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lunes, 13 de diciembre de 2010

Urgidos de transparencia

Wikileaks es el tema de moda, qué duda cabe. El gallinero está revuelto porque los gringos han estado husmeando por todas partes (en realidad, eso ya lo sabíamos, pero una cosa es suponerlo y otra –muy diferente- es confirmarlo con hechos) y nos estamos enterando de cosas de todo calibre. Que las pastillas que toma Cristina, que la frontera sur de México es una coladera, que tal canciller es un incompetente, que aquel primer ministro tiene un negociado con tal producto… nada que no se discutiese en los pasillos de edificios oficiales de todo el mundo. Nada nuevo, en realidad. Pero igual, Estados Unidos nos está mostrando una cara que los deja en condiciones miserables, disminuidas inclusive hasta ante sus aliados. Han perdido la confianza.

Recuerdo que una vez nos pusieron en una disyuntiva durante un ejercicio ficticio en la iglesia: imagina que existiese una cámara que sin que nos diéramos cuenta grabó cada paso de nuestra vida, desde el nacimiento ante hoy. ¿Te sentirías orgulloso si ese video se muestra? ¿Qué tan cómodo te sentirías si todos pudieran ver el contenido de esa filmación? Sin excepción, todos comentamos que preferiríamos que eso se mantenga como está; esto es, en el profundo secreto. Realmente es un escenario que no quiero ni imaginármelo. O sea, todos sabemos que fallamos y que tenemos nuestros asuntillos, “nadie es perfecto” decimos con frecuencia, pero estamos tranquilos con las suposiciones, no con las confirmaciones. La pesadilla de la difusión le ha sucedido al gobierno norteamericano. Cada día vemos más secuelas del escándalo, agravándose con la evidente persecución al causante de la filtración.

El wikileak personal es, por supuesto, utópico (aunque no lo es para los creyentes de ciertas interpretaciones del juicio final, que explican la exposición pública de los pecados de los condenados). No lo es desde el punto de vista institucional: Wikileaks es una muestra. Los cristianos somos insistentes en el cambio de vida, en la metanoia, el cambio de actitud hacia el pecado que nos hace ser mejores. Somos hijos de Dios y ciudadanos de los cielos. Todo esto tiene una profunda carga ética de tipo personal, que lleva a actos concretos. No tomes, no fumes, no des coimas a los policías, no seas infiel. “No manejes, ni gustes ni aún toques” (Colosenses 2:22). Estas exigencias han transformado existencias y restaurado infinidad de relaciones. En la práctica, son un activo de las iglesias, que así llevan a una persona de la miseria personal al orden de la vida. La pregunta que me hago es si estas exigencias también se solicitan a la hora de desarrollar organizaciones de corte cristiano. ¿Existe la resolución que suele manifestar el convertido a la fe? ¿Las iglesias, concilios, denominaciones, confesiones, se manejan bajo principios similares a los exigidos de manera personal? Me da la impresión que la respuesta es no en un alarmante porcentaje.

El secretismo, los lobbys a escala pequeña y grande, la sucia política, los conflictos de intereses, el caudillismo, la envidia, la explotación de la gente, el abuso de poder, la puñalada por la espalda, la maquinación y la manipulación descarada se manifiestan en los entornos organizacionales eclesiales. Por supuesto, lo que se hace en Las Vegas, se queda en Las Vegas; quiero decir que los dimes y diretes no salen del entorno organizacional. El gremio clerical se protege celosamente, no filtrando la información. Por ello, con mucha frecuencia los laicos que entran en ese entorno y sobreestiman al clero, creyendo en su casi-santidad, se decepcionan al darse cuenta que las organizaciones son tan igual dentro de la iglesia que fuera de ella. Los comportamientos son los mismos. La ética personal exigida a nivel personal no aplica a la organización, que para colmo de males suele ser divinizada porque el mismo Cristo la instauró.

Es demasiado triste esto. Se entiende la politiquería a nivel de gobierno, pero es inaceptable en instituciones que están –se supone- para ayudar a la gente a acercarse a Dios. Urge una transformación radical que, a mi entender, debe comenzar desde la transparencia: todo debe ser conocido y abierto a todos. Los wikileaks institucionales de Assange son buenos porque ayudará a los gobiernos a hacer lo que realmente deben: servir a la gente, eliminando incentivos perversos que surgen desde la asimetría de la información. ¿Se imaginan una dosis de transparencia en las instituciones eclesiales? ¿Pueden imaginar que el clero se abra completamente al laicado a todo nivel? A demasiados esta idea les da arcadas, pero es un paso necesario si la iglesia pretende ser imagen de Cristo. Es perentorio que sea eso, imagen, pero en serio. Si no, la extinción nos espera.

sábado, 4 de diciembre de 2010

"Soy indispensable"

Eso es lo que cree mucha gente, usualmente si son líderes de organizaciones de muy diferente calibre, cuando pretenden mantenerse en el control del poder por toda la vida si pudieran. Los argumentos son muy diversos, yendo desde la justificación por eso del “vox populi, vox dei” de los dictadores a la solemnes citas eclesiales de dogmas vetustos, leyes anacrónicas o palabras profético-inspiracionales que dicen, serias, que organismos como la iglesia no son instituciones humanas, que eso de democracia no existe allí, que en el fondo las balotas y ánforas no son voluntad de Dios. Si no, las votaciones estarían en la Biblia, pues, me dijo un día una hermana con aplomo marcial.

Sé que el tema de reelecciones puede ser complejo en algunos estamentos. A mi entender, organismos de base democrática deben tener, necesariamente una sana rotación de mandos, por cuestiones de productividad, sanidad y permanencia en el tiempo. La gente también se deprecia –por decirlo en alguna manera-, se cansa y pierde creatividad. Necesita renovarse y no lo conseguirá haciendo lo mismo. Además, el deseo de poder nos va comiendo por dentro y nos transforma lentamente. Nuestros políticos, en todos nuestros países, son un triste ejemplo de eso: demasiados están deformados por su ambición. La renovación, insisto, es fundamental. Por ello, por principio, no deben existir reelecciones en instituciones que se precien de democráticas. Al menos, no inmediatas -sin jugarretas como la que quisieron armar los Kirchner en Argentina, con su idea de la alternancia-.

¿Y aquellas instituciones que no se sustentan en cimentos democráticos? Ya se manejarán por sus propios estatutos. ¿Debe ser la iglesia democrática? Difícil cuestión, agravada por el hecho de que simplemente es imposible encontrar en texto sagrado referencias a regímenes que no estaban inventados en la sociedad en la que surgió la iglesia y peor aún porque el sensus plenior, es decir, cuánto de las prácticas antiguas pueden ser aplicadas en la iglesia moderna, palidece en el tema de la organización eclesial. Si nos remitimos simplemente al texto bíblico, tenemos demasiado poco. Muchas interpretaciones caben en una iglesia primitiva que se fue haciendo a sí misma sobre la marcha.

La práctica muestra distorsiones en dos sentidos. Estamos llenos de pastores tiranos que manipulan con descaro al laicado y nos sobran congregaciones gamonales, que creen que su clero está para hacer lo que ellos quieren. He conocido de ambos y son igual de nocivos. Ambos extremos desangran la iglesia. Por lo tanto, hemos de migrar a esquemas intermedios, donde se controle el hambre de poder pastoral y congregacional, llevando todo a un equilibrio sano, donde ninguno domine, ayudándose mutuamente los unos a los otros. Suena difícil, pero hemos de aventurarnos en ese sentido. Ambos extremos deben ceder poder a los otros, sin temor ni falsos argumentos. Si la iglesia es de perfil dictatorial –el mayoritario-, el pastor debe olvidarse de que él sólo responde ante Dios (una real falacia, nada más que una mentira), entender que todos somos templo del espíritu, que el sacerdocio es de todos los creyentes, y considerar a la congregación no como niños, sino como adultos que también puede tomar decisiones igual o mejor que él. Por lo tanto, las asambleas tomarían una relevancia mayor dejando de ser un saludo a la bandera, una formalidad necesaria, para pasar a ser el principal centro de toma de decisiones. Lo mismo con cuerpos pastorales y alguna otra reunión que se tenga. Todo debería ser más abierto, transparente y horizontal. La información debe compartirse (excepto, por supuesto, la sensible, como la que corre en las sesiones de consejería) a todo nivel, como ya se hace en los tiempos modernos de Wikileaks y redes sociales. Es imposible resistirse a esta tendencia que, realmente, le hará un poderoso bien a la iglesia: el predominio de la horizontalidad y la bendita transparencia.

Si la iglesia es de perfil dictatorial, el pastor debe darse cuenta que el llamado no es único, sino que lo tenemos todos. La iglesia es de todos y no existe la indispensabilidad. Esto va en contra del llamado de Jesucristo que nos animaba a ser siervos, lavando los pies del resto. El mundo no se acabará sin el pastor y, realmente, la iglesia continuará sin él aunque no lo parezca. Por lo tanto, no debe tener miedo a cambiar, a decir “es hora de otros aires”, a ceder su posición a otra persona de visión renovada. Siempre hay alguien. Siempre.