domingo, 19 de abril de 2026

Voz de una oveja perdida pero amada (Lucas 15:3-7)


Una vez fui parte del rebaño, caminaba con todas las demás ovejas, pero lentamente, casi sin darme cuenta, pastando por aquí y por acá, acabé lejos, en la oscuridad. Un shock de la vida, el cansancio extremo, el silencio que no pide ayuda porque “no pasa nada”, y ya estás extraviado. Quizá lo peor del asunto es que no lo percibes, crees que todo está bien, que todos los aspectos de la vida están bien, pero no eres consciente del enorme grado de vulnerabilidad en el que estás, no te das cuenta de que estás al lado del precipicio, o a veces sí lo sabes y lo que quieres es lanzarte, destruyendo todas las bendiciones recibidas en el rebaño, todo el cuidado maravilloso del pastor, porque crees no merecerlo, que es algo demasiado bueno para ti.

Te pierdes, sí. Quizá algunos creen que la oveja perdida debe “aprender su lección”, que debe andar un tiempo en la obscuridad para que, de alguna forma, encuentre el camino de regreso por sus propios medios. Te dejan solo en la noche. Pero el pastor no es así, sabe que una oveja perdida está desorientada y el vulnerable. Él ama a las ovejas, a cada una con su nombre propio, y por eso dejará la comodidad y seguridad de la comunidad de pastores y de los buenos pastos y se irá hacia el lugar del extravío. La iniciativa de la restauración viene de él.

Las otras 99 están seguras. Aparentemente puede parecer un riesgo enorme exponer a las 99 con el fin de salvar a una, pero la economía de Dios es escandalosamente diferente. Yo no soy un porcentaje de pérdida aceptable (1%), soy alguien que ama con un amor tan intenso que irá a los lugares más oscuros a rescatarne. El “riesgo” del pastor es, de cierta forma, una señal del amor de Jesús expresado en la cruz, muriendo por esa oveja perdida.

Que increíble que es el versículo 5. “Y cuando la encuentra, la pone en sus hombros, gozoso”. Yo me fui, anduve por senderos peligrosos, lo destruí todo, humillé a los que me amaban de verdad. Quizá lo lógico es que me aplicaran la ley, que me castigaran, que me encuentren y me traigan de regreso, con latigazos por la angustia provocada al pastor. Sin embargo, yo humillé pero Dios no hace lo mismo por mi fracaso. Dios me encuentra en mi extravío y asume el peso y el cansancio del regreso. Me carga hacia el lugar donde están las demás, feliz. Me rescata por pura gracia, jubiloso de que haya regresado a casa, sin quejas por el tiempo perdido ni exigiendo disculpas. ¡Convoca a una fiesta! Es tan radical ese amor que interrumpe las actividades para celebrar que uno de los suyos, que pastaba con las otras 99 pero que había perdido el rumbo, está a salvo de nuevo. No hay reproche alguno, solo el gozo del retorno, de la reconciliación. Todo es gracia pura.

Nunca fui un caso perdido. El pastor me encontró magullado, malherido en una fosa debido a mis propios actos. ¡Pero no me olvidó! Es triste haberme caído, sí, y que ganas de que las cosas hubieran sido distintas, pero a pesar de todo Dios no estuvo a lo lejos esperando que fracasara, sino que siempre estuvo pendiente de mí y ahora me buscó y me encontró, herido sí, y me trajo de regreso a casa y me tiene entre algodones, curándome y tranformándome, todo por amor, un amor que muchas veces no entiendo y que me quiebra, pero allí está, incondicional e inconmesurable. 

Que esa gracia redentora que me dio el pastor me dé las fuerzas para levantarme, luchar por la restauración del alma y de la vida, y así pueda volver a mostrar amor a través de la sensibilidad y el servicio humilde a quienes lastimé. Que el perdón divino sea el motor para la reparación humana.


miércoles, 15 de abril de 2026

La resurección que viene de lo alto

 

Jesús resucitó a Lázaro, resucitó al hijo de la viuda de Naín, resucitó a la hija de Jairo. Las tres resurrecciones son profundamente conmovedoras. El pasaje de Jairo rogando por la ayuda de Jesús ante la agonía de su hija me saca lágrimas, y es poderoso en mensaje: “No temas, cree solamente” ante los anuncios de que la niña ya había fallecido. ¿Se imaginan a Jairo? Una fe que va más allá del anuncio de la muerte, una confianza que rompe el sentido común. “No temas, cree solamente” se ha convertido en uno de mis ejes de vida y de fe. Cree, confía, Dios está en control de las cosas.


Y con la viuda de Naín, la señal y enseñanza poderosa de Jesùs es que Dios tiene compasión, que ve nuestro dolor, nuestras lágrimas, nuestros clamores al cielo, y que a pesar de lo aparentemente definitorio, a pesar de la muerte ya probada y visible, él puede resucitar, puede volver a construir un nuevo comienzo. La viuda no le pidió nada, él vio la necesidad, la carencia que venía, los sollozos que no pararían nunca en la viuda, hasta el fin de sus días. Que grande que es el poder de Jesús sobre la muerte, que grande que es la mirada de Jesús hacia los vulnerables.


Lázaro, que se levantó y andó luego de cuatro días de muerto. Todos pensaban que ya era tarde, que todo era irreversible, un milagro que ya era imposible. La hija de Jairo acababa de morir, pero Lázaro ya tenía tiempo fallecido. “Hiede ya” le decían a Jesús pero eso no importó, su poder sobre la muerte es absoluto y demostró que siempre es posible resucitar. Si lo hizo con unos huesos secos en Ezequiel, pues Dios lo puede todo.


Sí, podemos entender que hablamos de resurrección literal, de un muerto que pasa a vida. Es la esencia de nuestra fe. Pero voy más allá. No me quedo con el hecho de la resurrección como la vuelta de un cadáver a la vida, sino con el hecho que Jesús puede volver a la vida todo, tiene el poder de transformarlo todo, de incluso recuperar y hacer florecer lo que todos dicen que está muerto. “No temas, cree solamente” dijo él. Hay cosas muertas en nosotros, hay cosas muertas en nuestras relaciones, hay cosas muertas en el alma, pero Jesús tiene el poder de la resurrección, puede hacerlo, porque vino a sanar a los enfermos, porque se compadece de nosotros, porque somos sus amigos y nos llora. Pero esa resurrección no viene como un rayo del cielo, sino que nos pide tener la fe de Jairo, la que exige algo de nosotros: tomar la decisión de luchar por el otro o la otra, o nos susurra que acortemos distancias, o nos invita a abandonar la lejanía y elegir el servicio diario constante, o nos dice que abramos incondicionalmente el corazón ante la persona que amamos, o que poseamos la sensibilidad a la necesidad de los demás y la ternura como los canales por donde Dios vuelve a soplar vida. Creer en nuevos comienzos es un acto de fe monumental, y yo quiero creer.


La hija de Jairo es la muerte reciente. El hijo de la viuda es la muerte en tránsito, Lázaro es la muerte irreversible de varios días que ya es un hecho consumado. El mensaje es claro y lo recibo en el corazón: no importa en qué etapa de la "muerte" se encuentre nuestra situación de vida, el poder de Cristo es absoluto y puede resucitar lo que sea, ¡siempre!


Resucita, Jesús, las partes de mi alma que están muertas. Resucita, Jesús, lo que tengas que traer a la vida en mí. ¡Tú sabes lo que tienes que resucitar! Amén.