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jueves, 12 de marzo de 2009

Añorando otros tiempos

Una realidad ineludible es que los problemas en la historia van cambiando. Lo que ayer nos preocupaba hoy es baladí; lo que en la época de nuestros bisabuelos era la comidilla en las tertulias de los bares y fondas, hoy no merece ni siquiera el recuerdo en nuestras conversaciones vía chat. Bien dicen, aplicado a la ética, que "cada siglo elabora su ética y no puede conformarse con la repetición de un modelo de ética anterior, precisamente porque las éticas –y las éticas de la responsabilidad- se ocupan de los problemas que se van planteando en las diferentes realidades de nuestra Historia. Lo que es peor, nos sorprenden las crisis mundiales y personales, los puntos cumbres de los problemas, siempre semidesnudos de una ética que nos haga responsables, que nos componga aptos para responder ante sus demandas.

Parece una obviedad, pero no estoy segura de que entre cristianos se sepan de un modo acabado: Los problemas del siglo 1, del siglo 2, del siglo 3, del siglo 4, 5, 6, 7… son distintos a los problemas que surgieron –o que generamos- en otros siglos. No se puede ser responsable ante un problema planteado en el siglo 21 confrontándolo con la ética de la responsabilidad del siglo 19.


Son distintos los problemas y, en consecuencia, las éticas deben ser distintas.

Si esto no es así, nos creeremos muy responsables aplicando las éticas del siglo 16 a nuestro tiempo, pero en realidad seremos –y somos- unos completos irresponsables, porque con nuestro sistema de regurgitación de santidades no estamos siendo consecuentes con la interpelación que se nos presenta
"

Tan igual es con la teología. Les cuesta muchísimo a los cristianos admitir que el pensamiento teológico es hijo de su tiempo, que surge en respuesta a retos específicos que aparecieron en un momento determinado, que quizá los esquemas que marcan su vida pueden ser obsoletos. No comprenden que cada época configura modelos de demostración de la existencia de Dios, distantas escatologías, enfoques distintos de la cristología, eclesiologías novedosas. Piensan que el brillante modelo hecho por un teólogo de los tiempos renacentistas es casi palabra divina, casi como si fuera la propia Biblia. Y así y todo les parece repulsiva la Tradición de los católicos.
Les planteas algo distinto, y se les sale el complejo del inquisidor. No toman en cuenta que el caminar del pensamiento y la forma de vivir la vida cristiana es un flujo permanente, que responde al alma de la gente. Lo que hoy llena nuestro ser, mañana puede ser subalterno. Y las explicaciones que tratan de responder a las preguntas básicas se tienen que actualizar.
Estos hijos de Torquemada añoran profundamente el pasado. Los daguerrotipos. El excremento de los caballos en cada esquina. Los tiempos seguros en que la verdad era sólo una y nada más que una -la de ellos, por supuesto-. Los arcabuces. Los bergantines. El machismo extremo. La peste negra. Las cacerías de brujas. Los dragones y duendes. La hogueras. Los piratas.

Que pena que el siglo XXI se los está comiendo con zapatos y todo. En vez de asumir el reto de las nuevas problemáticas, prefieren el calorcito de un genio que supo responder a su tiempo. Quizá el reto les resulta demasiado grande. Quizá se mueran de miedo. Quizá sospechan que perderían la fe en el intento.
Imagen: Ateneo Teológico

sábado, 31 de mayo de 2008

Esas cosas que uno a veces no entiende (X)

Juan Rebelde ha sido citado por el Cuerpo Pastoral de su iglesia: Reverendo Anás (pastor titular), Pepe Caifás (pastor asistente), la hermana Jezabel (esposa del pastor Anás ), la obrera Safira (encargada del ministerio de niños) y el hermano Jorge Iscariote (a cargo del área de finanzas de la iglesia).


Pastor Anás: Juancito, hermano, ¿sabes por qué te hemos llamado?

Juan Rebelde: Pastor, no tengo idea.

Pastor Caifás: Juan, ¿estás seguro?

Juan Rebelde: La verdad no sé. Supongo que es algo serio porque me han llamado ante el Cuerpo Pastoral por primera vez. Pero ¿por qué?

Jezabel: Juancito, yo te conozco casi desde que eras un bebé, conozco muy bien a tu madre, una mujer entregada completamente al Señor y.... (sollozos)... no puedo entender esto que está pasando.

Juan Rebelde: Jezabel, es que la verdad no entiendo. Enseño en la academia bíblica sin faltar ni llegar tarde a ninguna clase y eso le consta al pastor Anás. Dirijo la célula de jóvenes y los cultos de los sábados sin falta y eso puede certificarlo el pastor Caifás. He ido a un par de campamentos de niños para ayudar y usted, hermana Safira, estaba allí. Estoy involucrado en mis ministerios de la iglesia con compromiso, renuncié a otras propuestas del seminario y la universidad por sugerencia del pastor Anás, no he tenido relaciones sexuales con mi enamorada, no he sido grosero con mis padres, vivo lo mejor posible. Por ello no entiendo nada de nada. Quizá sea por mis diezmos... hermano Iscariote, ¿me ha traído aquí por no pagar mis diezmos?

Jorge Iscariote: No Juan, no traemos a la gente al Cuerpo Pastoral por no pagar los diezmos.

Pastor Anás: Te explicaré Juan... ¿Has oído hablar de esa especie de célula que se reúne en diferentes casas con gente de muchas iglesias, gente rebelde y pedante, gente con poco espíritu de sumisión cristiana?

Juan Rebelde: ¿Se refiere al grupo que dirigen Juan y Santiago?

Pastor Caifás: Sí, ese grupito dirigido por esos dos ex-miembros de la iglesia.

Juan Rebelde: Por supuesto que conozco el grupo. Lo he visitado algunas veces. Como treinta personas, más o menos, no es poca cosa.

Pastor Anás: Alguien nos informó que más que visitarlo, has estado a cargo de él.

Juan Rebelde: Sí, he dirigido el grupo por un mes, ya que Juan y Santiago se fueron de vacaciones fuera del país, y me pidieron por favor si me podía hacer cargo, y yo acepté.

Pastor Anás: ¡Así nomás! ¿Sin consultarnos?

Juan Rebelde: ¿Y qué hubieran dicho?

Pastor Caifás: ¡Que no, por supuesto! ¡Esos cristianoides son de mala influencia!

Juan Rebelde: Y allí es donde discrepo. Usted habla por su resentimiento, por sus complejos y por su limitada forma de ver la misión de Dios en la tierra. No habla por el espíritu, sino por la carne.

Pastor Caifás: ¡Mis... mis... mis complejos! ¡Cómo te atreves, insolente!

Juan Rebelde: ¿Acaso miento? Mire pastor, la Palabra debe ser predicada en todo lugar, en todo tiempo y en toda oportunidad. Este grupo estaba necesitado, me lo pidieron y por supuesto acepté. ¿Descuidé mis ministerios aquí? No. ¿Mis clases en el seminario y la universidad? No. He hecho todo sin problemas y feliz, ¡porque pude enseñar de Dios! ¡Pude ser parte de la obra de Dios en la tierra! ¡Es lo mejor!

Pastor Anás: Ya eres parte de la misión aquí, Juan.

Juan Rebelde: ¿Y eso debe limitarme? Pastor, si conoce de una familia que necesita comida, ¿no le llevaría algo? Claro que sí. Si sabe de un grupo de cristianos que necesita de la enseñanza de la Biblia, ¿no iría? Por supuesto, y es lo que he hecho.

Obrera Safira: Juan, la denominación tiene estatutos y normas que por el solo hecho de tu membresía debes respetar. Y allí verás que no es posible participar en ningún otro ministerio de otra iglesia sin la autorización del pastor. Y verás que si es algo con otra denominación, es más estricto, porque no se puede participar de ninguna manera. Y en este caso... ni siquiera es denominación. ¿Los podemos llamar iglesia? ¿los podemos llamar cristianos?

Juan Rebelde: Bueno, veo que esos estatutos son del tiempo del Ku Klux Klan. ¡No nos sirven! ¿No se dan cuenta que limitan la acción del Espíritu Santo? ¿Están ciegos acaso? ¡No puedo creerlo! Yo los hacía con un mayor discernimiento espiritual.

Pastor Anás: Juan, veo que eres impetuoso por tu juventud, y esos es bueno. Pero hay que respetar las tradiciones que nos dan la identidad. Los estatutos son importantes, lo mismo que el consejo de personas con más años y experiencia. Por ello, no me queda más que prohibirte expresamente ir nuevamente a ese grupo. La necesidad es enorme en nuestra iglesia. ¿Te sobre tiempo? Caifás, por favor, encuentra un lugar en donde Juan puede ayudar.

Juan Rebelde: Pastor Anás, lo siento mucho. Me veo en la necesidad de desacatar su prohibición. Para mí es antibíblica. Y peor aún, va en contra de la Iglesia de Jesucristo.

Pastor Anás: Pero... pero... ¿Me estás contradiciendo? (desconcierto en el Reverendo que no está acostumbrado a que lo refuten). Serás puesto en disciplina por afirmar algo como eso.

Juan Rebelde: Pues no me interesa su disciplina basada en criterios poco espirituales, en su ceguera por sus tradiciones, o en los complejos de Caifás, o en la manipulación vía lágrimas de Jezabel o en el legalismo letrista de Safira. Les soy honesto: el espíritu de Dios trasciende todas nuestras taras humanas, rompe nuestros paradigmas, cura nuestras heridas más profundas, y nos dirige hacia la dirección adecuada. ¿No serás, más bien, ese un mensaje de Dios para ustedes?

Pastor Anás: No sabes lo que hablas. Caifás tiene razón: tu orgullo a veces te obnubila.

Juan Rebelde: ¿Mi orgullo? ¿No se dan cuenta? Están como los fariseos en el sanedrín que mataron al Señor y creían que estaban haciendo un bien. Ahora la lógica es la misma, porque ven que la Iglesia tiene necesidad y pretenden prohibir que alguien que puede ayudar con eso se quede en su casa sin contribuir al reino de los cielos. ¡Y creen que es correcto! ¿Yo estoy mal?

Pastor Anás: No quiero escuchar más. Si vuelves otra vez, serás sometido a disciplina. Estás advertido.

jueves, 20 de marzo de 2008

De verticales a horizontales


No cesa mi sorpresa hasta el día de hoy. Para un mar de cristianos, la jerarquía en la iglesia es más importante que la misión de ella; el definir quién manda más importante de precisar una adecuada cristología; afirmar la cobertura de un iluminado sobre los líderes es mucho más relevante que el poseer claridad en la realidad soteriológica. Cosa de locos.

Quizá sea un tema personal, pero el hecho de estar centrado en lo bíblico es algo que siempre ha marcado mi manera de ver la vida cristiana. Tal vez esa sea la causa de mi obsesión por leer y estudiar el texto sagrado (muy reducida últimamente por la creciente absorción de mi trabajo bancario). Por eso compraba teología, por eso fui al seminario, por eso me metí a una maestría de asuntos teológicos postergando la otra, la de economía o finanzas o de lo que fuera. Claro está que al inicio mi visión de las cosas fue de una manera evangélica-conservadora-fundamentalista, pero después mutó a formas mas liberales (usando un término que algunos utilizaron para calificar mi pensamiento actual).

Digo esto porque de allí parte mi acercamiento al tema de la iglesia. Aunque hablo con frecuencia de la homogeneidad de los cristianos en su vida comunitaria, no olvido los textos paulinos que hablan de jerarquía. Los tengo presente permanentemente. He pensado, y seriamente, en ellos. Mi lado teológico ha sido retado con ellos. He ido más atrás, a la estructura discipular de Jesús, y más atrás, al modelo de Esdras tras la deportación, y más atrás, a los tiempos de la labor profética, y más atrás, hasta Moisés y la ley, y más atrás a los patriarcas con el fin de tratar de determinar patrones. Me queda claro que cuando Pablo escribió sobre los diáconos y los obispos, indirectamente tenía en mente todo el Antiguo Testamento; no en vano era judío benjamita, fariseo y educado en Jerusalén por uno de los más reputados maestros de toda la historia religiosa judía. También he pensado en lo que vino tras la muerte del apóstol Juan. He leído, por ejemplo, lo que Lutero pensaba de la iglesia (defendiendo la comunidad); he leído sobre los anababtistas como precursores de la iglesia emergente (que en realidad no es tan nueva como lo quieren hacer creer alguno el día de hoy). He leído más pero no lo recuerdo en este momento preciso.

Entonces, si he visto todo eso, ¿por qué insisto en la homogeneidad? ¿Por qué insto a mi comunidad a pensar así?

Yo tengo una tesis, pero para expresarla debo hacer una pregunta previa: ¿Cuál es para ustedes el principal enemigo del mensaje evangélico? ¿Creen que es el mundo? ¿Las otras religiones? ¿El diablo, que nos persigue trinche en mano para hacernos pecar? Piensen, por favor, en términos de la historia. Mi tesis (en realidad no es mía, la he tomado de alguien que he leído por ahí) es que el enemigo es el clericalismo y los modelos que fomentan los abusos de poder que la iglesia tradicional perpetúa. Más en la iglesia católica o en la ortodoxa, menos en la evangélica (porque todos somos cristianos, ¿no?). El enemigo viene de dentro. Es una especie de concupiscencia global.

Para evitar malentendidos, en este punto debo decir que si algo Dios me ha estado enseñando en los últimos tiempos es que el reino de Dios está allá y aquí, en el lado "tradicional" y en este lado que no sé cómo adjetivar. Todos somos iglesia, somos cristianos, avanzamos hacia el mismo lado, y es el amor lo que debe predominar sobre todas las cosas. Estoy reaprendiendo eso. Veo también a la iglesia tradicional como una herramienta de Dios, como parte de su iglesia y de su Iglesia.

Pero esto no me hace ciego. El sistema y los modelos que fomentan los abusos de poder se han arrastrado de generación en generación por 1600 años (desde Constantino) y se les cuida como a las joyas de la abuela. ¿Qué hago? Digo: "podría hacer algo, pero no cambiará". "Así ha sido siempre", “no podemos renunciar a la historia”. No jodan, eso no se puede pensar. Un creyente no puede tener esa actitud porque muere el evangelismo y colapsa la misión. Eso me frustra un poco de muchos cristianos valiosísimos que no tienen una parálisis del pensamiento, porque hablan y se les siente un tufillo de statu quo, de fatalismo ante la historia de la iglesia y ante el tamaño de la organización (que se refleja en la iglesia local). Si se toma esa posición, ¿dónde está la fe? ¿la esperanza? Si es así, mejor no somos cristianos, no sirve esa fe para nosotros.

Me estoy desviando del tema. Si mi tesis es cierta, entonces debo hacer algo con ella. El sistema estructural tradicional lo tenemos todos porque nos convertimos allí dentro. Yo conozco los textos paulinos, sé que debe haber cierto tipo de jerarquía, me he dado cuenta que la planura estricta no existe, no es sostenible. Tiene que haber un esquema sencillo de liderazgo tal como lo plantea el Nuevo Testamento. Ese esquema simple se basa en:

- El sacerdocio de todos los creyentes donde ontológicamente TODOS SOMOS IGUALES. Esto es algo que los cristianos comunes y corrientes no saben. Se asume que hay diferencia entre el líder y el laico, y no es así. ¡¡Hay que aprender!! ¡¡Reaprender!!

- Anciano y diacono están en el texto. Estos individuos emanan de la comunidad y es la propia comunidad la que debe designarlos (ej. Hch. 14:23. Revisando el griego encontramos que la palabrita cheirotoneo no es imponer las manos –como me dijeron algunas veces en la iglesia-, sino levantarlas como en una votación), por lo que ellos son miembros de la iglesia (no designados desde afuera, como se estila tanto ahora). Deben existir. Quizá no con esos nombres, quizá no de manera explícita, pero deben estar.

Todo parte del sacerdocio de todos los creyentes y, basado en ese sacerdocio, de los textos paulinos que hablan de una incipiente jerarquía. Entonces, ¿por qué insisto en la homogeneidad?

Creo que me darán la razón en el hecho de que si comparan a la iglesia tradicional con el modelo eclesiológico del Nuevo Testamento pues este último es radicalmente horizontal, ¿no creen? Si yo quiero tratar de restaurar un principio bíblico eclesiológico entonces debo pensar en cómo lo hago. Y les digo algo: NO NECESITO ENSEÑAR JERARQUÍA. ¡Eso ya se sabe muy bien! Todos están bien instruidos en ello. Lo que necesito enseñar para restaurar el espíritu del texto sagrado es homogeneidad, debo insistir con ella. Es como desaprender. Los procesos de cambio radical son duros y a veces requieren dar enseñanzas extremas para que, en los momentos intermedios, entreguemos lo correcto. ¿Entienden mi punto?

Todavía algunos en mi comunidad tienen el paradigma metido de la autoridad, piensan en pastores encorbatados, están convencidos que nunca seremos iglesia sino simplemente un grupo de amigos que se reúne para hablar de la Biblia. Por ello hay que insistir en la homogeneidad. Hay que insistir con lo ontológico (el pastor no es mas que la comunidad) pero también con lo práctico. Yo no creo en que todo deba ser plano. No es bíblico y concuerdo con ello. Pero hay un sistema que derribar en las mentes y en ese proceso hay que ir hacia el lado homogéneo. Es capital, es inevitable. Hay que martillar duro.

Y eso que no estoy hablando del servicio, de lavar los pies de los otros, de ser el menor de todos.

En ese proceso vendrán las calumnias, las muy serias acusaciones de "orgullo espiritual", de "sectarismo", de "liberalismo". Pero a pesar de eso soy conciente que debo estar abierto a la posibilidad de que Dios esté rompiendo un marco profundo en las iglesias de la Iglesia o, inclusive, está creando marcos completamente nuevos. Y creo que nos usa ahora. Y en el futuro usará a otros, quizá, para romper este marco que hacemos hoy. ¡¡Y que así sea!! ¡¡Es la vitalidad de la Iglesia de Cristo!! ¡¡De Su Iglesia!!

¿Horizontal o vertical? Horizontal, por supuesto.

miércoles, 25 de mayo de 2005

CHAU, SUTILES TRADICIONES

Se dice que vivimos en un mundo post-cristiano (Francis Schaeffer lo decía hace más de treinta años en los tiempos de guerra fría y hippismo en la primera línea de uno de sus libros más conocidos), fenómeno nuevo para nosotros. Está aflorando un tiempo en el que la civilización occidental participa en un proceso en el que los valores cristianos son considerados caducos. Tiempo de fundamentalismos pero a la vez de libertad de conciencia y pluralismo religioso que nos traen una proliferación de grupos atosigante; tiempo de globalización económica y cultural en donde se pisotean los valores nacionales y más aún regionales; tiempos de abundante literatura esotérica, de la autoayuda y del hedonismo en el que cada uno escoge en donde sea lo que piensa le sirve, y deja lo que considera le molesta, al estilo de un autoservicio; tiempo de frialdad en las relaciones humanas, de messenger y mensajes de texto. Todo lo anterior y más implica un desafío nuevo: el hecho de pensar en una civilización en la que la fe en Cristo no tenga una posición relevante en la composición de su esencia considerándola como valor del siglo o milenio pasado, y en la que debemos necesariamente ministrar.

Para afrontar este reto hay, sin embargo, un problema. La vida religiosa y eclesial por su propia naturaleza tiende a dogmatizar los usos y costumbres, estilos de trabajo, la teología enseñada en los púlpitos y salones de clase de las iglesias, y casi todo lo vinculado a la parafernalia religiosa. Existe, por ejemplo, la idea de que el ministerio a Dios sólo puede hacerse dentro de las cuatro paredes de una iglesia, y si consideramos otro tipo de posibilidades, como dedicarle más tiempo a alcanzar a inconversos por el simple método de la actividad amical, pues se nos tildará de poco espirituales y de mundanos. Las congregaciones han sido educadas en ese punto de vista, y queramos o no, todos somos hijos de nuestra formación. ¿Cómo exigirle que piense distinto a un hermano en Cristo al que por años sus pastores –que creen sinceramente que esto es correcto- le han dicho que el servicio a Dios se hace sólo en la iglesia, invirtiendo su tiempo sólo allí y dando sus ofrendas sólo allá?

Tendemos al dogma, es algo que no debemos olvidar. Dogmatizamos la homilética, la teología, la forma de hacer ministerio, la forma de hacer liturgia, la posición del pastor en la iglesia, el cómo debe ser un líder. Sin embargo, esto genera a la larga problemas bastante serios, y en este sentido vale la pena recordar la historia de Galileo Galilei.

Nicolás Copérnico diseñó un modelo del Universo en el que el Sol (y no la Tierra) estaba en el centro. La convención se estableció en el siglo II, cuando Tolomeo planteó un modelo geocéntrico utilizado por astrónomos y pensadores religiosos por muchos siglos. Copérnico diseñó el modelo heliocéntrico en su obra De revolutionibus orbium caelestium publicada antes de su muerte en 1543. Galileo adoptó la teoría heliocéntrica a comienzos del siglo XVII y publicó pruebas para apoyarla. Fue perseguido por la Iglesia católica por defender un modelo herético, pero en 1992 una comisión papal instalada por Juan Pablo II reconoció que la Iglesia se había equivocado.

En su momento, los profesores de filosofía se burlaron de los descubrimientos de Galileo, inclusive un profesor de Pisa le comentó a los Medici (que gobernaban Florencia y mantenían a Galileo) que la creencia de que la Tierra se movía constituía una herejía. En 1614, un sacerdote florentino denunció desde el púlpito a Galileo y a sus seguidores, escribiendo éste por ese motivo una extensa carta abierta sobre la irrelevancia de los pasajes bíblicos en los razonamientos científicos, sosteniendo que la interpretación de la Biblia debería ir adaptándose a los nuevos conocimientos y que ninguna posición científica debería convertirse en artículo de fe de la Iglesia católica. Leemos esto y es notorio que las cosas han cambiado sustancialmente.

En 1624 Galileo empezó a escribir un libro que quiso titular “Diálogo sobre las Mareas”, en el que abordaba las hipótesis de Tolomeo y Copérnico respecto a este fenómeno. En 1630 el libro obtuvo la licencia de los censores de la Iglesia Católica de Roma, pero le cambiaron el título por “Diálogo sobre los sistemas máximos”, publicado en Florencia en 1632. A pesar de haber obtenido dos licencias oficiales, Galileo fue llamado a Roma por la Inquisición a fin de procesarle bajo la acusación de “sospecha grave de herejía”. Galileo fue obligado a abjurar en 1633 y se le condenó a prisión perpetua (condena aminorada por la de arresto domiciliario), sentencia leída públicamente en todas las universidades. El Decreto de la Congregación del Santo Oficio declaraba que la afirmación de que el sol es el centro del universo, que no se mueve de oriente a occidente, que la tierra se mueve y no es el centro del mundo, es contraria a la Escritura e insensata y absurda en filosofía. Para nosotros esa declaración es hoy una ridiculez absoluta, pero nos muestra los niveles a los que llegamos, fundamentalistas en esencia, y no sólo en la Iglesia Católica.

Tendemos al dogma, pero Dios es sabio y ha diseñado las cosas de tal forma que ha permitido que reinterpretemos la teología y la forma en la que el ser humano lo ve según cambien los tiempos. Un autor de uno de los libros de texto más utilizados por los estudiantes de los seminarios, José Martínez, dice que “la hermenéutica no trata sólo de la interpretación de los textos sagrados. Su finalidad última debe ser guiarnos a una comprensión adecuada del Dios que se ha revelado en Cristo, la Palabra encarnada. Por eso su objetivo no debe limitarse a la intelección de unos escritos”. Esta comprensión de Dios va cambiando ya que la hermenéutica, que aglomera los métodos por los que debemos interpretar la Escritura, es un puente entre el escritor original, con su idioma, su cultura, su época, y el intérprete actual, con su idioma, su cultura, su trasfondo, su cosmovisión, que incluyen una concepción del mundo, del universo y de la ciencia. Cada exegeta tiene una visión de estas cosas y por evidentes razones esta perspectiva va cambiando con el tiempo. ¡Dios nos ha creado con la posibilidad de reinterpretarlo permanentemente! Su infinitud y nuestra finitud permite eso, afortunadamente.

Un sacerdote llamado Jorge Costadoat cree que el futuro del cristianismo está en función a la interpretación que los cristianos hagamos de Cristo. Piensa él: “¿[Los cristianos] serán capaces de abrirse a la nueva era, de encarnarse en ella, de correr con ella el riesgo del fracaso que la amenaza? ¿Podrán verter a Cristo en un arte nuevo, en una nueva moral, en una esperanza alternativa de mundo? No es aventurado pensar que si el cristianismo agota su creatividad, si opta por la falsa seguridad de la copia tradicionalista, por la condena a priori de cualquier novedad, si renuncia al Espíritu, no servirá más que como texto de estudio de arqueólogos o, en el mejor de los casos, ofrecerá sus templos de museo. La creatividad, como el Espíritu, es inherente al cristianismo. Sin el Espíritu, Jesús no habría inventado el camino de regreso a su Padre entre la Encarnación y la Pascua, pero tampoco habría sido posible la libertad que proviene de él para que el cristiano, alter Christus, haga su propia historia. La pertinencia de la fe cristiana depende de la teoría, pero en última instancia proviene del Espíritu que inspira en el cristiano, con originalidad, la praxis de Jesús. La fe en la Encarnación, en los tiempos nuevos, pide a los cristianos protagonismo”. Qué cierto que es esto.

El reto del siglo XXI implica abandonar vetustos tradicionalismos (porque los evangélicos también los tenemos, aunque mucho más sutiles y más difíciles de distinguir) que pueden indirectamente estar estorbando la obra de Dios –sino que lo digan los fariseos y saduceos- para posteriormente repensar la función de la iglesia en la sociedad, considerando que a fin de cuentas la iglesia es la sal del mundo. En la lucha del dogma contra la creatividad de la reinterpretación que Dios nos permite hacer de Él, debe prevalecer siempre lo segundo a lo primero a pesar de la oposición enérgica que siempre existirá y sabiendo que éste es un conflicto que está dentro de los planes de Dios.

Referencias
Jorge Costadoat S.J: “Un futuro para el Cristianismo”, Biblioteca de Consulta Microsoft Encarta 2003 (Microsoft Corporation) y “La Enciclopedia”, de Salvat Editores.