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viernes, 31 de diciembre de 2010

Integralidad




Les presento la octava edición de la revista digital Integralidad, que trabajamos desde el Centro Evangélico de Misiología Andino-Amazónica (CEMAA) en Lima (Perú). Sus comentarios serán bienvenidos. Para acceder a ella sólo tienen que hacerle click a la imagen de arriba.

lunes, 11 de febrero de 2008

El púlpito filoso

Dentro de la estructura religiosa evangélica, el pastor tiene una posición muy importante. Como se ha discutido mucho aquí y en otros blogs , por él/ella pasa toda la carga esencial de la vida de las iglesias, a veces más, a veces menos (depende del estilo de gestión del(a) pastor(a), junto con su teología). No quiero ―al menos en esta ocasión― hacer el ejercicio de discutir-analizar-observar el modelo. Pretendo concentrarme en un elemento importante: la prédica desde el púlpito.

Dentro de la liturgia católica el sermón es importante pero palidece ante la celebración eucarística, que es lo que le da sentido a la misa. Tiene toda lógica porque la muerte de Cristo es la clave de nuestra salvación. Cuando llegó la reforma, la liturgia protestante quedó desnuda al despojarse de bastante de la parafernalia católica vinculada a la misa, y es esta una razón por lo que la predicación ―que pasó el estricto filtro reformador― se hizo tan importante para nosotros, convirtiéndose en la tarea principal del pastor. Tanto es así que una de las varas del éxito de un pastorado tiene como escala la calidad homilética del hombre dedicado a la dirección espiritual de las iglesias junto al éxito numérico. Quizá esta medida de resultados pastoral hace que los grandes predicadores de antaño esten en un pedestal: Spurgeon, Wesley, Moody, Hudson Taylor, etc.

Indiscutiblemente la predicación es importante, y está íntimamente ligada a la evangelización. Pablo dijo que “¡Ay [de él] si no predicase el evangelio!” (1 Co. 9:16) y en la Gran Comisión, al darle a su comunidad un nuevo sentido de misión, Mateo habló de “ir por todo el mundo y predicar” (Mt. 28:19). Pablo habló de la locura de la predicación (1 Co. 1:21) e inclusive se distinguen predicaciones de calidad, como en el caso de Apolos (Hch. 18:24). Desde lado de la evangelización, el Pacto de Lausana, dice que “evangelizar es extender las buenas noticias de que Jesucristo murió por nuestros pecados y fue resucitado de entre los muertos según las Escrituras, y que como el Señor reinante ofrece hoy el perdón de los pecados y el don liberador del Espíritu a todos los que se arrepienten y creen” (1)

Podemos enfocar la predicación como Orlando Costas (2), cuando menciona sus diferentes caracteres: teologal (el conocimiento de Dios como fin de nuestra predicación, más allá del simple evangelismo de primer nivel), cristológico (Cristo como eje debido a su papel de mediador de un nuevo pacto. Ver Hch. 8:5, 35; 9:20; 10:36, 1 Cor. 1:23, 2 Cor. 4:5), evangélico (se anuncia preminentemente la actividad de Dios en Cristo a favor de la humanidad), antropológico (el hombre como receptor por excelencia del mensaje), eclesial (el contexto de la predicación es la iglesia y está íntimamente atada a la existencia y misión de ésta), escatológico (la predicación pertenece a los sucesos de los últimos tiempos ―porque, por si acaso, ya en tiempos neotestamentarios se pensaba que se estaba en los postreros días. Ej. 1 Jn. 2:18― y confronta al hombre con sus realidades futuras), persuasivo (mediante la predicación se convence a los hombres de entregarse completamente al Señor), espiritual (es un acto testificante del Espíritu Santo) y litúrgico (la predicación unifica la adoración pública, hace contemporánea la victoria del evangelio y provee el tema del culto).

Es una tarea colosal y de una responsabilidad enorme el anunciar el evangelio, ya sea a gente no creyente como a conversos antiguos que buscan en el sermón-prédica-discurso-diálogo palabras de edificación. La multiplicidad de aristas de la predicación resalta el sentido de las palabras de Santiago cuando, casi como una advertencia, escribe que “nos nos hagamos muchos de nosotros maestros, porque recibiremos mayor condenación” (Sgo. 3:1). Por eso, más que risa, a veces indigna la ligereza de demasiados cristianos, que desde el púlpito dicen absolutas estupideces sin fundamentos, sin considerar la especial función que están cumpliendo. Llenan las frecuencias de radio y TV de nuestros países con pobres discursos, mal aprendidos, que no hacen más que engañar a la gente, dejándola en un estado de perenne vacío espiritual. “Y les decía una parábola: ¿Acaso puede un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán ambos en un hoyo?” (Lc. 6:39)

A veces, puede ser que la experiencia nos juegue una mala pasada. Me explico. En economía existe un concepto llamado marginalidad. ¿Qué quiere decir? Imagina que eres una persona que te fuiste de tour al desierto del Sahara para conocer el estilo de vida beduino, pero por tu descuido te pierdes. Sediento, caminas por las dunas por unas seis horas a cincuenta grados de temperatura y de pronto te encuentras con un pueblo que tiene una bodega repleta de Coca Colas sobre la cual te avalanzas con desesperación. No es lo mismo la primera gaseosa que te tomas que, digamos, la número trece. ¿Cierto? La primera será increíble, la mejor sensación del mundo. La número trece quizá nos provoque un vómito. Aquí se aplica la marginalidad: la utilidad de los bienes consumidos disminuye gradualmente mientras sigamos consumiendo el bien, hasta que, quizá, en un momento se haga cero.

¿Y qué tiene que ver la marginalidad con el púlpito, con la predicación y la experiencia? Que, en ocasiones, me parece que esta teoría económica se aplica a los pastores mientras aumenta su experiencia. Las primeras prédicas se preparan como si se fueran a exponer frente al mismo Jesucristo. Poco a poco esta emoción inicial se va perdiendo, y luego de veinte años ya vamos en piloto automático. Podemos ser excelentes oradores, los mejores del mundo, pero vamos movidos por la inercia.

Y aquí es que el púlpito se puede volver un cuchillo filoso. Cuando nos olvidamos de lo que la predicación ES, el sermón se vuelve seco, repetitivo, laxo, emocionante para el recién llegado pero árido para el cristiano con algo más de recorrido por el camino de la fe que se conoce hasta las bromas que hará el pastor junto a la anécdota graciosa que cuenta (y tal vez el libro de donde las saca). Pero hay más. El filo se hace más agudo cuando el púlpito se converte en tribuna para la corrección de la congregación cada domingo, para la expresión de sus opiniones particulares sobre cualquier tema o persona, con frecuencia sesgadas y sin conocimiento de causa pero supuestamente con justificación bíblica. El cuchillo se vuelve gillotina cuando el pastor habla de una situación “supuesta” introducida en su prédica, cuando en realidad es el problema que en la semana aquejó a algún miembro de la congregación. ¿Habla sobre la fidelidad a la mitad de un sermón sobre la fe? Descubrió algún marido infiel. ¿Sobre la violencia familiar cuando el tema es la navidad? Algún ujier golpea a su esposa. En este nivel ya el púlpito se ha devaluado, el valor marginal de la predicación para el pastor ni siquiera es cero; se ha hecho negativo. Lamentable hasta las lágrimas. ¿No hay un código de ética homilético? ¿Perdimos la brújula? ¿Es que todo vale?



Referencias

(1) Pacto de Lausana, párrafo 4.
(2) Costas, Orlando: “Comunicación por medio de la predicación”. Miami. Editorial Caribe. 1989.

viernes, 7 de septiembre de 2007

Esas cosas que uno a veces no entiende (VI)

Juan Rebelde: Pastor Anás, quiero hablar con usted.

Pastor Anás: Dime Juan, ¿Sobre qué quieres conversar?

Juan Rebelde: Bueno, es algo que creo que importante, y usted, como pastor titular, me puede dar respuesta a mis preguntas.

Pastor Anás: Soy todo oídos.

Juan Rebelde: Bueno… he observado que en todos los años que la iglesia tiene en este lugar no hemos logrado evangelizar a NADIE de la cuadra en la que estamos, peor aún, a nadie de la urbanización, y eso me parece muy extraño.

Pastor Anás: Juan, ¿No recuerdas ese pasaje que dice que los cristianos tendremos oposición? Es eso lo que está pasando.

Juan Rebelde: Puede ser, pero estaba considerando otros detalles que creo pueden explicar un poco mejor la situación. No sé, quizá me equivoque…

Pastor Anás: Hablo con las palabras de la Biblia. ¿Lo comprendes?

Juan Rebelde: Sí, pero mire pastor: tenemos un culto en la mañana, y un culto en la noche los domingos, sin contar la academia bíblica de los jueves en la noche. Y vienen muchos carros que ocupan toda la cuadra para estacionar, y han dañado muchos jardines.

Pastor Anás: Las calles son libres.

Juan Rebelde: Pero nosotros las acaparamos, y son del resto también. ¡Algunos hermanos inclusive estacionan delante de las cocheras de las casas! Ahora, tenemos un ensayo de la alabanza los miércoles de 8 a 11 de la noche (por lo menos), y para saber cuánto ruido hacemos, fui a la casa que está exactamente detrás de la iglesia, y le pedí permiso a los dueños para entrar y escuchar desde allí. Pastor, ¡Nadie podría dormir con esa bulla!

Pastor Anás: No creo que sea un problema serio. Además, tratamos de hacer el menor ruido posible.

Juan Rebelde: Pero no se logra y peor con las voces de nuestro coro que no son tan armónicas como quisieramos... Otra cosa es la bronca con la vecina de al lado, que nos odia. Un sentimiento así no viene de la nada, así que pensé que eso tiene relación con la rotura del tubo de nuestro tanque cisterna que inundó toda su casa. Creo que no pagamos por los daños.

Pastor Anás: No fue nuestra responsabilidad.

Juan Rebelde: Pero la rotura fue en nuestra cisterna y dañó las paredes de la vecina y no hicimos nada por repararlo. ¿No es suficiente motivo para que nos odie? ¡Nos hicimos los locos con el problema!

Pastor Anás: Eso es discutible.

Juan Rebelde: Más aún. Hace como un año la dirigencia de la urbanización pidió nuestro apoyo para ayudar en la reparación del parque, con plantación de árboles, siembra de pasto nuevo, flores y esas cosas. Todo el barrio colaboró, excepto nosotros.

Pastor Anás: Esos dos días teníamos la gran campaña evangelística con el Reverendo Trinquete que viajó aquí especialmente para nosotros. Y es más importante predicar el evangelio que ir a sembrar hierbitas. A propósito, no recuerdo haberte visto en esa campaña, ¡Y yo insistí por un mes que era importantísimo que todos los miembros de la iglesia tenían que estar allí!

Juan Rebelde: Pero pastor… a la gente del barrio no le gustó nada nuestra ausencia. O sea, póngase a pensar. Esa iglesia que llena de carros toda una cuadra los domingos y los jueves, que hace bulla los miércoles en la noche y no deja dormir, que no le arregla los daños a una vecina, que no quiere venir a ayudar en algo que es por el bien de toda la comunidad. ¿Cree que con todos esos antecedentes alguna persona de aquí querrá venir a la iglesia?

Pastor Anás: Esos son criterios poco espirituales, Juan. Cuando el Espíritu Santo actúa en el corazón de una persona, nada puede evitar que esa persona llegue a la iglesia. ¡Es el espíritu trabajando! Ante esa realidad, minucias como las que mencionan no tienen importancia.

Juan Rebelde: ¿Cómo que no tienen importancia? La puerta del evangelio se les ha cerrado ¡Por nuestra culpa!

Pastor Anás: Eso no es así. Estas justificando el pecado de esa gente. Son enemigos de Dios, no lo olvides. Hay una brecha, como la que separaba al seno de Abraham del lugar de tormento. Si quieres hacer algo por ellos, no los justifiques. ¡Ora! ¡Predica!

Juan Rebelde: Ya oro por ellos, pero también me involucro con ellos. Los quiero ganar con mi vida y no con mis gritos con un megáfono.

Pastor Anás: ¿Qué insinuas?

Juan Rebelde: Nada pastor. En fin, sólo quería decirle eso y, como le decía, quizá esté totalmente equivocado.

Pastor Anás: Lo estás.

Juan Rebelde: Me tengo que ir. A propósito… no fui a la campaña del Reverendo Trinquete porque estuve sembrando hierbitas en el parque.