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miércoles, 15 de abril de 2026

La resurección que viene de lo alto

 

Jesús resucitó a Lázaro, resucitó al hijo de la viuda de Naín, resucitó a la hija de Jairo. Las tres resurrecciones son profundamente conmovedoras. El pasaje de Jairo rogando por la ayuda de Jesús ante la agonía de su hija me saca lágrimas, y es poderoso en mensaje: “No temas, cree solamente” ante los anuncios de que la niña ya había fallecido. ¿Se imaginan a Jairo? Una fe que va más allá del anuncio de la muerte, una confianza que rompe el sentido común. “No temas, cree solamente” se ha convertido en uno de mis ejes de vida y de fe. Cree, confía, Dios está en control de las cosas.


Y con la viuda de Naín, la señal y enseñanza poderosa de Jesùs es que Dios tiene compasión, que ve nuestro dolor, nuestras lágrimas, nuestros clamores al cielo, y que a pesar de lo aparentemente definitorio, a pesar de la muerte ya probada y visible, él puede resucitar, puede volver a construir un nuevo comienzo. La viuda no le pidió nada, él vio la necesidad, la carencia que venía, los sollozos que no pararían nunca en la viuda, hasta el fin de sus días. Que grande que es el poder de Jesús sobre la muerte, que grande que es la mirada de Jesús hacia los vulnerables.


Lázaro, que se levantó y andó luego de cuatro días de muerto. Todos pensaban que ya era tarde, que todo era irreversible, un milagro que ya era imposible. La hija de Jairo acababa de morir, pero Lázaro ya tenía tiempo fallecido. “Hiede ya” le decían a Jesús pero eso no importó, su poder sobre la muerte es absoluto y demostró que siempre es posible resucitar. Si lo hizo con unos huesos secos en Ezequiel, pues Dios lo puede todo.


Sí, podemos entender que hablamos de resurrección literal, de un muerto que pasa a vida. Es la esencia de nuestra fe. Pero voy más allá. No me quedo con el hecho de la resurrección como la vuelta de un cadáver a la vida, sino con el hecho que Jesús puede volver a la vida todo, tiene el poder de transformarlo todo, de incluso recuperar y hacer florecer lo que todos dicen que está muerto. “No temas, cree solamente” dijo él. Hay cosas muertas en nosotros, hay cosas muertas en nuestras relaciones, hay cosas muertas en el alma, pero Jesús tiene el poder de la resurrección, puede hacerlo, porque vino a sanar a los enfermos, porque se compadece de nosotros, porque somos sus amigos y nos llora. Pero esa resurrección no viene como un rayo del cielo, sino que nos pide tener la fe de Jairo, la que exige algo de nosotros: tomar la decisión de luchar por el otro o la otra, o nos susurra que acortemos distancias, o nos invita a abandonar la lejanía y elegir el servicio diario constante, o nos dice que abramos incondicionalmente el corazón ante la persona que amamos, o que poseamos la sensibilidad a la necesidad de los demás y la ternura como los canales por donde Dios vuelve a soplar vida. Creer en nuevos comienzos es un acto de fe monumental, y yo quiero creer.


La hija de Jairo es la muerte reciente. El hijo de la viuda es la muerte en tránsito, Lázaro es la muerte irreversible de varios días que ya es un hecho consumado. El mensaje es claro y lo recibo en el corazón: no importa en qué etapa de la "muerte" se encuentre nuestra situación de vida, el poder de Cristo es absoluto y puede resucitar lo que sea, ¡siempre!


Resucita, Jesús, las partes de mi alma que están muertas. Resucita, Jesús, lo que tengas que traer a la vida en mí. ¡Tú sabes lo que tienes que resucitar! Amén.


domingo, 25 de agosto de 2019

La compasión, eje de la fe

Una reflexión desde Jesús y la resurrección del hijo de la viuda de Naín (Lucas 7:11-17)

Qué duda cabe que ahora los evangélicos tenemos una nueva incidencia pública. Ya quedó atrás el encierro en las paredes de la iglesia y hoy mantenemos un coqueteo abierto con el poder. Lo mostramos, queremos más, mucho más cada vez. Nuestra imagen se lee en clave política, sea bajo la cortina de la llamada “ideología de género”, tedeums en nuestros templos más grandes o la invasión de pastores candidatos, como hemos visto hace poco en Brasil y Argentina. Los congresistas evangélicos son más visibles pero tristemente más del lado negativo: solo pensemos en los casos de Julio Rosas y Tamar Arimborgo en el Perú. 

Esa incidencia pública nueva parece haber cambiado nuestras prioridades como comunidades de fe. Ya he comentado antes sobre la agresividad que se denota hoy en el evangelicalismo, que parece ir en aumento mientras la cuota de poder aumenta, con pulsadas que buscan llegar hasta el mismo poder ejecutivo. Somos otros cristianos, como desenfocados de la naturaleza de nuestra misión, rendidos ya a la tentación de monte alto buscando la imposición de nuestras cosmovisiones desde el aparato del Estado (Lc. 4:8-10). Muchas cosas han cambiado, no necesariamente para bien. 

Recordando la situación de las viudas 

La sociedad en la que vivía Jesús era profundamente machista, desigual, violenta y opresiva, no solo por la presencia imperial romana, sino por los comportamientos que nacían desde los mismos judíos. El esclavismo era el eje de la economía. La situación social y su dinámica hacía que muchos quedaran al margen de la sociedad, resaltando en especial las viudas, quizá las más vulnerables del tejido social de la época. En esos tiempos, quedar viuda era algo que a una mujer le sucedía con demasiada frecuencia, gracias a la pobre esperanza de vida. 

Las viudas en Israel tenían cierto nivel de protección teórica según el Antiguo Testamento, que no muchos códigos religiosos antiguos poseían. Por ejemplo, los hijos mayores se hacían cargo de ellas si tenía la edad suficiente para afrontar la responsabilidad. Un ejemplo sustantivo es el del mismo Jesús, que en la cruz le da la tarea a Juan de cuidar a María, ya viuda de José (Jn. 19:26-27). Varios otros ejemplos están en la ley: cada tres años, del diezmo se extraía una ayuda para los vulnerables de la sociedad, entre ellos las viudas (Dt. 14:29), o su participación libre de los banquetes de las fiestas religiosas (Dt. 16:11, 14), o la protección contra el abuso (Ez. 22:7; Mal. 3:5). No olvidemos que un hermano o pariente del lado del marido podía o debía tomar a la viuda por esposa, como se nos revela con claridad en la historia de Ruth, Noemí y Booz. En el papel existía un marco que las cobijada, pero la realidad distaba de este ideal. En tiempos de Jesús se cumplía poco de lo estipulado. Por lo tanto, de la viudez a la marginalidad no había demasiada distancia. 

La realidad de los desposeídos 

En tiempos del ministerio de Jesús gobernaba Galilea y Perea Herodes Ántipas, quien quiso construir su reino para dejar su legado. Reconstruyó Séforis y construyó su capital: Tiberíades, en honor al emperador Tiberio. Estas dos ciudades generaron un gran cambio social: la urbanización de Galilea. Eran los centros administrativos desde donde se controlaba toda la región. Allí vivían las clases dominantes: grandes cobradores de impuestos, militares, los terratenientes más importantes, comerciantes. Sin embargo, fueron proyectos sumamente caros. Por ello, los impuestos eran muy altos, y las familias apenas podían pagarlos. Esto obligaba a muchos a subsistir al borde de la miseria. Si venía una mala cosecha, una enfermedad, o la muerte de algún varón de la familia podía venir el fin para ellos. 

El riesgo de la indigencia para las personas era altísimo. ¿Qué pasaba si una familia, tras pagar los impuestos, no tenía reservas para la siguiente cosecha? Acudía a la familia o a los vecinos. Si no tenía esa opción, pedía un préstamo a algún rico que almacenara grano (cf. Lc. 12:16-21). ¿Si no podía pagar este préstamo? Se quedaba inexorablemente sin tierras: más terreno acumulado para los terratenientes. Algo que también sucedía en Palestina con frecuencia era que los terratenientes decidían hacer monocultivos para maximizar la producción especializada para el comercio del vino, trigo o aceite. ¿Qué pasaba con los bienes alimenticios? Eran producidos en menor escala, lo que encarecía sus precios para dificultad de los que menos tenían. Al mismo tiempo, Ántipas fomentó el uso de las monedas romanas, que permitían la acumulación de la riqueza. Los pobres apenas podían acceder a monedas de bronce o cobre. Muchos, ni siquiera a eso, quedando fuera del círculo económico. No les quedaba más que el trueque y la vida de subsistencia (1). 

Aunque en Palestina había un relativo dinamismo económico, para muchos el estado real era la inseguridad, la desnutrición y la vulnerabilidad. La pobreza extrema era acuciante. Jornaleros, vagabundos, bandoleros (como los que asaltaron al hombre de la parábola del buen samaritano de Lc. 10:25-37), prostitutas (muy posiblemente el caso de la mujer que ungió los pies de Jesús con perfume en Lc. 7:36-50), mendigos que van de pueblo en pueblo, ciegos, tullidos, viudas que no han podido casarse de nuevo, esposas estériles repudiadas y que no pudieron volver con sus familias, niños huérfanos. Literalmente son los sobrantes de Roma, los descartados por Ántipas. 

Precisamente en ellos piensa Jesús cuando en las Bienaventuranzas haba de los “pobres” (ptojos): los desposeídos de todo, los mendicantes, las mujeres que se prostituyen (Mt. 5:3). Viven al límite, casi sin saber si comerán o vivirán mañana. Sin hogar. Estos marginales podían estar separados también por causas religiosas. Las leyes farisáicas que debían cumplirse de manera estricta los excluían. Los marginados estaban sucios, muchos enfermos, con llagas, peor en el caso de las mujeres. Los religiosos pensaban que su estado mostraba que Dios los “rechaza”: la terrible ley de la retribución que subsiste incluso hasta hoy, época de expansión furiosa de la teología de la prosperidad. 

Identificación en serio 

Puede parecer un cliché, pero Jesús realmente se identificaba con estos que no tenían nada. Jesús vivía como uno de ellos, sin techo ni trabajo estable. Moraba entre los excluídos. Su mensaje no rechazaba a los ricos, también se acercaba a ellos (cf. Lc. 19:1-10) pero su vida mostraba que le dedicaba especial atención a los excluídos. Ellos, marginales de la sociedad, entendían con claridad eso de “buena noticia”: los vagabundos, privados hasta de lo más básico para vivir, serán los “primeros” (Mt. 20:16-20). La parábola del rico y Lázaro: ¡una esperanza para los mendigos! (Lc. 16:19-31). En el sermón del monte Jesús les dicen que ellos serán felices porque el reino de Dios les pertenece (Mt. 5:3). Es una suerte para los que viven oprimidos y una amenaza para los que oprimen. Desde ellos, desde aquellos otros que nadie quiere ver, desde su vida y situación, Jesús plantea una visión de fe, una espiritualidad. Desde la vida del ptojos (pobre) plantea la situación del pobre en espíritu. Su mensaje dice algo poderoso: vivo como ustedes aunque soy el Hijo de Dios. Es increíble y literal: “De lo que rechazó el mundo he tomado yo” (cf. 1 Corintios 1:27-31). 

Hay algo más que parece decirnos el mensaje del Maestro: La miseria que les trae hambre y carencia no tiene su origen en Dios. Los que no le interesan a nadie le interesan a Dios; los que sobran en imperios construidos por los hombres tienen un lugar privilegiado en su corazón, los que no tienen patrón que los defienda tiene a Dios como Padre y protector. El mensaje de Cristo es básico: nuestra propia fe debe tener como meta fundamental la dignidad de los desgraciados y rechazados, debe buscar la construcción de una realidad donde se resalte la dignidad de los desgraciados y rechazados, de los últimos de la sociedad: sean migrantes centroamericanos en una frontera, africanos en un bote a punto de hundirse, sean migrantes de las provincias peruanas hacinados arriba de un invernal cerro desértico de Lima. Dicho de otra forma, nuestro cristianismo debe ser aquel que nos mueva a la compasión. El camino hacia Dios ya no necesariamente pasa por la religión, el culto, la liturgia sino que pasa por la fe al lado de los marginados, hacia los débiles. Es esta una revolución religiosa, un acceso a Dios fuera de las puertas sagradas. Es la ruptura del velo el templo que separaba el lugar santo del lugar santísimo. La primera reacción debe ser la compasión a todos, incluyendo a los impuros, los sin honor, los excluidos del templo. 

Es, por lo tanto, el amor compasivo lo que rodea el trasfondo de la vida de Jesús. Sobre la compasión se mueven todos sus actos.  

Más allá del discurso: Jesús y la viuda, la compasión puesta en práctica 

Repasemos la escena de Naín: Una viuda desamparada, devastada ante la muerte de su único hijo. No solo la consume la tristeza sino también la incertidumbre: muy probablemente quede sometida a la mendicidad o a la dependencia de familiares o vecinos. Condenada a ser una excluida. Una carga. 

En la Palestina del primer siglo era común que los entierros se hicieran el mismo día de la muerte. Por lo tanto, todo acababa de suceder, el dolor estaba a flor de piel cuando Jesús ve el cortejo. Gemidos, lágrimas ante la muerte de alguien jóven. Se conmueve ante el dolor. Seguro pregunta qué está sucediendo y rápidamente se da cuenta de la realidad. ¿Qué pasará con esta mujer? En contraste con el pasaje anterior de la sanación del siervo del centurión, esta vez nadie le pide a Jesús hacer el milagro. No le ruegan, no testea la fe de las personas, no lo tocan sin que se dé cuenta. El móvil es otro. Ahora la compasión pura es su iniciativa. 

El espectacular milagro le devuelve la vida al joven pero también a la mujer: es su resurrección social: ¡el futuro se hace mejor! Por supuesto, el pueblo se alborota y hay una sorpresa generalizada ante la primera resurrección de Jesús (el relato de la hija de Jairo el de Lázaro sucedieron después). No en vano dicen: “ha venido un gran profeta… Dios ha venido en ayuda de su pueblo”. Es inevitable la referencia a Elías (con la resurrección del hijo de la viuda de Sarepta) y Eliseo (la resurrección del hijo de la sumanita). ¡Compasión pura la de Jesús! 

Jesús es el Señor de la vida, atento y sensible a las condiciones de vida de seres frágiles como la viuda. Él les dice, siempre, que ellos no están solos, que Dios es capaz de derrotar a la muerte y la miseria, que les puede dar consuelo y esperanza a pesar de los opresores, cuidando con cariño a los vulnerables. Hoy, sus herramientas son distintas. La manera en la que Dios hoy de los vulnerables es a través de nosotros. Somos los socios de Dios, somos las manos de Dios a través de las cuales obra. Es su forma de accionar. Resucita a través de nosotros, abre los mares con nuestras manos. Por lo tanto, debemos dejar que Dios haga a través de nosotros, siendo en extremo sensibles a las necesidades que nos rodean e identificando a las viudas de nuestro tiempo. Están por todos lados. 

Referencias 

(1) Para más detalles, revisar Saulnier, Christiane y Rolland, Bernard. Palestina en tiempos de Jesús. 2da Edición. Navarra: Editorial Verbo Divino. 1981

viernes, 3 de agosto de 2018

Misericordia quiere y no sacrificios

Las últimas semanas han estado particularmente convulsionadas por múltiples frentes. Mientras el mundial ya terminaba con el Perú eliminado en primera ronda aunque ganando su partido de cierre, salió la noticia de la separación de padres e hijos en la frontera de México con Estados Unidos, cosa terrible que refleja los múltiples problemas que ha tenido la política migratoria del país norteamericano en las últimas décadas, que van más allá del contraste entre las medidas de Trump y Obama. Pero también ha estado en boca de muchos la discusión sobre el aborto que desde Argentina ha trascendido a los demás países. La cosa ya está a nivel del Senado con tensión in crescendo. Como siempre, la polarización ha estado en niveles máximos, y la discusión virtual ha estado intensa. Que tóxico se pone el Twitter con frecuencia. Los evangélicos, por supuesto, hemos salido en bloque con una defensa cerrada de la vida, con múltiples armas. 

Mi aproximación a este tipo de temas es burda y tal vez primariosa: primero, ir a las palabras del Maestro cuando le decía al pueblo indignado por la transgresión cometida por la adúltera que le tire la primera piedra aquel que no tiene pecado (Jn. 8:7). Esto es, eliminar nuestro complejo de justicieros; segundo, también ir a las palabras del Señor cuando decía que él prefiere la misericordia y no los sacrificios de los ceremoniales judíos (Mt. 9:13). Esto es, debemos fulminar nuestra religiosidad y el privilegio de la visión legalista, para ser reemplazada por la mirada amorosa, tan bien reflejada en Jn. 13:35, cuando el Señor dijo que se sabrá quienes son sus seguidores solo observando si se aman los unos a los otros. La dualidad de la que escribí más arriba es un eje de ortopraxis para mí, que choca frontalmente con nuestra predilección por juzgar a otros y esa tendencia casi natural a la religiosidad.

Mi mirada de misericordia me lleva a recordar a las tres mujeres que conozco que se sometieron a un aborto. Especialmente para dos de ellas, las secuelas fueron devastadoras, con años de sufrimientos mientras traían siempre al presente el caos de la decisión tomada. Un volcán de dolor. Pero ante eso hoy muchos hablan del aborto como si fuera un corte de uñas, una depilación, banalizándolo por completo, olvidando que es una cosa terrible, atroz. ¿Quién, pues, puede estar a favor del aborto? Vamos, nadie lo está, no se necesitan fotos para graficarlo mientras se busca generar repugnancia. Sin embargo, muchas veces las mujeres son puestas contra las cuerdas, por un novio que las abandona, una familia que amenaza con dejarlas desamparadas, un Estado que no ayuda en nada o una vida al límite, sin opciones, y ante ello ponen su vida en riesgo. ¿Imaginan por un momento la disyuntiva que obliga a tantas a tomar esa decisión extrema? Miles de cristianos pensamos que esa fue una decisión fácil y nuestras voces no tiene la más mínima misericordia ni compasión, sino el juicio intenso, hablando de que defienden al más débil, al sin voz, mientras lanzamos las piedras. ¿Es ese, de verdad, el móvil que nos mueve a oponernos? 

Ya lo he dicho antes: nuestros temas de interés público pasan todos por el sexo: nuestra oposición a la homosexualidad, la lucha contra el aborto, la tremenda ideología de género (que es lo peor porque, aunque no se entiendan las definiciones básicas de la teoría de género, es muy mala porque visibiliza a los homosexuales y otros pervertidos y sugiere que se brinde educación sexual en los colegios como una de las muchas herramientas que podemos utilizar para disminuir las asimetrías entre los géneros). De la cama parece que no salimos. Es nuestra obsesión. Y aunque no lo decimos de manera expresa, nuestro deseo es el que nuestra ética sexual sea la que todos tengan que vivir. Relaciones sexuales solo para el matrimonio. Aborto criminalizado a la par del asesinato. Homosexuales de regreso al closet y criminalizados también de ser posible porque son abominación ante Dios. Autarquía y soberanía para el Perú, porque hay organismos como la ONU u otros internacionales que quieren destruir la familia y homosexualizar el mundo. Es volver al siglo XV. Quizá por eso clamamos por las tradiciones, curiosamente usando argumentos que los católicos han tenido por décadas, cuando nuestro mensaje siempre recorría otros caminos.

sábado, 18 de febrero de 2017

La voz de los invisibles

Jesús paró un día en un pueblo llamado Sicar, en territorio no amigo. Era mediodía, y sus discípulos se habían ido a buscar provisiones. Él, en un pozo, esperaba y al rato una mujer se acerca a buscar agua. De manera sorprendente, le dirige la palabra y tiene un largo diálogo con ella, cosa tan rara que se dice que los discípulos "se maravillaron de que hablaba con UNA mujer" (Jn. 4:27, RV60). Ella tiene todo en contra: mujer, samaritana, sin marido, apartada -buscaba agua sola, a la mitad del día- pero a ella le dice con una claridad pasmosa: "Yo soy [el Mesías], el que habla contigo" (Jn. 4:27, RV60). Se acerca a ella, la escucha, y a una invisible revela lo más maravilloso de su mensaje, la naturaleza de su ministerio.

Tiempo después, Jesús entra en su centro de operaciones de su ministerio galileo: Capernaum. Cerca de allí vivía un centurión romano, extranjero, del imperio opresor. Es cierto que era converso y piadoso con los judíos, pero eso no implicaba que su posición particular en el ejército fuera ignorada por los demás. Por eso los ancianos judíos enviados tratan de persuadir a Jesús al comienzo diciendo que "ama a la nación y edificó una sinagoga para nosotros" (Lc. 7:5). Extranjero, finalmente, no tenía voz por sí mismo. Jesús va, y ocurre un evento de fe maravilloso, tanto que exclama que ni siquiera entre los hijos de Israel había encontrado tanta fe (Lc. 7:9). Un extranjero, fuera del perímetro del pueblo de Dios, recibe la atención de Jesús y una sanidad excepcional.

Pero no fue la única historia con un extranjero. Hay una más, igual de impactante. Jesús estaba por Tiro y Sidón, tierras norteñas fuera de Palestina. Se le acerca una cananea, extranjera, mujer, invisible. Ella lo sigue, grita, ruega por la sanación de su hija. Debió ser un escándalo tremendo ya que los discípulos llegaron a pedirle a Jesús que, por favor, le conceda el milagro, "que viene gritando detrás de nosotros" (Mt. 15:23 BJ). Esta mujer no era conversa -en contraste con el centurión-, era pagana, por eso el uso del término "perrillos" del v.26 (los judíos llamaban perros a los paganos y Jesús lo usa en esta ocasión), pero luego, de nuevo lo sorprendente: las muros existen, pero pueden ser franqueados, así seas extranjera, adoradora de otros dioses, mujer, escandalosa. El milagro le fue dado.

Quizá el desprecio que sentían los judíos por los extranjeros se intensificaba cuando alguien del propio pueblo decidía servir al imperio romano. Los publicanos eran lo más selecto en esta categoría del menosprecio. Jesús había sido provocador al elegir a un ex-publicano como Mateo en su grupo íntimo de doce discípulos, pero eso no era todo. Ya casi al final de su ministerio, Jesús hace su viaje ulterior a Judea y va a Jericó. Allí, las multitudes usuales, que clamaban por su cercanía. Entre ellos, Zaqueo, jefe de los publicanos, la concentración del vilipendio. A ese rico, pero marginal, Jesús le dice: "... conviene que hoy me quede yo en tu casa" (Lc. 19:5 BJ). Por supuesto, de inmediato llegaron los murmullos y la desaprobación general (Lc. 19:7) pero de inmediato las palabras del Maestro fueron categóricas: Él ha venido a salvar lo que está perdido (Lc. 19:10). Lo perdido, a veces, está en esa condición por la propia presión de los salvos, del pueblo de Dios. Sí, para ellos también es la salvación. Dios también puede quedarse en la casa de esos que están en los márgenes.

Habían otros invisibles. Están, por ejemplo, los niños, que al ser traídos ante Jesús son tratados al margen y los trataron de poner a un lado los discípulos. Seguro había gente más importante a la cual atender. Pero Jesús no entiende eso, Él dice: "dejen a los niños que vengan a mí, porque de los que son como niños es el reino de Dios". Aplastante esta sentencia. También está la mujer con el flujo de sangre por doce años, por lo tanto, ceremonialmente impura (Lv. 15:25) y con una poderosa imagen de pecado (Ez. 36:17). Tan sólo el tacto hacía impuros a los demás, y a pesar de eso, y seguramente muy cubierta, se mete en la multitud para buscar el milagro. Toca a Jesús esta pecadora, esta apartada, esta invisible, y lo hace impuro. Por eso su temor y temblor (Lc. 8:47) al declarar lo que había hecho. Estaba en falta evidente, pero Jesús le dice: "tu fe te ha salvado, ve en paz". La fe y la misericordia por encima de nuestras barreras.

O la historia de la sanación del leproso (Mt. 8:1-4), tras el sermón del monte, cuando a pesar de que sería impuro, él toca al leproso que estaba de rodillas ante él, y lo sana. Un leproso era un apartado, un paria, un muerto viviente (Num. 12:12), su condición está vinculada a una condición pecaminosa que resaltaba con la pureza que tenía que tener el pueblo, tenía que vivir fuera de los pueblos y sin contacto con el resto de la gente. Las reglas con ellos eran estrictas (ver Levítico 13) pero Jesús lo toca. Lo dignifica, lo regresa a la comunidad, lo vuelve visible.

¿Qué nos queda entonces? ¿Qué hacemos? Siempre pienso que debemos recurrir a ese caso de misericordia máxima: el pasaje agregado juanino de Jesús y la mujer adúltera. Allí, Él, único con el derecho de apedrearla, queda solo ante ella, y en lugar de ejecutar el juicio da su sentencia: "yo tampoco te condeno. Ve y no peques más" (Juan 8:11).

Jesús les dio voz a los invisibles. Les dio su escucha, su revelación, sus milagros. Al pagano, al extranjero, a la mujer, a los niños. Sin embargo, hoy tenemos piedras en nuestras manos listos para apedrear al invisible de nuestros tiempos, al que consideramos como pecador, como indigno de nuestra aparente santidad. Nos creemos con derecho de ello, nos arrogamos la potestad de ser los poseedores del llamado divino, arriando banderas aparentemente justas pero lastimosamente nuestro móvil está lejos del amor cristiano, olvidando de algo que Jesús repitió varias veces: misericordia quiero, no sacrificios (Mt. 9:13, Mt. 12;7, ambos inspirados en Os. 6:6). Que la misericordia ante todos sea lo que mande nuestro andar por la tierra, antes que el juicio, acogiendo siempre a los invisibles del mundo.


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-RV60: Reina Valera 1960
-BJ: Biblia de Jerusalén
-Fuente de imagen: http://bibliadenavarra.blogspot.pe/2011/03/jesus-habla-con-la-samaritana-jn-45-42.html

sábado, 7 de marzo de 2009

El gran varón



Dícese que la misión inversa es cuando aquel que es nuestro objeto de misión o parte del pueblo a alcanzar, nos enseña verdades profundas de la naturaleza de nuestro Dios o la vida cristiana.

En especial nos referimos cuando no cristianos nos sacan del cuadro y nos dejan en ridículo enseñándonos realidades que no pudimos encontrar en los templos.

Willie Colón es un maestro de la salsa, un sonero de altísima calidad. "El gran varón" es una de sus mejores canciones, un ícono de esta música tan popular en muchos lugares de Latinoamérica, un fruto del Caribe que identifica a tantísimos. Si no la han escuchado, se las recomiendo altamente. En ella, hay un mensaje que siempre retumba a mis oídos:

"Hay que tener compasión
basta ya de moralejas.
El que esté libre de pecado
que tire la primera piedra"


Porque a veces, somos demasiado duros. Muchas veces, tomamos atribuciones que sólo son de Dios. Categorizamos a todos: nosotros, blancos y puros; el resto que no es como yo, negros y mugrosos, merecedores de ser exterminados al filo de la espada de la fe.

Hemos olvidado que nosotros como seres humanos, como bien dice mi esposa, sólo nos toca la compasión, y nada más que eso.