jueves, 7 de mayo de 2026

La fe en la vorágine

A veces no lo creo: este blog ya tiene más de veinte años, aunque en los últimos tiempos los espacios de escritura han sido en extremo distanciados. Mucha agua ha pasado bajo el puente, y una de las cosas que he aprendido -y que son evidentes en varios de los textos del blog- es que la teología no es una disciplina de respuestas estáticas, sino que más bien es algo que muta, evoluciona dinámicamente según el andar de nuestra vida y nuestro corazón. Las preguntas que aparecen van siendo distintas y a veces se van haciendo más difíciles, pero con suerte nuestra habilidad para contestarlas también va creciendo. O simplemente no queda más que resignarnos a no conocer la respuesta.

Algo que llama mi atención desde hace tiempo es sentir y pensar a nuestra vida desde la turbulencia. En mi día a día me muevo en el mundo de los riesgos financieros. Allí, las colas negativas de las distribuciones son casi obsesión, esto es, los momentos en los que hay colapso y las estructuras financieras y económicas se ponen a prueba. En la vida creo que pasa algo parecido: también hay colas negativas que traen vientos huracanados, y nuestras estructuras se ponen también a prueba, incluyendo nuestra visión de Dios y nuestra espiritualidad. ¿Cómo pensamos? ¿Cómo nuestra fe se tensa? ¿Cómo sentimos a Dios? ¿Cómo recibe nuestras lágrimas? ¿Sentimos que nos escucha? ¿Pensamos en que podemos perder la fe? ¿La perdemos? ¿La recuperamos?


La fe más allá del refugio

A menudo nuestras estructuras de fe son construidas para la “normalidad”, para cuando todo está bien o movimientos “esperados” o “usuales” (como suelen ser los modelos de riesgos): una fe para el templo, para la calma o la paz emocional. Una fe para el refugio, para el cobijo dentro de las murallas de la seguridad. Las religiones suelen ser así. Sin embargo, una fe diseñada para vivir en el refugio no nos sirve de mucho, es en realidad una fe frágil, de la que no quiero.


Yo creo que la espiritualidad de verdad se gestiona afuera, en la lluvia, en la intemperie, no dentro de las murallas. En lo común del día a día, en el cuidado del espacio en donde vivimos, donde gestionamos la convivencia con nuestros vecinos, en el manejo del auto, en la mirada frente a la computadora laboral, en el abrazo a los hijos, en la mirada de amor hacia la esposa. La fe no es un discurso, es más bien una especie de ética operativa, del día a día, un BAU (business as usual) que se debe cumplir escrupulosamente. Es lo cotidiano convirtiéndose en liturgia. La vivencia de lo divino se traduce aquí como integridad pero especialmente como servicio a los demás. Puedo pensar también en el papel de la fe en el pensamiento (aquí me sale mi función de profesor universitario), donde la fe debe ser creer sin renunciar a la razón, donde ésta se convierte en una especie de sistema de protección contra la mentira y el pensamiento simplista que tanto abunda hoy, una manera de discernir la verdad entre la marea del ruido. Una fe contra las fake news y la desinformación malintencionada.


Fe y vulnerabilidad

Pero estar afuera tiene sus riesgos también. Uno grande, creo yo, es el peligro a encerrarnos dentro de fundamentalismos y teorías de la sospecha (tan abundantes ahora en las redes), que nos ofrecen una seguridad falsa que roba el amor, y su humanidad. Es demasiado triste ver esto en el día a día.


Pero otro riesgo es la incertidumbre, donde cada vez tenemos menos seguridades y menos certezas, donde la verdad parece ser atacada por todos los frentes. Ante la incertidumbre, madre de los riesgos financieros y de todo tipo de riesgo, lo que debe hacer la fe es asumirla y aceptar nuestra propia vulnerabilidad ante lo que nos rodea. La fe no tiene que ser absolutista, y no debe tener miedo a ser retada y cuestionada, sino que tiene que entender que su valor real no está en cuanto sabe, sino en cuánto es capaz de estar a nuestro lado en los momentos de mayor turbulencia. Es aquí, en el centro de la vorágine, del caos y la nausea, cuando Dios aparece, nos acoge, y nos pide confiar de manera absoluta, dicíendonos que él resucitó a la hija de Jairo, a Lázaro, que caminó sobre el lago y abrió el mar, que creó el mundo, y que no dejará de estar a nuestro lado, aunque la incertidumbre nos ahogue y las circunstancias parezcan ir en nuestra contra.


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