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miércoles, 11 de enero de 2017

La agresividad, ¿nuevo valor cristiano?

Lima está en ebullición por la discusión sobre la igualdad de género. Muchos grupos de corte eclesial se están manifestando haciendo sentir su opinión respecto al tema, utilizando el cliché “ideología de género”, de la misma forma que en otros países, para oponerse a ciertas políticas educativas que el gobierno quiere implantar en la educación básica peruana. La cantidad de desinformación que he podido percibir es brutal. Pocos entienden la materia que se discute: es la post-verdad en su máxima expresión.

Ha llegado la confluencia de posiciones antagónicas. El gran problema es que una gran parte de la iglesia evangélica no está acostumbrada a dialogar con el otro, con el diferente, sino más bien que está habituada al diálogo vertical y sumiso. El pastor o el líder determina, dice qué hacer; la iglesia o la teología implícita marca qué es lo correcto. Para agravar la situación, existe en la cabeza de muchos evangélicos la dualidad mundo-iglesia, en donde el mundo está condenado, basados en la teología construida por el apóstol Pablo y afianzada por el fundamentalismo cristiano. ¿Cómo dialogar con alguien que es un pecador y se irá al infierno? Si ni siquiera podemos dialogar con lo que piensan distinto dentro de la Iglesia, que es hermano nuestro, ¿podré realmente hablar con alguien a quien considero en la práctica un inferior? Otra cuestión es lo que un amigo me decía por la mañana: el pueblo evangélico está muy acostumbrado a espiritualizar la realidad, en la cual el que no cree en Cristo es un potencial instrumento de Satanás, y es nuestro antagonista porque nosotros somos luz, y es a la luz a donde ha venido la revelación. ¿Dialogar con las tinieblas? No hay manera, a las tinieblas hay que reprenderlas porque estamos en una literal lucha contra sus huestes. ¿Dialogo? En esta perspectiva se hace mucho más difícil.

Es tremendo esto. Porque el gran crecimiento numérico de la iglesia evangélica y su evidente manifestación en las calles muestra un notorio empoderamiento. Ya no nos restringimos a las cuatro paredes de la iglesia, sino que ahora salimos, y nos manifestamos con la seguridad de poseer la verdad. Pero hay un problema: el empoderamiento está denotando una gran agresividad en muchos evangélicos. Las redes están llenas de insultos contra todo aquel que piense distinto, que sea el antagonista. Es, a fin de cuentas, la caída en la tentación del monte alto, del poder, y la caída en ella está clara en la actitud del dominio sobre el otro que no nos gusta, en el intento de aplastarlo. La agresividad parece haberse convertido en un valor nuevo del cual se nutren héroes de la fe del siglo XXI que pelean en las redes y en las calles por el cristianismo.

¿Cómo salimos de este nudo? Apelo al espíritu de los 500 años de la reforma de Lutero, que buscaba volver a los valores de Jesús. El que lee entienda.

miércoles, 6 de enero de 2010

Hijos de la insurgencia

Latinoamérica es amante de los esquemas controladores y dictatoriales. Nos gusta la mano dura y que las botas llenas de barro nos tengan bien pisoteados, mientras hacemos mil ejercicios de sobrevivencia con salarios subsaharianos. Para afuera deseamos libertad pero en el fondo, al lado del corazón, añoramos a los Chávez, Velascos, Fujimoris, Pinochets y Ortegas. Por ello los cristianismos que privilegian el control han prosperado tanto en nuestros países. El pentecostalismo, lleno de pastores estrictos y sometimientos inverosímiles que la gente acepta de buena gana, es un perfecto ejemplo, casi ideal a pesar de la horizontalidad que trajo la democratización del carisma. Su crecimiento sigue dándose porque calza con el alma latinoamericana, tan carente de figura paterna y abundante en dioses débiles y serviles.

Todo esquema de control siempre se va implantando por etapas, suave al inicio, pero que al final sataniza con voracidad a los críticos, mientras alaba las estructuras que se definen como tierra santa, como el santuario incólume que debe mantenerse por-los-siglos-de-los-siglos-amén. Los líderes mismos, los llamados, tienen caracterizaciones especiales, cada vez más altas y cercanas a las nubes. Los apóstoles de hoy son un claro ejemplo: intocables, casi todopoderosos, poseen un robusto apetito por controlar que se acompaña de una enorme hambre de sus congregaciones por ser controlados. Una sincronía perfecta en la que todos, aparentemente, están felices. Pero estar felices no necesariamente es sinónimo de que todo está bien.

Algunos de nosotros no vemos las cosas como si estuvieran al lado del cielo sino que, con cierto temor, consideramos que el riesgo que la iglesia asume hoy por su estilo de liderazgo es desmedido. Creemos que la verticalidad en las relaciones del clero evangélico y el laicado no hace bien a la gente, la estupidiza, no la permite desarrollarse, la convierte literalmente en un rebaño. Sin embargo, entendemos que la superación de esto puede tomar algunos años más. ¿Muchos? No lo creo. La tecnología y la facilidad de la interacción de las personas de hoy puede empujar con mucha rapidez a los cambios, a pesar de la pobreza y la enclenque educación que recibimos.

Mientras las cosas van cambiando, sin embargo, algunos tratan de apurar el proceso, en abierta oposición al establishment. Por supuesto que el liderazgo reacciona y ve a los opositores casi como embajadores del mismo Satanás. Han protegido las estructuras generando marcos de “pensamiento” bastante estrictos, en donde los disidentes son poco espirituales y deben ser alejados y sus palabras no escuchadas. No quiero ni imaginarme si aún estuvieran vigentes los métodos de la inquisición católica romana.

La rebeldía y la insurgencia son, entonces, malas palabras, antivalores dignos de los no creyentes, de los ateos que no quieren saber nada con Dios. Lo paradójico del asunto es que si estas actitudes no hubieran existido en la historia de la iglesia, probablemente aún se cobraría dinero por las indulgencias. Sin rebeldía e insurgencia, Lutero jamás habría publicado sus 95 tesis, Savonarola se hubiera quedado tranquilo en su monasterio dominico, silencioso ante la degeneración de los Borgia, y Calvino nunca hubiera configurado su teología. Y no existiríamos. O seríamos los católicos que muchos no toleran, o los sectarios que otros desprecian u alguna otra cosa que solo imaginarla provoca escalofríos. Sin rebelión ni enfrentamiento contra la institucionalidad religiosa, no existiría la iglesia evangélica. Somos, pues, hijos de la insurgencia, y querrámoslo o no, debe ser algo que debe marcar nuestro constante caminar. Nuestro andar en pos de ser los mejores cristianos que nos sea posible. Insurgencia no debe ser una mala palabra.


Imagen: http://www.manueltalens.com/imagenes/angel.jpg

viernes, 25 de septiembre de 2009

Iglesia reformada, siempre reformándose

Una de las clases de microeconomía de todas las universidades del mundo introduce al estudiante al estudio de la ley de los rendimientos decrecientes. Supongamos que deseamos producir algún bien agrícola, como por ejemplo papas, en una hectárea de terreno. Puedo usar un trabajador y produciré 10 kilos de papas; usando dos trabajadores produciré 25 kilos de papas (una producción obtenida más que proporcional a la que logra un sólo trabajador). Puedo añadir uno más y quizá se produzcan 45 kilos de papas. Si se dan cuenta, el aporte del primer trabajador generó 10 kilos de papas, el aporte del segundo añadió 15 kilos más y el aporte del tercero puso 20 kilos adicionales. A esto se le llama productividad marginal del trabajo, que al inicio suele ser siempre creciente.

Lo que va a suceder es que uno puede continuar contratando trabajadores y aumentando la producción, pero llegará un punto en que ya no crecerá más, sino que puede incluso menguar. Imaginen 50,000 trabajadores en una hectárea de terreno: probablemente se estorben más que lo que puedan trabajar. ¿Hay una solución a este dilema, que genere un aumento de la producción? Sí, y pasa por incrementar la productividad de cada trabajador, o la productividad de la misma tierra o de las semillas, o cambiar radicalmente la totalidad del sistema de producción.

Es posible hacer una extrapolación de estos principios. Por ejemplo, dentro del mundo de los movimientos religiosos, existe “un fenómeno típico en los movimientos históricos, que consiste en que después de comenzar con la espontánea creatividad de una búsqueda dinámica, poco a poco se van institucionalizando hasta perder casi totalmente la flexibilidad de sus inicios y su original capacidad de sorprender. En muchos casos, este proceso termina en un estado senil de arterioesclerosis institucional” (1). Surge un momento de creación y explosión de las comunidades que suelen reaccionar ante la devaluación de sus grupos matrices. Estas comunidades determinan nuevas formas de hacer la fe, más libres y más ceñidas al texto bíblico, y poseen un gran dinamismo y vida espiritual, con gran celo evangelístico y, en ocasiones, con desarrollos teológicos interesantes (en términos del párrafo anterior, esto es el cambio de todo el sistema de producción). Lamentablemente con el tiempo se solidifican, se aburguesan, olvidándose de la motivación que les dio origen. En ocasiones la misma generación creadora que hizo los cambios en sus años mozos es la que la lleva al adormecimiento año tras año, mientras su liderazgo envejece sin deseos de ceder la posta. Muchas denominaciones evangélicas han sufrido de este proceso que es prácticamente natural. Y la propia Reforma del siglo XVI es esto a un nivel macro, donde la iglesia católica con sus muchas perversiones sufrió una escisión que buscaba la pureza y el respeto por los principios bíblicos. Vale la pena decir que el protestantismo ha visto muchas veces este proceso de nacimiento-crecimiento-aburguesamiento de nuevas formas de ver la fe.

Estudiar estos ciclos es en verdad un tema apasionante, porque encontrar el secreto que extienda al máximo los períodos de crecimiento de la espiritualidad de las iglesias suena a panacea, y saber qué hacer cuando nos encontramos en productividad negativa (en palabras de Stam, estado senil de arterioesclerosis institucional) es algo que las iglesias pagarían caro por saber. No hay respuesta definitiva, pero sí algunos principios que son un punto de partida.

Los propios reformadores parecen haber estado atentos a estos procesos históricos y hablaron de algo que se puede hacer para alargar, y quizá perennizar, los procesos de vida de las iglesias: “la iglesia reformada, siempre reformándose”. De esta manera, la iglesia de manera permanente podría estar en un proceso virtuoso que la lleve a una dinámica de inquebrantable vida espiritual y eclesial, de ejemplo y referencia para el mundo que la rodea. Lástima que esto les guste a pocos, en especial a los que controlan iglesias y denominaciones en todo el planeta. Pedir una reforma permanente implica revisión de dogmas, cambio constante de personas, cero hambre de poder y control, relaciones horizontales con el mundo en el que vivimos, activo sacerdocio de todos los creyentes, altas dosis de humildad, mucho amor por el reino de los cielos, desprofesionalización de la labor pastoral/sacerdotal, pasión sincera por las almas, escasa tendencia al fundamentalismo, oído permanente a la voz profética que es enviada por Dios, corazones abiertos a los cambios que vienen de lo alto. En realidad es bastante pedir. Casi un sueño muy preciado.

Pero sin sueños, ¿vale la pena seguir?



Referencias

(1) Juan Stam. “Sobre la teología de los reformadores: unas reflexiones” http://www.iglesiareformada.com/Stam_Teologia_Reformadores.doc (25/09/2009)

(2) Imagen: http://economiauniversitaria.files.wordpress.com/2009/04/042509-1235-tallerdeeco2.png

miércoles, 31 de diciembre de 2008

Integralidad


Les presento la quinta edición de la revista digital Integralidad, que trabajamos desde el Centro de Misiología Andino-Amazónica (CEMAA) en Lima (Perú). Sus comentarios serán bienvenidos. Para acceder a ella sólo tienen que hacerle click a la imagen de arriba. Saludos a todos, y mis mejores deseos de un excelente 2009.