martes, 13 de octubre de 2026

Tomarse en serio la religión

Los resultados de las elecciones brasileñas han crispado a todo el continente. Muchos no esperaban los números finales y han quedado muy sorprendidos con el 47% de Flávio Bolsonaro frente al 45% de Lula en la primera vuelta electoral. La búsqueda de explicaciones comenzó rápidamente y un grupo de analistas se ha decantado centrarse en la influencia del voto evangélico como responsable del avance del bolsonarismo. Esta idea suele venir acompañada de otra que afirma que el propio crecimiento evangélico latinoamericano fue obra de Estados Unidos, específicamente a manos de la CIA. Son dos tesis distintas, una electoral y otra histórica, pero las dos comparten el hecho de que en ninguna de las dos el evangélico decide nada. En una los evangélicos existimos porque alguien nos ideó desde una oficina en Washington, en la otra nosotros votamos en cierta dirección porque alguien nos lo ordenó desde el púlpito. En las dos desaparece la persona que cree, interpreta, se convierte y elige. En este artículo examino ambas tesis y sostengo algo que a muchos analistas les cuesta aceptar: la fe misma tiene un gran poder causal, y ninguna explicación del fenómeno evangélico está completa si es excluida.


1. Brasil, una explicación demasiado sencilla

Se está diciendo en distintos foros y yo repetiré lo mismo en este blog: el voto evangélico no es homogéneo. Desde fuera el imaginario nos ve a los evangélicos como una fuerza casi militar que vota disciplinadamente, pero esto está alejado de la realidad, porque lo que existe es una inclinación del voto, no una obediencia cerrada. Pretenden analizar la influencia política evangélica sin tener en cuenta que la influencia política de la religión no equivale necesariamente a obedecer electoralmente al pastor. ¿De verdad los miembros de las iglesias votan mecánicamente según lo que les digan desde sus púlpitos? Los datos disponibles parecen decir que no, y los presento en la sección 5. Una pregunta distinta es si los evangélicos explican el resultado, y tal vez convenga hacer un poco de números. Según Datafolha (Correio Braziliense, 2026), Flávio Bolsonaro tenía 52% de intención de voto entre evangélicos frente a 26% de Lula. Entre católicos, Lula ganaba 50% a 32%. Según cálculos propios, si los evangélicos son cerca del 27% del electorado, entonces aportan alrededor de un tercio de los 47 puntos de Flávio, y los católicos tantos votos o más. Sin su ventaja entre los evangélicos, Lula habría terminado primero. Son parte necesaria de su coalición, no su mayoría. 

Con estos datos en mente les plantearía a todos la siguiente pregunta: ¿estamos de verdad intentando comprender cómo piensan los evangélicos? Podría añadir una segunda pregunta: ¿cómo interpretamos este fenómeno desde una mirada que tome en serio lo religioso? Mi impresión es que muchos minimizan el papel de la religión en las vidas de las comunidades y en su capacidad transformadora.


2. La CIA y la expansión evangélica latinoamericana

La teoría de la CIA es una interpretación histórica que tiene muchos años y merece escrutinio. Dice que el crecimiento evangélico de América Latina sería resultado de una estrategia estadounidense diseñada para debilitar al catolicismo (en especial esa creación latinoamericana llamada teología de la liberación) o combatir la izquierda política que se encontraba en conflicto con los Estados Unidos en la segunda mitad del siglo XX. Es verdad que la CIA investigó el fenómeno religioso en América Latina (Kissinger, 1969), pero otros documentos como el Informe Rockefeller (1969) son antecedentes que alertan sobre los movimientos católicos de base influenciados por ideas precursoras de la Teología de la Liberación que pueden convertirse en focos de potenciales revoluciones sociales, afirmación que se afianza en textos como el Documento de Santa Fe I y II (1980/1988), que defienden la necesidad de contener estas influencias teológicas. Frei Betto (2025) resalta que si bien los textos no mencionan explícitamente el apoyo a las iglesias evangélicas, la lógica subyacente es clara: la necesidad de promover formas de religiosidad anticomunistas, individualistas y apolíticas, alineadas con los valores del mundo libre capitalista.

Pongamos los puntos sobre las íes. Es verdad que el poder de las misiones dirigidas hacia América Latina era muy grande. También era cierto que había mucho financiamiento misionero, y que desde Estados Unidos las posturas eran marcadamente anticomunistas y existían convergencias geopolíticas entre muchos misioneros y los intereses del gobierno norteamericano en la región durante la Guerra Fría. Y que por supuesto sectores de la derecha religiosa estadounidense estuvieron muy interesados en combatir a la Teología de la Liberación. En la IV Conferencia General del Episcopado Latinoamericano de Santo Domingo (1992), Juan Pablo II habló expresamente de una “cierta estrategia” destinada a debilitar la unidad religiosa latinoamericana y de “importantes recursos económicos” destinados a campañas proselitistas. Existen documentos vaticanos posteriores que hablaron incluso de grupos procedentes de Estados Unidos con abundantes recursos. Pero eso está muy lejos de imaginar siquiera que la CIA causó o dirigió la expansión evangélica, aunque quienes la defienden suelen invocar casos concretos, como el apoyo evangélico a Ríos Montt en Guatemala, las sospechas sobre el Instituto Lingüístico de Verano, o los televangelistas que respaldaron a la Contra. Los tres fueron episodios reales de convergencia entre misión y política exterior, pero desde ellos no se puede explicar la conversión de millones. Además, el pentecostalismo latinoamericano nació antes de la Guerra Fría. Por ejemplo, en Chile comienza en 1909, y en Brasil se marca el principio con la Congregação Cristã (1910) y las Asambleas de Dios (1911), fundadas por inmigrantes italianos y suecos. La CIA se creó recién en 1947.

David Stoll dedica buena parte de “¿América Latina se vuelve protestante?” (1990/1993) precisamente a esas interacciones entre evangelicalismo, Estados Unidos, Centroamérica, Guerra Fría y Teología de la Liberación. Su interpretación global no es la de una operación norteamericana que fabrica evangélicos, sino que habla de un despertar religioso y de una transformación mucho más compleja del campo religioso latinoamericano. Por ejemplo, crecieron más las iglesias autóctonas y peor financiadas en contraste con las denominaciones misioneras con dinero y, si hacemos una comparación, el pentecostalismo creció igual en África o en China, donde el Estado persigue a la iglesia.

Yo me hago una pregunta sincera: la existencia de intereses políticos externos, ¿basta para explicar la conversión religiosa de millones de latinoamericanos? Yo les digo que es difícil que esa intervención, dinero, intereses y utilización política de la religión por sí solas expliquen la conversión de millones de personas a la nueva fe. Esta explicación geopolítica es sumamente reduccionista y la cuestiono enfáticamente. Busquemos, entonces, por otros lados, como en la historia de las misiones, el crecimiento de las congregaciones locales, el evangelismo personal o los testimonios de conversión.


3. El poder del mensaje religioso

Hay cierto análisis político, en especial cuando mira religiones o creencias con las cuales no se está familiarizado o hay sesgos ideológicos, que parece incapaz de imaginar que alguien pueda convertirse simplemente porque ha creído. Que cree que el mensaje poderoso del diálogo entre Pablo, Silas y el carcelero de Filipos, a quien le dijeron “cree, y serás salvo tú y tu casa” (Hch. 16:31) es una frase cualquiera. No, ese mensaje lo puede cambiar todo. Parece no verse que las convicciones religiosas tienen una muy fuerte capacidad para movilizar personas, transformar conductas, y sostener compromisos extraordinarios. 

Los ejemplos son múltiples. Recordemos a los primeros cristianos, que comenzaron una nueva fe desde cero, sin grandes recursos ni poder estatal durante sus primeros siglos, expandiéndose por todo el imperio romano. No era convicción política sino religiosa: la certeza de que se seguía el mandato de Dios. Algo parecido ocurrió con el proceso de difusión del budismo. Las grandes religiones han demostrado que las ideas religiosas poseen una gran capacidad autónoma de movilización. Es cierto que en distintos momentos de su historia interactúan con estados, dinero, conquistas, instituciones y la cultura, pero no pueden reducirse a ellos. Desde mi esquina cristiana podría decir que Constantino ayuda a explicar la historia posterior del cristianismo hasta nuestros días, pero Constantino no explica Pentecostés. Para el creyente cristiano Pentecostés es el poder que lo invita a ir “hasta lo último de la tierra” (Hch. 1:8). ¿La CIA, sola, detrás de esta expansión? No desprecien, por favor, el poder majestuoso de la religión. La gente cambia por él, predica por él, muere por él.

He mencionado Pentecostés y no debo pasar por alto a la Gran Comisión: “Por tanto, vayan, y hagan discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo” (Mt. 28:19). El cristianismo tiene un mensaje que puede transformar a las personas y la Gran Comisión incluye un mandato explícito de Jesús para transmitirlo. Para millones de cristianos estas palabras no son una bonita metáfora ni solo una recomendación, sino que son una orden directa del Señor. Se predica porque se cree, y porque se cree se obedece. Todos quienes reciben el mensaje adquieren la responsabilidad de transmitirlo tal como lo hizo la iglesia primitiva. El relato de Hechos presenta a personas que, habiendo recibido el Espíritu Santo, anuncian públicamente a Cristo incluso frente a la oposición de las autoridades religiosas. “Porque no podemos dejar de decir lo que hemos visto y oído” (Hch. 4:20) era la convicción que los movía, la experiencia religiosa categórica que se convierte casi de inmediato en necesidad de comunicar. Por lo tanto, la predicación puede experimentarse no solo como una elección conveniente o que solo le corresponde al pastorado, sino como una obligación interior de cada uno de los creyentes.

Aquí no hay solamente consignas institucionales, estrategias de crecimiento o campañas de penetración cultural. Lo que existe es un mandato divino. Y cuando alguien cree profundamente que Dios le ha encargado una misión, esa convicción puede convertirse en una fuerza extraordinaria de movilización. Aquí, creo yo, es que está un factor fundamental del crecimiento evangélico. No quiero ser absolutista porque este mandato lo tenían denominaciones históricas que no crecieron, y lo tienen también los católicos. Lo tenían los pentecostales que centraron la expansión, y era el mismo entre países, sin embargo Guatemala y Brasil crecieron mucho y México mucho menos. La fe, entonces, es condición necesaria y el contexto explica el cuándo y el dónde.

Ese análisis, ante la incredulidad de aceptar algo tan simple (y tan real para los que somos creyentes) de que hay transformación porque se cree, busca otras causas como la CIA, el dinero, la manipulación, los pastores, la televisión, el imperialismo, la ignorancia, o la pobreza. Es verdad, todos pueden ser factores en la ecuación, pero ignoran el elemento más relevante de todos: la gente escucha un mensaje religioso, encuentra que ese mensaje para ella es verdad, o fue sanada, o encontró una comunidad, o vivió una transformación por completo que restauró a su familia y todas sus relaciones, o dejó el alcohol o las drogas, o encontró esperanza. Luego quiere transmitir ese mensaje para que otros se transformen. Para los evangélicos eso es el pan de cada día.

Hace unos años, Pew (2014) le preguntó a los latinoamericanos por qué se pasaron del catolicismo al protestantismo. La respuesta dominante no fue el factor económico, ni la política, ni la influencia de los Estados Unidos. Lo que dijeron fue que buscaban una relación más personal con Dios (81%, mediana de los países con resultados publicados) y que fue relevante la actividad evangelizadora de las nuevas iglesias (58%, mediana de los países con resultados publicados). También aparecen el estilo de culto, una mayor insistencia moral, una iglesia que ayuda a sus miembros y el contacto personal de otros creyentes. Además, el mismo estudio de Pew encontró que los protestantes latinoamericanos declaraban compartir su fe con personas de otras confesiones con mayor frecuencia que los católicos.

Estos números no demuestran por sí solos que la Gran Comisión sea la causa predominante del crecimiento, pero ofrecen evidencia consistente de su relevancia. Cuando se pregunta a los propios conversos por qué se convirtieron, ellos dan razones religiosas, aunque buena parte del análisis secular decide ignorar sistemáticamente la autopercepción de los actores sociales. Al descartar de plano las motivaciones declaradas por los creyentes, asumen una postura epistémica que minimiza la validez de la experiencia religiosa, asumiendo que siempre debe haber una causa oculta (política o económica) detrás de una decisión de fe. Dicho de una manera más simple, la fe no explica todo, pero tampoco podemos colocarla como un elemento secundario que deba desaparecer de nuestras explicaciones. El mensaje religioso tiene una gran capacidad para movilizar y transformar a la gente y al mundo que la rodea.


4. ¿Por qué creció tanto el evangelicalismo latinoamericano?

Puedo ensayar un análisis muy sencillo desde la convergencia de dos grandes fuerzas:

- La fuerza interna de la fe: convicción del llamado de Dios y de obediencia a la Gran Comisión, misioneros enviados, predicación de la Palabra, conversión personal, encuentro con Dios, lectura bíblica, comunidad y discipulado, transformación de la vida, predicación y evangelización, expansión de las iglesias evangélicas, el ciclo vuelve a comenzar. Los evangélicos conocemos esto demasiado bien. La pauta está bien marcada en la Gran Comisión (Mt. 28:19). 

Lo particular es que la expansión evangélica no depende solamente de pastores y misioneros profesionales, sino que cada nuevo creyente puede convertirse en un evangelizador. La Gran Comisión no se percibe como una responsabilidad exclusiva de la jerarquía de la iglesia, sino como un mandato que alcanza a todos los discípulos de Cristo. Así, el evangelio pasa de una persona a otra, de una familia a otra, de un barrio a otro, de una ciudad a otra, de un país a otro. Para esto no necesito un sistema de planificación central, solo miles de personas convencidas de que deben anunciar a Cristo hasta el final. Se puede incluso vincular el sacerdocio universal de todos los creyentes y la pneumatología pentecostal, que autorizan a cualquier converso a predicar, frente a una eclesiología sacramental que requiere un clero ordenado y escaso. En la línea de Chesnut (2003), esto explica por qué crecieron los pentecostales y no los protestantes históricos.

- La capacidad de adaptación histórica: la segunda mitad del siglo XX fue profundamente transformadora en América Latina. Urbanización exponencial, migraciones del campo a la ciudad y entre países, crecimiento de las periferias empobrecidas, liderazgos locales de las iglesias, congregaciones flexibles y nuevas formas de comunicación.

Ambas dimensiones son muy reales y se potencian mutuamente. El mensaje religioso puede adquirir especial fuerza cuando encuentra necesidades, lenguajes y circunstancias históricas que lo hacen significativo. Les pongo un ejemplo. La explosión pentecostal coincide con sociedades que se urbanizan aceleradamente, enormes migraciones internas, periferias urbanas nuevas, debilitamiento de las viejas estructuras comunitarias y una Iglesia católica cuya estructura territorial y escasez de sacerdotes hacían muy difícil acompañar semejante crecimiento. Ante este mundo, el pentecostalismo tenía características que se adaptaban muy bien a este mundo emergente latinoamericano: podía abrir una congregación prácticamente en cualquier barrio; formaba líderes locales con enorme rapidez; el pastor podía proceder de la misma clase social que sus miembros; convertía al creyente rápidamente en evangelizador; ofrecía pequeñas comunidades y redes personales; utilizaba lenguaje popular, música local y testimonio; ofrecía experiencia religiosa inmediata desde la conversión, oración, sanidad y Espíritu Santo; imponía disciplinas que podían transformar conductas destructivas; y no necesitaba esperar una gran infraestructura institucional. 

Sin embargo, estas ventajas organizativas no explican por sí solas el fenómeno. Una congregación flexible, un pastor cercano a sus fieles o una iglesia que puede establecerse en cualquier barrio son condiciones que favorecen el crecimiento, pero detrás de todo ello existen creyentes firmemente convencidos de que deben predicar el evangelio a toda persona. Desde mi perspectiva, ninguna de las dos fuerzas basta sin la otra. Sin fe no habría habido nada que adaptar. La urbanización, por sí sola, produjo en Europa secularización, no iglesias. Y sin la transformación de América Latina, esa misma fe, que los protestantes predicaban en la región desde el siglo XIX, no habría estallado como lo hizo en la segunda mitad del siglo XX. La fe fue la condición necesaria, el contexto puso el detonante. Por ello, no necesitamos imaginar una estructura centralizada que dirige el crecimiento cuando existen comunidades enteras cuyos miembros creen que evangelizar es una obligación espiritual. Como creyente, sé que detrás de todo esto está Dios obrando en la historia, pero como observador me basta con mostrar que sin fe no hay explicación posible.

A veces resulta difícil comprender, desde fuera de la experiencia religiosa, algo como lo siguiente: una persona puede dedicar años de su vida a predicar, viajar a lugares remotos, aprender idiomas con poquísimos hablantes, traducir la Biblia a esos idiomas, abandonar comodidades, sostener una congregación sin remuneración o afrontar persecuciones porque está convencida de que obedece a Cristo. La experiencia religiosa tiene un poder movilizador que una explicación exclusivamente económica o geopolítica difícilmente puede recoger en su totalidad.

Doy un paso más. El evangelicalismo latinoamericano tuvo la suficiente inteligencia histórica para responder a los cambios sociales. Bien lo describe Andrew Chesnut en Masci (2014), cuando dice que el pentecostalismo consiguió “latinoamericanizarse” ya que sus líderes se parecían cultural y socialmente a sus congregaciones, y su énfasis en sanidad, transformación personal y comunidad respondía a necesidades concretas. Y citando a Chesnut de nuevo: el fenómeno terminó independizándose de Estados Unidos. Por ejemplo, las Asambleas de Dios brasileñas llegaron a ser varias veces mayores que las estadounidenses y hoy mismo el flujo misionero incluso empezó a invertirse. Nosotros en Latinoamérica ya vemos a Estados Unidos como campo de misión. 


5. La fe, la política y la libertad del creyente

Volvamos a Flávio Bolsonaro, con todo lo anterior en mente. Las preferencias políticas pueden formarse dentro de comunidades religiosas evangélicas sin necesidad de instrucciones explícitas de voto. Al mismo tiempo, existe diversidad doctrinal, social, regional y política entre los evangélicos.

Dado esto, no podemos tapar el sol con un dedo. Por lo tanto, debemos reconocer las alianzas entre líderes religiosos y políticos, así como también debemos tener en cuenta los riesgos de instrumentalización de la fe. A su vez es necesario no reducir a los creyentes a una masa manipulada, cosa que siento hacen muchos analistas y también influencers de política. Por favor no olvidemos que la influencia de una cosmovisión religiosa no es idéntica a la manipulación de una autoridad religiosa.

Puede ser que un pastor no diga directamente “Vota a Bolsonaro”, pero los creyentes evangélicos tienen un pensamiento sobre la familia, el aborto, la sexualidad, la autoridad, la delincuencia, el mérito, la asistencia social, la libertad religiosa, el comunismo, Israel, Trump, la derecha norteamericana, y tantas cosas. Flávio Bolsonaro, por supuesto no crea esas preferencias, pero sí logra representar de alguna manera un universo moral que ya estaba presente. Este marco ético evangélico, centrado en la defensa de la familia tradicional, la ética del esfuerzo personal, el orden y una visión trascendente del bien y el mal, se ha intersectado orgánicamente con el conservadurismo político actual. Para muchos evangélicos, la derecha política ha sabido articular un discurso que empatiza con estas preocupaciones cotidianas, mientras que perciben en ciertos discursos progresistas o de izquierda una hostilidad directa hacia sus valores más sagrados. No es que el evangélico vote por la derecha porque el pastor se lo ordene, es que encuentra en ella un vehículo político que parece proteger su cosmovisión. ¿De dónde viene esa cosmovisión política? Volveré con esto al final.

Desde aquí debemos abordar ciertos datos. Por ejemplo, según Ferreira y Fuks (2021), ser evangélico sí aumentaba significativamente la probabilidad de votar por Jair Bolsonaro, y la frecuencia de asistencia a cultos explicaba aproximadamente 16% de ese efecto. Folha de S.Paulo (2026) cita un estudio de More in Common Brasil y el grupo Passagens (UFRJ), que analizó 7.456 cultos y misas celebrados antes de la primera vuelta. Es un estudio con limitantes: cultos transmitidos por YouTube, muestra de solo dos domingos (20 y 27 de septiembre 2026). Con una definición amplia (cualquier práctica que promoviera o atacara una candidatura, sea directa o indirectamente), encontró propaganda electoral en 0.7 % de las misas católicas, 1.4 % de los cultos bautistas y 8.3 % de los cultos de las Asambleas de Dios, un 3.2% del total. No incluyó a la Iglesia Universal ni a los neopentecostales. Nótese que las Asambleas lo hicieron doce veces más que los católicos. 

Esto no significa que la influencia política evangélica no exista, sino que ha mutado hacia canales más horizontales e informales. La verdadera politización hoy ocurre a través de grupos de WhatsApp de la congregación, redes sociales, memes, tik-toks y líderes mediáticos que no necesariamente son pastores locales. En estos espacios cotidianos es donde se filtra la información política, se construyen narrativas de resistencia frente a amenazas percibidas contra la fe, y se consolida la identidad política del creyente, todo ello al margen de la liturgia formal de los domingos. Por ello sería absurdo negar la existencia de la afinidad: Almeida (2019) dice que ya Datafolha en 2018 estimó que Jair Bolsonaro tuvo cerca de 69% del voto evangélico frente a 31% para Haddad. Una ventaja gigantesca.


6. Tomarse en serio la religión

Vuelvo a las dos tesis del inicio. La de la CIA confunde convergencia con causa porque aunque es verdad que sí, hubo dinero, misioneros anticomunistas e intereses de Washington, el pentecostalismo latinoamericano nació antes de la Guerra Fría y las iglesias que más crecieron fueron las autóctonas, no las que recibían financiamiento del norte. La tesis del púlpito confunde afinidad con obediencia. Los evangélicos brasileños se inclinan con claridad hacia la derecha, pero no necesariamente es porque su pastor se lo ordene desde el altar. En ambos casos se trata al creyente como objeto de fuerzas ajenas y no como sujeto que cree, interpreta y decide. No es necesario compartir una fe para reconocer su peso histórico, sino que basta con no negar de antemano el poder causal que tiene la fe.

Reconocer agencia no equivale a absolver. Que el creyente elija libremente no significa que su elección no haya sido formada por alguien. La conversión puede ser obra del Espíritu Santo y de una decisión personal, pero la opinión de un evangélico de São Paulo o de Lima sobre Trump, Israel o el comunismo, tiene una genealogía que sí pasa por Estados Unidos. Existen editoriales, predicadores mediáticos y redes. Por eso, en este artículo les pido a los analistas de este fenómeno que se tomen en serio la religión. A mis hermanos les recuerdo que tomarse en serio nuestra fe significa no permitir que nadie, de izquierda o de derecha, la convierta en instrumento de un proyecto político. La influencia de una cosmovisión no es manipulación, pero una cosmovisión que no examina de dónde vienen sus lealtades políticas sí puede llegar a serlo.

La Gran Comisión no es exclusivamente un mandato de convertir personas, sino en especial es un mandato para hacer discípulos, bautizándolos y enseñándoles a guardar lo que él había mandado, que se resume en la transmisión de una forma de vida. No solo se anuncia una creencia. Se invita a una comunidad, a unas prácticas, a una ética, a una manera de comprender el mundo. Y los conversos reproducen rápidamente esas mismas prácticas. De ahí que la expansión evangélica no sea simplemente el crecimiento numérico de las iglesias, los porcentajes del total de la población que ahora somos y que nos tiene atentos a los censos. En especial involucra la creación de comunidades y la transformación de relaciones personales, familiares y sociales.

Repito mi pregunta: ¿Por qué algunos analistas están dispuestos a reconocer que las ideas políticas transforman la historia, pero se resisten a reconocer esa misma capacidad en las ideas religiosas? Millones de latinoamericanos no se hicieron evangélicos porque alguien los fabricara, sino porque creyeron y, habiendo creído, no pudieron callar. Es algo extraordinario. Pablo lo dijo mejor que cualquier sociólogo o socióloga: 


“...me es impuesta necesidad; y ¡ay de mí si no anunciare el evangelio!” (1 Cor. 9:16)


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Notas sobre el proceso

Este artículo fue revisado con la ayuda de Claude (Anthropic) y ChatGPT (OpenAI), modelos de inteligencia artificial, que actuaron como lectores críticos a lo largo de varias versiones del presente documento. Señalaron debilidades lógicas, verificaron algunos datos y propusieron redacciones para ciertos pasajes. La tesis, la estructura general, la perspectiva teológica, las decisiones sobre qué aceptar y qué descartar, y las ediciones finales son responsabilidad mía.


Referencias

Almeida, R. de. (2019). Bolsonaro presidente: Conservadorismo, evangelismo e a crise brasileira. Novos Estudos CEBRAP, 38(1), 185–213. https://doi.org/10.25091/S01013300201900010010

Chesnut, R. A. (2003). Competitive spirits: Latin America's new religious economy. Oxford University Press. https://doi.org/10.1093/oso/9780195161847.001.0001

Ferreira, M. G. M., & Fuks, M. (2021). O hábito de frequentar cultos como mecanismo de mobilização eleitoral: O voto evangélico em Bolsonaro em 2018. Revista Brasileira de Ciência Política, (34), Artículo e238866. https://doi.org/10.1590/0103-3352.2021.34.238866

Frei Betto. (2025, 13 de abril). Documentos de Santa Fé e o perfil religioso da América Latina. https://www.freibetto.org/documentos-de-santa-fe-e-o-perfil-religioso-da-america-latina/

Juan Pablo II (1992, 12 de octubre). Discurso Inaugural de la IV Conferencia General del Episcopado Latinoamericano. https://www.vatican.va/content/john-paul-ii/es/speeches/1992/october/documents/hf_jp-ii_spe_19921012_iv-conferencia-latinoamerica.html

Kissinger, H. (1969, 22 de julio). Memorandum from the President's Assistant for National Security Affairs (Kissinger) to President Nixon [Memorándum]. En Foreign Relations of the United States, 1969–1976, Volume E–10, Documents on American Republics, 1969–1972 (Documento 8). Office of the Historian, U.S. Department of State. https://history.state.gov/historicaldocuments/frus1969-76ve10/d8

Lula tem 50% entre católicos, e Flávio 52% entre evangélicos, diz Datafolha. (2026, 2 de octubre). Correio Braziliense. https://www.correiobraziliense.com.br/politica/2026/10/7513140-lula-tem-50-entre-catolicos-e-flavio-52-entre-evangelicos-diz-datafolha.html

Masci, D. (2014, 14 de noviembre). Why has Pentecostalism grown so dramatically in Latin America? Pew Research Center. https://www.pewresearch.org/short-reads/2014/11/14/why-has-pentecostalism-grown-so-dramatically-in-latin-america/

Pesquisa refuta 'voto de cajado' nas igrejas: Propaganda eleitoral apareceu em 3%. (2026, 10 de octubre). Folha de S.Paulo. https://www1.folha.uol.com.br/poder/2026/10/pesquisa-refuta-voto-de-cajado-nas-igrejas-propaganda-eleitoral-apareceu-em-3.shtml

Pew Research Center. (2014, 13 de noviembre). Religion in Latin America: Widespread change in a historically Catholic region. https://www.pewresearch.org/religion/2014/11/13/religion-in-latin-america/

Rockefeller, N. A. (1969). Informe de Nelson Rockefeller sobre América Latina. Repositorio Digital de la Universidad Adolfo Ibáñez. https://repositorio.uai.cl/handle/20.500.12858/113

Stoll, D. (1993). ¿América Latina se vuelve protestante? Las políticas del crecimiento evangélico. Ediciones Abya-Yala. (Obra original publicada en inglés en 1990)


martes, 6 de octubre de 2026

Cuidar a Dios

En las últimas semanas mi vida ha tenido un cambio radical porque han sido días de cuidado. Clínica, medicinas, cirugías, esperas, tensiones, oraciones, visitas, horarios, comidas, descanso, gestión de la casa, ver que todo estuvo bien en la noche, preguntar cómo se amaneció, observar con atención los gestos, el dolor posible, ser sensible a una necesidad antes de que sea dicha. Los trabajos suelen ser intensos y a veces se nos olvida lo que significa cuidar y lo humano que es, desde el gesto de acercarse, el tocar, el sostener, el limpiar o simplemente el acompañar al lado de la cama mientras se ve una serie o comerse juntos la gelatina de la cena.


He estado muy sensible y he pensado mucho en el cuidado. A lo largo de mi vida he cuidado a personas de una forma u otra. También hubo gente que en distintas circunstancias me cuidó. Dios, en su misericordia, me ha cuidado en sobremanera y me supo escoger a pesar de todo lo que me rodeaba. Sí, cuánto me ha cuidado. Desde esa sensibilidad apareció la idea de que a veces nosotros intentamos cuidar a Dios.


Es el creador del universo; por supuesto que no lo pensamos así porque sea débil, sino que a veces pensamos que hay lugares donde Dios no debería entrar, o cosas que no debería tocar, o doctrinas que no le deberían corresponder, o personas de las que debería mantenerse apartado porque son indignas. Como si nos correspondiera a nosotros preservar su santidad, su dignidad o incluso sus planes en la tierra.


Pienso en la mujer con flujo de sangre. Acabo de ver la escena en The Chosen, en extremo conmovedora. La historia es muy conocida: ella lleva doce años con una enfermedad que la convierte ritualmente en impura. Al saber de Jesús ella viene a la población, y lo hace seguramente con sigilo. Debe ser cuidadosa, si la ven puede quedar bajo sospecha. Se acerca por detrás. No reclama abrazos, miradas, palomas que bajan del cielo, ni siquiera ruega por palabra alguna. Solo piensa: “Si tocare tan solamente su manto, seré salva” (Mc. 5:28; Mt. 9:20). Hay algo de pudor en aquella manera de acercarse. Una mujer que sabía lo que su cuerpo significaba para el sistema de pureza no se arroja sobre Jesús, sino que apenas toca el fleco de su ropa. Yo he pensado siempre que ella era consciente de su impureza ritual y que quizá no quería contaminar a Jesús. Se podría decir que ella lo quería cuidar al tocar sus ropas sin tocarlo a él. Pero la verdad que se nos manifiesta es que la impureza no viaja hacia Jesús, sino que la vida viaja desde Jesús hacia ella, ofreciéndole una nueva vida.


Pienso en el centurión romano, que pide sanidad para su siervo. “Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo” (Mt. 8:8). Es clara la petición del centurión, le queda claro que no es necesario que Jesús entre en su casa, por respeto, por indignidad, posiblemente por toda la distancia cultural entre un gentil y un maestro judío detrás de la escena. Tal vez también está intentando evitarle a Jesús cruzar una frontera que él mismo considera impropia. De nuevo aparece de alguna manera el cuidado a Jesús, como diciendo que él no necesita que el Maestro entre en su casa para que quizá así no se contamine ritualmente. Sin embargo, Jesús empieza a romper sistemáticamente esos intentos de protegerlo, porque el poder de su sanidad entró en la casa aparentemente indigna, y curó al siervo. Las barreras humanas fueron disueltas, no fue necesario el cuidado del centurión ante el poder divino.


Pienso en uno de los leprosos. Aquel que ni siquiera pide ser tocado, sino clama por su limpieza, si Jesús lo quiere así. Perfectamente podría responder desde dos metros de distancia, o desde algunas cuadras como lo hizo con el centurión, pero Marcos dice que “Jesús, teniendo misericordia de él, extendió la mano y le tocó” (Mc. 1:41). El hombre no pide contacto, pero Jesús elige adrede el contacto. ¡Maravilloso! Cuidar es muchas veces acercarse al cuerpo vulnerable del otro y tocarlo, cargarlo, acogerlo, más allá de las barreras humanas.


Pienso en la hija de Jairo, pero ya no necesariamente como un gesto de cuidado, sino de la actitud de Jesús. Aquí las cosas son en el papel más difíciles porque la frontera ya no es la enfermedad sino la muerte. Jesús llega en apariencia tarde (¡Esta mujer del flujo de sangre que lo retrasa!) y sobre la mesa está Números 19:11 que dice que tocar a un cadáver hacía ritualmente impura a una persona. Sabemos que Jesús podía haber resucitado a la niña desde la puerta de la casa, pero no. Hay un gesto poderoso que resalta Marcos: “Y tomando la mano de la niña, le dijo: Talita cumi” (Mc. 5:41). La toma de la mano. Ella, muerta; Él, con un contacto que según la Ley implicaba impureza ritual. Pero los esquemas se rompen, porque vemos a un Dios que cuida tocando sin que la muerte contamine a Jesús, sucediendo más bien que Jesús contagia de vida a la muerte, irrumpe sobre ella declarando su victoria, un anticipo de ese domingo glorioso.


Pienso en el hombre de la mano seca. Aquí los fariseos parecen querer cuidar a Dios al velar por el cumplimiento de las reglas que aparentemente Él mismo dio. Los guardianes religiosos parecen decirle a Jesús que no haga eso ahora, que no cure hoy, que es sábado, que no se puede, que cuidan a la Divinidad y sus reglas. Seguro que todos observaban a Jesús para ver si lo sanaba en sábado, y Él formula una pregunta devastadora: “¿Es lícito en los días de reposo hacer bien o hacer mal; salvar la vida o quitarla?” (Mc. 3:4). Es como si estuviera diciendo a los fariseos que están tan ocupados protegiendo el sábado que han olvidado para qué existe el sábado. Miren que hay algo comprensible o incluso bien intencionado en su deseo de proteger la ley; sin embargo, Jesús tiene algo más grande en su corazón, porque lo que quiere es cuidar al hombre. Es increíble este pasaje porque no se habla solo de contaminación ritual, sino de nuestros intentos de proteger a Dios de su propia misericordia.


Cuántas veces hemos querido proteger a Dios. Los discípulos protegiendo a Jesús de los niños. Que no lo molesten, decían ellos, pero Jesús, al contrario, clamó que permitan a los niños llegar a Él. O los discípulos queriendo librarlo de la mujer cananea y pidiendo que la despidan. O la multitud queriendo librarlo de Bartimeo, diciéndole al ciego que se calle, pero igual Jesús se detiene. O los presentes en la reunión que querían protegerlo del “desperdicio” del perfume de Betania, mientras que Jesús fue categórico al permitir a la mujer ungirlo. O Pedro protegiéndolo de Jerusalén y de la cruz al decirle “Señor, ten compasión de ti; en ninguna manera esto te acontezca”. Lo de Pedro es quizá lo más grande de todo, porque era el máximo nivel de protección hacia Jesús, al decirle que la cruz no, sin ser consciente de la trascendencia del acto que estaba por venir.


A veces queremos cuidar a Dios. Le decimos que no entre aquí, que no toque esto, que no se acerque a mí, y también pretendemos señalarle de quién debería mantenerse lejos. De aquel, de aquella, de esa persona con la bandera multicolor, de quien consideramos indigno; que hoy no, que ese sufrimiento no, que la cruz no. Pero Dios parece responder una y otra vez que va a entrar, que va a tocar, que va a acercarse (incluso a la persona de la bandera multicolor), que también hoy, que también allí, que también aquí en el pecho, donde late la esperanza.


Parece que muchas veces queremos preservar a Dios de la contaminación cuando la realidad es que Dios quiere entrar en la condición rota, en el mundo quebrado para redimirlo. La encarnación es precisamente eso. El movimiento de Cristo no es hacia la seguridad sino hacia nuestra más profunda vulnerabilidad. Quebrantados de corazón, cuerpos enfermos, leprosos, gentiles, demonizados, mujeres ritualmente impuras, muertos, pecadores, publicanos, y finalmente una cruz. Parece que la santidad de Jesús funciona de una manera completamente distinta de como la imaginamos. Está lejos de ser una santidad frágil que necesita distancia para conservarse, sino que más bien es una santidad fecunda, que puede entrar en contacto con lo roto sin ser destruida por ello. La santidad de Dios no consiste en su capacidad de mantenerse separado de nuestra impureza, sino en su capacidad de entrar en ella sin dejar de ser Él para así transformarla.


En estos días hospitalarios creo que voy entendiendo un poco más al Dios que me ha cuidado en sobremanera desde el vientre de mi madre. Cuidar significa acercarse, significa entrar en la habitación, significa tocar aquello que duele, significa estar cuando el otro está vulnerable y cuando yo mismo también puedo estar vulnerable. Sé que muchas veces también he querido protegerlo, decirle que no entre en ciertos lugares de mi alma, que no toque ciertas heridas muy antiguas de mi corazón, que no se acerque demasiado a determinadas partes de mi historia, tan avergonzantes, que no mire ni mi insuficiencia ni mis miserias, pero Él parece no aceptar demasiado bien las precauciones que le ofrezco.


Por su gracia y bondad Él entra, toca, se sienta, come un pollo a la brasa conmigo, me abraza en el desierto del no-abrazo, me toma de la mano en los tiempos en que no hay manos, y finalmente carga una cruz pesada, la mía. No sé, tal vez es porque Dios no necesita que lo protejamos de nuestra vulnerabilidad, sino que somos nosotros quienes necesitamos que Él entre en ella.


lunes, 27 de julio de 2026

Las fuerzas armadas del amor de Dios

 Lo hiciste de nuevo, Fito. Pusiste un espejo donde yo creía que había una canción.

[… fue tanto el dolor / Sos chiquito en el mar de la desolación]

Hay temporadas en que el suelo se vuelve gelatina bajo los pies. Y sin embargo, el cuerpo responde.

[Pero hay algo que te empuja siempre a resistir / A jamás bajar la guardia, siempre a resistir]

Nadie queda indemne. La lucha es demasiado larga, la piel aprende el nombre de las esquirlas.

[Al final de todo, queda una herida fiera]

Heridas que uno carga sin verlas, que dibujan el mapa de todo lo que vendrá, y también de lo que fue.

[Todos somos niños heridos / Tuve suerte, amor, en no terminar / En un fucking cementerio]

Terminas con una frase que me toca, Fito. “Tuve suerte”, dices. Yo no puedo decir eso. No fue suerte. Alguien me sostuvo. Alguien me sostiene todavía. Y perdóname, me atrevo a hacer un pequeño retoque.

[¿Quién nos cuidó en el camino? / ¿Quién protegió nuestros destinos? / Son las fuerzas armadas DE SU amor]

Las fuerzas armadas del amor de Dios. Las únicas que no hieren. Las únicas que guardan. Todavía.




lunes, 29 de junio de 2026

¿Cómo ama Dios?

Cuando pasas un tiempo lejos de la presencia de Dios y regresas, una de las primeras preguntas que golpea es cómo Él nos ama. No quiero pensar esto como algo abstracto, o como definición teológica, sino como realidad que toca nuestra vida, nos quita el sueño, ronda las madrugadas, y sostiene a los corazones cansados y rotos.

Juan nos quita todo mérito cuando dice que “En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó a nosotros" (1 Juan 4:10). Es un amor que no nace de lo que nosotros somos sino de lo que Él es. Iniciativa pura de Dios, y cosa maravillosa: antes de que pueda darle algo, él ya me había amado. No llego a Dios para ganar su amor, sino que llego y descubro que ya lo tengo.

Jeremías también nos dice algo que me hicieron recordar hace poco, y lo sentí como la mano que me rescataba de la arena movediza: "Con amor eterno te he amado; por tanto, te prolongué mi misericordia" (Jeremías 31:3). Misericordia es esa palabra tan difícil de traducir que es Hesed; misericordia, fidelidad entrañable, el amor que no se rinde aunque el otro falle, el amor que persiste aunque la relación está dañada, el amor que espera la restauración. Dice que es amor eterno, que está siempre presente, que nos toca en cualquier momento de nuestra historia. Dios me ama tal cual soy.

También Dios nos ama como padre o madre, "Como el padre se compadece de los hijos, se compadece Jehová de los que le temen" (Salmo 103:13). Compasión viene de una palabra hebrea cuya raíz es vientre materno; la compasión de Dios viene, entonces, de las entrañas, de lo más profundo, de donde se hace la vida. Dios no es un ente frío, o una fuerza que vaga por el universo. Es un padre y una madre, que se conmueve por nosotros, sus hijos.

Llega a mi mente ese pasaje paulino tan conocido: "Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros" (Romanos 5:8). Murió, sí, y no espero a que estuviéramos bien, o espero a que mejoráramos, a que seamos santos. No importa eso, Dios nos ha amado rotos, perdidos, en su contra, indiferentes con Él. ¡Pecadores, a fin de cuentas! Esto puede significar algo práctico: no tienes que estar bien para ser amado. Puedes estar hecho pedazos y ser amado con la misma intensidad que en tus mejores momentos. Aleluya por eso.

Pablo también dice algo sumamente audaz: "Ni lo presente, ni lo por venir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro" (Romanos 8:38-39). Miren esa lista, no hay circunstancia o evento que queden fuera. No hay momento oscuro, o fracaso, o daño causado, o dolor en el alma, o madrugada tan larga que pueda poner distancia entre tú y este amor tan grande que Dios nos da.

Y es incondicional. A veces, la única forma de entender esto es amar a alguien sin ser correspondido. Recibes desplantes, el peso absoluto del silencio, a veces palabras hirientes, pero igual amas, porque el amor no depende de ser correspondido, de la cercanía o el alejamiento del otro, sino que espera sin secuestrar la libertad del otro. Dios ama y espera a quien no lo desea, a quien quiere irse, con intensidad y ternura. Es un amor que ama aunque no reciba. A veces Dios hace crecer en nosotros esa clase de amor para rehacer nuestro corazón a su imagen, para entender en lo más profundo cómo ama Dios. Me conmueve mucho esto porque por mucho tiempo ignoré sus susurros llenos de afecto. No escuchaba su voz, le hacía desplantes, me alejaba, mostraba con hechos que no lo amaba. Pero él nunca se fue, estuvo a mi lado cada día, como el padre en el camino que espera a su hijo, sabiendo que un día regresaría al redil. Nuestro ego ama necesitando ser validado, visto, elegido, necesitando calmar su hambre, pero el amor de Dios es distinto: ofrece un amor que ama aunque no reciba.

Dios no nos ama solo cuando estamos bien. Nos ama en la lágrima, en la espera, en el quebranto, en el silencio de las madrugadas mientras la familia duerme. Este es su amor. Y sobre ese cimiento vale la pena construir nuestra vida.


miércoles, 17 de junio de 2026

Confesión de una fe integral

1. Mi visión se basa en la Biblia, compuesta por 66 libros separados en dos testamentos: Antiguo y Nuevo, de origen divino, fuente fundamental de la revelación de Dios a los hombres y regla de fe y ética cristiana, veraz en todo lo que afirma para nuestra fe y nuestra salvación.

2. Dios, uno y trino, santo y fiel, justo y misericordioso, que camina con nosotros y no nos abandona, es el creador de todo lo existente, visible e invisible, que forjó al hombre y a la mujer a su imagen y semejanza con un propósito sistematizado en cuatro aspectos fundamentales: una relación con Dios, una relación consigo mismo, una relación con los otros, y una relación con el medio ambiente que lo rodea.

3. Desde una perspectiva teológica, la entrada del pecado en la creación material, debido a la desobediencia, daña todas estas relaciones del hombre y la mujer, distorsionándolas y dejando al ser humano incapaz de salvarse a sí mismo, originando el mundo tal como lo vemos hoy, trayendo además la muerte física y la muerte espiritual. El efecto es devastador y alcanza a toda la creación. Sin embargo, aun en medio de esta ruina, la gracia de Dios precede y hace posible la respuesta humana a Él.

4. Sin embargo, Dios, en sus propósitos, envió a su Hijo Unigénito Jesucristo, completamente Dios y completamente hombre, para Su obra sublime, que incluye la expiación, propiciación, sustitución, justificación por gracia mediante la fe, y redención. Este proceso ataca todos los efectos del pecado y podemos afirmar que la obra de Cristo es global, reparando las cuatro relaciones fundamentales: Dios, uno mismo, los otros, el medio ambiente que nos rodea. La resurrección corporal de Jesús al tercer día es la manifestación de su victoria absoluta y esperanza básica de que Dios es Señor de la vida y de lo que pasa en la vida, siendo capaz de revivirlo todo, si Él así lo quiere.

5. La llegada de Cristo a la tierra es el evento categórico por excelencia, e implicó que el reino de los cielos se acercó, condición que no ha variado hasta hoy, manifestada como una realidad presente en Su propia persona y acción (predicación, obras de justicia, misericordia), al mismo tiempo que como algo futuro, porque no se ha consumado; por eso se dice que existe una tensión de tipo escatológico: el "ya pero todavía no".

6. Una vez que Cristo deja la tierra, la continuación de los efectos del acercamiento del reino queda en manos del Espíritu Santo, tercera persona de la Trinidad, que da soporte a la iglesia en el trabajo que lleva esta tarea ya que enseña y guía tanto al creyente como a la comunidad. La iglesia debe manifestar el reino de Dios en la historia, haciéndolo realidad por los dones del Espíritu Santo.

7. Esta continuación de efectos implica que la iglesia debe involucrarse activamente en las cuatro reconciliaciones fundamentales: la relación con Dios, la relación consigo mismo, la relación con los otros, y la relación con el medio ambiente que lo rodea. Estas cuatro dimensiones son inseparables y mutualmente implicadas.

8. Dios llama a los creyentes a vivir su fe en comunidad, ya que la iglesia es una manifestación del reino de Dios, aunque imperfecta y todavía en camino. Porque nosotros, que somos la iglesia, no solo hemos sido hogar, sino que también hemos herido, hemos ejercido poder en lugar de servir, hemos excluido a quien Dios recibía, hemos lastimado en su nombre. Por eso vivimos la misma gracia que predicamos porque la necesitamos para nosotros antes que nadie. Y por esa gracia recibida, en el seno de la iglesia personas reconciliadas y redimidas, las cuales viven un proceso de transformación constante, comparten vida, servicio, oración, intercesión, mesa, consuelo, cobijo, alegría, lágrimas, descanso, alabanza y misión. Es en la comunidad donde se encarna la misión, donde encontraremos: gracia para el pecador que se arrepiente sin distinción alguna, gracia para el hijo de Dios que vuelve, consuelo para el quebrantado, misión para los discípulos, esperanza para los que esperan, espacio para que Dios transforme a las personas.

9. La comunidad tiene gestos físicos y visibles con los que celebra la gracia y hace memoria de la obra redentora de Cristo, y expresa su fe y compromiso: el bautismo y la cena del Señor. Ambos también son medios mediante los cuales Dios se acerca a nosotros.

10. La vida cristiana ocurre en medio de la fragilidad humana y la incertidumbre. Dios obra no solo a través de la fortaleza y el éxito de la iglesia, sino que se manifiesta con potencia a través de la vulnerabilidad, el arrepentimiento, el sufrimiento y la dependencia de su gracia inmerecida. El saber que vivimos en la incertidumbre nos llama a ser plenamente dependientes de Dios y su misericordia, sabiendo que él quiere lo mejor para nosotros y que confiemos en él con todo el corazón.

11. La gracia es el eje de la vida. Mediante la gracia Dios se acerca a nosotros, mediante la gracia nosotros servimos a pesar de no merecerlo, mediante la gracia podemos alabarlo, mediante la gracia amamos a nuestros semejantes, mediante la gracia Dios nos usa, a pesar de nosotros.

12. Por la gracia Dios nos ve y nos transforma, y nos da nuevas oportunidades. Inclusive si caemos y “volvemos en sí”, Dios nos recibe con los brazos abiertos y se alegra de tenernos en casa de nuevo. Incluso si pecamos y merecemos el apedreamiento, Dios nos dice que no nos juzga pero nos exhorta a no pecar más. Incluso si lo negamos tres veces, él después nos llama a apacentar a sus ovejas. La gracia maravillosa buscará restaurar y redimir, nos da otra oportunidad y nos redime del mal que está en nosotros mismos —pero solo si así lo queremos—. El joven rico, a fin de cuentas, se fue triste sin seguir a Jesús.

13. Lo perfecto será cuando Él venga, por segunda vez; por ahora, debemos mostrar cómo podría ser el mundo completamente reconciliado, tanto en nuestras comunidades de fe como en los ambientes en donde nos movamos. Esto es parte intrínseca de la misión. Mientras tanto, esperamos su venida, la resurrección de los muertos y la renovación de toda la creación. El anhelo es que esta renovación alcance a todos, pero la gracia que salva respeta nuestra libertad, y los hombres y mujeres son libres de aceptar o no la invitación de Dios. La manera y el alcance final de todo esto permanecen en misterio, y se lo confiamos completamente a Dios.


jueves, 28 de mayo de 2026

Apuntes de una lectura teológica y económica de la nueva encíclica de León XIV

Antes de hablar de lo que dice la encíclica sobre la IA -cosa que espero hacer en otro posteo-, me quiero detener un momento para hacer una lectura teológica y económica del texto que acaba de publicar León XIV. Porque, más allá de la discusión tecnológica, lo que aparece aquí es una visión profundamente política del desarrollo contemporáneo. Hay varias cosas bien interesantes que se pueden comentar.


Por ejemplo, la encíclica hace un juicio ético contra la financiarización del mundo y la arquitectura que se ha construído para sostenerla (disclaimer: yo trabajo para esa arquitectura), y no lo hace desde principios abstractos sino que aterriza directamente en algo tan concreto como la opción preferencial por los pobres y su encaje en variables como la automatización y el empleo. Desde aquí, se nos invita a resistir al “síndrome de Babel”: “la idolatría del lucro que sacrifica a los débiles, la uniformidad que aplana las diferencias, la pretensión de un lenguaje único —incluso digital— capaz de traducirlo todo, incluso el misterio de la persona, en datos y rendimientos» (párrafo 10).


El capítulo IV de la encíclica, específicamente en la parte que habla de la dignidad del trabajo en la transición digital, trata del mito que dice que la evolución tecnológica y los mercados siguen un camino inevitable al cual debemos someternos sin resistencia. Eso no es verdad, y siempre, como cristianos, debemos estar atentos y participar de las agendas que transforman el mundo porque el evangelio es, precisamente, transformación. 


Por ejemplo, podemos decir que la salvación y la liberación están presentes en la renovación de las estructuras materiales del presente, y desde aquí podemos —y debemos— discernir críticamente los cambios del mundo cuando estos se oponen a la aspiración de una humanidad justa y solidaria. En este contexto el papa dice que «cada decisión técnica o económica se convierte en un punto de discernimiento espiritual, una ocasión para verificar si los avances de la IA abren espacios de justicia y participación o concentran la riqueza y el poder en manos de unos pocos» (párrafo 240). Hay una razón que debemos tener en cuenta: la innovación digital no es neutral. Pueden ampliar nuestras oportunidades, sí, pero también pueden «sustentar modelos que explotan a los más vulnerables, alimentan nuevas esclavitudes y transforman el conflicto en oportunidad de lucro» (párrafo 240).


Hay una preocupación del papa por el hecho de que «hoy en día, en la “cuarta revolución industrial”, esta preocupación se agudiza, ya que la innovación suele acogerse únicamente con el fin de reducir costes y aumentar los beneficios», advirtiendo además que «en muchos sectores, esto ya se traduce en nuevas formas de precariedad y desigualdad, con remuneraciones muy elevadas para una minoría altamente especializada y salarios cada vez más bajos para una gran parte de la población activa» (párrafo 151). Muchas voces vienen anticipando este escenario desde hace años, y aquí la encíclica parece sugerir que las dinámicas económicas y tecnológicas no pueden quedar libradas únicamente a la lógica del mercado, sino que requieren mediaciones políticas, regulatorias y comunitarias orientadas al bien común.


Tal vez el punto cumbre de la interacción entre la teología y la economía se da cuando León XIV establece una frontera ética que marca las pautas de las prioridades del desarrollo contemporáneo. Dice que «el objetivo de obtener mayores beneficios no puede justificar decisiones que sacrifiquen sistemáticamente el empleo, porque la persona humana es un fin y no un medio, y el orden económico debe permanecer subordinado a su dignidad y al bien común» (párrafo 152). Por lo tanto, la encíclica respalda la necesidad de diseñar sistemas centrados en la persona y no solo en el rendimiento (párrafo 150), devolviendo a las instituciones colectivas su función de administradoras del bienestar social, de tal manera que se eviten tensiones debido a «reservas de mano de obra precaria y focos de inestabilidad» (párrafo 153). 


La encíclica se aleja del establishment económico porque dice que la economía y el desarrollo tecnológico no están gobernados por leyes inmutables ―que a los economistas nos encanta defender― sino por la filosofía moral y el discernimiento colectivo. Se entrelazan la teología social con la estabilidad laboral, y se marca una hoja de ruta que basa sus principios en la figura bíblica de Nehemías, convocando no ser «espectadores resignados a las fracturas sociales y culturales, ni simples comentaristas de las ruinas, sino mujeres y hombres que entran en las obras de la historia ―laboratorios de investigación, empresas tecnológicas, escuelas, medios de comunicación, instituciones, comunidades locales― para levantar lo que se ha derrumbado y proteger lo que está expuesto» (párrafo 241). 


Las implicancias son gigantes. Podemos inferir que es posible utilizar la regulación, las políticas fiscales y el discernimiento colectivo para garantizar la equidad entre las personas ante el reto de la IA. No pueden ser solo opciones técnicas para los gobiernos, sino que deben ser consideradas como condiciones indispensables para edificar un hogar, de todos los seres humanos, sólido y hospitalario en el mundo actual.


Insisto lo que dije antes: es una encíclica profundamente política. En otras palabras: León XIV no está escribiendo solamente sobre tecnología. Está discutiendo el poder y una forma de ver al mundo: desde el amor, la dignidad humana y el bien común.


jueves, 7 de mayo de 2026

La fe en la vorágine

A veces no lo creo: este blog ya tiene más de veinte años, aunque en los últimos tiempos los espacios de escritura han sido en extremo distanciados. Mucha agua ha pasado bajo el puente, y una de las cosas que he aprendido -y que son evidentes en varios de los textos del blog- es que la teología no es una disciplina de respuestas estáticas, sino que más bien es algo que muta, evoluciona dinámicamente según el andar de nuestra vida y nuestro corazón. Las preguntas que aparecen van siendo distintas y a veces se van haciendo más difíciles, pero con suerte nuestra habilidad para contestarlas también va creciendo. O simplemente no queda más que resignarnos a no conocer la respuesta.

Algo que llama mi atención desde hace tiempo es sentir y pensar a nuestra vida desde la turbulencia. En mi día a día me muevo en el mundo de los riesgos financieros. Allí, las colas negativas de las distribuciones son casi obsesión, esto es, los momentos en los que hay colapso y las estructuras financieras y económicas se ponen a prueba. En la vida creo que pasa algo parecido: también hay colas negativas que traen vientos huracanados, y nuestras estructuras se ponen también a prueba, incluyendo nuestra visión de Dios y nuestra espiritualidad. ¿Cómo pensamos? ¿Cómo nuestra fe se tensa? ¿Cómo sentimos a Dios? ¿Cómo recibe nuestras lágrimas? ¿Sentimos que nos escucha? ¿Pensamos en que podemos perder la fe? ¿La perdemos? ¿La recuperamos?


La fe más allá del refugio

A menudo nuestras estructuras de fe son construidas para la “normalidad”, para cuando todo está bien o movimientos “esperados” o “usuales” (como suelen ser los modelos de riesgos): una fe para el templo, para la calma o la paz emocional. Una fe para el refugio, para el cobijo dentro de las murallas de la seguridad. Las religiones suelen ser así. Sin embargo, una fe diseñada para vivir en el refugio no nos sirve de mucho, es en realidad una fe frágil, de la que no quiero.


Yo creo que la espiritualidad de verdad se gestiona afuera, en la lluvia, en la intemperie, no dentro de las murallas. En lo común del día a día, en el cuidado del espacio en donde vivimos, donde gestionamos la convivencia con nuestros vecinos, en el manejo del auto, en la mirada frente a la computadora laboral, en el abrazo a los hijos, en la mirada de amor hacia la esposa. La fe no es un discurso, es más bien una especie de ética operativa, del día a día, un BAU (business as usual) que se debe cumplir escrupulosamente. Es lo cotidiano convirtiéndose en liturgia. La vivencia de lo divino se traduce aquí como integridad pero especialmente como servicio a los demás. Puedo pensar también en el papel de la fe en el pensamiento (aquí me sale mi función de profesor universitario), donde la fe debe ser creer sin renunciar a la razón, donde ésta se convierte en una especie de sistema de protección contra la mentira y el pensamiento simplista que tanto abunda hoy, una manera de discernir la verdad entre la marea del ruido. Una fe contra las fake news y la desinformación malintencionada.


Fe y vulnerabilidad

Pero estar afuera tiene sus riesgos también. Uno grande, creo yo, es el peligro a encerrarnos dentro de fundamentalismos y teorías de la sospecha (tan abundantes ahora en las redes), que nos ofrecen una seguridad falsa que roba el amor, y su humanidad. Es demasiado triste ver esto en el día a día.


Pero otro riesgo es la incertidumbre, donde cada vez tenemos menos seguridades y menos certezas, donde la verdad parece ser atacada por todos los frentes. Ante la incertidumbre, madre de los riesgos financieros y de todo tipo de riesgo, lo que debe hacer la fe es asumirla y aceptar nuestra propia vulnerabilidad ante lo que nos rodea. La fe no tiene que ser absolutista, y no debe tener miedo a ser retada y cuestionada, sino que tiene que entender que su valor real no está en cuanto sabe, sino en cuánto es capaz de estar a nuestro lado en los momentos de mayor turbulencia. Es aquí, en el centro de la vorágine, del caos y la nausea, cuando Dios aparece, nos acoge, y nos pide confiar de manera absoluta, dicíendonos que él resucitó a la hija de Jairo, a Lázaro, que caminó sobre el lago y abrió el mar, que creó el mundo, y que no dejará de estar a nuestro lado, aunque la incertidumbre nos ahogue y las circunstancias parezcan ir en nuestra contra.


domingo, 19 de abril de 2026

Voz de una oveja perdida pero amada (Lucas 15:3-7)


Una vez fui parte del rebaño, caminaba con todas las demás ovejas, pero lentamente, casi sin darme cuenta, pastando por aquí y por acá, acabé lejos, en la oscuridad. Un shock de la vida, el cansancio extremo, el silencio que no pide ayuda porque “no pasa nada”, y ya estás extraviado. Quizá lo peor del asunto es que no lo percibes, crees que todo está bien, que todos los aspectos de la vida están bien, pero no eres consciente del enorme grado de vulnerabilidad en el que estás, no te das cuenta de que estás al lado del precipicio, o a veces sí lo sabes y lo que quieres es lanzarte, destruyendo todas las bendiciones recibidas en el rebaño, todo el cuidado maravilloso del pastor, porque crees no merecerlo, que es algo demasiado bueno para ti.

Te pierdes, sí. Quizá algunos creen que la oveja perdida debe “aprender su lección”, que debe andar un tiempo en la obscuridad para que, de alguna forma, encuentre el camino de regreso por sus propios medios. Te dejan solo en la noche. Pero el pastor no es así, sabe que una oveja perdida está desorientada y el vulnerable. Él ama a las ovejas, a cada una con su nombre propio, y por eso dejará la comodidad y seguridad de la comunidad de pastores y de los buenos pastos y se irá hacia el lugar del extravío. La iniciativa de la restauración viene de él.

Las otras 99 están seguras. Aparentemente puede parecer un riesgo enorme exponer a las 99 con el fin de salvar a una, pero la economía de Dios es escandalosamente diferente. Yo no soy un porcentaje de pérdida aceptable (1%), soy alguien que ama con un amor tan intenso que irá a los lugares más oscuros a rescatarne. El “riesgo” del pastor es, de cierta forma, una señal del amor de Jesús expresado en la cruz, muriendo por esa oveja perdida.

Que increíble que es el versículo 5. “Y cuando la encuentra, la pone en sus hombros, gozoso”. Yo me fui, anduve por senderos peligrosos, lo destruí todo, humillé a los que me amaban de verdad. Quizá lo lógico es que me aplicaran la ley, que me castigaran, que me encuentren y me traigan de regreso, con latigazos por la angustia provocada al pastor. Sin embargo, yo humillé pero Dios no hace lo mismo por mi fracaso. Dios me encuentra en mi extravío y asume el peso y el cansancio del regreso. Me carga hacia el lugar donde están las demás, feliz. Me rescata por pura gracia, jubiloso de que haya regresado a casa, sin quejas por el tiempo perdido ni exigiendo disculpas. ¡Convoca a una fiesta! Es tan radical ese amor que interrumpe las actividades para celebrar que uno de los suyos, que pastaba con las otras 99 pero que había perdido el rumbo, está a salvo de nuevo. No hay reproche alguno, solo el gozo del retorno, de la reconciliación. Todo es gracia pura.

Nunca fui un caso perdido. El pastor me encontró magullado, malherido en una fosa debido a mis propios actos. ¡Pero no me olvidó! Es triste haberme caído, sí, y que ganas de que las cosas hubieran sido distintas, pero a pesar de todo Dios no estuvo a lo lejos esperando que fracasara, sino que siempre estuvo pendiente de mí y ahora me buscó y me encontró, herido sí, y me trajo de regreso a casa y me tiene entre algodones, curándome y tranformándome, todo por amor, un amor que muchas veces no entiendo y que me quiebra, pero allí está, incondicional e inconmesurable. 

Que esa gracia redentora que me dio el pastor me dé las fuerzas para levantarme, luchar por la restauración del alma y de la vida, y así pueda volver a mostrar amor a través de la sensibilidad y el servicio humilde a quienes lastimé. Que el perdón divino sea el motor para la reparación humana.


miércoles, 15 de abril de 2026

La resurección que viene de lo alto

 

Jesús resucitó a Lázaro, resucitó al hijo de la viuda de Naín, resucitó a la hija de Jairo. Las tres resurrecciones son profundamente conmovedoras. El pasaje de Jairo rogando por la ayuda de Jesús ante la agonía de su hija me saca lágrimas, y es poderoso en mensaje: “No temas, cree solamente” ante los anuncios de que la niña ya había fallecido. ¿Se imaginan a Jairo? Una fe que va más allá del anuncio de la muerte, una confianza que rompe el sentido común. “No temas, cree solamente” se ha convertido en uno de mis ejes de vida y de fe. Cree, confía, Dios está en control de las cosas.


Y con la viuda de Naín, la señal y enseñanza poderosa de Jesùs es que Dios tiene compasión, que ve nuestro dolor, nuestras lágrimas, nuestros clamores al cielo, y que a pesar de lo aparentemente definitorio, a pesar de la muerte ya probada y visible, él puede resucitar, puede volver a construir un nuevo comienzo. La viuda no le pidió nada, él vio la necesidad, la carencia que venía, los sollozos que no pararían nunca en la viuda, hasta el fin de sus días. Que grande que es el poder de Jesús sobre la muerte, que grande que es la mirada de Jesús hacia los vulnerables.


Lázaro, que se levantó y andó luego de cuatro días de muerto. Todos pensaban que ya era tarde, que todo era irreversible, un milagro que ya era imposible. La hija de Jairo acababa de morir, pero Lázaro ya tenía tiempo fallecido. “Hiede ya” le decían a Jesús pero eso no importó, su poder sobre la muerte es absoluto y demostró que siempre es posible resucitar. Si lo hizo con unos huesos secos en Ezequiel, pues Dios lo puede todo.


Sí, podemos entender que hablamos de resurrección literal, de un muerto que pasa a vida. Es la esencia de nuestra fe. Pero voy más allá. No me quedo con el hecho de la resurrección como la vuelta de un cadáver a la vida, sino con el hecho que Jesús puede volver a la vida todo, tiene el poder de transformarlo todo, de incluso recuperar y hacer florecer lo que todos dicen que está muerto. “No temas, cree solamente” dijo él. Hay cosas muertas en nosotros, hay cosas muertas en nuestras relaciones, hay cosas muertas en el alma, pero Jesús tiene el poder de la resurrección, puede hacerlo, porque vino a sanar a los enfermos, porque se compadece de nosotros, porque somos sus amigos y nos llora. Pero esa resurrección no viene como un rayo del cielo, sino que nos pide tener la fe de Jairo, la que exige algo de nosotros: tomar la decisión de luchar por el otro o la otra, o nos susurra que acortemos distancias, o nos invita a abandonar la lejanía y elegir el servicio diario constante, o nos dice que abramos incondicionalmente el corazón ante la persona que amamos, o que poseamos la sensibilidad a la necesidad de los demás y la ternura como los canales por donde Dios vuelve a soplar vida. Creer en nuevos comienzos es un acto de fe monumental, y yo quiero creer.


La hija de Jairo es la muerte reciente. El hijo de la viuda es la muerte en tránsito, Lázaro es la muerte irreversible de varios días que ya es un hecho consumado. El mensaje es claro y lo recibo en el corazón: no importa en qué etapa de la "muerte" se encuentre nuestra situación de vida, el poder de Cristo es absoluto y puede resucitar lo que sea, ¡siempre!


Resucita, Jesús, las partes de mi alma que están muertas. Resucita, Jesús, lo que tengas que traer a la vida en mí. ¡Tú sabes lo que tienes que resucitar! Amén.


domingo, 25 de octubre de 2020

¿POR QUÉ EL TEMPLOCENTRISMO?

Durante la semana, varios pastores, emocionados, adelantaron la noticia de que los templos se abrían muy pronto en el Perú. Muchos, en verdad, han esperado la noticia por meses y parecía que había mucha afección en el ambiente, pero finalmente se aprobó que los templos se abran solo a la tercera parte de su capacidad y nada mas para ceremonias especiales, que para los evangélicos aplicaría a los bautismos, matrimonios y servicios fúnebres. Creo que era lo esperado dadas los anuncios previos de que la apertura sería gradual.

Anoto unas pocas cosas. Para los evangélicos la cuestión de no tener cultos ha sido siempre un tema menos importante que para los católicos, que tienen en la eucaristía y el acto de comulgar una cuestión vital para su fe. Para ellos, la transubstanciación ocurre en cada misa, comen de la carne y beben de la sangre de Cristo, hay allí un contacto directo con lo divino. Para nosotros el culto es importante, por supuesto, pero el valor es menor dentro de nuestra vida cristiana. No obstante esto, el reclamo de ciertos sectores por el culto ha sido insistente a pesar de que en la actualidad hay medios que lo reemplazan bien y sepamos que el templo somos los creyentes y no el edificio físico. ¿Por qué la insistencia? ¿Por qué algunos llamaban incluso a la rebelión aquí y en otros países? ¿Por qué para muchos era cosa de vida o muerte?

Podríamos ensayar varias respuestas al templocentrismo evangélico. Hay un poco de literalidad veterotestamentaria, una idea de que la shekinah sigue en nuestros estrados de alguna forma. Tal vez un poco de rezago de catolicismo (teniendo en cuenta que muchos evangélicos actuales han sido católicos antes) para los cuales el templo en sí es también fundamental. Otro tanto de literalidad neotestamentaria cuando dice que "no debemos dejar de congregarnos, como algunos tienen por costumbre" (Hebreos 10:25) y se piensa en reuniones en templos, cuando las iglesias de la era primitiva funcionaban en las casas. 

Más cosas pueden añadirse, pero sea lo que sea creo que la situación actual nos puede enseñar a que, finalmente, el templo es accesorio y la vida en comunidad puede encontrar sus caminos fuera de las cuatro paredes del templo, así éste tenga un candado de manera justificada, como hoy, o injustificada, como cuando perseguían a los cristianos. Podemos resaltar, a fin de cuentas de que "uno mayor que el templo está aquí" (Mateo 12:6), que ese mayor que el templo está presente cuando "dos o tres están reunidos en (su) nombre" (Mateo 18:20) sin interesar el lugar o la forma y que en la práctica por fin podemos reconocer que “el Altísimo no habita en templos hechos por mano; como el profeta dice: ‘el cielo es mi trono, y la tierra es el estrado de mis pies. ¿Qué casa me edificarás? dice el Señor: ¿O cuál es el lugar de mi reposo? ¿No hizo mi mano todas estas cosas?’” (Hechos 7:48-50)




jueves, 30 de enero de 2020

La pelota no se mancha

Todos hablan del FREPAP(1) ahora. Es la gran sorpresa de las últimas elecciones, aunque los que tenemos algunos años recordamos a Ezequiel Ataucusi en algún debate presidencial, o a algún congresista de AEMINPU(2) que se pasó al fujimorismo en los ya distantes años noventa. Siempre nos pareció una cosa rara al no comprender la naturaleza del movimiento religioso y de su irrupción política. ¿Qué tenían que ver con nosotros las túnicas, las barbas y los cabellos largos de las mujeres? ¿Su mesías que resucitaría al tercer día no era más que una cosa del folklore peruano? Tampoco es que nos preocuparan tanto dado sus magros resultados electorales. Por ahí algunas alcaldías y nada más.

Una semana antes de las elecciones poco menos de la mitad del electorado no sabía por quién votar. Como buenos peruanos, a última hora decidimos el voto, y muchos lo hicieron en la cola de la mesa de sufragio. ¿Cómo así consideramos votar por este partido confesional, al punto de superar sus votos el 5% del total del padrón electoral, cuando el AEMINPU representa solo el 0.4% del total de la población peruana? ¿Qué sucedió faltando tan poco? ¿Por qué hace 20 años era casi imposible que en Lima votaran masivamente por el Frepap, y ahora fueron la primera fuerza en distritos como San Juan de Miraflores o Villa María del Triunfo? ¿Porqué tanta gente que no es del movimiento marcó el pescadito del FREPAP?

Muchos más duchos que yo han ensayado respuestas. Con mi buen amigo Eduardo Romero reflexionábamos al respecto y coincidíamos en algo que creemos relevante: antes el AEMINPU estaba en su cielo, en su templo mayor, en sus comunidades de la selva construyendo su paraíso, pero hoy son terrenales, los podemos tocar, hemos descubierto que sienten como nosotros, gritan como nosotros, compartimos las mismas pasiones, gracias a David Chauca, el famoso hincha israelita. Gracias a él el AEMINPU se nos ha acercado, hemos dialogado con él, se nos ha convertido en uno de nuestros símbolos, despertó nuestras simpatías, se hizo como nosotros, y descubrimos con agrado nuestras similitudes. En el proceso ayudó la prensa, por supuesto, y muchos otros, hasta en algún comercial salió. ¿Bichos raros? Para nada, nuestra pasión por la selección era la misma. Gritamos juntos los goles y lloramos las derrotas. ¿Por qué no compartir otros sentimientos? ¿Por qué no podría votar por ellos en alguna elección, si parecen ser gente correcta?

AEMINPU le debe mucho a David Chauca. Tal vez hasta darle un sitial al lado de la dinastía Ataucusi.



(1) FREPAP: Frente Popular Agrícola FIA del Perú
(2) AEMINPU: Asociación Evangélica de la Misión Israelita del Nuevo Pacto Universal

domingo, 25 de agosto de 2019

La compasión, eje de la fe

Una reflexión desde Jesús y la resurrección del hijo de la viuda de Naín (Lucas 7:11-17)

Qué duda cabe que ahora los evangélicos tenemos una nueva incidencia pública. Ya quedó atrás el encierro en las paredes de la iglesia y hoy mantenemos un coqueteo abierto con el poder. Lo mostramos, queremos más, mucho más cada vez. Nuestra imagen se lee en clave política, sea bajo la cortina de la llamada “ideología de género”, tedeums en nuestros templos más grandes o la invasión de pastores candidatos, como hemos visto hace poco en Brasil y Argentina. Los congresistas evangélicos son más visibles pero tristemente más del lado negativo: solo pensemos en los casos de Julio Rosas y Tamar Arimborgo en el Perú. 

Esa incidencia pública nueva parece haber cambiado nuestras prioridades como comunidades de fe. Ya he comentado antes sobre la agresividad que se denota hoy en el evangelicalismo, que parece ir en aumento mientras la cuota de poder aumenta, con pulsadas que buscan llegar hasta el mismo poder ejecutivo. Somos otros cristianos, como desenfocados de la naturaleza de nuestra misión, rendidos ya a la tentación de monte alto buscando la imposición de nuestras cosmovisiones desde el aparato del Estado (Lc. 4:8-10). Muchas cosas han cambiado, no necesariamente para bien. 

Recordando la situación de las viudas 

La sociedad en la que vivía Jesús era profundamente machista, desigual, violenta y opresiva, no solo por la presencia imperial romana, sino por los comportamientos que nacían desde los mismos judíos. El esclavismo era el eje de la economía. La situación social y su dinámica hacía que muchos quedaran al margen de la sociedad, resaltando en especial las viudas, quizá las más vulnerables del tejido social de la época. En esos tiempos, quedar viuda era algo que a una mujer le sucedía con demasiada frecuencia, gracias a la pobre esperanza de vida. 

Las viudas en Israel tenían cierto nivel de protección teórica según el Antiguo Testamento, que no muchos códigos religiosos antiguos poseían. Por ejemplo, los hijos mayores se hacían cargo de ellas si tenía la edad suficiente para afrontar la responsabilidad. Un ejemplo sustantivo es el del mismo Jesús, que en la cruz le da la tarea a Juan de cuidar a María, ya viuda de José (Jn. 19:26-27). Varios otros ejemplos están en la ley: cada tres años, del diezmo se extraía una ayuda para los vulnerables de la sociedad, entre ellos las viudas (Dt. 14:29), o su participación libre de los banquetes de las fiestas religiosas (Dt. 16:11, 14), o la protección contra el abuso (Ez. 22:7; Mal. 3:5). No olvidemos que un hermano o pariente del lado del marido podía o debía tomar a la viuda por esposa, como se nos revela con claridad en la historia de Ruth, Noemí y Booz. En el papel existía un marco que las cobijada, pero la realidad distaba de este ideal. En tiempos de Jesús se cumplía poco de lo estipulado. Por lo tanto, de la viudez a la marginalidad no había demasiada distancia. 

La realidad de los desposeídos 

En tiempos del ministerio de Jesús gobernaba Galilea y Perea Herodes Ántipas, quien quiso construir su reino para dejar su legado. Reconstruyó Séforis y construyó su capital: Tiberíades, en honor al emperador Tiberio. Estas dos ciudades generaron un gran cambio social: la urbanización de Galilea. Eran los centros administrativos desde donde se controlaba toda la región. Allí vivían las clases dominantes: grandes cobradores de impuestos, militares, los terratenientes más importantes, comerciantes. Sin embargo, fueron proyectos sumamente caros. Por ello, los impuestos eran muy altos, y las familias apenas podían pagarlos. Esto obligaba a muchos a subsistir al borde de la miseria. Si venía una mala cosecha, una enfermedad, o la muerte de algún varón de la familia podía venir el fin para ellos. 

El riesgo de la indigencia para las personas era altísimo. ¿Qué pasaba si una familia, tras pagar los impuestos, no tenía reservas para la siguiente cosecha? Acudía a la familia o a los vecinos. Si no tenía esa opción, pedía un préstamo a algún rico que almacenara grano (cf. Lc. 12:16-21). ¿Si no podía pagar este préstamo? Se quedaba inexorablemente sin tierras: más terreno acumulado para los terratenientes. Algo que también sucedía en Palestina con frecuencia era que los terratenientes decidían hacer monocultivos para maximizar la producción especializada para el comercio del vino, trigo o aceite. ¿Qué pasaba con los bienes alimenticios? Eran producidos en menor escala, lo que encarecía sus precios para dificultad de los que menos tenían. Al mismo tiempo, Ántipas fomentó el uso de las monedas romanas, que permitían la acumulación de la riqueza. Los pobres apenas podían acceder a monedas de bronce o cobre. Muchos, ni siquiera a eso, quedando fuera del círculo económico. No les quedaba más que el trueque y la vida de subsistencia (1). 

Aunque en Palestina había un relativo dinamismo económico, para muchos el estado real era la inseguridad, la desnutrición y la vulnerabilidad. La pobreza extrema era acuciante. Jornaleros, vagabundos, bandoleros (como los que asaltaron al hombre de la parábola del buen samaritano de Lc. 10:25-37), prostitutas (muy posiblemente el caso de la mujer que ungió los pies de Jesús con perfume en Lc. 7:36-50), mendigos que van de pueblo en pueblo, ciegos, tullidos, viudas que no han podido casarse de nuevo, esposas estériles repudiadas y que no pudieron volver con sus familias, niños huérfanos. Literalmente son los sobrantes de Roma, los descartados por Ántipas. 

Precisamente en ellos piensa Jesús cuando en las Bienaventuranzas haba de los “pobres” (ptojos): los desposeídos de todo, los mendicantes, las mujeres que se prostituyen (Mt. 5:3). Viven al límite, casi sin saber si comerán o vivirán mañana. Sin hogar. Estos marginales podían estar separados también por causas religiosas. Las leyes farisáicas que debían cumplirse de manera estricta los excluían. Los marginados estaban sucios, muchos enfermos, con llagas, peor en el caso de las mujeres. Los religiosos pensaban que su estado mostraba que Dios los “rechaza”: la terrible ley de la retribución que subsiste incluso hasta hoy, época de expansión furiosa de la teología de la prosperidad. 

Identificación en serio 

Puede parecer un cliché, pero Jesús realmente se identificaba con estos que no tenían nada. Jesús vivía como uno de ellos, sin techo ni trabajo estable. Moraba entre los excluídos. Su mensaje no rechazaba a los ricos, también se acercaba a ellos (cf. Lc. 19:1-10) pero su vida mostraba que le dedicaba especial atención a los excluídos. Ellos, marginales de la sociedad, entendían con claridad eso de “buena noticia”: los vagabundos, privados hasta de lo más básico para vivir, serán los “primeros” (Mt. 20:16-20). La parábola del rico y Lázaro: ¡una esperanza para los mendigos! (Lc. 16:19-31). En el sermón del monte Jesús les dicen que ellos serán felices porque el reino de Dios les pertenece (Mt. 5:3). Es una suerte para los que viven oprimidos y una amenaza para los que oprimen. Desde ellos, desde aquellos otros que nadie quiere ver, desde su vida y situación, Jesús plantea una visión de fe, una espiritualidad. Desde la vida del ptojos (pobre) plantea la situación del pobre en espíritu. Su mensaje dice algo poderoso: vivo como ustedes aunque soy el Hijo de Dios. Es increíble y literal: “De lo que rechazó el mundo he tomado yo” (cf. 1 Corintios 1:27-31). 

Hay algo más que parece decirnos el mensaje del Maestro: La miseria que les trae hambre y carencia no tiene su origen en Dios. Los que no le interesan a nadie le interesan a Dios; los que sobran en imperios construidos por los hombres tienen un lugar privilegiado en su corazón, los que no tienen patrón que los defienda tiene a Dios como Padre y protector. El mensaje de Cristo es básico: nuestra propia fe debe tener como meta fundamental la dignidad de los desgraciados y rechazados, debe buscar la construcción de una realidad donde se resalte la dignidad de los desgraciados y rechazados, de los últimos de la sociedad: sean migrantes centroamericanos en una frontera, africanos en un bote a punto de hundirse, sean migrantes de las provincias peruanas hacinados arriba de un invernal cerro desértico de Lima. Dicho de otra forma, nuestro cristianismo debe ser aquel que nos mueva a la compasión. El camino hacia Dios ya no necesariamente pasa por la religión, el culto, la liturgia sino que pasa por la fe al lado de los marginados, hacia los débiles. Es esta una revolución religiosa, un acceso a Dios fuera de las puertas sagradas. Es la ruptura del velo el templo que separaba el lugar santo del lugar santísimo. La primera reacción debe ser la compasión a todos, incluyendo a los impuros, los sin honor, los excluidos del templo. 

Es, por lo tanto, el amor compasivo lo que rodea el trasfondo de la vida de Jesús. Sobre la compasión se mueven todos sus actos.  

Más allá del discurso: Jesús y la viuda, la compasión puesta en práctica 

Repasemos la escena de Naín: Una viuda desamparada, devastada ante la muerte de su único hijo. No solo la consume la tristeza sino también la incertidumbre: muy probablemente quede sometida a la mendicidad o a la dependencia de familiares o vecinos. Condenada a ser una excluida. Una carga. 

En la Palestina del primer siglo era común que los entierros se hicieran el mismo día de la muerte. Por lo tanto, todo acababa de suceder, el dolor estaba a flor de piel cuando Jesús ve el cortejo. Gemidos, lágrimas ante la muerte de alguien jóven. Se conmueve ante el dolor. Seguro pregunta qué está sucediendo y rápidamente se da cuenta de la realidad. ¿Qué pasará con esta mujer? En contraste con el pasaje anterior de la sanación del siervo del centurión, esta vez nadie le pide a Jesús hacer el milagro. No le ruegan, no testea la fe de las personas, no lo tocan sin que se dé cuenta. El móvil es otro. Ahora la compasión pura es su iniciativa. 

El espectacular milagro le devuelve la vida al joven pero también a la mujer: es su resurrección social: ¡el futuro se hace mejor! Por supuesto, el pueblo se alborota y hay una sorpresa generalizada ante la primera resurrección de Jesús (el relato de la hija de Jairo el de Lázaro sucedieron después). No en vano dicen: “ha venido un gran profeta… Dios ha venido en ayuda de su pueblo”. Es inevitable la referencia a Elías (con la resurrección del hijo de la viuda de Sarepta) y Eliseo (la resurrección del hijo de la sumanita). ¡Compasión pura la de Jesús! 

Jesús es el Señor de la vida, atento y sensible a las condiciones de vida de seres frágiles como la viuda. Él les dice, siempre, que ellos no están solos, que Dios es capaz de derrotar a la muerte y la miseria, que les puede dar consuelo y esperanza a pesar de los opresores, cuidando con cariño a los vulnerables. Hoy, sus herramientas son distintas. La manera en la que Dios hoy de los vulnerables es a través de nosotros. Somos los socios de Dios, somos las manos de Dios a través de las cuales obra. Es su forma de accionar. Resucita a través de nosotros, abre los mares con nuestras manos. Por lo tanto, debemos dejar que Dios haga a través de nosotros, siendo en extremo sensibles a las necesidades que nos rodean e identificando a las viudas de nuestro tiempo. Están por todos lados. 

Referencias 

(1) Para más detalles, revisar Saulnier, Christiane y Rolland, Bernard. Palestina en tiempos de Jesús. 2da Edición. Navarra: Editorial Verbo Divino. 1981