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martes, 1 de enero de 2013

Integralidad N°11




Les presento la edición N° 11 de la revista digital Integralidad, que trabajamos desde el Centro Evangélico de Misiología Andino-Amazónica (CEMAA) en Lima (Perú). Sus comentarios serán bienvenidos. Para acceder a ella sólo tienen que hacerle click a la imagen de arriba.

martes, 11 de noviembre de 2008

Dinámicas comunitarias

Todo esfuerzo de la praxis cristiana debe partir siempre de la comunidad, de toda la gente unida que se compromete a avanzar paso a paso en la vida cristiana, apoyándose, siendo amigos, conociendo más el amor de Dios, madurando bíblicamente en pos de la santidad. Sin comunidad no hay cristianismo; sin comunidad hay sólo apatía y apocamiento. No en vano Jesucristo les dijo a sus discípulos que “donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos”. (Mt. 18:20, RV60) Es en el espacio vívido de la comunidad donde la presencia de Cristo se hace sólida porque mediante la vida en común (Hch. 2:42b) es que Dios nos permite conocerle mejor.

La trinidad y la entrega

Lo anterior es así porque al vivir en comunidad replicamos el modelo trinitario. La trinidad del Padre, Hijo y Espíritu Santo, tres personas independientes pero una completa al mismo tiempo, es nuestro ejemplo por excelencia de comunidad. Como la trinidad, nosotros somos varios pero a la vez podemos ser uno. Somos varios que sentimos con certeza que somos uno en el amor del Señor, preparados para disfrutar y enfrentar las alegrías y penas de la vida. “El ejemplo trinitario de equidad, comunicación y amor incondicional y rebosante debe llenar nuestros ojos e impulsarnos a capturar el modelo de quien somos imágenes para que en esta tierra los cristianos tengamos un parangón activo y trascendente que sea el norte de nuestra praxis de vida cristiana” (1)

La vida en comunidad siempre nos recuerda la entrega de Jesucristo al venir a la cruz para morir por nosotros, abandonando su dignidad divina a la diestra del Padre (Fil. 2:5-11). Él era sublime, absolutamente glorioso en los cielos, pero decidió remangarse la camisa para venir aquí para salvar a la creación pervertida por el pecado con su sacrificio definitivo (He. 10:10,12b,14-18), viniendo a la tierra para andar con su imagen y semejanza. ¿Qué nos está diciendo esto? Para comenzar, se nos está hablando del trato entre los miembros de la comunidad. Si el mismo Jesucristo, el Señor de toda la creación, se hizo como uno de nosotros pero no como rey sino como una persona humilde nacida en un establo y crecida en un pueblo insignificante, ¿quiénes somos nosotros para manifestar actitudes de superioridad? ¿De mayor santidad por vano orgullo? ¿Porqué si Cristo fue de arriba hacia abajo (Divinidad-encarnación-pesebre-crucifixión) nosotros pretendemos ir de abajo hacia arriba (mundano-converso-líder-pastor-¿apóstol?) en nuestras propias relaciones en las iglesias? Por lo tanto, es en humildad que un miembro decide someterse a otro de manera voluntaria. Así debe ser, con una actitud preponderante de humildad los unos con los otros. Nadie más que el otro pero en serio, no en el papel como tristemente ha venido sucediendo en la historia de la iglesia cristiana, donde vez tras vez el afán por el poder ha cegado a muchos de los líderes de turno. (2)

¿Qué implica este principio de humildad? Primero, la igualdad absoluta entre todos los miembros. Ergo, no existen jerarquías y por ende no se haría necesaria la institucionalidad burocrática. Segundo, se realza el sacerdocio de todos los creyentes y el hecho de que absolutamente todos tengamos que hacer la misión de Dios. La suma de ambas nos trae una conclusión determinante: no se hace necesaria en las comunidades la línea entre el laico y el pastor. No existe porque somos ontológicamente lo mismo; no existe porque todos somos iguales. Tercero, la entrega de los miembros por su otro, por su hermano, en actitud permanente de servicio abnegado. No la búsqueda de la propia conveniencia o del control, sino siempre el pensar en lo mejor para el hermano, porque eso es lo que nos dijo el Señor y lo recalca, con otro énfasis, el apóstol Pablo (Mt. 22:39; Gal. 6:10).

Escribiendo lo anterior de otro modo, los dos principios fundamentales de una comunidad basada en la trinidad como forma de vida son la horizontalidad -fundamentata en la humildad- y la entrega por el otro en beneficio de todos –establecida en el sacrificio cristológico-. Esto es ver a la comunidad hacia adentro, hacia sí misma, hacia su propia alma.

La comunidad, no obstante, no puede vivir para sí misma porque no ha sido creada con ese fin (Mt. 28:19; Jn. 17:18, 20). La comunidad vive en y para el mundo (Jn. 17:15-16, 23), no esta destinada para estar en un espíritu de aislamiento y ascetismo. Hacia adentro la comunidad, valga la redundancia, subsiste para hacer comunidad, hermandad, compañerismo, vida en común, koinonía, o como quieran llamarlo. Hacia afuera la comunidad está para cumplir la misión que Dios nos ha puesto en la tierra. ¿Qué misión? La comunidad debe impulsarse activamente en una actitud solidaria con el mundo, comprendiendo lo mejor posible lo que sucede en la sociedad y estando prestos a dar, porque de esa manera podremos comprometernos con la idea de construir el reino de Dios en la tierra. Ese dar implica predicar el evangelio con firmeza pero a la vez estar presente en las vivencias de la gente, allá afuera, en sus actividades comunales y sociales, en sus fiestas y entierros, en los nacimientos y graduaciones, en la construcción de la plaza del pueblo o jugando el campeonato de fútbol del fin de semana. Por ello de inmediato nace la motivación de las comunidades que siempre son retadas a la acción por la realidad que las rodea. No puede haber comunidad sin misión porque se condena a la agonía y la consecuente muerte. Tampoco es sano que existan comunidades aisladas en su propio guetto porque esto no es más que una triste devaluación de la vida cristiana.

La comunidad en el día a día

Pensando en elementos prácticos de vida comunitaria, se me ocurren algunos componentes que enumero sin ningún orden en especial y que, a mi entender, forman parte del espíritu comunitario en el día de hoy que tenerse presente a la hora de participar de la misión de Dios.

a. Crecimiento: Las comunidades deben anhelar llegar a más gente pero priorizando el crecimiento espiritual sobre el numérico. La salud comunitaria y personal de cada uno de los miembros es más importante que una masa de prosélitos que jamás lograrás atender. Primero es el crecer en madurez y en conocimiento de Dios. No es una renuncia a la evangelización, es renuncia al irresponsable crecimiento neoplásico sin consistencia. Es ser responsables y decirle adiós a la hambruna eclesial que genera cristianos escuálidos que son arrastrados por las muchas modas que de tanto en tanto invaden el barrio evangélico latinoamericano.

b. Revolución homilética: Las iglesias consideran como cosa fundamental al sermón. Algo de razón tienen, porque aquí se suele predicar la palabra y es el escenario natural de la instrucción bíblica. El problema es que son los pastores los que han monopolizado el púlpito, creando barreras a la entrada para miembros de la iglesia capaces y dispuestos. Y más aún, el sermón es en un solo sentido, sin posibilidad de réplica en contraste del estilo del mismo Cristo (ej. Lc. 10:29). Por ello, las comunidades pueden romper el monólogo del sermón para reemplazarlo por un dialogo plural, donde el Espíritu Santo sea más libre y hable por todos los miembros de la comunidad. Supone el abandono del discurso pero el impulso intenso del dialogo entre iguales, donde uno aprende del otro.

c. Espontaneidad: Mucha de la liturgia en las iglesias se ha osificado, sacralizando el orden del culto. Las comunidades pueden renunciar a la rigidez programática creyendo que es bueno planear pero en un estado de permanente sensibilidad a lo que ella misma quiere, siendo abiertas a los cambios a los que el Espíritu Santo las lleva. La espontaneidad se lleva también a los aspectos económicos. Adiós a las ataduras y obligaciones del diezmo, bienvenida la entrega sacrificial sin presiones.

d. Innovación: Las comunidades deben siempre considerar con respeto los dos mil años de historia cristiana y, en ese espíritu, se abre a la innovación en las formas eclesiales, la manifestación de la fe y maneras creativas de hacer la misión como tantos hermanos cristianos lo hicieron en el pasado. Reunirse en un parque o en algún espacio público, celebrar la Cena del Señor en con la periodicidad que deseen, transformar el ritmo de la alabanza o lo que consideren necesario adaptar o mantener es parte del ser de las comunidades.

e. Dimensionalidad: Las comunidades pueden considerar que los paradigmas del tiempo y el espacio se han roto. No son necesarios templos ni tiempos específicos para desarrollar la vida lutúrgica. Para la comunidad, cualquier espacio y cualquier momento puede ser adecuado para un encuentro con el Señor Jesucristo. ¿Debe ser siempre los fines de semana? ¿Sólo el domingo, el día del Señor? Las realidades espirituales y la comunión con Dios están interesados en cuestiones de mucha más trascendencia (Col. 2:16). Las comunidades pueden ser realmente libres de largas ataduras por la presión de tener un gran templo o por hacer las actividades siempre en los mismos días específicos.

f. Celebración: Las comunidades pueden priorizar la alegría y la celebración como elementos fundamentales dentro del compartir cristiano. Las alimenta su convicción de estar trabajando en la misión de Dios, de crecer en madurez y de ser parte de la maravillosa creación de Dios, y desde allí concluyen que permanentemente hay motivos de celebración y compartir como comunidad. No son ciegas al dolor humano y a la tristeza propia del pecado en el mundo, e inclusive saben llorar cuando sea necesario, pero entienden que el saber que en toda circunstancia Dios está a nuestro lado es un suceso que nos ayuda a mantener y transmitir la alegría comunitaria.

g. Pluralismo: Aunque las comunidades seguro que han encontrado sus propias maneras de acercarse a Dios y vivir el cristianismo, deben reconocer la multiplicidad de experiencias de fe, tanto tradicionales como no tradicionales, en las cuales Dios trabaja y manifiesta su amor, obrando mediante su Espíritu Santo de la misma manera que lo hace con ella misma. Este reconocimiento implica respeto porque considera que todos somos hijos de Dios alabándolo de maneras distintas, llenas de nuestras propias experiencias siempre variopintas.

h. Digitalidad: Las comunidades deben tener en cuenta que Satanás no vive en Internet, y por ello puede aprovechar las nuevas tecnologías mediante las cuales la Palabra puede ser expresada, adosándose a ellas. Los blogs, Youtube, Skype, Facebook, Messenger, las demás redes sociales y otras metodologías son espacios en los que la comunidad se puede expresar, lanzando el mensaje de Cristo a este mundo tan necesitado de Él.


Referencias

lunes, 11 de febrero de 2008

El púlpito filoso

Dentro de la estructura religiosa evangélica, el pastor tiene una posición muy importante. Como se ha discutido mucho aquí y en otros blogs , por él/ella pasa toda la carga esencial de la vida de las iglesias, a veces más, a veces menos (depende del estilo de gestión del(a) pastor(a), junto con su teología). No quiero ―al menos en esta ocasión― hacer el ejercicio de discutir-analizar-observar el modelo. Pretendo concentrarme en un elemento importante: la prédica desde el púlpito.

Dentro de la liturgia católica el sermón es importante pero palidece ante la celebración eucarística, que es lo que le da sentido a la misa. Tiene toda lógica porque la muerte de Cristo es la clave de nuestra salvación. Cuando llegó la reforma, la liturgia protestante quedó desnuda al despojarse de bastante de la parafernalia católica vinculada a la misa, y es esta una razón por lo que la predicación ―que pasó el estricto filtro reformador― se hizo tan importante para nosotros, convirtiéndose en la tarea principal del pastor. Tanto es así que una de las varas del éxito de un pastorado tiene como escala la calidad homilética del hombre dedicado a la dirección espiritual de las iglesias junto al éxito numérico. Quizá esta medida de resultados pastoral hace que los grandes predicadores de antaño esten en un pedestal: Spurgeon, Wesley, Moody, Hudson Taylor, etc.

Indiscutiblemente la predicación es importante, y está íntimamente ligada a la evangelización. Pablo dijo que “¡Ay [de él] si no predicase el evangelio!” (1 Co. 9:16) y en la Gran Comisión, al darle a su comunidad un nuevo sentido de misión, Mateo habló de “ir por todo el mundo y predicar” (Mt. 28:19). Pablo habló de la locura de la predicación (1 Co. 1:21) e inclusive se distinguen predicaciones de calidad, como en el caso de Apolos (Hch. 18:24). Desde lado de la evangelización, el Pacto de Lausana, dice que “evangelizar es extender las buenas noticias de que Jesucristo murió por nuestros pecados y fue resucitado de entre los muertos según las Escrituras, y que como el Señor reinante ofrece hoy el perdón de los pecados y el don liberador del Espíritu a todos los que se arrepienten y creen” (1)

Podemos enfocar la predicación como Orlando Costas (2), cuando menciona sus diferentes caracteres: teologal (el conocimiento de Dios como fin de nuestra predicación, más allá del simple evangelismo de primer nivel), cristológico (Cristo como eje debido a su papel de mediador de un nuevo pacto. Ver Hch. 8:5, 35; 9:20; 10:36, 1 Cor. 1:23, 2 Cor. 4:5), evangélico (se anuncia preminentemente la actividad de Dios en Cristo a favor de la humanidad), antropológico (el hombre como receptor por excelencia del mensaje), eclesial (el contexto de la predicación es la iglesia y está íntimamente atada a la existencia y misión de ésta), escatológico (la predicación pertenece a los sucesos de los últimos tiempos ―porque, por si acaso, ya en tiempos neotestamentarios se pensaba que se estaba en los postreros días. Ej. 1 Jn. 2:18― y confronta al hombre con sus realidades futuras), persuasivo (mediante la predicación se convence a los hombres de entregarse completamente al Señor), espiritual (es un acto testificante del Espíritu Santo) y litúrgico (la predicación unifica la adoración pública, hace contemporánea la victoria del evangelio y provee el tema del culto).

Es una tarea colosal y de una responsabilidad enorme el anunciar el evangelio, ya sea a gente no creyente como a conversos antiguos que buscan en el sermón-prédica-discurso-diálogo palabras de edificación. La multiplicidad de aristas de la predicación resalta el sentido de las palabras de Santiago cuando, casi como una advertencia, escribe que “nos nos hagamos muchos de nosotros maestros, porque recibiremos mayor condenación” (Sgo. 3:1). Por eso, más que risa, a veces indigna la ligereza de demasiados cristianos, que desde el púlpito dicen absolutas estupideces sin fundamentos, sin considerar la especial función que están cumpliendo. Llenan las frecuencias de radio y TV de nuestros países con pobres discursos, mal aprendidos, que no hacen más que engañar a la gente, dejándola en un estado de perenne vacío espiritual. “Y les decía una parábola: ¿Acaso puede un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán ambos en un hoyo?” (Lc. 6:39)

A veces, puede ser que la experiencia nos juegue una mala pasada. Me explico. En economía existe un concepto llamado marginalidad. ¿Qué quiere decir? Imagina que eres una persona que te fuiste de tour al desierto del Sahara para conocer el estilo de vida beduino, pero por tu descuido te pierdes. Sediento, caminas por las dunas por unas seis horas a cincuenta grados de temperatura y de pronto te encuentras con un pueblo que tiene una bodega repleta de Coca Colas sobre la cual te avalanzas con desesperación. No es lo mismo la primera gaseosa que te tomas que, digamos, la número trece. ¿Cierto? La primera será increíble, la mejor sensación del mundo. La número trece quizá nos provoque un vómito. Aquí se aplica la marginalidad: la utilidad de los bienes consumidos disminuye gradualmente mientras sigamos consumiendo el bien, hasta que, quizá, en un momento se haga cero.

¿Y qué tiene que ver la marginalidad con el púlpito, con la predicación y la experiencia? Que, en ocasiones, me parece que esta teoría económica se aplica a los pastores mientras aumenta su experiencia. Las primeras prédicas se preparan como si se fueran a exponer frente al mismo Jesucristo. Poco a poco esta emoción inicial se va perdiendo, y luego de veinte años ya vamos en piloto automático. Podemos ser excelentes oradores, los mejores del mundo, pero vamos movidos por la inercia.

Y aquí es que el púlpito se puede volver un cuchillo filoso. Cuando nos olvidamos de lo que la predicación ES, el sermón se vuelve seco, repetitivo, laxo, emocionante para el recién llegado pero árido para el cristiano con algo más de recorrido por el camino de la fe que se conoce hasta las bromas que hará el pastor junto a la anécdota graciosa que cuenta (y tal vez el libro de donde las saca). Pero hay más. El filo se hace más agudo cuando el púlpito se converte en tribuna para la corrección de la congregación cada domingo, para la expresión de sus opiniones particulares sobre cualquier tema o persona, con frecuencia sesgadas y sin conocimiento de causa pero supuestamente con justificación bíblica. El cuchillo se vuelve gillotina cuando el pastor habla de una situación “supuesta” introducida en su prédica, cuando en realidad es el problema que en la semana aquejó a algún miembro de la congregación. ¿Habla sobre la fidelidad a la mitad de un sermón sobre la fe? Descubrió algún marido infiel. ¿Sobre la violencia familiar cuando el tema es la navidad? Algún ujier golpea a su esposa. En este nivel ya el púlpito se ha devaluado, el valor marginal de la predicación para el pastor ni siquiera es cero; se ha hecho negativo. Lamentable hasta las lágrimas. ¿No hay un código de ética homilético? ¿Perdimos la brújula? ¿Es que todo vale?



Referencias

(1) Pacto de Lausana, párrafo 4.
(2) Costas, Orlando: “Comunicación por medio de la predicación”. Miami. Editorial Caribe. 1989.

viernes, 20 de mayo de 2005

LOS LAICOS EN LA LITURGIA


Somos hijos del pasado, de eso no hay duda.

¿Por qué la poca participación de los laicos en la liturgia? Me sorprendió intensamente las dos veces que he estado en la pequeña iglesia del barrio de Simón Bolivar, en Jose Luis Bustamante y Rivero, Arequipa. La idea es sencilla: un pastor-moderador y cualquiera de los hermanos tiene la capacidad y potestad de subir al púlpito y dar un comentario basados en el tema propuesto. Muy simple, y más democrático que las reuniones sindicales -que con sus griteríos se jactan de tener la voz de las bases y, por ende, del hombre común-. Dos veces he estado en esa iglesia y las dos veces prediqué y el resto de los hermanos sin problemas subieron y añadieron reflexiones propias a lo que había añadido. Yo digo, pensando en esa experiencia: ¿El Espíritu Santo puede limitarse a hablar a través de una sola persona -en este caso, el pastor predicador-? ¿No lo estamos limitando? Es que, diría Don Convencional... así se hace desde siempre, es la manera correcta, el pastor predica, Dios sólo lo usa a él en el culto de adoración, otra cosa es casi casi herejía.

¿Por qué este asunto? Dios nos hizo diferentes y con la capacidad de hacer un cristianismo a la medida de cada uno por lo que hacer sólo una forma de liturgia es limitarnos a la autocracia de algunos ya muertos hace decenas o cientos de años, quizá muy santos, pero que no son Jehová de los Ejércitos, el Señor de Señores. Pienso que el hacer un cristianismo a la medida está dentro de la voluntad de Dios, ya que la variedad en la creación es tal que esquematizar la práctica cristiana en un dogma único es en verdad limitarnos a niveles pobres, decrépitos. Mi vivencia no es la misma a la tuya, y eso hace que nosotros, en sí, nos enriquezcamos compartiendo a cabalidad el conjunto de reflexiones que traerían una cosmovisión cristiana aplicada a la interpretación de nuestras vivencias diarias. El E.S hablando a través de mi transfondo y mis vivencias, más las de Dorcas y Miguel y Franccesca y Daniel y Javier y las de todos los demás forman la verdadera iglesia, la que no se centra en dogmas sino la que se nutre en realidad con la interacción del E.S en nuestras vidas personales que retroalimenta a la misma interacción del E.S en otras vidas. Don Convencional diría: eso debe hacerse en las células y los cultos son diferentes, lo que está bien, y yo le diría: ¿Quien definió las formas en la que debe hacerse los cultos? ¿Marcos Witt? ¿Lutero? ¿Alfredo Smith? ¿A.B. Simpson? ¿Y porqué debe hacerse sólo así? ¿Porque así lo definieron los estatutos de la denominación?

¿Cómo puedo yo saber lo que dice el Espíritu Santo? ¿Cómo saber lo que Dios le quiere decir a mi hermano en Cristo? Creo que lo ideal es romper la tradición de la liturgia y crear una más interactiva,mas democrática -dicen que la idea no está en la Biblia pero creo que el Soberano es sólo Dios y no los seres humanos. Vinculado a esto tengamos en cuenta que los pastores en la Alianza tienen una cierta animadversión a la democracia en la iglesia -y la permiten sólo en la asamblea en la iglesia-, en donde todos podamos participar, no sólo "iniciados" que tengan la potestad de ejercer los sacramentos. En descargo a esa autocracia podemos decir que no es un mal sólo de la Alianza.

Díganme, ¿Por qué no pueden bautizar ustedes? ¿Por qué no pueden dirigir la Santa Cena? ¿Por qué no pueden predicar en el púlpito? Porque no has recibido cursos de homilética en un seminario... Quizá de esa manera no habría la necesidad de pastores profesionales, y volveríamos como al principio: Pablo era un hacedor de tiendas, un oficio no malo, y además un predicador de la palabra. La clerecía acumuló funciones e hizo necesaria la especialización en esa función. ¿Será así? El laico no pensante financia al clérigo pensante que hace todo en la iglesia por lo que a éste se le necesita a tiempo completo...