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martes, 13 de octubre de 2026

Tomarse en serio la religión

Los resultados de las elecciones brasileñas han crispado a todo el continente. Muchos no esperaban los números finales y han quedado muy sorprendidos con el 47% de Flávio Bolsonaro frente al 45% de Lula en la primera vuelta electoral. La búsqueda de explicaciones comenzó rápidamente y un grupo de analistas se ha decantado centrarse en la influencia del voto evangélico como responsable del avance del bolsonarismo. Esta idea suele venir acompañada de otra que afirma que el propio crecimiento evangélico latinoamericano fue obra de Estados Unidos, específicamente a manos de la CIA. Son dos tesis distintas, una electoral y otra histórica, pero las dos comparten el hecho de que en ninguna de las dos el evangélico decide nada. En una los evangélicos existimos porque alguien nos ideó desde una oficina en Washington, en la otra nosotros votamos en cierta dirección porque alguien nos lo ordenó desde el púlpito. En las dos desaparece la persona que cree, interpreta, se convierte y elige. En este artículo examino ambas tesis y sostengo algo que a muchos analistas les cuesta aceptar: la fe misma tiene un gran poder causal, y ninguna explicación del fenómeno evangélico está completa si es excluida.


1. Brasil, una explicación demasiado sencilla

Se está diciendo en distintos foros y yo repetiré lo mismo en este blog: el voto evangélico no es homogéneo. Desde fuera el imaginario nos ve a los evangélicos como una fuerza casi militar que vota disciplinadamente, pero esto está alejado de la realidad, porque lo que existe es una inclinación del voto, no una obediencia cerrada. Pretenden analizar la influencia política evangélica sin tener en cuenta que la influencia política de la religión no equivale necesariamente a obedecer electoralmente al pastor. ¿De verdad los miembros de las iglesias votan mecánicamente según lo que les digan desde sus púlpitos? Los datos disponibles parecen decir que no, y los presento en la sección 5. Una pregunta distinta es si los evangélicos explican el resultado, y tal vez convenga hacer un poco de números. Según Datafolha (Correio Braziliense, 2026), Flávio Bolsonaro tenía 52% de intención de voto entre evangélicos frente a 26% de Lula. Entre católicos, Lula ganaba 50% a 32%. Según cálculos propios, si los evangélicos son cerca del 27% del electorado, entonces aportan alrededor de un tercio de los 47 puntos de Flávio, y los católicos tantos votos o más. Sin su ventaja entre los evangélicos, Lula habría terminado primero. Son parte necesaria de su coalición, no su mayoría. 

Con estos datos en mente les plantearía a todos la siguiente pregunta: ¿estamos de verdad intentando comprender cómo piensan los evangélicos? Podría añadir una segunda pregunta: ¿cómo interpretamos este fenómeno desde una mirada que tome en serio lo religioso? Mi impresión es que muchos minimizan el papel de la religión en las vidas de las comunidades y en su capacidad transformadora.


2. La CIA y la expansión evangélica latinoamericana

La teoría de la CIA es una interpretación histórica que tiene muchos años y merece escrutinio. Dice que el crecimiento evangélico de América Latina sería resultado de una estrategia estadounidense diseñada para debilitar al catolicismo (en especial esa creación latinoamericana llamada teología de la liberación) o combatir la izquierda política que se encontraba en conflicto con los Estados Unidos en la segunda mitad del siglo XX. Es verdad que la CIA investigó el fenómeno religioso en América Latina (Kissinger, 1969), pero otros documentos como el Informe Rockefeller (1969) son antecedentes que alertan sobre los movimientos católicos de base influenciados por ideas precursoras de la Teología de la Liberación que pueden convertirse en focos de potenciales revoluciones sociales, afirmación que se afianza en textos como el Documento de Santa Fe I y II (1980/1988), que defienden la necesidad de contener estas influencias teológicas. Frei Betto (2025) resalta que si bien los textos no mencionan explícitamente el apoyo a las iglesias evangélicas, la lógica subyacente es clara: la necesidad de promover formas de religiosidad anticomunistas, individualistas y apolíticas, alineadas con los valores del mundo libre capitalista.

Pongamos los puntos sobre las íes. Es verdad que el poder de las misiones dirigidas hacia América Latina era muy grande. También era cierto que había mucho financiamiento misionero, y que desde Estados Unidos las posturas eran marcadamente anticomunistas y existían convergencias geopolíticas entre muchos misioneros y los intereses del gobierno norteamericano en la región durante la Guerra Fría. Y que por supuesto sectores de la derecha religiosa estadounidense estuvieron muy interesados en combatir a la Teología de la Liberación. En la IV Conferencia General del Episcopado Latinoamericano de Santo Domingo (1992), Juan Pablo II habló expresamente de una “cierta estrategia” destinada a debilitar la unidad religiosa latinoamericana y de “importantes recursos económicos” destinados a campañas proselitistas. Existen documentos vaticanos posteriores que hablaron incluso de grupos procedentes de Estados Unidos con abundantes recursos. Pero eso está muy lejos de imaginar siquiera que la CIA causó o dirigió la expansión evangélica, aunque quienes la defienden suelen invocar casos concretos, como el apoyo evangélico a Ríos Montt en Guatemala, las sospechas sobre el Instituto Lingüístico de Verano, o los televangelistas que respaldaron a la Contra. Los tres fueron episodios reales de convergencia entre misión y política exterior, pero desde ellos no se puede explicar la conversión de millones. Además, el pentecostalismo latinoamericano nació antes de la Guerra Fría. Por ejemplo, en Chile comienza en 1909, y en Brasil se marca el principio con la Congregação Cristã (1910) y las Asambleas de Dios (1911), fundadas por inmigrantes italianos y suecos. La CIA se creó recién en 1947.

David Stoll dedica buena parte de “¿América Latina se vuelve protestante?” (1990/1993) precisamente a esas interacciones entre evangelicalismo, Estados Unidos, Centroamérica, Guerra Fría y Teología de la Liberación. Su interpretación global no es la de una operación norteamericana que fabrica evangélicos, sino que habla de un despertar religioso y de una transformación mucho más compleja del campo religioso latinoamericano. Por ejemplo, crecieron más las iglesias autóctonas y peor financiadas en contraste con las denominaciones misioneras con dinero y, si hacemos una comparación, el pentecostalismo creció igual en África o en China, donde el Estado persigue a la iglesia.

Yo me hago una pregunta sincera: la existencia de intereses políticos externos, ¿basta para explicar la conversión religiosa de millones de latinoamericanos? Yo les digo que es difícil que esa intervención, dinero, intereses y utilización política de la religión por sí solas expliquen la conversión de millones de personas a la nueva fe. Esta explicación geopolítica es sumamente reduccionista y la cuestiono enfáticamente. Busquemos, entonces, por otros lados, como en la historia de las misiones, el crecimiento de las congregaciones locales, el evangelismo personal o los testimonios de conversión.


3. El poder del mensaje religioso

Hay cierto análisis político, en especial cuando mira religiones o creencias con las cuales no se está familiarizado o hay sesgos ideológicos, que parece incapaz de imaginar que alguien pueda convertirse simplemente porque ha creído. Que cree que el mensaje poderoso del diálogo entre Pablo, Silas y el carcelero de Filipos, a quien le dijeron “cree, y serás salvo tú y tu casa” (Hch. 16:31) es una frase cualquiera. No, ese mensaje lo puede cambiar todo. Parece no verse que las convicciones religiosas tienen una muy fuerte capacidad para movilizar personas, transformar conductas, y sostener compromisos extraordinarios. 

Los ejemplos son múltiples. Recordemos a los primeros cristianos, que comenzaron una nueva fe desde cero, sin grandes recursos ni poder estatal durante sus primeros siglos, expandiéndose por todo el imperio romano. No era convicción política sino religiosa: la certeza de que se seguía el mandato de Dios. Algo parecido ocurrió con el proceso de difusión del budismo. Las grandes religiones han demostrado que las ideas religiosas poseen una gran capacidad autónoma de movilización. Es cierto que en distintos momentos de su historia interactúan con estados, dinero, conquistas, instituciones y la cultura, pero no pueden reducirse a ellos. Desde mi esquina cristiana podría decir que Constantino ayuda a explicar la historia posterior del cristianismo hasta nuestros días, pero Constantino no explica Pentecostés. Para el creyente cristiano Pentecostés es el poder que lo invita a ir “hasta lo último de la tierra” (Hch. 1:8). ¿La CIA, sola, detrás de esta expansión? No desprecien, por favor, el poder majestuoso de la religión. La gente cambia por él, predica por él, muere por él.

He mencionado Pentecostés y no debo pasar por alto a la Gran Comisión: “Por tanto, vayan, y hagan discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo” (Mt. 28:19). El cristianismo tiene un mensaje que puede transformar a las personas y la Gran Comisión incluye un mandato explícito de Jesús para transmitirlo. Para millones de cristianos estas palabras no son una bonita metáfora ni solo una recomendación, sino que son una orden directa del Señor. Se predica porque se cree, y porque se cree se obedece. Todos quienes reciben el mensaje adquieren la responsabilidad de transmitirlo tal como lo hizo la iglesia primitiva. El relato de Hechos presenta a personas que, habiendo recibido el Espíritu Santo, anuncian públicamente a Cristo incluso frente a la oposición de las autoridades religiosas. “Porque no podemos dejar de decir lo que hemos visto y oído” (Hch. 4:20) era la convicción que los movía, la experiencia religiosa categórica que se convierte casi de inmediato en necesidad de comunicar. Por lo tanto, la predicación puede experimentarse no solo como una elección conveniente o que solo le corresponde al pastorado, sino como una obligación interior de cada uno de los creyentes.

Aquí no hay solamente consignas institucionales, estrategias de crecimiento o campañas de penetración cultural. Lo que existe es un mandato divino. Y cuando alguien cree profundamente que Dios le ha encargado una misión, esa convicción puede convertirse en una fuerza extraordinaria de movilización. Aquí, creo yo, es que está un factor fundamental del crecimiento evangélico. No quiero ser absolutista porque este mandato lo tenían denominaciones históricas que no crecieron, y lo tienen también los católicos. Lo tenían los pentecostales que centraron la expansión, y era el mismo entre países, sin embargo Guatemala y Brasil crecieron mucho y México mucho menos. La fe, entonces, es condición necesaria y el contexto explica el cuándo y el dónde.

Ese análisis, ante la incredulidad de aceptar algo tan simple (y tan real para los que somos creyentes) de que hay transformación porque se cree, busca otras causas como la CIA, el dinero, la manipulación, los pastores, la televisión, el imperialismo, la ignorancia, o la pobreza. Es verdad, todos pueden ser factores en la ecuación, pero ignoran el elemento más relevante de todos: la gente escucha un mensaje religioso, encuentra que ese mensaje para ella es verdad, o fue sanada, o encontró una comunidad, o vivió una transformación por completo que restauró a su familia y todas sus relaciones, o dejó el alcohol o las drogas, o encontró esperanza. Luego quiere transmitir ese mensaje para que otros se transformen. Para los evangélicos eso es el pan de cada día.

Hace unos años, Pew (2014) le preguntó a los latinoamericanos por qué se pasaron del catolicismo al protestantismo. La respuesta dominante no fue el factor económico, ni la política, ni la influencia de los Estados Unidos. Lo que dijeron fue que buscaban una relación más personal con Dios (81%, mediana de los países con resultados publicados) y que fue relevante la actividad evangelizadora de las nuevas iglesias (58%, mediana de los países con resultados publicados). También aparecen el estilo de culto, una mayor insistencia moral, una iglesia que ayuda a sus miembros y el contacto personal de otros creyentes. Además, el mismo estudio de Pew encontró que los protestantes latinoamericanos declaraban compartir su fe con personas de otras confesiones con mayor frecuencia que los católicos.

Estos números no demuestran por sí solos que la Gran Comisión sea la causa predominante del crecimiento, pero ofrecen evidencia consistente de su relevancia. Cuando se pregunta a los propios conversos por qué se convirtieron, ellos dan razones religiosas, aunque buena parte del análisis secular decide ignorar sistemáticamente la autopercepción de los actores sociales. Al descartar de plano las motivaciones declaradas por los creyentes, asumen una postura epistémica que minimiza la validez de la experiencia religiosa, asumiendo que siempre debe haber una causa oculta (política o económica) detrás de una decisión de fe. Dicho de una manera más simple, la fe no explica todo, pero tampoco podemos colocarla como un elemento secundario que deba desaparecer de nuestras explicaciones. El mensaje religioso tiene una gran capacidad para movilizar y transformar a la gente y al mundo que la rodea.


4. ¿Por qué creció tanto el evangelicalismo latinoamericano?

Puedo ensayar un análisis muy sencillo desde la convergencia de dos grandes fuerzas:

- La fuerza interna de la fe: convicción del llamado de Dios y de obediencia a la Gran Comisión, misioneros enviados, predicación de la Palabra, conversión personal, encuentro con Dios, lectura bíblica, comunidad y discipulado, transformación de la vida, predicación y evangelización, expansión de las iglesias evangélicas, el ciclo vuelve a comenzar. Los evangélicos conocemos esto demasiado bien. La pauta está bien marcada en la Gran Comisión (Mt. 28:19). 

Lo particular es que la expansión evangélica no depende solamente de pastores y misioneros profesionales, sino que cada nuevo creyente puede convertirse en un evangelizador. La Gran Comisión no se percibe como una responsabilidad exclusiva de la jerarquía de la iglesia, sino como un mandato que alcanza a todos los discípulos de Cristo. Así, el evangelio pasa de una persona a otra, de una familia a otra, de un barrio a otro, de una ciudad a otra, de un país a otro. Para esto no necesito un sistema de planificación central, solo miles de personas convencidas de que deben anunciar a Cristo hasta el final. Se puede incluso vincular el sacerdocio universal de todos los creyentes y la pneumatología pentecostal, que autorizan a cualquier converso a predicar, frente a una eclesiología sacramental que requiere un clero ordenado y escaso. En la línea de Chesnut (2003), esto explica por qué crecieron los pentecostales y no los protestantes históricos.

- La capacidad de adaptación histórica: la segunda mitad del siglo XX fue profundamente transformadora en América Latina. Urbanización exponencial, migraciones del campo a la ciudad y entre países, crecimiento de las periferias empobrecidas, liderazgos locales de las iglesias, congregaciones flexibles y nuevas formas de comunicación.

Ambas dimensiones son muy reales y se potencian mutuamente. El mensaje religioso puede adquirir especial fuerza cuando encuentra necesidades, lenguajes y circunstancias históricas que lo hacen significativo. Les pongo un ejemplo. La explosión pentecostal coincide con sociedades que se urbanizan aceleradamente, enormes migraciones internas, periferias urbanas nuevas, debilitamiento de las viejas estructuras comunitarias y una Iglesia católica cuya estructura territorial y escasez de sacerdotes hacían muy difícil acompañar semejante crecimiento. Ante este mundo, el pentecostalismo tenía características que se adaptaban muy bien a este mundo emergente latinoamericano: podía abrir una congregación prácticamente en cualquier barrio; formaba líderes locales con enorme rapidez; el pastor podía proceder de la misma clase social que sus miembros; convertía al creyente rápidamente en evangelizador; ofrecía pequeñas comunidades y redes personales; utilizaba lenguaje popular, música local y testimonio; ofrecía experiencia religiosa inmediata desde la conversión, oración, sanidad y Espíritu Santo; imponía disciplinas que podían transformar conductas destructivas; y no necesitaba esperar una gran infraestructura institucional. 

Sin embargo, estas ventajas organizativas no explican por sí solas el fenómeno. Una congregación flexible, un pastor cercano a sus fieles o una iglesia que puede establecerse en cualquier barrio son condiciones que favorecen el crecimiento, pero detrás de todo ello existen creyentes firmemente convencidos de que deben predicar el evangelio a toda persona. Desde mi perspectiva, ninguna de las dos fuerzas basta sin la otra. Sin fe no habría habido nada que adaptar. La urbanización, por sí sola, produjo en Europa secularización, no iglesias. Y sin la transformación de América Latina, esa misma fe, que los protestantes predicaban en la región desde el siglo XIX, no habría estallado como lo hizo en la segunda mitad del siglo XX. La fe fue la condición necesaria, el contexto puso el detonante. Por ello, no necesitamos imaginar una estructura centralizada que dirige el crecimiento cuando existen comunidades enteras cuyos miembros creen que evangelizar es una obligación espiritual. Como creyente, sé que detrás de todo esto está Dios obrando en la historia, pero como observador me basta con mostrar que sin fe no hay explicación posible.

A veces resulta difícil comprender, desde fuera de la experiencia religiosa, algo como lo siguiente: una persona puede dedicar años de su vida a predicar, viajar a lugares remotos, aprender idiomas con poquísimos hablantes, traducir la Biblia a esos idiomas, abandonar comodidades, sostener una congregación sin remuneración o afrontar persecuciones porque está convencida de que obedece a Cristo. La experiencia religiosa tiene un poder movilizador que una explicación exclusivamente económica o geopolítica difícilmente puede recoger en su totalidad.

Doy un paso más. El evangelicalismo latinoamericano tuvo la suficiente inteligencia histórica para responder a los cambios sociales. Bien lo describe Andrew Chesnut en Masci (2014), cuando dice que el pentecostalismo consiguió “latinoamericanizarse” ya que sus líderes se parecían cultural y socialmente a sus congregaciones, y su énfasis en sanidad, transformación personal y comunidad respondía a necesidades concretas. Y citando a Chesnut de nuevo: el fenómeno terminó independizándose de Estados Unidos. Por ejemplo, las Asambleas de Dios brasileñas llegaron a ser varias veces mayores que las estadounidenses y hoy mismo el flujo misionero incluso empezó a invertirse. Nosotros en Latinoamérica ya vemos a Estados Unidos como campo de misión. 


5. La fe, la política y la libertad del creyente

Volvamos a Flávio Bolsonaro, con todo lo anterior en mente. Las preferencias políticas pueden formarse dentro de comunidades religiosas evangélicas sin necesidad de instrucciones explícitas de voto. Al mismo tiempo, existe diversidad doctrinal, social, regional y política entre los evangélicos.

Dado esto, no podemos tapar el sol con un dedo. Por lo tanto, debemos reconocer las alianzas entre líderes religiosos y políticos, así como también debemos tener en cuenta los riesgos de instrumentalización de la fe. A su vez es necesario no reducir a los creyentes a una masa manipulada, cosa que siento hacen muchos analistas y también influencers de política. Por favor no olvidemos que la influencia de una cosmovisión religiosa no es idéntica a la manipulación de una autoridad religiosa.

Puede ser que un pastor no diga directamente “Vota a Bolsonaro”, pero los creyentes evangélicos tienen un pensamiento sobre la familia, el aborto, la sexualidad, la autoridad, la delincuencia, el mérito, la asistencia social, la libertad religiosa, el comunismo, Israel, Trump, la derecha norteamericana, y tantas cosas. Flávio Bolsonaro, por supuesto no crea esas preferencias, pero sí logra representar de alguna manera un universo moral que ya estaba presente. Este marco ético evangélico, centrado en la defensa de la familia tradicional, la ética del esfuerzo personal, el orden y una visión trascendente del bien y el mal, se ha intersectado orgánicamente con el conservadurismo político actual. Para muchos evangélicos, la derecha política ha sabido articular un discurso que empatiza con estas preocupaciones cotidianas, mientras que perciben en ciertos discursos progresistas o de izquierda una hostilidad directa hacia sus valores más sagrados. No es que el evangélico vote por la derecha porque el pastor se lo ordene, es que encuentra en ella un vehículo político que parece proteger su cosmovisión. ¿De dónde viene esa cosmovisión política? Volveré con esto al final.

Desde aquí debemos abordar ciertos datos. Por ejemplo, según Ferreira y Fuks (2021), ser evangélico sí aumentaba significativamente la probabilidad de votar por Jair Bolsonaro, y la frecuencia de asistencia a cultos explicaba aproximadamente 16% de ese efecto. Folha de S.Paulo (2026) cita un estudio de More in Common Brasil y el grupo Passagens (UFRJ), que analizó 7.456 cultos y misas celebrados antes de la primera vuelta. Es un estudio con limitantes: cultos transmitidos por YouTube, muestra de solo dos domingos (20 y 27 de septiembre 2026). Con una definición amplia (cualquier práctica que promoviera o atacara una candidatura, sea directa o indirectamente), encontró propaganda electoral en 0.7 % de las misas católicas, 1.4 % de los cultos bautistas y 8.3 % de los cultos de las Asambleas de Dios, un 3.2% del total. No incluyó a la Iglesia Universal ni a los neopentecostales. Nótese que las Asambleas lo hicieron doce veces más que los católicos. 

Esto no significa que la influencia política evangélica no exista, sino que ha mutado hacia canales más horizontales e informales. La verdadera politización hoy ocurre a través de grupos de WhatsApp de la congregación, redes sociales, memes, tik-toks y líderes mediáticos que no necesariamente son pastores locales. En estos espacios cotidianos es donde se filtra la información política, se construyen narrativas de resistencia frente a amenazas percibidas contra la fe, y se consolida la identidad política del creyente, todo ello al margen de la liturgia formal de los domingos. Por ello sería absurdo negar la existencia de la afinidad: Almeida (2019) dice que ya Datafolha en 2018 estimó que Jair Bolsonaro tuvo cerca de 69% del voto evangélico frente a 31% para Haddad. Una ventaja gigantesca.


6. Tomarse en serio la religión

Vuelvo a las dos tesis del inicio. La de la CIA confunde convergencia con causa porque aunque es verdad que sí, hubo dinero, misioneros anticomunistas e intereses de Washington, el pentecostalismo latinoamericano nació antes de la Guerra Fría y las iglesias que más crecieron fueron las autóctonas, no las que recibían financiamiento del norte. La tesis del púlpito confunde afinidad con obediencia. Los evangélicos brasileños se inclinan con claridad hacia la derecha, pero no necesariamente es porque su pastor se lo ordene desde el altar. En ambos casos se trata al creyente como objeto de fuerzas ajenas y no como sujeto que cree, interpreta y decide. No es necesario compartir una fe para reconocer su peso histórico, sino que basta con no negar de antemano el poder causal que tiene la fe.

Reconocer agencia no equivale a absolver. Que el creyente elija libremente no significa que su elección no haya sido formada por alguien. La conversión puede ser obra del Espíritu Santo y de una decisión personal, pero la opinión de un evangélico de São Paulo o de Lima sobre Trump, Israel o el comunismo, tiene una genealogía que sí pasa por Estados Unidos. Existen editoriales, predicadores mediáticos y redes. Por eso, en este artículo les pido a los analistas de este fenómeno que se tomen en serio la religión. A mis hermanos les recuerdo que tomarse en serio nuestra fe significa no permitir que nadie, de izquierda o de derecha, la convierta en instrumento de un proyecto político. La influencia de una cosmovisión no es manipulación, pero una cosmovisión que no examina de dónde vienen sus lealtades políticas sí puede llegar a serlo.

La Gran Comisión no es exclusivamente un mandato de convertir personas, sino en especial es un mandato para hacer discípulos, bautizándolos y enseñándoles a guardar lo que él había mandado, que se resume en la transmisión de una forma de vida. No solo se anuncia una creencia. Se invita a una comunidad, a unas prácticas, a una ética, a una manera de comprender el mundo. Y los conversos reproducen rápidamente esas mismas prácticas. De ahí que la expansión evangélica no sea simplemente el crecimiento numérico de las iglesias, los porcentajes del total de la población que ahora somos y que nos tiene atentos a los censos. En especial involucra la creación de comunidades y la transformación de relaciones personales, familiares y sociales.

Repito mi pregunta: ¿Por qué algunos analistas están dispuestos a reconocer que las ideas políticas transforman la historia, pero se resisten a reconocer esa misma capacidad en las ideas religiosas? Millones de latinoamericanos no se hicieron evangélicos porque alguien los fabricara, sino porque creyeron y, habiendo creído, no pudieron callar. Es algo extraordinario. Pablo lo dijo mejor que cualquier sociólogo o socióloga: 


“...me es impuesta necesidad; y ¡ay de mí si no anunciare el evangelio!” (1 Cor. 9:16)


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Notas sobre el proceso

Este artículo fue revisado con la ayuda de Claude (Anthropic) y ChatGPT (OpenAI), modelos de inteligencia artificial, que actuaron como lectores críticos a lo largo de varias versiones del presente documento. Señalaron debilidades lógicas, verificaron algunos datos y propusieron redacciones para ciertos pasajes. La tesis, la estructura general, la perspectiva teológica, las decisiones sobre qué aceptar y qué descartar, y las ediciones finales son responsabilidad mía.


Referencias

Almeida, R. de. (2019). Bolsonaro presidente: Conservadorismo, evangelismo e a crise brasileira. Novos Estudos CEBRAP, 38(1), 185–213. https://doi.org/10.25091/S01013300201900010010

Chesnut, R. A. (2003). Competitive spirits: Latin America's new religious economy. Oxford University Press. https://doi.org/10.1093/oso/9780195161847.001.0001

Ferreira, M. G. M., & Fuks, M. (2021). O hábito de frequentar cultos como mecanismo de mobilização eleitoral: O voto evangélico em Bolsonaro em 2018. Revista Brasileira de Ciência Política, (34), Artículo e238866. https://doi.org/10.1590/0103-3352.2021.34.238866

Frei Betto. (2025, 13 de abril). Documentos de Santa Fé e o perfil religioso da América Latina. https://www.freibetto.org/documentos-de-santa-fe-e-o-perfil-religioso-da-america-latina/

Juan Pablo II (1992, 12 de octubre). Discurso Inaugural de la IV Conferencia General del Episcopado Latinoamericano. https://www.vatican.va/content/john-paul-ii/es/speeches/1992/october/documents/hf_jp-ii_spe_19921012_iv-conferencia-latinoamerica.html

Kissinger, H. (1969, 22 de julio). Memorandum from the President's Assistant for National Security Affairs (Kissinger) to President Nixon [Memorándum]. En Foreign Relations of the United States, 1969–1976, Volume E–10, Documents on American Republics, 1969–1972 (Documento 8). Office of the Historian, U.S. Department of State. https://history.state.gov/historicaldocuments/frus1969-76ve10/d8

Lula tem 50% entre católicos, e Flávio 52% entre evangélicos, diz Datafolha. (2026, 2 de octubre). Correio Braziliense. https://www.correiobraziliense.com.br/politica/2026/10/7513140-lula-tem-50-entre-catolicos-e-flavio-52-entre-evangelicos-diz-datafolha.html

Masci, D. (2014, 14 de noviembre). Why has Pentecostalism grown so dramatically in Latin America? Pew Research Center. https://www.pewresearch.org/short-reads/2014/11/14/why-has-pentecostalism-grown-so-dramatically-in-latin-america/

Pesquisa refuta 'voto de cajado' nas igrejas: Propaganda eleitoral apareceu em 3%. (2026, 10 de octubre). Folha de S.Paulo. https://www1.folha.uol.com.br/poder/2026/10/pesquisa-refuta-voto-de-cajado-nas-igrejas-propaganda-eleitoral-apareceu-em-3.shtml

Pew Research Center. (2014, 13 de noviembre). Religion in Latin America: Widespread change in a historically Catholic region. https://www.pewresearch.org/religion/2014/11/13/religion-in-latin-america/

Rockefeller, N. A. (1969). Informe de Nelson Rockefeller sobre América Latina. Repositorio Digital de la Universidad Adolfo Ibáñez. https://repositorio.uai.cl/handle/20.500.12858/113

Stoll, D. (1993). ¿América Latina se vuelve protestante? Las políticas del crecimiento evangélico. Ediciones Abya-Yala. (Obra original publicada en inglés en 1990)


viernes, 31 de diciembre de 2010

Equilibrio de poderes

La democracia que se vive de manera imperfecta en muchos países del mundo se sustenta, entre otras cosas, en el equilibrio de poderes que se fiscalizan los unos a los otros. Por ejemplo, en los congresos las fuerzas políticas negocian acuerdos y, mal que bien, se controlan las unas a las otras, aunque tristemente el espíritu de cuerpo suele proteger a legisladores faltosos que nos regalan actos impropios que son sancionados laxamente. También podemos mencionar a las instituciones de control y supervisión del aparato del Estado: Contralorías, Defensorías del Pueblo, Poder Judicial, Tribunales Constitucionales, Superintendencias, Organismos Supervisores, Oficinas de Defensa de Consumidor, etcétera. Además de todo eso, tenemos a la prensa, que con todas sus tremendas deficiencias ha servido para el destape de un sinfín de abusos y delitos no vistos por los entes oficiales. Todos estos organismos han sido hecho para el control; en palabras cristianas, todos somos pecadores, somos un poco buenos pero también un poco malos, somos propensos a caer, al despotismo, a la prepotencia, a vernos afectados por la radiación del poder que nos contamina. Por lo tanto, necesitamos que nos fiscalicen, que mi incentivo a abusar sea dominado.

Los tiranos saben esto muy bien. En el Perú, la dictadura fujimontesinista pretendió tener todo el poder para gobernar por muchos años. Por ello, su esfuerzo descarado en copar todas las instancias de control o pretender desaparecerlas (caso Tribunal Constitucional). Ese afán hizo que parte de la prensa fuera comprada con la desfachatez más abierta del mundo. Algunos directores de medios están hoy presos, pero su carroña la sufrieron los opositores al régimen podrido de Fujimori. Recuerdo particularmente el caso de Alberto Andrade, ex–alcalde de Lima, al que acusaban de las cosas más inverosímiles. Hoy la hija de Fujimori, candidata presidencial, pide limpieza en las elecciones, la que su padre no tuvo con sus contendores. Paradojas de la vida.

La sanidad es siempre el equilibrio de poderes, tener disponible un lugar en dónde reportar abusos, dónde pueda defenderme, sin importar el tamaño del poder al cual me enfrente. Las dictaduras cancelan esto, te limitan, quieren dejarte a merced de su propia voluntad. Si pudieran, no te dejarían siquiera pensar, como sucede en Corea del Norte -caso extremo- o, con algo menos de fuerza, en Cuba y China. ¿Cómo debe ser la iglesia? Un consenso generalizado trata de definir a la iglesia como un híbrido llamado “teocracia”, donde se dice que es el lugar donde Dios tiene el control. Esto no define nada. ¿Cómo Dios manifiesta ese control? ¿Cómo realmente la iglesia expresa que está siguiendo los mandatos de Dios? No es una respuesta fácil en lo particular, pero quizá sí en lo general: debe ser el lugar en donde los grandes principios directrices de Dios manifestados en el texto que los contiene, la Biblia, se apliquen. Aplicado a lo que estoy escribiendo en este texto, puedo decir que la iglesia debe ser el lugar en donde aprendamos la libertad en su máxima expresión, donde la vivamos, la gocemos en plenitud. Por lo tanto, para que esa libertad pueda ser manifestada, entonces la iglesia debe ser un lugar en donde el equilibrio de poderes se fomente.

Pero mecanismos que permitan este equilibrio son poco comunes en la iglesia evangélica, y el mecanismo de control que se invoca es fácilmente manipulable. Pensemos en lo siguiente:

(1) Un pastor, el usual líder de una iglesia local.

(2) Un consejo de ancianos que representa a la congregación, designado por el pastor. En cierta manera, es su personal de confianza que responderá ante él y lo “blindará”.

(3) El mecanismo de control está basado en el Nuevo Testamento: "Si tu hermano peca contra ti, ve y repréndele estando tú y él solos; si te oyere, has ganado a tu hermano. Mas si no te oyere, toma aún contigo a uno o dos, para que en boca de dos o tres testigos conste toda palabra. Si no los oyere a ellos, dilo a la iglesia; y si no oyere a la iglesia, tenle por gentil y publicano" (Mateo 18.15-17). Para efectos del ejemplo, esos “dos o tres” se aplica al consejo de ancianos.

Supongamos la aparición de rasgos autoritarios en el pastor: intentos de entrometerse en la vida privada de la gente, de decidir por la gente, exigencias excesivas de diezmos y ofrendas a la congregación, evidentes signos exteriores de riqueza. Yo observo esto, creo que es un problema y busco repararlo. Entonces, invocaré al mecanismo de control ¿Qué sucederá?

(1) Confrontaré al pastor a solas. El pastor, por supuesto, negará todo, me hará sentir mal, me dirá que cómo puede ser posible que acuse injustamente al ungido por Dios, a su elegido.

(2) Ante su negación, opto por ir con otra(s) persona(s). Aquí el pastor puede fingir ser condescendiente, escucharme, y finalmente dirá que recibe mi sugerencia en el amor del Señor, pensará en ella y la pondrá en oración.

(3) Pasará el tiempo y no se observan cambios. Siguiendo el esquema del mecanismo de control (que además es bíblico), iré ante el consejo de ancianos (la instancia superior). Pero hay un problema: ellos son un cargo de confianza del pastor. Rechazarán tu asunto porque es muy probable que hayan sido predispuestos en contra tuyo.

(4) A pesar del rechazo, trato de ir a la iglesia. El pastor ya se ha encargado de sugerir a la gente de mi insumisión, de mi falta de compromiso, de mi pecado por no someterte al ungido de Dios. La iglesia, tan propensa a la sumisión y la manipulación, quizá hasta adicta al pastor, me rechazará. En este punto ya estoy estigmatizado. Estoy asumiendo que me permitirán tener una tribuna desde el púlpito, cosa muy difícil.

(5) Al final, todo seguirá igual. El mecanismo “bíblico” no funciona porque ha sido distorsionado. Formalmente no existen otras instancias. No hay manera de denunciar injusticias pastorales. La atomización evangélica hace esta situación más compleja.

Lo que ha sucedido es el copamiento del poder a nivel de las iglesias locales o, en ocasiones, hasta en denominaciones enteras. Como las dictaduras, el pastorado controla todo, y es muy difícil ir en contra de ese poder. ¿Puede ser esto una expresión de Dios? ¿Puede venir de él? Definitivamente no. Yo soy mucho más radical respecto a lo que se debe hacer, pero creo que en este estadio lo fundamental es encontrar mecanismos de equilibrio que limite a las dos expresiones eclesiales. El clero debe ser un poder; el laicado debe ser un poder. El laicado debe encontrar mecanismos de representación claros que le permita manifestar su opinión por sí mismo (el clero ya los tiene). Si no, se le regala incentivos perversos al clero que no tardará en cometer abusos, a veces sutiles, a veces descarados. Pecadores somos todos, hasta el más espiritual, más aún si se nos pone una tentación al frente tan fuerte como la que tuvo Cristo cuando subió al monte alto y vio todos los reinos de la tierra (Mt 4:8-10).

domingo, 28 de noviembre de 2010

La ilusión de la pureza

Que estamos en el mundo pero que no somos del mundo es un adagio, plenamente bíblico, que nos enseñan en las iglesias en las primeras clases de verdades fundamentales del cristianismo. Es evidente ―a mis ojos de seguidor de Cristo a-eclesial― que la interpretación del texto en cuestión no es literal, sino que es más relacionada a la desvinculación del sistema de pecado que impera, a nuestra nueva ciudadanía, a nuestra transformación de creaturas de Dios a hijos de Dios. Pero lo que ha sucedido, para variar, es una tremenda malinterpretación del texto que ha llevado a las iglesias latinoamericanas a padecer de un mal cuya patología provoca profundas ganas de aislamiento, complejos de superioridad, instauración de microculturas y tufillos santificadores: el mundo es malo; lo que produce el mundo es malo; yo no soy del mundo; no debo vincularme con el mundo ni con las cosas que produce porque quiero ser puro, no pecador como los del mundo; lo mejor es estar lo más aislados posibles, viviendo en nuestras cuatro paredes; así seré un cristiano feliz, listo para cuando me llamen al cielo, donde mi mansión me espera.

Entonces, me haré más puro si me aíslo del malévolo mundo, creando mis códigos de lenguaje, usando vestimentas particulares o viviendo en rutinas absorbentes que me ayuden a ocupar mi tiempo. Por ello, es frecuente que los evangélicos no tengan amigos de verdad en el mundo; o, si los tienen, sean contados, ninguno profundo por temor a la contaminación: se nos invita a las amistades con hermanos de la iglesia, se nos instruye diciendo que esas amistades son superiores. Ya ni hablemos del tema del yugo desigual (estar de novios o casarse con alguien del mundo), otra tremenda malinterpretación de la que seguro escribiré un día de estos. Como acabo de decir, percibo una patología generalizada, de contumaz resistencia a intentos de medicación.

Las tendencias monacales evangélicas tienen distintos matices, aunque son inconsistentes en todos los casos. Es decir, si digo que el mundo es ontológicamente malo y no deseo contacto con él, pues lo que debo hacer, realmente, es seguir el ejemplo de los monjes orientales en un estricto anacoretismo, viviendo sobre un árbol o sobre una columna. Pero hacer esto es un ingente absurdo. Si me ubico más al centro, decidiendo filtrar, escogiendo qué tomo y qué rechazo más allá de los principios y valores que perentoriamente necesitamos discernir, entramos en el más puro dominio de la especulación. Esta extensión de las maldades del mundo más allá de los límites ético-morales no ha hecho más que traer un caos total. Por ejemplo, a cuenta de agradar a Dios rechazaré la moda del mundo y me vestiré de estricto saco y corbata (una moda que también es del mundo) o con largos vestidos hasta los tobillos, pero a cuenta de hacer la obra que Dios me ha encomendado elijo evangelizar al mundo con todos los medios que la tecnología me permite: Twitter, Facebook, radio por internet, canales de TV, spam, y un larguísimo etcétera. ¿Cómo sustentar los filtros parciales que rechazan moda y aceptan los últimos avances en tecnología de la información? No hay manera.

A mi entender, es absurdo pensar que redactar un blog o escribir libros digitales es anticristiano porque la tecnología vino del mundo. Por aquí anda el error de los amish, que deciden no mezclarse al rechazar la tecnología: siendo puristas, deberían vivir como los cromagnon o los no contactados de la amazonia y no con los avances del siglo XIX que serían igual de pervertidos que los del siglo XXI. La tecnología va más allá de pantallas planas e I-phones: también son procedimientos, pensamientos e ideas nuevas. Nos es claro que un Nintendo Wii y un auto híbrido es tecnología, pero también lo es, a su manera, los modelos de medición del riesgo de mercado, las leyes ambientales, el coaching, el mentoring y la gran gama desarrollada en la teoría de las organizaciones. Debería, entonces, ser indiferente usar electricidad, implantar un esquema de iglesia online, o desarrollar en una iglesia un modelo bajo las últimas teorías desarrolladas por los gurúes en Recursos Humanos (claro está, sin olvidar en foco en los principios bíblicos). Es una quimera la pureza que digo tener si evito usar las “teorías de ese pecador que hasta divorciado es”, o la página web de aquel ateo que enseña técnicas para la crianza de hijos hiperactivos. Atar de esa manera la técnica y la persona es un error.

A pesar de lo que podemos pensar, estos desarrollos se hacen desde una parte de la naturaleza humana que compartimos con Dios por ser su imagen: la capacidad de crear. Lo simpático del asunto es que no hay restricción a su uso en la iglesia salvo evidentes conflictos morales como los que, quizá, podrían existir en los avances actuales de la biología. Por ello la iglesia cambia, se mueve con los tiempos, abandona preceptos viejos, reflexiona y establece adagios nuevos, que seguramente serán reemplazados por la generación siguiente, como debe ser. Este proceso de cambio no lo provoca el mundo, sino que es un aspecto natural de la humanidad, que seguramente existiría si Adán y Eva no se hubiesen comido la manzana. Resistir este proceso no me hace más puro ni merecedor de la aureola del apóstol Pedro. Defender el dogma implantado por nuestros abuelos es verdaderamente ir contra la corriente, es ser antinatural. Por ello, adelante con la iglesia online, las nuevas teologías, las renovadas liturgias, las nuevas organizaciones eclesiales. Eso no es el mundo entrando en la iglesia, es ser cristianos siendo humanos de verdad: creadores, no estáticos, llenos de la vida que Dios nos regala.

sábado, 9 de enero de 2010

Integralidad




Les presento la séptima edición de la revista digital Integralidad, que trabajamos desde el Centro de Misiología Andino-Amazónica (CEMAA) en Lima (Perú). Sus comentarios serán bienvenidos. Para acceder a ella sólo tienen que hacerle click a la imagen de arriba.

miércoles, 6 de enero de 2010

Hijos de la insurgencia

Latinoamérica es amante de los esquemas controladores y dictatoriales. Nos gusta la mano dura y que las botas llenas de barro nos tengan bien pisoteados, mientras hacemos mil ejercicios de sobrevivencia con salarios subsaharianos. Para afuera deseamos libertad pero en el fondo, al lado del corazón, añoramos a los Chávez, Velascos, Fujimoris, Pinochets y Ortegas. Por ello los cristianismos que privilegian el control han prosperado tanto en nuestros países. El pentecostalismo, lleno de pastores estrictos y sometimientos inverosímiles que la gente acepta de buena gana, es un perfecto ejemplo, casi ideal a pesar de la horizontalidad que trajo la democratización del carisma. Su crecimiento sigue dándose porque calza con el alma latinoamericana, tan carente de figura paterna y abundante en dioses débiles y serviles.

Todo esquema de control siempre se va implantando por etapas, suave al inicio, pero que al final sataniza con voracidad a los críticos, mientras alaba las estructuras que se definen como tierra santa, como el santuario incólume que debe mantenerse por-los-siglos-de-los-siglos-amén. Los líderes mismos, los llamados, tienen caracterizaciones especiales, cada vez más altas y cercanas a las nubes. Los apóstoles de hoy son un claro ejemplo: intocables, casi todopoderosos, poseen un robusto apetito por controlar que se acompaña de una enorme hambre de sus congregaciones por ser controlados. Una sincronía perfecta en la que todos, aparentemente, están felices. Pero estar felices no necesariamente es sinónimo de que todo está bien.

Algunos de nosotros no vemos las cosas como si estuvieran al lado del cielo sino que, con cierto temor, consideramos que el riesgo que la iglesia asume hoy por su estilo de liderazgo es desmedido. Creemos que la verticalidad en las relaciones del clero evangélico y el laicado no hace bien a la gente, la estupidiza, no la permite desarrollarse, la convierte literalmente en un rebaño. Sin embargo, entendemos que la superación de esto puede tomar algunos años más. ¿Muchos? No lo creo. La tecnología y la facilidad de la interacción de las personas de hoy puede empujar con mucha rapidez a los cambios, a pesar de la pobreza y la enclenque educación que recibimos.

Mientras las cosas van cambiando, sin embargo, algunos tratan de apurar el proceso, en abierta oposición al establishment. Por supuesto que el liderazgo reacciona y ve a los opositores casi como embajadores del mismo Satanás. Han protegido las estructuras generando marcos de “pensamiento” bastante estrictos, en donde los disidentes son poco espirituales y deben ser alejados y sus palabras no escuchadas. No quiero ni imaginarme si aún estuvieran vigentes los métodos de la inquisición católica romana.

La rebeldía y la insurgencia son, entonces, malas palabras, antivalores dignos de los no creyentes, de los ateos que no quieren saber nada con Dios. Lo paradójico del asunto es que si estas actitudes no hubieran existido en la historia de la iglesia, probablemente aún se cobraría dinero por las indulgencias. Sin rebeldía e insurgencia, Lutero jamás habría publicado sus 95 tesis, Savonarola se hubiera quedado tranquilo en su monasterio dominico, silencioso ante la degeneración de los Borgia, y Calvino nunca hubiera configurado su teología. Y no existiríamos. O seríamos los católicos que muchos no toleran, o los sectarios que otros desprecian u alguna otra cosa que solo imaginarla provoca escalofríos. Sin rebelión ni enfrentamiento contra la institucionalidad religiosa, no existiría la iglesia evangélica. Somos, pues, hijos de la insurgencia, y querrámoslo o no, debe ser algo que debe marcar nuestro constante caminar. Nuestro andar en pos de ser los mejores cristianos que nos sea posible. Insurgencia no debe ser una mala palabra.


Imagen: http://www.manueltalens.com/imagenes/angel.jpg

jueves, 3 de septiembre de 2009

La revolución sin quórum

Las revoluciones exitosas en la historia siempre poseyeron un causal que ha motivado a los involucrados a empujar sus causas a la victoria final. Sin esclavitud en Egipto el Éxodo pierde su razón de ser. Sin degeneración religiosa no habría existido reforma protestante. Sin las terribles iniquidades de las revoluciones industriales no habría sucedido jamás la revolución bolchevique que clamaba por comida y libertad. Sin gente que sienta que hay injusticia por la que valga la pena levantarse, todo seguirá sin cambios. Quizá aún seríamos cazadores y recolectores.

La dicotomía opresor-oprimido tiene sentido para analizar las revoluciones. En ese contexto, un mecanismo para la perpetuación de la situación es manipular al oprimido de tal manera que considere que todo está bien, que no hay nada que cambiar o que la fuerza que lo exprime es demasiado grande para poder ser combatida. Con pan y circo los romanos olvidaban el día a día. Marx decía que la religión era el calmante principal que atontaba a los pueblos. Muchos pueblos antiguos optaban por el desarraigo, como los babilonios o los incas. Los nazis acallaban a todos a fuerza de tanques, SS y stukas.

En entornos más pequeños, con mucha frecuencia el oprimido no es conciente de su situación. A veces parece como si un masivo síndrome de Estocolmo poseyera a todos los que viven bajo el yugo, escuchando inverosímiles defensas de la situación degenerada. Esto se percibe en especial en los ambientes religiosos en donde se desarrollan comportamientos sectarios; literalmente la frase “lavado de cerebro” cobra aquí gran relevancia. ¿Cómo explicar que padres en su sano juicio permitan que su hija de 13 años se acueste con el líder de la secta y que consideren esto como un gran honor? ¿Cómo entender los miles de soles que los seguidores de “Pare de sufrir” entregan semana a semana a cambio de utensilios carentes de valor, como agua del río Jordán venida directamente del caño del lavadero de la cocina del local de la secta? ¿Cómo comprender a gente pensante que esté dispuesta al suicidio comunitario porque alguien recibió un mandato de quien sabe dónde? Y no pensemos que esto es exclusivo del ambiente religioso. Pensemos en Hitler y su obra en el país cuna de la Reforma, Kant, Hegel, Nietzsche y los avances teológicos más importantes.

Con frecuencia, es más difícil categorizar a la gente en la dicotomía opresor-oprimido. En especial, cuando encontramos matices opresores, junto con desenvolvimientos “estándares-normales” de las relaciones personales. ¿Encontramos aquí las manipulaciones amorosas? ¿La educación mecánica que no fomenta el pensamiento crítico ni la construcción de nuevos paradigmas, que promueve el que otros piensen por nosotros? ¿Los deseos autoritarios de los líderes políticos, sociales y religiosos? Lo peor en esta situación es que el “oprimido” no quiere ver la situación; se siente cómodo como está. Piensa que todo le hace bien, que eso es la panacea, la solución a todos sus conflictos emocionales y hasta espirituales.

Pensemos en la moda de los esquemas dictatoriales en América Latina (Chávez, Morales, Ortega, Correa, y Uribe también). Todos son altamente populares. Pensemos en el enamorado que acepta vez tras vez los desplantes de la amada. Ella hace lo que quiere con él, pero a él no le interesa, hasta se puede decir que es feliz. Pensemos en los muchos pastores con reminiscencias autoritarias (abundantísimos por aquí), con una congregación radiante con él, absolutamente dependiente de sus mandatos y directivas. En este escenario, no hay revolución posible. Los chavistas nos agarrarán a balazos, el enamorado seguirá su camino ofendido con nosotros, los feligreses nos acusarán de fríos, liberales, poco espirituales, herejes, ateos, peligrosos o mundanos. Como dije antes, sin gente que sienta que hay injusticia por la que valga la pena levantarse, todo seguirá igual.

La cuestión es qué hacer si no hay revolución posible por falta de quórum. Una alternativa es la estrategia de la gota en la roca: una tras otra, con los años hará un agujero, esto es, con décadas de sutilezas la gente se dará cuenta de los problemas. Otra alternativa es la del kamikaze: se lanza contra el palacio presidencial o el púlpito para llamar la atención del público de una manera directa y contundente. Otra es la nihilista: vivir los placeres de la vida y que los demás se autodestruyan si quieren, total, cada uno es libre y el que le gusta estar oprimido sin que se de cuenta pues es su problema. Otra es la del camarón dormido: dejarse llevar por la corriente y no hacer nada de nada. También está la del puritano británico: cruzar el mar para construir todo desde cero, sin que nos quieran matar en el intento. También está la alternativa Matrix: ir liberando uno por uno, a quien escuche el mensaje o al que sospecha que algo está raro: le acabamos haciendo escoger entre la pastilla roja o azul.

En realidad, las revoluciones entran en el horizonte del depende. La Biblia habla de vocación profética que denuncia la injusticia y la infidelidad pagana contra Dios, y vemos al mismo tiempo a un Cristo que cara a cara se enfrenta a la religiosidad manipuladora de su época, lo que lo llevó a la muerte en la cruz. Pero Esdras reconstruye el judaísmo casi desde cero, y Pablo arma las bases teológicas de la nueva fe basada en el sacrificio de Jesucristo partiendo del Antiguo Testamento, pero generando algo completamente novedoso. Josías transforma el culto desde dentro; Elías combate a los sacerdotes de Baal desde fuera. Parece ser algo ecléctica la respuesta, totalmente dependiente del llamado personal de cada uno. Unos somos Juanes Bautistas, otros Pablos, otros seremos Pedros y quizá algunos sean llamados a liderar a los macabeos. A lo que no nos llaman es a no hacer nada. Eso si no cabe en las opciones.




viernes, 31 de julio de 2009

Esas cosas que uno a veces no entiende (XI)

Juan Rebelde escucha, en los anuncios que siempre dicen luego de la prédica, que hay una reunión al final del culto con todos los líderes de la iglesia. Insisten que el tema es sumamente importante. La cara de Jorge Iscariote, encargado de las finanzas de la iglesia, es de seriedad. “¿Será por el tema del diezmo, otra vez?” se preguntó Juan. “Si es por eso, pucha, me caerá entonces mi café por ser un líder que no diezma”. Juan piensa que lo toleran solo porque aún es necesario por la escasez de líderes.

Pepe Caifás (pastor asistente): Hermanos, los hemos reunido aquí por un tema muy importante. Quizá algunos saben que hace unos días, el Reverendo Anás (pastor titular de la iglesia), recibió una invitación para predicar en una iglesia de la denominación por su aniversario, y mientras se encontraba allí le robaron su carro. Hemos orado para que Dios castigue a los malhechores que han hecho esa monstruosidad contra un siervo amadísimo por Dios. Sin saberlo, esos individuos han acumulado sobre sus hombros un castigo feroz por parte del Dios de los cielos y de la tierra. Lamentablemente el mal está hecho y, por eso, el tesorero Jorge Iscariote tiene una propuesta que hacerles.

Sube el tesorero. La gente, muda, nerviosa, no dice ni una palabra.

Jorge Iscariote: Hermanos, como ya escucharon, el reverendo Anás no tiene carro por el robo sufrido mientras predicaba la palabra de Dios. Por ello, surge la necesidad imperiosa de que un siervo de Dios como él tenga la reposición del vehículo. No es digno de él que se tenga que movilizar en taxis o en el transporte público. Creemos también que a pesar de los pocos ingresos de la iglesia por el poco compromiso que hay (los magros diezmos) debemos responder a esta oposición del demonio con la mayor dedicación, expresando la fe de la mejor manera.

Juan Rebelde (susurrando a su amigo de al lado): Esto no me gusta nada…

Jorge Iscariote: Por lo tanto, creemos que la expresión de la fe es reemplazar el carro del pastor robado, un auto coreano del año 1995, por una SUV del año, preferentemente de fabricación europea. Así le responderemos al diablo, dejándolo en ridículo y proclamando la victoria del Señor mediante la manifestación tangible de la dignidad de sus hijos.

Juan Rebelde (susurrando otra vez a su amigo de al lado): Se viene la estocada, acuérdate de mí…

Jorge Iscariote: Para que esta expresión de victoria se concrete, necesitamos de la ayuda de todos ustedes. Se requiere una cuota extraordinaria, independiente del diezmo, de doscientos dólares por familia con hijos, cien dólares por persona sola con salario independiente, veinte dólares por persona que recibe una pensión de jubilación y lo mismo por jóvenes mayores de 18 años. ¡Hermanos! ¡Este ataque espiritual contra el reverendo Anás debe ser respondido! ¡Ataquemos con las armas de la fe! ¡Entre todos, compremos algo digno de la investidura del reverendo y Satanás no se atreverá a tocarlo nunca mas! Hermanos, llamaré al pastor Caifás para orar y luego recibiremos preguntas y sugerencias.

Tras la oración, la mano levantada de Juan Rebelde era la única que se distinguía entre todas las cabezas silenciosas

Juan Rebelde: Hermanos, antes de comentar, una pregunta previa: ¿el auto tenía seguro?

Reverendo Anás: Juan, tomar un seguro es una falta de confianza, es no creer en el cuidado de Dios. Jamás seremos acusados de falta de fe en el cuerpo pastoral de esta iglesia.

Juan Rebelde: Entiendo. Eso quiere decir que no hay ni un sol para recuperar del robo; y los pasivos al cuadrado de ese descuido los debemos tomar nosotros.

Reverendo Anás: No entiendo…

Juan Rebelde: Si hubieran tomado el seguro, se hubiera repuesto como la mitad del costo del carro. Allí se tendría algo. Pero bueno, aceptemos que no se tome el seguro. Lo que me parece absolutamente incomprensible es que en las condiciones de los diezmos de la iglesia pretendan hacer que los líderes paguen una 4x4 de 25,000 dólares, y más con el manipulador argumento ese de “derrotar al diablo” y “la dignidad del siervo de Dios”.

Jorge Iscariote: ¿Te opones a la compra? ¿Para ti nuestro reverendo debe andar por allí como un cualquiera? ¿No vez todas las bendiciones que Dios hace a través de él?

Juan Rebelde: Me opongo por principio a los privilegios. Si me roban el carro que seguro compraré en el futuro con mucho esfuerzo, y si cometo la irresponsabilidad de no tener seguro, pues debo asumir los costos totales. Y si quiero reponerlo con uno mucho más caro, pues debo tener los ahorros suficientes para ello o una línea bancaria aprobada. ¿Por qué no hace eso el pastor Anás? Que frescura. Me encantaría perder algo caro y que la iglesia lo pague. Así cualquiera. Los pastores en esta iglesia definitivamente tienen muy, muy, muy buenos privilegios.

Jorge Iscariote: Tu mezquindad es colosal. ¿Qué problema tienes? ¿No dice la Biblia que cuidemos a nuestros pastores?

Juan Rebelde: Claro, pero si pretenden comprar un auto –cosa que se puede discutir-, pues que sea usado. Todas las semanas nos repiten y nos repiten y nos tienen hartos con el asunto ese del diezmo: que no dan, que hay poco, que hay deudas, que no han pagado sueldos, que la luz, que el agua, que los teléfonos. Si es así, hay que ser prudentes y considerados, siendo conservadores. ¿Doscientos dólares por familia? Es un abuso, la verdad es que es un verdadero abuso. A propósito, ¿A nombre de quién está el carro?

Jorge Iscariote: En este caso, de quien lo usa. O sea, a nombre del Reverendo Anás.

Juan Rebelde: ¿Y no debería estar a nombre de la iglesia? ¿Porqué a nombre del pastor Anás si con los diezmos de la iglesia se compró el carro anterior?

Pastor Caifás: Estamos entre hermanos, y hay confianza total. Lo de la propiedad es algo irrelevante.

Juan Rebelde: No es irrelevante. Tampoco la pretensión de comprar un carro tan caro. Si es así, mañana querrán construir un templo para mil personas sin tener el dinero necesario para eso. Pasado querrán una radio, luego un canal de TV, esquilmando a los miembros, manipulando algunos textos bíblicos para justificar, hablando siempre que "la fe", "la fe" y "la fe". ¿Se podrán tolerar esas irresponsabilidades? Mejor cortar eso por lo sano desde ahora, y nos libraremos de cosas muy ingratas en el futuro. La sanidad financiera ante todo, hermanos.

miércoles, 29 de julio de 2009

El universo gris

Ver el mundo como una calamidad es una circunstancia que no requiere mucho esfuerzo en demostrar. Ver el mundo como un escenario de esperanza también es una circunstancia que puede ser contrastada sin movernos del computador desde donde ahora leemos este texto.

La calamidad se ve cuando un borracho atropella a una familia que espera en un paradero al bus que la llevará cerca de su casa y se da a la fuga; cuando leemos en los libros de historia la industria de la muerte a medidas industriales en los campos de concentración nazis y que hoy algunos se esfuerzan por negar; cuando los niños mueren de frío en las punas del sur peruano por incompetencia gubernamental provocadas por diferencias políticas. Calamidad se ve cuando los sistemas económicos no funcionan para todos; cuando la riqueza se acumula en pocas manos y cuando la impunidad campea: está preso en una prisión-tugurio el que robó una gallina por hambre pero el que traficó con armas y drogas ―o el que hizo del lobbismo un estilo de vida― vive la comodidad de una celda dorada. Donde posemos los ojos veremos la dureza del destrozo inmisericorde, el poco aprecio por la humanidad del prójimo, la desfachatez del poder del mal que se expone orgulloso por el mundo.

La esperanza también es posible contemplarse. Se ve cuando encontramos la historia de la madre que caminó cuatro días hasta la posta médica más cercana para salvar a su hijo enfermo, o la generosidad de los numerosos que dan de lo que no tienen al que necesita, o los muchos que han muerto por salvar a otros o han entregado sus vidas completas por causas altruistas. Aún pueden percibirse las actitudes totalmente desinteresadas, o el aprecio por la honestidad, o la incondicionalidad de la amistad. El amor que “todo lo puede y todo lo soporta” es una fuente inagotable de esperanza que trae un aire nuevo, lleno de consuelo para las almas que pueden sufrir tribulación. Es un tipo de redención.

La dualidad calamidad/esperanza se contempla en lo profundo de la realidad humana, en cada uno de los corazones de los cerca de siete mil millones de personas que inundan el planeta. Oscilamos entre el deseo del bien y la tentación del mal. Podemos ser los más santos del mundo mientras gozamos de la más plena experiencia religiosa, pero al mismo tiempo vivir el infierno en la tierra tras la botella un millón que entra en nuestra alcohólica garganta, o por el insulto inmisericorde dirigido a nuestro hijo o el comentario envidioso hecho con el fin de dañar a otra persona. Bien dice Sabato que “no podemos hablar del hombre como si fuera un ángel, y no debemos hacerlo. Pero tampoco como si fuera una bestia, porque el hombre es capaz de las peores atrocidades, pero también capaz de los más grandes y puros heroísmos”. La vida del no cristiano no es ni blanca ni negra sino que es gris, y la vida del cristiano también es gris –aunque a algunos les cause escozor admitilo-. No por nada Pablo decía que él quiere hacer el bien siempre, pero algo interno se lo impedía y terminaba haciendo el mal que quería evitar. Un mal que frecuentemente no es conciente y que no suele medir consecuencias. Más humanidad, imposible.

El universo gris gobernará todos nuestros pasos. Por ello, no debemos perder la realidad de la imperfección en nuestros esfuerzos por agradar a un Dios que nos pide santidad. Dios sabe que en esta vida nunca dejaremos de ser grises, y que ningún esfuerzo hará que eso cambie. Eso puede ser muy frustrante. Nos deja en carestía absoluta, en impotencia declarada, en pobreza extrema. ¿Pueden imaginarlo? Nuestros esfuerzos no alcanzarán jamás, pero aquí entra la maravilla de la gracia divina, de lo que pretendo hablar en un post futuro.

La palabra “pobres” es en el original griego ptocoi, que significa mendigar, o también mendigo. O sea, en traducción literal la popular bienaventuranza sería algo así como “felices los mendigos espirituales ya que a ellos pertenece el reino de Dios”. ¿Por qué mendigo espiritual? Creo que es porque ante Dios, el Absoluto, el Todopoderoso, estamos en una situación de carestía absoluta, nada podemos hacer para evitar ser grises teniendo en cuenta que Él nos pide ser blancos. En última instancia, espiritualmente no tenemos nada, fuera de Dios todo es razonamiento vano o sentimentalismo frágil, pero la verdadera espiritualidad está sólo en Dios. Y Dios, sabiendo eso, nos tiende la mano. Sabiendo nuestra condición, nos recomienda apuntar hacia la fuente de espiritualidad verdadera, su hijo Jesucristo, que se entregó por nosotros permitiendo que seamos aptos a pesar de nuestra grisitud.

Es interesante ver que la primera característica que Cristo enseña en las bienaventuranzas sobre lo que un seguidor suyo debe ser se enfoca en la espiritualidad, en darnos cuenta que nosotros no podemos generarla adecuadamente, que la fuente es y será siempre Dios, y que la actitud de mendicidad espiritual no la reemplaza jamás el activismo eclesial, el involucrarse en la mayor cantidad de ministerios posibles, llevar a cabo profundos estudios teológicos o ir hacha en mano derrumbando iglesias apolilladas. La mendicidad espiritual es una actitud que toca la más profunda fibra del orgullo humano, el cual debe desaparecer por completo: sólo debemos depender de Él, y nada más. Porque lo gris es nuestra realidad, fuera y dentro de la cristiandad, y nada se puede hacer por cambiarla.


Imagen
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miércoles, 15 de julio de 2009

Cansado

Estoy muy cansado.

- Cansado del sí pero no ("tu mensaje es válido pero no tienes derecho a hablar", "tu crítica tiene sentido pero no sirve porque no planteas soluciones", “tu espíritu es bueno pero tu carne te gana y no se ve la orientación del Espíritu”). ¿Siempre tenemos que dorar la píldora? ¿Acaso nada está bien?

- Cansado del sometimiento al receptor de los mensajes porque "atacamos a lo que ama, pobrecito. Debemos amar al hermano débil". ¿15 años en la iglesia, y lo siguen considerando débil?

- Cansado de mi nula inteligencia a la hora de transmitir lo que quiero decir. Se me olvida que a los peruanos no nos gusta el mensaje directo. Se me olvida el amor que deben transmitir mis palabras.

- Cansado de lobbys y políticas eclesiales, a todo nivel. De sínodos denominacionales, o de miembros que intercambian información entre ellos. Cansado de ser parte de esto.

- Cansado de no aprender a medir mis reacciones y ser algo más diplomático.

- Harto de ver cosas que el resto no ve. ¿Son cosas reales? ¿Son cosas gaseosas e irrelevantes? ¿El pastor en realidad no es autoritario? ¿La gente en realidad no es adicta a él? ¿No somos fundamentalistas? ¿Todo eso no es más que mi subjetividad?

- Harto de hacer algo por cambiar las cosas (algo, al menos levantar la voz de crítica) sin hacerme el loco, o el disimulado o el que trata de cambiar las cosas desde dentro de a pocos.

¿No era todo más fácil antes? ¿En los tiempos de ovejas sometidas? ¿No era mejor ser bien peruano y hacerme de la vista gorda? ¿No viviría más tranquilo de esa manera?

viernes, 15 de mayo de 2009

Viejas frustraciones

Hay una frase que escuche hace años a alguien en la universidad: “No existe el brasilero moderado, ni el argentino humilde, ni el peruano sincero”. Con eso de “o mais grande do mundo”, o el conocido orgullo argentino que ha trascendido fronteras, la hipocresía peruana resalta como una cualidad abyecta, más negativa, aunque siempre sospeché que más que sólo nuestra, es un defecto latinoamericano, heredado de nuestros vicios históricos que comenzaron con el grito de “¡Tierra!” la madrugada que Colón llegó a las Bahamas.

Al casarme con una mujer de diferente cultura, me di cuenta que Dios me había traído un espejo que permitía verme con claridad, sin la sutileza de las excusas de mi “medio ambiente”. Lo que varios escritores decían, al igual que amigos que venían de vivir en el extranjero, era totalmente cierto: somos la tierra de las dobles caras, de la doble moral, de la envidia y las palabras indirectas. Nunca decimos las cosas de frente, nunca encaramos, nos cuesta confrontar, y utilizamos otros mecanismos para expresar lo que pensamos. Procedimientos que están muy, muy lejos de “la verdad os hará libres”.

Es triste ―aunque natural, porque no somos seres aculturados― cuando esto se mete en la iglesia. Triste cuando un pastor aprovecha su sermón para dar el “café” de la semana, en lugar de hablar con la persona supuestamente en falta. Triste cuando utiliza la prédica o la clase de escuela dominical para dar el mensaje de corrección. Triste cuando uno percibe que el caso que él cuenta en la prédica es en verdad algo que le ha sucedido a alguien de la congregación.

Es triste cuando el pastor/apóstol/predicador/líder es tan cobarde que no tiene las agallas de decir lo que realmente piensa sobre la gente, sino que mediante pequeños mensajes desde el púlpito, utilizando la palabra de Dios como arma, o en devocionales totalmente manipulados ―donde se critica a sí mismo, asumiendo la falta que ve en el otro―, expresa su pensamiento real, que no es el del domingo de después del culto, con la sonrisa falsa al darte la mano y diciéndote un estereotipado “Dios te bendiga”. Que asqueroso uso de la Palabra, cuando se proclama como el llamado por Dios, como el santo o la voz autorizada, pero utiliza la Biblia para argumentar a favor de su carne y sus oscuros deseos. Y cuando alguien lo confronta… pues evade, se hace el loco, con él no es, dice que estamos pecando porque no nos sometemos al ungido; como decía, la cobardía sale a flote.

Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia, por si acaso.

miércoles, 10 de diciembre de 2008

Que un día sea realidad...


... en todas nuestras iglesias cristianas.


Cartel tomado de www.ateneoteologico.org

miércoles, 22 de octubre de 2008

Iglesias informales

La informalidad es una característica importante dentro del mundo latinoamericano e inclusive del total del mundo subdesarrollado. Millones de pequeños negocios florecen en todos nuestros países empleando a la gran masa trabajadora que de esa manera mantiene a la economía a flote, generando flujos difíciles de medir para las estadísticas oficiales que no tienen otra alternativa que estimar las cifras de esta economía a la que se adjetiva con frecuencia como subterránea o sumergida.

Los negocios informales surgen por varios motivos. Uno de ellos son los altos costos de la formalidad. Es célebre el estudio de Hernando de Soto detallado en “El otro sendero” donde demuestra que para constituir una empresa se necesitaron casi diez meses en el Perú de los ochentas (sólo cuatro horas en los Estados Unidos). El mismo estudio habla de otra de las causas de la informalidad: el alto costo de la permanencia como formal, donde se estimaba que más del 300 por ciento de las ganancias después de impuestos era el equivalente del dichoso costo. Por supuesto, la informalidad es mucho más barata, la opción real de las grandes masas pobres con ganas de emerger.

Ojo que no me refiero a las actividades ilícitas, como el tráfico de drogas o el robo, sino a acciones completamente lícitas pero que por su propio modus operandi tienen prácticas que no se ciñen absolutamente a la ley. Por ejemplo, pagan salarios por debajo del sueldo mínimo –lo que está de acuerdo a la teoría microeconómica-, no pagan los beneficios existentes como la compensación por tiempo de servicios (una especie de seguro de desempleo en el Perú), la seguridad social o los seguros médicos, no reportan todo el trabajo o todas las ventas realizadas y, por supuesto, o pagan muy pocos o ningún impuesto al gobierno. ¿Qué tan grande es esta economía? En Perú se estima que va por el 40 por ciento del total del producto bruto interno (PBI), algo realmente enorme.

La informalidad penetra en muchos estamentos de la sociedad y genera un estilo de vida, una manera de ver el mundo, un modo de hacer las cosas, que provoca desde el desorden en las calles hasta la desobediencia abierta a muchas de las normas establecidas (que, valga la pena decir, no tienen un mecanismo eficiente de inspección de su aplicación por la fragilidad de los organismos de control). Sus influencias llegan, inclusive, hasta las iglesias evangélicas. Obviamente también a las más fundamentalistas, las que se jactan de ser las más correctas.

La iglesia suele ser profundamente informal en lo económico. No hablo de la naturaleza de los diezmos, ya discutida hace tiempo, sino en cómo se gastan esos recursos dentro de los “gastos operativos” de muchas comunidades. Pongamos de ejemplo las que están legalmente constituídas. Una práctica muy frecuente es no pagar los beneficios sociales de la misma forma que no los pagan las empresas informales. No hay provisión para la jubilación (hermanos, Dios proveerá, y más si es para los llamados por Él). Hay atrasos en los sueldos y sueldos por debajo del mínimo (y para colmo, se exige que la esposa también trabaje casi a tiempo completo en la iglesia porque el llamado “también es para la idonea”). Que el pastor languidezca por la pobreza no interesa; que limiten el trabajo de la esposa es lo correcto –dicen-. Hay que creer siempre en Jahveh Jireh. ¿Pensión de jubilación? Pensar en eso es falta de fe.

El personal que trabaja y no tiene cargo pastoral, como las secretarias, conserjes, vigilantes u otros quienes sean, tiene problemas parecidos pero a la vez un poquito distintos. Los pastores, al menos, tienen una base escritural neotestamentaria cuando se dice que “digno es el obrero de su salario”, tal cual lo escribió el apóstol Pablo. Los demás, en cambio, no tienen nada que extraer de la Biblia en manera explícita, y además algo adicional les juega en contra: la lógica del “servicio”. ¿A qué me refiero? Que su salario se recategoriza y pasa al rubro “ofrenda” por lo que ningún beneficio les corresponde. Así, también, se justifica el pagar sueldos menores al mínimo establecido por ley. Realmente lo que hacen –a los ojos de esas iglesias- no es un trabajo tal cual lo harían en una empresa cualquiera. Es un servicio para Dios que tiene lugar en la iglesia local. ¿Visión errónea? Evidentemente.

Lamentablemente no tengo estadísticas de ningún tipo del grado de penetración de la informalidad en el seno de las iglesias, pero estimo que es importante. Para mí, no hay dudas en declarar que esta es una situación injusta para muchos, y no hay dudas en decir que algo debemos hacer al respecto. ¿O es que no nos importa una efectiva mayordomía del dinero en nuestras iglesias?


Referencias

De Soto, Hernando. “El otro sendero”. Lima: Editorial Barranco, 1986.

http://www.comexperu.org.pe/archivos%5Crevista%5Cfebrero04%5Canalisis.pdf -(22/10/08)

Imagen: http://www.prensalibre.com/pl/2005/septiembre/28/images/01e28sep05.jpg (22/10/2008)

domingo, 12 de octubre de 2008

Simplificados


Pasa el tiempo y no se me pasa la frustración por el exceso de simpleza de los cristianos. Por leer tres líneas sacan conclusiones; por ver el perfil en Facebook ya me conocen de la cabeza a los pies y logran detectar la naturaleza de mi “problema”; por un comentario borrado en un blog comunitario me acusan directamente de actuar con saña cuando nada he tenido que ver.

Claro que las tres únicas líneas que leen suelen no están de acuerdo con lo que piensan esos cristianos. Ergo, quien está mal soy yo. Sin embargo, pronto no pueden pelear en el campo de la argumentación y las ideas coherentes (los evangélicos no estamos acostumbrados a la argumentación racional sino a la afirmación categórica. Y eso que no hablamos de teología compleja ya que yo sólo soy un aficionado curioso) y entonces van con lo siguiente: "la actitud, es un problema de tu actitud: lo veo en tu blog, en ese otro blog, en TSN, en Lupa". Siempre es lo mismo: cuando no puedes con lo objetivo, anda con lo subjetivo. Allí, todo vale.

La cadena simplista del uno-más-uno-igual-a-dos con demasiada frecuencia va así:

- A los ungidos nunca se les toca porque inclusive el propio David respetó al ungido de Jehová cuando tuvo la oportunidad de matarlo.

- A las congregaciones tampoco se las toca.

- Mucho menos, a la iglesia.

- Si hay problemas deben SIEMPRE quedar en casa, jamás exponerse al gran público de Internet porque no son de edificación y causan división en la iglesia. Ni más ni menos que la teología del maquillaje.

- Si haces lo contrario, por supuesto, es por tu actitud beligerante o por tus conflictos no resueltos. Puedes ser inteligente, saber argumentar, pero tu actitud negativa mata todo lo positivo que pueda existir. Mejor sería que te quedes callado, que cambies el tono de lo que escribes o que suprimas el blog.

Yo creo que los problemas se enfrentan, sea desde el seno de las propias comunidades aunque también desde la vereda de enfrente, desde afuera, porque muchas veces esa es la única tribuna disponible. Y creo que deben enfrentarse más allá del uno-más-uno-igual-a-dos, abandonando los cómodos silencios de la complacencia. Pensemos en los apóstoles del mundo neopentecostal que me hacen recordar a los brahmanes hindúes. ¿Saben la historia? (1) Se supone que cuando nace un brahmán es superior a todo el planeta y, por ello, es señor de todas las criaturas. Todo lo que existe en el mundo es su propiedad privada, teniendo derecho a todo. Su única labor es instruir en el conocimiento del mundo al resto de la gente, inferiores. Entonces, los brahmanes son intocables como los apóstoles son en la práctica. ¿Qué haces con esta anómala situación? ¿Sólo orar, como me decía un hermano guatemalteco mediante un correo electrónico? ¿Esperar el juicio del Señor, ya que sólo él toca a su “ungido”? ¿Quedarse callado es lo que edifica a la iglesia? ¿Exponer el problema es malo porque causa división? ¿Es mejor la inacción ante lo que nos destruye poco a poco?

Hablar sobre lo defectuoso del liderazgo -por ejemplo- no es hablar mal de la congregación que muchas veces sufre en silencio el abuso. ¿Creen que así se divida la iglesia? ¿Mas de lo pulverizada que ya se encuentra? Yo no creo: es, en realidad, el modelo monolítico del liderazgo el causante de nuestra triste realidad en cuanto a la "unidad". Hablar de los problemas no mata ya que la autocrítica es siempre necesaria para la supervivencia sin caídas monstruosas como las que vemos ahora, por ejemplo, en el otrora orgulloso mundo de las altas finanzas. Mostrar sólo lo bonito distorsiona la vista.

Claro, la simpleza no tolera la autocrítica porque nos obliga a pensar. Y pensar, lamentablemente, es un ejercicio poco desarrollado en las iglesias de mi país, el Perú.


Referencias
(1) La historia la saco de http://www.elpais.com/articulo/semana/Culpables/millonarios/impunes/elpepueconeg/20081012elpneglse_5/Tes
(2) La fuente de la imagen es http://cremc.ponce.inter.edu/carpetamagica/images/suma2.gif

lunes, 16 de junio de 2008

Plancha quemada

Una pequeña introducción

Aquí en el Perú, cuando somos niños, solemos jugar un juego llamado “las escondidas” que, por lo que sé, tiene nombres diversos en cada país de Latinoamérica. Uno de los niños, al que llamaré el buscador (olvidé el nombre) cierra los ojos, de frente contra una pared, y cuenta hasta 20, 50 o lo que se haya predeterminado. Luego, tiene que buscar a todos los demás. Si encuentra, por ejemplo, a Daniel grita:

― ¡Ampay Daniel!

Y va corriendo al lugar donde hizo el conteo, tocándolo para que el ampay sea válido. Y así sucesivamente con los otros. El primero en ser encontrado es el perdedor, mereciendo el castigo de hacer el próximo conteo, y cada uno tiene la oportunidad de salvarse si toca la pared antes de la persona buscadora gritando:

― ¡Ampay me salvo!

Y ya, está salvado. El último en ser encontrado tiene un poder especial: puede salvar a todos si llega primero a la pared de conteo, y el buscador deberá repetir todo de nuevo encontrando a los demás.

― ¡Ampay me salvo y con todos mis compañeros!

Hay otra particularidad. El buscador puede ver a alguien y correr a la pared de conteo:

― ¡Ampay Daniel!

Y no era Daniel, era Christian. Entonces Christian salía corriendo gritando:

― ¡Plancha quemada! ― Porque el buscador creía que era uno, pero era en realidad otro. En algunas versiones del juego allí terminaba todo para reiniciar otra vez. En otras, en cambio, simplemente se salvaba el beneficiado por la plancha quemada.

La torre de Babel

Ahora sí voy al punto. Para mí, prender la principal radio evangélica de Lima ―Radio del Pacífico― para escucharla es un desafío para la ecuanimidad. Con el fin de aglutinar a la mayor cantidad de tendencias, la anterior administración de la emisora decidió que temprano en la mañana oigas el programa de un presbiteriano, reemplazado por un locutor de un ministerio carismático que habla del espíritu del resfrío; luego predica un pastor bautista, e inmediatamente escuchas a Cash Luna, Luis Palau o alguno de su tipo hablando de un tema del tipo Dios te ama, perdonando al vecino o las cinco maneras de ser un vencedor; de inmediato un grupo de hermanos nos entrega una secuencia de oración para liberar a Lima del control de su espíritu territorial; otros nos ofrecen la franquicia del G12 de Castellanos o venden el modelo de iglesia con propósito y así sucesivamente. Es, en cierto sentido, la torre de Babel, donde se hablan todos los idiomas teológicos.

Con frecuencia se escuchan verdaderas rarezas como seminarios (¿?) que ofrecen doctorados en menos de un año junto a prédicas que sorprenden no por su llegada sino por su contenido de cartón reciclado que de sólo escucharlas uno siente vergüenza ajena. ¿Cómo este individuo puede decir esa tontería en una radio que es escuchada por una proporción no tan pequeña de la comunidad evangélica? ¿Cómo puede opinar tal cosa digna de un actor cómico? ¿Y la censura? ¿Cómo afirmar con con tanta seguridad tal otra cosa? La sensación es igual o peor que la que tienes al leer los comentarios de un foro “cristiano”: la gente aquí tiene un tornillo suelto o ni siquiera tiene tornillos. Parecería que no tienen nada.

Hay problemas demasiado serios. Terriblemente severos.

Y no hablamos de hermanos recién convertidos, sino del pastorado militante que dirige a la ovejuna masa evangélica de nuestra América Latina. Por estos días hay un escenario extraño en el pastorado porque una parte ha ascendido convirtiéndose en apostolado, rechazando toda sumisión a otros. Algunos dirigen con mano de hierro y autocracia absoluta sus iglesias locales. Otros, sutilmente, reemplazaron las normas denominacionales de tradición democrática por leyes que les dan todo el control en su parcela local. Algunos desean pleitesía y fama mientras toleran algunos pecados de sus miembros más importantes. Otros pierden el control por una falda, el dinero, el reconocimiento, la envidia corrosiva, la necesidad de una iglesia grande y exitosa, el viajar por muchos países, el tener muchos cargos de bonitas siglas para que se sientan un poco más importantes (1). Algunos están engullidos por un orgullo enfermante. Otros, por vicios ocultos que jamás serán capaces de admitir pero que son evidentes al tan solo escucharlos aunque por supuesto predican santidad y corrección desde el púlpito o sus clases. El común denominador es que todos nunca han resuelto sus problemas emocionales.

Psicólogo ¡urgente!

¿Pastores con problemas emocionales? ¿No es que en Cristo somos nuevas criaturas y las cosas viejas son dejadas atrás? ¿No es que a los ungidos del Señor no se les puede tocar?

Una vez escuché que el alma de un niño es como un piso de cemento fresco, totalmente moldeable. Una paloma se posa en él, y deja su huella. En cambio, un adulto suele ser como el cemento seco de una vereda o una cancha de fulbito. Viene un elefante dejando sus pisotones pero nada pasa. Sin embargo, allí está la vieja huella de la paloma, que no se borra.

Suele suceder que pocos, con seriedad, ayudan a los cristianos con problemas emocionales serios a solucionar sus conflictos porque se espera que el Espíritu Santo corrija todos los problemas del creyente. Es obvio que esto no es así (ya escucho las vocecitas que dicen que no tengo fe, que soy un liberal, que blablabla) pero más aún, los líderes a veces no están capacitados para eso. Además, la conversión suele cubrir temporalmente las huellas de los problemas emocionales que resurgen cuando el primer amor se acaba, cuando la emoción de las primeras palabras de la conversión se evapora. Y allí el cristiano se transforma. O vuelve a ser el de siempre, cubierto de huellas de palomas.

Una realidad que se debe reconocer es que el pastorado puede llegar a atosigar con una presión enfermante. Por ejemplo, lo políticamente correcto se vuelve variable importante y te ves obligado a portarte de cierta manera diciendo las cosas de una forma determinada para no ser marginado por el gremio o la congregación. La gente te observa permanentemente: como miras, como te suenas la nariz, la ropa con la que te vistes, tu sonrisa, tu tono de voz. Eres permanentemente evaluado. Y la presión que se genera es enorme, un poco como una estrella famosa, y por supuesto existe el riesgo de colapso a lo Britney.

Otro riesgo gigante es el orgullo, el viejo serás como Dios del jardín del Edén que es un lastre de nuestros políticos y los pastores. Por el orgullo se han creado denominaciones enteras que olvidaron la misión de Dios por construir su propio feudo de religiosidad, conviertiéndose en nuestros fariseos modernos. En nuestra Latinoamérica abundan por montones, aunque gracias a Dios también tenemos muchos de los buenos, que de verdad viven el sacrificio del ministerio y se entregan completamente a la tarea de ser obreros de la grey de nuestro Señor Jesucristo.

La ecuación es peligrosa:
Problema emocional +
Conversión +
Poca ayuda efectiva +
Llamado al ministerio +
Grandes presiones del pastorado (atosigamiento) +
Grandes presiones del pastorado (orgullo)

= BOMBA DE TIEMPO (de estas tememos miles de miles)

Imaginen entonces, la siguente secuencia:

X es una persona con problemas emocionales muy serios que un día se convierte a la fe de Jesucristo. Se consagra completamente dejando de lado los problemas y parece mejorar pero sin que nadie lo ayude con efectividad a una real solución de sus conflictos. Tiempo después, siente un “llamado” y se mete al Seminario convirtiéndose en el centro de atención de su iglesia, en un creyente de otra categoría (¡es un seminarista, por favor!). Los problemas emocionales continúan pero están cubiertos. Luego, X se gradúa y se va a trabajar a una iglesia, donde los hermanos lo tienen en buena estima y la amenaza del orgullo se multiplica por 1000. X sucumbe, se vuelve controlador, personalista, nadie lo puede corregir porque se siente más cerca de Dios, porque sabe más, es más inteligente (según él mismo) y así sucesivamente… aquí los viejos problemas emocionales han mutado hasta convertirse en un monstruo incontrolable. Pasan los años y X se cree todavía más santo hasta que explota por completo. Si es casado, se fuga con su secretaria o con el vigilante de la iglesia. Si es soltero, es descubierto en su adicción a la pornografía, su enervante envidia a los casados o acaba acosando sexualmente a una adolescente. ¿Pura ficción lo que digo? Les aseguro que ha pasado con exagerada frecuencia.

Prolegómenos

¿Y dónde comenzó todo? En el viejo problema emocional irresoluto, que se ignoró por completo, ese que nunca se quiso admitir. ¿Es que todos los pastores latinoamericanos son así? No, jamás dije eso. Conozco excelentes pastores que fielmente sirven a su grey sin tratar de alimentarse de la carne de las ovejas. Pero tras escuchar Radio del Pacífico y leer los foros cristianos, leer un poco y andar un tanto por allí es evidente que… hay serios problemas en el liderazo evangélico. Las perspectivas son oscuras a pesar de las promesas de avivamiento o de la campaña de consagración del país de Franklin Graham o Marcos Witt.

Plancha quemada, entonces. La gente suele creer que el pastor es perfecto, santo, casi sagrado, y muchas veces el pastor también lo cree así, pero luego saca las garras y se manifiesta realmente tal como es: una persona completamente humana, llena de conflictos como cualquiera, pero que puede seguir los pasos de los dictadores autoritarios que copan todo el poder, o cometer un pecado grosero. Plancha quemada, porque muchas veces se creen lo que no son. Plancha quemada, porque la iglesia necesita otro tipo de liderazgo (aunque estén jubilosos de su pastor-sacerdote-caudillo). Plancha quemada, pero jamás lo querrán admitirlo. Y si lo aceptan, no se hace nada.
Referencias
(1) Latinoamérica es un pueblo al sur de Estados Unidos, de Los Prisioneros.
(2) La fuente de la foto es www.electromanuales.org