domingo, 19 de noviembre de 2006

Conversando sobre la masividad

El banco en donde trabajo me ha mandado a una capacitación a Bilbao y a Madrid, en España. Por ello he dejado un poco abandonado el blog, aunque mi amigo Alexander Rodriguez me permitió conversar con él en su blog Santa Suburbia sobre un tema que había escrito previamente meses atrás. El enlace es el siguiente:

La masividad como meta y misión

Espero que escuchen el dialogo y lo enriquezcan con sus valiosos comentarios.

Saludos a todos desde Bilbao.

lunes, 30 de octubre de 2006

Conversación sobre la misión de Dios

Hola a todos.

Hace unas semanas conversamos con unos amigos sobre la misión para un programa de TV de uno de los canales evangélicos de Lima (en UHF). Parte de las conclusiones están en los dos videos adjuntos que, espero, contribuyan a la discusión sobre el tema.

Video 1



Video 2




De izquierda a derecha: Daniel Villón, Franccesca Bocchio, Abel García y Marcos Paredes.

Saludos a todos.

viernes, 20 de octubre de 2006

Hermano, nos vemos luego


Como dijo el Señor en la cruz casi al final de su agonía, "Todo está cumplido" (Jn. 19:30, Biblia de Jerusalén). Mi hermano Gabriel finalmente, luego de once meses de lucha contra la leucemía, pasó a la presencia del Señor.

Era el tiempo. Ya sufría demasiado.

Fue un tiempo difícil. Cuando le detectaron la enfermedad, en la mañana del 2 de Noviembre del 2005, y en las semanas posteriores, tuve la crisis de fe más grande de toda mi vida, al punto de estar cerca de dejar el cristianismo, de descartar a Dios, de preferir ese infierno futuro de fuego y oscuridad a la barata promesa de una nube y un arpa en el cielo, todo para poder estar lejos de la presencia divina que colocaba a mi familia una carga demasiado pesada. No lo podía soportar. Decía: "Dios, ¡Te equivocaste de persona! ¡Era yo, era yo a quien debías tocar! ¿Por qué todo esto?" Sin embargo, las cosas fueron cambiando poco a poco.

En Agosto viajé junto a mi esposa Dorcas y mis amigos Miguel Paredes y Francisco Meza a Cusco, Puno y Arequipa. En Puno, (3,800 metros sobre el nivel del mar) a las 11 de la noche y con un frío que debía estar cerca a los cero grados, estuve con Miguel en una mesa del comedor del hostal en donde nos hospedamos, conversando de muchas cosas -el proyecto misiológico en el que estamos embarcados hoy, su partida al MIT, la vueltita al lago que dimos en la tarde-. Entre ellas, el asunto de mi hermano, recién desahuciado por los médicos. ¿Podemos encontrarle un sentido a esta situación? ¿Una pizca de justicia? ¿Sucederá el milagro?

Intentaba pensar en ese momento, mientras tomaba el café casi helado. Recordé al Señor Jesucristo, muriendo joven. Y estaba a punto de llorar, tratando de hallar una salida, un bálsamo, algo que me calme en ese momento. Seguía pensando en Jesucristo y su obra, en su muerte, en su redentora muerte, como si tuviera la impresión, la sospecha que allí puedo encontrar algo de paz. Recuerdo decirle algo a Miguel sin aparentemente pensarlo demasiado:

"Hay personas que, aunque no lo entienda, tienen el sentido de su vida en su muerte"

En su muerte porque este evento, dolorosísimo, es el que debe ser el inicio, el movil, el detonante de una transformación de los que quedan en la tierra, de tal trascendencia que el efecto multiplicador que provoca la partida de la persona a quien amamos tiene años de duración. Cristo tuvo eso, aunque como era Dios, el valor de su muerte tiene consecuencias permanentes, infinitas. Nosotros, simples humanos, podemos tener el mismo sentido pero a una escala infinitesimal.

En este caso, mi hermano debía morir para que personas como yo, que aún caminamos en este planeta, despertemos a la realidad de la vida y hagamos lo que tenemos que realizar con pasión y sin miedos. Por ello, tras enterrar a mi hermano, siento que lo mejor que puedo hacer para recordarlo es tomar todo lo que Dios quiere mostrarme y corregir mi vida, enderezando la senda en pos de una existencia más santa y ceñida a la misión de Dios en la tierra. Borrar taras, pedir perdon y inspirarme en la valentía de mi hermano, su fortaleza al enfrentar la adversidad, el dolor y el destino final que sabía estaba por llegar. Porque mientras yo me hundía en el desaliento, él flotaba en la certeza del poder de Dios.

Al ver eso, salí del hoyo y volví a creer con más fuerza que antes.

Gabriel, clamo como David: "¡Jonatán! Por tu muerte estoy herido, hermano mío, Jonatán" (2 Sam. 1:25b Biblia de Jerusalén). ¿Sabes algo? Es un vacío muy grande el que tengo ahora. Quizá por esas estúpidas razones que el latinoamericanismo tiene, no fue demasiado afectivo ni te dije todo lo que hubiera sido necesario, pero quiero que sepas -se que no leerás esto, pero igual deseo escribirlo- que te quiero muchísimo y que tengo que darte gracias por todo, por tu vida, por nuestros juegos de infancia en la tierra de detrás de la casa, por ser mi testigo de boda, por mostrarme a través de esos increíbles amigos tuyos de tu universidad el valor de la solidaridad y el compañerismo sin condiciones (no olvidaré jamás el bus de San Marcos en la puerta de mi casa y el detalle hecho en tu honor de la bandera a media asta en el frontis de la facultad de Medicina Veterinaria), por ser mi hermano, por ser un importantísimo elemento de la obra de Dios en mi vida que ha hecho que sea un cristiano distinto el día de hoy.

Ya nos veremos después, allá arriba. No te olvides de guardarme un buen sitio. Hasta luego, castor.

lunes, 9 de octubre de 2006

Jesús haciendo misión: su dialogo con la samaritana (Jn. 4:1-42)

Una revisión detallada de las páginas del Evangelio de Juan es muy útil para aprender no sólo los fundamentos de la fe, sino también el método de Jesús en su aplicación de la misión, donde tras explorar la Palabra de Dios podemos llevarnos algunas sorpresas que nos alejarán de algunas corrientes tradicionales. Dentro de todo el evangelio, uno de los primeros lugares en importancia para explorar es la narración del encuentro con la mujer samaritana. Decisivamente fundamental.

Una visión personal y no masiva

Para entenderlo con mayor claridad, debemos recordar que los judíos detestaban a los samaritanos, no aceptaban que descendían de los patriarcas, y cuestionaban severamente la validez de su culto. Es evidente que estaban al margen de su sistema religioso y restringieron el trato con ellos, tratándolos en la práctica como gentiles. Por ello, llama la atención el hecho que a pesar de no tener la necesidad de pasar por ese territorio (el camino entre Galilea y Judea pasaba por el gran rodeo a través de Perea, y lo hacían todos los judíos o galileos) Jesús toma el atajo caminando por la región de los samaritanos.

Lo primero que Jesús nos enseña mediante la praxis es su trato de igualdad hacia las personas, superando el conflicto que existe entre judíos y samaritanos al ver a la mujer como un ser humano necesitado de una relación con Dios. Se distancia kilométricamente del juicio judío tradicional sobre los samaritanos con una prédica que anuncia las puertas abiertas para todos (Lc. 9:55s, 17:16, 10:30ss, 17:11) aunque en otras ocasiones aceptó la exclusión de ellos de la comunidad (Mt. 10:5-6; Lc. 17:18).

Jesús esta solo con la mujer (v. 6-8), y qué importante es que lo esté. ¿Por qué? Implícitamente nos están diciendo que para Jesús la misión no se trata de un comportamiento colectivo-masivo sino de un procedimiento íntimo y cercano. La persona vista como ser humano y social, creado en relación con Dios y como el centro de atención a la cual Él se aproxima con una ética adecuada que muestra la mirada hacia el interior, al corazón de la gente. El corazón es el punto de llegada en el encuentro de Jesús con la mujer samaritana.

“Dame de beber”

Dije antes que el centro de atención es la persona misma, en este caso particular, Cristo y la mujer, como personas individuales. Jesús, sabiendo perfectamente donde estaba y con quien estaba tratando, escoge la necesidad de la mujer para entrar al dialogo. Él va directamente al grano con su mensaje, pero en una manera figurativa ya que la metáfora del agua como una necesidad para la gente se entiende en todo contexto (v. 10). Algo demasiado importante es la petición por algo de beber manifiesta la igualdad porque implica la disposición de Jesús de recibir del “otro lado”, de una mujer samaritana, de alguien odiado, marginado, pecador (v. 7). ¿Qué tan dispuestos estamos nosotros a recibir de ese otro lado? Cuando predicamos, ¿recibimos de ese “otro lado”, de los sujetos de la predicación, o nuestra santidad no nos deja? ¿Acogemos de aquel católico que nos escucha en un retiro? ¿De aquel ateo que piensa que estamos locos? ¿De nuestro amigo agnóstico que nos bombardea a preguntas en una célula?

La Identidad de Jesús

La mujer identifica a Jesús como un profeta (v. 19), por supuesto, dentro de su perspectiva samaritana - la doctrina religiosa de los samaritanos consideraba su propio centro del culto, en el monte Guerizim, totalmente independiente del lugar cultual en Jerusalén y esperaba un profeta en vez de un Mesías salvador de la nación-. Aunque es claro el hecho que ella interprete su realidad desde su etnocentrismo y subjetivismo, lo trascendente es la reacción creativa y renovadora de Jesús ante la lectura de la mujer. Él comprende su perspectiva y a pesar que ella estaba en un error a la hora de identificar a Cristo no como Mesías sino como profeta (pues era una samaritana), Él no rechaza al instante sus palabras sino busca, por su visión escatológica (“llegará el momento en que ni en este monte ni en Jerusalén adoraremos” -v. 22- ), el punto del encuentro entre ella (los samaritanos) y Él (los judíos) para una nueva unión en el futuro. Este punto común: la adoración, permite inclusión en vez de exclusión. Que diferencia a nosotros, que nos creemos dueños de la verdad y al anunciar la fe exclamamos los defectos del otro calificando, por ejemplo, su estilo de vida como pecaminoso, generando abismos y no aproximaciones constructivas.

En otras palabras, Jesús, creativa y novedosamente, va hacia un universalismo que respeta las identidades religioso-culturales enseñándonos una nueva identidad misionera en unidad (Ef. 4:4-6).

“La hora viene cuando ni en este monte ni en Jerusalén adorareis al Padre”

La mujer observa la diferencia de la adoración entre su tradición y la judía. Ante esto sucede algo sorprendente: Jesús silenciosamente le expresa su autocrítica hacia el culto judío, hacia el templo de Jerusalén y sus implicaciones, en cierta forma, hacia Él mismo (no en su persona como hombre perfecto y Dios, sino en su parte cultural judía que nunca dejó de lado –ver Mt. 15:21-28; 17:24-27– como hombre que seguía los preceptos religiosos; en otras palabras, la autocrítica es a esa humanidad que adquirió por ser un ser social) porque eran las cosas que le pertenecían. No corrige el culto de la mujer sino se une a su crítica enfatizando lo común: Ambos adoran a Dios y piensan que esta en un solo lugar presente. De esta manera se abren las puertas –buscando el encuentro, corrigiendo lo diferente– que superan las barreras existentes.

Jesús no se limitó a esta sola ocasión, porque las críticas a la parafernalia judía provocaron serias fricciones con los sacerdotes y escribas que lo llevaron finalmente a la muerte. De la misma manera el día de hoy muchos cristianos no queremos escuchar que nuestra praxis cultual, que nuestro modo de hacer iglesia, que nuestros modelos o costumbres no son la verdad absoluta, sino que juzgamos severamente a quien pretende “cuestionar” las formas establecidas. Decir que la iglesia se está equivocando en el camino o que está errando en el énfasis u olvidando parte su misión es un “pecado” muy serio, porque, indirectamente se piensa: ¿Estas acaso criticando a aquel llamado por Dios? ¿Quién eres tú para hacerlo? Sin embargo, precisamente esta capacidad de autocrítica, basada en un conocimiento amplio de si mismo y del otro, permite un dialogo misionero, tal como lo hiciera Cristo con la samaritana.

Es hora de concluir

En Jesucristo se facilitan los encuentros en igualdad y libertad. Cruzando este puente se facilita también mantener la propia identidad, es más, profundizarla y crear una comunicación transparente con diálogos abiertos, que significa estar en medio de los distintos mapas intelectuales sin poner un absoluto entre ellos. Jesús nos muestra una posición abierta dispuesta a buscar lo común, comunicándose personalmente con el otro. Nos llama para un aprendizaje mutuo sin imponer ni perder, sino siempre ganar. ¿Cuánto de esto aplicamos a nuestro ministerio?

Esto es valioso en nuestros tiempos posmodernos. Nada y nadie es constante y, permanentemente, nos vemos obligado a cruzar fronteras de la misma forma que Cristo con la Samaritana. Ante esta realidad Jesús nos da un ejemplo para evitar los extremos de la pérdida de nuestra posición o el cerrarse en ella obcecadamente. No se trata de uniformar sino de unirse manteniendo identidad en unidad entendiendo que el Espíritu Santo está en medio de todo.

Pienso y pienso y, como siempre, debo admitir que Cristo rompe nuestros esquemas una vez más. Priorizando lo personal a lo masivo, aceptando la igualdad y recibiendo del otro, tener visión autocrítica. ¡Algo diferente a lo que se ve hoy! ¿Qué hacer, entonces, ante esto? ¿Quedarnos quietos, porque “así es la realidad y nunca va a cambiar”? ¿O acercarnos al modelo de Cristo? Sin chistar, escojo esto último.


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"El crecimiento neoplásico o la perspectiva de la masividad" y el presente post son el resumen de una monografía que hice junto a Ulrike Sallandt para un curso de la maestría en misiología del Centro de Misiología Andino Amazónica de Lima-Perú.

miércoles, 4 de octubre de 2006

¡Con la plata no te juegues…!

Sigo debiendo el tema del diezmo tratado con algo más de rigurosidad, pero va un adelanto pequeño, que ni siquiera puede ser llamado avance o borrador, sino sólo la pobre “publicación” de un par de casos que creo nos debe llevar a la reflexión y reacción.

Sobre este espinoso asunto a veces mi denominación se pasa de vueltas. No es la regla, pero igual se ven unas cosas que dan mucho que pensar.

Caso 1:

Aviso en el panel principal de la iglesia: “Recuerden que quien no está al día en sus diezmos no puede hacer la Santa Cena”. Claro, si eso de no diezmar es robar a Dios, ¿cómo entonces un ladrón puede participar del recordatorio del sacrificio de Cristo?

Caso 2:

Reunión de líderes: “Y desde ahora vamos a monitorear estrictamente sus números de diezmo para ver cómo van sus aportes. No puede ser que un líder comprometido en cosas espirituales no diezme fielmente a Dios. Por ello, desde ahora, líder que no diezme no podrá servir en la iglesia hasta que regularice su situación”. Lo mismo: ¿Cómo un ladrón puede ministrar a las ovejas del Señor?

Como dicen por allí, “en todas partes se cuecen habas”, pero esta cocción ya hiede un poco.

lunes, 25 de septiembre de 2006

No nos importa

Es ya casi un axioma -algo no necesita demostración-, a nosotros los evangélicos la pena de muerte no nos importa. En el Perú se ha generado un gran debate debido a la promesa electoral del ahora presidente Alan García de condenar a muerte a los violadores niños de menos de siete años y que provoquen su deceso. El conflicto ha sido serio entre algunos sectores del Congreso del Perú (sobre todo del partido de derecha Unidad Nacional) y la Iglesia Católica, que se ha pronunciado enfáticamente en contra del proyecto y, con todo, nosotros no hemos dicho nada.

Silencio.
Ausencia de palabras.
Vacío.

Bueno, en verdad muchas otras cosas no nos importan. O por lo menos, damos la imagen de que no nos interesan. ¿O es que no sabemos qué decir?

El pecado ha causado grandes deformaciones en la humanidad completa e inclusive en la creación material (Rom.8:22). La muerte de Cristo es, gracias a la misericordia de Dios, el puente, la medicina, mediante las cuales esas malformaciones son corregidas, parcialmente ahora, completamente cuando el Señor venga otra vez. La maldad del hombre es terrible, y a pesar de ella, Dios decidió hacer algo. A pesar de que el ser humano viola, asesina, miente, roba, abusa, manipula o tiraniza, igual, nos amó tanto que envió a su Hijo primogénito (Jn. 3:16).

Por ello, al pensar en temas como la pena de muerte, debemos recordar esta obra de Dios realizada para la salvación de la humanidad, a pesar de cómo somos. Dice el profeta Jeremías que "por la misericordia de Jehová no hemos sido consumidos, porque nunca decayeron sus misericordias. Nuevas son cada mañana. Grande es tu fidelidad” (Lm. 3:22-23). Merecemos como humanidad la destrucción, el castigo de la aniquilación por nuestro constante pecado y desobediencia a Dios. Pero Él, de puro amor, por bondad, no lo hizo, y no lo hace. Más bien, nos dio la solución, y nos da un marco a seguir.

Entonces, así como Dios nos redime, debemos intentar la redención del delincuente porque, ¿por qué pretender ser más estrictos que el Creador del universo? Si el Estado no quiere restaurar al delincuente, ¿para qué sirve el Estado entonces? ¿Para qué está? La discusión sobre el sistema penal es otra y podemos hablar sobre penas o regímenes penitenciarios pero en el fondo la lógica debe ser la recuperación del ser humano, su restauración y nueva integración a la sociedad.

Por lo tanto, le digo no a la pena de muerte.

lunes, 11 de septiembre de 2006

¿Qué tipo de iglesia me gustaría levantar?

Me gustaría levantar una iglesia horizontal, donde no exista la figura del pastor dominante que lo controla todo, que tiene la voz autorizada y que aparenta estar más cerca de Dios, sino la de los laicos comprometidos, quizá como la de un elder de iglesia norteamericana. Donde todos participemos de una manera más activa de la liturgia, desde el ejercer la Santa Cena hasta los matrimonios religiosos. Donde el líder sirva de verdad y no más bien sean los miembros que sirven al líder. Donde no exista el pastor gerente al que tengas que sacar cita, sino el líder que busca a la oveja perdida y cansada. Donde la iglesia se involucre en su mundo activamente y no se aísle de él, aplicando ese pasaje en el que dice que debemos servir: la iglesia debe servir al mundo. Una iglesia que participe en las actividades de su comunidad, de su ciudad y país, que viva realmente en él y que no brinde sólo oraciones y prédicas vacías, una iglesia que trate el problema de la injusticia y el sufrimiento humano sin ambages.

Quisiera una iglesia que sea menos rígida en el culto de los domingos. Una iglesia sin púlpito, para que no haya la sensación de superioridad por parte de quien habla allí, sino que quien enseñe la palabra esté en el mismo nivel de los oyentes, con discursos menos atados a los criterios homiléticos. Que la alabanza viva al correr de la cultura, y que no se condicione a la moda de la música cristiana, sino que sea espontánea, viva y artística, inclusiva en toda clase de ritmos. En lo posible, que las composiciones sean realizadas por miembros de la iglesia, para que lo que se diga sea parte de la propia realidad. Que los diezmos no existan sino que sean solamente ofrendas, para ser más bíblicos y no se presione a la congregación con ello.

Quisiera una iglesia más tolerante con el otro, menos juez y más amiga. Que sea firme en el conocimiento y que lo que cree lo sustente con propiedad, pero que entienda que otros hermanos en la fe usan otros criterios hermenéuticos y que creen distinto a nosotros, y que ese hecho no nos da permiso a decir que ellos están equivocados. Que respete a la persona de otra religión porque a pesar de lo que sabemos, entendemos que la fe que esa persona profesa tiene como génesis la inquietud espiritual puesta por Dios en todas las gentes. En resumen, quisiera una iglesia que simplemente ame de verdad, capaz de sacrificarse de ser necesario como Cristo lo hizo por nosotros.

martes, 29 de agosto de 2006

A Dios lo que es de Dios, y a nosotros lo que es nuestro

La interrogante del propósito de la vida es tan vieja como la humanidad misma, y para nosotros los cristianos la respuesta, aunque es más matizada y precisa, sigue siendo una cuestión crucial. ¿Qué quiere Dios para nosotros? ¿Podemos saberla con certeza? ¿Esa “voz” que escucho y que sugiere hacer algo es de Dios o viene desde mis miedos y deseos? ¿Y si nunca podré saber lo que Él quiere? ¡Qué difícil! Peor todavía cuando existe una especie de obsesión por encontrar la voluntad de Dios a como dé lugar. Y si no la hallamos somos una especie de cristianos de segunda categoría, mediocres, necios, marginales.

Pensamos que Dios quiere cosas específicas en nuestra vida, que ya ha destinado, por ejemplo, la carrera que voy a estudiar, la universidad a la que iré, la persona con la que me casaré, el número de hijos que tendré, las enfermedades que me asolarán, siendo todo algo ineluctable. Destino, algunos le llaman. ¿Es así de determinístico el asunto? ¿Ya definido, claro, cerrado? ¿Hay espacio, entonces, para la libertad humana?

Es cierto que a veces Dios elige gente para funciones concretas, como el nazareato (Sansón, quizá Juan el Bautista), algunos roles proféticos o ministeriales (saltan a la vista algunos casos del libro de los Jueces), algunos reinados, y por supuesto la labor de Cristo mismo. Pero, si Dios escogió a David o a Isaías -desde el vientre de su madre-, ¿basta su ejemplo para generalizarlo a todos los casos? ¿A mi caso, a tu caso?

Voluntad de Dios y libre albedrío, equilibrio complejo. ¿Dios quiso que esté sentado en este escritorio el día de hoy, o es que esta circunstancia es parte de mi esencia voluntaria? Porque el hecho que Dios conozca previamente el resultado de mi elección no implica que haya interferido en ella necesariamente.

Yo en lo personal creo –porque la Biblia es contundente en este punto- que Dios tiene cosas que definitivamente quiere que hagamos, o sea, existe un propósito general para nuestras vidas; y deja otras cosas no poco importantes que Él ha decidido, en su Voluntad omnisciente, ponerlas en nuestra cancha, dejarlas a nuestra absoluta discreción sin que se meta en el tema, lo que no implica que no nos ayude si se lo pedimos en oración o si seguimos algunas pautas o criterios. Recordemos a Salomón pidiendo sabiduría para gobernar.

Lo que quiere que hagamos en forma general, o sea, nuestra misión en la tierra, tiene tres aristas fundamentales que ya describí antes: relaciones con la creación directa material (el medio ambiente), la creación directa inmaterial (las relaciones sociales de todo tipo), y la creación inmaterial (el mundo espiritual). Las dos primeras implica que nosotros como evangélicos abandonemos nuestro aislamiento tradicional y nos involucremos más activamente en el mundo, comprometiéndonos con su problemática. La tercera ha sido desarrollada bastante bien en la literatura devocional. Por ejemplo, en “Una vida con propósito” se dice: Estamos aquí para agradar a Dios, para pertenecer a la familia de Dios, para ser como Cristo, para servir a Dios, para una misión de predicación.

Salvo excepciones como llamados específicos de Dios o peticiones puntuales (que pueden incrustarse en lo que viene después), para el resto de cosas la libertad humana tiene potestad completa y puede elegir cosas si no están hermanadas a violaciones fragrantes a los principios divinos. Cosas como la carrera a estudiar, el trabajo a realizar, los lugares de residencia, y podría aventurarme a decir que inclusive hasta persona con la que uno se puede casar, son parte de las decisiones personales delegadas por Dios.

Por lo tanto, los cristianos debemos dejar la niñez o adolescencia, o abandonar el comportamiento obsesivo, y ser capaces de tomar nuestras propias decisiones en lo que nos toca, teniendo en cuenta que al mismo tiempo debemos cumplir nuestra misión en la tierra. Mucho hablamos del caudillismo latinoamericano, que necesitamos gobiernos fuertes que nos diga qué hacer; esta idea cultural se ha infiltrado en nosotros y hace que recreemos un Dios fuerte que nos diga qué es lo que hay que realizar, qué pensar, qué soñar. Mucho hablamos de que no nos gusta asumir nuestra responsabilidad por nuestros actos. Por ello, queremos decir que alguien nos dijo qué hacer y echarle la culpa por la instrucción o la falta de ella. Este es un comportamiento erróneo.

Decidamos. Asumamos la responsabilidad de nuestros actos. Y cumplamos nuestra misión.

jueves, 17 de agosto de 2006

La liturgia de una despedida (temporal)

Sin que uno pueda evitarlo el tiempo ha transcurrido y hoy 17 de Agosto mi amigo Miguel Paredes se va al Massachussetts Institute of Tecnology (MIT), una de las mejores universidades del mundo, por tres años a estudiar dos maestrías. La fe en Cristo, una amistad de años y un poderoso amor por el Perú -no de la forma demagógica del candidato perdedor de la segunda vuelta en las últimas elecciones- nos une, por lo que hoy la tristeza es inevitable. Sin embargo, el pensar en lo que Dios nos ha enseñado en forma conjunta en los últimos dos años, cambiando por completo nuestra manera de ser evangélicos, me lleva a concluir que esta ausencia temporal será para bien y que Dios en sus propósitos insondables hará grandes cosas cuando Miguel vuelva aquí.

Entonces amigo, hasta pronto.

jueves, 3 de agosto de 2006

El crecimiento neoplásico o la perspectiva de la masividad

Aunque lo nieguen tratando de espiritualizar el asunto, en la práctica y a la hora de comparar el trabajo realizado, la principal medida de éxito de un pastor es el crecimiento numérico de la iglesia o grupo que dirige. La mayoría de ellos sueña con hacer un evento o seguir un programa en el que puedan triplicar la membresía, pareciéndose todo al rating televisivo: los animadores de programas dicen que no les importa de la boca para afuera, pero en verdad mueren por él. Esto es así porque existe una tendencia natural de la iglesia al incremento poblacional sostenido, vigoroso y constante teniendo su máxima exposición en ese extraño híbrido teológico-mercadotécnico llamado iglecrecimiento

Muchas veces esto se hace de forma irresponsable. Se busca llenar las iglesias de nuevos convertidos sin un soporte eficiente de líderes que permita a los neófitos crecer en la fe y conocer más de las verdades que la Biblia contiene. Nos interesa más las manos levantadas en un culto o la gente que asistió a un evento que el trabajo que implica atenderlos a todos. ¿Y cuántos se quedaron realmente? Claro está que a la hora de anunciar que somos el 15% de la población peruana –lo acaba de decir el Embajador de los Estados Unidos en el Te Deum evangélico que se hizo en la Alianza Cristiana y Misionera de Pueblo Libre y que quizá se aproxime a la verdad-, esbozaremos nuestra mejor sonrisa e inflaremos el pecho. ¿Cuánto costó hacer todo eso? ¿Qué pasa con todos aquellos cristianos que llegaron antes y se ven abandonados porque estamos priorizando la conversión de nuevos creyentes? ¿Es este acaso el costo de la expansión, el dejar a los que tienen algunos años a la deriva de su propio impulso? ¿Que lleguen a pensar que su iglesia no lo es más por la desmotivación?

Lo digo por el tema orgánico porque todo crecimiento no es bueno. Puede ser una neoplasia o también obesidad. Puede ser inclusive sólo flatulencia, o gula. Y digo, sin ambages, que con frecuencia hemos pensado, a lo Macchiavello, que el fin justifica los medios. Qué importa si no tengo la capacidad de recibir a doscientos convertidos, eso no importa, Dios proveerá todo. ¿Tienen que crecer en la fe, tengo que atenderlos pastoralmente y no tengo recursos? No interesa, lo importante es engordar, el Espíritu Santo se encarga del resto. ¿Qué motiva ese crecimiento? ¿Podría ser el orgullo del pastor? ¿Captar fondos para alguna cosa en especial, no necesariamente enriquecimiento del clero, sino más bien con matiz sacrosanto, como construir un templo, iniciar una misión en otro país, o fundar nuevas iglesias?

Flatulencia, gula, orgullo, resultados. “La Biblia puede sostener eso”, dicen. Quizá el versículo principal es Mateo 28:19, la Gran Comisión. Se asume que este último pasaje es una prescripción para ser obedecida, por ello la misión se define como el cumplimiento de un mandato que Cristo dio a sus discípulos que tiene que ver ante todo con la predicación del evangelio a todas las naciones de la tierra. Por lo tanto, si me ordenan hacer discípulos, entonces el crecimiento es la señal directa del buen desempeño. Tan simple como la tabla del uno.

Por todos estos años se ha visto a la evangelización de forma intensiva considerando al receptor del mensaje como parte de una multitud enorme y necesitada, lo que podríamos llamar como una “perspectiva de la masividad”. Probablemente tenga que ver con el término “a todas las naciones” y con la cosmovisión cristiana de perspectiva dual que hace una distinción entre los que se salvan por su decisión personal e individual, y la gran masa de perdidos que forman una unidad esencial: sea donde estén y hagan lo que hagan desde el punto de vista religioso irán al infierno. Por ello la estrategia de los colosales eventos en estadios, grandiosas campañas, conciertos que llenen el más grande coliseo de la ciudad, congresos enormes. Tú no eres Juan Pérez –un individuo con un nombre y una historia-, eres uno de los 500 pecadores convertidos en la campaña del evangelista de moda en el Estadio Nacional. Nada más que eso.

Esta misión de tipo masivo es vinculada directamente con la Gran Comisión, pero, ¿era la intención del autor del evangelio en realidad? ¿Qué quiso decir en verdad Mateo cuando citó esa frase?

Bosch (1) nos hace notar recién que a partir de 1940 se empezó a considerar a Mateo 28:19 desde el punto de vista misionero. En la actualidad la erudición está de acuerdo en que el contenido de todo el Evangelio apunta hacia estos versículos finales, antes no, aunque nos parezca extraño. Por ello, existe la necesidad de cuestionar la forma del uso de la Gran Comisión como base bíblica para la misión, sobre todo aquella de tipo masivo. Por ello, para la comprensión del pasaje bíblico necesitamos indagar en la idea que el autor de este evangelio tenía de sí mismo y de su comunidad y, a partir de allí, aventurar algunas deducciones respecto a su modelo misionero.

De acuerdo a los investigadores actuales, se presume que Mateo perteneció a una comunidad judio-cristiana que huyó de Judea antes de la guerra del 70 d.C para establecerse en una región mayormente gentil. Estos cristianos todavía participaban en la vida religiosa hebrea ya que aún no se entendían como un cuerpo separado de los judíos. Sin embargo, con la destrucción del templo de Jerusalén todo cambió ya que este evento provocó el divorcio entre el cristianismo y la sinagoga.

Aparentemente este momento final de ruptura absoluta con la sinagoga aún no había llegado cuando Mateo escribió su Evangelio. La comunidad aún defendía su derecho de ser vista como el verdadero Israel pero afrontaba una crisis sin precedentes en cuanto a la definición de su identidad” (2). Esta es la clave del evangelio completo ya que es el contexto en el que el autor escribe, lleno de preguntas y de definiciones. “A esta comunidad escribe Mateo: una comunidad aislada de sus raíces, con su identidad judía sacudida brutalmente, dividida en su interior sobre la cuestión de sus prioridades, carente de orientación frente a problemas totalmente desconocidos” (3). A pesar de las distintas tendencias dentro de la comunidad, que iban desde el legalismo extremo basado en la Ley al espíritu como agente de milagros, Mateo no maquilla las diferencias sino que va más allá, preparando de esta forma el camino para la reconciliación, el perdón y el amor mutuo dentro de su comunidad.

Mateo, al parecer, plantea como única manera de salir de la confusión y conflicto que los divide la idea de unir esfuerzos para emprender una misión entre los gentiles con los que conviven. Esto último es revelador ya que, aunque es cierto que el Evangelio confluye hacia la Gran Comisión, no es de la forma en que lo pensamos ahora. La convergencia es más sutil pero reveladora: Mateo quiere mostrarle a su comunidad en crisis una visión nueva que consiste en dejar de estar encerrados en sí mismos y en el judaísmo, para ver el amplio horizonte de la gentilidad como campo de misión y de identidad.

Mateo no quiere hablar de masa, simplemente desea que sus lectores cambien su mirada, desde dentro hacia fuera. “Ir a todas las naciones” no es un llamado de multitudes: es el reto a para un grupo de gente acostumbrada a implosionar constantemente. Por lo tanto, la Gran Comisión no nos da pautas sobre el cómo hacer misión, sino simplemente sobre el dónde: más allá de nosotros mismos. No puedo usar como base de mi metodología multitudinaria a la gran comisión porque el sustento de la forma no está allí.

Hemos creído que la Gran Comisión nos dice cómo hacer (perspectiva de la masividad) pero en verdad sólo nos dice a dónde mirar con la misión. ¿Cómo hacerlo entonces? Evidentemente hay que buscar en otra parte. Por ahora sólo queda decir que es otro evangelista el que nos da una propuesta interesante cuando nos describe la acción de Jesús con la mujer samaritana (Jn. 4) pero eso será motivo de una próxima reflexión.

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(1) Bosch, David. “Misión en Transformación: Cambio de paradigma en la teología de la misión”. Libros Desafío: Grand Rapids, Michigan. 2000. Pag. 82-83. Las ideas posteriores provienen de este autor.
(2) Ibid. Pag. 86
(3) Ibidem.

lunes, 31 de julio de 2006

Qana, no te olvidemos

No estoy seguro si la Qana de hoy es la Caná bíblica, aquella en donde Jesús hizo su primer milagro: el convertir el agua en vino (un artículo en Trome, un diario de cincuenta céntimos que leí en el taxi mientras venía al banco, lo afirmaba). Dos mil años después ya no hay motivos de fiesta sino de luto, porque un daño colateral mató a más de 50 personas, 40 de ellas niños, que se ocultaban de las bombas en un sótano. Sé que mi voz es ínfima, microscópica, al nivel de partícula subatómica, pero con todo expreso mi rechazo absoluto a esa masacre infame y cruel que merece la condena mundial pero no, claro está, la de la ONU -por presión- y la del gobierno de los Estados Unidos. ¿Qué debemos hacer para que esos muertos libaneses sean válidos, respetables? ¿Qué hacer para que algunos de verdad sientan el dolor de quien perdió a sus infantes eludiendo su culpa?

Hablo del hecho aislado. No digo que Hizbolá es un cuerpo angélico e inocente porque ellos son en parte responsable de la situación al lanzar misiles katiushka desde el mismo poblado, escudándose en la población civil. Tampoco lo es Hamás al mandar a un kamikaze a inmolarse en un bus de Tel Aviv -no ha pasado ahora, pero puede suceder-, pero Israel merece toda la condena por este hecho. Ojalá se la den porque ya están acostumbrados a actuar con demasiada impunidad.

viernes, 21 de julio de 2006

¿Lo que es, es? ¿O lo que es, está cambiando?

Todos estamos convencidos del hecho de que Dios se comunica. Lo sabemos desde el punto de vista trinitario, por la comunión perfecta entre las tres personas de la divinidad que son una al mismo tiempo (ej. Jn. 17:20-21). Lo sabemos desde el punto de vista creativo, ya que mediante la complejidad de la naturaleza material podemos percibir el diseño inteligente y por ende la participación de un ser poderoso en la formación de todo lo observable, que hace conciente a la humanidad-receptora de la relevancia de Dios-emisor (Rom. 1:20, Sal. 19:1-6). Lo sabemos desde el punto de vista cristológico, ya que si creemos en la veracidad de las palabras de Jesús tendremos que aceptar el hecho de que es Dios (Jn. 8:58-59). Lo sabemos desde el punto de vista práctico, ya que si somos creyentes entonces seremos concientes de la forma en que Dios se comunica con nosotros, siendo esto algo que podemos aseverar sin importar qué tan devotos seamos.

Al mismo tiempo sabemos que Dios no cambia (Mal. 3:6). También que la Biblia se escribió en 1,500 años en tres continentes, en tres idiomas, por 40 personas aproximadamente. Esa es una circunstancia invariable (Mt. 5:18, 24:35; Mr. 13:31; Lc. 21:33). La cultura y cosmovisión del Rey David no va a mutar, tampoco la del apóstol Pedro o la del profeta Malaquías. Puede suceder que aparezcan nuevos descubrimientos que ajusten nuestros conocimientos sobre el mundo de la época de los escritores, pero fuera de eso, es un hecho afianzado, ya dado.

¿Por qué digo esto? Porque la esencia de la hermenéutica es ser concientes de nuestra realidad actual, ir al texto que fue escrito en un contexto particular en el pasado, y traerlo al presente. Dios no cambia y el ambiente del tiempo de escritura de la Palabra tampoco pero el hoy del intérprete sí, y por ello la teología se hace tan rica porque necesita reescribirse constantemente según evolucione el entorno de los tiempos. Cuando este proceso no se hace, la iglesia se desfasa y pierde relevancia. Esta es una explicación de lo que ha sucedido en Europa, donde el cristianismo ha cedido mucho espacio e influencia.

Como el hoy es cambiante, el intérprete -o sea nosotros- está sujeto a su forma de entender el mundo y a lo que pasa en él (cosa que interviene profundamente en el modo de ser de la gente). Acontecimientos políticos, guerras, tendencias, la tecnología, la cultura y los trasfondos familiares han influido y en ocasiones determinado enseñanzas teológicas, que posteriormente se establecieron como LA verdad, olvidando la parte profana de su origen y siendo sacralizadas. Claro que ha habido posturas que se hundieron en el foso del olvido.

Esto es normal, es parte del mecanismo que instauró Dios en el proceso hermenéutico: Dios fijo, autores fijos, intérprete variable. No hay que temer a este asunto, hay que asumirlo como parte del modus vivendi del teólogo y del cristiano. Por ello brota naturalmente la respuesta al título del artículo, que es a propósito una vieja discusión entre dos filósofos presocráticos: Parménides (“todo es uno y lo mismo) y Heráclito (“todo fluye”).

Una vez asimilado esto, hay que reconocer las áreas más volátiles, las que muestran más sensibilidad a elementos perturbadores por los cambios en el mundo. A mi entender deben ser añadidas en esta lista la relación entre la fe y la ciencia, la eclesiología y la escatología. Por ejemplo, dentro de esta última debemos saber que la migración entre amilenialismo, postmilenialismo y premilenialismo se dio por el traslado de la visión mundial desde el optimismo generalizado por el avance tecnológico (primera y segunda revolución industrial) al desánimo por la capacidad de destrucción humana (guerra de secesión, primera y segunda guerra mundial, guerra fría) estableciéndose el premilenialismo como lo “bíblico” olvidándose del contexto de su origen. Dentro de la eclesiología la idea de iglesia se desarrolla hablando de términos como “iglesia emergente” que no depende de templos físicos sino de comunidades reunidas en un sinfín de lugares con un liderazgo mucho más horizontal, o de la concepción de las “comunidades del sentimiento” donde se da preferencia a la experiencia con Dios más que al argumento sobre las creencias y la fe.

¿Qué ha pasado? Simplemente ha cambiado el intérprete, pero como decía arriba, Dios y la Biblia siguen siendo los mismos. Recalco e insisto una vez más que esto es normal. Por ello la necesidad de plantearnos la labor enorme de editar teología latinoamericana, peruana y postmoderna conociendo que hacemos la voluntad de Dios de esta forma sin miedo a reconocer que el resultado es hijo de su tiempo, como muchas otras enseñanzas que fueron relevantes pero que quizá ya cumplieron su función.

Sino, posiblemente pase lo que leí en un artículo hace años: que seremos piezas de bibliotecas y museos, solamente parte de los cursos de historia, y nada más.

viernes, 14 de julio de 2006

La eterna pregunta (*)

El otro día vi a una niña posiblemente huérfana que lloraba de hambre en una calle con su bolsa de caramelos de diez céntimos mientras la gente pasaba por su lado muy ocupada y ensimismada ignorando su sufrimiento. Y le pregunté a Dios: "¿Por qué existe tanta injusticia? ¿Podrías hacer algo por ella? ¿Algo más tangible, más efectivo? Me parece injusto que sufra tanto siendo tan inocente y joven" En ese momento me di cuenta que esa respuesta clásica de que es responsabilidad del hombre todo lo malo del mundo ya no me satisface, no me convence del todo.


Dios no me contesto al instante, pero al llegar la noche, cuando estuve en mi cuarto mirando la penumbra, sí respondió:


"Ya hice algo"- y luego de una pausa Dios exclamó: "Te hice a ti"


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(*) Le hice algunos cambios a esta historia que me enviaron por correo electrónico.

lunes, 10 de julio de 2006

La misión, más grande de lo que creemos

Hace unos cuatro meses escribí sobre la dimensión triple del Génesis en el sentido de la mayordomía, que consiste en que Dios por su propia mano -o mejor dicho, por medio de la Segunda Persona de la Trinidad, o sea, el Verbo de Juan 1:1- forjó dos creaciones: la directa material o natural, que se explica en los dos primeros capítulos del Génesis; y la directa inmaterial, que es el mundo espiritual compuesto por los seres de tipo angélico. Al mismo tiempo Dios diseñó el sistema de tal forma que germine una tercera creación: la indirecta material, que es la que concibe el hombre por su propia actividad en la Tierra pero que estaba dentro del plan divino desde el inicio, denominada también creación derivada o de segundo orden. Todas las relaciones económicas, psicológicas, filosóficas, sociológicas o antropológicas entran en esa categoría.

Cuando hablamos de mayordomía, tenemos que hablar de misión ya que son dos caras de una misma moneda. Por diferentes motivos –he enfatizado el tema escatológico como de importancia superior- pensamos que lo que Dios quiere que hagamos en la tierra se vincula exclusiva y perentoriamente con la predicación, enseñanza de la Biblia, campañas masivas, retiros, reuniones en la iglesia, comités, cultos, reuniones de oración, campamentos, células, aires libres y todo lo demás que no se me ha ocurrido que de seguro hace que la lista deba ser muy larga. Peor aún, hemos restringido la palabra misión a tan solo ir a países distintos al nuestro o a zonas apartadas y disímiles con nuestra región originaria para establecer iglesias, devaluando el término, y perdiendo definitivamente una gran parte de su riquísimo significado. No minimizo el trabajo intercultural, mi esposa es nieta de un misionero que sin el apoyo de nadie vino al Perú dejándolo todo porque sintió un fuerte llamado de Dios, pero no es lo único.

La misión es en verdad muy amplia, abarcante y comprende la labor simultanea en las tres creaciones. Muchas veces –me ha sucedido a mí en el pasado- nos asfixiamos en la iglesia por la poca cantidad de gente comprometida, porque escasas personas hacen todo, y concluimos que con dificultad podemos avanzar en la expansión del reino de Dios. Sin embargo, si tomáramos en cuenta que la realidad de nuestro trabajo es global, literalmente nos ahogaríamos por el peso de la ingente responsabilidad que nace ante nuestros ojos. Si antes un kilo era nuestro día a día y a duras penas llevábamos la carga, ¿qué tenemos hoy, con una tonelada? He aquí el reto real y poderoso: asumir lo que nos toca del mandato de Dios donde Su prioridad nos ponga. ¿Cómo puede ser, por ejemplo, que seamos concientes como cristianos que la humanidad tiene el llamado de salvaguardar la creación pero que sin embargo no hagamos gran cosa en el cumplimiento de esa función? ¿Por qué se le ha delegado esto a otras personas –no digo que esa gente no lo haga, por supuesto que debe continuar, sino que como persona conciente de la actividad de Dios y de su voluntad un cristiano no haga nada al respecto-?

Este desafío manifiesta una gran cantidad de aristas. Temas que van desde las discusiones de género, pasan por la lucha por la solución de los conflictos y la búsqueda de la paz, los derechos humanos, la política, el trato hacia los grupos socialmente marginados (pobres, homosexuales, migrantes, enfermos de sida, niños en estado de abandono, mendigos y otros), la ecología y la bioética, la justicia económica, y muchos más, son lugares en los que Dios quiere que participemos de una forma activa y militante, no como hasta ahora, donde el proverbial aislamiento de la iglesia evangélica ha dado un testimonio negativo hacia el conjunto de la sociedad, que nos consideran desde sectarios hasta indiferentes.

Percibo que algunas personas están ampliado su concepto de misión, unos quizá sin saberlo, otros poseyendo claridad. También que la amplitud de posibilidades ha creado una nebulosa que vuelve impreciso el futuro ya que tal vez no se sabe qué escoger, pero al mismo tiempo no se entiende todavía el tema de la simultaneidad de la misión, donde debe hacerse todo con equilibrio (comunidad cristiana, planeta, sociedad) pero con prioridades distintas según cada uno. Pero también veo un sincero deseo por comprender estos conceptos que son parte de la gran maravilla que es la obra de Dios en nosotros, porque finalmente –y a modo de trabalenguas-, ¿qué es mejor que hacer lo que Dios quiere que hagamos?

jueves, 6 de julio de 2006

El amor en los tiempos del internet


Todo un tema complejo este de los cupidos por internet teniendo en cuenta las noticias que aparecen en los diarios sobre los abusos que sugren algunas mujeres al tener una cita a ciegas por el chat u otra forma similar . Ahora, como dice la imagen, ya hay la posibilidad de entrar en el "mercado" de creyentes, donde uno puede encontrar a una persona de su misma fe. ¿Se animaría un(a) peruano(a) o latinoamericano(a) fiel asistente a una iglesia a probar suerte por estos medios? ¿Podría ser ese medio utilizado por Dios para conseguir una pareja? ¿Por qué no?