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viernes, 28 de septiembre de 2018

La ley Guía y la prevención de los abusos eclesiales

Hace unos días el congresista Moisés Guía presentó un proyecto de ley que agrega un artículo a la ley 29635 (Ley de Libertad Religiosa). Este versa así:

Artículo 16: De los principios para el establecimiento de las entidades religiosas Las entidades religiosas se establecen en el país bajo la libertad que les brinda la Constitución Política del Perú. Se rigen bajo los principios, valores, cultura y prácticas democráticas, prohibiéndose prácticas autoritarias, abusivas, discriminatorias y contrarias a los derechos de las personas, así como actividades de proselitismo político. Su establecimiento y autorización se rige conforme al reglamento de la presente ley.

Este agregado a la ley 29635 contó con el apoyo de dos de las principales asociaciones de iglesias evangélicas peruanas: el Concilio Nacional Evangélico del Perú (CONEP) y la Unión de Iglesias Cristianas Evangélicas del Perú (UNICEP). Por supuesto que esto no es gratuito, sino que surge a partir del escándalo de la Iglesia El Aposento Alto y su apóstol, Alberto Santana, aspirante a la Presidencia del Perú (ha creado su partido político, Perú Nación Poderosa), el cual por una "revelación divina" tuvo una concubina por varios años, evidentemente en secreto. Se suma a esto las afirmaciones de su hijo, Cohelet Santana, que en una prédica afirmó que la correa siempre hará que las esposas sean sumisas, esto es, una abierta apología a la violencia doméstica, y el incidente de la invasión a la explanada del estadio de Alianza Lima hecha por miembros de la congregación. También las enormes dudas respecto al financiamiento de algunas iglesias, las cuales han construido grandes templos (no es una discusión exclusiva del Perú. Aquí un ejemplo de Guatemala, citado en Puente) o han hecho gala de su poder económico. Aquí el congresista Guía ha mencionado a los diezmos y ofrendas, recalcando que ningún pastor o miembro de la iglesia se los puede adjudicar, haciendo velada evidencia a la familia Santana. También ha enfatizado el que las iglesias no pueden impedir el ingreso de nadie, ni tener ninguna práctica discriminatoria. Si esta existe, el Estado debe actuar de oficio. Esto último ha levantado las alertas de todos los conservadores, algunos de los cuales han mencionado alguna vez del derecho a discriminar.

Tras la publicación de este proyecto de ley, hay mucho alboroto en el entorno eclesial, desde los que están de acuerdo con las regulaciones y hasta los que afirman que esto viola su libertad religiosa. Como es usual, los que están en contra muestran una agresividad en redes que no se distingue de las oposiciones vistas en entornos no eclesiales. Que viva el testimonio. Tratando de analizar con algo de calma, pienso que lo primero que hay que tomar en cuenta es que el evangelicalismo ya está profundamente politizado, y que este proyecto de ley debe circunscribirse a este contexto. En otras palabras, este proyecto es parte de la pugna existente en el seno de las iglesias. El intento de la prohibición del proselitismo político que han hecho líderes conservadores como el propio Santana, Rodolfo Gonzales, los Hornung, Linares, Rosas y otros, tiene un sentido evidente: restringir su participación política o el uso de la iglesia en beneficio de sus intereses o preferencias políticas. Aunque estoy muy de acuerdo con el que los púlpitos no deben ser usados jamás para la defensa o apología de un partido político ni para promocionar a algún candidato o para "moldear" el voto de los feligreses de la iglesia (porque la preferencia política debe tener la misma libertad de la preferencia religiosa), creo que el mecanismo no debe ser el que una ley lo haga. Las subjetividades son enormes, en especial cuando estamos en un entorno en el cual una confesión es la predominante, y tiene antecedentes de restringir las voces de otras tradiciones cristianas usando las plataformas del Estado para esto.

Lo segundo que observo es la mención al control que podría hacer el Estado en los aspectos económicos de las iglesias. El famoso diezmo. Por supuesto, en las iglesias se dan abusos enormes y la manipulación emocional y económica es pan de cada día. Hay demasiados casos. Pero hacer un control por parte del estado es en extremo difícil porque nuestra realidad eclesial es profundamente informal, tal cual es nuestra realidad económica. Hace diez años escribí algo pequeño al respecto, y las cosas han cambiado poco. Iglesias que no pagan beneficios sociales, iglesias que pagan menos del sueldo mínimo, iglesias que no pagan sueldo, iglesias que no tienen contabilidad, iglesias que no tienen políticas de análisis de las ofrendas que reciben (que potencialmente pueden estar dentro de un proceso de lavado de activos). Miles de iglesias independientes. El Estado ha demostrado ser incapaz de hacer un control efectivo del fenómeno informal; lo eclesial no será la excepción. Además, se presta a posibles presiones políticas o a contubernios con la autoridad de turno. Iglesias que se verías cuestionadas mientras otras que seguramente serían favorecidas. Sería un perjuicio enorme, solo pensando en los conflictos potenciales de esta hipotética situación.

Para cerrar, recalco que la intención de reglamentar esto por ley no es la mejor solución, pero sí resalto la idea de que algo debemos hacer como iglesias evangélicas. Tenemos un problema que hay que enfrentar, y decir que tenemos libertad de culto no basta. Debemos combatir los abusos. Bien lo dice Darío Lopez en su muro de FB:

...¿cómo determinar, para el caso de las confesiones religiosas, cuando ésta es o no democrática, o incurre en prácticas autoritarias, abusivas, discriminatorias y contrarias al derecho de las personas? ¿Son democráticas las iglesias o tienen que serlo porque el Estado así lo determina? E incluso, hacía adentro, podrían formularse preguntas como: ¿Qué mecanismos y prácticas de regulación interna tienen las iglesias para prevenir y sancionar prácticas autoritarias, abusivas, discriminatorias y contrarias al derecho de las personas? ¿Se deben o no prevenir y controlar estas malas prácticas?


domingo, 18 de febrero de 2018

¿Más puntos en común?

No hay duda alguna: el Perú es un país conservador. Para muestra un botón: la reciente visita de Francisco al país. Cientos de miles de personas lo siguieron, llenaron casi todos los espacios posibles en donde se presentó el Papa, sea en la selva de Puerto Maldonado, las playas trujillanas o el descampado del aeropuerto de Las Palmas, en Lima. Por más que en las redes sociales y las calles muchos colectivos luchen por agendas a favor de diversos derechos, entre los que destacan el de las libertades sexuales, la mayoría conservadora es categórica: domina el incienso, la gente haciendo fila por la hostia un domingo en cualquier parroquia. 

Es en este contexto conservador en que el evangelicalismo ha crecido en el Perú hasta rondar el 20% actual, muy grande pero aún inferior al 30% de Brasil o el 50% de Guatemala según Pew Research Center. Cosas como la urbanización, que ha crecido a un ritmo similar, o las misiones norteamericanas, también conservadoras, le han dado esta cara tan particular. No obstante, estas cifran tan halagadoras, tenemos una característica furibunda que nos juega en contra: nuestra atomización patológica. Nosotros crecemos rápidamente pero hacemos pronto una mitosis, tal vez porque hemos aprendido a que la manera de enfrentar los diferendos es dividiéndonos. Por eso, hablar de una unidad evangélica es una tarea casi imposible. Misión conflictiva y áspera. Mejor ni meternos con ella porque saldremos magullados. 

Pero vamos, podemos encontrar convergencias entre todos los evangélicos, a que sí. Los tiempos actuales han sido reveladores y nos han mostrado varias: la oposición al aborto, la defensa de la familia “natural”, una especial visión de la sexualidad que se opone a la libertad sexual y los derechos reproductivos, una oposición radical al homosexualismo, a su visibilidad y a aproximaciones al matrimonio de personas del mismo sexo, y la oposición estricta a la “ideología” de género, que de cierta manera engloba a todas las anteriores. En estos puntos la convergencia ha ido más allá porque también ha alcanzado a grupos católicos conservadores, con los que se ha logrado un ecumenismo en la práctica a pesar de los sentimientos anti-católicos y anti-evangélicos, que allí están, muy latentes pero como escondidos debajo de la mesa. Así, pueden marchar juntos en #conmishijosnotemetas o las “marchas por la vida”. 

Desde este punto en común, la agenda política que se plantea desde esa orilla es aún restringida, y no pretende ir más allá con seriedad. Los evangélicos elegidos han insinuado restricciones a la vestimenta (pienso en aquel congresista Vicuña, quien quiso prohibir las minifaldas), al arte (donde quieren evitar desnudos u otras manifestaciones culturales como los carnavales) o las posturas laicas, donde abiertamente están buscando que la educación cristiana se afiance en los colegios. Este es el caso del Brasil. En realidad, los evangélicos no tenemos mucho que ofrecer cuando salimos de nuestro discurso. Bien lo ha explicado David Gaitán en su blog, cuando se plantea varias inquietantes preguntas: ¿Pueden hablar los evangélicos de calidad educativa cuando sus instituciones educativas son calamitosas? ¿Pueden hablar de gratuidad de la enseñanza si no promueven esquemas de becas en sus instituciones educativas? ¿Pueden hablar de empleos dignos cuando las iglesias suelen ser pésimos lugares para trabajar porque no les pagan o pagan muy poco a sus trabajadores, con frecuencia sin ninguna prestación social? ¿Cómo hablarán sobre la corrupción cuando sus organizaciones e iglesias están llenas de nepotismo, donde los hijos y familiares del pastor suelen ocupar los lugares más altos de liderazgo, sin pensar en los más capaces?

Si hacemos un ejercicio de predicción, surge de inmediato la pregunta de si pueden existir más puntos en común entre los evangélicos. Me arriesgo a decir que no los encontrarán, aunque sí existan en teoría. Cuando la realidad los obligue a ir más allá de los terrenos conocidos, vendrán los fracasos de los “elegidos por Dios”, y posiblemente algunos “modelos” políticos entrarán en crisis, cuando tengan que gobernar de verdad. A menos que, de alguna manera, desarrollen algo en el camino, que les dé continuidad a su movimiento. Tal vez, tomando las palabras de José Luis Pérez Guadalupe, si hacemos una transición de ser evangélicos políticos (casi todos ellos son pastores que insinúan o abiertamente hablan de teocracia) hacia convertirnos en políticos evangélicos, que trabajen abiertamente desde la ciudadanía, buscando el bien común para todos. Quizá aquí more la esperanza.

jueves, 25 de enero de 2018

Francisco en el Perú

El Papa, en el Perú, vino, vio y venció. Fuera de las discusiones numéricas sobre los asistentes a los eventos de Lima, Trujillo y Puerto Maldonado, incluso si asumimos las cifras más conservadoras podemos considerar su visita como muy exitosa, en especial si la comparamos con lo ocurrido en Chile, donde Francisco tuvo mayores resistencias debido al mediático caso Karadima y al accionar del obispo Barros, que según los testimonios trató de ocultar lo sucedido. Todo, a pesar de mensajes controvertidos como el que dio en Puerto Maldonado, a favor de los pueblos selváticos originarios y en contra de la voracidad extractivista. O a los silencios, como el caso Sodalicio, que hiede hace tiempo en el país. 

Los evangélicos hemos visto de reojo toda la ebullición vivida con diversas reacciones, desde el silencio respetuoso hasta la mención de la “demoníaca” palabra ecumenismo ante una foto de algunos representantes de iglesias evangélicas históricas con el Papa, antes de la misa que dio en la base aérea de Las Palmas. Yo que pensaba que tras la colaboración íntima que muchos grupos evangélicos han tenido con el catolicismo en las marchas pro-vida y movimientos tipo #conmishijosnotemetas (no olvidemos que el marco ideológico pro-vida fue configurado en el Vaticano), ya el viejo recelo católico-evangélico había sido superado. Pero parece que no es así. Los mensajes de oposición a la reunión protocolar, inocua además, si es que se lee el comunicado que fue entregado a Francisco, han sido agresivos y han mostrado con claridad el dominio de ciertas escatologías en el imaginario popular de ciertos sectores evangélicos. Es muy peruano esto: acepto la colaboración velada (en los movimientos pro-vida) pero no acepto la foto explícita. Hipocresía, a fin de cuentas. 

Sí, cientos de miles fueron a ver a Francisco. Ante ello, varios han hablado de que el Perú es un país cristiano, de mucha fe. Han inflado el pecho, orgullosos. ¿De verdad podemos decir esto? ¡Miren nuestro país, reventando en corrupción! El mismo Francisco ha dicho que la política está enferma, y creo que más en el Perú, donde hemos casi elegido dos veces a la representante del fujimorismo, los directores del gobierno más corrupto de la historia peruana. ¿De verdad, somos cristianos? ¿Seguimos los preceptos de Cristo? Los funcionarios públicos roban, los políticos velan por sus propios intereses, los policías piden coimas y nosotros las pagamos, somos indiferentes ante el dolor ajeno, manejamos horrible, no nos importa el otro, botamos la basura en cualquier lugar, contaminamos con desparpajo, golpeamos a nuestras parejas y le damos un cariz cultural a ese mal. De nuevo: ¿de verdad, somos cristianos? No lo pregunto solo como mención a los hermanos católicos, nuestro lado evangélico tiene mucho que aportar al respecto. 

El Perú se cae a pedazos y si la moral no es algo importante es, en parte, por responsabilidad de las iglesias. Todas, sin excepción, por acción u omisión. Ya somos el veinte por ciento de la población en el Perú (más de seis millones de evangélicos) pero Odebrecht nos domina, el fujimorismo es mayoría en el Congreso con nuestra venia, buscamos los privilegios que tiene la Iglesia Católica para nosotros. Hemos, pues, de cambiar. Hemos, pues, de poner nuestro grano de arena más allá de lo pro-vida y de la anti-homosexualidad que es casi lo único que parece importar, las únicas palabras de nuestro discurso monotemático. Debemos, por lo tanto, avanzar. ¿Hacia dónde? Mi impresión, desde una perspectiva ideológica, es que los teólogos evangélicos deben trabajar en una teología social evangélica que trascienda denominaciones, y que pueda ser reconocida por todos. Una que recalque el papel del ser humano más allá de su condición caída, que lo reconozca en el contexto de la economía, la sociedad y la cultura enfatizando su condición de creatura de Dios, que defienda la moral y ética cristianas como alternativas a un país en crisis y que ubique a los cristianos como personas en un entorno social que no buscan el poder por mero derecho de una posición de dominio (como es sugerido por el mensaje neopentecostal) sino que podemos acceder a él para servir a la ciudadanía como un todo, sin importar su clase social, su color de piel, su orientación sexual o su religión. Ya hay cosas escritas, por supuesto, pero creo que se hace necesario seguir construyendo hacia esta dirección.

sábado, 5 de noviembre de 2011

Una mirada a los riesgos subyacentes del crecimiento eclesial