Una vez fui parte del rebaño, caminaba con todas las demás ovejas, pero lentamente, casi sin darme cuenta, pastando por aquí y por acá, acabé lejos, en la oscuridad. Un shock de la vida, el cansancio extremo, el silencio que no pide ayuda porque “no pasa nada”, y ya estás extraviado. Quizá lo peor del asunto es que no lo percibes, crees que todo está bien, que todos los aspectos de la vida están bien, pero no eres consciente del enorme grado de vulnerabilidad en el que estás, no te das cuenta de que estás al lado del precipicio, o a veces sí lo sabes y lo que quieres es lanzarte, destruyendo todas las bendiciones recibidas en el rebaño, todo el cuidado maravilloso del pastor, porque crees no merecerlo, que es algo demasiado bueno para ti.
Te pierdes, sí. Quizá algunos creen que la oveja perdida debe “aprender su lección”, que debe andar un tiempo en la obscuridad para que, de alguna forma, encuentre el camino de regreso por sus propios medios. Te dejan solo en la noche. Pero el pastor no es así, sabe que una oveja perdida está desorientada y el vulnerable. Él ama a las ovejas, a cada una con su nombre propio, y por eso dejará la comodidad y seguridad de la comunidad de pastores y de los buenos pastos y se irá hacia el lugar del extravío. La iniciativa de la restauración viene de él.
Las otras 99 están seguras. Aparentemente puede parecer un riesgo enorme exponer a las 99 con el fin de salvar a una, pero la economía de Dios es escandalosamente diferente. Yo no soy un porcentaje de pérdida aceptable (1%), soy alguien que ama con un amor tan intenso que irá a los lugares más oscuros a rescatarne. El “riesgo” del pastor es, de cierta forma, una señal del amor de Jesús expresado en la cruz, muriendo por esa oveja perdida.
Que increíble que es el versículo 5. “Y cuando la encuentra, la pone en sus hombros, gozoso”. Yo me fui, anduve por senderos peligrosos, lo destruí todo, humillé a los que me amaban de verdad. Quizá lo lógico es que me aplicaran la ley, que me castigaran, que me encuentren y me traigan de regreso, con latigazos por la angustia provocada al pastor. Sin embargo, yo humillé pero Dios no hace lo mismo por mi fracaso. Dios me encuentra en mi extravío y asume el peso y el cansancio del regreso. Me carga hacia el lugar donde están las demás, feliz. Me rescata por pura gracia, jubiloso de que haya regresado a casa, sin quejas por el tiempo perdido ni exigiendo disculpas. ¡Convoca a una fiesta! Es tan radical ese amor que interrumpe las actividades para celebrar que uno de los suyos, que pastaba con las otras 99 pero que había perdido el rumbo, está a salvo de nuevo. No hay reproche alguno, solo el gozo del retorno, de la reconciliación. Todo es gracia pura.
Nunca fui un caso perdido. El pastor me encontró magullado, malherido en una fosa debido a mis propios actos. ¡Pero no me olvidó! Es triste haberme caído, sí, y que ganas de que las cosas hubieran sido distintas, pero a pesar de todo Dios no estuvo a lo lejos esperando que fracasara, sino que siempre estuvo pendiente de mí y ahora me buscó y me encontró, herido sí, y me trajo de regreso a casa y me tiene entre algodones, curándome y tranformándome, todo por amor, un amor que muchas veces no entiendo y que me quiebra, pero allí está, incondicional e inconmesurable.
Que esa gracia redentora que me dio el pastor me dé las fuerzas para levantarme, luchar por la restauración del alma y de la vida, y así pueda volver a mostrar amor a través de la sensibilidad y el servicio humilde a quienes lastimé. Que el perdón divino sea el motor para la reparación humana.









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