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sábado, 16 de octubre de 2010

Hoy creo poco

Hoy día anduve por todas partes. Compré madera en Villa María del Triunfo, utensilios varios en San Juan de Miraflores, fotocopié el material del curso que enseñaré en la universidad en La Molina. Regrese a Monterrico, tuve mi cita con la podóloga en San Isidro, y ahora ando en la casa de mis padres, casi en lo más arriba de mi distrito natal, entre las estribaciones andinas, con ruidos molestos del departamento del primer piso que están apurados por terminar los acabados. Hay una bonita vista desde el techo. Amo Lima.

Es como si desde muy temprano hubiera querido estar ocupado, no pensar ni sentir nada. Me levanté pensando en Dios, en mí, en mis profundas contradicciones y mis dobles estándares, esos que a veces me ahogan hasta la desesperación. Me sentí lejano, frío, amenazado por recuerdos que rápidamente quise rechazar. Bendita remodelación de departamento que me distrae. Pensé otra vez en Dios, en esa genial intervención que tuvo el día de las elecciones, cuando en medio de la Universidad Agraria, al lado de los sembríos de maíz, conseguimos una silla de ruedas para mi papá, permitiéndonos llegar con facilidad al aula donde estaba su mesa de sufragio, en el pabellón más lejano de todos. Maldita organización de la votación. Pensé una ocasión más y acabé rechazando a Dios, lo hice nada, lo estrujé dentro mío, lo negué tres veces como Pedro a la espera del resultado de los juicios. Me puse en guardia, listo a dar el primer golpe, o a ser masacrado por la potencia de la divinidad. No me importó quedar desvalido, como leproso veterotestamentario, o noqueado en el primer asalto; no podía aceptar a Dios, a su amor, a su presencia.

Le dije adiós.

Tuve ganas de regalar todos mis libros de teología, de hacer una pira en mi techo con todas mis Biblias. Intenté renunciar, decir que era suficiente con vericuetos cristianos y pobres manipulaciones. Sentí angustia. Inquietud. Mi menté, a la velocidad de la luz, hacía lo que quería, haciendo un saludo a la bandera con mis sentimientos, con ese deseo de Dios que me cautivó desde tan joven. ¿Qué me estaba pasando? ¿Será que me sentía demasiado solo? ¿Cansado en extremo?

Todo y nada a la vez. Un rato después, me di cuenta de todo.

Mañana serán cuatro años desde aquella noche, negra, en que él se fue. Cuatro años de vientos polares, de esquirlas, de recuerdos miserables, de sueños en donde ya lo identifico como ido, donde sé que su presencia es temporal, donde lo abrazo y no lo quiero dejar ir porque sé que está conmigo por cinco minutos, efímeros. Cuatro años de tontos consuelos, de gente que dice que me “entiende”, que “pasó lo mismo” pero que ve incomprensible que ante la tragedia exista gente que decida dejar a Dios a un lado. Cuatro años de extrañar profundamente.

Lucho cada día, de verdad, con uñas afiladas y dientes de acero para que Dios no se aleje, para tenerlo a mi lado. Es tonto, lo sé. Dios es el que me tiene a mí, el que no me suelta, el que me tiene paciencia eterna, no merecida. Pero a veces me siento triste, partido, como si no quisiera nada de la vida, como si quisiera que todo se termine de una vez, y me encuentre con la nada, con el vacío. A veces siento que no quiero saber más de Dios, deseando que me deje a la deriva, expuesto a la tempestad de la condición humana.

Señor, perdóname. Hoy es un día de esos. Son cuatro años, sé que lo sabes. Su recuerdo está clavado en mi corazón. Sé que lo entiendes. Mañana, quizá, será un mejor día.

viernes, 21 de mayo de 2010

Dejados atrás (14)

Viendo a mi hermano cada vez peor, empezó a cambiar radicalmente mi enfoque teológico de la libertad humana. Primero, redimí a Dios de la responsabilidad de todas las cosas que pasan en el mundo, asumiendo como seres humanos nuestra parte de culpa por lo que sucede. Para esto, entendí que nuestro libre albedrío es completamente real, para nada ficticio o aparente, siendo uno de los regalos dado por Dios a los seres humanos más grande e importante (solo superado, a mi entender, por el hecho de existir y la capacidad de relacionarnos con Dios). Por supuesto que Dios es todopoderoso y puede hacer todo lo que desee, y claro que es el creador de todo y estamos bajo la sombra de su magnificencia, pero Él nos cedió la libertad y un compromiso con su respeto de las decisiones que nosotros tomáramos. Nosotros podemos decidir, hacer, hasta el punto que Dios permite que colaboremos con Él, caminando con el hombre en el recorrido de la historia.

Dios ha entregado al cuidado del hombre el dominio del mundo, desacralizando su obra para nuestra administración. ¿Por qué así? Por amor y nada más que por amor, asumiendo el riesgo real de que su Creación quiera ir en pos de sus propios deseos. Lamentablemente, el hombre decidió en contra de Dios, y Él (Dios) sufrió y sufre realmente por la senda que la humanidad decidió andar. La historia de Oseas y su mujer adúltera (Os. 1-3), con su enorme desdicha y la forma en que la soporta, y la del hijo pródigo (Lc. 15:11-32), donde el padre aguanta en silencio el dolor de la actitud autosuficiente y egoísta del hijo, reflejan cómo es Dios con nuestra actitud rebelde. Dios realmente quiere que le amemos sin cohersión, y ante nuestra osadía espera y nos da oportunidad ―por supuesto, sin olvidar las futuras consecuencias de esas decisiones―.

Comprendí que es la libertad que tenemos, mucho mayor de lo que los cristianos actuales queremos asumir, la que nos ayudará a comprender el verdadero papel del Señor. Dios nos dio espacio y nosotros hicimos lo que quisimos ignorando las palabras divinas, pero Él nunca nos abandonó. Nos dio principios y verdades, nos llama a que nos acerquemos a Él y nos convoca a que construyamos la historia junto a él. Ese espacio nos dice que Dios no ha determinado todos los eventos negativos que suceden a diario en nuestro mundo. No todo lo que sucede, positivo y negativo, es su voluntad. Él no ha previsto todo lo que sucederá, porque ha resuelto construir la historia con su creación máxima. Él renuncio a parte de su onmipotencia (como en la kenosis cuando inició el proceso de redención) cuando creó seres a su imagen y semejanza y deja los eventos en construcción: deja simplemente que sucedan.

Entonces me puede tocar lo bueno y lo malo, y Dios no tiene que ver necesariamente con ello porque tenemos libertad real. Puede tocarme un cáncer, puedo ganar una lotería, puede romperse el fémur de mi pierna derecha, puedo ganar el sorteo de visas de la embajada norteamericana, puedo sufrir por años de una enfermedad persistente que no logran detectar con precisión y me lleva por momentos a un estado de desesperación, puedo ascender rápidamente en el trabajo. Repito que muchas cosas pueden suceder, pero como Dios en su soberanía nos colocó en un entorno de libertad, necesariamente él no tiene que ver. Es más, me atrevería a decir (aunque, debo reconocer, no con tanta seguridad) que NORMALMENTE NO TIENE QUE VER.

Entonces, ¿Qué hace Dios ante la desgracia? ¿Me deja prisionero de la fría estadística? ¿Todo no son más que funciones de densidad y modelos probabilísticos sumamente complejos? No, porque como dije líneas arriba, Dios decidió que construyáramos la historia con él, y día a día anda con nosotros. Es feliz por nuestros éxitos, llora nuestros fracasos, nos alienta en la desesperanza, se goza en nuestras celebraciones. Nos consuela ante la pérdida, no nos deja nunca cuando el vacío de la ausencia nos es abyectamente insoportable, seca nuestras lágrimas, soporta nuestros insultos con paciencia, nos cobija en su regazo cuando necesitamos de consuelo, nos muestra el camino por dónde hay que seguir para poder seguir en la vida, no nos deja solos, da sentido al sinsentido, nos regala el placer del recuerdo y nos brinda una sonrisa por la memoria del ido. ¡Ese es Dios! No mata al hijo: cuando eso sucede llora con nosotros el drama de la separación, inclusive, muchos años después ―de ser necesario―. Por eso, puedo decir que Dios sufrió y lloró conmigo y mi familia por la leucemia de Gabriel, desde el día que se la detectaron hasta el día que lo enterraron en Lurín. No quiso que eso pasara. Puedo afirmar que Dios padeció con cada suicidio, o con la desnutrición infantil de los andes peruanos, o con los campos de concentración nazis de la segunda guerra mundial, o con la sangre iraquí derramada desde la invasión norteamericana, o con los aviones lanzados contra las torres neoyorquinas, o con la pobreza extrema. Todo eso es causa de dolor para él. Como para nosotros.

La revolución teológica que transformó mi visión de la naturaleza de Dios estaba hecha. Las cosas eran otras. Yo era otro. Había vuelto a nacer de nuevo.

Lo inevitable llegó: la noche de primavera en que Gabriel murió. Tantas cosas sucedieron ese día y el siguiente que literalmente lloro de nuevo al remembrarlo. Desde los dos renunciantes, que vinieron minutos después de la partida (él, se quedó conmigo toda la noche en un gesto que jamás dejaré de agradecer; ella, abandonó su fiesta de cumpleaños por estar en mi casa, un detalle que la enalteció), hasta casi toda la facultad de mi hermano, que se trajo un bus de la universidad para ir al entierro. En todo momento sentí a Dios a mi lado, consolándome y sintiéndose triste conmigo, dándome consuelo y fuerza, diciéndome que Gabriel ha muerto, pero yo, que aún caminaría en este planeta, debía despertar a la realidad de la vida y hacer lo que tenga que realizar con pasión y sin miedos. Tras enterrar a mi hermano, sentí que lo mejor que podía hacer para tenerlo presente es tomar todo lo que Dios quiere mostrarme y corregir mi vida, enderezando la senda en pos de una existencia más santa y ceñida a la misión de Dios en la tierra. Borrar taras, pedir perdón e inspirarme en la valentía de mi hermano, su fortaleza al enfrentar la adversidad, el dolor y el destino final que sabía estaba por llegar. Porque mientras yo me hundía en el desaliento, él flotaba en la certeza del poder de Dios.

Hoy en día, de vez en cuando, sueño con él.

En el sueño, ya soy conciente que está muerto, que no está, sabiendo que todo el momento que me rodea es onírico, por lo tanto, pasajero. Lo veo y todo se mezcla, todos los momentos se vuelven uno, como la vez que viajamos solos a Cajamarca, o cuando le dio con el pico a la pared del jardín exasperado por nuestro padre inoperante, o la vez que se emborrachó y explotaron sus penas, en una madrugada colegial, o cuando jugábamos en la tierra de la parte de atrás de la casa. Todo se confunde en un solo espacio, en un solo segundo convergente del 17 de octubre de 2006, en su habitación que fue mi habitación, cerca a medianoche, sin mí allí. Allí se mezclan su vida sin pastillas, ni morfina, sus esperanzas con vitalidad, y su cuerpo vacío, ya sin alma. Todo se concentra en ese punto. Todos los deseos parten desde allí.

Dios, un milagro quiero
Sólo uno
Señor, hazme volver
a la tarde del 17 de Octubre del 2006
para volver a sentir su respiración
ver sus labios como gelatina
observarlo demacrado
Pero aún con nosotros.

Dios, un milagro quiero.
Uno más
Por él daría mi vida
de verdad que sí:
Hazme volver a la mañana
del 2 de Noviembre del 2005
cuando todo
aún estaba bien.

Aún lo extraño. Así será por siempre.

sábado, 15 de mayo de 2010

Dejados atrás (13)

Gabriel

A inicios de noviembre del 2005 le detectaron a Gabriel, mi hermano menor, leucemia linfoide aguda de células “T”. La vida de la familia se movió desde la gran casa de la avenida Los Eucaliptos, en La Molina, al piso ocho del Hospital Rebagliati, pabellón de hematología, con una rutina absolutamente novedosa: quimioterapias, transfusiones de sangre, transfusiones de plaquetas, inyecciones epidurales, nauseas, vómitos, toneladas de medicinas y casi una mudanza al hospital. Si ya antes la situación de mi familia era compleja por los serios problemas económicos que vivía, tras el cáncer, todo colapsó, se hizo trizas, aunque al menos se pudo conseguir la admisión al seguro social, lo que moderó el costo pecuniario. El pasivo emotivo sí se asumió sin descargos.

La reacción de los hermanos cristianos ante el mal de Gabriel fue previsiblemente variopinta. Con la mejor intención llegaron creyentes de muchas denominaciones y énfasis distintos. Con los pentecostales, vi a mi hermano hablar en lenguas. Con los carismáticos, tuve oraciones efusivas llenas de lágrimas. Compartí una misa católica que hicieron por la salud de mi hermano. Los seguidores de la guerra espiritual vieron mi casa llena de espíritus malignos y lanzaron una oferta de expulsión (que, obviamente, rechacé por la ridiculez de decir que en los cactus del jardín “moraban” los demonios). Algún pastor habló de la crisis de la familia y nos dijo que allí estaba la causa de los problemas. Otro mencionó pecados ocultos. No faltó una campaña de sanación en donde mi hermano caminó por todo el estrado cuando le era muy dificultoso hacerlo. Tuve más reuniones con pastores que en el resto de mi vida entera. Sus voces se multiplicaron pero ―curiosamente― eran absolutamente antagónicas. Todos hablaban de voluntades de Dios distintas, todos tenían la absoluta seguridad de tener la voz de Dios. Allí me percaté que había algo muy raro ¿Cómo validar esto? ¿Quién tenía razón? ¿El pastor titular de la iglesia? ¿El pastor asistente, que pensaba distinto? ¿El pastor de jóvenes, que repetía lo dicho por el pastor titular? ¿Alguno de los pastores pentecostales? ¿Alguno de los carismáticos? ¿El sacerdote católico? ¿Algún hermano de alguna iglesia, que ocasionalmente visitó el hospital? Descubrí con total certeza que muchos pastores, como cualquiera de nosotros, hablan por ellos mismos, pero diciendo implícitamente que sus palabras son “especiales”. Cuando dicen “Dios dice” es, simplemente, “yo pienso” a pesar de las horas de oración que puedan tener, a pesar de su cargo clerical. Eso lo aprendí en el hospital: sin querer, yo también estaba siendo curado. Aprendí a filtrar todas sus palabras, porque tú y yo hablamos por nosotros mismos, pero ellos dicen tener la voz de Dios. Validar esos dichos, esas frases, se convierte en fundamental.

Las voces recurrentes repetían que Dios había decidido el mal de Gabriel. Que era “su voluntad”, debiendo “aceptarla con resignación” y que “seguramente entenderíamos en el futuro el sentido del sufrimiento”. Rápidamente llegaron las primeras preguntas: ¿Dios tenía en sus planes hacer que mi hermano sufra terriblemente los dolores de la leucemia? ¿Quería que él sienta cómo devoraban su nervio óptico? ¿Definió que quede ciego en su diseño original? ¿Estaba en sus designios? ¿Esa tortura era para su gloria? Me parecía algo tremendamente incoherente, y peor con algunas afirmaciones poco bíblicas: un culto de “resurrección” en el velorio, palabras poco afortunadas en el hospital, aprovechamiento de la situación para buscar el cambio de iglesia de mi familia con el fin de obtener su hipotético diezmo, acusaciones de poca espiritualidad y falta de fe, insensibilidad. Todo eso observé en mis hermanos cristianos de varias iglesias, incluyendo la mía. Algunas personas me sorprendieron gratamente con sus visitas permanentes, estando al tanto de todo, de las necesidades de mi hermano y de las de mi familia. Otras me pasmaron a la inversa, porque ni siquiera indagaban en los cultos dominicales, y parecía que no les importaba lo que sucedía. Yo comprendía que eso se dé con los nuevos miembros o los inmaduros, que aún no entienden a plenitud el sentido de la vida cristiana, pero ¿los experimentados? ¿Los líderes? ¿Los que yo mismo había discipulado? ¿O es que era trabajo delegado a los pastores? A algunos jamás los vi, y eso me dolió mucho al comienzo.

Pensando más, me di cuenta que yo mismo había tenido con frecuencia esa actitud, siendo insensible ante el sufrimiento de otros hermanos capturados por alguna enfermedad terrible. Sabía que estaban enfermos, pero nunca me acercaba “porque era un matrimonio desconocido”, o porque “no sabía qué decir” o porque “los pastores se encargan”. En el fondo, me daba cuenta que en realidad el visitar a los enfermos era una confrontación con el temor a la muerte, fundamental en el ser humano. Sabía que todos tenemos ese destino, y que tenerlo frente a frente era difícil para cualquiera. También me aterraba la falta de respuestas. Uno visita a un enfermo con la presión de decir algo pero nada sale, por ello es mejor no ir, mejor no involucrarnos. Es más seguro. Así, comprendí a aquellos que no veía por el hospital o no me hablaban en la iglesia.

Recordé a Jesucristo, absolutamente vinculado en su ministerio a los enfermos, sanándolos y, por ello, ganándose problemas con el poder religioso. Más allá del sábado o de la impureza ceremonial, lo que quería era ayudar a la gente con su dolor, redimirla. ¿Y qué paso con ese ejemplo? ¿Por qué los cristianos de hoy, en un buen número, ignoran el llamado del sufriente? ¿Por qué no nos queremos involucrar, supeditarnos? Y si lo hacemos, ¿por qué es sólo por compromiso y no por convicción? Pensar en Jesucristo me hizo adentrarme en la teología del sufrimiento, pero especialmente en la soberanía de Dios, que se entiende como la puesta en práctica de Su voluntad. Sabía que Él es independiente de sus criaturas y su creación en manera absoluta, (Is. 40:13-14; Dan. 4:35, Ef. 1:11), que tiene todo el poder en su mano, así que puede actuar como quiere (Sal. 115:3), y era conciente de que la libertad humana se entiende dentro del ámbito de la soberanía de Dios. En ella hizo la creación material e inmaterial, como a los ángeles (1 Tim. 5:21; Col. 2:10; 2 Ped. 2:4) y al hombre. Es el hombre el que tiene libre albedrío, existiendo una armonía perfecta entre la soberanía de Dios y la responsabilidad de la criatura.

Leyendo un poco, me di cuenta que desde tiempos antiguos se introdujo en el cristianismo la concepción de que Dios determinó todo lo que sucede en el mundo. ¿Y lo que el hombre realiza? Simplemente sirve para que madure, para que alcance su mayoría de edad y se acerque progresivamente a Dios. Nada de lo que haga, ni sus elecciones, ni su rebeliones, ni sus guerras, ni sus descubrimientos, ni sus catástrofes, ni su éxitos, ni lo más sublime o demoníaco cambiará lo que Dios planeó desde antes de la creación del mundo. Calvino dijo que Dios es el gobernador de todas las cosas, que determinó en la eternidad todo lo que iba a pasar, llevando a cabo lo que decretó mediante el uso de su poder. Todo sin excepción está bajo la atribución de la providencia de Dios. Hoy esta idea está bastante arraigada en la cabeza de los cristianos evangélicos peruanos, y quizá eso explique el fatalismo y pasividad en los creyentes de la iglesia. Si un pastor empieza a hablar herejías desde el púlpito o mantiene actitudes autoritarias y controladoras no se hará nada porque “todo está bajo el control de Dios” y será “Él, mediante su Espíritu, el que se hará cargo”, sin importar el dolor que esto traería a la iglesia. También encontré que suele mezclarse el conflicto cósmico con la soberanía de Dios: hay un opositor a la voluntad de Dios, y es el Diablo. Él se opondrá a los designios divinos con todas sus fuerzas. Por ello, si Dios nos manda predicar a toda criatura, y para eso hacemos una campaña evangelística, pero al predicador le da una infección en la garganta y pierde la voz la noche anterior, pues ¡es la oposición a los designios de Dios! La vida cristiana se reduce a una lucha de espíritus en la que tenemos que tomar parte. Todo es provocado por fuerzas malignas, que nos derriban, nos enferman, nos hacen daño. Algunos cristianos, lamentablemente, le dan más importancia que a Dios.

La lógica calvinista puede ampliarse mucho más. Si tengo un accidente, es la voluntad de Dios. Si me detectan cáncer, es porque así lo quiso el Soberano del Universo. Si mi bebé muere electrocutado, es porque Dios tenía sus propósitos que son insondables para mí ahora pero que “entenderé” en el futuro. Si a un amigo le detectan una enfermedad muy dolorosa pero de larga cura, pues será por un pecado oculto, porque no quiere someterse a Dios, su iglesia o porque “algo habrá hecho para que Dios lo castigue así” (la viejísima teología retributiva que se resiste a morir. Job es postmoderno).

Yo, inmerso en las circunstancias de la enfermedad de Gabriel, encontré en lo anterior un serio problema. Cuando me decían que “Dios se llevó a mi hermano” me quedaba claro que la frasecita es una manera elegante de decir “Dios mató a mi hermano”. Un eufemismo, nada más que eso. Suena fuerte, por supuesto, porque es terrible pensar que Dios asesinó a un joven de veintidós años. Por ello, de inmediato vienen los analgésicos como aquel que dice que “sus propósitos son insondables” o “no entendemos los propósitos ahora, pero luego veremos cómo el bien llegará". Y eso no puede ser. Dios no puede tener que ver con la leucemia de Gabriel, o con el suicidio de la gente, o con la desnutrición infantil de los andes peruanos, o con los campos de concentración nazis de la segunda guerra mundial, o con la sangre iraquí derramada desde la invasión norteamericana, o con los aviones lanzados contra las torres gemelas de Nueva York, o con la pobreza extrema. Un par de tardes oyendo los gritos de dolor de Gabriel derrumbaron la teología determinista de mi cabeza.

DIOS NO TIENE NADA QUE VER.

sábado, 22 de noviembre de 2008

Cena madrileña

Con Luis Pérez, de Cristianosh, me unen muchas cosas. Más de las normales.

Además de que ambos somos cristianos y bloggers, trabajamos en lo mismo (los riesgos de mercado). Yo, midiéndolos para un Banco; él, habiendo participado en la creación de un sistema que los mide y ahora involucrado en su venta. Una parte de nuestra conversación fue hablar del Value at Risk (VaR), las volatilidades, backtestings y demás cosas que componen nuestro día a día.

Sin embargo, lo que más tenemos en común son unas tristes circunstancias, no idénticas pero sí parecidas, que nos sucedieron a y a él hace algún tiempo. Un dolor compartido que aún se siente, allí muy fuerte, pero que se soporta porque un Dios poderoso está a nuestro lado, ayudándonos a seguir adelante.

Luis es una persona increíble, con una enorme entrega a Dios y una fe transparente y completa que confía sin dudar en nuestro Señor. Escuchándolo mientras cenábamos en Madrid, recordaba que yo -a veces- me olvido de eso, que de vez en cuando me invade cierta autosuficiencia inutil que me hace vivir el día a día ensimismado en mis propios pensamientos, dejando a Dios de lado. Escuchándolo me di cuenta que esa fe que le sale a borbotones es la que no debo perder jamás, una fe que por nada del mundo debo permitir que se escurra por la rutina, el cansancio o la mucha lectura. Una fe que, simplemente, reconozca que Dios es nuestro Señor día a día, a cada momento y en todo lugar.

Luis: gracias por recordarme eso.

domingo, 20 de mayo de 2007

¡Ay, la vida!

¡Ay la vida! es una de las frases favoritas de un buen amigo.

Enfatiza los ayes, el dolor, quizá hasta puede ser un contraste con la muerte.

Todo pasa, todo pasa, todo pasa, y el ¡ay! permanece.

Hambre, camino tortuoso, dolor, frustración.

¡Los ayes como elementos permanentes!

Llega el dolor, se profundiza el dolor, no se va el dolor.

Mientras otros, se pasan la gran vida

y la gente aquí, allá, arriba, abajo

llora y llora, prisionera de muchas cosas insoportables.

Profunda nostalgia,

desesperanza.

Amargura.

Y uno quiere correr, correr, correr, correr, correr, correr rápido, rápido.

Y es infructuoso, no se puede escapar.

Nadie puede huir, es la naturaleza.

Y DIOS SABE ESO.

Sabe que nadie escapa, que nos tocará una vez

que querremos correr, y que será infructuoso.

Lo sabe.

Y bien.

Demasiado bien. Cristo mismo lo sintió en carne propia.

Pero Él no nos da más velocidad.

No nos evita el dolor,

no nos lo evade. No nos da la puerta de escape, el atajo, el alucinógeno.

Nos toca a todos. Lo sabe, así es el mundo, por lo menos por ahora.

Pero no deja así las cosas. No se deja llevar por la inacción.

Ni la dejadez.

Se nos acerca cuando estamos con toda la confusión encima.

Y tolera nuestros insultos.

Nuestros gritos, reclamos, vociferaciones.

(Yo, por ejemplo, harto de la sinrazón de la agonía del que era (¡Es!) mi sangre, dije

que renunciaba a Él,

que prefiero el castigo eterno a una relación con su persona

que no dudaba de su existencia, que de eso estaba seguro

pero que con alguien como Él, pues, yo paso.

Que me condene, que no me importaba

que mejor el vacío que un Dios

que en su voluntad estuviera la muerte y el dolor

que voluntariamente matase, o someta a la agonía delante de nuestros ojos

a quien amanos. ¡No! ¡Lo rechazo!

Mejor sólo, asumiendo todas sus consecuencias)

Me toleró con paciencia.

y a mi lado estuvo siempre. Y fui algo implacable.

Le dije cosas terribles.

Pero siguió allí.

Y le pedía que se vaya.

Hasta que ya no puede más. Un día, lo entendí todo.

Él jamás se iría.

Secaría mis lágrimas. ¡Lloraría a mi lado!

Y lo hizo. Allí estuvo

El día ese, al lado de los ascensores.

Y ese otro, en casa de mis padres, insoportable.

Y finalmente allí también, bajo el toldo al sur de Lima.

Donde no pude más –y mi alma corrió mucho, pero de nada sirvió-.

Y allí, estuvo Él, conmigo, con todos nosotros,

con pena, al igual que nosotros.

Pero a nuestro lado

y siempre será así.

¡En toda circunstancia! ¡Siempre!

TODAS.

Él a nuestro lado.

Él nuestro consuelo, la fortaleza

en la dureza de las circunstancias.

Siempre allí,

caminando con nosotros.

Paño y fuente de lágrimas. Conforte, compañía, esperanza.

Guía. Ánimo.

Claridad.



Alabado sea Dios por eso.

viernes, 20 de octubre de 2006

Hermano, nos vemos luego


Como dijo el Señor en la cruz casi al final de su agonía, "Todo está cumplido" (Jn. 19:30, Biblia de Jerusalén). Mi hermano Gabriel finalmente, luego de once meses de lucha contra la leucemía, pasó a la presencia del Señor.

Era el tiempo. Ya sufría demasiado.

Fue un tiempo difícil. Cuando le detectaron la enfermedad, en la mañana del 2 de Noviembre del 2005, y en las semanas posteriores, tuve la crisis de fe más grande de toda mi vida, al punto de estar cerca de dejar el cristianismo, de descartar a Dios, de preferir ese infierno futuro de fuego y oscuridad a la barata promesa de una nube y un arpa en el cielo, todo para poder estar lejos de la presencia divina que colocaba a mi familia una carga demasiado pesada. No lo podía soportar. Decía: "Dios, ¡Te equivocaste de persona! ¡Era yo, era yo a quien debías tocar! ¿Por qué todo esto?" Sin embargo, las cosas fueron cambiando poco a poco.

En Agosto viajé junto a mi esposa Dorcas y mis amigos Miguel Paredes y Francisco Meza a Cusco, Puno y Arequipa. En Puno, (3,800 metros sobre el nivel del mar) a las 11 de la noche y con un frío que debía estar cerca a los cero grados, estuve con Miguel en una mesa del comedor del hostal en donde nos hospedamos, conversando de muchas cosas -el proyecto misiológico en el que estamos embarcados hoy, su partida al MIT, la vueltita al lago que dimos en la tarde-. Entre ellas, el asunto de mi hermano, recién desahuciado por los médicos. ¿Podemos encontrarle un sentido a esta situación? ¿Una pizca de justicia? ¿Sucederá el milagro?

Intentaba pensar en ese momento, mientras tomaba el café casi helado. Recordé al Señor Jesucristo, muriendo joven. Y estaba a punto de llorar, tratando de hallar una salida, un bálsamo, algo que me calme en ese momento. Seguía pensando en Jesucristo y su obra, en su muerte, en su redentora muerte, como si tuviera la impresión, la sospecha que allí puedo encontrar algo de paz. Recuerdo decirle algo a Miguel sin aparentemente pensarlo demasiado:

"Hay personas que, aunque no lo entienda, tienen el sentido de su vida en su muerte"

En su muerte porque este evento, dolorosísimo, es el que debe ser el inicio, el movil, el detonante de una transformación de los que quedan en la tierra, de tal trascendencia que el efecto multiplicador que provoca la partida de la persona a quien amamos tiene años de duración. Cristo tuvo eso, aunque como era Dios, el valor de su muerte tiene consecuencias permanentes, infinitas. Nosotros, simples humanos, podemos tener el mismo sentido pero a una escala infinitesimal.

En este caso, mi hermano debía morir para que personas como yo, que aún caminamos en este planeta, despertemos a la realidad de la vida y hagamos lo que tenemos que realizar con pasión y sin miedos. Por ello, tras enterrar a mi hermano, siento que lo mejor que puedo hacer para recordarlo es tomar todo lo que Dios quiere mostrarme y corregir mi vida, enderezando la senda en pos de una existencia más santa y ceñida a la misión de Dios en la tierra. Borrar taras, pedir perdon y inspirarme en la valentía de mi hermano, su fortaleza al enfrentar la adversidad, el dolor y el destino final que sabía estaba por llegar. Porque mientras yo me hundía en el desaliento, él flotaba en la certeza del poder de Dios.

Al ver eso, salí del hoyo y volví a creer con más fuerza que antes.

Gabriel, clamo como David: "¡Jonatán! Por tu muerte estoy herido, hermano mío, Jonatán" (2 Sam. 1:25b Biblia de Jerusalén). ¿Sabes algo? Es un vacío muy grande el que tengo ahora. Quizá por esas estúpidas razones que el latinoamericanismo tiene, no fue demasiado afectivo ni te dije todo lo que hubiera sido necesario, pero quiero que sepas -se que no leerás esto, pero igual deseo escribirlo- que te quiero muchísimo y que tengo que darte gracias por todo, por tu vida, por nuestros juegos de infancia en la tierra de detrás de la casa, por ser mi testigo de boda, por mostrarme a través de esos increíbles amigos tuyos de tu universidad el valor de la solidaridad y el compañerismo sin condiciones (no olvidaré jamás el bus de San Marcos en la puerta de mi casa y el detalle hecho en tu honor de la bandera a media asta en el frontis de la facultad de Medicina Veterinaria), por ser mi hermano, por ser un importantísimo elemento de la obra de Dios en mi vida que ha hecho que sea un cristiano distinto el día de hoy.

Ya nos veremos después, allá arriba. No te olvides de guardarme un buen sitio. Hasta luego, castor.

domingo, 1 de enero de 2006

¿HAY MOTIVOS PARA UN FELIZ AÑO NUEVO?

El año anterior puede pasar si queremos en segundos por nuestra cabeza llegando raudamente a la conclusión de que, dependiendo de cómo vivimos, fue un tiempo productivo y de avance o que simplemente mejor hubiera sido dormir el 31 de Diciembre del 2004 y despertar hoy, sin memoria del 2005 que se acaba evaporando junto con los humos que lanza la cocina trabajadora de horas extras que se esfuerza en hacer una cena en su punto. El olor a pólvora y la ferocidad con que se queman los muñecos en las calles siempre me hizo pensar que a todos les iba mal, que querían carbonizar los recuerdos y vivencias importantes, y las más insignificantes, las que no cabían en el monigote, meterlas en una botella junto con un par de ratablancas para que exploten y, por si acaso, los vidrios esquirlados se encarguen de deshacer lo olvidado por el explosivo.

Sin embargo, hay los que la hacen linda en algun punto de diversión. Allí no hay cohetones ni violencia, hay fiesta, celebración, júbilo. Se celebra el fin de año pero igualmente la llegada del nuevo, y hay mucho por agradecer, por esperar y por sentir. La misma pasión con la que reventamos un pirotecnico la ponemos e el jolgorio. ¿Tienen sentidos los extremos?

Este año ya tengo trabajo fijo, comencé a estudiar una maestría y tuve mi primer sobrino, lo que vale por muchos buenos sucesos. Este año perdí una amistad, caí derrotado una y otra vez en eso del "no hacer el bien que quiero pero sí el mal que no quiero" y a mi hermano le detectaron leucemia, lo que vale por muchos malos sucesos, quizá la tristeza que causa es mayor que la alegría de la vida nueva. ¿Saldo negativo? No lo sé. ¿Cómo decirle a él feliz año cuando lo que le espera es un duro tratamiento que postergará mucho de sus planes y que le hará pasar monótonas temporadas en el hospital? ¿De que sirve el fuego del olvido si el mal no se va, si no perece sino que permanece? ¿Hay motivos para decir feliz año?

Se murió el Juan Pablo II y entro Ratzinger; vino Katrina, Rita, la gripe Aviar y Bush no se ha ido de Irak -mi hermano mayor de parte de padre es mercenario allá-. Atentaron contra Londres, Fujimori se fue a Santiago, firmaron el TLC. ¿Feliz Año, finalmente?

Sí, siempre puede hay motivo, porque aunque todo haya ido mal (y esa es una falacia, porque TODO no puede ser así) tenemos esperanza, porque siempre hay algo que se puede hacer y hay un Dios que no nos desampara, que nos observa y puede tendernos la mano, claro está, si nosotros queremos.

La pregunta es: ¿queremos realmente?

lunes, 26 de diciembre de 2005

¿Celebrar navidad?

Cada año más secular, más consumista y más difusa, al extremo de empezar a mostrar en Estados Unidos una similitud de esencia y sentimiento con el Halloween. Del "verdadero" espíritu de la navidad, el tamaño del árbol, las mejores ofertas de Saga Falabella o Ripley y la relevancia de la creencia en Papá Noel se habla más que del verídico y discreto nacimiento que la motiva, cosa que no nos debe sorprender dado el paganisimo original de la saturnal fiesta del 25 de Diciembre en los tiempos romanos, llena de cenas y regalos que por orden papal fue desintegrada para reemplazarla por la natividad del Salvador. Porque a pesar que no le guste a mucha gente, lo que se nos pide que recordemos es la muerte de Cristo y no su nacimiento. Curioso, la Semana Santa, lo que se nos mandaría a recordar, en parte conserva todavía un aroma religioso en países como el Perú, y la fiesta no solicitada, la navidad, ya es absolutamente secular. Total, Dios nunca pidió que la celebremos, y en teoría nada perdemos.

¿O sí? Quizá la esperanza, porque más que una fiesta de gozo, la navidad, si debiese ser celebrada, sería una fiesta de plena y absoluta esperanza, de recordar que Dios nos recuerda en nuestro quebranto y hace algo por nosotros, algo preciado: el envío de su Hijo para el bien de nuestra almas. Por ello puede haber tristeza en la navidad, puede haber carestía, hambre, sufrimiento y enfermedad. Pero más allá de eso, además hay la seguridad del accionar de Dios, de su obra, la plena certeza de que Él no nos olvida.

Es cierto, porque aunque no lo parezca, aunque no me parezca a veces, aunque sea muy escéptico, no nos olvida. Jamás lo hará.

domingo, 20 de noviembre de 2005

La vida después de la leucemia

Después de la leucemia todo cambia. Ya las idas y venidas al banco dejarán de ser indiferentes y los pensamientos que andaban antes entre el porqué del mundo, la observación de la realidad, mi esposa en sus clases o lo que me esperaba en el trabajo se centran hoy esencialmente en el cáncer de mi hermano, en su posible transplante de médula, en sus quimioterapias, mascarillas, sueros y demás parafernalia médica. La vida de la familia está adosada al octavo piso del Hospital Rebagliati y nuestro centro de gravedad está allí, hasta que él vuelva a casa y todo, si Dios quiere, vuelva a la normalidad.

Los sentimientos han pasado por todas partes. Desde el "Dios de mierda, no te cansas de probar a la gente" de los dos primeros días a una confianza completa en Dios. Creo que no es extraño el hecho de que un evento catastrófico te lleva ante Dios con sólo dos posibilidades: o te acercas a Él y te sometes al puro afecto de su voluntad, o corres en dirección opuesta en estado de negación del evento o de la Divinidad. Una de dos, que a nosotros nos hizo arrinconarnos en pos de lo que ya conocíamos previamente, Su presencia y Su paz.

¿Y qué es lo que vendrá? No lo sé, pero Dios sí y, lo que sea, es lo mejor.