lunes, 29 de junio de 2026

¿Cómo ama Dios?

Cuando pasas un tiempo lejos de la presencia de Dios y regresas, una de las primeras preguntas que golpea es cómo Él nos ama. No quiero pensar esto como algo abstracto, o como definición teológica, sino como realidad que toca nuestra vida, nos quita el sueño, ronda las madrugadas, y sostiene a los corazones cansados y rotos.

Juan nos quita todo mérito cuando dice que “En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó a nosotros" (1 Juan 4:10). Es un amor que no nace de lo que nosotros somos sino de lo que Él es. Iniciativa pura de Dios, y cosa maravillosa: antes de que pueda darle algo, él ya me había amado. No llego a Dios para ganar su amor, sino que llego y descubro que ya lo tengo.

Jeremías también nos dice algo que me hicieron recordar hace poco, y lo sentí como la mano que me rescataba de la arena movediza: "Con amor eterno te he amado; por tanto, te prolongué mi misericordia" (Jeremías 31:3). Misericordia es esa palabra tan difícil de traducir que es Hesed; misericordia, fidelidad entrañable, el amor que no se rinde aunque el otro falle, el amor que persiste aunque la relación está dañada, el amor que espera la restauración. Dice que es amor eterno, que está siempre presente, que nos toca en cualquier momento de nuestra historia. Dios me ama tal cual soy.

También Dios nos ama como padre o madre, "Como el padre se compadece de los hijos, se compadece Jehová de los que le temen" (Salmo 103:13). Compasión viene de una palabra hebrea cuya raíz es vientre materno; la compasión de Dios viene, entonces, de las entrañas, de lo más profundo, de donde se hace la vida. Dios no es un ente frío, o una fuerza que vaga por el universo. Es un padre y una madre, que se conmueve por nosotros, sus hijos.

Llega a mi mente ese pasaje paulino tan conocido: "Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros" (Romanos 5:8). Murió, sí, y no espero a que estuviéramos bien, o espero a que mejoráramos, a que seamos santos. No importa eso, Dios nos ha amado rotos, perdidos, en su contra, indiferentes con Él. ¡Pecadores, a fin de cuentas! Esto puede significar algo práctico: no tienes que estar bien para ser amado. Puedes estar hecho pedazos y ser amado con la misma intensidad que en tus mejores momentos. Aleluya por eso.

Pablo también dice algo sumamente audaz: "Ni lo presente, ni lo por venir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro" (Romanos 8:38-39). Miren esa lista, no hay circunstancia o evento que queden fuera. No hay momento oscuro, o fracaso, o daño causado, o dolor en el alma, o madrugada tan larga que pueda poner distancia entre tú y este amor tan grande que Dios nos da.

Y es incondicional. A veces, la única forma de entender esto es amar a alguien sin ser correspondido. Recibes desplantes, el peso absoluto del silencio, a veces palabras hirientes, pero igual amas, porque el amor no depende de ser correspondido, de la cercanía o el alejamiento del otro, sino que espera sin secuestrar la libertad del otro. Dios ama y espera a quien no lo desea, a quien quiere irse, con intensidad y ternura. Es un amor que ama aunque no reciba. A veces Dios hace crecer en nosotros esa clase de amor para rehacer nuestro corazón a su imagen, para entender en lo más profundo cómo ama Dios. Me conmueve mucho esto porque por mucho tiempo ignoré sus susurros llenos de afecto. No escuchaba su voz, le hacía desplantes, me alejaba, mostraba con hechos que no lo amaba. Pero él nunca se fue, estuvo a mi lado cada día, como el padre en el camino que espera a su hijo, sabiendo que un día regresaría al redil. Nuestro ego ama necesitando ser validado, visto, elegido, necesitando calmar su hambre, pero el amor de Dios es distinto: ofrece un amor que ama aunque no reciba.

Dios no nos ama solo cuando estamos bien. Nos ama en la lágrima, en la espera, en el quebranto, en el silencio de las madrugadas mientras la familia duerme. Este es su amor. Y sobre ese cimiento vale la pena construir nuestra vida.


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