lunes, 12 de marzo de 2007

El paradigma ecuménico: una visión distinta de la otriedad

Un amigo de la universidad, ateo él, en una de las muchas conversaciones que tuvimos me dijo: “tú, como todos los religiosos, seguro por dentro eres un fundamentalista, cerrado, y, más en el fondo, en verdad me desprecias porque creo que no existe tu Dios”[i]. ¿Habrá sido cierto? ¿Tuvo razones para pensar esto? ¿Marginaba en el fondo a este amigo con mis palabras o mis maneras?

Bosch nos dice que la pregunta sobre qué actitud debería adoptar un cristiano y las misiones cristianas frente a los adherentes de otras creencias (o de ninguna fe) es muy antigua, con raíces en el Antiguo Testamento, pero por muchos siglos nunca fue debatida. “Los decretos del emperador Teodosio, del año 380 –que demandó que todos los ciudadanos del imperio romano sean cristianos- y 391 –que prohibió todo culto no cristiano-, inexorablemente abrieron paso a la encíclica del papa Bonifacio, Unan Sanctam (1302), que proclamaba a la iglesia católica como la única institución capaz de garantizar la salvación; al Concilio de Florencia (1442), que asignó un puesto entre las llamas del infierno a toda persona ajena a la iglesia católica, y al Cathechismus Romanus (1566), que enseñaba la infabilidad de la Iglesia Católica… tan tarde como 1832 Gregorio XVI rechazó la demanda de libertad de culto no sólo como un error, sino como deliramentum (demencia). Los protestantes, es cierto, no tenían armas comparables a las encíclicas papales. Sin embargo, su mentalidad muchas veces casi no se difería de la de Roma; mientras el modelo católico insistía que “fuera de la iglesia no hay salvación”, el modelo protestante afirmaba que “fuera de la palabra no hay salvación”. Bajo ambos modelos la misión significaba conquista y desplazamiento[ii]. La historia categóricamente afirma que siempre los cristianos hemos sido exclusivistas y maniqueos en el sentido de la otriedad: nosotros y el resto.

Pero al menos las cosas son algo diferentes en la actualidad. Los católicos nos llamaban por ejemplo, “hijos de Satanás”, “herejes”, “cismáticos”, aunque debo reconocer que los términos han cambiado. Hoy somos “hermanos separados” pero para algunos amigos jóvenes e inclusive para un profesor de religión que tuve en el colegio, seminarista él, yo era un “hermano en Cristo”. Se percibe el efecto del Concilio Vaticano II: “La restauración de la unidad entre todos los cristianos es una de nuestras primeras preocupaciones y afirmamos que las divisiones entre cristianos contradicen la voluntad de Cristo, escandalizan al mundo y hacen daño a aquella causa tan santa de predicar el evangelio a toda criatura”.

Nosotros, en cambio, solemos mantener una actitud hostil hacia el catolicismo. Pero no sólo hacia ellos, sino al mismo tiempo contra nosotros mismos[iii]. Entre las denominaciones son frecuentes las relaciones tensas. Las diferencias doctrinales nos separan. Los pentecostales no miran bien a los que somos no-pentecostales porque no manifestamos esa señal universal de espiritualidad y acción de Dios llamada el don de lenguas. Nosotros, somos iguales con ellos porque la gran mayoría de señales de ese don son manipulaciones; por ello, ¿porqué tantos hablan en lenguas y tan pocos interpretan? El neo-pentecostalismo es un bicho raro porque ellos se consideran (Deiros, por ejemplo) como la iglesia ideal para los tiempos postmodernos por su énfasis en el sentimentalismo[iv] pero al mismo tiempo el autoritarismo de los nuevos apóstoles, a los que prácticamente se les considera como los enviados de Dios, es difícil de digerir para los cristianos de otros énfasis. Los evangélicos muchas veces consideran como semimuertas a las expresiones de fe protestantes, sino, ¿cómo debaten los anglicanos una unificación con la Iglesia Católica, como ordenan homosexuales? ¿Cómo ordenan algunos de ellos a mujeres? Es cierto, somos exclusivistas, se nos enseña implícitamente que nuestra manera de ver las cosas es la mejor, miramos por encima del hombro al hermano que piensa distinto, somos burlescos y sarcásticos ante las experiencias de fe de otros, las calificamos de erróneas y originarias de un espíritu de contienda, de orgullo o de vil pecado. ¡Qué restringida es nuestra manera de entender a Dios! ¡Que soberbia nos invade cuando el Espíritu Santo nos enseña una verdad, al pensar que si alguien no ha recibido esa instrucción de la misma manera, no está cerca de Dios!

La fuerza centrífuga de nuestras poses y complejos que provocan separación debe ser contrarrestada con la fuerza centrípeta de la unidad, aunque debo reconocer que hablar de ella nos transporta a una realidad áspera y compleja[v]. Me concentro en el universo evangélico y me pregunto: ¿Cómo afirmar de que somos un cuerpo en Cristo si estamos tan atomizados? ¿Qué argumento nos quedaría ante 1 Corintios 1:10-13 que exhorta a la unidad completa (“Les ruego, pues, hermanos, por el nombre de nuestro Señor Jesucristo, que hablen todos una misma cosa, y que no haya entre ustedes divisiones, sino que estén perfectamente unidos en una misma mente y en un mismo parecer. Porque he sido informado sobre ustedes, hermanos míos, por los de Cloé, que hay entre ustedes contiendas. Quiero decir, que cada uno de ustedes dice: Yo soy de Pablo; y yo de Apolos; y yo de Cefas; y yo de Cristo. ¿Acaso está dividido Cristo? ¿Fue crucificado Pablo por ustedes? ¿O fueron bautizados en el nombre de Pablo?”)? O peor aún, ¿Qué argumento nos quedaría ante Juan 17:20-21 (“Mas no ruego solamente por éstos, sino también por los que han de creer en mí por la palabra de ellos, para que todos sean uno, oh Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me enviaste”)? ¿Y ante Efesios 4:1-6? (“Por eso yo, que estoy preso por la causa del Señor, les ruego que se porten como deben hacerlo los que han sido llamados por Dios, como lo fueron ustedes. Sean humildes y amables; tengan paciencia y sopórtense los unos a los otros con amor, procuren mantenerse siempre unidos, con la ayuda del Espíritu Santo y por medio de la paz que ya los une. Hay un solo cuerpo y un solo espíritu, así como Dios los ha llamado a una sola esperanza. Hay un Señor, una fe y un bautismo; hay un Dios y Padre de todos, que está sobre todos, actúa por medio de todos y está en todos” –Versión Popular-)?

La unidad es capital, pero a pesar de las múltiples divisiones, Dios trabaja dinámicamente en la mayoría de las iglesias, expandiéndose la obra, predicándose el Evangelio y respondiendo mucha gente al llamado de Dios. La reconciliación que Dios nos enseña se muestra a través de la restauración de las relaciones dañadas, las milagrosas sanidades y las muchas bendiciones transmitidas a través de las miles de comunidades cristianas obedientes de los mandatos bíblicos. Todas parecen ser bendecidas por Dios con generosidad sobreabundante: los de derecha e izquierda, los de arriba y de abajo, los de más allá y los de más acá. Todos mueren, todos se enferman, todos sufren, todos tienen encuentros con Dios, todos se llenan de alegría, todos tienen profundas experiencias religiosas, todos son protegidos, todos reciben la gracia multiforme.

¿Qué, entonces, de la unidad? ¿De qué hablamos si Dios bendice finalmente a todos? ¿De una unidad orgánica, organizativa? ¿O más bien de una unidad interna, espiritual? Si parece Dios actuar en todas partes, ¿tiene sentido nuestra actitud exclusivista?

Gran cantidad de pasajes bíblicos alcanzan más de un significado dentro de estrictos principios de interpretación. Por ello, hay gente que cree que la salvación se pierde, y otros en cambio, piensan que una vez que la obtienes nadie te la quita[vi]. Hay algunos que creen en el poder incólume del accionar del Espíritu Santo, mientras que otros reconocen su presencia, pero en una función pasiva. Algunos creen que estamos en los últimos días, otros que ni siquiera piensan que el tema sea digno de ser tomado en cuenta. ¿A qué conclusión puede llevarnos esto? A que Dios dispuso eso de esa manera. La Biblia no cambia ni cambiará (Mt. 5:18) pero los seres humanos sí lo hacemos. Nuestras sociedades evolucionan permanentemente a la vez que nuestra visión de la palabra de Dios, que continuamente bucea en el océano de la infinitud de Dios encontrando cada vez cosas diferentes, y tal es la grandeza de nuestro Señor que la riqueza de ese mar es inagotable. Por eso a través del tiempo hay nuevas lecturas y puntos de vista de lo que la Biblia dice acorde con nosotros mismos, generando nuevas formas de hacer iglesia, de hacer misión, de entender a Dios. Lo mismo pasa horizontalmente entre distintas culturas. La diversidad es inevitable.

¿Y dónde queda la diferencia teológica? ¿Realmente algo quieren decir las diferencias? ¿Qué, exactamente?

Todo puede circunscribirse a bandas. ¿Qué es esto? En simple, significa definir un valor máximo y un valor mínimo para que entre estos podamos fluctuar sin nunca pasar los límites que previamente configuramos. Dadas la praxis observada pensaría que Él, de alguna forma implícita que no logro ni lograré percibir debido a la limitación de mi humanidad, permite flexibilidad en la interpretación y en la forma práctica de hacer iglesia, pero manteniendo límites. ¿Cuáles? Mi propuesta en este sentido es que son los que nos aproximan al comportamiento sectario. Por lo tanto, dentro de las bandas todo sería en cierta manera válido. Arminiano y calvinista. Premilenial y postmilenial. Pentecostal y no pentecostal. Esto explica la bendición para todos y la manifestación del poder de Dios a pesar de las diferencias. Por ello la respuesta a la pregunta que me hice antes es que la unidad no es orgánica sino interna, basada en bandas. Por lo tanto la discusión no es la unificación de denominaciones ni de estatutos de fe sino:

(1) La comprensión y aceptación real de la posibilidad del diferendo
(2) El reconocimiento de la otriedad, con su propia experiencia, vivencias y conclusiones de la moda en entender y vivir la fe.
(3) El respeto mutuo.

Aquí está el desafío real de las comunidades trinitarias. Las diferencias por la diversidad son naturales (a pesar que muchas de ellas han aparecido no por la sincera postura sino por la agria discusión) y nuestro trabajo se encuentra en cómo actuamos con ellas, en “soportarnos con paciencia los unos a los otros en amor” (Ef. 4:2b). En última instancia, es un desafío del ágape pleno, porque el aceptar al otro es en cierta forma amarlo. El reto de las comunidades modernas es que entendamos a la unidad que persevera en la diversidad y una diversidad que se esfuerza en lograr la unidad. Las divergencias no son nunca un motivo de remordimiento sino que son parte activa del esfuerzo dentro de la iglesia por llegar a ser lo que Dios quiere que seamos, siendo Él tan grande y majestuoso que somos concientes que una manera de comprenderlo (la mía) no puede ser bajo ninguna circunstancia el exclusivo puente que me lleva hacia él. Hay una múltiple experiencia de conversión, de comprensión y de vivencia de la palabra, y es en la pluralidad respetuosa la que nos puede llevar a la meta absoluta que es el llegar a la madurez en nuestro Salvador. La unidad debe expresarse en una diversidad reconciliadora y con un eje fundamental: Cristo Jesús[vii].

..............................................
[i] Conversación que se dio en 1998. Mi cita no es literal, es una paráfrasis.
[ii] Bosch, David: Misión en transformación: cambios de paradigma en la teología de la misión. Grands Rapids, Libros Desafío. 2000. Pag. 577-578
[iii] Si piensan lo contrario, y sin moverse de sus computadoras, les reto a entrar en un foro cristiano y leer los comentarios.
[iv] Para profundizar, leer a In Sik Hong: “¿Una iglesia posmoderna?”. Buenos Aires, Ediciones Kairos. 2001.
[v] Los siguientes seis párrafos de este escrito ya los he bosquejado antes aquí. Quienes también han conversado sobre este tema son Alex Rodriguez y Rafael Perez en Santa Suburbia.
[vi] Mi esposa es soteriológicamente arminiana, y yo soy calvinista.
[vii] Bosch. Ibid. Pag. 566.

sábado, 3 de marzo de 2007

El paradigma económico: diezmando al diezmo (*)

Lo he visto antes, con algo de frecuencia, pero más he oído o leído sobre lo que sucede en otros lugares distintos al mío. Cuando la iglesia tiene problemas financieros, los miembros suelen recibir una carta o quizá escucharán una admonición desde el púlpito sobre la necesidad y obligatoriedad de diezmar, de cumplir los compromisos o los mandatos estipulados en la Palabra. La gente suele relajarse en el verano o cuando vacaciona, y se desconecta del mundo, olvidando sus compromisos –o postergándolos- como su contribución monetaria a la iglesia. Muy a menudo es utilizando el siguiente pasaje, todo un clásico dentro de la cristiandad protestante latinoamericana: “¿Robará el hombre a Dios? Pues vosotros me habéis robado. Y dijisteis: ¿En qué te hemos robado? En vuestros diezmos y ofrendas. Malditos sois con maldición, porque vosotros, la nación toda, me habéis robado” (Mal. 3:8-9). Mediante este texto implícitamente se nos está llamando ladrones, aunque soy bienpensado ya que creo que no es la intención directa de los líderes o pastores de las iglesias utilizar ese pasaje de esta manera tan vil. Sin embargo, una pregunta directa llama a nuestra puerta: ¿Somos ladrones si no diezmamos? ¿Pecamos si no diezmamos?

La iglesia evangélica suele pedir a sus feligreses que diezmen de todos los entradas que ganen. Se considera que el Diezmo es un acción de obediencia y de amor para con Dios, su obra, la iglesia y los pastores. Es evidente que Pablo defiende el sustento de los predicadores en 1 Cor. 9:3-14 (aunque pocos pastores se atreven a seguir el ejemplo paulino del v. 15 y v. 18: “Mas yo, de ninguno de estos derechos he hecho uso. Y no escribo esto para que se haga así conmigo… Ahora bien, ¿cuál es mi recompensa? Predicar el evangelio entregándolo gratuitamente, renunciando al derecho que me confiere el Evangelio”. Biblia de Jerusalén) y algunos ven en la tribu de Leví, que no recibieron heredad cuando repartieron la tierra porque se dedicarían a los asuntos del templo en forma exclusiva, una prefigura del pastorado moderno. Desde allí, infieren que el diezmo es válido el día de hoy, diciendo que los pastores son, en cierta manera, levitas modernos, y que diezmar es compulsorio para suplir las necesidades de los ministros de Dios. Sin embargo, ya no estamos bajo maldición si no diezmamos porque Cristo nos redimió de la Ley, pero si lo hacemos, recibiremos grandes bendiciones del Señor. Deliciosas discusiones se dan a nivel teórico sobre si los ingresos deben medirse desde el punto de vista bruto o neto, o si de lo regalado debe diezmarse o si podemos quedarnos con el diezmo temporalmente para entregarlo luego con algo de intereses. Es todo esto, no obstante, un debate superficial. El meollo del asunto, como siempre, pasa por saber cuál es la base bíblica de los que enseñan a diezmar. ¿Podemos encontrar una estructura, una lógica?

Los que enseñan que los cristianos tienen que diezmar se pueden clasificar en dos grandes grupos, donde evidentemente existen las posturas intermedias:

1.- Los que dicen que la Ley Mosaica es válida en partes o que sus principios y propósitos están vigentes hasta el día de hoy.

2.- Los que dicen que el diezmo es anterior a la Ley, parte del pacto de Dios con Abraham, y que esta alianza es válida para la iglesia. Siendo demasiado simplistas, el argumento es como sigue: Como Abraham diezmó, y él no estaba bajo la Ley, entonces nosotros también debemos hacerlo porque al igual que él tampoco estamos bajo la Ley.

La primera mención del diezmo en la Biblia está en Génesis 14. La historia cuenta que cuatro reyes le hicieron la guerra a otros cinco (en realidad, pequeños caudillos de pueblos minúsculos) y vencieron, saqueando varias ciudades, entre ellas Sodoma y Gomorra, adjudicándose gran cantidad de bienes y personas entre las que estaba Lot. Cuando se enteró Abraham de esta situación juntó a 318 de sus criados y siguió a los reyes vencedores, derrotándolos y recobrando todo el botín robado. Al volver, entregó el diez por ciento de lo recuperado al sacerdote Melquisedec y devolvió lo demás al rey de Sodoma.

Antes de continuar, tengamos presente que el diezmo era una práctica extendida en babilonios, persas y otros pueblos de la zona. Lo primero que me llama la atención del pasaje es que los bienes o “botín”, no eran propiedad de Abraham, sino del monarca de Sodoma, de los otros reyes y de sus súbditos. ¿Qué quiere decir esto? Que Abraham diezmó a Melquisedec de lo que no era suyo, en contraste de nosotros en la actualidad, que diezmamos de lo nuestro, de lo que ganamos con nuestro esfuerzo. Lo segundo que noto es que Abraham lo entregó todo, quedándose sólo con lo necesario para el alimento y una especie de retribución para tres de sus hombres principales, como si fuera una especie de “comisión por recupero”. En oposición, nosotros el día de hoy no entregamos nunca todo. No podríamos, no tendría sentido porque no tendríamos los necesario para vivir. Dadas estas dos observaciones pregunto inmediatamente: ¿Puedo colocar como regla global este evento como sustento de un diezmo pre-mosaico? Pienso que no en definitiva. Este hecho es completamente circunstancial, y que no puede considerarse como base de una regla “universal”. Basta una pregunta para recalcar esto: ¿Qué analogía moderna podemos encontrar para el “botín” del que Abraham diezmó?

La segunda mención en la Biblia la encontramos con Jacob (Gen. 28:20-22). Él pasó la noche en Bethel en camino hacia Harán y observa, en sueños, la visión de una escalera de donde los ángeles suben y bajan desde el cielo, y la mañana siguiente, impresionado, se da una escena típica de su carácter: “Dios, si me beneficias y me prosperas, entonces te diezmaré”. Si es que me das lo que quiero, entonces y sólo entonces, te suministraré. Si no me das lo que quiero, entonces no te entregaré nada. En este punto planteo la misma pregunta anterior: ¿Puedo colocar como regla universal este evento como sustento de un diezmo pre-mosaico? Imposible, de aquí no podemos aprender gran cosa, salvo el resalte del estado de la condición humana, que pretende condicionar a Dios de la misma forma que Jacob.

Entonces, ¿Tengo una enseñanza categórica, sólida, que puedo exportar a los tiempo modernos desde la era patriarcal, que me dice que debo diezmar por mandato bíblico? La experiencia de Abraham es un caso particular, con detalles no generalizables, y la manipulación de Jacob no debe ni siquiera ser tomada en cuenta. ¿Y qué nos dice la Ley?

El diezmo de Moisés era específicamente agrícola y ganadero (Lv. 27:30-32), absolutamente obligatorio, cuyo centro fue el décimo de las semillas y de los frutos de la tierra, sin mención de otras actividades. Si uno lo quería rescatar (unos creen que se refiere a pagar en efectivo, otros al hecho de usar el diezmo hoy y devolverlo tiempo después, opción más probable) tenía que añadir el 20% del valor original. Si se tenía menos de 10 animales, no había la obligación de diezmar. No había redención de animales. Sin embargo, hubo adaptaciones a la ley (Deut. 14:24-26) antes de entrar a la tierra prometida, a punto de pasar de la vida nómada a la vida sedentaria: ya se pudo dar el diezmo en dinero para gastarlo en actitud de regocijo. Se consideraba el diezmo en formato anual, no diezmando el séptimo año. Es importante recalcar que sólo se entregaba el diezmo a los levitas porque ellos no heredaron la tierra y que el diezmo mosaico posee una importante orientación hacia los pobres.

¿Para qué era el diezmo en los tiempos del Antiguo Testamento?

1.- Para sostén de los levitas (Num. 18:21-24)

2.- Para ser consumido (redimido) en Jerusalén (Deut. 14:22-26)

3.- Para los menesterosos (Deut. 14:28,29; 26:12-13)

Una pregunta inmediata es: Imaginemos que el Diezmo es válido tal como lo estipulaba la Ley. ¿Es para estos propósitos hoy? Si seguimos las instrucciones al pie de la letra, el punto (1) y (2) no podrían ser cumplidos porque ya no hay levitas en la actualidad (en estricto, todos somos sacerdotes hoy en día), y no hay templo en Jerusalén para que pueda ser consumido. Sólo nos queda la tercera opción como la única probable, pero, ¿Va a allí todo?[i]

Añado interrogantes quizá insidiosas: ¿El séptimo año, los creyentes tienen una dispensa para no diezmar, como el Israel del Antiguo Testamento? Si alguien gana menos que un mínimo preestablecido, ¿Está exonerado de diezmar? ¿Por qué si utilizan la Ley para argumentar no se toma completa, sino sólo las partes que más nos convienen?

Vamos al Nuevo Testamento. En ninguna de las cuatro veces que el diezmo aparece (Mt. 23:23, Lc. 11:42; 18:12; Heb. 7:2-9) se nos enseña a guiarnos por esa medida[ii]. Jesús no pidió diezmos (porque sabía que no podía hacerlo porque era de la tribu de Judá). Juan el Bautista, levita, tampoco, y mucho menos Pablo (que era benjamita) ni ningún otro apóstol. Se nos dice, además, que “cualquiera que guarda toda la ley pero ofende en un solo punto se ha hecho culpable de todo” (Sgo. 2:10) por lo que no podemos escoger qué parte de la ley tomar como verdadera y qué parte rechazar. Además, la ley ya no es válida (Heb. 8:13; Gal. 4:21-26; 2 Cor. 3:4-18) por lo que normas como el seguir el sábado, y el diezmo, ya no están vigentes. La iglesia primitiva parece que entendió claramente el mensaje, porque ellos nunca diezmaban y se mantenía con contribuciones voluntarias.

Por lo tanto, ¡No tengo que diezmar! ¿Esto implica que no debemos dar nada?

No, porque hay una nueva manera de dar: el modelo de Cristo que se concedió completamente y sin reservas, hasta la muerte. ¿Nos entregamos como Él? ¿Damos como Él, que ofreció su vida completa? En Hechos se ve hasta qué nivel era la entrega de los conversos (los primeros capítulos son categóricos). ¿Para qué daban sus ofrendas? Santiago dijo que “la religión pura y sin mácula delante de Dios el Padre es esta: Visitar a los huérfanos y a las viudas en sus tribulaciones, y guardarse sin mancha del mundo” (Sgo. 1:27). Episkeptomai (visitar) no es simplemente ir y observar. Para entender mejor lo que implica leamos el contexto de Mt. 25:36,43 y la solución del conflicto de las viudas en Hch. 6:1-7. Por ello la Versión Popular traduce la palabra como “ayudar”. Adicionalmente no hay que olvidar que los creyentes que pueden llegar a estar dedicados a tiempo completo merecen ser sostenidos (1 Cor. 9:9; 1 Tim. 5:17-18).

¿Por qué se pide el diezmo hoy en día? Hablamos de dos paradigmas previos que pienso deben ser revocados: el de la autoridad y el espacial. La iglesia el día de hoy posee un clero profesional, un templo físico, un personal que lo administra y, cohesionando todo, una organización que la cobija. Esto implica costos a veces altos: el salario de los pastores, del conserje de la iglesia, de los vigilantes, las secretarias, los contadores, los administradores, el alquiler del local (o el pago del préstamo del mismo), los servicios básicos (luz, agua, teléfono, gas, Internet), útiles de oficina, material de enseñanza, y un largo etcétera. Debo costear lo que mis paradigmas cuestan. ¿Cómo pagar eso? Debo asegurar la consistencia en el tiempo del flujo económico que recibo. ¿Cómo hago esto? Sugiriendo la obligatoreidad de una porción de los ingresos de los miembros de las iglesias. De allí la necesidad del diezmo, aunque no sea válido. La presión, debe decirse, es fuerte.

Sin embargo, si el paradigma de la autoridad y el paradigma espacial desaparecen, ¿hay presión económica para la comunidad? No la habría, se elimina una carga grande y onerosa. En paz, haríamos como Pablo, que nunca dijo que estaban los creyentes robando a Dios, como nos dicen ahora, sino que más bien habla del dador alegre y que cada uno dé como propuso (2 Cor. 9:6-15), o sea, no hay una regla de cantidad de nuestro “dar”[iii]. Dado esto, las comunidades que siguen los patrones trinitarios deben eliminar la exigencia del diezmo, recibir las contribuciones voluntarias que Dios puso en el corazón de sus miembros sin topes o márgenes en sus entregas, incentivando la bendición del dar en contraste del castigo veterotestamentario, y ayudar a los necesitados.



(*) Este tema lo desarrollamos inicialmente con la gente de Enderezando la Senda, el cual fue enriquecido con los comentarios de El Ciberpastor, y las apreciaciones de mis amigos Gabriel y Gaby.
--------------------------------

[i] Mi amigo Gabriel Ñanco me dijo una vez lo siguiente: “Al pensar sobre este tema siempre me viene a la mente: ¿Qué porcentaje del dinero que entra mensualmente a las iglesias se da para ayudar a los pobres, asistir a los ancianos, en medicina para los enfermos, en proyectos solidarios, cuánto va a parar a hogares de niños, cuánto se destina para paliar el hambre? Mejor no me sigo preguntando ni me respondo, pues la tristeza se acrecienta”
[ii] Algunas personas están muy confundidas cuando leen Hebreos 7:8 “Y aquí ciertamente reciben los diezmos hombres mortales; pero allí, uno de quien se da testimonio de que vive”, porque piensan que aquellos “hombres mortales” de quien se está hablando son ministros de la iglesia cristiana, concluyendo inmediatamente que en la iglesia primitiva se cobraba el diezmo, cuando el autor de los Hebreos se refiere a los levitas hebreos que aún recibían el diezmo mosaico en los tiempos en que se escribió la carta.
[iii] Para ver cómo daba la iglesia del tiempo paulino sus ofrendas –porque las daban y en forma generosa-, leamos 2 Cor. 8 y 9. ¿Algún porcentaje que se mande? Ninguno.

lunes, 26 de febrero de 2007

El paradigma espacial

Antes que nada, quiero evitar confusiones innecesarias. Al hablar de espacial no me refiero al universo sideral con sus estrellas, constelaciones, agujeros negros y demás cuerpos celestes, sino al emplazamiento de las cosas sagradas en un punto claramente establecido. Desde esta definición muchas preguntas pueden ser formuladas desde el inicio: ¿Le importa a Dios la localización teniendo en cuenta que es infinito y que Él está por encima de las clasificaciones dimensionales de los seres humanos? ¿Es substancial para Él la variable espacio, esa que según Einstein se comprime cuando el móvil avanza a velocidades que tienden cada vez más a la velocidad de la luz? ¿O quizá le concernió y ya no? ¿O no le interesó, y ahora sí? ¿O sólo fue algo trascendente para nosotros, personas circunscritas a la finitud?

La Palabra inspirada nos dice algunas cosas sobre el sentimiento de los judíos, anhelando la tierra abandonada mientras permanecían cautivos en tierras mesopotámicas. Está el sublime Salmo 137 que emana añoranza y amor al lugar de donde era el Salmista (RV60 adaptada libremente):

Junto a los ríos de Babilonia,
allí nos sentábamos, y aún llorábamos,
acordándonos de Sión.

Sobre los sauces en medio de ella
colgábamos nuestras arpas.
Y los que nos habían llevado cautivos nos pedían que cantásemos,
y los que nos habían desolado nos pedían alegría, diciendo:
Cántenos algunos de los cánticos de Sión.
¿Cómo cantaremos cántico de Jehová
en tierra de extraños?

Si me olvidase de ti, oh Jerusalén,
pierda mi diestra su destreza.
Mi lengua se pegue a mi paladar,
si de ti no me acordase;
Si no enalteciere a Jerusalén
Como preferente asunto de mi alegría.

Lo mismo sucede con ese otro monumento a la añoranza que es el Salmo 126:

Cuando Jehová hiciere volver la cautividad de Sión,
seremos como los que sueñan.
Entonces nuestra boca se llenará de risa, y nuestra lengua de alabanza;
entonces dirán entre las naciones:
grandes cosas ha hecho Jehová con éstos.
Grandes cosas ha hecho Jehová con nosotros;
estaremos alegres.
Haz volver nuestra cautividad, oh Jehová;
como los arroyos del Neguev.
Los que sembraron con lágrimas, con regocijo segarán.
irá andando y llorando el que lleva la preciosa semilla;
mas volverá a venir con regocijo, trayendo sus gavillas.

Desde muy temprano encontramos ejemplos de la importancia de la localización en la Biblia. Dios plantó un huerto en Edén, donde colocó al hombre que había creado, desde el cual salía un río que se dividía en cuatro brazos (Pisón, Gihón, Hidekel y Eufrates) y en donde se encontraban los árboles de la ciencia del bien y del mal, y el árbol de la vida -resguardado estrictamente tras la caída- (Gen. 3:24). Es, sin embargo, cientos de años después, cuando el valor de la localización cobra relevancia en el momento que Dios se revela a Abraham diciéndole “Vete de tu tierra y de tu parentela, y de la casa de tu padre, a la tierra que te mostraré” (Gen. 12:1)- Tras el anuncio, Abraham inicia un largo viaje a través de la media luna fértil desde Ur hasta Canaan. Posteriormente repite la promesa de la descendencia y una tierra a Isaac: “Habita como forastero en esta tierra, y estaré contigo, y te bendeciré; porque a ti y a tu descendencia daré todas estas tierras, y confirmaré el juramento que hice a Abraham tu padre” (Gen. 26:3). Su hijo Jacob (Gen. 28:10-22), vio en sueños la escalera que remontaba hasta el cielo por la que los ángeles subían y bajaban y oyó la voz de Dios que le hizo la misma promesa de la nación y de la posesión de la tierra. Al despertar él exclamó: “¡Cuán terrible es este lugar! No es otra cosa que Casa de Dios, y puerta del cielo” (v.17). Es con Moisés, sin embargo, que se acaba la cuenta regresiva y el momento de concretar el pacto con Abraham llegó viniendo, de paso, la liberación del pueblo hebreo de su esclavitud egipcia.

Sin perder de vista la promesa de la tierra prometida, en el monte Sinaí Moisés recibe la instrucción de hacerle a Dios un santuario “para mí, y habitaré en medio de ellos” (Ex. 25:8) con detalles precisos del diseño de los utensilios, las medidas y los materiales de construcción. Al terminarlo, “una nube cubrió el tabernáculo de reunión, y la gloria de Jehová cubrió el tabernáculo” (Ex, 40:34). Tan santo era que “el extraño que se acercase morirá” (Num. 1:51), cosa corroborada en el relato bíblico cuando los filisteos roban el arca pero la devuelven poco tiempo después luego de la secuencia de maldiciones contra ellos (1 Sam. 5, 6).

En este punto es necesario hacer un alto. Desde Abraham, pasando por Moisés y llegando al inicio del período monárquico fue el tiempo en el que se forjaron dos elementos de localización: la tierra prometida, y el tabernáculo de reunión, donde moraba la gloria de Dios. Este último era móvil, pero al sedentarizarse el pueblo lo instalaron en Silo, al norte de Jerusalén en territorio de Efraín.

Es cuando David censa al pueblo (1 Cro. 21) que, ante su pecado y la destrucción que trajo el ángel de Jehová, se compra la tierra de Ornán jebuseo (en Jerusalén, específicamente el monte Moriah) y el rey anuncia que “aquí estará la casa de Jehová Dios, y aquí el altar del holocausto para Israel” (1 Cro. 22:1) aunque Dios no le permitió construir aquella morada que él deseaba para la cual inició la recolección de material (1 Cro. 22:2-19), sino que escoge a su hijo Salomón para estos propósitos. Salomón en su oración de consagración del flamante templo afirma que Dios dijo que “desde el día que saqué a mi pueblo de Egipto, ninguna ciudad ha elegido de todas las tribus de Israel para edificar casa donde estuviese mi nombre, ni ha escogido varón que fuese príncipe sobre mi pueblo Israel. Mas a Jerusalén he elegido para que en ella esté mi nombre” (2 Cro. 6:5-6a) enfatizando la importancia de la capital como sede del lugar sagrado recién construido, aunque es conciente que Dios no puede habitar en moradas humanas. Exclama que “Más, ¿es verdad que Dios habitará con el hombre en la tierra? He aquí, los cielos y la tierra no te pueden contener; cuánto menos esta casa que te he edificado?” (2 Cro. 6:18). Ya desde antes –cuando el Rey David instala su ciudad de residencia en uno de los montes jerosolimitanos-, pero más desde este momento, Jerusalén se convierte en el centro de la vida hebrea: en el centro de su mundo. Es este el tercer elemento de localización.

Mircea Eliade[i] analiza esta característica particular de los pueblos antiguos y encuentra una división de los espacios. Existe un espacio sagrado significativo que se comporta como eje de la vida y símbolo de la nación, y otros espacios no consagrados y, por consiguiente, sin estructura ni consistencia. Esto significa que el territorio no es homogéneo sino que hay una clasificación que permite la constitución del mundo, pues desde el espacio sagrado convertido en centro se concibe el eje medular de toda orientación futura. Desde este lugar pivote irrumpe lo sagrado, destacándose un territorio del medio cósmico circundante que es ontológicamente distinto, especial, único, hierático.

Lo interesante es que estamos frente a un encadenamiento de concepciones religiosas y de imágenes cosmológicas que se articulan con facilidad en un sistema cuyas características son las siguientes:

a) El lugar sagrado constituye una ruptura en la homogeneidad del espacio.

b) La ruptura simboliza una abertura gracias a la que se posibilita el tránsito de una región cósmica a otra, esencialmente del cielo a la tierra.

c) La comunicación con el cielo se expresa indiferentemente por cierto número de imágenes relativas en su totalidad al lugar sagrado: pilares, símbolos (como la piedra embadurnada con aceite de Jacob en Gen. 28:22) montañas (por ejemplo, el monte Gerizim o el monte Sinaí), árboles (en el Edén o en las visiones escatológicas juaninas), etc.

d) Alrededor del eje cósmico se extiende el mundo (que más explícitamente es nuestro mundo). Por lo tanto, el eje se encuentra en el medio, en el “ombligo” de la tierra.

¿Qué expresa todo este sistema? ¿Qué es lo implícito? Hay un mismo sentimiento, profundamente religioso: “nuestro mundo” es una tierra santa, porque es el lugar más próximo al cielo, porque desde aquí, desde nuestro país, se lo puede alcanzar. La imagen del mundo para el caso hebreo fue el país entero (Palestina), la ciudad específica (Jerusalén), o el santuario sagrado (el Templo de Jerusalén), los tres elementos de localización que hablé líneas arriba. Si el templo constituye una imagen del mundo, un centro, es porque el mundo es sagrado ya que es creación de Dios. Pero la estructura del templo trae consigo una nueva valoración religiosa: lugar santo por excelencia, casa de Dios, el Templo resantifica continuamente al mundo porque lo representa y al mismo tiempo lo contiene.

Esta es la concepción religiosa vigente de la localización en Palestina en los tiempos en que Jesucristo se encarnó. ¿Pasó algo después?

Al entrar en el Nuevo Testamento la figura parece cambiar. Aunque Jesús es obediente a los preceptos judíos asistiendo a las fiestas, participando de la vida religiosa y peregrinando con frecuencia a Jerusalén, eso no le impidió mostrarnos la esencia de su enseñanza y las implicaciones del acercamiento del reino de los cielos. Jesús dijo que no vino a eliminar la ley sino a darle su verdadero significado (Mt. 5:17). Por ello, hay que tomar con atención lo que dijo al inicio de su discurso escatológico: “¿Ven todo esto? –se refiere al Templo de Jerusalén- De cierto les digo, que no quedará aquí piedra sobre piedra, que no sea derribada” (Mt. 24:2).

Concentrémonos en esta frase con detenimiento. Sabemos que Jesús está hablando de la toma de Jerusalén por el general Tito en el año 70 d.C. Pero anunciar escatológicamente la destrucción de la capital de la nación del pueblo de Dios y su templo no es poca cosa, sobre todo para la mente de los oyentes. ¡Era la aniquilación del lugar sagrado! ¡Del eje, del centro del mundo! Tan conmoción debió haber tenido esta afirmación en los apóstoles que dice el texto que lo abordaron aparte, discretamente, para preguntarle sobre el tiempo de estas cosas y las señales que las anunciarían.

¿Hay una intención secundaria en este anuncio de Jesús? Sí, la hay. Es la intención de nuestro maestro que en esta nueva etapa de acercamiento del reino de Dios modifiquemos el concepto de la localización que los judíos –y otros pueblos- habían seguido. Las condiciones ahora serán diferentes. El eje, el centro, no desaparecerá, pero ya no sería Jerusalén ni el templo. ¡Seríamos nosotros! ¡Los creyentes! Por ello Pablo afirma que “¿No sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu de Dios mora en vosotros?. Si alguno destruyere el templo de Dios, Dios le destruirá a Él; porque el templo de Dios, el cual sois vosotros, santo es” (1 Co. 3:16-17). Lo vuelve a repetir poco después cuando les dice a los corintios: “¿O ignoráis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, el cual está en vosotros, el cual tenéis de Dios, y que no sois vuestros?" (1 Co. 6:19), y lo mismo en la siguiente carta: “¿Y qué acuerdo hay entre el templo de Dios y los ídolos? Porque vosotros sois el templo de Dios viviente, como Dio dijo: Habitaré y andaré entre ellos, Y seré su Dios, y ello serán mi pueblo” (2 Co. 6:16). Pero no todo queda en lo personal, porque Pablo enfatiza la importancia de la comunidad cuando exhorta que “Edificados sobre el fundamento de los apóstoles y los profetas, siendo la principal piedra del ángulo Jesucristo mismo, en quien todo el edificio, bien coordinado, va creciendo para ser un templo santo en el Señor; en quien vosotros también sois juntamente edificados para morada de Dios en el Espíritu” (Ef. 2:20-22). Lo mismo el apóstol Pedro, cuando dice que “Vosotros también, como piedras vivas, sed edificados como casa espiritual y sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales aceptables a Dios por medio de Jesucristo” (1 Pe. 2:5)

Es un cambio radical de difícil aceptación que parece muy claro, pero en la práctica no fue así. La lógica espacial del Antiguo Testamento se trasladó a la iglesia cristiana, y no ha cambiado hasta el día de hoy. “Para un creyente esta iglesia participa de otro espacio diferente al de la calle donde se encuentra. La puerta que se abre hacia el interior de la iglesia señala una solución de continuidad. El umbral que separa los dos espacios indica al propio tiempo la distancia entre dos modos de ser: profano y religioso. El umbral es a la vez el hito, la frontera, que distingue y opone los dos mundos y el lugar paradójico donde dichos mundos se comunican, donde se puede efectuar el tránsito del mundo profano al mundo sagrado[ii]. Luego de los períodos de persecución, la iglesia rápidamente construyó iglesias, templos, basílicas y grandes catedrales que fungieron de pequeños centros del mundo. Cuando llegó la reforma protestante otra vez, de la misma forma que con la división religioso-laico, no rompimos con esta distorsión que persiste hasta la actualidad, aunque debe reconocerse que hay diferencias con la perspectiva católica. ¿Cómo se traduce esto hoy? Pues, en que es imprescindible que toda iglesia que se precie de serlo tenga un templo, así sea un local comercial, un antiguo cine de películas pornográficas, una vivienda, o un terreno con esteras y techo de cartón. No importa, la iglesia debe tener un templo. De allí la importancia de su construcción, a veces de forma onerosa en algunos lugares que nos llevan a preguntarnos qué tan moral es construir uno cuando quizá la iglesia no esté en la capacidad de hacerlo, poniendo en riesgo inclusive la economía familiar de los miembros.

Sin embargo, ¿Debe ser esto así? Pienso que no. Las iglesias no deben tener necesariamente un templo porque la familia en la fe lo es. Los patrones de localización y sacralización de lugares deben ser rotos en forma definitiva porque las comunidades cristianas no necesitan de un local para que sean reconocidas como tales ya que nosotros, como personas y como colectividad, somos el templo donde Dios se manifiesta. No requerimos un edificio de hermosa arquitectura, excelente iluminación y acústica armoniosa porque “donde están dos o tres reunidos en mi nombre allí yo estoy” (Mt. 18:20). ¿Comprendemos la magnitud, la grandeza de esta afirmación? Cristo y su comunidad es más, mucho más que el ladrillo y el cemento. ¡La comunidad ES el centro desde donde irradia y esto más lo más grande de todo porque Cristo está presente! No hay palabras, el idioma es insuficiente, mi mente es corta para expresar la riqueza del significado de lo que nos expresa el Maestro. Dado esto, las comunidades que siguen los patrones trinitarios les debe bastar con las casas o los parques u otros lugares públicos para proclamar el mensaje del Señor y vivir intensamente su papel en la misión de Dios porque son ellas la esencia de la iglesia, de la vida, del cristianismo completo.
------------------------
[i] Las ideas de los siguientes tres párrafos se extraen de Eliade, Mircea. “Lo sagrado y lo profano”. Madrid: Ediciones Guadarrama. 1979. Pag. 26-63.
[ii] Ibid. Pag. 30.

lunes, 19 de febrero de 2007

Esas cosas que uno a veces no entiende (*)

Esta es una conversación entre Juan Rebelde, integrante de la iglesia categoría “oveja negra” o “sólo-puede-entrar-hasta-el-patio-de-los-gentiles-del-Santo-Templo”, que observa todo y cuestiona lo que ve por lo que continuamente pide explicaciones de las cosas, y Anás, pastor de su iglesia:

Juan Rebelde: Pastor, usted es el único encargado de los sermones en cada culto, de la Santa Cena y los Bautismos. Elige la música que se cantará en la liturgia, sólo usted puede casar a la gente, dirige todos los ministerios y todos los programas, los ayunos, define qué se enseña en las clases de la academia bíblica y cuáles son los énfasis teológicos. Determina a quién se le dará apoyo social. Tiene poder de tomar decisiones unilaterales, posee el poder de confesión (porque ningún líder puede negarse a no contarle alguna sesión de consejería). Es la última palabra a la hora de disciplinar a algún hermano. Nombra y/o destituye al liderazgo. Toda profecía tiene primero que escucharla usted, todos debemos sujetarnos a usted, es legalmente el Presidente de la iglesia como Asociación Civil; pregunto: ¿Es usted la cabeza de esta iglesia?

Pastor Anás: No, Juanito, se ve que no entiendes nada. Tantos años en la iglesia y sigues alimentándote sólo de la leche espiritual. ¡Si vieses a Cristo y nada más que a Cristo como tu meta y no te distrajeras con asuntos menudos y sin importancia! Ya veo porqué muchos dicen que estás alejado de la Sana Doctrina. ¡Eso me entristece tanto! Mira, la cabeza de esta iglesia es Cristo.


(*) Basado en la experiencia real de un amigo que ha preferido el anonimato.

martes, 13 de febrero de 2007

El paradigma de la autoridad

La iglesia de Filipos era, en muchos aspectos, una iglesia ideal. Al leer el texto bíblico es fácil percibir el tono amoroso e íntimo de la carta, muy personal, sentida, mostrando un gran afecto y abriendo su corazón a sus hermanos en la fe. El único problema que trasluce la epístola son algunas distensiones (1:27; 2:1-4, 12, 14; 4:2), a pesar de su generosidad (Pablo normalmente para evitar que lo califiquen de interesado no recibía dinero y se ganaba la vida haciendo tiendas a la vez de ser un misionero) para con el apóstol y otras virtudes cristianas que Pablo no es mezquino en reconocer (1:5,9; 2:12; 4:10, 15).

Pablo no quiere polemizar, tampoco desea exhortar o corregir con severidad este problema de la comunidad filipense. Ante los malentendidos y divisiones, declara a la iglesia una obviedad: la clave para una correcta convivencia entre cristianos es la humildad, enfatizando la importancia de imitar el ejemplo de Cristo. Para acentuar esta idea, Pablo, inspirado por el Espíritu Santo, nos revela una verdad que directamente nos llega al alma en 2:5-11 (Nueva Biblia Latinoamericana):

Tengan entre ustedes los mismos sentimientos que tuvo Cristo Jesús:

Él, que era de condición divina
[i],
no se aferró celoso a su igualdad con Dios
[ii]
sino que se rebajó a sí mismo[iii] hasta ya no ser nada,
tomando la condición de esclavo,
y llegó a ser semejante a los hombres.
Habiéndose comportado como hombre,
se humilló, y se hizo obediente hasta la muerte
-y muerte en una cruz.
Por eso, Dios lo engrandeció
y le concedió El Nombre que está sobre todo otro nombre,
para que ante el nombre de Jesús todos se arrodillen en los cielos,
en la tierra y entre los muertos.
Y toda lengua proclame que Cristo Jesús es el Señor,
para la gloria de Dios Padre
.”

La carga teológica de este pasaje es abrumadora y no es intención del presente escrito concentrarnos en ella. Es, en estricto, otro misterio. Berkhof se centraliza en el término morphe (forma, condición) y afirma que se refiere a la existencia de Cristo “basada en la igualdad con Dios. El hecho de que Cristo tomó la forma de siervo no envuelve que haya puesto a un lado la forma de Dios. No hubo cambio de la una por la otra. Aunque él preexistía en la forma de Dios, Cristo no contó con su carácter de ser igual a Dios como un honor que no pudiera dejar pasar sino que se despojó tomando la forma de siervo. Y bien, ¿Qué significa que haya tomado la forma de siervo? Un estado de sujeción en el cual uno está llamado a prestar obediencia. Y lo contrario a esto es un estado de soberanía en el que uno tiene derecho de mandar. El estado de igualdad con Dios no denota un modo de ser, sino un estado que Cristo cambió por otro estado[iv] de manera absolutamente voluntaria. Dentro de la comunidad divina, eterna y presente en una realidad de igualdad absoluta, uno de sus miembros, la segunda persona de la Trinidad, de manera autoimpuesta, realiza un despojo[v]. No era compulsorio, nadie forzó a Cristo a realizar ese acto que lo llevó finalmente a morir en la cruz, pero lo hizo teniendo en cuenta que implicaba algo sustancial: la obediencia a un igual, a un equivalente. No obedeció porque la primera persona de la Trinidad era más que él, una especie de Dios de mayor categoría, de poder más especial, de “padre” en el sentido humano de la Palabra. No, nada de eso. Fue la igualdad absoluta, la homogeneidad, la sincronía, pero sobre todo el amor entre la comunidad divina y, desde ellos, al objeto creado –el hombre- que lo hizo todo posible. Más aún, Cristo decido hacerse un siervo dentro de la humanidad ya que, por amor y sólo por amor se identificó con el más humilde, sufrido y despreciado de los especimenes de la raza humana. Este deseo es algo que jamás debemos olvidar, es el “criterio de una vida realmente evangélica[vi]. Varios pasajes reflejan esta autosujeción de Cristo. La oración que Jesucristo exclama en el huerto de Getsemaní (Mt. 26:36-46 y similares) es clara cuando Jesús afirma que “Padre mío, si es posible, pase de mí esta copa; pero no sea como yo quiero, sino como tú”, sometiendo su voluntad de manera completa. Llega a alegar, inclusive que “Voy y vengo a vosotros. Si me amarais, os abráis regocijado, porque he dicho que voy al Padre; porque el Padre es mayor que yo” (Jn. 14:28).

La base de la obediencia es, recalco, la igualdad, no la superioridad o la “categoría especial” de uno sobre el otro, basada en el amor y la identificación profunda con la humanidad beneficiaria del proceso redentor de Dios.

Esta visión trinitaria de la autoridad sostenida en la igualdad se confirma con el sacerdocio de todos los creyentes, enseñanza que debe ser constantemente repetida para no olvidarla jamás. Sabemos que el sacrificio de Jesucristo en la cruz hizo caduco el pacto mosaico estableciendo uno nuevo (Hebreos 9:15-22) con mejores promesas (Heb. 8:6) cuando se ofreció a sí mismo (Heb. 7:27) como la perfecta víctima una vez por todas (Heb. 7:27), como nuestro substituto (Heb. 7:27) y rescate (Heb. 9:15). Por su muerte Él llevó nuestros pecados (Heb. 9:28), nos hizo perfectos (Heb. 10:14), obtuvo para nosotros eterna redención (Heb. 9:12), abrió un camino nuevo y vivo en y a través de Él al trono de gracia del Padre, y se sentó a la diestra de Dios (Heb. 10:12) e invita ahora a los creyentes con limpia conciencia (Heb. 9:14) a entrar al Lugar Santísimo por la sangre de Jesús (Heb. 10:19) para ofrecer continuamente sacrificios espirituales (Heb. 13:15, 16) como sacerdotes en Cristo[vii].

Todos los creyentes en Jesucristo, sin excepción, somos llamados a brindar nuestra vida completa en adoración listos para “ofrecer sacrificios espirituales aceptables a Dios por medio de Jesucristo (1 Pe. 2:5)”. Todo el pueblo de Dios es, sin ninguna clase de distinciones, sacerdotal y, por ende, categóricamente debo afirmar que no existe un clero que funja de casta especial dedicada al culto a Dios: ni cura, ni pastor, ni derviche, ni chamán, ni curandero, ni nada, ya que basados en el modelo que nos da el orden trino, somos todos iguales. Leonardo Boff aplicado a la iglesia católica también habla del mismo tema –ajustable sin demasiadas adaptaciones a la realidad evangélica latinoamericana-: “lo que es error en la doctrina sobre la Trinidad no puede ser verdad en la doctrina sobre la Iglesia. Se enseña que en la Trinidad no puede haber jerarquía. Todo subordinacionismo es aquí herético. Se enseña que las personas divinas son de igual dignidad, de igual bondad, de igual poder. La naturaleza íntima de la Trinidad no es la soledad, sino la comunión. La pericoresis (mutua relación) de la vida y del amor une a los Tres divinos con tal radicalidad que no tenemos tres dioses, sino un solo Dios-comunión. Sin embargo, de la Iglesia se dice que es esencialmente jerárquica y que la división entre clérigos y laicos es de institución divina. Un torniquete que se estrecha.

No estamos contra la jerarquía. Si ha de existir la jerarquía, ya que esto puede ser un legítimo imperativo cultural, será siempre, en un buen raciocinio teológico, jerarquía de servicios y funciones. Si no resulta así, ¿cómo se puede verdaderamente afirmar que la Iglesia es icono-imagen de la Trinidad? ¿Dónde va a parar el sueño de Jesús de una comunidad de hermanos y de hermanas si existen tantos que se presentan como padres y maestros cuando Él ha dicho explícitamente que tenemos un solo padre y un solo maestro (Cfr. Mt., 23, R9). La forma actual de organizar la Iglesia (no ha sido siempre así en la historia de la Iglesia) crea y reproduce demasiadas desigualdades en vez de actualizar y hacer posible la utopía fraterna e igualitaria de Jesús y de los apóstoles
[viii].

La iglesia evangélica cree en el sacerdocio de todos los creyentes a nivel de confesión de fe pero lamentablemente en la práctica esto ha estado lejos de vivirla, salvo pocas excepciones. Lutero, el padre de esta enseñanza, decía que “todos somos consagrados sacerdotes a través del bautismo... Un sacerdote en el Cristianismo no es más que un funcionario... Si todos somos sacerdotes... y todos tenemos una fe, un evangelio, un sacramento, ¿por qué también no tenemos el poder de probar y juzgar lo que es correcto o errado en asuntos de la fe?[ix]”. Hasta aquí todo muy bien, pero el problema fue que nunca abandonó el modelo clerical católico, sino que más bien tomó tal cual, le quitó el celibato y el papel intercesor, y lo adaptó a las nuevas iglesias reformadas que se estaban instituyendo. Mantuvo la división entre el laico y el clero, tan lejana de aquel “sacerdocio universal de los creyentes que es pura expresión del sacerdocio del laico Jesús, como nos recuerda el autor de la carta a los hebreos (7, 14; 8,4)[x]”. De allí viene la expresión moderna del pastorado, que toma valor no por el principio de la igualdad, sino que resalta la superioridad de unos cristianos sobre los otros por el “llamado” hecho por Dios a tiempo completo e institucionalizado por los diplomas de los seminarios, abarcando funciones que miembros del cuerpo podrían hacer, atrofiando a la iglesia, acaparando tareas, ahogando los dones.

Por ello, es necesario a mi entender borrar la línea laico-pastor. Cada creyente ha recibido dones del Espíritu Santo para ejercer algún ministerio orientado al trabajo en la misión de Dios en el mundo y en la consolidación del reino de Dios en la tierra, por ello es fundamental que los descubra y desarrolle. Sin dones, la funcionalidad del cuerpo se atascará. Anulada la línea y disuelta la tensión[xi], la sumisión de la que habla la Biblia con respecto a los ancianos y pastores podrá darse de una manera más viva, más centrada en la realidad del ejemplo de la Comunidad Divina, ya que estará basada no en el hecho de la superioridad del pastor-profeta-apóstol-maestro, sino en la paridad entre los creyentes, el amor profundo, y el servicio abnegado, ese que es capaz de lavar los pies, ser el postrero y servir sin condiciones, ese que se despoja al igual que el Maestro sin importar nada, solamente el trabajo entregado para el reino de Dios.

Como Boff, digo que no estoy en contra de la jerarquía (la enseñanza paulina es bastante clara con los pastores y diáconos). Pero el verticalismo amante del organigrama que existe hoy en día en las iglesias no funcionará en comunidades que persigan el modelo trinitario y la enseñanza del sacerdocio de todos los creyentes. No funcionará jamás en comunidades que enfaticen “la creación y desarrollo de una comunidad que vive inmersa en su contexto, que adecua sus métodos de evangelización a la cultura sin perder de vista su misión y su fidelidad al Evangelio”. Por eso abrogo por una iglesia sin laicos y clérigos, sino por una iglesia simplemente compuesta de cristianos que viven su fe comunal y relacionalmente.

...............................

[i] “Forma de Dios” en la RV60.
[ii] La Biblia de Jerusalén dice: “El cual, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios”. Sugiere también la posible traducción: “… no consideró como presa el ser igual a Dios”.
[iii] Literalmente “se vació a sí mismo”.
[iv] Berkhof, Luis. Ibid. Pag. 390. Resaltado mío.
[v] La teológicamente llamada kenosis
[vi] Comentarios sobre el pasaje de La Nueva Biblia Latinoamericana.
[vii] La secuencia de los versículos se extrae de http://www.geocities.com/Athens/Forum/7177/Vers_art_sacerdocio.html
[viii] Boff, Leonardo. Citado en http://jimzall.mx.tripod.com/BOFF
[ix] Citado en http://www.sgi.org/spanish/budismo/bactual/Actual001.html
[x] Boff, Leonardo. Ibid.
[xi] La tensión entre el laicado y el clero, que se ha dado en todas las épocas de la historia.

lunes, 5 de febrero de 2007

La comunidad divina: el modelo para las comunidades cristianas

La palabra trinidad no es un término bíblico. Lo repiten hasta el cansancio desde las revistas de los testigos de Jehová, con su arrianismo enfermizo, hasta los voluminosos manuales de teología sistemática, junto con la retahíla de argumentos exponiendo la dificultad de la doctrina (1). Es evidente la complejidad del concepto que hace resaltar nuestra limitación humana y nos lleva a la contemplación de las maravillas de nuestro Dios, al que no entendemos como totalidad pero que, a pesar de eso, se acerca a nosotros trayendo el regalo de la salvación. Podemos captar que Dios se revela, que Él es el que es el único que es Ser no dependiente sin causa de existencia inicial, pero ante Su majestad sólo nos queda decir que Dios es, al mismo tiempo que las cosas anteriores, un misterio, que lo podremos concebir mejor cuando la reconciliación que Dios ha iniciado a través del sacrificio de Cristo en la cruz se consume con la victoria definitiva (1 Cor. 13:12).

Asumo la Trinidad como enseñanza válida. Creo que "la palabra trinidad no sólo indica la cantidad de tres, sino que también implica la unidad de los tres. Este concepto se utiliza como término técnico en la teología. No es necesario insistir que cuando hablamos de la Trinidad de Dios, nos referimos a una trinidad en la unidad y a una unidad que es trina"(2). Creo que Dios es uno como lo expresa el Shema de Deut 6:4, y otros pasajes veterotestamentarios como por ejemplo Ex. 20:3, Deut. 4:35, 32:39, Is. 45:14 y 46:9. También considero que se insinúa la pluralidad por el uso de la palabra Elohim; afirmo que Cristo es Dios (Mt. 9:4 y la omnisciencia; 28:18 y la omnipotencia; 28:20 y la omnipresencia; Col. 1:17 y su sustento de todas las cosas; Juan 1:3 y su acción activa en la creación; Juan 5:27 y su papel en el juicio; Juan 1:1 y la afirmación categórica del logos como Dios), que el Espíritu Santo es Dios (Hch. 5:3-4; 1 Cor. 2:10 y la omnisciencia como atributo; 6:19 y la omnipresencia). Se desprende que las tres personas son "coeternas y coiguales, iguales en sustancia"(3).

También creo en el "concepto de trinidad económica (que) concierne a las acciones de administración y gobierno de las personas, o las opera ad extra –las obras de fuera, es decir, sobre la creación y sus criaturas-. Para el Padre, esto incluye las obras de elegir (1 Pe. 1:2), de amar al mundo (Juan 3:16), de dar buenas dádivas (Sgo. 1:17). Para el hijo enfatiza su sufrimiento (Marcos 8:31), el redimir (1 Pe. 1:18-19) y sustentar todas las cosas (Heb. 1:3). Para el Espíritu, contempla sus obras particulares de regenerar (Tito 3:5), fortalecer (Hech. 1:8) y santificar (Gal. 5:22-23) "(4). Esta triada decidió ordenarse y dividirse las funciones sin que por esto se altere su esencia intrínseca: su igualdad y su cosustancia. El Padre no es más por elegir, el Hijo no es más por morir en la cruz, el Espíritu Santo no es más por habitar en el creyente.

Francis Schaeffer nos plantea un punto capital sobre la naturaleza de la Trinidad: la unidad y la diversidad personales en el orden trino. "Pensemos en el Credo Niceno (5): tres personas, un Dios. Alegrémonos de que escogieran la palabra "persona". Independientemente de que si se dan cuenta o no de ello, esto fue la catapulta que lanzó al Credo Niceno a nuestro siglo y sus discusiones: tres personas en existencia, amándose unas a otras, en comunicación unas con otras, antes de que todo lo demás existiese.

Si esto un hubiera sido así, hubiésemos tenido un Dios que necesitaría crear para amar y comunicarse. En tal caso Dios necesitaría al universo tanto como el universo necesitaría de Dios. Pero Dios no necesitaba crear, Dios no necesitaba al universo como el universo lo necesita a él. ¿Por qué? Porque tenemos una completa y verdadera Trinidad. Las personas de la Trinidad se comunicaban entre sí, y se amaban unas a otras, antes de la creación del mundo
"(6).

Por un momento me concentro en la Trinidad como tres personas. ¿De qué características son? ¿Podemos describirlas? ¿Tienen algunos atributos fundamentales además de las perfecciones de Dios? De manera sumamente elemental podemos afirmar que estas personas son independientes –en el sentido de la separación una de otras y de la singularidad plena una de las otras-, con vida, emociones, intelecto y voluntad distinguibles las unas de las otras. Estos matices evidentes, esta característica de la Divinidad como tres personas diferentes, implica que la frase "son uno" contenga un potente y radiante mensaje comunitario: Dios es tres pero uno, ergo, esos tres en una forma profunda, armónica y no absolutamente clara para nosotros, conviven en comunidad: la comunidad divina.

En la eternidad pasada (la "era" de pre-creación), la Divinidad-comunidad se tenía a sí misma y existía en un estado que podemos describir de la siguiente manera:

1. Estaba en un estado de suficiencia, perfección y equidad absoluta entre sus tres miembros.

2. Poseía una comunicación perfecta, fluida, permanente, empática, cálida, llena de lozanía e infinitud, comprensiva y real.

3. El amor (Dios es amor) es la esencia de la relación entre la comunidad divina. Tal era ese grado de amor que decide crear a pesar de no necesitarlo, que resuelve –en la economía divina- establecer una estructura de sujeción de una parte sobre las otras, que se comprenden a la perfección a pesar de las tensiones que trajo el conflicto soteriológico: las dudas de Cristo en la oración de Getsemaní (Mt. 26:37-42) o las sensaciones momentáneas de desamparo (Mr. 15:34).

Entonces, la comunidad divina es la génesis de nuestra humanidad comunitaria. El ejemplo trinitario de equidad, comunicación y amor incondicional y rebosante debe llenar nuestros ojos e impulsarnos a capturar el modelo de quien somos imágenes para que en esta tierra los cristianos tengamos un parangón activo y trascendente que sea el norte de nuestra praxis de vida cristiana.

Que así sea.
-----------------------------------------
(1) Aunque para mí más compleja que la Trinidad es la enseñanza de la unión hipostática de las dos naturalezas de Cristo, porque en el primer caso en última instancia puedes decir: "Dios es Dios, es infinito y con nuestra finitud no podremos comprenderlo", pero en el segundo… ¿qué hacer si Jesús anduvo entre nosotros?
(2) Berkhof, L: "Teología Sistemática". Grands Rapids: TELL, 1979. Pag. 98
(3) Ryrie, Charles: "Teología Básica". Miami: Unilit, 1993. Pag. 61
(4) Ryrie, Charles. Ibid. Pag. 62.
(5) El Credo Niceno dice los siguiente:

Creo en un solo Dios Padre Todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra, y de todas las cosas visibles e invisibles; Y en un solo Señor Jesucristo, Hijo Unigénito de Dios, Engendrado del Padre antes de todos los siglos, Dios de Dios, Luz de Luz, verdadero Dios de Dios verdadero, Engendrado, no hecho, consubstancial con el Padre; Por el cual todas las cosas fueron hechas, El cual por amor a nosotros y por nuestra salud descendió del cielo, Y tomando nuestra carne de la virgen María, por el Espíritu Santo, fue hecho hombre, Y fue crucificado por nosotros bajo el poder de Poncio Pilato, Padeció, y fue sepultado; Y al tercer día resucitó según las Escrituras, Subió a los cielos y está sentado a la diestra de Dios Padre. Y vendrá otra vez con gloria a juzgar a los vivos y a los muertos; Y su reino no tendrá fin. Y creo en el Espíritu Santo, Señor y Dador de vida, procedente del Padre y del Hijo, El cual con el Padre y el Hijo juntamente es adorado y glorificado; Que habló por los profetas. Y creo en una santa Iglesia Católica y Apostólica. Confieso un Bautismo para remisión de pecados, Y espero la resurrección de los muertos. Y la vida del Siglo venidero. Amén.

(6) Schaeffer, Francis: "El está presente y no está callado". Miami: LOGOI, 1974. Pp. 27-30.

viernes, 26 de enero de 2007

Una importante pregunta...

Gondim lo recuerda en uno de los últimos textos traducidos por Gabriel Ñanco, y se vuelve más relevante ahora que Bush insiste con enviar más soldados a Irak. Porque discutimos mucho sobre las posibles soluciones al conflicto del medio oriente, Condi Rice tiene múltiples reuniones con los funcionarios de países afines, todos los días explotan coches bombas y mueren decenas de personas, pero la pregunta capital debe ser respondida:

¿Y dónde estan las armas de destrucción masiva que motivaron esta guerra, Sr. Bush?

¿Y dónde estan las armas de destrucción masiva que motivaron esta guerra, Sr. Bush??????

¿Y dónde estan las armas de destrucción masiva que motivaron esta guerra, Sr. Bush?????????????

¿Qué hacemos con esta mentira? ¿Aplaudir a nuestro hermano en la fe, como hacen algunos fundamentalistas? ¿Mirar a las nubes, a nuestro dedo medio del pie? ¿A nuestras uñas de las manos? ¿La evaporamos?

Pues a esta mentira hay que repudiarla, porque el nombre de nuestro Dios no se puede tomar en vano, jamás, así sea el Presidente de la nación más poderosa del mundo, ¿No les parece? Yo, por lo menos, así lo hago.

lunes, 22 de enero de 2007

La imagen lo es todo

Un día te conviertes al cristianismo, y llegas a la iglesia, feliz y contento: el dilema cósmico ha sido resuelto para ti. ¡Dios arreglará mis problemas! ¡Soy un Hijo del Rey!

Un curso de inducción, preparación, múltiples actividades. Es la leche inicial, dicen por allí. Ya vendrá el rico churrasco, el taco mexicano espectacular. Te asignan a alguien: “Míralo y haz lo que haga: así DEBEN actuar los cristianos”

Luego de demostrar los “frutos del Espíritu”, te haces líder, discipulador, Bernabé, mentor, tutor, responsable. ¡Y te alegras mucho! “Es que debo estar por el camino correcto” dices mientras hinchas el pecho (a veces).

Tan tan tan taaaaaan… pero hay una advertencia severísima: “El maestro recibirá doble condenación”.

Y hay una condición tácita: El líder debe ser intachable.

Lo repito por si no entendiste: INTACHABLE.

I
N
T
A
C
H
A
B
L
E

Debe levitar con sus flamantes alas de ángel del tercer cielo.

Debe hacer notar su fe evangelicaloide.

Los ojos de carnero degollado al cantar alabanzas, son indispensables. Practícalo en casa.

El alcohol, prohibido. El fumar, menos aún. ¡Pecaaaaaaaaaaados!

¿Fiesta? ¡Pecadote! ¿Baile? ¡Tentación a mi carne!

¿Una copita? ¡El infierno!

¿La Biblia? A leerla todo el día DE ACUERDO AL PUNTO DE VISTA de tu pastor (o denominación)
Advertencia: porque si no lo haces de esa manera, estás en riesgo y puedes ser instrumento de Satanás.

Al llamado por Dios, casi ungido, reverendísimo, que gana un sueldo financiado por tus diezmos y que te dirá lo que TIENE que hacerse, nunca se le critica ni se le objeta, y mucho menos en público: tiene la sabiduría de Dios, lo usa y a través de su criterio –terco a veces, destructor otras – Jehová hará. Puede cometer errores y dañar tu corazón, pero como él no se equivoca, su yerro fue voluntad de Dios, y a través de él nuestro Señor quiso enseñarnos algo. Puedes estar demolido, pero, así es hermanito, Dios lo llamó y debes someterte.

No hagas nunca obstrucción ni te opongas ni te vuelvas contumaz: si lo haces, eres poco espiritual, en camino a ser gentil y publicano. ¿Qué mas pruebas que tu actitud?

Entonces se crea una imagen: El modelo de cristiano “estándar”, como la Biblia lo “dice”. Así sería Jesús. Si alguien osa decir: “Yo creo que puede haber otras maneras de ser cristiano”, entonces será vomitado de la congregación. O puesto en perfil bajo, en observación, en cuarentena. Al margen, a la Siberia, al Polo Sur. A las punas andinas. Al Sahel. A Borneo. A la República Centroafricana. Total, es poco espiritual. Se nos mandará a no contaminarnos. “ESE con esas ideas rebeldes, que vienen del diablo. ¡No te juntes con él”.

CRISTIANO ESTANDAR, COMO LO DICE LA BIBLIA. ¡Eso hay que buscar, hermanito, hermanita, siervo, varón, Hombre de Dios!

“No olvides, hay que ser de buen testimonio” “Hay que ser de bendición para los nuevos” Entonces, sigo el manual escrupulosamente. La imagen es fundamental, lo es todo.

Pero hay inconsistencias. Y un poco grandes. Como si colásemos el mosquito y tragásemos el camello.

Un camello obeso, rechoncho.

El pecado privado se puede tolerar, pero nunca el pecado público: la imagen lo es todo.

O sea, soy un discipulador que ve pornografía hasta tarde en Internet todo los días. Eso puede ser consentido porque “la gracia de Dios me perdona,” pero si se me escapan lisuras en público, eso no se perdona: tu vida espiritual deja mucho que desear. Recapacita y cuando superes ese pecado, vuelves. Sobre la pornografía… si nadie lo sabe, no pasa nada. O si lo sabe tu pastor… no pasa nada tampoco, porque tienes su cobertura.

¿Y qué es peor?

Y si luchas, y te cuesta, no se lo digas a los nuevos: serás de tropiezo. Tú debes ser intachable, no lo olvides. Dios tolera el pecado pero no el escándalo.

O sea, si un día les digo: “Tengo un problema con la pornografía, y quiero dejarlo y no puedo, por favor oren por mí”, y soy totalmente honesto, esta mal. ¡Estas hundiendo, confundiendo a los nuevos en la fe! ¡Ni se te ocurra hacer eso! ¡Abominación! ¡Si lo haces, seas anatema!

Pero si guardo la imagen, eso sí es mejor. ES BUENO. Es que ellos no entenderían – los nuevos – .

La imagen lo es todo.

Y si hablamos de enamorarse… pues: Recuerda, tiene que ser de una chica que tenga, por lo menos, tu misma madurez. Sino, será de tropiezo.

Madurez, madurez, madurez, madurez, madurez, madurez, madurez…

T R O P I E Z O

TRO – PIE – ZO

En griego: “scandalon”. Según el diccionario Vine, es cualquier cosa que suscite prejuicios, o que venga a ser un obstáculo para otros, o que les haga caer en el camino.

Debe querer servir, amar a Dios, creer DE LA MISMA FORMA que tú.

Si no cumple esos requisitos, pues lo sentimos: te quedarás esperando sentado a “la idónea que Dios tiene para ti” (pasan los 40 y nos desesperamos mucho, casi a nivel de angustia, pero Dios sabe porqué hace las cosas).

Pero la gente se enamora: el líder también. Y si la pareja es “Inmadura(o)”, será una relación vetada.

Pero la atracción… es la atracción.

Y bueno… inicias relaciones por lo bajo. Te acercas, creas lazos… pero no formalizas.

Es que no se puede, varón. Es de tropiezo. Tengo que guardar el testimonio.

Y sufro mucho…. Me gusta pero no puedo estar con el(la).

Pero besa muy bien, eso sí. Y tocar su cuerpo es increíble. Me pone a mil por hora.

Pero no puedo estar. La imagen lo es todo. ¿Cómo yo, el líder superespiritual, podría estar con ella que es inmadura? Nunca. Pero la práctica puede decir otra cosa.

Rompemos corazones. Los pulverizamos a veces. A veces, el mío propio.

Imaginemos que usar pantalones verdes es interpretado como algo malo. No es seguro, no lo dice la Biblia directamente, pero por tradición es malo que un cristiano se los ponga (idea enseñada desde el primer día).

Pero es discutible en el universo eclesial porque la Biblia es ambigua. Qué difícil que es todo cuando no hay consensos.

Triple ética: uso pantalones verdes con mis amigos de la universidad, con mis compañeros de trabajo, con la gentita del colegio (porque es discutible). Pero con los chicos de mi iglesia: ¡Nunca!

Hermano, es el testimonio, pues. ¿Cómo voy a usar pantalones verdes con ellos?

¡Tienen que ser bien cristianos! ¡Aprender cómo un cristiano DEBE comportarse! ¡Y el cristiano no lleva pantalones verdes!

(O, si lo hace, debe ser bien maduro para que no caiga).

¡A la mierda con todo esto! (Uy, he pecado por escribir semejante palabrota. ¡Miserable de mí!) ¡Es insoportable! ¿Esta hipocresía toleramos?

Si, la disimulamos muy bien. Es lo políticamente correcto.

¿Hipocresía o la honestidad de un cristiano que tiene debilidades y lucha día a día, que las comparte sin hacerse el super hombre, el Sr. Pedro Pablo Juan Mateo de Tarso Fundamentalista del Siglo XXI?

Opto por la honestidad emancipadora. Me hace realmente libre: soy uno con la comunidad de pecadores que busca al Señor.

Pero por lo general no es así… es que la imagen lo es todo, hermanito.

viernes, 19 de enero de 2007

472

Al leer la Biblia percibo que de alguna manera para Dios el asunto espacial tenía cierta importancia: el ofrecimiento de la tierra prometida en un lugar específico –Canaán, desde Dan hasta Beerseba, entre la nación filistea y Galaad-; la ubicación precisa del Templo sobre el monte Moriah, una de las colinas de la vieja capital; la Palabra inspirada anhelando la tierra abandonada, como ese sublime Salmo 137 que emana añoranza y amor al lugar de dónde somos (RV60 adaptada libremente):

Junto a los ríos de Babilonia,
allí nos sentábamos, y aún llorábamos,
acordándonos de Sión.

Sobre los sauces en medio de ella
colgábamos nuestras arpas.
Y los que nos habían llevado cautivos nos pedían que cantásemos,
y los que nos habían desolado nos pedían alegría, diciendo:
Cántenos algunos de los cánticos de Sión.
¿Cómo cantaremos cántico de Jehová
en tierra de extraños?

Si me olvidase de ti, oh Jerusalén,
pierda mi diestra su destreza.
Mi lengua se pegue a mi paladar,
si de ti no me acordase;
Si no enalteciere a Jerusalén
Como preferente asunto de mi alegría.


Sí, parece que el lugar en donde uno nació o vivió importa aunque sea un poquito, es parte del móvil que nos empuja a continuar, y es aparente un aval divino al sentimiento de localía. García Márquez en “Cien años de soledad” habla de que uno se hace perteneciente a un lugar cuando comienza a enterrar a sus muertos allí. Sabato declara a Buenos Aires como su ciudad, y Sabina canta, esplendoroso, que “he llorado en Venecia, me he perdido en Manhattan, he crecido en La Habana, he sido un paria en París, México me atormenta, Buenos Aires me mata, pero siempre hay un tren que desemboca en Madrid”.

¿Y mi tren? ¿Llega a alguna parte? Sí, siempre a Lima, siempre a su garúa y su neblina, a sus playas de agua helada al sur, a su centro colonial, a su bazar suelo de libros usados, a sus mercados populares efervescentes, y a todos sus rincones, en uno de los cuales nací el invierno de 1977.

Lima ha cumplido el dieciocho de Enero 472 años de fundación española. Es la segunda ciudad del mundo en tamaño construida sobre un desierto (luego de El Cairo), tiene ocho millones de personas y es una típica ciudad latinoamericana que ha crecido exponencialmente por la migración que se dio en la segunda mitad del siglo pasado. Un río pequeño y sucio por la contaminación brutal que recibe, un tráfico brutal y ofensivo, un desarrollo sin planificación que la hace escasa de grandes vías que atraviesen la ciudad (como por ejemplo la 30 o la 40 de Madrid). Pobreza extrema en los arenales de las afueras y riqueza exultante cerca al mar, pegado al acantilado o a algunas estribaciones andinas. Contrastes, todo lleno de contrastes en esta Lima que es una y mil al mismo tiempo.

Siempre he pensado que soy territorial en el sentido del amor: amo la casa de mis padres en la que viví 26 años, mi barrio y sus calles (entre la Javier Prado, Las Palmeras, la Vía de Evitamiento, la Separadora Industrial y la Avenida La Molina), amo mi colegio, amo la universidad en donde estudié, amo Lima, mi ciudad. Me ha encantado siempre recorrer sus calles de extremo a extremo tomando buses o simplemente caminando, indagar leyendas surgidas en las esquinas dueñas del bullicio, compenetrarme con su alma de casi cinco siglos. Estoy enamorado de sus fotos antiguas, de esas de hace cien años que muestran el enorme valle –hoy, totalmente urbanizado-, el inicial trazo de las avenidas, los primeros autos. Me duelen los registros de la guerra del Pacífico con los relatos de la destrucción de Barranco, Chorrillos y Miraflores. Me alegran y conmueven las historias coloniales de Ricardo Palma cuando la urbe de hoy era la Ciudad de los Reyes y la más rica del Nuevo Mundo, me emociona lo que podría ser el centro de la ciudad restaurado, me sorprende la avalancha migrante (mis padres son parte de ella: él, de Cajamarca y ella, de Chiclayo) que le dio una cara absolutamente nueva a la ciudad y que ha hecho que quizá cerca de la mitad de pobladores de Lima no hayan nacido aquí. Todo esto es, definitivamente, parte de mí, un gran fragmento de mi ser melancólico.

Tantas vidas, tantos lugares, tantas historias ya perdidas y otras todavía vivas: una de ellas, chiquitita, la mía.

domingo, 7 de enero de 2007

Más de economía y cristianismo...

En el Principio creó Dios los cielos y la tierra. La tierra era caos y confusión y oscuridad encima del abismo, y un viento de Dios aleteaba por encima de las aguas” (Gen 1:1-2 BJ). Tras eso, Dios hizo la naturaleza junto con el hombre material dependiente y en relación especial con ella por su condición de ser orgánico, poniéndolo a cargo de todo, según el relato, en un gran jardín con todo lo que necesitaba -estaba Eva, estaba Dios, estaban los alimentos (Gen. 1:16)-. Entonces, un vínculo fraterno se formaba con otros seres humanos –a través de la mujer-, con Dios –referido en su dialogo con Él-, consigo mismo –por su conciencia de soledad al ver a los animales-, y con la propia naturaleza. Luego vino el pecado y se trastocó todo. A la naturaleza humana le llegaron algunos regalitos.

El cosmos se transformó pero la necesidad del hombre se mantuvo inalterable. Tampoco variaron las relaciones: por ejemplo, la dependencia hombre-naturaleza se conservó. Había que comer, soportar el frío, vestirse. Para ello demandaba bienes que debían producirse (hacerlos por sí mismo o, en un inicio, recolectarlos) mediante la actividad económica, o en palabras de Marx, el trabajo. Ya Dios lo había establecido desde antes de la caída (Gen 1:15).

Aquí está la base de todo. Adán tenía hambre, y tenía que sembrar. Necesitaban pieles para vestirse, y había que ir a cazar un oso o quizá un búfalo. Si se requerían vasijas para cocinar, pues iba a su casa a hacer labor de alfarero. Hoy hacemos exactamente lo mismo con cada una de nuestras necesidades, pero nos especializamos en hacer una cosa, y luego intercambiamos eso por todo lo demás. Claro está, con el bien llamado dinero de por medio. En resumen, necesidad y bien que requiere ser producido por el hombre mediante el trabajo. Del primero depende el consumo, y del segundo, la producción en sí.

Necesidad, entonces produzco y luego consumo. ¡Fácil y elemental –y redundante-! Es la base y el motivo del estudio de las actividades económicas del hombre. Todos estamos inmersos en este proceso y por eso somos bautizados como homo economicus. La vez anterior comenté sobre la escasez surgida del desbalance que existe entre necesidades y satisfactores. Esta es una vieja idea que viene desde los economistas clásicos de del siglo XVIII, debido al concepto de los rendimientos decrecientes (dime, ¿eres más productivo en el trabajo a las 9 de la mañana, cuando entras, o a las 8 de la noche, en las horas extras? Es temprano por los rendimientos decrecientes) y por los conceptos poblacionales de un señor llamado Malthus (que decía que la cantidad de gente crece exponencialmente: 1, 2, 4, 8, 16, 32…; y la cantidad de alimentos producidos crece aritméticamente: 1, 2, 3, 4, 5, 6…). La idea es real y la sentimos todos los días: ¡No tenemos todo lo que queremos! ¡El dinero no nos alcanza! (lo mismo en niveles de país como personales).

Necesidad, producción. Adam Smith, el padre de la economía moderna, dijo una frase reveladora, escupida a mi rostro en una de las primeras lecturas de mis estudios en la universidad: “la base de la economía es la codicia”. Rápidamente vinieron a mi mente las palabras de Santiago: “Codiciáis, y no tenéis; matáis y ardéis de envidia, y no podéis alcanzar; combatís y lucháis, pero no tenéis lo que deseáis, porque no pedís. Pedís y no recibís, porque pedís mal, para gastar en vuestros deleites” (Sgo. 4:2-3 RV60). El ser humano, por el conflicto cósmico a raíz del pecado, desea tener más y más y más y más y más y más y más y más y… ( a propósito y haciendo una pausa, de este concepto de la codicia viene mi desconfianza a aquellos cristianos que comienzan el ministerio en el llano, peleando allí, y comienzan a crecer, impulsados al inicio por el celo de la palabra, pero después se transforman, trabajando a nivel de su ciudad, de su país, luego de Latinoamérica, se convierten en intocables… ¡codicia!). Y va por los dos lados: como queremos más, las necesidades van para arriba. Como queremos más, la producción, igualmente, es presionada hacia arriba.

Un hacha para separar a ambas. Dije antes que por el lado de las necesidades hay algunos problemas: la definición de ellas, el establecimiento de unas “necesidades básicas como derecho humano”. Evidentemente hay más inconvenientes. Nosotros empujamos las necesidades al crecimiento. Los señores del otro lado –de la producción- juegan con nuestra codicia. La mercadotecnia nos invade y estimula el espíritu codicioso del alma humana. Nos venden el auto nuevo, la moda del verano, luego del otoño, del invierno, de la primavera y del verano otra vez, totalmente cambiada que se ve espectacular en una modelo anoréxica rubia de ojos azules a la que no nos pareceremos jamás. Viva el glamour, la comida exótica, la vida cómoda, los viajes, la coca cola más burbujeante, la nueva Pentium, el juego de sala nuevo. La liposucción. El nuevo color de cabello, la nueva cerveza, la TV plasma, el nuevo lector de DVD, el MP4, la Biblia con cobertura nueva, el nuevo CD de alabanzas. ¡Consume, consume, consume! ¡Mira esto, la novedad! ¡Necesito, necesito, necesito! ¡Más, más, más! ¡Y lo quiero todo para mi! (porque a la hora de satisfacer las necesidades, yo compito con los demás por los satisfactores limitados que existen. Por ejemplo, ¿Han ido a un cierrapuertas de un gran almacén? ¿Se compite o no?). Nosotros, hipnotizados, nos tragamos el anzuelo con caña de pescar y todo.

Entonces, a producir más. Todos a producir más (bueno, los que tienen empleo). El sistema productivo está organizado, hoy por hoy, por empresas de propiedad privada, que en teoría existen para la satisfacción de necesidades (aunque Marx no estaba de acuerdo: decía él que la producción era para el intercambio. Por ello, su análisis económico se basaba en la mercancía y sus valores de uso y de cambio). Las empresas tal como están diseñadas generan algo jugoso y atractivo: utilidades, ¡Y la codicia está allí! Hay más utilidades si produzco más, hay más utilidades si produzco mejor, hay más utilidades si vendo más, si tengo menos costos, si soy más eficiente, si trabajo más tiempo. Para ser más eficiente, yo como engranaje productivo debo hacer una maestría, luego otra, luego permanentes cursos de actualización, al mismo tiempo de llegar más temprano al trabajo y salir más tarde. A veces es necesario ir un fin de semana. (en otros países las jornadas laborales se acortan pero al mismo tiempo que de los salarios. Por ello, necesito un trabajo extra que me permita mantener mi nivel de consumo aunque implique 13 o 14 horas al día de labor). Como compito con otros productores, hay que ganarles, siempre ganarles, ¡destruirlos!, y si no puedo, ¡comprarlos! Por ello la concentración de poder económico. Unas pocas trasnacionales mueven una masa enorme de dinero y pueden decidir sobre cuestiones a nivel global.

Abstraídos en la competencia y en la eficiencia. Si no, quedas fuera, excluido, y serás el “lloro y el crujir de dientes”. La presión es fortísima. ¿No tiene sentido que esta sea la época de los psicólogos? Es necesario tratar la angustia causada por la posibilidad de que te boten al tacho de basura.

A este nivel, y para terminar, dejo a Ernesto Sabato (*) con algunos pensamientos de sus noventaitantos años vividos en permanente reflexión.

A cada hora el poder del mundo se concentra y se globaliza. Veinte o treinta empresas, como un salvaje animal totalitario, lo tienen en sus garras. Continentes en la miseria junto a altos niveles tecnológicos, posibilidades de vida asombrosas a la par de millones de hombres desocupados, sin hogar, sin asistencia médica, sin educación. La masificación ha hecho estragos, ya es difícil encontrar originalidad en las personas y un idéntico proceso se cumple en los pueblos, en la llamada globalización. ¡Qué horror! ¿Acaso no comprendemos que la pérdida de los rasgos nos va haciendo aptos para la clonación? La gente teme que por tomar decisiones que hagan más humana su vida, pierdan el trabajo, sean expulsados, pasen a permanecer a esas multitudes que corren acongojadas en busca de un empleo que les impida caer en la miseria, que los salve. La total asimetría en el acceso a los bienes producidos socialmente está terminando con la clase medias, y el sufrimiento de millones de seres humanos que viven en la miseria está permanentemente delante de los ojos de todos los hombres, por más esfuerzo que hagamos en cerrar los párpados. Pronto no podremos ya gozar de estudios o conciertos porque serán más apremiantes las preguntas que nos impondrá la vida respecto de nuestros valores supremos. Por la responsabilidad de ser hombres.

Esta crisis no es la crisis del sistema capitalista, como muchos imaginan: es la crisis de toda una concepción del mundo y de la vida basada en la idolatría de la técnica y en la explotación del hombre. Para la obtención del dinero, han sido válidos todos los medios. Esta búsqueda de la riqueza no ha sido llevada adelante para todos, como país, como comunidad; no se ha trabajado con un sentimiento histórico y de fidelidad a la tierra. No, desgraciadamente esto parece la estampida que sigue a un terremoto donde en medio del caos cada uno saquea lo que puede. Es innegable que esta sociedad ha crecido llevando como meta la conquista, donde tener poder significó apropiarse y la explotación llegó a todas las regiones posibles del mundo.

La economía reinante asegura que la superpoblación mundial no puede ser asimilada por la sociedad actual. Esta frase me da escalofríos: es suficiente para que los poderes maléficos justifiquen la guerra. Las guerras siempre han contado con el auspicio de grandes sectores de la población que, de alguna manera u otra, se beneficiaban de ella. Como centinela, todo hombre debe permanecer en vela. Esto nunca ha de suceder. El “sálvese quien pueda” no es sólo inmoral, sino que tampoco alcanza.

Las creencias y el pensamiento, los recursos y las invenciones fueron puestos al servicio de la conquista. Colonialismos e imperios de todos los signos, a través de luchas sangrientas, pulverizaron tradiciones enteras y profanaron valores milenarios, cosificando primero la naturaleza y luego los deseos de los seres humanos


¿Y qué de los cristianos ante esto? ¡Muchos están esperando el cielo o encerrados en sus templos! ¿No es eso inmoral?

(*) La cita de Ernesto Sabato es de su libro "La resistencia".

martes, 19 de diciembre de 2006

Pensando sobre economía y cristianismo...

Todos somos un poco psicólogos, un poco filósofos, un poco antropólogos, un poco sociólogos, un poco economistas. Lo he dicho siempre, quizá aburriendo un poco, pero esa pluralidad, esa mixtura, esa tendencia polifacética de nuestra realidad humana debe reflejarse en una opinión, en una manera de ver la vida en todos esos aspectos, en una acción que marca la bitácora. Cosmovisión le dicen unos. Cultura otros. Si se le añade el cristianismo a ese cóctel, el tema se hace más vital, porque el efecto de una relación con Dios en la vida de una persona la trastoca, la reacomoda, le cambia su nivel de referencia, su escala de medición y hace que su visión del mundo sea otra. Debería ser así.

Lástima, porque la expresión de esa visión diferente no se da en el nivel que merece o en la forma necesaria. Como diría una amiga blogger, preferimos nuestro microclima, calientito, cómodo, con demasiado anhidrido carbónico que hoy por hoy, nos asfixia sin que nos demos cuenta. Y si hablamos, pedimos que matemos a un presidente opositor a nuestro país (como sugirió Pat Robertson) o enviamos un proyecto de ley para eliminar las minifaldas en las instituciones públicas (como hizo a fines de los noventas un congresista peruano del que he olvidado el apellido).

Me encanta la economía y soy feliz por haberla estudiado. Recuerdo la primera clase que solía dar a mis alumnos en la universidad cuando enseñaba, esa donde introduces el tema, las cuestiones básicas y las ideas primigenias de la economía. Insistía, como lo recalcan los libros de texto, en los dos elementos fundamentales: Primero, las NECESIDADES; segundo, los SATISFACTORES, donde todas las necesidades de las personas son cubiertas por los satisfactores, que son bienes materiales e inmateriales. Mi necesidad es la alimentación. El satisfactor puede ser un peruano arroz con pollo con una papa a la huancaína, una pizza, una hamburguesa, un jugoso asado argentino o una arepa venezolana. Nada complicado hasta aquí, todo elemental. Como decía, todos somos un poco economistas.

Sin embargo, hay un pequeño problema: la escasez. ¿Qué implica eso? Que no tenemos los suficientes satisfactores para cubrir todas las necesidades. O sea, no hay hamburguesas o pizzas para todos. Quizá puedo plantearlo de la siguiente manera: ¿Te alcanza el dinero a fin de mes? ¿Tienes todo lo que quisieras? ¿No tienes esa computadora nueva, ese departamento con una habitación más? ¿No te alcanza para los libros que quieres tener? ¿Quieres un auto nuevo, y no tienes el dinero? Entonces experimentas la escasez. Hasta los más ricos la tienen, porque es posible que no tengan el tiempo necesario para hacer todas las cosas que desean. Más todavía, podemos decir –por facilidad matemática- que las necesidades son muy grandes, infinitas, y que los satisfactores no tanto así. El estudio de cómo hacemos para equilibrar, para "administrar" este desbalance, es la economía. Muy sencillo, ¿cierto?

Parece todo profano y nada sagrado. Sin embargo, como cristiano debo tener algunas cosas que decir (y sólo desde esta idea elemental) sobre este concepto base de esa ciencia que regala año a año premios nóbeles: el egoísmo humano, el materialismo y las infinitas necesidades. Al mismo tiempo, la definición, teniendo en cuenta el amor al prójimo y la mayordomía del hombre para con la creación de Dios, las necesidades y satisfactores fundamentales del hombre, considerando que ambos son elementos dinámicos debido a factores como el incremento de la productividad y la tecnología. ¿Alimento, vestido, vivienda, educación, agua, servicios básicos? ¿Debe ser un derecho de cada ser humano el tener acceso a un plato de comida con contenido protéico decente, a una vivienda digna? ¿Es el caviar una necesidad importante? Si estoy dentro del invernadero, esto no me importa, o asumo las distorsiones como intrínsecas dentro del mundo pecador. Si pretendo salir –o si ya estoy fuera- es relevante.

Esta interacción necesidades - satisfactores requiere un asunto que de todas formas sabemos. ¿Qué cosa es? La producción de estos satisfctores mediante la actividad económica. Hay que hacer los celulares, producir el arroz, las papas, el servicio de telefonía que permite el acceso a internet, el servicio de transporte, y el largo demás. La organización de la actividad económica se hace mediante los sistemas económicos, que organizan la forma de producción de los satisfactores, y la distribución de éstos hacia las necesidades. A través de la historia, hemos tenido el sistema primitivo de recolección, el comunismo primitivo, el esclavismo, el feudalismo, el sistema de libre mercado, el socialismo, y mezclas entre los anteriores. No podemos determinar la tendencia hacia el futuro de los sistemas, es algo difícil de predecir.

Otra vez, ¿Dónde entra la doctrina, la reflexión cristiana aquí? Obviamente no es en la creación de sistemas económicos (Dios a través de la Biblia no lo hace, asume el sistema esclavista, escribe su Ley y se encarnó en él. ¿Pedimos acaso que tengamos reyes otra vez, o esclavos, o siervos?), sino que, a mi entender, debe encaminarse a la exigencia de la justicia en los sistemas. Aquí hay mucho que decir, sobre la brecha cada vez más amplia entre ricos y pobres, sobre la pobreza en sí, sobre los temas salariales, los lobbys económicos, la privatización de bienes naturales, las patentes, la forma en que se producen los bienes y servicios (el trabajo infantil, el tema de los inmigrantes, los beneficios sociales, las externalidades), la distribución, el papel del gobierno, la creación de puestos de trabajo, etcétera.

Mucho que decir y hacer. ¿Alcanzará el tiempo? ¿La energía? ¿Nos ganará el egoísmo? ¿La velocidad de la vida?

lunes, 27 de noviembre de 2006

Esto es algo más personal…

Ya he escrito de esto antes. No sé si la repetición es falta de creatividad, símbolo de pocas ideas, quizá cansancio o necesidad de vacaciones; Peor aún, verán que la idea que planteo es algo axiomática, como si uno mas uno es igual a dos o que Cristo es el Hijo de Dios: el tiempo produce cambios tanto en la iglesia como en la gente y, ante ellos, debemos reaccionar y tomar decisiones.

De un tiempo a esta parte, mi relación con mi iglesia “local” ha mutado grandemente. Concentrada en la evangelización de la clase media alta de Lima y fiel seguidora del principio de las unidades homogéneas de McGaravan, acaba de inaugurar su nuevo templo para 800 personas. El esfuerzo es caro, pues la construcción es costosa y se les ha pedido a hermanos específicos que aporten sacrificialmente un importante faltante de dinero para la construcción y acondicionamiento del templo. Ya está listo, es bonito, es grande, conmueve un poco sobre todo si has estado en todas las etapas de la congregación, desde la inicial casa con capacidad para, máximo, 100 personas en 1991.

Pero no estoy feliz. Desde hace dos años, en los que dejé las actividades ministeriales en la iglesia (el grupo de adolescentes, la academia bíblica, los jóvenes) hasta el día de hoy, mi mente y mi corazón han migrado desde la ortodoxia de mi denominación (con un par de años del seminario incluido) a la misión integral, el debate teológico a niveles intuitivos, la abierta autocrítica y la reflexión sobre nuevos modelos de comunidades, un camino en el que muchos otros –manifestando su voz en la blogósfera, por ejemplo- están inmersos en América Latina. Y ante esto, se ha llegado a un punto muerto: mi iglesia local no cambiará, pienso demasiado diferente a ella y ella a su vez distinto a mí. Como decía líneas arriba, las cosas han cambiado, y ya no tengo espacio en sus paredes.

La respuesta es evidente, pero en la práctica no lo es tanto. ¿Por qué es tan traumático para los miembros de la iglesia la salida de un hermano en Cristo a otra denominación o comunidad independiente si no es por causas del pecado o las discusiones? ¿Por qué el hecho de dejar de ser miembro de una iglesia local es una herida enorme para ambos? ¿Por qué esa decisión no puede ser acompañada por un “oraremos por ti para que Dios te llene de gracia en los nuevos caminos que está disponiendo para tu persona” y, en cambio, está adosada al recelo, a la mala palabra, a la especulación lacerante, al chisme, a la expresión por detrás del implicado, al psicoanálisis barato?

Debería ser todo más simple. Si tu mente ha cambiado, tu partida debe ser un proceso natural e incentivado, promovido porque así el crecimiento para con la iglesia universal será mayor, pero no: si queremos escapar del microclima, somos casi herejes, peor que mundanos, unos desagradecidos por no apreciar todo lo que la comunidad local ha hecho por nosotros a través de los años. ¿Por qué, Dios, tienen que ser así las cosas? A mi madre le han “sugerido” evitar el contacto con una señora que ha dejado la congregación hace algunos meses porque ahora su forma de pensar es más pentecostal. ¿Será así conmigo si decido cambiarme? ¿Le prohibirán a mis amigos de años el contacto conmigo? ¿Les dirán que soy una mala influencia?

Es evidente que estoy pensando dejar mi iglesia local. El tiempo la ha cambiado, y a mi también. Oro para que Dios me ayude en este proceso, y si hay que salir… pues tiene que ser a alguna parte, y no estoy seguro de a dónde.