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sábado, 5 de enero de 2013
Integralidad N°12
Les presento la edición N° 12 de la revista digital Integralidad, que trabajamos desde el Centro Evangélico de Misiología Andino-Amazónica (CEMAA) en Lima (Perú). Sus comentarios serán bienvenidos. Para acceder a ella sólo tienen que hacerle click a la imagen de arriba.
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viernes, 31 de diciembre de 2010
Integralidad
Les presento la octava edición de la revista digital Integralidad, que trabajamos desde el Centro Evangélico de Misiología Andino-Amazónica (CEMAA) en Lima (Perú). Sus comentarios serán bienvenidos. Para acceder a ella sólo tienen que hacerle click a la imagen de arriba.
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lunes, 30 de agosto de 2010
Si fuéramos como Samuel
Durante el período de los jueces, los hebreos no eran más que unas miserables tribus con liderazgos esporádicos de tipo caudillista, muy pobres, siempre a merced de los enemigos que los rodeaban. El libro de los Jueces relata, con frecuencia en un tono mitológico, las vivencias del pueblo y sus disputas con sus vecinos menores, enfatizando la solución vía un líder llamado por Dios que aglutina al pueblo, formando un ejército que por lo general somete al invasor. No hay citas de posibles conflictos con los grandes reinos de la época (Egipto, Mitani, los hititas, Asiria). No se cuentan los pasos del poderoso imperio egipcio en camino a combatir a los otros “grandes”, ni se menciona cuando el territorio palestino fue una especie de “área de seguridad” del territorio faraónico. No era necesario. No es el estilo de los anales antiguos.
Estas idas y vueltas seguramente forjaron en algunos de los ancianos líderes de la época de Samuel la idea de formar un estado-nación con gobierno centralizado como Egipto o Asiria para solucionar permanentemente los problemas de seguridad del pueblo. Ansiaban el desarrollo. Sin embargo, otros pensaban que su propio régimen tribal era algo que Yahveh impuso, divinizando el sistema. Es evidente que Samuel pertenecía a este último partido. Los primeros aprovechan una situación particular (la tremenda corrupción de los hijos de Samuel, los que fungían de jueces delegados) para pedir de una manera definitiva un rey. No debemos malentender 1 Samuel 8:7 (“…Oye la voz del pueblo en todo lo que te digan; porque no te han desechado a ti, sino a mi me han desechado, para que no reine sobre ellos”) en el sentido que Dios se opone al régimen monárquico, pues al final permitió al pueblo tener un rey, sino que nuestra comprensión debe ser enfocada en que la esencia de la petición era el desarrollo político y social que no tenía a Dios en el centro, una política sin Él como eje. Un avance social humanista, abandonando al Dios que los sacó de Egipto.
Es seguro que Samuel se fastidió profundamente con la solicitud de un rey. Lo sintió como un rechazo personal, pero ese sentimiento era inevitable. ¿Es posible que Dios hubiera dado una respuesta negativa al petitorio del pueblo? Pienso que el fiat de Dios era algo absolutamente necesario. Sin un gobierno centralizado, Israel no prevalecería. El establecimiento de un reino era, por lo tanto, una cuestión de vida o muerte. Destaca brillantemente la limpia actitud de Samuel: no se aferró al poder, sino que fue dócil, y buscó un rey, obedeciendo el mandato divino. Su función política directa había terminado, y así hidalgamente lo reconoció. No fue estorbo, no predominaron posibles intereses subalternos. Cuánto nos falta aprender al respecto. Hoy todos se aferran al poder, sea pequeño o grande, adictos por completo a su influjo. Pocos voluntariamente lo dejan, la mayoría salen a la fuerza, cuando las cosas son inevitables, cuando la sangre ya puede haber llegado al río. En política nacional, regional, local, barrial, universitaria o eclesial se da este fenómeno. Si fuéramos un poco más como Samuel…
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viernes, 25 de septiembre de 2009
Iglesia reformada, siempre reformándose
Una de las clases de microeconomía de todas las universidades del mundo introduce al estudiante al estudio de la ley de los rendimientos decrecientes. Supongamos que deseamos producir algún bien agrícola, como por ejemplo papas, en una hectárea de terreno. Puedo usar un trabajador y produciré 10 kilos de papas; usando dos trabajadores produciré 25 kilos de papas (una producción obtenida más que proporcional a la que logra un sólo trabajador). Puedo añadir uno más y quizá se produzcan 45 kilos de papas. Si se dan cuenta, el aporte del primer trabajador generó 10 kilos de papas, el aporte del segundo añadió 15 kilos más y el aporte del tercero puso 20 kilos adicionales. A esto se le llama productividad marginal del trabajo, que al inicio suele ser siempre creciente.Lo que va a suceder es que uno puede continuar contratando trabajadores y aumentando la producción, pero llegará un punto en que ya no crecerá más, sino que puede incluso menguar. Imaginen 50,000 trabajadores en una hectárea de terreno: probablemente se estorben más que lo que puedan trabajar. ¿Hay una solución a este dilema, que genere un aumento de la producción? Sí, y pasa por incrementar la productividad de cada trabajador, o la productividad de la misma tierra o de las semillas, o cambiar radicalmente la totalidad del sistema de producción.
Es posible hacer una extrapolación de estos principios. Por ejemplo, dentro del mundo de los movimientos religiosos, existe “un fenómeno típico en los movimientos históricos, que consiste en que después de comenzar con la espontánea creatividad de una búsqueda dinámica, poco a poco se van institucionalizando hasta perder casi totalmente la flexibilidad de sus inicios y su original capacidad de sorprender. En muchos casos, este proceso termina en un estado senil de arterioesclerosis institucional” (1). Surge un momento de creación y explosión de las comunidades que suelen reaccionar ante la devaluación de sus grupos matrices. Estas comunidades determinan nuevas formas de hacer la fe, más libres y más ceñidas al texto bíblico, y poseen un gran dinamismo y vida espiritual, con gran celo evangelístico y, en ocasiones, con desarrollos teológicos interesantes (en términos del párrafo anterior, esto es el cambio de todo el sistema de producción). Lamentablemente con el tiempo se solidifican, se aburguesan, olvidándose de la motivación que les dio origen. En ocasiones la misma generación creadora que hizo los cambios en sus años mozos es la que la lleva al adormecimiento año tras año, mientras su liderazgo envejece sin deseos de ceder la posta. Muchas denominaciones evangélicas han sufrido de este proceso que es prácticamente natural. Y la propia Reforma del siglo XVI es esto a un nivel macro, donde la iglesia católica con sus muchas perversiones sufrió una escisión que buscaba la pureza y el respeto por los principios bíblicos. Vale la pena decir que el protestantismo ha visto muchas veces este proceso de nacimiento-crecimiento-aburguesamiento de nuevas formas de ver la fe.
Estudiar estos ciclos es en verdad un tema apasionante, porque encontrar el secreto que extienda al máximo los períodos de crecimiento de la espiritualidad de las iglesias suena a panacea, y saber qué hacer cuando nos encontramos en productividad negativa (en palabras de Stam, estado senil de arterioesclerosis institucional) es algo que las iglesias pagarían caro por saber. No hay respuesta definitiva, pero sí algunos principios que son un punto de partida.
Los propios reformadores parecen haber estado atentos a estos procesos históricos y hablaron de algo que se puede hacer para alargar, y quizá perennizar, los procesos de vida de las iglesias: “la iglesia reformada, siempre reformándose”. De esta manera, la iglesia de manera permanente podría estar en un proceso virtuoso que la lleve a una dinámica de inquebrantable vida espiritual y eclesial, de ejemplo y referencia para el mundo que la rodea. Lástima que esto les guste a pocos, en especial a los que controlan iglesias y denominaciones en todo el planeta. Pedir una reforma permanente implica revisión de dogmas, cambio constante de personas, cero hambre de poder y control, relaciones horizontales con el mundo en el que vivimos, activo sacerdocio de todos los creyentes, altas dosis de humildad, mucho amor por el reino de los cielos, desprofesionalización de la labor pastoral/sacerdotal, pasión sincera por las almas, escasa tendencia al fundamentalismo, oído permanente a la voz profética que es enviada por Dios, corazones abiertos a los cambios que vienen de lo alto. En realidad es bastante pedir. Casi un sueño muy preciado.
Pero sin sueños, ¿vale la pena seguir?
Referencias
(1) Juan Stam. “Sobre la teología de los reformadores: unas reflexiones” http://www.iglesiareformada.com/Stam_Teologia_Reformadores.doc (25/09/2009)
(2) Imagen: http://economiauniversitaria.files.wordpress.com/2009/04/042509-1235-tallerdeeco2.png
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jueves, 12 de marzo de 2009
Añorando otros tiempos
Parece una obviedad, pero no estoy segura de que entre cristianos se sepan de un modo acabado: Los problemas del siglo 1, del siglo 2, del siglo 3, del siglo 4, 5, 6, 7… son distintos a los problemas que surgieron –o que generamos- en otros siglos. No se puede ser responsable ante un problema planteado en el siglo 21 confrontándolo con la ética de la responsabilidad del siglo 19.
Son distintos los problemas y, en consecuencia, las éticas deben ser distintas.
Si esto no es así, nos creeremos muy responsables aplicando las éticas del siglo 16 a nuestro tiempo, pero en realidad seremos –y somos- unos completos irresponsables, porque con nuestro sistema de regurgitación de santidades no estamos siendo consecuentes con la interpelación que se nos presenta"
Tan igual es con la teología. Les cuesta muchísimo a los cristianos admitir que el pensamiento teológico es hijo de su tiempo, que surge en respuesta a retos específicos que aparecieron en un momento determinado, que quizá los esquemas que marcan su vida pueden ser obsoletos. No comprenden que cada época configura modelos de demostración de la existencia de Dios, distantas escatologías, enfoques distintos de la cristología, eclesiologías novedosas. Piensan que el brillante modelo hecho por un teólogo de los tiempos renacentistas es casi palabra divina, casi como si fuera la propia Biblia. Y así y todo les parece repulsiva la Tradición de los católicos.
Les planteas algo distinto, y se les sale el complejo del inquisidor. No toman en cuenta que el caminar del pensamiento y la forma de vivir la vida cristiana es un flujo permanente, que responde al alma de la gente. Lo que hoy llena nuestro ser, mañana puede ser subalterno. Y las explicaciones que tratan de responder a las preguntas básicas se tienen que actualizar.
Estos hijos de Torquemada añoran profundamente el pasado. Los daguerrotipos. El excremento de los caballos en cada esquina. Los tiempos seguros en que la verdad era sólo una y nada más que una -la de ellos, por supuesto-. Los arcabuces. Los bergantines. El machismo extremo. La peste negra. Las cacerías de brujas. Los dragones y duendes. La hogueras. Los piratas.
Que pena que el siglo XXI se los está comiendo con zapatos y todo. En vez de asumir el reto de las nuevas problemáticas, prefieren el calorcito de un genio que supo responder a su tiempo. Quizá el reto les resulta demasiado grande. Quizá se mueran de miedo. Quizá sospechan que perderían la fe en el intento.
Imagen: Ateneo Teológico
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jueves, 5 de marzo de 2009
sábado, 28 de febrero de 2009
Cincuenta épocas, cincuenta dioses (6)
Una aplicaciónPodemos seguir con la casuística bíblica de los J(T,N), ahondando más en la misma idea. Cada época, una aproximación, cada época, un Dios. Bien dice José María Castillo cuando piensa que “…Dios no está a nuestro alcance. Nadie lo ha visto. Y nadie sabe, ni puede saber, cómo es exactamente. Porque Dios, por definición, es el “Trascendente”, es decir, que nos “trasciende”. Y eso significa que está más allá de todo lo que nosotros podemos comprender con nuestra limitada capacidad de saber y de entender. Pero, además de eso, a los cristianos se nos complica más todo este asunto. Porque cualquier ser humano, cuando pronuncia la palabra “Dios”, en realidad está pronunciando una palabra que tiene muchos significados. Los entendidos le llaman a eso una palabra “polisémica”, que quiere decir lo que acabo de indicar: una palabra que tiene significados, a veces, enteramente distintos” (5). Estos significados provocan las cincuenta épocas con sus cincuenta “dioses” ―por decirlo de alguna manera―. Enfatizo: no distintos dioses, sí distintos acercamientos. Son las mil caras de Dios, que se adapta a nuestras circunstancias, a nuestra vida, a nuestro andar paso a paso. Camina con la historia y según ésta vaya evolucionando se manifiesta, cambiando de rostro, enfatizando ciertas cosas de su ser Absoluto; en otro momento gira, muestra otro ángulo desconocido. Es, desde nuestros ojos, un Dios variable (porque siempre observamos algo diferente de Él), pero desde su punto de vista, un Dios demasiado grande para nuestra comprensión que va resaltando aspectos diversos de Él según el ser humano, conciente o inconcientemente, lo requiera.
J(T,N) es una aproximación condicionada por muchas cosas. ¿Qué hace que las aproximaciones se alejen las unas de las otras, condicionando los resultados? La cultura, las circunstancias y caracteres de los escritores y editores, el nivel de los relatos épicos y mitológicos, la influencia de naciones extranjeras vía el comercio o la invasión militar, etcétera. Por ello, con mis ojos, mi vida y mi cosmovisión, traduzco a Dios, creando mi J(T,N) particular.
Hagamos un ejercicio ahora. De todos los J(T,N) de la historia, tomemos un subconjunto de ellos, circunscritos a la era bíblica y más aún, delimitados por su aparición en la Biblia. Nos preguntamos: ¿Existen niveles de aproximación? Dicho de otra manera, ¿Dentro de mi subconjunto hay algunos J(T,N) más cercanos a J que otros? La respuesta es sí. En términos gruesos, puedo decir que la aproximación de Abraham es menor a la de Moisés; ésta menor a la exílica y ésta menor a la apostólica. Esta última seria la imagen definitiva del subconjunto que decidí tomar al comienzo (acotado en la Biblia), ya que compartieron la maravillosa experiencia de la vida en la tierra con Jesucristo, la imagen del Dios invisible. En palabras de José María Castillo, “En el evangelio de Juan hay unas palabras que nos tienen que hacer pensar: “A Dios nadie lo ha visto jamás; el Hijo único del Padre es quien nos lo ha dado a conocer” (Jn 1, 18). Con esto, el Evangelio nos quiere decir que Dios no está a nuestro alcance, o sea que supera nuestra capacidad de comprensión. Y por eso nadie lo puede conocer. ¿Cómo podemos, entonces, saber cómo es Dios? No cualquier Dios, sino precisamente Dios tal como se nos ha revelado en Jesús, el Hijo único del Padre. Pues bien, para saber eso, el único camino que tenemos es conocer a Jesús. Por eso, el mismo Jesús le dijo a uno de sus apóstoles: “Felipe, el que me ve a mí está viendo al Padre” (Jn 14, 9). Es decir, ver a Jesús es ver a Dios. O sea, en Jesús aprendemos la manera de pensar de Dios, lo que le gusta y lo que no le gusta a Dios, las costumbres de Dios y sus preferencias. Todo lo que nos puede interesar sobre Dios, lo tenemos y lo encontramos en Jesús” (6)
¿Qué elementos podemos extraer de esta imagen definitiva? La certeza de que Dios es amor, es verdad, es vida, que abandonó su divinidad para encarnarse y morir en sacrificio definitivo por nosotros, que no cambia porque es perfecto y no muta. Esta imagen apostólica es superior a todas las del subconjunto que tomé, por lo tanto, es la que prevalece.
Considerando las aproximaciones condicionadas y la visión apostólica como imagen definitiva dentro del subconjunto de J(T,N), pregunto lo siguiente: ¿Debemos asumir la literalidad de todo lo que se escribió en un momento histórico determinado, siendo consientes de la aproximación condicionada a la que los textos se vieron expuestas? Mi respuesta es un rotundo no. Entonces, ¿Cómo filtro los textos para depurar las corrupciones de la literalidad? Creo que lo adecuado es examinar las menores aproximaciones en término de la mayor; esto es, examino los textos más antiguos en función de la imagen definitiva.
Por ejemplo tomemos los siguientes textos:
“Mas Jehová dijo a Josué: Mira, yo he entregado en tu mano a Jericó y a su rey, con sus varones de guerra” (Jos. 6:2, RV60)
“Y destruyeron a filo de espada todo lo que en la ciudad había; hombres y mujeres, jóvenes y viejos, hasta los bueyes, las ovejas y los asnos” (Jos. 6:21, RV60)
Evidentemente ambos no coinciden con la imagen definitiva. En Josué el mensaje es de muerte y destrucción; en los evangelios la fuerza está en la vida, la redención y la salvación. Citando a José María Castillo, “…es evidente que el Dios nacionalista, el “Señor de los ejércitos” y, a veces, el Dios violento, que se lee en algunos textos del Antiguo Testamento, no coincide con el Padre del que habla Jesús, ni se parece casi en nada a lo que hacía y decía el mismo Jesús” (7). Teniendo en cuenta el criterio de examinar los textos precederos en función de la imagen definitiva, ¿cómo queda el pasaje de la toma de Jericó? Pues la muerte reinante no es más que contaminación humana. La puso el hombre, hijo de su época, atribuyendo su accionar sangriento a Dios para validar su proceder. Asumir que Dios mandaba una matanza era normal en su época y, por supuesto, las tribus que formaron Israel no fueron la excepción. ¿Por qué habrían de serlo? Entonces, ¿Dios mandó el exterminio? La respuesta bajo la perspectiva de Jesús, la imagen definitiva, es rotundamente negativa. Esto me lleva a una conclusión provocadora, de aceptación difícil y profundamente debatible en los ambientes evangélicos latinoamericanos: no todo lo que está escrito en la Biblia explícitamente mencionado como “Jehová dijo” es algo que, realmente, Dios exclamó. O, expresado como trabalenguas redundante: no dijo todo lo que dijeron que dijo.
Esta perspectiva, entre otras cosas, nos ayuda a explicar la aparente contradicción entre el Dios justo y violento del Antiguo Testamento con el Dios amoroso dispuesto a morir por su criatura del Nuevo Testamento sin crear modelos teológicos tan forzados como el dispensacionalismo. Dios no cambia jamás, el hombre sí. Jesús mostró al Padre ante nosotros no como una fotografía nueva o un cambio de imagen por una estrategia de mercadotecnia, sino que dio a conocer lo que siempre fue y será. Por ello, algunos textos del Antiguo Testamento entran en aparente contradicción con la revelación de Cristo porque están contaminados. ¿A pesar de esto, Dios utiliza la Biblia? Sí, a pesar de eso, Dios la usa enormemente como vehículo de su palabra y mecanismo de su revelación, como repositorio de su Ley y narrativa de la experiencia de creyentes de muchas épocas distintas, como el lugar de la enseñanza más importante que el ser humano debe recibir ¿Qué hago, entonces? ¿Desechar el Antiguo Testamento? Nunca, porque la Palabra de Dios también está allí. Cabe hacer lo que ya se dijo: escudriñar la Palabra siempre desde una perspectiva teológica. Esta es nuestra herramienta fundamental que evitará que nos perdamos en los vericuetos literalistas que abundan enormemente en todas partes.
Referencias
(5) José María Castillo. Humanizar a Dios. Málaga: Ediciones Manantial, 2005. Citado en http://www.monjaguerrillera.com.ar/?p=876
(6) José María Castillo. Humanizar a Dios. Málaga: Ediciones Manantial, 2005. Citado en http://www.monjaguerrillera.com.ar/?p=876
(7) José María Castillo. Humanizar a Dios. Málaga: Ediciones Manantial, 2005. Citado en http://www.monjaguerrillera.com.ar/?p=876
(8) La imagen se extrae de http://mlozano.blogia.com/upload/20070310174600-jesucristo-con-sol.jpg
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domingo, 22 de febrero de 2009
Cincuenta épocas, cincuenta dioses (5)
De nuevo, no debemos olvidar el sentido histórico de lo que leemos, buscando de verdad el mensaje teológico implícito en los textos bíblicos. En este sentido, Brigth nos dice que “la existencia de Israel como pueblo quedó archivada en la memoria de una experiencia común, cuyos protagonistas, que forman el núcleo de Israel, le confieren su expresión definitiva. Aunque no podemos dar cuenta de todos los detalles de la narración bíblica, es incuestionable que está basada en la historia. En todo caso, no hay razón para dudar que esclavos hebreos escaparon de Egipto de forma prodigiosa (¡Y bajo el liderazgo de Moisés!) y de que ellos interpretaron su liberación como una intervención graciosa de Yahvé, el “nuevo” Dios en cuyo nombre se presentó Moisés. Tampoco hay razón objetiva para dudar que este mismo pueblo se dirigió entonces hacia el Sinaí, donde pactaron con Yahvé la alianza de ser su pueblo. Así, de lo que no lo era, nacía una nueva sociedad, y no precisamente de la sangre, sino de la experiencia historica y de la decisión moral. Cuando la memoria de estos acontecimientos fue llevada a Palestina de la mano de quienes lo habían vivido y se unen con la fundación de la liga tribal en torno a la fe yahvista ―por supuesto, mediante alianza―, el éxodo y el Sinaí se convirtieron en la tradición normativa de todo Israel: todos nuestros antepasados pasaron por el mar guiados por Yahvé y se constituyeron en su pueblo por la alianza solemne del Sinaí; nosotros confirmamos esta alianza en la tierra prometida y la seguiremos confirmando hasta el fin” (4). Entonces, ¿es en realidad importante, capital, escudar el hecho de que el pueblo cruzó el Mar Rojo entre dos paredes de agua mientras el ejército egipcio era detenido por una columna de fuego? ¿Afirmar la provisión con maná cada día hasta cruzar el río Jordán? ¿Centrar una apologética porque se dice que Moisés sacó agua de la roca? ¿Defender a ultranza la literalidad de las plagas o del evento de la zarza ardiente? No, no es importante. En realidad, son detalles poco relevantes en los que los cristianos hemos estado entretenidos por demasiado tiempo. Lo que realmente interesa es el proceso creador, la gesta constructora con el actuar de Dios que, mediante exégesis, nos hablará tres mil quinientos años después a nuestra realidad de Internet, postmodernismo y crisis ambientales utilizando los añejos textos que se hacen actuales por el propio deseo de Dios que se auto-revela permanentemente.
Este proceso formativo, en donde Israel toma conciencia de quién es como colectividad y como pueblo, también contiene una conceptualización más trascendente: la idea de cómo es Dios. Un simple contraste basta para notar que el accionar divino en el Éxodo delimita con claridad una imagen que ha mutado desde el Dios personal, íntimo, de clan –que, por ejemplo, se deja ganar por un hombre- del tiempo patriarcal, al Dios poderoso que reta al poder imperial con las plagas, introduciéndose con fuerza el concepto de elección del pueblo, en donde Israel es propiedad personal de Dios (Nm. 23:9; Dt. 33:28 ss.) bajo la continua protección de su poder (Jue. 5:11; Sal. 68:19 ss.) porque ha entrado en alianza con Dios bajo una relación de señor-vasallo (donde el vasallo tiene estrictamente sólo un señor). La diferencia es realmente abismal, inclusive en el accionar divino, que mediante una lectura correcta nos llevará a pensar sobre este “nuevo” Dios que controla la naturaleza, guía al pueblo día y noche marcándole un destino desconocido en los tiempos de esclavitud, da la leyes morales y relacionales, y cohesiona la nación mediante la certidumbre de la alianza. Esto último es tan importante que la visión apostólica enfoca la obra de Jesucristo bajo la perspectiva de una alianza nueva.
Resulta evidente que J(-2000,N)=Abraham y J(-1400,N)=Moisés son bastante diferentes, con aproximaciones condicionadas a sus propias realidades y visiones de Dios no análogas pero al mismo tiempo cercanas porque observan a J hermanadas por una continuidad ―que se prolonga hasta nuestros días― que une a ambos personajes, brindando al ser humano un encuentro con Él, motivado por Él, y que lleva a la intimidad con Él, trayendo como resultado a largo plazo la plenitud de la obra de Jesucristo cuya muerte en la cruz permite la salvación global del ser humano, una nueva forma de relación con Dios y la posibilidad de tener muchos J (T,N) con mayor convergencia hacia J que cualquiera de las imágenes veterotestamentarias. En palabras simples, nuestra imagen de Dios es superior a la imagen de Abraham y a la de Moisés. ¿Extraño? Ya lo adelantaba Cristo al reflexionar sobre la obra de Juan el Bautista (Mt. 11:11; Lc. 7:28).
Referencias
(4) John Bright. La historia de Israel. Edición revisada y aumentada con introducción y apéndice de William P. Brown. Bilbao: Editorial Desclee de Brouwer, 2003. Pág. 208-209.
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viernes, 13 de febrero de 2009
Cincuenta épocas, cincuenta dioses (4)
Recordemos el alcance de la inspiración. Por una parte, se valida el proceso que nos trajo la Biblia; por otro lado, se valida el contenido. ¿Esto último implica que cada palabra escrita en la Biblia es absoluta y estricta verdad en el sentido histórico? ¿Si la Biblia dice que algo pasó, entonces sucedió en realidad? La respuesta es que muchas veces sí, pero otras muchas veces no. Para los propósitos de este artículo no interesa conocer cuándo es sí o no porque es suficiente con la gran certeza: a través del relato bíblico, tal como está, sea el estilo literario que sea, así no tenga necesariamente rigurosidad histórica, DIOS NOS HABLÓ, HABLA Y HABLARÁ. Así, la Biblia como la tenemos, sea mito, poesía, cuento, parábola, carta o lo que sea, es ideal, adecuada, óptima para la expresión del mensaje de Dios. ¿Dios hablando a través de un mito? Sí, Dios nos habla a través de él.
Por ejemplo, tomemos la descripción sobre la Torre de Babel (Gen. 11:1-9). El contenido mitológico es poderoso; de esa manera los antiguos “explicaron” la existencia de la multiplicidad de lenguas de su época. Dado los estudios lingüísticos que disponemos el día de hoy, resulta claro que la literalidad de Babel nunca se dio. ¿Esto le quita autoridad a la Biblia? En lo absoluto. La Biblia es hija de su tiempo, y si recoge relatos cuya génesis está por detrás de la edad de los metales, allá atrás, en la época de la profusión de la leyenda J(-3000,N), pues la explicación de la realidad de las cosas, por la ausencia de la ciencia y el método científico, será necesariamente mitológica (lo que en realidad le quitaría autoridad al texto bíblico es que fuera distinto). Como ya dije, lo que importa es el sentido teológico: ¿Qué nos dice la actitud de las personas que quisieron “edifi[car] una ciudad y una torre, cuya cúspide llegue al cielo; y ha[cerse] un nombre, por si fuér[an] esparcidos sobre la faz de toda la tierra”? ¿Cuál era el problema de la obra? ¿Qué nos dice la intervención de Dios? Esto es lo valioso, no los vanos esfuerzos por demostrar la historicidad del coloso babilónico.
Los relatos patriarcales J(-2000,N) son del tipo épico. Esto es, existe una esencial verdad dentro de lo que se relata, pero no todo lo que se cita es de carácter literal —así son los relatos épicos de cualquier cultura del mundo—. En otras palabras, seguramente Abraham, Isaac y Jacob existieron realmente, pero lo que se describe en Génesis no debe tomarse al pie de la letra como historia pero sí, por supuesto, como insumo teológico de primer orden que debe ser revisado permanentemente ya que cimiento de nuestro cristianismo actual. Decir que Jacob vendió su primogenitura por un plato de lentejas o que Israel desciende sólo de Abraham, es ir demasiado lejos, igual que con Babel. ¿Es esa discrepancia, entre lo escrito y lo que pasó realmente, un choque, un problema? Para mi no, en lo absoluto. Es, más bien, un desafío al proceso hermenéutico, que nos reta a hacer un vital esfuerzo por encontrar el sentido del texto bíblico que nos llama; esto es, considerar que estos relatos tienen una perspectiva teologica, no histórica. Es ir, una y otra vez a ellos para encontrarles relevancia en nuestras vivencias actuales.
¿Cuál fue el Dios de los patriarcas? No es una herejía lo que digo. Teniendo en cuenta a los J(-800,N) —quienes habrían escrito los textos patriarcales desde una perspectiva del yahvismo entre 1000 y 1300 años después—, y recordando que estos escritores que recopilaron las tradiciones tenían muy claro que los patriarcas adoraron a Jahveh (los J(-800,N) tratando de describir a los J(-2000,N), y todos a la vez contemplando la magnificencia de J), no podemos atribuir a los patriarcas de Israel la fe del Israel del futuro. Peor aún, no podemos atribuir a los patriarcas de Israel la fe del cristiano evangélico del siglo XXI. Dios no cambia, pero el hombre sí. Dios es el mismo, pero se muestra diferente en cada época de la historia. Asumir visiones de Dios de una época en otra es un lamentable pero frecuente error que genera un enorme riesgo de distorsiones del mensaje bíblico, algo que muchos creyentes de nuestra época no han sabido considerar. Literalizar lo épico es tremendamente negativo y nocivo.
Cada patriarca emprende por su propia voluntad el culto a su Dios. Esto era común en el mundo de su época, y se corrobora cuando se habla del Dios de Abraham (elohe: Gn. 28:13; 31:42-53), el padrino de Isaac (pahad: 31:42-53), el campeón o poderoso de Jabob (abir: 49:24). Es clarísima la visión de Dios como la divinidad patronal del clan. (¡El Dios creador del universo que se rebaja a ser el dios de un clan de unos cuantos cientos de personas! ¿Qué nos tiene que decir este mensaje? Pocos cristianos siguen este ejemplo el día de hoy, sobre todo en el liderazgo). Un ejemplo vital está en Gn. 31:36-55 (ver, en especial el versículo 53) donde Jacob jura por el padrino de Isaac y Labán por el Dios de Nacor, esto es, cada uno jura por el Dios del clan de su padre. Nadie se hacía problemas en ese momento: la idea del Dios único y todopoderoso es exílica y post-exílica, por lo que era totalmente normal asumir la existencia de otros dioses diferentes a los del clan. Se dice que en la época era común la definición de una relación personal del jefe del clan y su respectivo Dios, con una religión familiar, simple, basadas a veces en promesas (Gn. 15), donde el clan era como la familia de Dios y con un centro litúrgico basado en el sacrificio del cordero, como en otros entornos semitas.
¿Y cómo era el Dios de antes de los patriarcas? Es una imagen distinta, de un Dios que crea, destruye y “re-crea”. Un Dios profundamente temperamental. Hace todo en Génesis 1 y 2, lo destruye en el diluvio, lo vuelve a comenzar con Noe, lo deshace –en otra manera- en Babel, cuando dispersa a los hombres con separaciones efectivas (el relato de las distintas lenguas de los hombres) porque el hombre quizo reemplazar a Dios consigo mismo. Sin embargo, permanece la imagen del Dios que dialoga directamente, que nos conoce, que está al tanto de nuestros caminos.
Referencias
(2) José Luis Sicre. Introducción al Antiguo Testamento. 9na edición. Estela-Navarra: Editorial Verbo Divino, 1995. Novena edición.
(3) John Bright. La historia de Israel. Edición revisada y aumentada con introducción y apéndice de William P. Brown. Bilbao: Editorial Desclee de Brouwer, 2003.
Imagen: http ://k-punk.abstractdynamics.org/archives/abraham-thumb.jpg
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domingo, 8 de febrero de 2009
Cincuenta épocas, cincuenta dioses (3)
La historia es la sede en donde el ser humano se encuentra con Dios. Cuando el autor de la carta a los Hebreos realiza el recuento de los hombres de la fe (Heb. 11) lo hace, en primera instancia, para validar la realidad de la fe como eje de la vida cristiana verdadera. Sin embargo, en segunda instancia y de manera implícita, me da la impresión de que cada uno de los nombres allí consignados nos susurra que la historia ha corrido ―y corre, ahora con más rapidez― con eventos buenos y malos, con sangre, muerte, desolación y esperanza, y que en ella Dios ha actuado, en ella Dios ha intervenido, en ella Dios participa (Rom. 8:28).
Claro está, sin determinarlo todo. Yo pienso que la libertad que tenemos es mucho mayor de la que estamos dispuestos a asumir, por ello aparece un terror a la libertad tan tremendo que para enfrentarlo creamos modelos autoritarios que hoy están tan en boga en Latinoamérica, sea en la política nacional o en la iglesia. Por ello, conocer la naturaleza de esta libertad humana nos ayudará a comprender el verdadero papel del Señor, ayudando al cristianismo a reinterpretarse y a asumir con valor los retos que tiene de cara al futuro.
Según el relato bíblico, Dios nos dio espacio y nosotros hicimos lo que quisimos ignorando las palabras divinas, pero Él nunca nos abandonó a pesar de la expulsión del paraíso. Ese espacio sólo limitado por dos árboles me dice que Dios no ha determinado todos los eventos negativos que suceden a diario en nuestro mundo. No todo lo que sucede, positivo y negativo, es su voluntad. Él no ha previsto todo lo que pasará, porque ha resuelto construir la historia con su creación máxima renunciando a parte de su omnipotencia, como en la kenosis cuando inició el proceso de redención. ¿No es esto sorprendente?
Hay, entonces, una aleatoriedad de las circunstancias de la vida, y dentro de ella Dios marcha con la historia segundo a segundo; una historia que cambia de la misma manera que el hombre también cambia. La misión y obra de Dios no es un paquete que viene construído del cielo, completo, algo así como la nueva Jerusalén de la revelación juanina. Es, en cambio, una construcción que se hace ladrillo a ladrillo, a lo largo de la vida de la gente, de los pueblos y las sociedades, con J(-2000,N), J(-1400,N) o J(100,N) . Esto está de acuerdo a la naturaleza del Dios que siempre está con nosotros, en todas nuestras vivencias, a nuestro lado. Se puede decir, entonces, que construyó la Biblia de la misma manera que actúa normalmente en su interacción con la gente.
Algo interesante de la historia, casi axiomático, es que ella no es plana, no es una llanura constante donde no pasa nada, donde nos morimos de aburrimiento. Al contrario, la historia se parece más a una cordillera repleta de accidentes geográficos. Ya que la Biblia se escribió en el contexto de la historia es fácil afirmar que esta idea axiomática aplica para ella. Esto es, la Biblia tampoco no es plana, sino que está llena de eventos que motivaron respuestas y actitudes de un pueblo pero, a la vez, con un accionar de Dios que es distinto en cada ocasión. El mismo Dios muestra caras distintas para con su creación obstinada que crece, poco a poco, en el conocimiento de sí misma y de Él. Como si Dios se adaptara a las necesidades de su pueblo. Una cosa increíble: el Dios creador de todo el universo rebajándose al entendimiento de su creatura, todo por amor.
Pensando en la historia me interno en el supuesto que planteé líneas arriba: ¿Quién escribió E, un libro del Pentateuco? Si somos realmente humildes diremos que no hay respuesta categórica. Los que dicen, con aplomo, que fue Moisés porque así “lo dice el título de los libros en la Biblia” peca de simplista, de poco meticuloso. Los eruditos expertos en el tema no están de acuerdo, por lo que nos jugamos a afirmar lo más probable según el estado actual de las ciencias arqueológicas e históricas.Y lo que dicen estas ciencias en este momento es que lo más seguro es que la mayoría del Pentateuco fue escrito alrededor del siglo X antes de Cristo, cuando se consolida el movimiento yahvista en Israel, cuando todas las tradiciones orales existentes en el país toman forma escrita, tomando como referencia todas los cuentos y relatos, junto a viejos documentos que aún se conservaron, los cuales sirvieron de base para el Pentateuco que tenemos hoy (A+B+C+D). Fue una labor en extremo difícil. Tal como dice José Luis Sicre:
“Quizá fue una noche de frío, junto al fuego, cuando comenzó a contarse la historia de Israel. Primero los ancianos, que recordaban las andanzas de antepasados famosos. Llegaron más tarde los grupos del desierto, relatando y exagerando las penalidades sufridas en Egipto, la terrible narcha hacia la tierra prometida, la revelación concedida por el Señor a Moisés. Vendrán luego los poetas populares, cantores de gestas realizadas contra los filisteos, que cambiaban batallas y ejércitos por una buena comida antes de seguir su viaje. No faltaban sacerdotes que, en las peregrinacionea anuales a los santuarios, relataban al pueblo cómo se apareció Dios en aquel lugar sagrado.
Así, de boca en boca, transmitidas oralmente, comenzaron a conservarse y enriquecerse las tradiciones históricas de Israel. Hasta que surgió una clase más culta, en torno a la corte de Jerusalén, en el siglo X a.C. También le interesaban otros datos: la lista de los gobernadores de Salomón, los distritos en los que dividió su reino, el lento proceso de construcción del templo de Jerusalén y del palacio, con sus numerosos objetos de culto o adorno. Todos ellos comienzan a usar la escritura. No quieren que datos tan importantes se pierdan con el paso del tiempo.
Por último, dentro de esta tradición escrita, surgen verdaderos genios, que recopilan con enorme esfuerzo los relatos antiguos y los unen en una historia continua del pueblo. Algunos se concentran en los orígenes. Otros se limitaron a acontecimientos fundamentales de su época, como la subida de David al trono o las terribles intrigas que provocó su sucesión. Incluso hubo un grupo que emprendió la tremenda tarea de recopilar las tradiciones que iban desde la conquista de la tierra (s. XIII) hasta la deportación a Babilonia, componiendo lo que conocemos como “historia deuteronomista” (Josué, Jueces, Samuel, Reyes)” (1)
Referencias
(1) José Luis Sicre. Introducción al Antiguo Testamento. 9na edición. Estela-Navarra: Editorial Verbo Divino, 1995. Novena edición. Pág. 65
(2) Imagen: http://www.chasque.net/umbrales/rev136/biblia%20pag%2025.JPG
Claro está, sin determinarlo todo. Yo pienso que la libertad que tenemos es mucho mayor de la que estamos dispuestos a asumir, por ello aparece un terror a la libertad tan tremendo que para enfrentarlo creamos modelos autoritarios que hoy están tan en boga en Latinoamérica, sea en la política nacional o en la iglesia. Por ello, conocer la naturaleza de esta libertad humana nos ayudará a comprender el verdadero papel del Señor, ayudando al cristianismo a reinterpretarse y a asumir con valor los retos que tiene de cara al futuro.
Según el relato bíblico, Dios nos dio espacio y nosotros hicimos lo que quisimos ignorando las palabras divinas, pero Él nunca nos abandonó a pesar de la expulsión del paraíso. Ese espacio sólo limitado por dos árboles me dice que Dios no ha determinado todos los eventos negativos que suceden a diario en nuestro mundo. No todo lo que sucede, positivo y negativo, es su voluntad. Él no ha previsto todo lo que pasará, porque ha resuelto construir la historia con su creación máxima renunciando a parte de su omnipotencia, como en la kenosis cuando inició el proceso de redención. ¿No es esto sorprendente?
Hay, entonces, una aleatoriedad de las circunstancias de la vida, y dentro de ella Dios marcha con la historia segundo a segundo; una historia que cambia de la misma manera que el hombre también cambia. La misión y obra de Dios no es un paquete que viene construído del cielo, completo, algo así como la nueva Jerusalén de la revelación juanina. Es, en cambio, una construcción que se hace ladrillo a ladrillo, a lo largo de la vida de la gente, de los pueblos y las sociedades, con J(-2000,N), J(-1400,N) o J(100,N) . Esto está de acuerdo a la naturaleza del Dios que siempre está con nosotros, en todas nuestras vivencias, a nuestro lado. Se puede decir, entonces, que construyó la Biblia de la misma manera que actúa normalmente en su interacción con la gente.
Algo interesante de la historia, casi axiomático, es que ella no es plana, no es una llanura constante donde no pasa nada, donde nos morimos de aburrimiento. Al contrario, la historia se parece más a una cordillera repleta de accidentes geográficos. Ya que la Biblia se escribió en el contexto de la historia es fácil afirmar que esta idea axiomática aplica para ella. Esto es, la Biblia tampoco no es plana, sino que está llena de eventos que motivaron respuestas y actitudes de un pueblo pero, a la vez, con un accionar de Dios que es distinto en cada ocasión. El mismo Dios muestra caras distintas para con su creación obstinada que crece, poco a poco, en el conocimiento de sí misma y de Él. Como si Dios se adaptara a las necesidades de su pueblo. Una cosa increíble: el Dios creador de todo el universo rebajándose al entendimiento de su creatura, todo por amor.
Pensando en la historia me interno en el supuesto que planteé líneas arriba: ¿Quién escribió E, un libro del Pentateuco? Si somos realmente humildes diremos que no hay respuesta categórica. Los que dicen, con aplomo, que fue Moisés porque así “lo dice el título de los libros en la Biblia” peca de simplista, de poco meticuloso. Los eruditos expertos en el tema no están de acuerdo, por lo que nos jugamos a afirmar lo más probable según el estado actual de las ciencias arqueológicas e históricas.Y lo que dicen estas ciencias en este momento es que lo más seguro es que la mayoría del Pentateuco fue escrito alrededor del siglo X antes de Cristo, cuando se consolida el movimiento yahvista en Israel, cuando todas las tradiciones orales existentes en el país toman forma escrita, tomando como referencia todas los cuentos y relatos, junto a viejos documentos que aún se conservaron, los cuales sirvieron de base para el Pentateuco que tenemos hoy (A+B+C+D). Fue una labor en extremo difícil. Tal como dice José Luis Sicre:
“Quizá fue una noche de frío, junto al fuego, cuando comenzó a contarse la historia de Israel. Primero los ancianos, que recordaban las andanzas de antepasados famosos. Llegaron más tarde los grupos del desierto, relatando y exagerando las penalidades sufridas en Egipto, la terrible narcha hacia la tierra prometida, la revelación concedida por el Señor a Moisés. Vendrán luego los poetas populares, cantores de gestas realizadas contra los filisteos, que cambiaban batallas y ejércitos por una buena comida antes de seguir su viaje. No faltaban sacerdotes que, en las peregrinacionea anuales a los santuarios, relataban al pueblo cómo se apareció Dios en aquel lugar sagrado.
Así, de boca en boca, transmitidas oralmente, comenzaron a conservarse y enriquecerse las tradiciones históricas de Israel. Hasta que surgió una clase más culta, en torno a la corte de Jerusalén, en el siglo X a.C. También le interesaban otros datos: la lista de los gobernadores de Salomón, los distritos en los que dividió su reino, el lento proceso de construcción del templo de Jerusalén y del palacio, con sus numerosos objetos de culto o adorno. Todos ellos comienzan a usar la escritura. No quieren que datos tan importantes se pierdan con el paso del tiempo.
Por último, dentro de esta tradición escrita, surgen verdaderos genios, que recopilan con enorme esfuerzo los relatos antiguos y los unen en una historia continua del pueblo. Algunos se concentran en los orígenes. Otros se limitaron a acontecimientos fundamentales de su época, como la subida de David al trono o las terribles intrigas que provocó su sucesión. Incluso hubo un grupo que emprendió la tremenda tarea de recopilar las tradiciones que iban desde la conquista de la tierra (s. XIII) hasta la deportación a Babilonia, componiendo lo que conocemos como “historia deuteronomista” (Josué, Jueces, Samuel, Reyes)” (1)
Referencias
(1) José Luis Sicre. Introducción al Antiguo Testamento. 9na edición. Estela-Navarra: Editorial Verbo Divino, 1995. Novena edición. Pág. 65
(2) Imagen: http://www.chasque.net/umbrales/rev136/biblia%20pag%2025.JPG
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miércoles, 4 de febrero de 2009
Cincuenta épocas, cincuenta dioses (2)
Un proceso difícil
Los mecanismos de la construcción de varios libros bíblicos pueden analizarse realizando una simplificación. Para esto, sólo tomamos algunas variables fundamentales implicadas. Supongamos E, uno de los libros del Pentateuco atribuidos a Moisés. ¿De dónde salió E? Los entendidos dicen que pudo ser de:
A -> Un pequeño texto original de Moisés
B -> Tradiciones orales
C -> Añadidos posteriores al texto original de Moisés
D -> "Edición", donde todo lo anterior se condensa en un texto (final, si se le puede llamar así)
Dentro del escenario que me da mi supuesto (nada más cuatro variables), entre A y D tenemos 600 o 700 años de distancia. Desconocemos por completo las circunstancias de la escritura de A, sabemos algo de cómo se forman las tradiciones orales –normalmente basadas en hecho reales- aunque no conocemos con precisión las que sirvieron de insumo a nuestra Biblia actual (B). Pueden ubicarse varios C que con relativa claridad son agregados. D es, de las cuatro variables, la más especial. ¿Quiénes fueron los genios que tomaron A, B y C, más su propio pensamiento y visión, y formaron el texto actual de E? ¿Quiénes fueron esos que debieron respetar la historia donde Dios se relaciona con la humanidad, con pocos elementos, una ciencia incipiente, pero con un respeto gigantesco por la labor que estaban realizando?
No es poca cosa D. A+B+C+D es, en conjunto, una labor majestuosa, digna del Dios que creó todo el universo. Ahora, imaginemos esto:
Sea J, que la defino como Dios, el Yo soy el que soy; como la realidad de su divino ser en su completa perfección y condición de absoluto. Miren mi osadía. A único hecho plenitud, con omnisciencia y omnipotencia, a Jahveh, creador, sustentador, salvador y restaurador del mundo, lo estoy representando por un mero símbolo, J, que, por supuesto, no lo contiene en lo absoluto, pero que para nuestras mentes limitadas e incompletas puede sernos útiles en el proceso de aproximación a la majestad de la divinidad.
Ya que nosotros somos seres finitos y no absolutos, al contemplar J tendremos particulares visiones y perspectivas, todas simples acercamientos incompletos aunque muchas, probablemente, muy similares. Esto es:
J (1)
J (2)
…
J ( 6 500 000 000)
Cada una de ellas son visiones parciales, aproximaciones de J que tratarán de converger pero que nunca llegarán a aproximarse a todo su significado y magnificencia. J(50) puede ser la pachamama, J(5 000) sería el sol, J (3 125 986) es Alá, J (458 694 278) es el vacío, la no existencia.
Todas las J (N) son visiones en un propio espacio temporal, por ejemplo el 2009. Cada 100 años podría hacer lo mismo, y encontraría más J (N). Puedo re-expresar esta idea así:
J (2009-1)
J (2009-2)
…
J ( 2009-6 500 000 000)
Y, por ejemplo, si me ubico en 1909 tendría:
J (1909-1)
J (1909-2)
…
J (1909-K)
K es el número de personas vivas en el mundo en el año 1909. Con todo lo anterior, puedo expresar la visión parcial de cualquier persona sobre J, el Dios absoluto, como:
J (T,N)
Donde T es el año, N la persona que vive en un año específico (quizá puedo medir de siglo en siglo para evitar repeticiones, aunque igual me queda el problema de la gente que vivió en años intermedios. Para efectos de este artículo es algo irrelevante). Si mal no recuerdo, tenemos 40 000 000 000 de personas las que han pasado por nuestro planeta. Todas con visiones distintas de J, todas con disímiles aproximaciones a la divinidad. Aquí cabe la posibilidad de hacer agrupaciones: todos los J(T,N) cristianos, budistas, animistas, judíos, cientólogos, ateos, y un largísimo etcétera.
Tomo dos muestras de J (T,N). Un J(-2000,N) y algún J(-1400,N), ambos parte del mismo subconjunto de seguidores de Jahveh. Quizá pueden ser estos:
J(-2000,N) = Abraham
J(-1400,N) = Moisés
Aunque no lo creamos, Abraham y Moisés veían a Dios de una manera no análoga. Primero, porque son personas diferentes. Segundo, porque son de tiempos diferentes. Tercero, porque son de naciones diferentes (uno, caldeo; el otro, culturalmente egipcio y hebreo). Cuarto, porque ―según Génesis― recibieron revelaciones diferentes. Evidentemente Abraham no veía a Dios de la misma manera que Moisés. Y las diferencias no eran menores.
Con esto en mente tenemos el que diseña D, con su propio J (-800,N), que tiene dos opciones. La primera, pisotear lo que pensaban antes de él. La otra, es respetar (en lo posible) las visiones de Dios que tenían los que vivieron en su pasado. Por eso les llamo genios, porque supieron hacerlo, porque al leer la Biblia podemos, de verdad, percibir las diferencias entre los J (T,N) a través del tiempo. Genios porque supieron respetar la sede de la relación entre Dios y el hombre, esto es, la historia.
Y, en medio de todo, Dios estuvo presente. Esos escritores anónimos jamás estuvieron en soledad mientras construían la Palabra que hoy tenemos en nuestras manos.
Los mecanismos de la construcción de varios libros bíblicos pueden analizarse realizando una simplificación. Para esto, sólo tomamos algunas variables fundamentales implicadas. Supongamos E, uno de los libros del Pentateuco atribuidos a Moisés. ¿De dónde salió E? Los entendidos dicen que pudo ser de:
A -> Un pequeño texto original de Moisés
B -> Tradiciones orales
C -> Añadidos posteriores al texto original de Moisés
D -> "Edición", donde todo lo anterior se condensa en un texto (final, si se le puede llamar así)
Dentro del escenario que me da mi supuesto (nada más cuatro variables), entre A y D tenemos 600 o 700 años de distancia. Desconocemos por completo las circunstancias de la escritura de A, sabemos algo de cómo se forman las tradiciones orales –normalmente basadas en hecho reales- aunque no conocemos con precisión las que sirvieron de insumo a nuestra Biblia actual (B). Pueden ubicarse varios C que con relativa claridad son agregados. D es, de las cuatro variables, la más especial. ¿Quiénes fueron los genios que tomaron A, B y C, más su propio pensamiento y visión, y formaron el texto actual de E? ¿Quiénes fueron esos que debieron respetar la historia donde Dios se relaciona con la humanidad, con pocos elementos, una ciencia incipiente, pero con un respeto gigantesco por la labor que estaban realizando?
No es poca cosa D. A+B+C+D es, en conjunto, una labor majestuosa, digna del Dios que creó todo el universo. Ahora, imaginemos esto:
Sea J, que la defino como Dios, el Yo soy el que soy; como la realidad de su divino ser en su completa perfección y condición de absoluto. Miren mi osadía. A único hecho plenitud, con omnisciencia y omnipotencia, a Jahveh, creador, sustentador, salvador y restaurador del mundo, lo estoy representando por un mero símbolo, J, que, por supuesto, no lo contiene en lo absoluto, pero que para nuestras mentes limitadas e incompletas puede sernos útiles en el proceso de aproximación a la majestad de la divinidad.Ya que nosotros somos seres finitos y no absolutos, al contemplar J tendremos particulares visiones y perspectivas, todas simples acercamientos incompletos aunque muchas, probablemente, muy similares. Esto es:
J (1)
J (2)
…
J ( 6 500 000 000)
Cada una de ellas son visiones parciales, aproximaciones de J que tratarán de converger pero que nunca llegarán a aproximarse a todo su significado y magnificencia. J(50) puede ser la pachamama, J(5 000) sería el sol, J (3 125 986) es Alá, J (458 694 278) es el vacío, la no existencia.
Todas las J (N) son visiones en un propio espacio temporal, por ejemplo el 2009. Cada 100 años podría hacer lo mismo, y encontraría más J (N). Puedo re-expresar esta idea así:
J (2009-1)
J (2009-2)
…
J ( 2009-6 500 000 000)
Y, por ejemplo, si me ubico en 1909 tendría:
J (1909-1)
J (1909-2)
…
J (1909-K)
K es el número de personas vivas en el mundo en el año 1909. Con todo lo anterior, puedo expresar la visión parcial de cualquier persona sobre J, el Dios absoluto, como:
J (T,N)
Donde T es el año, N la persona que vive en un año específico (quizá puedo medir de siglo en siglo para evitar repeticiones, aunque igual me queda el problema de la gente que vivió en años intermedios. Para efectos de este artículo es algo irrelevante). Si mal no recuerdo, tenemos 40 000 000 000 de personas las que han pasado por nuestro planeta. Todas con visiones distintas de J, todas con disímiles aproximaciones a la divinidad. Aquí cabe la posibilidad de hacer agrupaciones: todos los J(T,N) cristianos, budistas, animistas, judíos, cientólogos, ateos, y un largísimo etcétera.
Tomo dos muestras de J (T,N). Un J(-2000,N) y algún J(-1400,N), ambos parte del mismo subconjunto de seguidores de Jahveh. Quizá pueden ser estos:
J(-2000,N) = Abraham
J(-1400,N) = Moisés
Aunque no lo creamos, Abraham y Moisés veían a Dios de una manera no análoga. Primero, porque son personas diferentes. Segundo, porque son de tiempos diferentes. Tercero, porque son de naciones diferentes (uno, caldeo; el otro, culturalmente egipcio y hebreo). Cuarto, porque ―según Génesis― recibieron revelaciones diferentes. Evidentemente Abraham no veía a Dios de la misma manera que Moisés. Y las diferencias no eran menores.
Con esto en mente tenemos el que diseña D, con su propio J (-800,N), que tiene dos opciones. La primera, pisotear lo que pensaban antes de él. La otra, es respetar (en lo posible) las visiones de Dios que tenían los que vivieron en su pasado. Por eso les llamo genios, porque supieron hacerlo, porque al leer la Biblia podemos, de verdad, percibir las diferencias entre los J (T,N) a través del tiempo. Genios porque supieron respetar la sede de la relación entre Dios y el hombre, esto es, la historia.
Y, en medio de todo, Dios estuvo presente. Esos escritores anónimos jamás estuvieron en soledad mientras construían la Palabra que hoy tenemos en nuestras manos.
Imagen: http://lafuente.forumup.es/about1170-lafuente.html
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sábado, 31 de enero de 2009
Cincuenta épocas, cincuenta dioses (1)
La inspiraciónNo es mi idea discutir a profundidad este tema que para nada está definido (pues sí, señores, no está definido a pesar de lo que leyeron por allí en algún manual básico de seminario evangélico o de lo que les dijeron en sus catecumenado eclesial). Para ello pueden ir a los textos fundamentales donde la inspiración se discute con seriedad o, dentro del universo blog en español, consultar como referencia la secuencia que en el blog Teosubversión se ha hecho. Sin embargo, necesito partir desde la inspiración, así que de todas maneras mencionaré algunas ideas pecando de simplista.
De manera muy general, cuando se habla de inspiración yo entiendo el término de dos maneras:
(1) Es la validación del contenido del texto bíblico.
(2) Es la validación del proceso que generó el texto bíblico.
Validar el contenido del texto bíblico implica que Dios considera al libro llamado “Biblia”, como una representación física donde su palabra está contenida y que tiene el propósito de comunicar una multitudes de mensajes al ser humano que, de otra manera, no podría recibirlos. Ese ente físico y palpable en forma de libro servirá, entre otras cosas, para “enseñar, para argüir, para corregir y para educar en la justicia. Así el hombre de Dios se encuentra perfecto y preparado para toda obra buena (2 Tim. 3:16 Biblia de Jerusalén)”. La utilidad, por supuesto, dependerá de la permanente actualización del texto validado por Dios a través de los muy distintos escenarios en donde se encuentran los lectores, sean variopintas culturas, épocas o estado de avance de las ciencias. Por ello lo fundamental, más que concentrarnos en la literalidad del texto, es buscar el lenguaje teológico que Dios nos quiso comunicar, escondido en los distintos relatos y tipos literarios que la Biblia tiene.
Validar el proceso de generación del texto bíblico significa que Dios certifica su participación en la compleja secuencia de construcción de la Biblia. ¿Y cómo fue esta? Como bien es sabido, el desarrollo de las ciencias sociales tiene menos de 200 años. Antes de este desarrollo científico, se pensaba de una manera limitada y simplista, considerando que los libros de la Biblia fueron escritos por los autores que ella misma decía y más o menos en las épocas en las que hacía referencia. Por supuesto, hay muchos libros en los que es obvia la escritura rápida de un solo autor, como las cartas juaninas o algunas paulinas, pero lo mismo se suponía para el Pentateuco, Job o Isaías. El avance de la historia, la arqueología y el mayor conocimiento de las lenguas muertas nos van enseñando, cada vez con más claridad, que el proceso de escritura de muchos textos bíblicos fue más complejo que el simple “se sentó a escribir lo que Dios le inspiraba”, sino que lo que tenemos ahora pasó por una larga secuencia de podía partir de la tradición oral (basada en hechos reales) para finalizar siglos después en la cristalización de un texto definitivo, que se ha preservado hasta hoy. Validar el proceso implica que en toda esta lenta secuencia Dios participó, día a día, semana a semana, año a año, siglo a siglo, con el fin de construir con nosotros su Palabra expresada en lo que hoy llamamos Biblia.
Imagen: http://msidobre.free.fr/exposes/numeration/haniez_bab/tabl-cuneiforme2.jpg
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jueves, 20 de marzo de 2008
De verticales a horizontales

No cesa mi sorpresa hasta el día de hoy. Para un mar de cristianos, la jerarquía en la iglesia es más importante que la misión de ella; el definir quién manda más importante de precisar una adecuada cristología; afirmar la cobertura de un iluminado sobre los líderes es mucho más relevante que el poseer claridad en la realidad soteriológica. Cosa de locos.
Quizá sea un tema personal, pero el hecho de estar centrado en lo bíblico es algo que siempre ha marcado mi manera de ver la vida cristiana. Tal vez esa sea la causa de mi obsesión por leer y estudiar el texto sagrado (muy reducida últimamente por la creciente absorción de mi trabajo bancario). Por eso compraba teología, por eso fui al seminario, por eso me metí a una maestría de asuntos teológicos postergando la otra, la de economía o finanzas o de lo que fuera. Claro está que al inicio mi visión de las cosas fue de una manera evangélica-conservadora-fundamentalista, pero después mutó a formas mas liberales (usando un término que algunos utilizaron para calificar mi pensamiento actual).
Digo esto porque de allí parte mi acercamiento al tema de la iglesia. Aunque hablo con frecuencia de la homogeneidad de los cristianos en su vida comunitaria, no olvido los textos paulinos que hablan de jerarquía. Los tengo presente permanentemente. He pensado, y seriamente, en ellos. Mi lado teológico ha sido retado con ellos. He ido más atrás, a la estructura discipular de Jesús, y más atrás, al modelo de Esdras tras la deportación, y más atrás, a los tiempos de la labor profética, y más atrás, hasta Moisés y la ley, y más atrás a los patriarcas con el fin de tratar de determinar patrones. Me queda claro que cuando Pablo escribió sobre los diáconos y los obispos, indirectamente tenía en mente todo el Antiguo Testamento; no en vano era judío benjamita, fariseo y educado en Jerusalén por uno de los más reputados maestros de toda la historia religiosa judía. También he pensado en lo que vino tras la muerte del apóstol Juan. He leído, por ejemplo, lo que Lutero pensaba de la iglesia (defendiendo la comunidad); he leído sobre los anababtistas como precursores de la iglesia emergente (que en realidad no es tan nueva como lo quieren hacer creer alguno el día de hoy). He leído más pero no lo recuerdo en este momento preciso.
Entonces, si he visto todo eso, ¿por qué insisto en la homogeneidad? ¿Por qué insto a mi comunidad a pensar así?
Yo tengo una tesis, pero para expresarla debo hacer una pregunta previa: ¿Cuál es para ustedes el principal enemigo del mensaje evangélico? ¿Creen que es el mundo? ¿Las otras religiones? ¿El diablo, que nos persigue trinche en mano para hacernos pecar? Piensen, por favor, en términos de la historia. Mi tesis (en realidad no es mía, la he tomado de alguien que he leído por ahí) es que el enemigo es el clericalismo y los modelos que fomentan los abusos de poder que la iglesia tradicional perpetúa. Más en la iglesia católica o en la ortodoxa, menos en la evangélica (porque todos somos cristianos, ¿no?). El enemigo viene de dentro. Es una especie de concupiscencia global.
Para evitar malentendidos, en este punto debo decir que si algo Dios me ha estado enseñando en los últimos tiempos es que el reino de Dios está allá y aquí, en el lado "tradicional" y en este lado que no sé cómo adjetivar. Todos somos iglesia, somos cristianos, avanzamos hacia el mismo lado, y es el amor lo que debe predominar sobre todas las cosas. Estoy reaprendiendo eso. Veo también a la iglesia tradicional como una herramienta de Dios, como parte de su iglesia y de su Iglesia.
Pero esto no me hace ciego. El sistema y los modelos que fomentan los abusos de poder se han arrastrado de generación en generación por 1600 años (desde Constantino) y se les cuida como a las joyas de la abuela. ¿Qué hago? Digo: "podría hacer algo, pero no cambiará". "Así ha sido siempre", “no podemos renunciar a la historia”. No jodan, eso no se puede pensar. Un creyente no puede tener esa actitud porque muere el evangelismo y colapsa la misión. Eso me frustra un poco de muchos cristianos valiosísimos que no tienen una parálisis del pensamiento, porque hablan y se les siente un tufillo de statu quo, de fatalismo ante la historia de la iglesia y ante el tamaño de la organización (que se refleja en la iglesia local). Si se toma esa posición, ¿dónde está la fe? ¿la esperanza? Si es así, mejor no somos cristianos, no sirve esa fe para nosotros.
Me estoy desviando del tema. Si mi tesis es cierta, entonces debo hacer algo con ella. El sistema estructural tradicional lo tenemos todos porque nos convertimos allí dentro. Yo conozco los textos paulinos, sé que debe haber cierto tipo de jerarquía, me he dado cuenta que la planura estricta no existe, no es sostenible. Tiene que haber un esquema sencillo de liderazgo tal como lo plantea el Nuevo Testamento. Ese esquema simple se basa en:
- El sacerdocio de todos los creyentes donde ontológicamente TODOS SOMOS IGUALES. Esto es algo que los cristianos comunes y corrientes no saben. Se asume que hay diferencia entre el líder y el laico, y no es así. ¡¡Hay que aprender!! ¡¡Reaprender!!
- Anciano y diacono están en el texto. Estos individuos emanan de la comunidad y es la propia comunidad la que debe designarlos (ej. Hch. 14:23. Revisando el griego encontramos que la palabrita cheirotoneo no es imponer las manos –como me dijeron algunas veces en la iglesia-, sino levantarlas como en una votación), por lo que ellos son miembros de la iglesia (no designados desde afuera, como se estila tanto ahora). Deben existir. Quizá no con esos nombres, quizá no de manera explícita, pero deben estar.
Todo parte del sacerdocio de todos los creyentes y, basado en ese sacerdocio, de los textos paulinos que hablan de una incipiente jerarquía. Entonces, ¿por qué insisto en la homogeneidad?
Creo que me darán la razón en el hecho de que si comparan a la iglesia tradicional con el modelo eclesiológico del Nuevo Testamento pues este último es radicalmente horizontal, ¿no creen? Si yo quiero tratar de restaurar un principio bíblico eclesiológico entonces debo pensar en cómo lo hago. Y les digo algo: NO NECESITO ENSEÑAR JERARQUÍA. ¡Eso ya se sabe muy bien! Todos están bien instruidos en ello. Lo que necesito enseñar para restaurar el espíritu del texto sagrado es homogeneidad, debo insistir con ella. Es como desaprender. Los procesos de cambio radical son duros y a veces requieren dar enseñanzas extremas para que, en los momentos intermedios, entreguemos lo correcto. ¿Entienden mi punto?
Todavía algunos en mi comunidad tienen el paradigma metido de la autoridad, piensan en pastores encorbatados, están convencidos que nunca seremos iglesia sino simplemente un grupo de amigos que se reúne para hablar de la Biblia. Por ello hay que insistir en la homogeneidad. Hay que insistir con lo ontológico (el pastor no es mas que la comunidad) pero también con lo práctico. Yo no creo en que todo deba ser plano. No es bíblico y concuerdo con ello. Pero hay un sistema que derribar en las mentes y en ese proceso hay que ir hacia el lado homogéneo. Es capital, es inevitable. Hay que martillar duro.
Y eso que no estoy hablando del servicio, de lavar los pies de los otros, de ser el menor de todos.
En ese proceso vendrán las calumnias, las muy serias acusaciones de "orgullo espiritual", de "sectarismo", de "liberalismo". Pero a pesar de eso soy conciente que debo estar abierto a la posibilidad de que Dios esté rompiendo un marco profundo en las iglesias de la Iglesia o, inclusive, está creando marcos completamente nuevos. Y creo que nos usa ahora. Y en el futuro usará a otros, quizá, para romper este marco que hacemos hoy. ¡¡Y que así sea!! ¡¡Es la vitalidad de la Iglesia de Cristo!! ¡¡De Su Iglesia!!
¿Horizontal o vertical? Horizontal, por supuesto.
Quizá sea un tema personal, pero el hecho de estar centrado en lo bíblico es algo que siempre ha marcado mi manera de ver la vida cristiana. Tal vez esa sea la causa de mi obsesión por leer y estudiar el texto sagrado (muy reducida últimamente por la creciente absorción de mi trabajo bancario). Por eso compraba teología, por eso fui al seminario, por eso me metí a una maestría de asuntos teológicos postergando la otra, la de economía o finanzas o de lo que fuera. Claro está que al inicio mi visión de las cosas fue de una manera evangélica-conservadora-fundamentalista, pero después mutó a formas mas liberales (usando un término que algunos utilizaron para calificar mi pensamiento actual).
Digo esto porque de allí parte mi acercamiento al tema de la iglesia. Aunque hablo con frecuencia de la homogeneidad de los cristianos en su vida comunitaria, no olvido los textos paulinos que hablan de jerarquía. Los tengo presente permanentemente. He pensado, y seriamente, en ellos. Mi lado teológico ha sido retado con ellos. He ido más atrás, a la estructura discipular de Jesús, y más atrás, al modelo de Esdras tras la deportación, y más atrás, a los tiempos de la labor profética, y más atrás, hasta Moisés y la ley, y más atrás a los patriarcas con el fin de tratar de determinar patrones. Me queda claro que cuando Pablo escribió sobre los diáconos y los obispos, indirectamente tenía en mente todo el Antiguo Testamento; no en vano era judío benjamita, fariseo y educado en Jerusalén por uno de los más reputados maestros de toda la historia religiosa judía. También he pensado en lo que vino tras la muerte del apóstol Juan. He leído, por ejemplo, lo que Lutero pensaba de la iglesia (defendiendo la comunidad); he leído sobre los anababtistas como precursores de la iglesia emergente (que en realidad no es tan nueva como lo quieren hacer creer alguno el día de hoy). He leído más pero no lo recuerdo en este momento preciso.
Entonces, si he visto todo eso, ¿por qué insisto en la homogeneidad? ¿Por qué insto a mi comunidad a pensar así?
Yo tengo una tesis, pero para expresarla debo hacer una pregunta previa: ¿Cuál es para ustedes el principal enemigo del mensaje evangélico? ¿Creen que es el mundo? ¿Las otras religiones? ¿El diablo, que nos persigue trinche en mano para hacernos pecar? Piensen, por favor, en términos de la historia. Mi tesis (en realidad no es mía, la he tomado de alguien que he leído por ahí) es que el enemigo es el clericalismo y los modelos que fomentan los abusos de poder que la iglesia tradicional perpetúa. Más en la iglesia católica o en la ortodoxa, menos en la evangélica (porque todos somos cristianos, ¿no?). El enemigo viene de dentro. Es una especie de concupiscencia global.
Para evitar malentendidos, en este punto debo decir que si algo Dios me ha estado enseñando en los últimos tiempos es que el reino de Dios está allá y aquí, en el lado "tradicional" y en este lado que no sé cómo adjetivar. Todos somos iglesia, somos cristianos, avanzamos hacia el mismo lado, y es el amor lo que debe predominar sobre todas las cosas. Estoy reaprendiendo eso. Veo también a la iglesia tradicional como una herramienta de Dios, como parte de su iglesia y de su Iglesia.
Pero esto no me hace ciego. El sistema y los modelos que fomentan los abusos de poder se han arrastrado de generación en generación por 1600 años (desde Constantino) y se les cuida como a las joyas de la abuela. ¿Qué hago? Digo: "podría hacer algo, pero no cambiará". "Así ha sido siempre", “no podemos renunciar a la historia”. No jodan, eso no se puede pensar. Un creyente no puede tener esa actitud porque muere el evangelismo y colapsa la misión. Eso me frustra un poco de muchos cristianos valiosísimos que no tienen una parálisis del pensamiento, porque hablan y se les siente un tufillo de statu quo, de fatalismo ante la historia de la iglesia y ante el tamaño de la organización (que se refleja en la iglesia local). Si se toma esa posición, ¿dónde está la fe? ¿la esperanza? Si es así, mejor no somos cristianos, no sirve esa fe para nosotros.
Me estoy desviando del tema. Si mi tesis es cierta, entonces debo hacer algo con ella. El sistema estructural tradicional lo tenemos todos porque nos convertimos allí dentro. Yo conozco los textos paulinos, sé que debe haber cierto tipo de jerarquía, me he dado cuenta que la planura estricta no existe, no es sostenible. Tiene que haber un esquema sencillo de liderazgo tal como lo plantea el Nuevo Testamento. Ese esquema simple se basa en:
- El sacerdocio de todos los creyentes donde ontológicamente TODOS SOMOS IGUALES. Esto es algo que los cristianos comunes y corrientes no saben. Se asume que hay diferencia entre el líder y el laico, y no es así. ¡¡Hay que aprender!! ¡¡Reaprender!!
- Anciano y diacono están en el texto. Estos individuos emanan de la comunidad y es la propia comunidad la que debe designarlos (ej. Hch. 14:23. Revisando el griego encontramos que la palabrita cheirotoneo no es imponer las manos –como me dijeron algunas veces en la iglesia-, sino levantarlas como en una votación), por lo que ellos son miembros de la iglesia (no designados desde afuera, como se estila tanto ahora). Deben existir. Quizá no con esos nombres, quizá no de manera explícita, pero deben estar.
Todo parte del sacerdocio de todos los creyentes y, basado en ese sacerdocio, de los textos paulinos que hablan de una incipiente jerarquía. Entonces, ¿por qué insisto en la homogeneidad?
Creo que me darán la razón en el hecho de que si comparan a la iglesia tradicional con el modelo eclesiológico del Nuevo Testamento pues este último es radicalmente horizontal, ¿no creen? Si yo quiero tratar de restaurar un principio bíblico eclesiológico entonces debo pensar en cómo lo hago. Y les digo algo: NO NECESITO ENSEÑAR JERARQUÍA. ¡Eso ya se sabe muy bien! Todos están bien instruidos en ello. Lo que necesito enseñar para restaurar el espíritu del texto sagrado es homogeneidad, debo insistir con ella. Es como desaprender. Los procesos de cambio radical son duros y a veces requieren dar enseñanzas extremas para que, en los momentos intermedios, entreguemos lo correcto. ¿Entienden mi punto?
Todavía algunos en mi comunidad tienen el paradigma metido de la autoridad, piensan en pastores encorbatados, están convencidos que nunca seremos iglesia sino simplemente un grupo de amigos que se reúne para hablar de la Biblia. Por ello hay que insistir en la homogeneidad. Hay que insistir con lo ontológico (el pastor no es mas que la comunidad) pero también con lo práctico. Yo no creo en que todo deba ser plano. No es bíblico y concuerdo con ello. Pero hay un sistema que derribar en las mentes y en ese proceso hay que ir hacia el lado homogéneo. Es capital, es inevitable. Hay que martillar duro.
Y eso que no estoy hablando del servicio, de lavar los pies de los otros, de ser el menor de todos.
En ese proceso vendrán las calumnias, las muy serias acusaciones de "orgullo espiritual", de "sectarismo", de "liberalismo". Pero a pesar de eso soy conciente que debo estar abierto a la posibilidad de que Dios esté rompiendo un marco profundo en las iglesias de la Iglesia o, inclusive, está creando marcos completamente nuevos. Y creo que nos usa ahora. Y en el futuro usará a otros, quizá, para romper este marco que hacemos hoy. ¡¡Y que así sea!! ¡¡Es la vitalidad de la Iglesia de Cristo!! ¡¡De Su Iglesia!!
¿Horizontal o vertical? Horizontal, por supuesto.
lunes, 10 de diciembre de 2007
Hacia la tierra prometida (con escalas)
Los teólogos de la liberación han tomado al éxodo como evento fundamental dentro de su marco teórico de referencia. No es una idea descabellada ya que es uno de los grandes eventos bíblicos y punto de paso obligado para cualquier persona que quiera estudiar la Biblia con seriedad. ¿Cómo enfrentarnos al éxodo como hecho histórico utilizado por Dios y puesto por Él como hito en su día-a-día con la humanidad? Si se piensa en el éxodo es necesario, a mi entender, ir por lo obvio y partir desde el pueblo sufriente, silencioso al inicio, y clamoroso tras unas cuantas décadas (?) (Ex. 2:23). Este pueblo fue víctima de la opresión abusiva de Egipto a niveles de esclavitud (Ex. 1:14), situación desesperada que lo llevó a clamar a Dios por ayuda. Llama la atención la demora en su petición de socorro, lo que inmediatamente nos hace preguntar ¿Por qué tardaron tanto en clamar a Dios? No se sabe con certeza, pero lo que sí es conocido es que Dios les respondió enviándoles lo que necesitaban: un libertador con cobertura divina…
… que los liberó del yugo. ¿Todo bien desde ahora? No, porque ahora el problema fue la actitud del pueblo tras el éxodo de Egipto, es decir, tenían la libertad ansiada pero no les era suficiente por las carencias materiales: hambre, sed, calor, monotonía en los alimentos, enemigos, incertidumbre. ¡Preferían volver a Egipto con las cabezas genuflexas! ¿Por qué preferir la servidumbre a la libertad? Pienso, como otros, que el pueblo extrañaba la seguridad de la esclavitud en contraste con la poca certeza de la travesía en el desierto. Es un pueblo totalmente humano. ¿O es que eran superhombres? ¿Cuántas veces nosotros hemos sido igual a ellos? Yo lo soy con frecuencia.
El faraón es otro de los actores del drama egipcio. Obcecado, preso de su propia opinión, pensaba económiamente al no querer perder su valiosa mano de obra. Miles de esclavos no se podían conseguir de la noche a la mañana. Dios intenta varias veces dialogar con el soberano sin éxito. En el ínterin Faraón agrava la opresión del pueblo (Ex. 5:9) “para que no atiendan a palabras mentirosas”, es decir, ¡para que no piensen! Es la típica imagen del opresor –han pasado más de tres milenios y hay cosas que no han cambiado nada- la que nos muestra el relato bíblico, y lo peor del asunto es que por su actitud todo el pueblo de Egipto se vio afectado (por las plagas y la entrega de sus bienes de valor). Si estás en el poder, tu pueblo sufre por tus decisiones. Es este un mensaje vivo a los gobernantes de las naciones actuales que con frecuencia no piensan en el pueblo a la hora de disponer. Se van, destruyendo el país, ¡y luego quieren volver a gobernar! (a veces retornan, como Alan García. O lo intentan, como Fujimori o Menem)
Dios también está presente (vale la pena recordar el papel de Dios porque a veces se nos olvida). Su actuar en el Éxodo delimita una imagen que ha mutado desde el Dios personal, íntimo, de clan -que se deja ganar por un hombre-, del tiempo patriarcal, al Dios poderoso que reta al poder imperial con las plagas. Eso nos ayuda a entender algo: Dios tiene mil caras, se adapta a nuestras circunstancias, a nuestra vida, a nuestro andar paso a paso. Camina con la historia y según esta se vaya evolucionando Dios se manifiesta, cambia de rostro, enfatiza ciertas cosas de su ser Absoluto; en otro momento gira, muestra otro ángulo que aparentemente es contradictorio con el anterior pero que no es así. Es, desde nuestros ojos, un Dios variable (porque siempre observamos algo diferente de Él), pero desde su punto de vista, un Dios demasiado grande para nuestra comprensión que va resaltando aspectos diversos de Él según el ser humano, conciente o inconcientemente, lo requiera.
Moisés fue profundamente sensible a las necesidades de sus compatriotas aunque su impulsividad quiso solucionar el problema de inmediato, asesinando a un egipcio (Ex. 2:11-15), viendose obligado a escapar del país. Pasó 40 años en el desierto, donde ni siquiera pudo juntar su propio hato de ovejas ya que seguía pastando el ganado de su suegro, tras los cuales Dios lo llama a la misión de su vida. Se niega con diversas excusas: desconocimiento de él mismo, desconocimiento teológico, incapacidad, renuncia, pero al final va a Egipto, casi a regañadientes. Qué diferentes son los criterios de Dios a la hora de elegir un líder (en contraste con los parámetros del mundo o de muchas iglesias de la actualidad). Pero, a pesar de su gran obra, al final él no entra a la tierra prometida. ¿Por qué? La solución simplista –aunque cierta- es por su pecado tras el incidente en el desierto de Zin (Num. 20:1-13). Pero si vamos un poco más allá, podemos afirmar que Moisés no entró porque no le correspondía. Dios es el Señor de la historia, y cumple sus promesas o sus propósitos por encima de personas, naciones, creencias o teologías. A veces nos creemos dueños de la obra de Dios, nos autoimponemos el papel de voceros oficiales de Dios, nos creemos indispensables, pero nos olvidamos que sólo somos vasijas y que el que dispone finalmente es Dios.
Es en el éxodo donde se establecen los fundamentos de la religión de los hebreos con la Alianza como un basamento importante. Lo particular de las alianzas en esos tiempos es que se establecía una relación comprometida siervo-amo tal como estaba en el modelo hitita de los pactos. Un detalle de la alianza es la elección: Dios escoge a un pueblo para sí, no por sus virtudes sino porque así quiso, no porque fueren especiales (eran esclavos en Egipto) sino porque su Voluntad así lo decidió. No por las virtudes, no por los atributos. ¿Comprendemos la profundidad del concepto? ¿Por qué enfatizar en la elección y en la Alianza? Porque para los judíos eran elementos claves de su identidad, elementos que nunca perdieron en la historia. Si ellos son pueblo de Dios, lo son por la alianza con Dios que se hizo nueva en Cristo cientos de años después.
La historia es mucho más compleja de lo que dicen los libros. Muchos cristianos de hoy tenemos la tendencia a literalizar lo que dice la Biblia y a creer tal cual dice el texto sin hacer un sano proceso de interpretación. Nos olvidamos que la Biblia se escribió en un determinado contexto y con particulares intensiones, muy distintas en cada uno de sus libros. Dado esto, pienso que la idea, en el desierto, es declarar la profunda humanidad del pueblo con sus idas y venidas, la de Moisés como caudillo, la visión de Dios que protege y provee pero que también castiga la infidelidad; ya en la ocupación, se denotan los múltiples elementos variopintos en esta etapa formativa del pueblo hebreo: los muchos pueblos que contribuyeron a su evolución (abundantes elementos fueron prestados de otras naciones para su culto, el propio “mestizaje racial”), una ocupación lenta y tediosa -sin mucha épica- de la tierra prometida. Repito el mensaje: LA HISTORIA ES MAS COMPLEJA DE LO QUE APARENTA. Es algo que nunca debemos olvidar.
Si hacemos un salto temporal hasta el tiempo intermedio de la monarquía, veremos a un pueblo que basaba su estabilidad en la Alianza, en la elección de Dios, en la capital del país y en el templo de Jerusalén. En otras palabras, la nación creía que jamás les pasaría nada porque Dios está en el templo, son EL pueblo de Dios y nadie es capaz de destruir SU casa. La base de su fe era simplemente asuntos externos y no internos: la ética en tiempos monárquicos estaba bastante deteriorada. Estaban seguros, cómodos, pero todo se vino abajo con el exilio. ¡Destruyeron al pueblo de Dios! ¡Destruyeron el templo! ¡Ya no hay Jerusalén! Se eliminó toda la base de la fe y la estructura de la nación. La elite dirigente se fue a Babilonia y el pueblo, sin líderes, se quedó en Palestina. Surgieron preguntas incómodas porque el Dios de la liberación de Egipto los llevó a una nueva cautividad ¿Cómo responder a esta crisis? ¿Qué hacer? La amenaza sincrética, la influencia de otras culturas, y la actualización del mensaje se hicieron relevantes. Tras el exilio, el pueblo perdió la esperanza pues toda la magnificencia del Deuteroisaías sobre la victoria absoluta del pueblo de Dios no se cumplió. Sin embargo, el mensaje siempre se adaptó a las nuevas circunstancias (en este caso, por Hageo, Zacarías, Esdras y Nehemías).
Doy otro salto temporal y llego hasta Jesús. La visión cristológica la coloco dentro de su contexto de evangelio (buenas noticias) que debe ser proclamado (kerigma) y testificado (martirio). Es un mensaje que nos convierte al encontrarnos con Cristo (transmisor del mensaje que al mismo tiempo es el mensaje) y que nos libera, trayendo una perspectiva más amplia de ver el mundo. Cristo reinterpreta a la Torah, colocándola más rígida en la ética y más relajada en lo cultual, basándola totalmente en el amor y en una visión escatológica. Su libertad se sustenta en la cruz que todos debemos llevar, es decir, una libertad basada en el servicio, el sacrificio y no en el libertinaje.
Con todo el compendio anterior, ¿Puede armarse una teología bíblica del éxodo? Creo que sí. Elementos que estarían dentro de ella son:
a) Dios es un Dios de la historia, que camina con ella y en ella, paso a paso a nuestro lado.
b) Dios, como tal, muestra múltiples caras, como a los patriarcas (Dios personal, de clan), en el éxodo (Dios poderoso), la monarquía (Dios nacional), el exilio (Dios universal y único), o el Nuevo Testamento (Dios con nosotros). ¿Cuál es el rostro que tiene hoy con nosotros?
c) Dios siempre quiere liberar, tanto de la opresion economica y social (Egipto), del pecado (como dice el mensaje de Cristo), de la tristeza del desarraigo (Exilio). Es parte de un proceso que no termina nunca. Es una libertad múltiple y no exclusiva de sólo una de sus partes (resaltando una en detrimento de las otras). Hay que proclamar libertad, sí, pero completa. Hay que proclamar la libertad, sí, pero sin imposiciones ideológicas, ni de derecha ni de izquierda. Eso es inconcebible.
d) Dios quiere que siempre observemos sus múltiples caras y nos llama a ser partícipes de la reinterpretación de su mensaje según el contexto histórico: la ley de Moisés, la identidad de la monarquía, la crisis del exilio (y el nuevo fundamento del judaísmo sin templo y sin Jerusalén), el mensaje cristológico. Dios está en la historia, la historia fluye y el mensaje, siempre, según nuestro contexto, debe actualizarse.
e) Dios comprende nuestra humanidad, sabe que no somos perfectos y así nos ama: quejosos como el pueblo en el desierto, perdidos como en Babilonia, desanimados como cuando volvieron a Palestina, con la vision en otra parte como Pedro en la trasnfiguración, con mi dejadez cuando quiero orar un rato.
f) Cristo nos llama a una liberación basada en el amor a Dios y al prójimo, en una ética estricta, en tomar la cruz y en basar la libertad no como libertinaje, sino como servicio, sacrificio, entrega, humildad. Es esta la base de la verdadera liberación.
g) El mensaje liberador de Cristo no es pasivo sino que nos llama a la acción porque su visión está en la esperanza escatológica que nos llama a actuar hoy, en un ya (porque Cristo está aquí) pero todavía no (porque todo no ha llegado a su pleno cumplimiento).
Referencias
BRIGHT, JOHN. “La historia de Israel”. Edición revisada y aumentada con introducción y apéndice de William P. Brown. Bilbao: Editorial Desclee de Brouwer, 2003.
GUTIERREZ, GUSTAVO. “Teología de la liberación: Perspectivas”. 11va edición. Lima: CEP, 2005.
SICRE, JOSÉ LUIS. “Introducción al Antiguo Testamento”. 9na edición. Estella-Navarra: Editorial Verbo Divino, 2005.
… que los liberó del yugo. ¿Todo bien desde ahora? No, porque ahora el problema fue la actitud del pueblo tras el éxodo de Egipto, es decir, tenían la libertad ansiada pero no les era suficiente por las carencias materiales: hambre, sed, calor, monotonía en los alimentos, enemigos, incertidumbre. ¡Preferían volver a Egipto con las cabezas genuflexas! ¿Por qué preferir la servidumbre a la libertad? Pienso, como otros, que el pueblo extrañaba la seguridad de la esclavitud en contraste con la poca certeza de la travesía en el desierto. Es un pueblo totalmente humano. ¿O es que eran superhombres? ¿Cuántas veces nosotros hemos sido igual a ellos? Yo lo soy con frecuencia.
El faraón es otro de los actores del drama egipcio. Obcecado, preso de su propia opinión, pensaba económiamente al no querer perder su valiosa mano de obra. Miles de esclavos no se podían conseguir de la noche a la mañana. Dios intenta varias veces dialogar con el soberano sin éxito. En el ínterin Faraón agrava la opresión del pueblo (Ex. 5:9) “para que no atiendan a palabras mentirosas”, es decir, ¡para que no piensen! Es la típica imagen del opresor –han pasado más de tres milenios y hay cosas que no han cambiado nada- la que nos muestra el relato bíblico, y lo peor del asunto es que por su actitud todo el pueblo de Egipto se vio afectado (por las plagas y la entrega de sus bienes de valor). Si estás en el poder, tu pueblo sufre por tus decisiones. Es este un mensaje vivo a los gobernantes de las naciones actuales que con frecuencia no piensan en el pueblo a la hora de disponer. Se van, destruyendo el país, ¡y luego quieren volver a gobernar! (a veces retornan, como Alan García. O lo intentan, como Fujimori o Menem)
Dios también está presente (vale la pena recordar el papel de Dios porque a veces se nos olvida). Su actuar en el Éxodo delimita una imagen que ha mutado desde el Dios personal, íntimo, de clan -que se deja ganar por un hombre-, del tiempo patriarcal, al Dios poderoso que reta al poder imperial con las plagas. Eso nos ayuda a entender algo: Dios tiene mil caras, se adapta a nuestras circunstancias, a nuestra vida, a nuestro andar paso a paso. Camina con la historia y según esta se vaya evolucionando Dios se manifiesta, cambia de rostro, enfatiza ciertas cosas de su ser Absoluto; en otro momento gira, muestra otro ángulo que aparentemente es contradictorio con el anterior pero que no es así. Es, desde nuestros ojos, un Dios variable (porque siempre observamos algo diferente de Él), pero desde su punto de vista, un Dios demasiado grande para nuestra comprensión que va resaltando aspectos diversos de Él según el ser humano, conciente o inconcientemente, lo requiera.
Moisés fue profundamente sensible a las necesidades de sus compatriotas aunque su impulsividad quiso solucionar el problema de inmediato, asesinando a un egipcio (Ex. 2:11-15), viendose obligado a escapar del país. Pasó 40 años en el desierto, donde ni siquiera pudo juntar su propio hato de ovejas ya que seguía pastando el ganado de su suegro, tras los cuales Dios lo llama a la misión de su vida. Se niega con diversas excusas: desconocimiento de él mismo, desconocimiento teológico, incapacidad, renuncia, pero al final va a Egipto, casi a regañadientes. Qué diferentes son los criterios de Dios a la hora de elegir un líder (en contraste con los parámetros del mundo o de muchas iglesias de la actualidad). Pero, a pesar de su gran obra, al final él no entra a la tierra prometida. ¿Por qué? La solución simplista –aunque cierta- es por su pecado tras el incidente en el desierto de Zin (Num. 20:1-13). Pero si vamos un poco más allá, podemos afirmar que Moisés no entró porque no le correspondía. Dios es el Señor de la historia, y cumple sus promesas o sus propósitos por encima de personas, naciones, creencias o teologías. A veces nos creemos dueños de la obra de Dios, nos autoimponemos el papel de voceros oficiales de Dios, nos creemos indispensables, pero nos olvidamos que sólo somos vasijas y que el que dispone finalmente es Dios.
Es en el éxodo donde se establecen los fundamentos de la religión de los hebreos con la Alianza como un basamento importante. Lo particular de las alianzas en esos tiempos es que se establecía una relación comprometida siervo-amo tal como estaba en el modelo hitita de los pactos. Un detalle de la alianza es la elección: Dios escoge a un pueblo para sí, no por sus virtudes sino porque así quiso, no porque fueren especiales (eran esclavos en Egipto) sino porque su Voluntad así lo decidió. No por las virtudes, no por los atributos. ¿Comprendemos la profundidad del concepto? ¿Por qué enfatizar en la elección y en la Alianza? Porque para los judíos eran elementos claves de su identidad, elementos que nunca perdieron en la historia. Si ellos son pueblo de Dios, lo son por la alianza con Dios que se hizo nueva en Cristo cientos de años después.
La historia es mucho más compleja de lo que dicen los libros. Muchos cristianos de hoy tenemos la tendencia a literalizar lo que dice la Biblia y a creer tal cual dice el texto sin hacer un sano proceso de interpretación. Nos olvidamos que la Biblia se escribió en un determinado contexto y con particulares intensiones, muy distintas en cada uno de sus libros. Dado esto, pienso que la idea, en el desierto, es declarar la profunda humanidad del pueblo con sus idas y venidas, la de Moisés como caudillo, la visión de Dios que protege y provee pero que también castiga la infidelidad; ya en la ocupación, se denotan los múltiples elementos variopintos en esta etapa formativa del pueblo hebreo: los muchos pueblos que contribuyeron a su evolución (abundantes elementos fueron prestados de otras naciones para su culto, el propio “mestizaje racial”), una ocupación lenta y tediosa -sin mucha épica- de la tierra prometida. Repito el mensaje: LA HISTORIA ES MAS COMPLEJA DE LO QUE APARENTA. Es algo que nunca debemos olvidar.
Si hacemos un salto temporal hasta el tiempo intermedio de la monarquía, veremos a un pueblo que basaba su estabilidad en la Alianza, en la elección de Dios, en la capital del país y en el templo de Jerusalén. En otras palabras, la nación creía que jamás les pasaría nada porque Dios está en el templo, son EL pueblo de Dios y nadie es capaz de destruir SU casa. La base de su fe era simplemente asuntos externos y no internos: la ética en tiempos monárquicos estaba bastante deteriorada. Estaban seguros, cómodos, pero todo se vino abajo con el exilio. ¡Destruyeron al pueblo de Dios! ¡Destruyeron el templo! ¡Ya no hay Jerusalén! Se eliminó toda la base de la fe y la estructura de la nación. La elite dirigente se fue a Babilonia y el pueblo, sin líderes, se quedó en Palestina. Surgieron preguntas incómodas porque el Dios de la liberación de Egipto los llevó a una nueva cautividad ¿Cómo responder a esta crisis? ¿Qué hacer? La amenaza sincrética, la influencia de otras culturas, y la actualización del mensaje se hicieron relevantes. Tras el exilio, el pueblo perdió la esperanza pues toda la magnificencia del Deuteroisaías sobre la victoria absoluta del pueblo de Dios no se cumplió. Sin embargo, el mensaje siempre se adaptó a las nuevas circunstancias (en este caso, por Hageo, Zacarías, Esdras y Nehemías).
Doy otro salto temporal y llego hasta Jesús. La visión cristológica la coloco dentro de su contexto de evangelio (buenas noticias) que debe ser proclamado (kerigma) y testificado (martirio). Es un mensaje que nos convierte al encontrarnos con Cristo (transmisor del mensaje que al mismo tiempo es el mensaje) y que nos libera, trayendo una perspectiva más amplia de ver el mundo. Cristo reinterpreta a la Torah, colocándola más rígida en la ética y más relajada en lo cultual, basándola totalmente en el amor y en una visión escatológica. Su libertad se sustenta en la cruz que todos debemos llevar, es decir, una libertad basada en el servicio, el sacrificio y no en el libertinaje.
Con todo el compendio anterior, ¿Puede armarse una teología bíblica del éxodo? Creo que sí. Elementos que estarían dentro de ella son:
a) Dios es un Dios de la historia, que camina con ella y en ella, paso a paso a nuestro lado.
b) Dios, como tal, muestra múltiples caras, como a los patriarcas (Dios personal, de clan), en el éxodo (Dios poderoso), la monarquía (Dios nacional), el exilio (Dios universal y único), o el Nuevo Testamento (Dios con nosotros). ¿Cuál es el rostro que tiene hoy con nosotros?
c) Dios siempre quiere liberar, tanto de la opresion economica y social (Egipto), del pecado (como dice el mensaje de Cristo), de la tristeza del desarraigo (Exilio). Es parte de un proceso que no termina nunca. Es una libertad múltiple y no exclusiva de sólo una de sus partes (resaltando una en detrimento de las otras). Hay que proclamar libertad, sí, pero completa. Hay que proclamar la libertad, sí, pero sin imposiciones ideológicas, ni de derecha ni de izquierda. Eso es inconcebible.
d) Dios quiere que siempre observemos sus múltiples caras y nos llama a ser partícipes de la reinterpretación de su mensaje según el contexto histórico: la ley de Moisés, la identidad de la monarquía, la crisis del exilio (y el nuevo fundamento del judaísmo sin templo y sin Jerusalén), el mensaje cristológico. Dios está en la historia, la historia fluye y el mensaje, siempre, según nuestro contexto, debe actualizarse.
e) Dios comprende nuestra humanidad, sabe que no somos perfectos y así nos ama: quejosos como el pueblo en el desierto, perdidos como en Babilonia, desanimados como cuando volvieron a Palestina, con la vision en otra parte como Pedro en la trasnfiguración, con mi dejadez cuando quiero orar un rato.
f) Cristo nos llama a una liberación basada en el amor a Dios y al prójimo, en una ética estricta, en tomar la cruz y en basar la libertad no como libertinaje, sino como servicio, sacrificio, entrega, humildad. Es esta la base de la verdadera liberación.
g) El mensaje liberador de Cristo no es pasivo sino que nos llama a la acción porque su visión está en la esperanza escatológica que nos llama a actuar hoy, en un ya (porque Cristo está aquí) pero todavía no (porque todo no ha llegado a su pleno cumplimiento).
Referencias
BRIGHT, JOHN. “La historia de Israel”. Edición revisada y aumentada con introducción y apéndice de William P. Brown. Bilbao: Editorial Desclee de Brouwer, 2003.
GUTIERREZ, GUSTAVO. “Teología de la liberación: Perspectivas”. 11va edición. Lima: CEP, 2005.
SICRE, JOSÉ LUIS. “Introducción al Antiguo Testamento”. 9na edición. Estella-Navarra: Editorial Verbo Divino, 2005.
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martes, 17 de julio de 2007
Y sin embargo... se mueve
¡Terremoto en la iglesia! ¿Se destruirá? ¿Será aplastada, como lo proponía Voltaire? La fuente de esperanza es que no estamos perdidos, que nada es irreversible, que las aparentes nubes negras que el horizonte nos trae son sólo una especie de dejavoo porque la iglesia ha pasado cismas tremendos en el pasado y ha sabido sortearlos no sin problemas, no sin dolor, no sin sangre, no sin muertos, no sin guerras, no sin mártires, y aquí estamos, anunciando nuestro corazón entregado a Cristo. Aunque no lo percibimos en lo inmediato, en el mediano y largo plazo, la iglesia es flexible y dinámica, con una gran capacidad transformadora que la hace distinta tanto horizontal como verticalmente: en un diagrama cartesiano, digo vertical para referir al tiempo y horizontal para representar a las posturas teológicas-eclesiologicas.
a) Año 37 d.C. Se encuentra a un grupo de cristianos oriundos de Jerusalén, todos judíos, reunidos en el gran templo restringido sólo a descendientes de Abraham. Ofrecen sacrificios de animales para remisión de sus pecados, el séptimo día no trabajan de ninguna manera, circuncidan a sus hijos varones, cuidadosamente siguen una sucesión de rituales y se deleitan en la lectura de libros de leyes antiguas. De hecho, parecen ser una de varias “denominaciones” del judaísmo como los fariseos, saduceos o esenios. Los distingue en particular es el hecho que identifican las figuras veterotestamentarias del Mesías, Hijo del Hombre y Siervo Sufriente con el reciente profeta-maestro Jesús de Nazaret, que murió ejecutado pocos años atrás. Llevan una vida familiar normal con preferencia hacia las familias grandes y unidas poseyendo una vida social muy cohesionada, compartiendo muchas comidas en común en sus casas. Para el observador, la ley y su observación gozosa son elementos de potente impresión, consolidándose como las claves de esta religión primigenia.
b) Año 325 d.C. Asiste a una gran reunión de lideres cristianos –quizás el concilio de Nicea-. Los asistentes prácticamente no son judíos (mas bien, hay una animadversión ante ellos). La idea de sacrificios animales los horroriza abiertamente; más bien, cuando hablan de ofrecer sacrificios se refieren al uso del pan y vino en vez de las comidas de las casas que nuestro observador noto en Jerusalén. No tienen hijos porque se esperan que los líderes de la iglesia no se casen y la mayoría de ellos ven al matrimonio como un estado inferior y considerarían a un padre que ha circuncidado a su hijo como un traidor de la fe. Han trasladado su día especial del séptimo al primer día, aunque éste es un día laborable ordinario: mantienen prácticas religiosas especiales pero no necesariamente se abstienen de trabajar o de realizar otras actividades como lo hacían sus hermanos de tres siglos atrás. Utilizan los mismos libros que los cristianos de Jerusalén usaban, traducidas al griego. Su preocupación principal, sin embargo, tienen que ver con la aplicación de unas palabras referentes a Jesús que no se encuentran en las escrituras. El debate (que para ellos tiene una importancia absolutamente fundamental) es sobre si el Hijo es homo-ousios con el Padre o solamente homo-ousios con El. Para el observador, los factores dominantes característicos son sus inquietudes con la metafísica y la teología, un examen intelectual intenso y un intento por encontrar un significado preciso para términos precisos. Es notorio el contraste con sus predecesores.
c) Año 600 d.C. aproximadamente. Nuestro visitante va a Irlanda y encuentra a un grupo de monjes reunidos sobre la costa fría y rocosa. Varios de ellos están parados en agua helada que les llega hasta sus cuellos recitando los salmos. Otros están parados inmóviles, orando con sus brazos extendidos en forma de cruz. Uno está recibiendo seis latigazos porque no contesto “Amén” cuando se hizo la oración en la última cena del Señor. Otros están sentados solos en cuevas oscuras al lado de la orilla, evitando cualquier trato con los hombres, en estado de éxtasis espiritual. Todos usan los mismos manuscritos que los padres griegos, la misma formula que se escucho en el concilio de Nicea pero parecen no estar muy interesados en la teología o ser muy buenos en metafísica. Le dan mucha importancia a la fecha en que celebran su festival central, la Pascua y es evidente su profundo deseo por la santidad y su austeridad extrema en busca de profundizar su relación con Dios.
d) Año 1840 d.C. Estamos en Londres en una gran asamblea en el Exeter Hall, donde hay una gran emoción por los discursos en donde se emite el deseo de promover el cristianismo, el comercio y la civilización en África. Se propone enviar a misioneros llenos de Biblias y semillas de algodón a una distancia de cinco mil kilómetros para llevar a cabo el proceso. También están planteando enviar una delegación al gobierno británico para exponerle sobre la necesidad de acabar con el comercio de esclavos, alzando una suscripción para promover la educación de mecánicos negros, acordando que se escribirían cartas y que se publicarían panfletos y anuncios. La reunión empezó con la lectura del mismo libro (traducción al ingles) que los otros cristianos del pasado usaban, citando muchos pasajes de ese libro; de hecho, parecen que muchos asistentes a la reunión lo llevan. Al preguntar, parece que casi todos aceptan sin reservas el credo de Nicea, usan la palabra “sagrado” a menudo pero se horrorizan ante la sugerencia de que la santidad puede ser relacionada con el acto de pararse en agua fría, y se oponen completamente a la idea de pasar toda su vida orando en una cueva húmeda al lado del mar. Mientras los monjes irlandeses buscaban vivir con lo menos posible y en un estado de autarquía absoluta, la mayoría de personas de este grupo parecían estar muy bien alimentados, vestidos con costosas ropas y tenían la educación más cara de la época. Lo que impresiona al observador es el activismo y la participación de su religión en todos los procesos de su vida y sociedad.
e) Año 1980 d.C. Lagos, Nigeria. Un grupo de personas vestidas de batas blancas están bailando y cantando por las calles dirigiéndose a su iglesia. Están informando a todo el mundo que son querubines y serafines e invitan a las personas a que vengan y experimenten el gran poder de Dios en sus servicios. Claman que Dios tiene mensajes para individuos particulares y que su poder puede ser demostrado mediante la curación de cualquier enfermedad. Citan y llevan consigo textos del mismo libro que los hombres de Exeter Hall, Irlanda, Asia Menor y Jerusalén. Aceptan los resultados del concilio de Nicea, pero no muestran interés en él: parecen no tener claro la relación entre el Hijo Divino y el Espíritu Santo. No son políticamente activos y el estilo de vida opulento de los ingleses predecesores es extraño a ellos; ayunan como los irlandeses pero solo en ocasiones fijas o propósitos fijos. Lo notorio para el visitante espacial es su preocupación con el poder, revelada en la predicación, sanamiento y visión personal.
Wall no tomo los ejemplos de manera absolutamente arbitraria. Los grupos “reflejan inquietudes representativas de los cristianos en esos tiempos y lugares, y en cada caso el lugar es el centro del cristianismo en ese periodo. En el 37 d.C. la mayoría de cristianos eran judíos. No solamente Jerusalén era el centro cristiano, sino que ellos determinaban las normas y estándares para las demás personas. Para el año 325 d.C. pocos cristianos eran judíos y los principales centros cristianos se hallaban en el mediterráneo este y el idioma clave era el griego. En el 600 d.C., la balanza se inclino hacia el occidente y el punto de crecimiento de los cristianos se hallaba entre las gentes de las tribus y semi tribus orientales y occidentales y era Irlanda un centro de poder. En 1840 Gran Bretaña definitivamente estaría entre las naciones cristianas sobresalientes, y, definitivamente estaría asociada con la expansión de la fe cristiana. Para 1980 la balanza se movió nuevamente hacia el sur”[ii]. Con estos ejemplos nos es más que evidente que la historia nos muestra que el cristianismo es un agente tremendamente dinámico. El tiempo fue pasando y, con la evolución de las sociedades y de la humanidad, la forma de expresar el cristianismo se ha adaptado con éxito a la realidad de las épocas cambiantes. El cristianismo no está atado a camisas de fuerzas que lo mantienen atado a paradigmas estáticos, sino que lucha y finalmente acaba liberándose.
No existe ni existió un solo cristianismo; tenemos un Dios que creó el mundo bueno en gran manera, un Cristo el que murió por nosotros en la cruz por amor y nada más que amor, un Espíritu Santo el que nos consuela y anda con nosotros permanentemente, pero los cristianismos son múltiples, probablemente como las arenas del mar. Es verdad que es uno en el sentido de “un Señor, una fe, un bautismo” (Ef. 4:5), pero plural en el sentido de la praxis humana, de las maneras en que la creencia en Dios se hace concreta para los seres humanos.
Graficaré estas cinco muestras de manera vertical con fines ilustrativos.
Centrando la discusión en el terreno protestante, debe decirse que el debate sobre el denominacionalismo es muy espinoso[iii]. ¿Cuántas iglesias y comunidades existen? Unas 2,800 sólo en los Estados Unidos hace una década y sin contar las iglesias “libres” que están compuestas por solo una comunidad y se cuentan por miles, ni los grupos formados fuera de las fronteras de ese país. Esta extremada atomización en el sentido horizontal nos plantea una pregunta: ¿Cómo afirmar de que somos un cuerpo en Cristo si estamos tan atomizados? ¿Qué argumento nos quedaría ante 1 Corintios 1:10-13 que exhorta a la unidad completa (Les ruego, pues, hermanos, por el nombre de nuestro Señor Jesucristo, que hablen todos una misma cosa, y que no haya entre ustedes divisiones, sino que estén perfectamente unidos en una misma mente y en un mismo parecer. Porque he sido informado sobre ustedes, hermanos míos, por los de Cloé, que hay entre ustedes contiendas. Quiero decir, que cada uno de ustedes dice: Yo soy de Pablo; y yo de Apolos; y yo de Cefas; y yo de Cristo. ¿Acaso está dividido Cristo? ¿Fue crucificado Pablo por ustedes? ¿O fueron bautizados en el nombre de Pablo? -RV60 adaptada-)? O peor aún, ¿Qué argumento nos quedaría ante Juan 17:20-21 (Mas no ruego solamente por éstos, sino también por los que han de creer en mí por la palabra de ellos, para que todos sean uno, oh Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me enviaste –RV60-)? ¿Y ante Efesios 4:1-6? (Yo pues, preso en el Señor, os ruego que andéis como es digno de la vocación con que fuisteis llamados, con toda humildad y mansedumbre, soportándoos con paciencia los unos a los otros en amor, solícitos en guardar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz; un cuerpo, y un Espíritu, como fuisteis también llamados en una misma esperanza de vuestra vocación; un Señor, una fe, un bautismo, un Dios y Padre de todos, el cual es sobre todos, y por todos, y en todos)
Sin embargo, si nos damos el trabajo de visitar cada una de las miles de denominaciones y moviéndonos de la misma manera entre las grandes confesiones cristianas, encontraremos que Dios trabaja dinámicamente en la mayoría de las iglesias. La obra se expande, mucha gente es conciente de su realidad espiritual y responde positivamente ante el llamado de Dios, muchas personas restauran sus relaciones dañadas, muchas sanidades milagrosas son hechas, y muchas bendiciones se transmiten a través de las miles de comunidades cristianas obedientes de los mandatos bíblicos. Todas parecen ser bendecidas por Dios con generosidad sobreabundante: los de derecha e izquierda, los de arriba y de abajo, los de más allá y los de más acá. Todos mueren, todos se enferman, todos sufren, todos tienen encuentros con Dios, todos se llenan de alegría, todos tienen profundas experiencias religiosas, todos son protegidos, todos reciben la gracia multiforme. Dios parece estar en todas partes y es aquí, más que en teorizaciones teológicas, donde es posible detectar su trascendencia y en medio de ella la iglesia en misión parece tener múltiples caras y adaptarse con facilidad a los escenarios cambiantes.
Seré algo más osado y agruparé a las iglesias anteriores en grandes grupos: catolicismo, no pentecostalismo, pentecostalismo, carismatismo y neo-pentecostalismo[iv]. Nuevamente, en forma arbitraria, las reagruparé en el siguiente gráfico:
¿Conclusión? Se mueve, y más de lo que uno cree. Puede percibirse claramente la flexibilidad de la iglesia, en ambas direcciones. Por lo tanto, ¡Hay esperanza! Podemos proclamar convencidos que ¡La iglesia permanecerá, como lo ha hecho hasta hoy! Seguro que sí. Dios guarda a sus hijos, preserva su palabra y ha conservado al cristianismo. El propio espíritu de la iglesia la hace capaz de ofrecer cabida e los cristianos que llegarán, y mutará como lo ha hecho siempre, a pasar que a demasiados no les guste. Siempre ha sido así. Entonces, ¿por qué las dudas? ¿Acaso no es todo color de rosa? ¿Esta capacidad de adaptación viene con una rémora que impide que se muestre en toda su expresión? ¿Algo le impide a la iglesia ser un pleno agente transformdor al mundo mediante su adaptación a los tiempos postmodernos?
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[i] “El evangelio como prisionero y libertador de la cultura”. Este artículo fue publicado por primera vez en Faith and Thought 108 (Fe y pensamiento) (N` 1 y 2, 1982): 39-52. Una edición ligeramente revisada apareció en Missionalia 10 (N` 3, 1982). También forma parte del libro del Dr. Andrew Walls The Missionary Movement en Christian History. Orbin Books, NY. 1996.
[ii] Walls, Andrew. Ibid, Pag, 4
[iii] Las ideas de los siguientes dos párrafos las extraigo de http://teonomia.blogspot.com/2006/06/de-todas-las-sangres-y-pensamientos.html
[iv] La clasificación del lado protestante la tomo de José Míguez Bonino, Rostros del protestantismo latinoamericano, Cátedra Carnahan 1993, Buenos Aires, ISEDET – Nueva Creación (Filial de Wm. B. Eerdmans Publishing Co, EE.UU.), 1995
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