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martes, 6 de octubre de 2026

Cuidar a Dios

En las últimas semanas mi vida ha tenido un cambio radical porque han sido días de cuidado. Clínica, medicinas, cirugías, esperas, tensiones, oraciones, visitas, horarios, comidas, descanso, gestión de la casa, ver que todo estuvo bien en la noche, preguntar cómo se amaneció, observar con atención los gestos, el dolor posible, ser sensible a una necesidad antes de que sea dicha. Los trabajos suelen ser intensos y a veces se nos olvida lo que significa cuidar y lo humano que es, desde el gesto de acercarse, el tocar, el sostener, el limpiar o simplemente el acompañar al lado de la cama mientras se ve una serie o comerse juntos la gelatina de la cena.


He estado muy sensible y he pensado mucho en el cuidado. A lo largo de mi vida he cuidado a personas de una forma u otra. También hubo gente que en distintas circunstancias me cuidó. Dios, en su misericordia, me ha cuidado en sobremanera y me supo escoger a pesar de todo lo que me rodeaba. Sí, cuánto me ha cuidado. Desde esa sensibilidad apareció la idea de que a veces nosotros intentamos cuidar a Dios.


Es el creador del universo; por supuesto que no lo pensamos así porque sea débil, sino que a veces pensamos que hay lugares donde Dios no debería entrar, o cosas que no debería tocar, o doctrinas que no le deberían corresponder, o personas de las que debería mantenerse apartado porque son indignas. Como si nos correspondiera a nosotros preservar su santidad, su dignidad o incluso sus planes en la tierra.


Pienso en la mujer con flujo de sangre. Acabo de ver la escena en The Chosen, en extremo conmovedora. La historia es muy conocida: ella lleva doce años con una enfermedad que la convierte ritualmente en impura. Al saber de Jesús ella viene a la población, y lo hace seguramente con sigilo. Debe ser cuidadosa, si la ven puede quedar bajo sospecha. Se acerca por detrás. No reclama abrazos, miradas, palomas que bajan del cielo, ni siquiera ruega por palabra alguna. Solo piensa: “Si tocare tan solamente su manto, seré salva” (Mc. 5:28; Mt. 9:20). Hay algo de pudor en aquella manera de acercarse. Una mujer que sabía lo que su cuerpo significaba para el sistema de pureza no se arroja sobre Jesús, sino que apenas toca el fleco de su ropa. Yo he pensado siempre que ella era consciente de su impureza ritual y que quizá no quería contaminar a Jesús. Se podría decir que ella lo quería cuidar al tocar sus ropas sin tocarlo a él. Pero la verdad que se nos manifiesta es que la impureza no viaja hacia Jesús, sino que la vida viaja desde Jesús hacia ella, ofreciéndole una nueva vida.


Pienso en el centurión romano, que pide sanidad para su siervo. “Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo” (Mt. 8:8). Es clara la petición del centurión, le queda claro que no es necesario que Jesús entre en su casa, por respeto, por indignidad, posiblemente por toda la distancia cultural entre un gentil y un maestro judío detrás de la escena. Tal vez también está intentando evitarle a Jesús cruzar una frontera que él mismo considera impropia. De nuevo aparece de alguna manera el cuidado a Jesús, como diciendo que él no necesita que el Maestro entre en su casa para que quizá así no se contamine ritualmente. Sin embargo, Jesús empieza a romper sistemáticamente esos intentos de protegerlo, porque el poder de su sanidad entró en la casa aparentemente indigna, y curó al siervo. Las barreras humanas fueron disueltas, no fue necesario el cuidado del centurión ante el poder divino.


Pienso en uno de los leprosos. Aquel que ni siquiera pide ser tocado, sino clama por su limpieza, si Jesús lo quiere así. Perfectamente podría responder desde dos metros de distancia, o desde algunas cuadras como lo hizo con el centurión, pero Marcos dice que “Jesús, teniendo misericordia de él, extendió la mano y le tocó” (Mc. 1:41). El hombre no pide contacto, pero Jesús elige adrede el contacto. ¡Maravilloso! Cuidar es muchas veces acercarse al cuerpo vulnerable del otro y tocarlo, cargarlo, acogerlo, más allá de las barreras humanas.


Pienso en la hija de Jairo, pero ya no necesariamente como un gesto de cuidado, sino de la actitud de Jesús. Aquí las cosas son en el papel más difíciles porque la frontera ya no es la enfermedad sino la muerte. Jesús llega en apariencia tarde (¡Esta mujer del flujo de sangre que lo retrasa!) y sobre la mesa está Números 19:11 que dice que tocar a un cadáver hacía ritualmente impura a una persona. Sabemos que Jesús podía haber resucitado a la niña desde la puerta de la casa, pero no. Hay un gesto poderoso que resalta Marcos: “Y tomando la mano de la niña, le dijo: Talita cumi” (Mc. 5:41). La toma de la mano. Ella, muerta; Él, con un contacto que según la Ley implicaba impureza ritual. Pero los esquemas se rompen, porque vemos a un Dios que cuida tocando sin que la muerte contamine a Jesús, sucediendo más bien que Jesús contagia de vida a la muerte, irrumpe sobre ella declarando su victoria, un anticipo de ese domingo glorioso.


Pienso en el hombre de la mano seca. Aquí los fariseos parecen querer cuidar a Dios al velar por el cumplimiento de las reglas que aparentemente Él mismo dio. Los guardianes religiosos parecen decirle a Jesús que no haga eso ahora, que no cure hoy, que es sábado, que no se puede, que cuidan a la Divinidad y sus reglas. Seguro que todos observaban a Jesús para ver si lo sanaba en sábado, y Él formula una pregunta devastadora: “¿Es lícito en los días de reposo hacer bien o hacer mal; salvar la vida o quitarla?” (Mc. 3:4). Es como si estuviera diciendo a los fariseos que están tan ocupados protegiendo el sábado que han olvidado para qué existe el sábado. Miren que hay algo comprensible o incluso bien intencionado en su deseo de proteger la ley; sin embargo, Jesús tiene algo más grande en su corazón, porque lo que quiere es cuidar al hombre. Es increíble este pasaje porque no se habla solo de contaminación ritual, sino de nuestros intentos de proteger a Dios de su propia misericordia.


Cuántas veces hemos querido proteger a Dios. Los discípulos protegiendo a Jesús de los niños. Que no lo molesten, decían ellos, pero Jesús, al contrario, clamó que permitan a los niños llegar a Él. O los discípulos queriendo librarlo de la mujer cananea y pidiendo que la despidan. O la multitud queriendo librarlo de Bartimeo, diciéndole al ciego que se calle, pero igual Jesús se detiene. O los presentes en la reunión que querían protegerlo del “desperdicio” del perfume de Betania, mientras que Jesús fue categórico al permitir a la mujer ungirlo. O Pedro protegiéndolo de Jerusalén y de la cruz al decirle “Señor, ten compasión de ti; en ninguna manera esto te acontezca”. Lo de Pedro es quizá lo más grande de todo, porque era el máximo nivel de protección hacia Jesús, al decirle que la cruz no, sin ser consciente de la trascendencia del acto que estaba por venir.


A veces queremos cuidar a Dios. Le decimos que no entre aquí, que no toque esto, que no se acerque a mí, y también pretendemos señalarle de quién debería mantenerse lejos. De aquel, de aquella, de esa persona con la bandera multicolor, de quien consideramos indigno; que hoy no, que ese sufrimiento no, que la cruz no. Pero Dios parece responder una y otra vez que va a entrar, que va a tocar, que va a acercarse (incluso a la persona de la bandera multicolor), que también hoy, que también allí, que también aquí en el pecho, donde late la esperanza.


Parece que muchas veces queremos preservar a Dios de la contaminación cuando la realidad es que Dios quiere entrar en la condición rota, en el mundo quebrado para redimirlo. La encarnación es precisamente eso. El movimiento de Cristo no es hacia la seguridad sino hacia nuestra más profunda vulnerabilidad. Quebrantados de corazón, cuerpos enfermos, leprosos, gentiles, demonizados, mujeres ritualmente impuras, muertos, pecadores, publicanos, y finalmente una cruz. Parece que la santidad de Jesús funciona de una manera completamente distinta de como la imaginamos. Está lejos de ser una santidad frágil que necesita distancia para conservarse, sino que más bien es una santidad fecunda, que puede entrar en contacto con lo roto sin ser destruida por ello. La santidad de Dios no consiste en su capacidad de mantenerse separado de nuestra impureza, sino en su capacidad de entrar en ella sin dejar de ser Él para así transformarla.


En estos días hospitalarios creo que voy entendiendo un poco más al Dios que me ha cuidado en sobremanera desde el vientre de mi madre. Cuidar significa acercarse, significa entrar en la habitación, significa tocar aquello que duele, significa estar cuando el otro está vulnerable y cuando yo mismo también puedo estar vulnerable. Sé que muchas veces también he querido protegerlo, decirle que no entre en ciertos lugares de mi alma, que no toque ciertas heridas muy antiguas de mi corazón, que no se acerque demasiado a determinadas partes de mi historia, tan avergonzantes, que no mire ni mi insuficiencia ni mis miserias, pero Él parece no aceptar demasiado bien las precauciones que le ofrezco.


Por su gracia y bondad Él entra, toca, se sienta, come un pollo a la brasa conmigo, me abraza en el desierto del no-abrazo, me toma de la mano en los tiempos en que no hay manos, y finalmente carga una cruz pesada, la mía. No sé, tal vez es porque Dios no necesita que lo protejamos de nuestra vulnerabilidad, sino que somos nosotros quienes necesitamos que Él entre en ella.


sábado, 18 de febrero de 2017

La voz de los invisibles

Jesús paró un día en un pueblo llamado Sicar, en territorio no amigo. Era mediodía, y sus discípulos se habían ido a buscar provisiones. Él, en un pozo, esperaba y al rato una mujer se acerca a buscar agua. De manera sorprendente, le dirige la palabra y tiene un largo diálogo con ella, cosa tan rara que se dice que los discípulos "se maravillaron de que hablaba con UNA mujer" (Jn. 4:27, RV60). Ella tiene todo en contra: mujer, samaritana, sin marido, apartada -buscaba agua sola, a la mitad del día- pero a ella le dice con una claridad pasmosa: "Yo soy [el Mesías], el que habla contigo" (Jn. 4:27, RV60). Se acerca a ella, la escucha, y a una invisible revela lo más maravilloso de su mensaje, la naturaleza de su ministerio.

Tiempo después, Jesús entra en su centro de operaciones de su ministerio galileo: Capernaum. Cerca de allí vivía un centurión romano, extranjero, del imperio opresor. Es cierto que era converso y piadoso con los judíos, pero eso no implicaba que su posición particular en el ejército fuera ignorada por los demás. Por eso los ancianos judíos enviados tratan de persuadir a Jesús al comienzo diciendo que "ama a la nación y edificó una sinagoga para nosotros" (Lc. 7:5). Extranjero, finalmente, no tenía voz por sí mismo. Jesús va, y ocurre un evento de fe maravilloso, tanto que exclama que ni siquiera entre los hijos de Israel había encontrado tanta fe (Lc. 7:9). Un extranjero, fuera del perímetro del pueblo de Dios, recibe la atención de Jesús y una sanidad excepcional.

Pero no fue la única historia con un extranjero. Hay una más, igual de impactante. Jesús estaba por Tiro y Sidón, tierras norteñas fuera de Palestina. Se le acerca una cananea, extranjera, mujer, invisible. Ella lo sigue, grita, ruega por la sanación de su hija. Debió ser un escándalo tremendo ya que los discípulos llegaron a pedirle a Jesús que, por favor, le conceda el milagro, "que viene gritando detrás de nosotros" (Mt. 15:23 BJ). Esta mujer no era conversa -en contraste con el centurión-, era pagana, por eso el uso del término "perrillos" del v.26 (los judíos llamaban perros a los paganos y Jesús lo usa en esta ocasión), pero luego, de nuevo lo sorprendente: las muros existen, pero pueden ser franqueados, así seas extranjera, adoradora de otros dioses, mujer, escandalosa. El milagro le fue dado.

Quizá el desprecio que sentían los judíos por los extranjeros se intensificaba cuando alguien del propio pueblo decidía servir al imperio romano. Los publicanos eran lo más selecto en esta categoría del menosprecio. Jesús había sido provocador al elegir a un ex-publicano como Mateo en su grupo íntimo de doce discípulos, pero eso no era todo. Ya casi al final de su ministerio, Jesús hace su viaje ulterior a Judea y va a Jericó. Allí, las multitudes usuales, que clamaban por su cercanía. Entre ellos, Zaqueo, jefe de los publicanos, la concentración del vilipendio. A ese rico, pero marginal, Jesús le dice: "... conviene que hoy me quede yo en tu casa" (Lc. 19:5 BJ). Por supuesto, de inmediato llegaron los murmullos y la desaprobación general (Lc. 19:7) pero de inmediato las palabras del Maestro fueron categóricas: Él ha venido a salvar lo que está perdido (Lc. 19:10). Lo perdido, a veces, está en esa condición por la propia presión de los salvos, del pueblo de Dios. Sí, para ellos también es la salvación. Dios también puede quedarse en la casa de esos que están en los márgenes.

Habían otros invisibles. Están, por ejemplo, los niños, que al ser traídos ante Jesús son tratados al margen y los trataron de poner a un lado los discípulos. Seguro había gente más importante a la cual atender. Pero Jesús no entiende eso, Él dice: "dejen a los niños que vengan a mí, porque de los que son como niños es el reino de Dios". Aplastante esta sentencia. También está la mujer con el flujo de sangre por doce años, por lo tanto, ceremonialmente impura (Lv. 15:25) y con una poderosa imagen de pecado (Ez. 36:17). Tan sólo el tacto hacía impuros a los demás, y a pesar de eso, y seguramente muy cubierta, se mete en la multitud para buscar el milagro. Toca a Jesús esta pecadora, esta apartada, esta invisible, y lo hace impuro. Por eso su temor y temblor (Lc. 8:47) al declarar lo que había hecho. Estaba en falta evidente, pero Jesús le dice: "tu fe te ha salvado, ve en paz". La fe y la misericordia por encima de nuestras barreras.

O la historia de la sanación del leproso (Mt. 8:1-4), tras el sermón del monte, cuando a pesar de que sería impuro, él toca al leproso que estaba de rodillas ante él, y lo sana. Un leproso era un apartado, un paria, un muerto viviente (Num. 12:12), su condición está vinculada a una condición pecaminosa que resaltaba con la pureza que tenía que tener el pueblo, tenía que vivir fuera de los pueblos y sin contacto con el resto de la gente. Las reglas con ellos eran estrictas (ver Levítico 13) pero Jesús lo toca. Lo dignifica, lo regresa a la comunidad, lo vuelve visible.

¿Qué nos queda entonces? ¿Qué hacemos? Siempre pienso que debemos recurrir a ese caso de misericordia máxima: el pasaje agregado juanino de Jesús y la mujer adúltera. Allí, Él, único con el derecho de apedrearla, queda solo ante ella, y en lugar de ejecutar el juicio da su sentencia: "yo tampoco te condeno. Ve y no peques más" (Juan 8:11).

Jesús les dio voz a los invisibles. Les dio su escucha, su revelación, sus milagros. Al pagano, al extranjero, a la mujer, a los niños. Sin embargo, hoy tenemos piedras en nuestras manos listos para apedrear al invisible de nuestros tiempos, al que consideramos como pecador, como indigno de nuestra aparente santidad. Nos creemos con derecho de ello, nos arrogamos la potestad de ser los poseedores del llamado divino, arriando banderas aparentemente justas pero lastimosamente nuestro móvil está lejos del amor cristiano, olvidando de algo que Jesús repitió varias veces: misericordia quiero, no sacrificios (Mt. 9:13, Mt. 12;7, ambos inspirados en Os. 6:6). Que la misericordia ante todos sea lo que mande nuestro andar por la tierra, antes que el juicio, acogiendo siempre a los invisibles del mundo.


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-RV60: Reina Valera 1960
-BJ: Biblia de Jerusalén
-Fuente de imagen: http://bibliadenavarra.blogspot.pe/2011/03/jesus-habla-con-la-samaritana-jn-45-42.html