus devocionales y el púlpito por parte de él y del pastor titular, de lo ridículo de su molestia por el grupo, de que si lo que les preocupaba era la enseñanza bíblico-teológica, yo tenía igual o más estudios que ellos y que eso podía sustentar lo que hablábamos en nuestras reuniones ―rigurosidad no iba a faltar―. No tenía nada que perder así que fui transparente, directo. Lo que me sorprendió fue la actitud con la que encaró mis palabras. No fue ofensivo sino todo lo contrario, pidiéndome disculpas por cada una de las veces en que me había herido a mi o a algún integrante del grupo. Cada cosa que le achaqué la asumió como verdadera pidiendo perdón, lo que pareció sumamente sospechoso. Todo sonaba muy artificial, una maniobra desesperada, hacer lo que sea por evitar que algo suceda, así sea mentir sin descaro. Era evidente ―lo demostró su actitud posterior― que sus disculpas no eran sinceras, fue claro que no estaba arrepentido de nada, era seguro que, como buen pastor promedio de la denominación, estaba convencido de la razón de sus actos y argumentos y de mi profundo error que merecía su más profunda misericordia. El pedido de perdón era protocolar, como cuando Hugo Chávez y Álvaro Uribe salen abrazados al final de una asamblea de presidentes tras insultarse toda la semana: todo es para la foto, para la apariencia, con el fin de seguir las reglas diplomáticas. Así era este petitorio de disculpas: una sonrisa para la primera plana, pero totalmente falsa. Nuevamente juró ante Dios que nunca leyó mi blog ni el blog del grupo; que sabía que existían pero que nunca había entrado. Me pidió los enlaces para chequearlos ―según él, por primera vez―. ¿Cómo un ministro cristiano puede ser tan poco sincero? ¿Cuándo los cristianos nos volvimos así? ¿Cuándo nos degeneramos? ¿Cuándo la oveja se convirtió en el lobo? ¿Cuándo aprendimos las tácticas de la vieja política que tanto daño le ha hecho a nuestros países?

La cereza que coronó la torta vino un rato después. Tras terminar un frapuccino caramel venti, mi favorito, me dijo lo siguiente:

― Tú ibas al seminario. Ahora estudias una maestría teológica. Tienes inquietud pastoral. Quieres entrar al ministerio, ¿no?
― La verdad es que a estas alturas no lo sé. Me interesa la teología, pero el pastorado como tal creo que ha perdido el atractivo para mí―le contesté―. Ya fue.
― Porque mira, yo tengo cuarenta y un años. Ya empiezo a ser viejo para ser pastor de jóvenes. Alguien tendrá que hacer ese trabajo…

Me sentí como Cristo en el monte alto, cuando Satanás le mostraba todos los reinos de la tierra, bajo su potestad y su control. La tentación del poder me fue presentada. Como yo tenía intereses ministeriales, el pastor de jóvenes me ofrecía el trabajo que él tenía. Quizá podríamos laborar juntos, y tras unos años podría hacer lo que a mi corazón le inquietaba. Era algo que no podía hacer, me sonaba repulsivo, desgastante. ¿Tan desesperado estaba el pastor que me ofrecía algo de esa magnitud? ¿Tanto miedo sentía? ¿A qué le temía? ¿Era para tanto?

―Lo siento, pero mi decisión está tomada. De lo que puedes estar seguro es que no sugeriré a nadie a que siga mi camino. Esta es una medida personal, pero en ningún momento pensé en insinuársela al resto del grupo― Le dije al final. No sé si lo tranquilicé con esas palabras, pero era la verdad: mi salida era personal, hija de mis propias experiencias. Los demás tenían las suyas, debiendo hacer lo que su propio corazón les alentara. Si deseaban quedarse en la iglesia, excelente. Si se les antojaba irse, muy bien. Cada uno era libre de tomar la decisión. Esta libertad era compleja de entender por parte de los pastores de la iglesia.

Ese fue el último contacto directo que tuve con el pastor titular o el pastor de jóvenes. A partir de allí, pude concentrarme en uno de los pilares que el grupo quería para sí mismo: un énfasis sobre lo social, ya que creíamos firmemente en la relevancia de la misión integral en la vida de la iglesia. Hablamos de eso en un programa de televisión para un canal cristiano de Lima donde, sin querer, los cuatro expositores hicimos convergencia ante el reto de la misión múltiple de los cristianos: la búsqueda de la reconciliación con Dios, con nosotros mismos, con los otros y con el medio ambiente que nos rodea. Comenzamos a trabajar en un proyecto educativo de ayudantía docente, aunque vale la pena reconocer que no con el énfasis y la rapidez que debíamos. Todo lo hicimos lento, avanzábamos a paso de tortuga y con demasiadas distracciones, lo que hizo que el esfuerzo se diluya poco a poco. Mi dejadez me ganó por goleada, sin llegar jamás a concretar el proyecto, del cual aún tengo los avances en el archivo de mi computadora, durmiendo el sueño de los justos. Lo que sí logramos, sin querer, es fungir de competencia ante nuestra iglesia. Repentinamente el pastor titular hablaba de expandir los campos de misión y le comentaba a la iglesia de la necesidad de aportar en el aspecto social ―en otras palabras, tomo como suyo nuestro discurso― empujando el carro para que la iglesia constituya una ONG que canalice toda la obra social, la que al final formaron con algo de premura. Sin querer, logramos que la iglesia ponga en su agenda el aspecto social, y trabaje al respecto. ¡Una buena cosa! A la larga, esta fue una de nuestras principales herencias.

Dos personas cruciales se marcharon por distintos motivos (una se cambió de iglesia, la otra se fue a estudiar a California), debilitando aún más a la comunidad. A fines del 2007, me era claro que el grupo estaba herido de muerte, que estaba débil, que su fecha de defunción estaba próxima. Con idas y vueltas, el grupo se reunió hasta mayo de 2008, cuando nos juntamos por última vez. Me sentí mal porque era conciente que no hice todo lo posible, que mi esfuerzo fue incompleto, que debí ponerle más energía para que las cosas funcionen. Me sentí responsable porque al final se hizo poco de lo que inicialmente se pensó. Las cosas no se desempeñaron tan bien, aunque haciendo un balance fue una buena experiencia. Varios de nosotros éramos concientes que quizá en un nuevo intento en el futuro se corregirían los errores cometidos en éste, para así poder crear una comunidad acorde a nuestra manera de entender la fe. Por ello, nuestra convicción de la transitoriedad del parón era firme, sabiendo que en un tiempo, tras reflexionar sobre la vivencia adquirida, trataríamos otra vez.

Cuando me di cuenta de la debilidad del grupo y su inminente final, una parte mía me gritó diciendo que mi nueva estructura debía ser reemplazada. Un año antes mi esposa y yo tuvimos una fracasada búsqueda de congregación, así que comencé a evaluar el retorno a la iglesia donde había tenido tantas zozobras, la que quitó mi nombre de sus listas (hay gente que no va nunca y allí sigue, cinco o seis años después, pero a mí me borraron de inmediato). Mi excusa fue Daniel, mi hijo, revolución, vida nueva, felicidad máxima llegada el 22 de noviembre de 2007. La debilidad por Gabriel, que me constreñía hasta la depresión, se hizo fuerza por Daniel, que me alentaba a seguir, a esforzarme, a buscar con intensidad a Dios. La añoranza por Gabriel no desapareció sino que se complementó con Daniel haciéndome mirar hacia adelante ―el horizonte de Daniel― pensando siempre en el pasado ―el sitio que Gabriel domina―. Fue como el equilibrio que necesitaba: la tristeza de la muerte sosegada por la alegría del nacimiento.


Aunque las partidas son dolorosas
las llegadas son
muy
demasiado
abolutamente
jubilosas
Y esta lo es
en demasía
Bienvenido, Daniel
Prometo hacer mi mejor esfuerzo
por ser un buen padre
para ti.


Daniel fue excusa porque me puse el tonto argumento de que él necesitaba crecer en un sitio donde tenga amigos cristianos que le permitan aprender el valor de la Biblia, de Dios. Digo tonto porque el que realmente quería volver, añorando un pasado definitivamente ido, era yo, ansioso por recobrar la vieja estructura que fue mi cobijo por tantos años. Convencí a mi esposa ―totalmente excéptica― para volver, a pesar de su negativa completa. Ella me advirtió de la inutilidad del retorno, de que sufriría más, que recuerde los sinsabores, los ataques, el dolor, teniendo razón. En enero de 2008, regresamos a tratar un comienzo nuevo. Pero todo era distinto.

Distinto porque yo era un marginal, porque era nada más que un asistente que solamente podría observar, porque estaba fichado, porque estaba marcado. Esto puede parecer negativo pero me permitió por primera vez observar a mi iglesia en su vida habitual sin apasionamientos ni compromisos ni vínculos emocionales, con los ojos de un misiólogo que ausculta a su objeto de estudio con visión de científico social. Me encontré con cosas tristes, terribles, deprimentes. Lo que descubrí me dio miedo, pero permitió romper las últimas ataduras que me vinculaban a mi pasado eclesial, consiguiendo por fin la libertad completa.

lunes, 7 de junio de 2010

Dejados atrás (17)

Rebeldías emergentes

La rebeldía, para muchos, es una mala palabra, casi un insulto, una de las peores afrentas. Es un calificativo sumamente negativo para los cristianos de los que se espera todo lo contrario: sumisión, humildad, respeto hacia la voz jerárquicamente superior. Se espera que seamos como la madre Teresa de Calcula, como Gandhi o un monja de clausura; nos enseñan que siempre estemos dispuestos a dar la otra mejilla.

Eso éramos en ese momento, rebeldes, achacándonos un estigma que marcaba nuestras frentes. No nos decían que perdimos nuestra salvación porque crecimos en un ambiente calvinista, porque si no, de seguro ya éramos candidatos seguros al último círculo del infierno. Sin embargo, la adjetivación de la palabra es muy relativa. Hoy, por ejemplo, Bonhoeffer es un héroe, pero la sumisa iglesia alemana de la época hitleriana no tiene el respeto de nadie. La resistencia francesa tiene la consideración popular, no así el regimen colaboracionista de Vichy. Cristo mismo fue un rebelde que se opuso a la religiosidad farisaica. Hoy celebramos los bicentenarios de nuestras independencias que nacieron de oscuras conspiraciones y cruentas batallas contra el abusivo dominio español, y nadie trata a José de San Martín o Simón Bolívar como insurgentes inútiles. Túpac Amaru es parte del imaginario popular peruano, y ni hablemos de la influencia de la revolución méxicana en la actualidad de esa nación. Lutero es, en cierta forma, el padre de la iglesia evangélica actual y nadie lo acusa de insumiso. Uno de nuestros nombres (protestantes) no es casual: nacimos ante el escandaloso estado del catolicismo de finales de la Edad Media, ante el cual nos opusimos, peleamos y prevalecimos. Lo que quiero decir, en resumen, es que en ocasiones es lícito el derecho a la rebeldía, se justifica oponerse, se hace lícito ir en contra.

Por supuesto, eso depende. Ser rebelde sin causa no tiene sentido para el cristiano porque sabemos que muchas de esas actitudes contrarias nacen de un corazón que anhela el pecado, que se relaja ante las exigencias de la fe. Muchos se “rebelan” porque quieren la comodidad hedonista y aman la vida sin compromiso. Pero hay rebeldías que nacen del inconformismo ante religiosidad que pretende ser relación genuina con Dios, de la insatisfacción de percibir que tu iglesia, nacida con esperanza y amor, se ha convertido en el feudo de un individuo que cree tener todas las respuestas, que está tan copado por el orgullo que no era capaz de escuchar a nadie a su alrededor. En ocasiones ser rebelde es inevitable, sin importar asumir el riesgo de la crucifixión, la muerte más cruenta. Ser rebelde puede ser un destino. Como sabíamos que nuestra rebeldía nacía de una actitud justa, nos sentíamos orgullosos de ella. Éramos rebeldes a mucha honra. Cristianos que, con todo el corazón, queríamos una iglesia mejor, un cristianismo mejor. Hasta hoy es algo que nos sigue moviendo.

Cuando tomé, con enormes dudas, la decisión de dejar la iglesia, me quedó el grupo de reflexión. En navidad tuvimos una reunión muy concurrida en la casa de uno de los miembros―con intercambios de regalos incluido―, lo que nos dio un aliciente para continuar. Había muchos ánimos a principios de 2007. Una comunidad con grandes expectativas, animada por crecer como seguidores de Cristo.

Como ya he dicho antes, yo he tenido la necesidad de estructuras. La iglesia lo fue, pero luego sus cimientos se socavaron. Mis propias búsquedas, entre otras cosas, implicaban encontrar una nueva estructura sobre la cual mi vida emocional (pero, especialmente, mi vida espiritual) tenía que cimentarse. Aún no asumía a plenitud el concepto del cristianismo inestable, esto es, el cristianismo que basa su día a día en la duda permanente, en la validación perenne de las prácticas misiológicas, en la permisimidad de la multiforme gracia de Dios que fomenta una variopinta experiencia de fe. Esto necesita desestructuración, pero aún no estaba listo a estas alturas. Por ello, el grupo se convirtió en mi estructura eclesial nueva, se hizo mi iglesia.

Al principio, todo anduvo bien.

Aunque no quiero discutir aquí sobre eclesiología, el grupo era una iglesia con todas las de la ley. Vivíamos la comunidad con intensidad, compartíamos de la palabra de Dios, participábamos en obras de amor desinteresado al prójimo, conllevábamos las alegrías y las penas, sólo diferenciándonos en el asunto del clero tradicional. No teníamos un pastor formal, sino que creíamos sinceramente en el adagio luterano que decía que el sacerdocio es de todos los creyentes, tratando de ponerlo en práctica. Sin embargo, el intento de la práctica de este principio nos trajo el primer gran problema. Vamos con un ejemplo que, espero, ayude a clarificar lo que quiero decir. Imaginemos una comunidad/iglesia con cinco personas miembros y cinco tareas por realizar:



Según la lógica de la comunidad (que puede sustentarse, por ejemplo, en la Trinidad y en la kenosis) y el propio sacerdocio de todos los creyentes que cancela las divisiones arbitrarias entre laicos y clérigos, todos podríamos hacer las tareas que la vida eclesial tiene por naturaleza. No habría actividades restringidas; cualquiera podría predicar, oficiar la santa cena, bautizar, dirigir una alabanza, casar a una pareja, orar en un entierro. Por lo tanto, simplificando en extremo el modelo podríamos tener algo así:

―Juan predica y enseña la Biblia
―Pedro dirige la alabanza
―José hace la consejería a las personas que lo necesiten
―María visita a los enfermos
―Ana organiza los paseos de distracción

Sin embargo, la gente piensa que se necesita un lugar para realizar todas esas tareas y, al mismo tiempo, cree que es demasiado esfuerzo hacer ese trabajo tan pesado por la cantidad de tiempo que requiere. Por lo tanto, deciden hacer dos cosas:

(1) Cobrar a los cinco miembros un porcentaje de sus ingresos para comprar un lugar al que se llamará templo. Digamos, un diez por ciento mas algunos fondos adicionales a los que se llamará ofrenda.

(2) Con el mismo porcentaje de los ingresos se le pagará a una de las personas, que se dedicará a tiempo completo a hacer varias de las tareas, dejando a las otras solamente una o dos de las restantes, de preferencia las menos exigentes.

Entonces, los cinco deciden contratar a Juan a tiempo completo, y las tareas se reestructuran de la siguiente manera:

―Juan: Predica y enseña sobre la Biblia, dirige la alabanza, hace la consejería y visita a los enfermos. Para distinguirlos de los otros, piensan que merece un título, de preferencia bíblico, y concluyen que “pastor” es una buena opción.

―Todos los demás: Organizan paseos de distracción.

Pedro, José, María y Ana están contentos porque hacen tareas menores. Juan está feliz porque tiene un trabajo, y todo funciona bien. Ahora imaginemos que han pasado cincuenta años desde el momento que decidieron hacer esos cambios. Como puede suponer, todos están más que habituados al sistema, incluyendo las personas que fueron llegando con el paso de los años, que consideran que su estructura eclesial es la correcta. Y les decimos: desde ahora, volvemos al modelo del sacerdocio de todos los creyentes, donde todos hacemos todo. ¿Qué creen que sucederá?

Pues, evidentemente, será muy problemático para todos, al menos al principio. Una cosa es afirmar en el discurso que todos son iguales, que hay homogeneidad y que todos pueden hacer todo. Otra cosa es la práctica.Y creo que aquí vino nuestro primer problema. Hacer una comunidad completamente horizontal requiere mucho trabajo, mucho esfuerzo de todos. Al mismo tiempo requiere mucho compromiso. Y eso se agrava con la famosa regla del 80-20 que vi tantas veces en mis años de líder: el 80% del trabajo en la iglesia lo realiza el 20% de la gente. Ser completamente horizontales es una cosa difícil en los tiempos modernos tan ocupados, tan llenos de estrés. El reto es grande, y me parece que debe hacerse gradualmente. Si no, llegan los problemas, las sobrecargas, y aquí fallamos por nuestra impaciencia de cambiar todo rápidamente, de inmediato. Se necesita mucha responsabilidad por parte de todos, si no, en el corto plazo se replicará a las iglesias ya existentes: los líderes fungirán de pastores, y el resto será sólo asistente, convirtiéndose en lo mismo de lo que se intentó escapar. Pensando fríamente, en casi lo único en que pudimos aplicar la máxima luterana fue en la predicación de la palabra y en oficiar la santa cena, rotando entre todos. En lo demás, la cosa no estaba funcionando. Para muchos éramos solo una célula, nada más que eso. Ergo, no se requería de un esfuerzo sustancial.

El segundo gran problema que tuvimos vino cortesía del pastor titular y el pastor de jóvenes de la iglesia. La idea primigenia era una muy sencilla: buscar lo que Dios quería para nuestras vidas. Para ello planeamos el grupo pensando entre todos sobre cómo sería su funcionamiento, soportando el conflicto. Todo el cargamontón recibido desde el púlpito semanalmente, más los devocionales y los comentarios abundantes en la iglesia hizo que perdiéramos el rumbo. En vez de concentrarnos en Jesucristo, en la missio dei, en la búsqueda de Dios de una manera más íntima, nos centramos en la última frase del pastor titular, o lo que decía una u otra persona, o lo que el pastor de jóvenes escribió en su último “devocional” sobre nosotros. Nos concentramos en la oposición en lugar de la búsqueda sincera de Dios. Eso fue fatal, derrotándonos categóricamente. El grupo fue herido de muerte por la agresividad pastoral que nos entretuvo en detrimento de lo importante. Algunos percibieron esta distracción (con frecuencia hablábamos largo rato sobre la situación de conflicto en las reuniones) y prefirieron hacerse a un lado, dejando de ir porque se dieron cuenta que no buscábamos a Dios como prioridad, sino como segunda o tercera cosa. Tenían razón: se había perdido el espíritu inicial que ansiaba un cristianismo mejor. Seis meses después pretendimos corregir, dejando de hablar de la iglesia, pero ya era tarde. Los que se marcharon dejaron incompleto al grupo.

martes, 25 de mayo de 2010

Dejados atrás (16)

Sobre los principios que deberían mover a la comunidad, escribí:

CRECIMIENTO: La comunidad quiere crecer, pero priorizando el crecimiento espiritual sobre el numérico. La salud comunitaria y personal de cada uno de los miembros es lo más importante. Crecer en madurez, en conocimiento de Dios. No es una renuncia a la evangelización, es renuncia al crecimiento neoplásico sin consistencia.


REVOLUCIÓN HOMILÉTICA: El monólogo del sermón es reemplazado por el dialogo plural. Supone el abandono del discurso pero el impulso intenso del dialogo entre iguales, donde uno aprende del otro.


ESPONTANEIDAD: La comunidad renuncia a la rigidez programática. Cree que es bueno planear, pero siempre es sensible a lo que ella misma quiere y es abierta a los cambios a los que el Espíritu Santo la lleva. La espontaneidad se lleva también a los aspectos económicos: se renuncia al diezmo y se abre a la voluntariedad absoluta a la hora de la necesidad de la comunidad como un todo o de un miembro específico.


INNOVACIÓN: La comunidad considera con respeto los 2000 años de historia cristiana y, en ese espíritu, se abre a la innovación en las formas eclesiales, la manifestación de la fe y maneras creativas de hacer la misión, como tantos hermanos cristianos lo hicieron en el pasado.


DIMENSIONALIDAD: La comunidad considera que los paradigmas del tiempo y el espacio se han roto. No son necesarios templos ni tiempos específicos para desarrollar la vida lutúrgica. Para la comunidad, cualquier espacio y cualquier momento puede ser adecuado para un encuentro con el Señor Jesucristo.


CELEBRACIÓN: La comunidad prioriza la alegría y la celebración como elementos fundamentales dentro del compartir cristiano. La alimenta su convicción de estar trabajando en la misión de Dios, de crecer en madurez y de ser parte de la maravillosa creación de Dios, y desde allí concluye que permanentemente hay motivos de celebración y compartir como comunidad.


PLURALISMO: Aunque la comunidad ha encontrado su propia manera de acercarse a Dios y vivir el cristianismo, reconoce la multiplicidad de experiencias de fe, tanto tradicionales como no tradicionales, en las cuales Dios trabaja y manifiesta su amor, obrando mediante su Espíritu Santo de la misma manera que lo hace con ella. Este reconocimiento implica respeto porque considera que todos somos hijos de Dios alabándolo de maneras distintas, llenas de nuestras propias experiencias siempre distintas.


DIGITALIDAD: La comunidad aprovecha las nuevas tecnologías mediante las cuales la Palabra puede ser expresada y se adosa a ellas. Blogs, Youtube, Skype, messenger, redes sociales y otras metodologías son espacios en los que la comunidad se puede expresar, y lo hace efectivamente.


Todo lo anterior se colocó en el blog que hicimos, que contenía los compendios de las reflexiones semanales. A pesar que lo negaron varias veces (bueno, en realidad solo el pastor de jóvenes lo negó), teníamos la seguridad de que algunos pastores leían sobre nuestras reflexiones. Cosas que decían lo insinuaba.

Cuando el grupo se formó y los pastores se enteraron, vino la explosión, la confrontación directa con ellos, ya que pasamos de la teoría de las discusiones por correo electrónico a la práctica de la formación de una comunidad. Era realmente absurdo, porque ellos quisieron defender su monopolio de la enseñanza e iniciativas misiológicas con formas poco agradables, cuando en realidad todos sabemos que el Espíritu Santo puede actuar de maneras realmente extrañas a nuestro entendimiento. Dicho de otra manera, si el recién graduado y yo convocábamos a la gente para hablar, no sé, de fútbol, de moda, de juegos de video, de internet, no habría ningún problema; pero si juntábamos a la gente para conversar sobre temas bíblicos, debíamos tener la venia clerical, su permiso. ¡Una ridiculez total! Rápidamente renacieron los devocionales del pastor de jóvenes, hablando de la inutilidad del conocimiento que por sí solo no es más que basura, de que nosotros solo buscábamos admiradores, que nos autoimpulsamos solos y que buscamos plataformas personales, de nuestra terquedad y el vivir criticando a la iglesia con una nuestra nefasta actitud, de las frivolidades que traen los temas exóticos de debate, de las tendencias independentistas con búsqueda de gloria personal, del servicio prioritario en la iglesia, de las necesidades serias que se multiplicaban por la baja autoestima de los que liderábamos el grupo… en fin, cosas de ese tipo. Toda una guerra no declarada.

Lo que agravó las cosas es que el pastor titular, semana tras semana, comenzó a incluir en sus prédicas algo sobre nosotros, platicando sobre la sumisión a los pastores, la inutilidad de la independencia, la unidad de la iglesia, nuestros oscuros corazones pecaminosos, nuestras malas motivaciones, entre otras cosas diversas. Con algo de horror ―debo confesarlo― descubrimos que el pastor titular siempre habla en sus prédicas de los problemas de la gente. ¿Comenta sobre la infidelidad? Seguro un líder le sacó la vuelta a su mujer. ¿Lanza su verborrea sobre los hijos contumaces? Algún joven está recibiendo su reprimenda. Entonces, era nuestro turno por osarnos a hacer las cosas por nuestra cuenta. Fin de semana a fin de semana era igual; no lo dejó de hacer ni siquiera en el domingo siguiente en que murió Gabriel. Nada de tregua tras el fallecimiento de mi hermano, nada de lutos ni consideraciones. Las semanas siguientes, sangrantes para mí, siguieron en el mismo plan. La teología del martillo en su expresión más pura.

El pastor asistente, recuperado parcialmente de una enfermedad, se encontró con ese escenario y nos visitó una semana, interesado en el fenómeno rebelde, que ya a esas alturas era conocido por varios pastores de la denominación. Él observó las poses de algunas personas y del grupo como un todo (cierta autosuficiencia y superioridad respecto a la iglesia), el peligro de nuestro anarquismo para la vida de los hermanos, la necesidad de guía pastoral (en realidad, de SU monitoreo) y la llegada de personas que no pertenecían a la iglesia, con otros trasfondos cristianos, cosa que él consideraba muy peligrosa. No aceptamos su propuesta de intervención. Luego los otros jóvenes de la iglesia nos bautizaron: las células oficiales se llaman CDA (Células de alabanza) y nosotros pasamos a ser CDR (Célula de rebeldes). Creativos, debo reconocerlo. De esa manera nos convertimos en un elemento muy incómodo y políticamente difícil: no podían hacer nada por detenernos sin provocar una pésima imagen; el nulo margen de acción desesperaba al clero.

Me fue muy difícil aguantar ese ataque homilético, en especial cuando me encontraba en una situación tan vulnerable, y estaba perturbándome cada vez más. En la prédica navideña de 2006, cayó la gota que rebasó el vaso, sobrepasando la necesidad de estructura que me mantenía en la iglesia. En lugar de tener una exposición sobre la navidad, Belén, la kenosis, la venida del salvador o algún otro tema vinculado, el pastor titular habló sobre el pecado de algún miembro de su liderazgo con una sorprendente contundencia. Salí literalmente asqueado. Allí decidí cortar todo: renuncié a la iglesia (cansado que hablen de mí y del grupo cada domingo. ¿Acaso el pastor titular tenía una obsesión con nosotros? Seriamente parecía que era así) y bloqueé al pastor de jóvenes de mi cuenta de correo electrónico, evitando la llegada de sus devocionales envenenados. Comenzó un año lejos de la comunidad que me había acogido por 14 años, convirtiéndome plenamente en un cristiano sin iglesia. ¿Lograría el grupo sobrevivir? ¿Qué tendría que hacer para que eso suceda? ¿Tendría la capacidad de poner en práctica las nuevas ideas eclesiológicas o fracasaría en el intento? ¿Debería buscar otra iglesia? ¿Podría encontrarla? Muchas preguntas salían de la nada, urgidas de respuestas que no tardarían en llegar.

domingo, 23 de mayo de 2010

Dejados atrás (15)

La guerra fría

La combinación entre los estudios de misiología y la revolución personal que trajo la enfermedad de mi hermano, me pusieron a trabajar como pocas veces en términos de generación de ideas respecto a Dios y sus asuntos. Mi mundo había explotado y tenía que rehacerlo casi por completo. Necesitaba pensar, encontrar sentido a las cosas, rehacer mi teología, la manera en la que me veía a mí mismo y a mis relaciones con quienes me rodeaban. El desconcierto me retó a solucionar los nuevos problemas que el horizonte presentaba; bastante grandes, por cierto.

Poco a poco, escribí sobre las ideas que mi caótica mente iba sacando. El blog fue el conducto mediante el cual podía tener respuesta de otras personas, ayuda en los caminos nuevos, u oposición de personas que pensaban que estaba delirando o, inclusive, blasfemando. La comunidad de amigos cristianos virtuales que conocí fue esencial en esta etapa. Carolina, Gabriela, Gabriel, Ignacio, Jaaziel, Natanael, Enrique, Alexander, Nicolás, Claudia, Jorge, Alejandro, Anyul, y tantos otros, fueron gran apoyo, consuelo y soporte. Aprendí mucho de cada uno. Con ellos acompañándome, poco a poco las cosas tomaron forma, decidiendo compartir los textos con la gente de mi iglesia local. Era como el recién convertido que necesitaba expresión al sentirse encaminado en la vida gracias a la luz que le acaba de llegar.

Lo curioso de mi decisión de compartir mis textos es que rápidamente se generó un ambiente bastante tenso. Definitivamente al pastor de jóvenes no le gustó que otra persona le hiciera sombra (ya he hablado de esto antes), peor con ideas que no estaban de acuerdo a los estándares denominacionales ni a sus rigideces mentales. Poco después él comenzó a responder aunque no abiertamente, no hablando conmigo ni con alguna otra persona de mi entorno, sino mediante los devocionales que enviaba con frecuencia a los miembros de la iglesia, yo incluido.

Durante unos meses, quizá entre abril y julio de 2006, gozamos de un ida y vuelta feroz. Por ejemplo, yo reflexioné sobre la sacralización de los modelos eclesiales y el serio peligro que esto significaba para el cristianismo, y el mismo día el pastor hizo un “devocional” sobre los adalides de la carnalidad en la iglesia, llenos de malcriadeces, imprudencias e incoherencias. Otro día escribí sobre el sufrimiento, inspirado completamente en mi hermano y su muerte inminente, y el pastor escribe sobre las tonterías que a veces la gente crea sonando muy "teológicas" y "filosóficas", enmascarando su propia carne y problemas de actitud interna, un disfraz de visión incomprendida para tapar el alma entenebrecida. Tiempo después vuelvo a escribir sobre el sufrimiento, y él responde sobre el gusto de discutir, polemizar, de demostrar toda la información que manejamos, jactarse de los libros o artículos leídos, bautizando a alguien que reflexiona como cristiano caviar (1), que siempre piensa sobre la problemática de la iglesia pero no hace nada para arreglarla, prefiriendo estar al margen de todo.

Así fue por un tiempo. Textos sobre la rebeldía y la autoridad, la falsa piedad que solo sirve para destruir, la gloria personal que es como pirotecnia inútil que se queda en el proyecto propio por los individualismos insanos, etcétera, inundaron nuestras bandejas de entrada. Valga la pena aclarar todos los devocionales no versaron exclusivamente sobre esa temática, solo unos cuantos, pero las conversaciones por correo electrónico sobre temas teológicos se dieron más de una vez, con textos extensos y enviados a mucha gente. Se hizo evidente que existían dos bandos antagónicos: la ortodoxia que defendía el statu-quo, y nosotros, que buscábamos reformas que en el fondo eran imposibles de conseguir en el escenario vigente.

Así aprendí-acepté-formé algunas ideas sobre la iglesia, Dios, y la misión. Al mismo tiempo, junto a mi amigo recién graduado nos propusimos imaginar una nueva forma de iglesia, distinta a la que estábamos acostumbrados. Ambos gastábamos casi todo el tiempo de nuestros almuerzos en ese esfuerzo por pensar en esa iglesia, con mucha pasión, entrega, fe. Admito que no toda nuestra motivación era santa, pero nuestras intenciones eran sinceras: queríamos realmente una iglesia diferente. Rápidamente nos acusaron de liberales a los dos y a otros con inclinaciones afines. Nuestro pensamiento era amenazante. ¿Cómo, por ejemplo, tomaría la iglesia el hecho que creíamos que el ministerio pastoral era algo no necesario? ¿Que dirían sobre nuestra sospecha respecto a la práctica del diezmo? ¿Acerca de nuestra crítica a la iglesia evangélica que no le gusta salir de sus cómodas cuatro paredes? Nos habíamos convertido en conspiradores.

Me gustaría levantar una iglesia horizontal, donde no exista la figura del pastor dominante que lo controla todo, que tiene la voz autorizada y que aparenta estar más cerca de Dios, sino la de los laicos comprometidos, quizá como la de un elder de iglesia norteamericana. Donde todos participemos de una manera más activa de la liturgia, desde el ejercer la Santa Cena hasta los matrimonios religiosos. Donde el líder sirva de verdad y no más bien sean los miembros que sirven al líder. Donde no exista el pastor gerente al que tengas que sacar cita, sino el líder que busca a la oveja perdida y cansada. Donde la iglesia se involucre en su mundo activamente y no se aísle de él, aplicando ese pasaje en el que dice que debemos servir: la iglesia debe servir al mundo. Una iglesia que participe en las actividades de su comunidad, de su ciudad y país, que viva realmente en él y que no brinde sólo oraciones y prédicas vacías, una iglesia que trate el problema de la injusticia y el sufrimiento humano sin ambages.


Quisiera una iglesia que sea menos rígida en el culto de los domingos. Una iglesia sin púlpito, para que no haya la sensación de superioridad por parte de quien habla allí, sino que quien enseñe la palabra esté en el mismo nivel de los oyentes, con discursos menos atados a los criterios homiléticos. Que la alabanza viva al correr de la cultura, y que no se condicione a la moda de la música cristiana, sino que sea espontánea, viva y artística, inclusiva en toda clase de ritmos. En lo posible, que las composiciones sean realizadas por miembros de la iglesia, para que lo que se diga sea parte de la propia realidad. Que los diezmos no existan sino que sean solamente ofrendas, para ser más bíblicos y no se presione a la congregación con ello.


Quisiera una iglesia más tolerante con el otro, menos juez y más amiga. Que sea firme en el conocimiento y que lo que cree lo sustente con propiedad, pero que entienda que otros hermanos en la fe usan otros criterios hermenéuticos y que creen distinto a nosotros, y que ese hecho no nos da permiso a decir que ellos están equivocados. Que respete a la persona de otra religión porque a pesar de lo que sabemos, entendemos que la fe que esa persona profesa tiene como génesis la inquietud espiritual puesta por Dios en todas las gentes. En resumen, quisiera una iglesia que simplemente ame de verdad, capaz de sacrificarse de ser necesario como Cristo lo hizo por nosotros.

Cuando Gabriel es desahuciado, aprecié una convicción firme que me decía que la misión de Dios no debía detenerse nunca, que no debíamos desmayar en ella, que era necesario poner en prácticas las ideas de iglesia que teníamos, a la vez que sentí que no quería vivir más, que todo era algo demasiado insoportable como para continuar respirando el aire del valle de lágrimas donde vivía. A pesar de la contradicción, me dirigí a los renunciantes del tsunami de 2004. Para mi sorpresa, todos estaban al margen de la iglesia. Apenas iban los domingos, y parecía que había poco interés del pastorado en usar su experiencia y conocimientos en ayuda de los ministerios. Simplemente no los querían, salvo cuando los necesitaba de mano de obra en el retiro estrella del grupo de jóvenes. Al hablarles de la posibilidad de hacer una comunidad nueva, ellos se apuntaron entusiasmados. Todos respondieron a la convocatoria que se hizo tras un viaje por el sur del Perú, en agosto de 2006. Nos juntamos en mi pequeño departamento, y de frente tratamos de plantear algunas ideas y concepciones básicas, donde participé mucho porque era el que tenía más formación teológica. Por ejemplo, sobre lo que creíamos, escribí:

1.- Basamos nuestra visión en la Biblia, compuesta por 66 libros separados en dos testamentos: Antiguo y Nuevo, inspirada por Dios en los manuscritos originales, fuente fundamental de la revelación de Dios a los hombres y regla de fe y ética cristiana.


2.- Dios, uno y trino, es el creador de todo lo existente, visible e invisible, que forjó al hombre a su imagen y semejanza con un propósito sistematizado en cuatro aspectos fundamentales: una relación con Dios, una relación consigo mismo, una relación con los otros, y una relación con el medio ambiente que lo rodea.


3.- La entrada del pecado en la creación material, debido a la desobediencia, daña todas estas relaciones del hombre, distorsionándolas por completo y originando el mundo tal como lo vemos hoy, trayendo además la muerte física y la muerte espiritual. El efecto es devastador y alcanza a toda la creación.


4.- Sin embargo, Dios, en sus propósitos, envió a su Hijo Unigénito Jesucristo, completamente Dios y completamente hombre, para Su obra sublime, que incluye la expiación, propiciación, sustitución, justificación y redención. Este proceso ataca todos los efectos del pecado y podemos afirmar que la obra de Cristo es global, reparando las cuatro relaciones fundamentales: Dios, uno mismo, los otros, el medio ambiente que nos rodea. La resurrección corporal de Jesús al tercer día es la manifestación de su victoria absoluta.


5.- La llegada de Cristo a la tierra es el evento categórico por excelencia, e implicó que el reino de los cielos se había acercado, condición que no ha variado hasta hoy, manifestada como una realidad presente en Su propia persona y acción (predicación, obras de justicia, misericordia), al mismo tiempo que como algo futuro, porque no se ha consumado; por eso se dice que existe una tensión de tipo escatológico: el "ya pero todavía no".


6.- Una vez que Cristo deja la tierra, la continuación de los efectos del acercamiento del reino queda en manos del Espíritu Santo, tercera persona de la Trinidad, que da soporte a la iglesia en el trabajo que lleva esta tarea ya que enseña y guía tanto al creyente como a la comunidad. La iglesia debe manifestar el reino de Dios en la historia, haciéndolo realidad por los dones del Espíritu Santo.


7.- Esta continuación de efectos implica que la iglesia debe involucrarse activamente en las cuatro reconciliaciones fundamentales: la relación con Dios, la relación consigo mismo, la relación con los otros, y la relación con el medio ambiente que lo rodea, todas válidas y de igual valor.


8.- Lo perfecto será cuando Él venga, por segunda vez, pero por ahora, debemos mostrar cómo el mundo será en el futuro (completamente reconciliado), aunque no se logre hacer a plenitud por la tensión escatológica.

Sobre la visión de la comunidad, luego de discutir con el grupo, escribí:

Todo parte de la comunidad, de todos nosotros juntos. Las características fundamentales que ella tiene, hacia adentro, hacia ella misma, son:


a. Modelo “trinitario”: En la trinidad todos son iguales. Y ES la trinidad nuestro ejemplo por excelencia de comunidad. Esto nos da el principio de horizontalidad.


b. Modelo “kenótico”: Tenemos siempre presente la entrega de Cristo al venir a la cruz para morir por nosotros y abandonar su dignidad divina en los cielos. Esto se refiere al trato entre los miembros de la comunidad. En humildad un miembro decide someterse al otro, de manera voluntaria. Así debemos ser entre todos, con una actitud de obediencia los unos con los otros, sin prioridad de la voluntad de alguno por sobre otros. Nadie más que el otro. Esto nos da el principio de entrega


Estos dos elementos traen lo siguiente:


(1) La igualdad absoluta entre todos los miembros (no existen jerarquías y por ende no es necesaria la institucionalidad).


(2) El sacerdocio de todos los creyentes y el hecho de que todos tengamos que hacer la misión. La suma de ambas nos trae una conclusión determinante: no existe en nuestra comunidad la línea entre el laico y el pastor. No existe porque somos ontológicamente lo mismo; no existe porque todos somos iguales.


(3) La entrega de los miembros por su otro, por su hermano, la actitud permanente de servicio.


¿Y para qué existimos?


(1) Para hacer comunidad, reuniéndonos, participando de la presencia conjunta, compartiendo nuestros sentimientos y pensamientos, estudiando juntos la Palabra de Dios, etc.


(2) Para cumplir la misión que Dios nos ha puesto en la tierra. ¿Qué misión? La que hemos definido previamente: misión integral ya sea en lo espiritual, en el medio ambiente, en lo interno del ser humano o en lo social: donde Dios nos llame a trabajar. Allí la comunidad debe impulsarse activamente en una actitud solidaria con el mundo, comprendiendo lo mejor posible lo que sucede y estando prestos a dar, porque de esa manera podremos comprometernos con la idea de construir el reino de Dios en la tierra.


(1) En el Perú se le llama izquierda caviar a aquellos simpatizantes de la izquierda que pertenecen a los estratos socioeconómicos altos, que suelen reunirse en largas tertulias donde debaten sobre las soluciones a los problemas estructurales de la sociedad peruana pero sin involucrarse directamente en la concreción de sus planteamientos. Paradójicamente suelen encontrarse en algún restaurant o club de lujo. Muchos intelectuales peruanos de renombre son caviares

viernes, 21 de mayo de 2010

Dejados atrás (14)

Viendo a mi hermano cada vez peor, empezó a cambiar radicalmente mi enfoque teológico de la libertad humana. Primero, redimí a Dios de la responsabilidad de todas las cosas que pasan en el mundo, asumiendo como seres humanos nuestra parte de culpa por lo que sucede. Para esto, entendí que nuestro libre albedrío es completamente real, para nada ficticio o aparente, siendo uno de los regalos dado por Dios a los seres humanos más grande e importante (solo superado, a mi entender, por el hecho de existir y la capacidad de relacionarnos con Dios). Por supuesto que Dios es todopoderoso y puede hacer todo lo que desee, y claro que es el creador de todo y estamos bajo la sombra de su magnificencia, pero Él nos cedió la libertad y un compromiso con su respeto de las decisiones que nosotros tomáramos. Nosotros podemos decidir, hacer, hasta el punto que Dios permite que colaboremos con Él, caminando con el hombre en el recorrido de la historia.

Dios ha entregado al cuidado del hombre el dominio del mundo, desacralizando su obra para nuestra administración. ¿Por qué así? Por amor y nada más que por amor, asumiendo el riesgo real de que su Creación quiera ir en pos de sus propios deseos. Lamentablemente, el hombre decidió en contra de Dios, y Él (Dios) sufrió y sufre realmente por la senda que la humanidad decidió andar. La historia de Oseas y su mujer adúltera (Os. 1-3), con su enorme desdicha y la forma en que la soporta, y la del hijo pródigo (Lc. 15:11-32), donde el padre aguanta en silencio el dolor de la actitud autosuficiente y egoísta del hijo, reflejan cómo es Dios con nuestra actitud rebelde. Dios realmente quiere que le amemos sin cohersión, y ante nuestra osadía espera y nos da oportunidad ―por supuesto, sin olvidar las futuras consecuencias de esas decisiones―.

Comprendí que es la libertad que tenemos, mucho mayor de lo que los cristianos actuales queremos asumir, la que nos ayudará a comprender el verdadero papel del Señor. Dios nos dio espacio y nosotros hicimos lo que quisimos ignorando las palabras divinas, pero Él nunca nos abandonó. Nos dio principios y verdades, nos llama a que nos acerquemos a Él y nos convoca a que construyamos la historia junto a él. Ese espacio nos dice que Dios no ha determinado todos los eventos negativos que suceden a diario en nuestro mundo. No todo lo que sucede, positivo y negativo, es su voluntad. Él no ha previsto todo lo que sucederá, porque ha resuelto construir la historia con su creación máxima. Él renuncio a parte de su onmipotencia (como en la kenosis cuando inició el proceso de redención) cuando creó seres a su imagen y semejanza y deja los eventos en construcción: deja simplemente que sucedan.

Entonces me puede tocar lo bueno y lo malo, y Dios no tiene que ver necesariamente con ello porque tenemos libertad real. Puede tocarme un cáncer, puedo ganar una lotería, puede romperse el fémur de mi pierna derecha, puedo ganar el sorteo de visas de la embajada norteamericana, puedo sufrir por años de una enfermedad persistente que no logran detectar con precisión y me lleva por momentos a un estado de desesperación, puedo ascender rápidamente en el trabajo. Repito que muchas cosas pueden suceder, pero como Dios en su soberanía nos colocó en un entorno de libertad, necesariamente él no tiene que ver. Es más, me atrevería a decir (aunque, debo reconocer, no con tanta seguridad) que NORMALMENTE NO TIENE QUE VER.

Entonces, ¿Qué hace Dios ante la desgracia? ¿Me deja prisionero de la fría estadística? ¿Todo no son más que funciones de densidad y modelos probabilísticos sumamente complejos? No, porque como dije líneas arriba, Dios decidió que construyáramos la historia con él, y día a día anda con nosotros. Es feliz por nuestros éxitos, llora nuestros fracasos, nos alienta en la desesperanza, se goza en nuestras celebraciones. Nos consuela ante la pérdida, no nos deja nunca cuando el vacío de la ausencia nos es abyectamente insoportable, seca nuestras lágrimas, soporta nuestros insultos con paciencia, nos cobija en su regazo cuando necesitamos de consuelo, nos muestra el camino por dónde hay que seguir para poder seguir en la vida, no nos deja solos, da sentido al sinsentido, nos regala el placer del recuerdo y nos brinda una sonrisa por la memoria del ido. ¡Ese es Dios! No mata al hijo: cuando eso sucede llora con nosotros el drama de la separación, inclusive, muchos años después ―de ser necesario―. Por eso, puedo decir que Dios sufrió y lloró conmigo y mi familia por la leucemia de Gabriel, desde el día que se la detectaron hasta el día que lo enterraron en Lurín. No quiso que eso pasara. Puedo afirmar que Dios padeció con cada suicidio, o con la desnutrición infantil de los andes peruanos, o con los campos de concentración nazis de la segunda guerra mundial, o con la sangre iraquí derramada desde la invasión norteamericana, o con los aviones lanzados contra las torres neoyorquinas, o con la pobreza extrema. Todo eso es causa de dolor para él. Como para nosotros.

La revolución teológica que transformó mi visión de la naturaleza de Dios estaba hecha. Las cosas eran otras. Yo era otro. Había vuelto a nacer de nuevo.

Lo inevitable llegó: la noche de primavera en que Gabriel murió. Tantas cosas sucedieron ese día y el siguiente que literalmente lloro de nuevo al remembrarlo. Desde los dos renunciantes, que vinieron minutos después de la partida (él, se quedó conmigo toda la noche en un gesto que jamás dejaré de agradecer; ella, abandonó su fiesta de cumpleaños por estar en mi casa, un detalle que la enalteció), hasta casi toda la facultad de mi hermano, que se trajo un bus de la universidad para ir al entierro. En todo momento sentí a Dios a mi lado, consolándome y sintiéndose triste conmigo, dándome consuelo y fuerza, diciéndome que Gabriel ha muerto, pero yo, que aún caminaría en este planeta, debía despertar a la realidad de la vida y hacer lo que tenga que realizar con pasión y sin miedos. Tras enterrar a mi hermano, sentí que lo mejor que podía hacer para tenerlo presente es tomar todo lo que Dios quiere mostrarme y corregir mi vida, enderezando la senda en pos de una existencia más santa y ceñida a la misión de Dios en la tierra. Borrar taras, pedir perdón e inspirarme en la valentía de mi hermano, su fortaleza al enfrentar la adversidad, el dolor y el destino final que sabía estaba por llegar. Porque mientras yo me hundía en el desaliento, él flotaba en la certeza del poder de Dios.

Hoy en día, de vez en cuando, sueño con él.

En el sueño, ya soy conciente que está muerto, que no está, sabiendo que todo el momento que me rodea es onírico, por lo tanto, pasajero. Lo veo y todo se mezcla, todos los momentos se vuelven uno, como la vez que viajamos solos a Cajamarca, o cuando le dio con el pico a la pared del jardín exasperado por nuestro padre inoperante, o la vez que se emborrachó y explotaron sus penas, en una madrugada colegial, o cuando jugábamos en la tierra de la parte de atrás de la casa. Todo se confunde en un solo espacio, en un solo segundo convergente del 17 de octubre de 2006, en su habitación que fue mi habitación, cerca a medianoche, sin mí allí. Allí se mezclan su vida sin pastillas, ni morfina, sus esperanzas con vitalidad, y su cuerpo vacío, ya sin alma. Todo se concentra en ese punto. Todos los deseos parten desde allí.

Dios, un milagro quiero
Sólo uno
Señor, hazme volver
a la tarde del 17 de Octubre del 2006
para volver a sentir su respiración
ver sus labios como gelatina
observarlo demacrado
Pero aún con nosotros.

Dios, un milagro quiero.
Uno más
Por él daría mi vida
de verdad que sí:
Hazme volver a la mañana
del 2 de Noviembre del 2005
cuando todo
aún estaba bien.

Aún lo extraño. Así será por siempre.

sábado, 15 de mayo de 2010

Dejados atrás (13)

Gabriel

A inicios de noviembre del 2005 le detectaron a Gabriel, mi hermano menor, leucemia linfoide aguda de células “T”. La vida de la familia se movió desde la gran casa de la avenida Los Eucaliptos, en La Molina, al piso ocho del Hospital Rebagliati, pabellón de hematología, con una rutina absolutamente novedosa: quimioterapias, transfusiones de sangre, transfusiones de plaquetas, inyecciones epidurales, nauseas, vómitos, toneladas de medicinas y casi una mudanza al hospital. Si ya antes la situación de mi familia era compleja por los serios problemas económicos que vivía, tras el cáncer, todo colapsó, se hizo trizas, aunque al menos se pudo conseguir la admisión al seguro social, lo que moderó el costo pecuniario. El pasivo emotivo sí se asumió sin descargos.

La reacción de los hermanos cristianos ante el mal de Gabriel fue previsiblemente variopinta. Con la mejor intención llegaron creyentes de muchas denominaciones y énfasis distintos. Con los pentecostales, vi a mi hermano hablar en lenguas. Con los carismáticos, tuve oraciones efusivas llenas de lágrimas. Compartí una misa católica que hicieron por la salud de mi hermano. Los seguidores de la guerra espiritual vieron mi casa llena de espíritus malignos y lanzaron una oferta de expulsión (que, obviamente, rechacé por la ridiculez de decir que en los cactus del jardín “moraban” los demonios). Algún pastor habló de la crisis de la familia y nos dijo que allí estaba la causa de los problemas. Otro mencionó pecados ocultos. No faltó una campaña de sanación en donde mi hermano caminó por todo el estrado cuando le era muy dificultoso hacerlo. Tuve más reuniones con pastores que en el resto de mi vida entera. Sus voces se multiplicaron pero ―curiosamente― eran absolutamente antagónicas. Todos hablaban de voluntades de Dios distintas, todos tenían la absoluta seguridad de tener la voz de Dios. Allí me percaté que había algo muy raro ¿Cómo validar esto? ¿Quién tenía razón? ¿El pastor titular de la iglesia? ¿El pastor asistente, que pensaba distinto? ¿El pastor de jóvenes, que repetía lo dicho por el pastor titular? ¿Alguno de los pastores pentecostales? ¿Alguno de los carismáticos? ¿El sacerdote católico? ¿Algún hermano de alguna iglesia, que ocasionalmente visitó el hospital? Descubrí con total certeza que muchos pastores, como cualquiera de nosotros, hablan por ellos mismos, pero diciendo implícitamente que sus palabras son “especiales”. Cuando dicen “Dios dice” es, simplemente, “yo pienso” a pesar de las horas de oración que puedan tener, a pesar de su cargo clerical. Eso lo aprendí en el hospital: sin querer, yo también estaba siendo curado. Aprendí a filtrar todas sus palabras, porque tú y yo hablamos por nosotros mismos, pero ellos dicen tener la voz de Dios. Validar esos dichos, esas frases, se convierte en fundamental.

Las voces recurrentes repetían que Dios había decidido el mal de Gabriel. Que era “su voluntad”, debiendo “aceptarla con resignación” y que “seguramente entenderíamos en el futuro el sentido del sufrimiento”. Rápidamente llegaron las primeras preguntas: ¿Dios tenía en sus planes hacer que mi hermano sufra terriblemente los dolores de la leucemia? ¿Quería que él sienta cómo devoraban su nervio óptico? ¿Definió que quede ciego en su diseño original? ¿Estaba en sus designios? ¿Esa tortura era para su gloria? Me parecía algo tremendamente incoherente, y peor con algunas afirmaciones poco bíblicas: un culto de “resurrección” en el velorio, palabras poco afortunadas en el hospital, aprovechamiento de la situación para buscar el cambio de iglesia de mi familia con el fin de obtener su hipotético diezmo, acusaciones de poca espiritualidad y falta de fe, insensibilidad. Todo eso observé en mis hermanos cristianos de varias iglesias, incluyendo la mía. Algunas personas me sorprendieron gratamente con sus visitas permanentes, estando al tanto de todo, de las necesidades de mi hermano y de las de mi familia. Otras me pasmaron a la inversa, porque ni siquiera indagaban en los cultos dominicales, y parecía que no les importaba lo que sucedía. Yo comprendía que eso se dé con los nuevos miembros o los inmaduros, que aún no entienden a plenitud el sentido de la vida cristiana, pero ¿los experimentados? ¿Los líderes? ¿Los que yo mismo había discipulado? ¿O es que era trabajo delegado a los pastores? A algunos jamás los vi, y eso me dolió mucho al comienzo.

Pensando más, me di cuenta que yo mismo había tenido con frecuencia esa actitud, siendo insensible ante el sufrimiento de otros hermanos capturados por alguna enfermedad terrible. Sabía que estaban enfermos, pero nunca me acercaba “porque era un matrimonio desconocido”, o porque “no sabía qué decir” o porque “los pastores se encargan”. En el fondo, me daba cuenta que en realidad el visitar a los enfermos era una confrontación con el temor a la muerte, fundamental en el ser humano. Sabía que todos tenemos ese destino, y que tenerlo frente a frente era difícil para cualquiera. También me aterraba la falta de respuestas. Uno visita a un enfermo con la presión de decir algo pero nada sale, por ello es mejor no ir, mejor no involucrarnos. Es más seguro. Así, comprendí a aquellos que no veía por el hospital o no me hablaban en la iglesia.

Recordé a Jesucristo, absolutamente vinculado en su ministerio a los enfermos, sanándolos y, por ello, ganándose problemas con el poder religioso. Más allá del sábado o de la impureza ceremonial, lo que quería era ayudar a la gente con su dolor, redimirla. ¿Y qué paso con ese ejemplo? ¿Por qué los cristianos de hoy, en un buen número, ignoran el llamado del sufriente? ¿Por qué no nos queremos involucrar, supeditarnos? Y si lo hacemos, ¿por qué es sólo por compromiso y no por convicción? Pensar en Jesucristo me hizo adentrarme en la teología del sufrimiento, pero especialmente en la soberanía de Dios, que se entiende como la puesta en práctica de Su voluntad. Sabía que Él es independiente de sus criaturas y su creación en manera absoluta, (Is. 40:13-14; Dan. 4:35, Ef. 1:11), que tiene todo el poder en su mano, así que puede actuar como quiere (Sal. 115:3), y era conciente de que la libertad humana se entiende dentro del ámbito de la soberanía de Dios. En ella hizo la creación material e inmaterial, como a los ángeles (1 Tim. 5:21; Col. 2:10; 2 Ped. 2:4) y al hombre. Es el hombre el que tiene libre albedrío, existiendo una armonía perfecta entre la soberanía de Dios y la responsabilidad de la criatura.

Leyendo un poco, me di cuenta que desde tiempos antiguos se introdujo en el cristianismo la concepción de que Dios determinó todo lo que sucede en el mundo. ¿Y lo que el hombre realiza? Simplemente sirve para que madure, para que alcance su mayoría de edad y se acerque progresivamente a Dios. Nada de lo que haga, ni sus elecciones, ni su rebeliones, ni sus guerras, ni sus descubrimientos, ni sus catástrofes, ni su éxitos, ni lo más sublime o demoníaco cambiará lo que Dios planeó desde antes de la creación del mundo. Calvino dijo que Dios es el gobernador de todas las cosas, que determinó en la eternidad todo lo que iba a pasar, llevando a cabo lo que decretó mediante el uso de su poder. Todo sin excepción está bajo la atribución de la providencia de Dios. Hoy esta idea está bastante arraigada en la cabeza de los cristianos evangélicos peruanos, y quizá eso explique el fatalismo y pasividad en los creyentes de la iglesia. Si un pastor empieza a hablar herejías desde el púlpito o mantiene actitudes autoritarias y controladoras no se hará nada porque “todo está bajo el control de Dios” y será “Él, mediante su Espíritu, el que se hará cargo”, sin importar el dolor que esto traería a la iglesia. También encontré que suele mezclarse el conflicto cósmico con la soberanía de Dios: hay un opositor a la voluntad de Dios, y es el Diablo. Él se opondrá a los designios divinos con todas sus fuerzas. Por ello, si Dios nos manda predicar a toda criatura, y para eso hacemos una campaña evangelística, pero al predicador le da una infección en la garganta y pierde la voz la noche anterior, pues ¡es la oposición a los designios de Dios! La vida cristiana se reduce a una lucha de espíritus en la que tenemos que tomar parte. Todo es provocado por fuerzas malignas, que nos derriban, nos enferman, nos hacen daño. Algunos cristianos, lamentablemente, le dan más importancia que a Dios.

La lógica calvinista puede ampliarse mucho más. Si tengo un accidente, es la voluntad de Dios. Si me detectan cáncer, es porque así lo quiso el Soberano del Universo. Si mi bebé muere electrocutado, es porque Dios tenía sus propósitos que son insondables para mí ahora pero que “entenderé” en el futuro. Si a un amigo le detectan una enfermedad muy dolorosa pero de larga cura, pues será por un pecado oculto, porque no quiere someterse a Dios, su iglesia o porque “algo habrá hecho para que Dios lo castigue así” (la viejísima teología retributiva que se resiste a morir. Job es postmoderno).

Yo, inmerso en las circunstancias de la enfermedad de Gabriel, encontré en lo anterior un serio problema. Cuando me decían que “Dios se llevó a mi hermano” me quedaba claro que la frasecita es una manera elegante de decir “Dios mató a mi hermano”. Un eufemismo, nada más que eso. Suena fuerte, por supuesto, porque es terrible pensar que Dios asesinó a un joven de veintidós años. Por ello, de inmediato vienen los analgésicos como aquel que dice que “sus propósitos son insondables” o “no entendemos los propósitos ahora, pero luego veremos cómo el bien llegará". Y eso no puede ser. Dios no puede tener que ver con la leucemia de Gabriel, o con el suicidio de la gente, o con la desnutrición infantil de los andes peruanos, o con los campos de concentración nazis de la segunda guerra mundial, o con la sangre iraquí derramada desde la invasión norteamericana, o con los aviones lanzados contra las torres gemelas de Nueva York, o con la pobreza extrema. Un par de tardes oyendo los gritos de dolor de Gabriel derrumbaron la teología determinista de mi cabeza.

DIOS NO TIENE NADA QUE VER.

jueves, 29 de abril de 2010

Dejados atrás (12)

A fines de 2004 un amigo acabó la universidad y consiguió su primer trabajo en una compañía a dos cuadras del banco en donde laboro. Rápidamente coordinamos para almorzar y sin querer lo comenzamos a hacer con frecuencia, dos veces a la semana en promedio hasta mediados de 2006. En esas conversaciones ambos ―vale la pena mencionar que este amigo es con quien tuve la mayor sincronía en temas teológicos y bíblicos―, descontentos con nuestra iglesia local, iniciamos reflexiones sobre una iglesia nueva, diferente, renovada. Yo estaba en blanco, dolido por los conflictos del año anterior y muy desconcertado. No sabía qué pensar ni cómo armar esa iglesia que pensábamos. Era como si me hubieran dicho que todos los conocimientos adquiridos en la universidad ya no servían de nada y, por lo tanto, no tenía herramienta alguna, como si no tuviera profesión. Es en este escenario que decido comenzar un blog que se centrara en cuestiones eclesiológicas, bíblicas, teológicas y personales, que me permitiera hallar lo perdido. Siempre para mí el acto de escribir fue un ejercicio de catarsis, que me facilitaba conocerme a mí mismo y, al mismo tiempo, me consentía pensar, desarrollar, crear. Busqué hacer el blog para tratar de encontrar la senda que marque el nuevo rumbo teológico que llevaría mi vida al próximo nivel. Debo reconocer que el 2005 divagué mucho porque estuve en un proceso de digestión de mucha nueva información, de acomodo, pero luego empecé a darle forma a mis ideas.

Mi magno desconcierto motivó al amigo recién graduado, en uno de los almuerzos en el comedor del banco, a invitarme a un curso que él estaba tomando y que quizá me interesaría, hasta podría ser útil en mi búsqueda desesperada. Yo estaba muy decepcionado de la educación teológica limeña, pero él me dijo que donde llevaba el curso las cosas eran un poco distintas. Así entré a estudiar, sin querer queriendo, una maestría en misiología. Admito que tenía muchos prejuicios por mi poco interés en las misiones transculturales, pero pronto eso cambió. ¡Encontré un sitio en donde me retaron intelectualmente! No había masas de ovejas que repitieran lo dicho por el profesor sin protestar ni opinar, ni profesores que dictaran durante dos horas ni individuo que suspendiera exámenes finales repitiendo la nota del examen parcial. Había mucha lectura, mucha conversación, muchos trasfondos cristianos que podían estar en la mesa aprendiendo los unos de los otros. Yo estaba en mi isla aislada de la civilización, y jamás tuve la oportunidad de encontrarme con personas de otro contexto cristiano de la manera que lo estaba haciendo allí, por lo que se hizo sencillo que se derrumbaran muchos prejuicios arrastrados de mi postura denominacionalista. Ese ambiente dialogante fue esencial. Descubrí una vasta literatura que hasta ese momento era desconocida para mí: Bosch, Padilla, Miguez Bonino, Barth, Sicre, Pagola, José María Castillo, Paredes, Escobar, Orlando Costas, Kuzmic, Steuernagel, Stam, Sobotka, Bullón, Justo Gonzales, Alberto Gonzales, Juan A. Mackay, Emilio Antonio Núñez, Stott, Yamamori, Eliade, Stoll, Voth, Marzal, In Sik Hong, Darío López, Theissen, Ladd, Brunner, Van Engen, Gustavo Gutierrez, Bastian, Pablo Deiros, Sayés, Schokel, Walls, Bonhoeffer, Bultmann, y tantos otros que abrieron mis perspectivas a lugares desconocidos, inexplorados, llenos de ricas vetas de las que podría extraer todo lo que quisiera. Comprendí que todo lo que sabía ―inservible en ese momento― era algo pequeño, como un pequeño glóbulo blanco comparado con el cuerpo entero. Pero, por sobre todas las cosas, entendí que debía crear por mí mismo una teología personal, propia, arraigada a los míos y a mi contexto, y que contaba con las armas y el talento para hacerlo porque la reflexión teológica es una de mis vocaciones. Pero, ¿de dónde partiría? No estaba seguro. Necesitaba cavilar mucho, así que empecé a hacerlo con intensidad inusitada, como si se me acabase el tiempo, como si mente tuviera una fecha de vencimiento.

En cierta manera, el amigo recién graduado me salvó la vida.

La teología que nace de escritorios repletos de libros o de la herencia misionera sin una pizca de reflexión está muerta. La mejor teología nace de las vísceras, el dolor, la pena, la destrucción, la miseria, la contradicción, la enfermedad, la cercanía a la muerte, la llegada de la vida, la desesperación, la cercanía al pecado. Se construye mejor con el olor a ceniza que emanando Chanel; anda mejor descalza que en automóviles de último modelo; se expresa mejor desde pabellones de hospitales públicos que en conferencias en hoteles de cinco estrellas. Era algo que sabía. Por lo tanto, ¿de dónde podía nacer mi teología? Dada la crisis que estaba viviendo, el punto de partida era el conflicto, el diferendo con la institución y su gremio clerical que defendía su posición diciendo que un ataque contra ellos era un ataque contra la seguridad de la iglesia. Que decir algo contra ellos era como atacar al mismo Cristo. Por lo tanto, la génesis fue la eclesiología. Reconocí mis antecedentes, entendiendo a mi iglesia de una manera diferente por su raíz fundamentalista, conservadora, teológicamente de derecha e hija de un avivamiento en los setentas muerto hace bastante tiempo; a la vez me concentré en dos puntos iniciales: el poco interés por asuntos sociales en detrimento de un enfermo evangelismo masivo, y el liderazgo evangélico. Al leer ampliamente sobre la casuística latinoamericana y conocer mediante el blog a una comunidad virtual de cristianos que compartía mis búsquedas y sentimientos, que desde México a la Argentina experimentaba conflictos tan similares a los míos, me di cuenta que el problema era como una metástasis que había que combatir antes que nos devore completamente. Mis dos amigos renunciantes tenían toda la razón: ellos vieron el camino primero, me lo enseñaron, y ahora lo corroboraba. Comencé la construcción de un nuevo concepto de iglesia, lejos de institucionalismos, rígidas formas, tradicionalismo irracional; cerca de la informalidad, al lado de la propia gente, respetando el principio reformado del sacerdocio de todos los creyentes.

Tan claro tuve eso en ese momento que entendí que mi vida cristiana futura iba por ese lado: trabajar en mi sociedad cristiana y secular pensando siempre en una visión integral de las cosas. No sólo espiritual, no sólo material. Lo comencé a buscar en el blog tímidamente, pero al principio sin mucha fuerza. Mi seguridad era tal que rechacé una propuesta muy interesante. A mediados del año, el pastor titular de la iglesia se me acercó y me dijo:

No puede ser que una persona como tú, que estudia una maestría en misiología, no esté haciendo nada en la iglesia. Es un desperdicio. Mira Abel. Piensa en lo que más te agrade, en lo que tú quieras, y eso harás.

Yo tenía otras cosas en mente, pero si lo vemos objetivamente, podía haber usado esa posibilidad para poner en práctica mis nuevos pensamientos dentro de mi propia iglesia. Podía, inclusive, pedir que todo lo que hiciera quedara fuera de la esfera del pastor de jóvenes, y probablemente me hubieran aceptado eso. Era una gran oportunidad. Sin embargo, la herida aún estaba abierta, y no me sentía listo para entrar a servir en la iglesia nuevamente. Yo diferí la respuesta unas semanas, y por mi silencio el pastor me hizo otra propuesta más específica: ayudar en uno de los ministerios vinculado a la enseñanza de finanzas cristianas a empresarios, ejecutivos y profesionales. Fui a una de las reuniones, pero sentía que no era lo mío, que no estaba acorde a mis nuevas perspectivas. Mi presencia allí podía haber sido útil, pero me sentía con una motivación nula. Hubiera sido igual en cualquier sitio: ya era un cristiano sin iglesia, aunque no lo sabía.

Lo siento, pastor. Tengo que decirle no a su propuesta. Por ahora prefiero estar como estoy hasta sentir que el momento de regresar haya llegado.

Desconcerté al pastor titular porque él no está acostumbrado a que le digan un no por respuesta. Si él oró a Dios, y sintió que la idea de convocarme venía de Dios, se presume que mi respuesta siempre tiene que ser positiva. ¿Qué significaba mi no para él? Seguro le sugirió un profundo estado pecaminoso en mí, o un resentimiento severo, o una terca actitud rebelde. Qué se yo. Nunca más insistió en una propuesta de ese tipo. De hecho, mi respuesta negativa le fastidió mucho.

Los dos renunciantes, el recién graduado, los estudios nuevos y el blog marcaron el inicio de un despertar. Sin embargo, para ser completamente libre necesitaba despojarme de todo el pasado, de la mochila llena de piedras que no quería abandonar aunque ya pesaba demasiado. Algunas ideas necesitaban ser cambiadas con urgencia por su extrema importancia. Tuve una revolución eclesiológica pero me hacía falta una más profunda, que tenía que ver con una concepción nueva de la naturaleza de Dios. Lamentablemente el aprendizaje vino con la peor experiencia de mi vida: la enfermedad y muerte de mi hermano.

lunes, 26 de abril de 2010

Dejados atrás (11)

El otro sendero

En paralelo con mis jaleos con el nuevo pastor tanto en el aspecto personal como en lo referido a los adolescentes, los integrantes del liderazgo del grupo de jóvenes tuvieron sus propios conflictos con él. Ellos estaban al mando de un amigo que había logrado cohesionarlos de tal forma que, de acuerdo a la libertad que nos regía, hacían sin inconvenientes todas las tareas propias del ministerio sin contratiempos. Eran incondicionales a su líder, que estaba entregado por completo a ellos, con amor sin condiciones, con una pasión que yo jamás pude alcanzar. De verdad eso era algo que me alegraba profundamente. Siempre es un gozo ver crecer en la fe a los amigos, y más si en ese camino se avanza colaborando con la obra cristiana en el mundo. El solo hecho de observarlos levantaba mi ánimo.

Estos jóvenes eran en extremo independientes y democráticos, malísimas palabras para los pastores que siempre enseñaban que la iglesia no es una democracia sino una teocracia ―donde, por supuesto, a ellos les correspondía un poder por delegación―. Las decisiones las tomaban permanentemente en conjunto y, a veces, luego de largas discusiones que, valga la pena decir, no generaban nunca diferendos ni rencillas personales. Sin embargo, cuando llegó el nuevo pastor rápidamente llegaron los conflictos, en especial cuando determina sacar al líder ―nunca olviden: el pastor tiene la última palabra; nadie debe hacerle sombra. Si alguien lo hace es mejor que se haga a un lado― y pone en su reemplazo a otra persona del mismo grupo, provocando a la vez un cataclismo y un pequeño cisma porque quiebra al comité, trastocando en un segundo los ánimos de los ahora convertidos en opositores. A partir de ese momento, todo se mediría según la barra de la resistencia, y las cosas se destinaron al roce del metal contra metal. Constantemente escuchaba quejas interminables que yo entendía a la perfección. No tenían la culpa de que les trajeran a alguien que no podía actuar con sensatez por la inseguridad que lo comía por dentro.

Recordando esa época, llego a la conclusión de que quizá eso era lo que quería el nuevo pastor de jóvenes: una olla de grillos. Ver tanta independencia le molestaba, no sabía cómo lidiar con la emancipación, y le desesperaba no tener el control. Una de sus opciones era el dialogo con aceptación y adaptación mutua, pero otra alternativa era el duro camino de agotar a los líderes y provocar su partida por puro cansancio. Total, la iglesia es grande, y siempre habrá gente dispuesta a colaborar en la obra del Señor, sobre todo si hay necesidad y se “abren vacantes”. La gente no pensaba como él en muchos sentidos. A veces eran cosas personales, en ocasiones eran por el exceso de activismo, o porque quería saber lo que los jóvenes le contaban en confidencia a sus tutores (ellos respetaban el secreto tipo confesión inclusive ante el pastor de jóvenes, cosa que a éste le parecía muy negativa). No había acuerdo por las divisiones celulares, o por emparejamientos indeseados. No saber qué hacer te provoca precisamente eso: la tentación del borrón y cuenta nueva, que en nuestro caso significaba deshacerse de la generación con malformaciones libertarias y reemplazarla por la subsiguiente, formada bajo sus rígidos esquemas, con su ADN, pero hacerlo que pareciera algo decidido por los propios jóvenes, no determinado por él. A veces, preferimos el dolor a la adaptación; el sufrir al ceder. Esto funciona en la política, pero es absolutamente contrario al mensaje del evangelio a todas las naciones, las cuales se convertirían en un solo pueblo como hijos de Dios, alabando en conjunto a pesar de las múltiples diferencias, pero las cosas se dieron así. Los que se dicen espirituales con frecuencia resultan ser los menos bíblicos de la escena.

No paso mucho tiempo para que llegaran las esperadas renuncias. En octubre de 2004 se va la primera líder, y en diciembre se va el segundo, el de carácter más difícil para el pastor. Estos dos renunciantes tenían mucha concordancia de pensamiento, con algunas ideas que nacieron en ellos años atrás, con las prédicas de Lucas Leys y Félix Ortiz en congresos denominacionales, que los retaron a un cristianismo que no sólo se restrinja al notomes-nofumes-nodiscotecas-noandesconescotes-enamóratecorrectamente, sino que los animaban a se expanda por otros ámbitos, en especial por un impacto social más tangible y menos cortoplacista. En ellos nació una inquietud que los empujaba a ir más allá de las visitas eventuales a un orfanato, dar dinero a los necesitados de vez en cuando o contribuir con una buena causa: intuían que el vivir para los demás en todos los sentidos era clave en la vida cristiana, algo que no percibíamos en la iglesia, acostumbrados a nuestras cálidas cuatro paredes de invernadero. Yo los veía, y pensaba que sí, que lo que ellos intentaban, que ese presentimiento que tenían, que esa semilla que pugnaba por crecer en sus corazones, tenía algo que ver con mi propia búsqueda de respuestas, como si ellos me dijeran “Abel, escucha esto, creo que es el núcleo que buscamos. Vamos, ven con nosotros”. Seriamente los miré con real atención, escudriñando por nuevas claves para mi propia vida, perdida en ese instante.

Vale la pena decir que las renuncias no pararon. Algunas por conflictos muy severos, otras en paz, simplemente por diferencias de opinión. Un par de personas se fueron porque viajaron al extranjero a estudiar. Antes de los tres años ya se tenía un liderazgo nuevo por completo: lo que querían, ideal para el establecimiento de un nuevo orden que encaje con las ideas nuevas sobre la iglesia que tenía el pastor titular y con el temperamento vertical del pastor de jóvenes.

miércoles, 21 de abril de 2010

Dejados atrás (10)

Desde la oscuridad

Los primeros seis meses de 2005 fueron oscuros por mi propia decisión de no pasar la página de la ruptura. Para alguien que pasó cerca de nueve años sirviendo en todos los espacios disponibles, llegar al extremo de estar al margen, era chocante. Me sentía perdido, como un ente que divagaba entre cosas irrelevantes, un alma en pena que anda triste alrededor de su lugar más preciado; estaba soso, chamuscado, abollado por una turba, roto a martillazos. Antes vivía firme en mi estructura-iglesia. Sin ella, vagaba sin rumbo, era un cuerpo sin esqueleto, sin forma, amorfo, incapaz de dar un paso. Sentía que le había fallado a todo el mundo, que mis reacciones absurdas me condenaban a un limbo caliente, casi infernal. Estaba convencido de que era indigno, merecedor de mi exilio, sin comunidad, sin Dios porque yo mismo lo abandoné. Me sentía depreciado, como el Inti en el primer gobierno de Alan García.


Las páginas se perdieron otra vez. El olvido, tal cual es, un bálsamo y un veneno, se llevó horas de recuerdos, de sentimientos que brotaron en noches de ojos abiertos, de flojera paupérrima o de lágrimas casi protocolares. ¿Dónde estaba cuando pasó lo que pasó? ¿Algún día podré dejar de olvidar? ¿Alguna vez podré hacer amigo al tiempo? ¿Dónde estaba cuando pasó lo que pasó? ¿Por qué no puedo recordar lo que quiero y porqué puedo recordar lo que no quiero?

¿Por qué la contradicción es parte de mi esencia? ¿Por qué es todo tan imperfecto? ¿Por qué el deseo de morir, junto con el de vivir, susurran a mis oídos tan convincentes, tan reales? ¿Dónde se fueron sus palabras cargadas de magia y sosiego? ¿Dónde me fui yo? ¿Dónde me perdí? ¿Cuál es el hito que marca la diferencia entre mi yo anterior y el actual? ¿Qué me mutó? ¿Dónde perdí la llave de la puerta que me dirigía sólo en el sentido correcto? ¿Qué me cansó tanto? ¿Qué hizo que cerrara mis ojos, y me dejara llevar?

¿Qué pasa aquí? ¿Qué está siendo extraído de esta vida que respiró el smog limeño de 1977? ¿A dónde se fue la alegría? Dios, yo sé que me había acostumbrado a la pena, a las sombras y a la ceguera, pero me habías enseñado a ver la luz otra vez.


La incertidumbre se alimentó de varias fuentes. Por un lado, antes de la renuncia yo realizaba actividades eclesiales los martes (academia bíblica y oración), los viernes (la célula de adolescentes), los domingos (en la mañana el culto, en la noche el comité de líderes), casi siempre los sábados (pasar el tiempo con los chicos a nuestro cargo, ir a reuniones de algún otro ministerio) y con frecuencia los líderes teníamos otra reunión de oración los miércoles en alguna de nuestras casas. Pasar de ese ritmo intenso a no hacer nada fue como si el día tuviera repentinamente treinta horas, una vacación impuesta, una jubilación anticipada y forzada. Años en ese ritmo brutal, te acostumbras a él, y cuando termina es como un desnivel en una autopista que te remueve el estómago; en cierta manera no sabía qué hacer con tanto tiempo libre. En realidad esas sensaciones eran reflejo de algo más profundo: no sabía qué hacer con mi vida cristiana porque había perdido los fundamentos en los que se basaba (consecuencias de cimentar la fe en la institución-activismo y no en el Sustentador de todo). Por otro lado, en la misma época acercaba la fecha del fin del contrato con el Banco, y no sabía si me quedaría o no. ¿Y si no me nombraban? ¿A dónde iría? ¿Nuevamente estar en el estresante proceso de búsqueda de empleo? ¿Y si no encontraba nada? Pensaba que estaba haciendo bien las cosas, pero nada era seguro. El miedo me invadía, inmisericorde.

Aunque las cosas con mi esposa andaban mucho mejor, surgió un problema. Yo le había prometido el oro y el moro el 2002 cuando le hablé de la iglesia. Con pasión le expuse sobre lo maravillosa que era, de lo sublime del servicio abnegado y absorbente, pero lo que recibió fue la crisis y el desaliento: quise mostrarle el compromiso y lo que vio fue mi partida. Le prometí algo que jamás se cumpliría. Con el tsunami opresor ella quedó muy afectada, tristísima. Eso me dolía más que nada: si me atacan sólo a mí, normal; si ella se ve afectada, todo cambia, porque pocas cosas son tan dolorosas como cuando hieres a quien amas. También se rompió una amistad muy importante, y mis actitudes hicieron que las brechas que aparecieron se hicieran más profundas, hasta hacer la situación insalvable. La incertidumbre que vivía le echó leña al fuego de la ruptura, pero eso no es excusa, porque uno siempre debe ser conciente del sentido de las cosas, debe ver cuándo seguir, cuándo detenerse, cuándo arrepentirse, cuándo pedir perdón; por supuesto yo no observé nada de eso, actuando ciegamente. Fue punzante, la verdad. Se pagó un precio extremadamente alto, convirtiéndose en un pasivo que hasta hoy se refleja en los balances de mi alma.

Viendo las circunstancias a la distancia, todo se había terminado en ese momento. Mi historia con la iglesia estaba muerta, pero no quería admitirlo, negando rotundamente cualquier indicio en ese sentido (en realidad, recién lo estoy reconociendo ahora, cinco años después de estos tiempos). Sin saberlo, ya era un cristiano sin iglesia. Hay que ser muy perspicaz para darse cuenta del momento en que hay que dar un paso al costado por el bien de todos. Yo, claro está, no me di cuenta de nada y, al quedarme, firmé el acta del daño, que me convertiría a la vez en víctima y en victimario. Me patearían por la espalda pero en respuesta golpearía muy fuerte. Si en ese momento hubiera tomado la decisión de irme, todo sería distinto. Definitivamente debí dejar la iglesia en el verano de 2005.

Pero no lo hice.

Comencé a racionalizar lo que había sucedido. La etapa de desconcierto profundo hace que sienta la sensación de que me habían robado la estructura que había armado en los finales de mi adolescencia. ¿Quién lo hizo? El nuevo pastor de jóvenes. Esa “figura de autoridad” que siempre trató de imponer porque era el “pastor” se hizo polvo, la consideré inservible; igual que antes con otras figuras de autoridad, él perdió mi respeto absoluto. Pero aún más, se generó una animadversión muy fuerte de mi parte, un rencor que se formó en mi corazón; un rechazo profundo, un sentimiento contra el pastor que iba en contra de todas las enseñanzas de Cristo y de la Biblia como un todo (Sal. 37:8; Prov. 15:1; 20:22; 29:11; Sgo. 1:19-20; 1 Pe. 3:8-9; Col. 3:12). Aunque podía ser justas todas mis reacciones, uno jamás debe permitir que la cólera haga un espacio en nosotros. Yo lo permití, y me hirió profundamente por mucho tiempo. Me airé, pequé, dejé que el sol se ponga muchas veces sobre mi enojo y le di oportunidad al diablo (Ef. 4:26-27). Debo admitir ―con pena― que algunas actitudes futuras se movieron en función de estos sentimientos negativos que, además, era un sinsentido. Yo culpaba al pastor de la “pérdida”, pero en el reino de Dios jamás hay pérdidas. Todo lo que se tiene es prestado: hoy poseo algo, mañana lo entrego, pasado mañana me dan algo nuevo. Nada es de mi propiedad, no hay títulos que avalen mi posesión sobre ministerios, personas, o iglesias. Ahora estoy aquí, luego puedo simplemente moverme a otro sitio. ¡No comprendía el sentido real de la missio dei! El reino de Dios es demasiado grande y sublime; la obra es ingente, y siempre hay lugar para todos. No en vano se dice que “faltan obreros para la mies” (Mt. 9:37-38). En ese momento no me daba cuenta de eso, y mi ser insistía en un lugar que ya no era más el mío. Ya estaba marcado mi camino, pero aún no quería andar en él. Lo descubriría unos meses después.

Por supuesto, las dudas teológicas surgieron por todas partes. En el verano de 2005 llevé mi último curso en el seminario de la denominación (Hebreo I, al cual entré simplemente porque repentinamente abrieron la asignatura y me pareció interesante) y todo comenzó a ser cuestionado. La iglesia como institución, la vida comunitaria, Dios, su Revelación. Era una reacción al profundo dolor que sentía, y era algo natural, casi necesario. Pero estaba solo, y esas dudas no podían ser resueltas por mí mismo en ese momento. Requería soporte.

Andaba en oscuridad, completamente vacío. Y cuando uno está vacío, cuando uno ha desaprendido, es cuando las transiciones son más fáciles, cuando los cambios de paradigmas tienen el campo propicio para germinar. ¿De dónde vendrían los vientos de cambio? Creo que llegaron de dos lugares. El primero, de dos amigos del grupo de jóvenes que de manera indirecta estuvieron a mi cargo años atrás y ahora me marcaban las pautas en su forma de enfrentar el tsunami. El segundo, de un buen amigo, que me dio la mano en un momento crítico, salvándome la vida al llevarme a un lugar en donde el apetito de conocimiento de Dios pudo, finalmente, ser saciado, permitiendo las bases para una etapa nueva, distinta. Apareció la esperanza.