martes, 13 de febrero de 2007

El paradigma de la autoridad

La iglesia de Filipos era, en muchos aspectos, una iglesia ideal. Al leer el texto bíblico es fácil percibir el tono amoroso e íntimo de la carta, muy personal, sentida, mostrando un gran afecto y abriendo su corazón a sus hermanos en la fe. El único problema que trasluce la epístola son algunas distensiones (1:27; 2:1-4, 12, 14; 4:2), a pesar de su generosidad (Pablo normalmente para evitar que lo califiquen de interesado no recibía dinero y se ganaba la vida haciendo tiendas a la vez de ser un misionero) para con el apóstol y otras virtudes cristianas que Pablo no es mezquino en reconocer (1:5,9; 2:12; 4:10, 15).

Pablo no quiere polemizar, tampoco desea exhortar o corregir con severidad este problema de la comunidad filipense. Ante los malentendidos y divisiones, declara a la iglesia una obviedad: la clave para una correcta convivencia entre cristianos es la humildad, enfatizando la importancia de imitar el ejemplo de Cristo. Para acentuar esta idea, Pablo, inspirado por el Espíritu Santo, nos revela una verdad que directamente nos llega al alma en 2:5-11 (Nueva Biblia Latinoamericana):

“Tengan entre ustedes los mismos sentimientos que tuvo Cristo Jesús:

Él, que era de condición divina
[i],
no se aferró celoso a su igualdad con Dios
[ii]
sino que se rebajó a sí mismo[iii] hasta ya no ser nada,
tomando la condición de esclavo,
y llegó a ser semejante a los hombres.
Habiéndose comportado como hombre,
se humilló, y se hizo obediente hasta la muerte
-y muerte en una cruz.
Por eso, Dios lo engrandeció
y le concedió El Nombre que está sobre todo otro nombre,
para que ante el nombre de Jesús todos se arrodillen en los cielos,
en la tierra y entre los muertos.
Y toda lengua proclame que Cristo Jesús es el Señor,
para la gloria de Dios Padre
.”

La carga teológica de este pasaje es abrumadora y no es intención del presente escrito concentrarnos en ella. Es, en estricto, otro misterio. Berkhof se centraliza en el término morphe (forma, condición) y afirma que se refiere a la existencia de Cristo “basada en la igualdad con Dios. El hecho de que Cristo tomó la forma de siervo no envuelve que haya puesto a un lado la forma de Dios. No hubo cambio de la una por la otra. Aunque él preexistía en la forma de Dios, Cristo no contó con su carácter de ser igual a Dios como un honor que no pudiera dejar pasar sino que se despojó tomando la forma de siervo. Y bien, ¿Qué significa que haya tomado la forma de siervo? Un estado de sujeción en el cual uno está llamado a prestar obediencia. Y lo contrario a esto es un estado de soberanía en el que uno tiene derecho de mandar. El estado de igualdad con Dios no denota un modo de ser, sino un estado que Cristo cambió por otro estado”[iv] de manera absolutamente voluntaria. Dentro de la comunidad divina, eterna y presente en una realidad de igualdad absoluta, uno de sus miembros, la segunda persona de la Trinidad, de manera autoimpuesta, realiza un despojo[v]. No era compulsorio, nadie forzó a Cristo a realizar ese acto que lo llevó finalmente a morir en la cruz, pero lo hizo teniendo en cuenta que implicaba algo sustancial: la obediencia a un igual, a un equivalente. No obedeció porque la primera persona de la Trinidad era más que él, una especie de Dios de mayor categoría, de poder más especial, de “padre” en el sentido humano de la Palabra. No, nada de eso. Fue la igualdad absoluta, la homogeneidad, la sincronía, pero sobre todo el amor entre la comunidad divina y, desde ellos, al objeto creado –el hombre- que lo hizo todo posible. Más aún, Cristo decido hacerse un siervo dentro de la humanidad ya que, por amor y sólo por amor se identificó con el más humilde, sufrido y despreciado de los especimenes de la raza humana. Este deseo es algo que jamás debemos olvidar, es el “criterio de una vida realmente evangélica”[vi]. Varios pasajes reflejan esta autosujeción de Cristo. La oración que Jesucristo exclama en el huerto de Getsemaní (Mt. 26:36-46 y similares) es clara cuando Jesús afirma que “Padre mío, si es posible, pase de mí esta copa; pero no sea como yo quiero, sino como tú”, sometiendo su voluntad de manera completa. Llega a alegar, inclusive que “Voy y vengo a vosotros. Si me amarais, os abráis regocijado, porque he dicho que voy al Padre; porque el Padre es mayor que yo” (Jn. 14:28).

La base de la obediencia es, recalco, la igualdad, no la superioridad o la “categoría especial” de uno sobre el otro, basada en el amor y la identificación profunda con la humanidad beneficiaria del proceso redentor de Dios.

Esta visión trinitaria de la autoridad sostenida en la igualdad se confirma con el sacerdocio de todos los creyentes, enseñanza que debe ser constantemente repetida para no olvidarla jamás. Sabemos que el sacrificio de Jesucristo en la cruz hizo caduco el pacto mosaico estableciendo uno nuevo (Hebreos 9:15-22) con mejores promesas (Heb. 8:6) cuando se ofreció a sí mismo (Heb. 7:27) como la perfecta víctima una vez por todas (Heb. 7:27), como nuestro substituto (Heb. 7:27) y rescate (Heb. 9:15). Por su muerte Él llevó nuestros pecados (Heb. 9:28), nos hizo perfectos (Heb. 10:14), obtuvo para nosotros eterna redención (Heb. 9:12), abrió un camino nuevo y vivo en y a través de Él al trono de gracia del Padre, y se sentó a la diestra de Dios (Heb. 10:12) e invita ahora a los creyentes con limpia conciencia (Heb. 9:14) a entrar al Lugar Santísimo por la sangre de Jesús (Heb. 10:19) para ofrecer continuamente sacrificios espirituales (Heb. 13:15, 16) como sacerdotes en Cristo[vii].

Todos los creyentes en Jesucristo, sin excepción, somos llamados a brindar nuestra vida completa en adoración listos para “ofrecer sacrificios espirituales aceptables a Dios por medio de Jesucristo (1 Pe. 2:5)”. Todo el pueblo de Dios es, sin ninguna clase de distinciones, sacerdotal y, por ende, categóricamente debo afirmar que no existe un clero que funja de casta especial dedicada al culto a Dios: ni cura, ni pastor, ni derviche, ni chamán, ni curandero, ni nada, ya que basados en el modelo que nos da el orden trino, somos todos iguales. Leonardo Boff aplicado a la iglesia católica también habla del mismo tema –ajustable sin demasiadas adaptaciones a la realidad evangélica latinoamericana-: “lo que es error en la doctrina sobre la Trinidad no puede ser verdad en la doctrina sobre la Iglesia. Se enseña que en la Trinidad no puede haber jerarquía. Todo subordinacionismo es aquí herético. Se enseña que las personas divinas son de igual dignidad, de igual bondad, de igual poder. La naturaleza íntima de la Trinidad no es la soledad, sino la comunión. La pericoresis (mutua relación) de la vida y del amor une a los Tres divinos con tal radicalidad que no tenemos tres dioses, sino un solo Dios-comunión. Sin embargo, de la Iglesia se dice que es esencialmente jerárquica y que la división entre clérigos y laicos es de institución divina. Un torniquete que se estrecha.

No estamos contra la jerarquía. Si ha de existir la jerarquía, ya que esto puede ser un legítimo imperativo cultural, será siempre, en un buen raciocinio teológico, jerarquía de servicios y funciones. Si no resulta así, ¿cómo se puede verdaderamente afirmar que la Iglesia es icono-imagen de la Trinidad? ¿Dónde va a parar el sueño de Jesús de una comunidad de hermanos y de hermanas si existen tantos que se presentan como padres y maestros cuando Él ha dicho explícitamente que tenemos un solo padre y un solo maestro (Cfr. Mt., 23, R9). La forma actual de organizar la Iglesia (no ha sido siempre así en la historia de la Iglesia) crea y reproduce demasiadas desigualdades en vez de actualizar y hacer posible la utopía fraterna e igualitaria de Jesús y de los apóstoles
”[viii].

La iglesia evangélica cree en el sacerdocio de todos los creyentes a nivel de confesión de fe pero lamentablemente en la práctica esto ha estado lejos de vivirla, salvo pocas excepciones. Lutero, el padre de esta enseñanza, decía que “todos somos consagrados sacerdotes a través del bautismo... Un sacerdote en el Cristianismo no es más que un funcionario... Si todos somos sacerdotes... y todos tenemos una fe, un evangelio, un sacramento, ¿por qué también no tenemos el poder de probar y juzgar lo que es correcto o errado en asuntos de la fe?[ix]”. Hasta aquí todo muy bien, pero el problema fue que nunca abandonó el modelo clerical católico, sino que más bien tomó tal cual, le quitó el celibato y el papel intercesor, y lo adaptó a las nuevas iglesias reformadas que se estaban instituyendo. Mantuvo la división entre el laico y el clero, tan lejana de aquel “sacerdocio universal de los creyentes que es pura expresión del sacerdocio del laico Jesús, como nos recuerda el autor de la carta a los hebreos (7, 14; 8,4)[x]”. De allí viene la expresión moderna del pastorado, que toma valor no por el principio de la igualdad, sino que resalta la superioridad de unos cristianos sobre los otros por el “llamado” hecho por Dios a tiempo completo e institucionalizado por los diplomas de los seminarios, abarcando funciones que miembros del cuerpo podrían hacer, atrofiando a la iglesia, acaparando tareas, ahogando los dones.

Por ello, es necesario a mi entender borrar la línea laico-pastor. Cada creyente ha recibido dones del Espíritu Santo para ejercer algún ministerio orientado al trabajo en la misión de Dios en el mundo y en la consolidación del reino de Dios en la tierra, por ello es fundamental que los descubra y desarrolle. Sin dones, la funcionalidad del cuerpo se atascará. Anulada la línea y disuelta la tensión[xi], la sumisión de la que habla la Biblia con respecto a los ancianos y pastores podrá darse de una manera más viva, más centrada en la realidad del ejemplo de la Comunidad Divina, ya que estará basada no en el hecho de la superioridad del pastor-profeta-apóstol-maestro, sino en la paridad entre los creyentes, el amor profundo, y el servicio abnegado, ese que es capaz de lavar los pies, ser el postrero y servir sin condiciones, ese que se despoja al igual que el Maestro sin importar nada, solamente el trabajo entregado para el reino de Dios.

Como Boff, digo que no estoy en contra de la jerarquía (la enseñanza paulina es bastante clara con los pastores y diáconos). Pero el verticalismo amante del organigrama que existe hoy en día en las iglesias no funcionará en comunidades que persigan el modelo trinitario y la enseñanza del sacerdocio de todos los creyentes. No funcionará jamás en comunidades que enfaticen “la creación y desarrollo de una comunidad que vive inmersa en su contexto, que adecua sus métodos de evangelización a la cultura sin perder de vista su misión y su fidelidad al Evangelio”. Por eso abrogo por una iglesia sin laicos y clérigos, sino por una iglesia simplemente compuesta de cristianos que viven su fe comunal y relacionalmente.

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[i] “Forma de Dios” en la RV60.
[ii] La Biblia de Jerusalén dice: “El cual, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios”. Sugiere también la posible traducción: “… no consideró como presa el ser igual a Dios”.
[iii] Literalmente “se vació a sí mismo”.
[iv] Berkhof, Luis. Ibid. Pag. 390. Resaltado mío.
[v] La teológicamente llamada kenosis
[vi] Comentarios sobre el pasaje de La Nueva Biblia Latinoamericana.
[vii] La secuencia de los versículos se extrae de http://www.geocities.com/Athens/Forum/7177/Vers_art_sacerdocio.html
[viii] Boff, Leonardo. Citado en http://jimzall.mx.tripod.com/BOFF
[ix] Citado en http://www.sgi.org/spanish/budismo/bactual/Actual001.html
[x] Boff, Leonardo. Ibid.
[xi] La tensión entre el laicado y el clero, que se ha dado en todas las épocas de la historia.

lunes, 5 de febrero de 2007

La comunidad divina: el modelo para las comunidades cristianas

La palabra trinidad no es un término bíblico. Lo repiten hasta el cansancio desde las revistas de los testigos de Jehová, con su arrianismo enfermizo, hasta los voluminosos manuales de teología sistemática, junto con la retahíla de argumentos exponiendo la dificultad de la doctrina (1). Es evidente la complejidad del concepto que hace resaltar nuestra limitación humana y nos lleva a la contemplación de las maravillas de nuestro Dios, al que no entendemos como totalidad pero que, a pesar de eso, se acerca a nosotros trayendo el regalo de la salvación. Podemos captar que Dios se revela, que Él es el que es el único que es Ser no dependiente sin causa de existencia inicial, pero ante Su majestad sólo nos queda decir que Dios es, al mismo tiempo que las cosas anteriores, un misterio, que lo podremos concebir mejor cuando la reconciliación que Dios ha iniciado a través del sacrificio de Cristo en la cruz se consume con la victoria definitiva (1 Cor. 13:12).

Asumo la Trinidad como enseñanza válida. Creo que "la palabra trinidad no sólo indica la cantidad de tres, sino que también implica la unidad de los tres. Este concepto se utiliza como término técnico en la teología. No es necesario insistir que cuando hablamos de la Trinidad de Dios, nos referimos a una trinidad en la unidad y a una unidad que es trina"(2). Creo que Dios es uno como lo expresa el Shema de Deut 6:4, y otros pasajes veterotestamentarios como por ejemplo Ex. 20:3, Deut. 4:35, 32:39, Is. 45:14 y 46:9. También considero que se insinúa la pluralidad por el uso de la palabra Elohim; afirmo que Cristo es Dios (Mt. 9:4 y la omnisciencia; 28:18 y la omnipotencia; 28:20 y la omnipresencia; Col. 1:17 y su sustento de todas las cosas; Juan 1:3 y su acción activa en la creación; Juan 5:27 y su papel en el juicio; Juan 1:1 y la afirmación categórica del logos como Dios), que el Espíritu Santo es Dios (Hch. 5:3-4; 1 Cor. 2:10 y la omnisciencia como atributo; 6:19 y la omnipresencia). Se desprende que las tres personas son "coeternas y coiguales, iguales en sustancia"(3).

También creo en el "concepto de trinidad económica (que) concierne a las acciones de administración y gobierno de las personas, o las opera ad extra –las obras de fuera, es decir, sobre la creación y sus criaturas-. Para el Padre, esto incluye las obras de elegir (1 Pe. 1:2), de amar al mundo (Juan 3:16), de dar buenas dádivas (Sgo. 1:17). Para el hijo enfatiza su sufrimiento (Marcos 8:31), el redimir (1 Pe. 1:18-19) y sustentar todas las cosas (Heb. 1:3). Para el Espíritu, contempla sus obras particulares de regenerar (Tito 3:5), fortalecer (Hech. 1:8) y santificar (Gal. 5:22-23) "(4). Esta triada decidió ordenarse y dividirse las funciones sin que por esto se altere su esencia intrínseca: su igualdad y su cosustancia. El Padre no es más por elegir, el Hijo no es más por morir en la cruz, el Espíritu Santo no es más por habitar en el creyente.

Francis Schaeffer nos plantea un punto capital sobre la naturaleza de la Trinidad: la unidad y la diversidad personales en el orden trino. "Pensemos en el Credo Niceno (5): tres personas, un Dios. Alegrémonos de que escogieran la palabra "persona". Independientemente de que si se dan cuenta o no de ello, esto fue la catapulta que lanzó al Credo Niceno a nuestro siglo y sus discusiones: tres personas en existencia, amándose unas a otras, en comunicación unas con otras, antes de que todo lo demás existiese.

Si esto un hubiera sido así, hubiésemos tenido un Dios que necesitaría crear para amar y comunicarse. En tal caso Dios necesitaría al universo tanto como el universo necesitaría de Dios. Pero Dios no necesitaba crear, Dios no necesitaba al universo como el universo lo necesita a él. ¿Por qué? Porque tenemos una completa y verdadera Trinidad. Las personas de la Trinidad se comunicaban entre sí, y se amaban unas a otras, antes de la creación del mundo
"(6).

Por un momento me concentro en la Trinidad como tres personas. ¿De qué características son? ¿Podemos describirlas? ¿Tienen algunos atributos fundamentales además de las perfecciones de Dios? De manera sumamente elemental podemos afirmar que estas personas son independientes –en el sentido de la separación una de otras y de la singularidad plena una de las otras-, con vida, emociones, intelecto y voluntad distinguibles las unas de las otras. Estos matices evidentes, esta característica de la Divinidad como tres personas diferentes, implica que la frase "son uno" contenga un potente y radiante mensaje comunitario: Dios es tres pero uno, ergo, esos tres en una forma profunda, armónica y no absolutamente clara para nosotros, conviven en comunidad: la comunidad divina.

En la eternidad pasada (la "era" de pre-creación), la Divinidad-comunidad se tenía a sí misma y existía en un estado que podemos describir de la siguiente manera:

1. Estaba en un estado de suficiencia, perfección y equidad absoluta entre sus tres miembros.

2. Poseía una comunicación perfecta, fluida, permanente, empática, cálida, llena de lozanía e infinitud, comprensiva y real.

3. El amor (Dios es amor) es la esencia de la relación entre la comunidad divina. Tal era ese grado de amor que decide crear a pesar de no necesitarlo, que resuelve –en la economía divina- establecer una estructura de sujeción de una parte sobre las otras, que se comprenden a la perfección a pesar de las tensiones que trajo el conflicto soteriológico: las dudas de Cristo en la oración de Getsemaní (Mt. 26:37-42) o las sensaciones momentáneas de desamparo (Mr. 15:34).

Entonces, la comunidad divina es la génesis de nuestra humanidad comunitaria. El ejemplo trinitario de equidad, comunicación y amor incondicional y rebosante debe llenar nuestros ojos e impulsarnos a capturar el modelo de quien somos imágenes para que en esta tierra los cristianos tengamos un parangón activo y trascendente que sea el norte de nuestra praxis de vida cristiana.

Que así sea.
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(1) Aunque para mí más compleja que la Trinidad es la enseñanza de la unión hipostática de las dos naturalezas de Cristo, porque en el primer caso en última instancia puedes decir: "Dios es Dios, es infinito y con nuestra finitud no podremos comprenderlo", pero en el segundo… ¿qué hacer si Jesús anduvo entre nosotros?
(2) Berkhof, L: "Teología Sistemática". Grands Rapids: TELL, 1979. Pag. 98
(3) Ryrie, Charles: "Teología Básica". Miami: Unilit, 1993. Pag. 61
(4) Ryrie, Charles. Ibid. Pag. 62.
(5) El Credo Niceno dice los siguiente:

Creo en un solo Dios Padre Todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra, y de todas las cosas visibles e invisibles; Y en un solo Señor Jesucristo, Hijo Unigénito de Dios, Engendrado del Padre antes de todos los siglos, Dios de Dios, Luz de Luz, verdadero Dios de Dios verdadero, Engendrado, no hecho, consubstancial con el Padre; Por el cual todas las cosas fueron hechas, El cual por amor a nosotros y por nuestra salud descendió del cielo, Y tomando nuestra carne de la virgen María, por el Espíritu Santo, fue hecho hombre, Y fue crucificado por nosotros bajo el poder de Poncio Pilato, Padeció, y fue sepultado; Y al tercer día resucitó según las Escrituras, Subió a los cielos y está sentado a la diestra de Dios Padre. Y vendrá otra vez con gloria a juzgar a los vivos y a los muertos; Y su reino no tendrá fin. Y creo en el Espíritu Santo, Señor y Dador de vida, procedente del Padre y del Hijo, El cual con el Padre y el Hijo juntamente es adorado y glorificado; Que habló por los profetas. Y creo en una santa Iglesia Católica y Apostólica. Confieso un Bautismo para remisión de pecados, Y espero la resurrección de los muertos. Y la vida del Siglo venidero. Amén.

(6) Schaeffer, Francis: "El está presente y no está callado". Miami: LOGOI, 1974. Pp. 27-30.

viernes, 26 de enero de 2007

Una importante pregunta...

Gondim lo recuerda en uno de los últimos textos traducidos por Gabriel Ñanco, y se vuelve más relevante ahora que Bush insiste con enviar más soldados a Irak. Porque discutimos mucho sobre las posibles soluciones al conflicto del medio oriente, Condi Rice tiene múltiples reuniones con los funcionarios de países afines, todos los días explotan coches bombas y mueren decenas de personas, pero la pregunta capital debe ser respondida:

¿Y dónde estan las armas de destrucción masiva que motivaron esta guerra, Sr. Bush?

¿Y dónde estan las armas de destrucción masiva que motivaron esta guerra, Sr. Bush??????

¿Y dónde estan las armas de destrucción masiva que motivaron esta guerra, Sr. Bush?????????????

¿Qué hacemos con esta mentira? ¿Aplaudir a nuestro hermano en la fe, como hacen algunos fundamentalistas? ¿Mirar a las nubes, a nuestro dedo medio del pie? ¿A nuestras uñas de las manos? ¿La evaporamos?

Pues a esta mentira hay que repudiarla, porque el nombre de nuestro Dios no se puede tomar en vano, jamás, así sea el Presidente de la nación más poderosa del mundo, ¿No les parece? Yo, por lo menos, así lo hago.

lunes, 22 de enero de 2007

La imagen lo es todo

Un día te conviertes al cristianismo, y llegas a la iglesia, feliz y contento: el dilema cósmico ha sido resuelto para ti. ¡Dios arreglará mis problemas! ¡Soy un Hijo del Rey!

Un curso de inducción, preparación, múltiples actividades. Es la leche inicial, dicen por allí. Ya vendrá el rico churrasco, el taco mexicano espectacular. Te asignan a alguien: “Míralo y haz lo que haga: así DEBEN actuar los cristianos”

Luego de demostrar los “frutos del Espíritu”, te haces líder, discipulador, Bernabé, mentor, tutor, responsable. ¡Y te alegras mucho! “Es que debo estar por el camino correcto” dices mientras hinchas el pecho (a veces).

Tan tan tan taaaaaan… pero hay una advertencia severísima: “El maestro recibirá doble condenación”.

Y hay una condición tácita: El líder debe ser intachable.

Lo repito por si no entendiste: INTACHABLE.

I
N
T
A
C
H
A
B
L
E

Debe levitar con sus flamantes alas de ángel del tercer cielo.

Debe hacer notar su fe evangelicaloide.

Los ojos de carnero degollado al cantar alabanzas, son indispensables. Practícalo en casa.

El alcohol, prohibido. El fumar, menos aún. ¡Pecaaaaaaaaaaados!

¿Fiesta? ¡Pecadote! ¿Baile? ¡Tentación a mi carne!

¿Una copita? ¡El infierno!

¿La Biblia? A leerla todo el día DE ACUERDO AL PUNTO DE VISTA de tu pastor (o denominación)
Advertencia: porque si no lo haces de esa manera, estás en riesgo y puedes ser instrumento de Satanás.

Al llamado por Dios, casi ungido, reverendísimo, que gana un sueldo financiado por tus diezmos y que te dirá lo que TIENE que hacerse, nunca se le critica ni se le objeta, y mucho menos en público: tiene la sabiduría de Dios, lo usa y a través de su criterio –terco a veces, destructor otras – Jehová hará. Puede cometer errores y dañar tu corazón, pero como él no se equivoca, su yerro fue voluntad de Dios, y a través de él nuestro Señor quiso enseñarnos algo. Puedes estar demolido, pero, así es hermanito, Dios lo llamó y debes someterte.

No hagas nunca obstrucción ni te opongas ni te vuelvas contumaz: si lo haces, eres poco espiritual, en camino a ser gentil y publicano. ¿Qué mas pruebas que tu actitud?

Entonces se crea una imagen: El modelo de cristiano “estándar”, como la Biblia lo “dice”. Así sería Jesús. Si alguien osa decir: “Yo creo que puede haber otras maneras de ser cristiano”, entonces será vomitado de la congregación. O puesto en perfil bajo, en observación, en cuarentena. Al margen, a la Siberia, al Polo Sur. A las punas andinas. Al Sahel. A Borneo. A la República Centroafricana. Total, es poco espiritual. Se nos mandará a no contaminarnos. “ESE con esas ideas rebeldes, que vienen del diablo. ¡No te juntes con él”.

CRISTIANO ESTANDAR, COMO LO DICE LA BIBLIA. ¡Eso hay que buscar, hermanito, hermanita, siervo, varón, Hombre de Dios!

“No olvides, hay que ser de buen testimonio” “Hay que ser de bendición para los nuevos” Entonces, sigo el manual escrupulosamente. La imagen es fundamental, lo es todo.

Pero hay inconsistencias. Y un poco grandes. Como si colásemos el mosquito y tragásemos el camello.

Un camello obeso, rechoncho.

El pecado privado se puede tolerar, pero nunca el pecado público: la imagen lo es todo.

O sea, soy un discipulador que ve pornografía hasta tarde en Internet todo los días. Eso puede ser consentido porque “la gracia de Dios me perdona,” pero si se me escapan lisuras en público, eso no se perdona: tu vida espiritual deja mucho que desear. Recapacita y cuando superes ese pecado, vuelves. Sobre la pornografía… si nadie lo sabe, no pasa nada. O si lo sabe tu pastor… no pasa nada tampoco, porque tienes su cobertura.

¿Y qué es peor?

Y si luchas, y te cuesta, no se lo digas a los nuevos: serás de tropiezo. Tú debes ser intachable, no lo olvides. Dios tolera el pecado pero no el escándalo.

O sea, si un día les digo: “Tengo un problema con la pornografía, y quiero dejarlo y no puedo, por favor oren por mí”, y soy totalmente honesto, esta mal. ¡Estas hundiendo, confundiendo a los nuevos en la fe! ¡Ni se te ocurra hacer eso! ¡Abominación! ¡Si lo haces, seas anatema!

Pero si guardo la imagen, eso sí es mejor. ES BUENO. Es que ellos no entenderían – los nuevos – .

La imagen lo es todo.

Y si hablamos de enamorarse… pues: Recuerda, tiene que ser de una chica que tenga, por lo menos, tu misma madurez. Sino, será de tropiezo.

Madurez, madurez, madurez, madurez, madurez, madurez, madurez…

T R O P I E Z O

TRO – PIE – ZO

En griego: “scandalon”. Según el diccionario Vine, es cualquier cosa que suscite prejuicios, o que venga a ser un obstáculo para otros, o que les haga caer en el camino.

Debe querer servir, amar a Dios, creer DE LA MISMA FORMA que tú.

Si no cumple esos requisitos, pues lo sentimos: te quedarás esperando sentado a “la idónea que Dios tiene para ti” (pasan los 40 y nos desesperamos mucho, casi a nivel de angustia, pero Dios sabe porqué hace las cosas).

Pero la gente se enamora: el líder también. Y si la pareja es “Inmadura(o)”, será una relación vetada.

Pero la atracción… es la atracción.

Y bueno… inicias relaciones por lo bajo. Te acercas, creas lazos… pero no formalizas.

Es que no se puede, varón. Es de tropiezo. Tengo que guardar el testimonio.

Y sufro mucho…. Me gusta pero no puedo estar con el(la).

Pero besa muy bien, eso sí. Y tocar su cuerpo es increíble. Me pone a mil por hora.

Pero no puedo estar. La imagen lo es todo. ¿Cómo yo, el líder superespiritual, podría estar con ella que es inmadura? Nunca. Pero la práctica puede decir otra cosa.

Rompemos corazones. Los pulverizamos a veces. A veces, el mío propio.

Imaginemos que usar pantalones verdes es interpretado como algo malo. No es seguro, no lo dice la Biblia directamente, pero por tradición es malo que un cristiano se los ponga (idea enseñada desde el primer día).

Pero es discutible en el universo eclesial porque la Biblia es ambigua. Qué difícil que es todo cuando no hay consensos.

Triple ética: uso pantalones verdes con mis amigos de la universidad, con mis compañeros de trabajo, con la gentita del colegio (porque es discutible). Pero con los chicos de mi iglesia: ¡Nunca!

Hermano, es el testimonio, pues. ¿Cómo voy a usar pantalones verdes con ellos?

¡Tienen que ser bien cristianos! ¡Aprender cómo un cristiano DEBE comportarse! ¡Y el cristiano no lleva pantalones verdes!

(O, si lo hace, debe ser bien maduro para que no caiga).

¡A la mierda con todo esto! (Uy, he pecado por escribir semejante palabrota. ¡Miserable de mí!) ¡Es insoportable! ¿Esta hipocresía toleramos?

Si, la disimulamos muy bien. Es lo políticamente correcto.

¿Hipocresía o la honestidad de un cristiano que tiene debilidades y lucha día a día, que las comparte sin hacerse el super hombre, el Sr. Pedro Pablo Juan Mateo de Tarso Fundamentalista del Siglo XXI?

Opto por la honestidad emancipadora. Me hace realmente libre: soy uno con la comunidad de pecadores que busca al Señor.

Pero por lo general no es así… es que la imagen lo es todo, hermanito.

viernes, 19 de enero de 2007

472

Al leer la Biblia percibo que de alguna manera para Dios el asunto espacial tenía cierta importancia: el ofrecimiento de la tierra prometida en un lugar específico –Canaán, desde Dan hasta Beerseba, entre la nación filistea y Galaad-; la ubicación precisa del Templo sobre el monte Moriah, una de las colinas de la vieja capital; la Palabra inspirada anhelando la tierra abandonada, como ese sublime Salmo 137 que emana añoranza y amor al lugar de dónde somos (RV60 adaptada libremente):

Junto a los ríos de Babilonia,
allí nos sentábamos, y aún llorábamos,
acordándonos de Sión.

Sobre los sauces en medio de ella
colgábamos nuestras arpas.
Y los que nos habían llevado cautivos nos pedían que cantásemos,
y los que nos habían desolado nos pedían alegría, diciendo:
Cántenos algunos de los cánticos de Sión.
¿Cómo cantaremos cántico de Jehová
en tierra de extraños?

Si me olvidase de ti, oh Jerusalén,
pierda mi diestra su destreza.
Mi lengua se pegue a mi paladar,
si de ti no me acordase;
Si no enalteciere a Jerusalén
Como preferente asunto de mi alegría.


Sí, parece que el lugar en donde uno nació o vivió importa aunque sea un poquito, es parte del móvil que nos empuja a continuar, y es aparente un aval divino al sentimiento de localía. García Márquez en “Cien años de soledad” habla de que uno se hace perteneciente a un lugar cuando comienza a enterrar a sus muertos allí. Sabato declara a Buenos Aires como su ciudad, y Sabina canta, esplendoroso, que “he llorado en Venecia, me he perdido en Manhattan, he crecido en La Habana, he sido un paria en París, México me atormenta, Buenos Aires me mata, pero siempre hay un tren que desemboca en Madrid”.

¿Y mi tren? ¿Llega a alguna parte? Sí, siempre a Lima, siempre a su garúa y su neblina, a sus playas de agua helada al sur, a su centro colonial, a su bazar suelo de libros usados, a sus mercados populares efervescentes, y a todos sus rincones, en uno de los cuales nací el invierno de 1977.

Lima ha cumplido el dieciocho de Enero 472 años de fundación española. Es la segunda ciudad del mundo en tamaño construida sobre un desierto (luego de El Cairo), tiene ocho millones de personas y es una típica ciudad latinoamericana que ha crecido exponencialmente por la migración que se dio en la segunda mitad del siglo pasado. Un río pequeño y sucio por la contaminación brutal que recibe, un tráfico brutal y ofensivo, un desarrollo sin planificación que la hace escasa de grandes vías que atraviesen la ciudad (como por ejemplo la 30 o la 40 de Madrid). Pobreza extrema en los arenales de las afueras y riqueza exultante cerca al mar, pegado al acantilado o a algunas estribaciones andinas. Contrastes, todo lleno de contrastes en esta Lima que es una y mil al mismo tiempo.

Siempre he pensado que soy territorial en el sentido del amor: amo la casa de mis padres en la que viví 26 años, mi barrio y sus calles (entre la Javier Prado, Las Palmeras, la Vía de Evitamiento, la Separadora Industrial y la Avenida La Molina), amo mi colegio, amo la universidad en donde estudié, amo Lima, mi ciudad. Me ha encantado siempre recorrer sus calles de extremo a extremo tomando buses o simplemente caminando, indagar leyendas surgidas en las esquinas dueñas del bullicio, compenetrarme con su alma de casi cinco siglos. Estoy enamorado de sus fotos antiguas, de esas de hace cien años que muestran el enorme valle –hoy, totalmente urbanizado-, el inicial trazo de las avenidas, los primeros autos. Me duelen los registros de la guerra del Pacífico con los relatos de la destrucción de Barranco, Chorrillos y Miraflores. Me alegran y conmueven las historias coloniales de Ricardo Palma cuando la urbe de hoy era la Ciudad de los Reyes y la más rica del Nuevo Mundo, me emociona lo que podría ser el centro de la ciudad restaurado, me sorprende la avalancha migrante (mis padres son parte de ella: él, de Cajamarca y ella, de Chiclayo) que le dio una cara absolutamente nueva a la ciudad y que ha hecho que quizá cerca de la mitad de pobladores de Lima no hayan nacido aquí. Todo esto es, definitivamente, parte de mí, un gran fragmento de mi ser melancólico.

Tantas vidas, tantos lugares, tantas historias ya perdidas y otras todavía vivas: una de ellas, chiquitita, la mía.

domingo, 7 de enero de 2007

Más de economía y cristianismo...

“En el Principio creó Dios los cielos y la tierra. La tierra era caos y confusión y oscuridad encima del abismo, y un viento de Dios aleteaba por encima de las aguas” (Gen 1:1-2 BJ). Tras eso, Dios hizo la naturaleza junto con el hombre material dependiente y en relación especial con ella por su condición de ser orgánico, poniéndolo a cargo de todo, según el relato, en un gran jardín con todo lo que necesitaba -estaba Eva, estaba Dios, estaban los alimentos (Gen. 1:16)-. Entonces, un vínculo fraterno se formaba con otros seres humanos –a través de la mujer-, con Dios –referido en su dialogo con Él-, consigo mismo –por su conciencia de soledad al ver a los animales-, y con la propia naturaleza. Luego vino el pecado y se trastocó todo. A la naturaleza humana le llegaron algunos regalitos.

El cosmos se transformó pero la necesidad del hombre se mantuvo inalterable. Tampoco variaron las relaciones: por ejemplo, la dependencia hombre-naturaleza se conservó. Había que comer, soportar el frío, vestirse. Para ello demandaba bienes que debían producirse (hacerlos por sí mismo o, en un inicio, recolectarlos) mediante la actividad económica, o en palabras de Marx, el trabajo. Ya Dios lo había establecido desde antes de la caída (Gen 1:15).

Aquí está la base de todo. Adán tenía hambre, y tenía que sembrar. Necesitaban pieles para vestirse, y había que ir a cazar un oso o quizá un búfalo. Si se requerían vasijas para cocinar, pues iba a su casa a hacer labor de alfarero. Hoy hacemos exactamente lo mismo con cada una de nuestras necesidades, pero nos especializamos en hacer una cosa, y luego intercambiamos eso por todo lo demás. Claro está, con el bien llamado dinero de por medio. En resumen, necesidad y bien que requiere ser producido por el hombre mediante el trabajo. Del primero depende el consumo, y del segundo, la producción en sí.

Necesidad, entonces produzco y luego consumo. ¡Fácil y elemental –y redundante-! Es la base y el motivo del estudio de las actividades económicas del hombre. Todos estamos inmersos en este proceso y por eso somos bautizados como homo economicus. La vez anterior comenté sobre la escasez surgida del desbalance que existe entre necesidades y satisfactores. Esta es una vieja idea que viene desde los economistas clásicos de del siglo XVIII, debido al concepto de los rendimientos decrecientes (dime, ¿eres más productivo en el trabajo a las 9 de la mañana, cuando entras, o a las 8 de la noche, en las horas extras? Es temprano por los rendimientos decrecientes) y por los conceptos poblacionales de un señor llamado Malthus (que decía que la cantidad de gente crece exponencialmente: 1, 2, 4, 8, 16, 32…; y la cantidad de alimentos producidos crece aritméticamente: 1, 2, 3, 4, 5, 6…). La idea es real y la sentimos todos los días: ¡No tenemos todo lo que queremos! ¡El dinero no nos alcanza! (lo mismo en niveles de país como personales).

Necesidad, producción. Adam Smith, el padre de la economía moderna, dijo una frase reveladora, escupida a mi rostro en una de las primeras lecturas de mis estudios en la universidad: “la base de la economía es la codicia”. Rápidamente vinieron a mi mente las palabras de Santiago: “Codiciáis, y no tenéis; matáis y ardéis de envidia, y no podéis alcanzar; combatís y lucháis, pero no tenéis lo que deseáis, porque no pedís. Pedís y no recibís, porque pedís mal, para gastar en vuestros deleites” (Sgo. 4:2-3 RV60). El ser humano, por el conflicto cósmico a raíz del pecado, desea tener más y más y más y más y más y más y más y más y… ( a propósito y haciendo una pausa, de este concepto de la codicia viene mi desconfianza a aquellos cristianos que comienzan el ministerio en el llano, peleando allí, y comienzan a crecer, impulsados al inicio por el celo de la palabra, pero después se transforman, trabajando a nivel de su ciudad, de su país, luego de Latinoamérica, se convierten en intocables… ¡codicia!). Y va por los dos lados: como queremos más, las necesidades van para arriba. Como queremos más, la producción, igualmente, es presionada hacia arriba.

Un hacha para separar a ambas. Dije antes que por el lado de las necesidades hay algunos problemas: la definición de ellas, el establecimiento de unas “necesidades básicas como derecho humano”. Evidentemente hay más inconvenientes. Nosotros empujamos las necesidades al crecimiento. Los señores del otro lado –de la producción- juegan con nuestra codicia. La mercadotecnia nos invade y estimula el espíritu codicioso del alma humana. Nos venden el auto nuevo, la moda del verano, luego del otoño, del invierno, de la primavera y del verano otra vez, totalmente cambiada que se ve espectacular en una modelo anoréxica rubia de ojos azules a la que no nos pareceremos jamás. Viva el glamour, la comida exótica, la vida cómoda, los viajes, la coca cola más burbujeante, la nueva Pentium, el juego de sala nuevo. La liposucción. El nuevo color de cabello, la nueva cerveza, la TV plasma, el nuevo lector de DVD, el MP4, la Biblia con cobertura nueva, el nuevo CD de alabanzas. ¡Consume, consume, consume! ¡Mira esto, la novedad! ¡Necesito, necesito, necesito! ¡Más, más, más! ¡Y lo quiero todo para mi! (porque a la hora de satisfacer las necesidades, yo compito con los demás por los satisfactores limitados que existen. Por ejemplo, ¿Han ido a un cierrapuertas de un gran almacén? ¿Se compite o no?). Nosotros, hipnotizados, nos tragamos el anzuelo con caña de pescar y todo.

Entonces, a producir más. Todos a producir más (bueno, los que tienen empleo). El sistema productivo está organizado, hoy por hoy, por empresas de propiedad privada, que en teoría existen para la satisfacción de necesidades (aunque Marx no estaba de acuerdo: decía él que la producción era para el intercambio. Por ello, su análisis económico se basaba en la mercancía y sus valores de uso y de cambio). Las empresas tal como están diseñadas generan algo jugoso y atractivo: utilidades, ¡Y la codicia está allí! Hay más utilidades si produzco más, hay más utilidades si produzco mejor, hay más utilidades si vendo más, si tengo menos costos, si soy más eficiente, si trabajo más tiempo. Para ser más eficiente, yo como engranaje productivo debo hacer una maestría, luego otra, luego permanentes cursos de actualización, al mismo tiempo de llegar más temprano al trabajo y salir más tarde. A veces es necesario ir un fin de semana. (en otros países las jornadas laborales se acortan pero al mismo tiempo que de los salarios. Por ello, necesito un trabajo extra que me permita mantener mi nivel de consumo aunque implique 13 o 14 horas al día de labor). Como compito con otros productores, hay que ganarles, siempre ganarles, ¡destruirlos!, y si no puedo, ¡comprarlos! Por ello la concentración de poder económico. Unas pocas trasnacionales mueven una masa enorme de dinero y pueden decidir sobre cuestiones a nivel global.

Abstraídos en la competencia y en la eficiencia. Si no, quedas fuera, excluido, y serás el “lloro y el crujir de dientes”. La presión es fortísima. ¿No tiene sentido que esta sea la época de los psicólogos? Es necesario tratar la angustia causada por la posibilidad de que te boten al tacho de basura.

A este nivel, y para terminar, dejo a Ernesto Sabato (*) con algunos pensamientos de sus noventaitantos años vividos en permanente reflexión.

“A cada hora el poder del mundo se concentra y se globaliza. Veinte o treinta empresas, como un salvaje animal totalitario, lo tienen en sus garras. Continentes en la miseria junto a altos niveles tecnológicos, posibilidades de vida asombrosas a la par de millones de hombres desocupados, sin hogar, sin asistencia médica, sin educación. La masificación ha hecho estragos, ya es difícil encontrar originalidad en las personas y un idéntico proceso se cumple en los pueblos, en la llamada globalización. ¡Qué horror! ¿Acaso no comprendemos que la pérdida de los rasgos nos va haciendo aptos para la clonación? La gente teme que por tomar decisiones que hagan más humana su vida, pierdan el trabajo, sean expulsados, pasen a permanecer a esas multitudes que corren acongojadas en busca de un empleo que les impida caer en la miseria, que los salve. La total asimetría en el acceso a los bienes producidos socialmente está terminando con la clase medias, y el sufrimiento de millones de seres humanos que viven en la miseria está permanentemente delante de los ojos de todos los hombres, por más esfuerzo que hagamos en cerrar los párpados. Pronto no podremos ya gozar de estudios o conciertos porque serán más apremiantes las preguntas que nos impondrá la vida respecto de nuestros valores supremos. Por la responsabilidad de ser hombres.

Esta crisis no es la crisis del sistema capitalista, como muchos imaginan: es la crisis de toda una concepción del mundo y de la vida basada en la idolatría de la técnica y en la explotación del hombre. Para la obtención del dinero, han sido válidos todos los medios. Esta búsqueda de la riqueza no ha sido llevada adelante para todos, como país, como comunidad; no se ha trabajado con un sentimiento histórico y de fidelidad a la tierra. No, desgraciadamente esto parece la estampida que sigue a un terremoto donde en medio del caos cada uno saquea lo que puede. Es innegable que esta sociedad ha crecido llevando como meta la conquista, donde tener poder significó apropiarse y la explotación llegó a todas las regiones posibles del mundo.

La economía reinante asegura que la superpoblación mundial no puede ser asimilada por la sociedad actual. Esta frase me da escalofríos: es suficiente para que los poderes maléficos justifiquen la guerra. Las guerras siempre han contado con el auspicio de grandes sectores de la población que, de alguna manera u otra, se beneficiaban de ella. Como centinela, todo hombre debe permanecer en vela. Esto nunca ha de suceder. El “sálvese quien pueda” no es sólo inmoral, sino que tampoco alcanza.

Las creencias y el pensamiento, los recursos y las invenciones fueron puestos al servicio de la conquista. Colonialismos e imperios de todos los signos, a través de luchas sangrientas, pulverizaron tradiciones enteras y profanaron valores milenarios, cosificando primero la naturaleza y luego los deseos de los seres humanos
”

¿Y qué de los cristianos ante esto? ¡Muchos están esperando el cielo o encerrados en sus templos! ¿No es eso inmoral?

(*) La cita de Ernesto Sabato es de su libro "La resistencia".

martes, 19 de diciembre de 2006

Pensando sobre economía y cristianismo...

Todos somos un poco psicólogos, un poco filósofos, un poco antropólogos, un poco sociólogos, un poco economistas. Lo he dicho siempre, quizá aburriendo un poco, pero esa pluralidad, esa mixtura, esa tendencia polifacética de nuestra realidad humana debe reflejarse en una opinión, en una manera de ver la vida en todos esos aspectos, en una acción que marca la bitácora. Cosmovisión le dicen unos. Cultura otros. Si se le añade el cristianismo a ese cóctel, el tema se hace más vital, porque el efecto de una relación con Dios en la vida de una persona la trastoca, la reacomoda, le cambia su nivel de referencia, su escala de medición y hace que su visión del mundo sea otra. Debería ser así.

Lástima, porque la expresión de esa visión diferente no se da en el nivel que merece o en la forma necesaria. Como diría una amiga blogger, preferimos nuestro microclima, calientito, cómodo, con demasiado anhidrido carbónico que hoy por hoy, nos asfixia sin que nos demos cuenta. Y si hablamos, pedimos que matemos a un presidente opositor a nuestro país (como sugirió Pat Robertson) o enviamos un proyecto de ley para eliminar las minifaldas en las instituciones públicas (como hizo a fines de los noventas un congresista peruano del que he olvidado el apellido).

Me encanta la economía y soy feliz por haberla estudiado. Recuerdo la primera clase que solía dar a mis alumnos en la universidad cuando enseñaba, esa donde introduces el tema, las cuestiones básicas y las ideas primigenias de la economía. Insistía, como lo recalcan los libros de texto, en los dos elementos fundamentales: Primero, las NECESIDADES; segundo, los SATISFACTORES, donde todas las necesidades de las personas son cubiertas por los satisfactores, que son bienes materiales e inmateriales. Mi necesidad es la alimentación. El satisfactor puede ser un peruano arroz con pollo con una papa a la huancaína, una pizza, una hamburguesa, un jugoso asado argentino o una arepa venezolana. Nada complicado hasta aquí, todo elemental. Como decía, todos somos un poco economistas.

Sin embargo, hay un pequeño problema: la escasez. ¿Qué implica eso? Que no tenemos los suficientes satisfactores para cubrir todas las necesidades. O sea, no hay hamburguesas o pizzas para todos. Quizá puedo plantearlo de la siguiente manera: ¿Te alcanza el dinero a fin de mes? ¿Tienes todo lo que quisieras? ¿No tienes esa computadora nueva, ese departamento con una habitación más? ¿No te alcanza para los libros que quieres tener? ¿Quieres un auto nuevo, y no tienes el dinero? Entonces experimentas la escasez. Hasta los más ricos la tienen, porque es posible que no tengan el tiempo necesario para hacer todas las cosas que desean. Más todavía, podemos decir –por facilidad matemática- que las necesidades son muy grandes, infinitas, y que los satisfactores no tanto así. El estudio de cómo hacemos para equilibrar, para "administrar" este desbalance, es la economía. Muy sencillo, ¿cierto?

Parece todo profano y nada sagrado. Sin embargo, como cristiano debo tener algunas cosas que decir (y sólo desde esta idea elemental) sobre este concepto base de esa ciencia que regala año a año premios nóbeles: el egoísmo humano, el materialismo y las infinitas necesidades. Al mismo tiempo, la definición, teniendo en cuenta el amor al prójimo y la mayordomía del hombre para con la creación de Dios, las necesidades y satisfactores fundamentales del hombre, considerando que ambos son elementos dinámicos debido a factores como el incremento de la productividad y la tecnología. ¿Alimento, vestido, vivienda, educación, agua, servicios básicos? ¿Debe ser un derecho de cada ser humano el tener acceso a un plato de comida con contenido protéico decente, a una vivienda digna? ¿Es el caviar una necesidad importante? Si estoy dentro del invernadero, esto no me importa, o asumo las distorsiones como intrínsecas dentro del mundo pecador. Si pretendo salir –o si ya estoy fuera- es relevante.

Esta interacción necesidades - satisfactores requiere un asunto que de todas formas sabemos. ¿Qué cosa es? La producción de estos satisfctores mediante la actividad económica. Hay que hacer los celulares, producir el arroz, las papas, el servicio de telefonía que permite el acceso a internet, el servicio de transporte, y el largo demás. La organización de la actividad económica se hace mediante los sistemas económicos, que organizan la forma de producción de los satisfactores, y la distribución de éstos hacia las necesidades. A través de la historia, hemos tenido el sistema primitivo de recolección, el comunismo primitivo, el esclavismo, el feudalismo, el sistema de libre mercado, el socialismo, y mezclas entre los anteriores. No podemos determinar la tendencia hacia el futuro de los sistemas, es algo difícil de predecir.

Otra vez, ¿Dónde entra la doctrina, la reflexión cristiana aquí? Obviamente no es en la creación de sistemas económicos (Dios a través de la Biblia no lo hace, asume el sistema esclavista, escribe su Ley y se encarnó en él. ¿Pedimos acaso que tengamos reyes otra vez, o esclavos, o siervos?), sino que, a mi entender, debe encaminarse a la exigencia de la justicia en los sistemas. Aquí hay mucho que decir, sobre la brecha cada vez más amplia entre ricos y pobres, sobre la pobreza en sí, sobre los temas salariales, los lobbys económicos, la privatización de bienes naturales, las patentes, la forma en que se producen los bienes y servicios (el trabajo infantil, el tema de los inmigrantes, los beneficios sociales, las externalidades), la distribución, el papel del gobierno, la creación de puestos de trabajo, etcétera.

Mucho que decir y hacer. ¿Alcanzará el tiempo? ¿La energía? ¿Nos ganará el egoísmo? ¿La velocidad de la vida?

lunes, 27 de noviembre de 2006

Esto es algo más personal…

Ya he escrito de esto antes. No sé si la repetición es falta de creatividad, símbolo de pocas ideas, quizá cansancio o necesidad de vacaciones; Peor aún, verán que la idea que planteo es algo axiomática, como si uno mas uno es igual a dos o que Cristo es el Hijo de Dios: el tiempo produce cambios tanto en la iglesia como en la gente y, ante ellos, debemos reaccionar y tomar decisiones.

De un tiempo a esta parte, mi relación con mi iglesia “local” ha mutado grandemente. Concentrada en la evangelización de la clase media alta de Lima y fiel seguidora del principio de las unidades homogéneas de McGaravan, acaba de inaugurar su nuevo templo para 800 personas. El esfuerzo es caro, pues la construcción es costosa y se les ha pedido a hermanos específicos que aporten sacrificialmente un importante faltante de dinero para la construcción y acondicionamiento del templo. Ya está listo, es bonito, es grande, conmueve un poco sobre todo si has estado en todas las etapas de la congregación, desde la inicial casa con capacidad para, máximo, 100 personas en 1991.

Pero no estoy feliz. Desde hace dos años, en los que dejé las actividades ministeriales en la iglesia (el grupo de adolescentes, la academia bíblica, los jóvenes) hasta el día de hoy, mi mente y mi corazón han migrado desde la ortodoxia de mi denominación (con un par de años del seminario incluido) a la misión integral, el debate teológico a niveles intuitivos, la abierta autocrítica y la reflexión sobre nuevos modelos de comunidades, un camino en el que muchos otros –manifestando su voz en la blogósfera, por ejemplo- están inmersos en América Latina. Y ante esto, se ha llegado a un punto muerto: mi iglesia local no cambiará, pienso demasiado diferente a ella y ella a su vez distinto a mí. Como decía líneas arriba, las cosas han cambiado, y ya no tengo espacio en sus paredes.

La respuesta es evidente, pero en la práctica no lo es tanto. ¿Por qué es tan traumático para los miembros de la iglesia la salida de un hermano en Cristo a otra denominación o comunidad independiente si no es por causas del pecado o las discusiones? ¿Por qué el hecho de dejar de ser miembro de una iglesia local es una herida enorme para ambos? ¿Por qué esa decisión no puede ser acompañada por un “oraremos por ti para que Dios te llene de gracia en los nuevos caminos que está disponiendo para tu persona” y, en cambio, está adosada al recelo, a la mala palabra, a la especulación lacerante, al chisme, a la expresión por detrás del implicado, al psicoanálisis barato?

Debería ser todo más simple. Si tu mente ha cambiado, tu partida debe ser un proceso natural e incentivado, promovido porque así el crecimiento para con la iglesia universal será mayor, pero no: si queremos escapar del microclima, somos casi herejes, peor que mundanos, unos desagradecidos por no apreciar todo lo que la comunidad local ha hecho por nosotros a través de los años. ¿Por qué, Dios, tienen que ser así las cosas? A mi madre le han “sugerido” evitar el contacto con una señora que ha dejado la congregación hace algunos meses porque ahora su forma de pensar es más pentecostal. ¿Será así conmigo si decido cambiarme? ¿Le prohibirán a mis amigos de años el contacto conmigo? ¿Les dirán que soy una mala influencia?

Es evidente que estoy pensando dejar mi iglesia local. El tiempo la ha cambiado, y a mi también. Oro para que Dios me ayude en este proceso, y si hay que salir… pues tiene que ser a alguna parte, y no estoy seguro de a dónde.

domingo, 19 de noviembre de 2006

Conversando sobre la masividad

El banco en donde trabajo me ha mandado a una capacitación a Bilbao y a Madrid, en España. Por ello he dejado un poco abandonado el blog, aunque mi amigo Alexander Rodriguez me permitió conversar con él en su blog Santa Suburbia sobre un tema que había escrito previamente meses atrás. El enlace es el siguiente:

La masividad como meta y misión

Espero que escuchen el dialogo y lo enriquezcan con sus valiosos comentarios.

Saludos a todos desde Bilbao.

lunes, 30 de octubre de 2006

Conversación sobre la misión de Dios

Hola a todos.

Hace unas semanas conversamos con unos amigos sobre la misión para un programa de TV de uno de los canales evangélicos de Lima (en UHF). Parte de las conclusiones están en los dos videos adjuntos que, espero, contribuyan a la discusión sobre el tema.

Video 1



Video 2




De izquierda a derecha: Daniel Villón, Franccesca Bocchio, Abel García y Marcos Paredes.

Saludos a todos.

viernes, 20 de octubre de 2006

Hermano, nos vemos luego


Como dijo el Señor en la cruz casi al final de su agonía, "Todo está cumplido" (Jn. 19:30, Biblia de Jerusalén). Mi hermano Gabriel finalmente, luego de once meses de lucha contra la leucemía, pasó a la presencia del Señor.

Era el tiempo. Ya sufría demasiado.

Fue un tiempo difícil. Cuando le detectaron la enfermedad, en la mañana del 2 de Noviembre del 2005, y en las semanas posteriores, tuve la crisis de fe más grande de toda mi vida, al punto de estar cerca de dejar el cristianismo, de descartar a Dios, de preferir ese infierno futuro de fuego y oscuridad a la barata promesa de una nube y un arpa en el cielo, todo para poder estar lejos de la presencia divina que colocaba a mi familia una carga demasiado pesada. No lo podía soportar. Decía: "Dios, ¡Te equivocaste de persona! ¡Era yo, era yo a quien debías tocar! ¿Por qué todo esto?" Sin embargo, las cosas fueron cambiando poco a poco.

En Agosto viajé junto a mi esposa Dorcas y mis amigos Miguel Paredes y Francisco Meza a Cusco, Puno y Arequipa. En Puno, (3,800 metros sobre el nivel del mar) a las 11 de la noche y con un frío que debía estar cerca a los cero grados, estuve con Miguel en una mesa del comedor del hostal en donde nos hospedamos, conversando de muchas cosas -el proyecto misiológico en el que estamos embarcados hoy, su partida al MIT, la vueltita al lago que dimos en la tarde-. Entre ellas, el asunto de mi hermano, recién desahuciado por los médicos. ¿Podemos encontrarle un sentido a esta situación? ¿Una pizca de justicia? ¿Sucederá el milagro?

Intentaba pensar en ese momento, mientras tomaba el café casi helado. Recordé al Señor Jesucristo, muriendo joven. Y estaba a punto de llorar, tratando de hallar una salida, un bálsamo, algo que me calme en ese momento. Seguía pensando en Jesucristo y su obra, en su muerte, en su redentora muerte, como si tuviera la impresión, la sospecha que allí puedo encontrar algo de paz. Recuerdo decirle algo a Miguel sin aparentemente pensarlo demasiado:

"Hay personas que, aunque no lo entienda, tienen el sentido de su vida en su muerte"

En su muerte porque este evento, dolorosísimo, es el que debe ser el inicio, el movil, el detonante de una transformación de los que quedan en la tierra, de tal trascendencia que el efecto multiplicador que provoca la partida de la persona a quien amamos tiene años de duración. Cristo tuvo eso, aunque como era Dios, el valor de su muerte tiene consecuencias permanentes, infinitas. Nosotros, simples humanos, podemos tener el mismo sentido pero a una escala infinitesimal.

En este caso, mi hermano debía morir para que personas como yo, que aún caminamos en este planeta, despertemos a la realidad de la vida y hagamos lo que tenemos que realizar con pasión y sin miedos. Por ello, tras enterrar a mi hermano, siento que lo mejor que puedo hacer para recordarlo es tomar todo lo que Dios quiere mostrarme y corregir mi vida, enderezando la senda en pos de una existencia más santa y ceñida a la misión de Dios en la tierra. Borrar taras, pedir perdon y inspirarme en la valentía de mi hermano, su fortaleza al enfrentar la adversidad, el dolor y el destino final que sabía estaba por llegar. Porque mientras yo me hundía en el desaliento, él flotaba en la certeza del poder de Dios.

Al ver eso, salí del hoyo y volví a creer con más fuerza que antes.

Gabriel, clamo como David: "¡Jonatán! Por tu muerte estoy herido, hermano mío, Jonatán" (2 Sam. 1:25b Biblia de Jerusalén). ¿Sabes algo? Es un vacío muy grande el que tengo ahora. Quizá por esas estúpidas razones que el latinoamericanismo tiene, no fue demasiado afectivo ni te dije todo lo que hubiera sido necesario, pero quiero que sepas -se que no leerás esto, pero igual deseo escribirlo- que te quiero muchísimo y que tengo que darte gracias por todo, por tu vida, por nuestros juegos de infancia en la tierra de detrás de la casa, por ser mi testigo de boda, por mostrarme a través de esos increíbles amigos tuyos de tu universidad el valor de la solidaridad y el compañerismo sin condiciones (no olvidaré jamás el bus de San Marcos en la puerta de mi casa y el detalle hecho en tu honor de la bandera a media asta en el frontis de la facultad de Medicina Veterinaria), por ser mi hermano, por ser un importantísimo elemento de la obra de Dios en mi vida que ha hecho que sea un cristiano distinto el día de hoy.

Ya nos veremos después, allá arriba. No te olvides de guardarme un buen sitio. Hasta luego, castor.

lunes, 9 de octubre de 2006

Jesús haciendo misión: su dialogo con la samaritana (Jn. 4:1-42)

Una revisión detallada de las páginas del Evangelio de Juan es muy útil para aprender no sólo los fundamentos de la fe, sino también el método de Jesús en su aplicación de la misión, donde tras explorar la Palabra de Dios podemos llevarnos algunas sorpresas que nos alejarán de algunas corrientes tradicionales. Dentro de todo el evangelio, uno de los primeros lugares en importancia para explorar es la narración del encuentro con la mujer samaritana. Decisivamente fundamental.

Una visión personal y no masiva

Para entenderlo con mayor claridad, debemos recordar que los judíos detestaban a los samaritanos, no aceptaban que descendían de los patriarcas, y cuestionaban severamente la validez de su culto. Es evidente que estaban al margen de su sistema religioso y restringieron el trato con ellos, tratándolos en la práctica como gentiles. Por ello, llama la atención el hecho que a pesar de no tener la necesidad de pasar por ese territorio (el camino entre Galilea y Judea pasaba por el gran rodeo a través de Perea, y lo hacían todos los judíos o galileos) Jesús toma el atajo caminando por la región de los samaritanos.

Lo primero que Jesús nos enseña mediante la praxis es su trato de igualdad hacia las personas, superando el conflicto que existe entre judíos y samaritanos al ver a la mujer como un ser humano necesitado de una relación con Dios. Se distancia kilométricamente del juicio judío tradicional sobre los samaritanos con una prédica que anuncia las puertas abiertas para todos (Lc. 9:55s, 17:16, 10:30ss, 17:11) aunque en otras ocasiones aceptó la exclusión de ellos de la comunidad (Mt. 10:5-6; Lc. 17:18).

Jesús esta solo con la mujer (v. 6-8), y qué importante es que lo esté. ¿Por qué? Implícitamente nos están diciendo que para Jesús la misión no se trata de un comportamiento colectivo-masivo sino de un procedimiento íntimo y cercano. La persona vista como ser humano y social, creado en relación con Dios y como el centro de atención a la cual Él se aproxima con una ética adecuada que muestra la mirada hacia el interior, al corazón de la gente. El corazón es el punto de llegada en el encuentro de Jesús con la mujer samaritana.

“Dame de beber”

Dije antes que el centro de atención es la persona misma, en este caso particular, Cristo y la mujer, como personas individuales. Jesús, sabiendo perfectamente donde estaba y con quien estaba tratando, escoge la necesidad de la mujer para entrar al dialogo. Él va directamente al grano con su mensaje, pero en una manera figurativa ya que la metáfora del agua como una necesidad para la gente se entiende en todo contexto (v. 10). Algo demasiado importante es la petición por algo de beber manifiesta la igualdad porque implica la disposición de Jesús de recibir del “otro lado”, de una mujer samaritana, de alguien odiado, marginado, pecador (v. 7). ¿Qué tan dispuestos estamos nosotros a recibir de ese otro lado? Cuando predicamos, ¿recibimos de ese “otro lado”, de los sujetos de la predicación, o nuestra santidad no nos deja? ¿Acogemos de aquel católico que nos escucha en un retiro? ¿De aquel ateo que piensa que estamos locos? ¿De nuestro amigo agnóstico que nos bombardea a preguntas en una célula?

La Identidad de Jesús

La mujer identifica a Jesús como un profeta (v. 19), por supuesto, dentro de su perspectiva samaritana - la doctrina religiosa de los samaritanos consideraba su propio centro del culto, en el monte Guerizim, totalmente independiente del lugar cultual en Jerusalén y esperaba un profeta en vez de un Mesías salvador de la nación-. Aunque es claro el hecho que ella interprete su realidad desde su etnocentrismo y subjetivismo, lo trascendente es la reacción creativa y renovadora de Jesús ante la lectura de la mujer. Él comprende su perspectiva y a pesar que ella estaba en un error a la hora de identificar a Cristo no como Mesías sino como profeta (pues era una samaritana), Él no rechaza al instante sus palabras sino busca, por su visión escatológica (“llegará el momento en que ni en este monte ni en Jerusalén adoraremos” -v. 22- ), el punto del encuentro entre ella (los samaritanos) y Él (los judíos) para una nueva unión en el futuro. Este punto común: la adoración, permite inclusión en vez de exclusión. Que diferencia a nosotros, que nos creemos dueños de la verdad y al anunciar la fe exclamamos los defectos del otro calificando, por ejemplo, su estilo de vida como pecaminoso, generando abismos y no aproximaciones constructivas.

En otras palabras, Jesús, creativa y novedosamente, va hacia un universalismo que respeta las identidades religioso-culturales enseñándonos una nueva identidad misionera en unidad (Ef. 4:4-6).

“La hora viene cuando ni en este monte ni en Jerusalén adorareis al Padre”

La mujer observa la diferencia de la adoración entre su tradición y la judía. Ante esto sucede algo sorprendente: Jesús silenciosamente le expresa su autocrítica hacia el culto judío, hacia el templo de Jerusalén y sus implicaciones, en cierta forma, hacia Él mismo (no en su persona como hombre perfecto y Dios, sino en su parte cultural judía que nunca dejó de lado –ver Mt. 15:21-28; 17:24-27– como hombre que seguía los preceptos religiosos; en otras palabras, la autocrítica es a esa humanidad que adquirió por ser un ser social) porque eran las cosas que le pertenecían. No corrige el culto de la mujer sino se une a su crítica enfatizando lo común: Ambos adoran a Dios y piensan que esta en un solo lugar presente. De esta manera se abren las puertas –buscando el encuentro, corrigiendo lo diferente– que superan las barreras existentes.

Jesús no se limitó a esta sola ocasión, porque las críticas a la parafernalia judía provocaron serias fricciones con los sacerdotes y escribas que lo llevaron finalmente a la muerte. De la misma manera el día de hoy muchos cristianos no queremos escuchar que nuestra praxis cultual, que nuestro modo de hacer iglesia, que nuestros modelos o costumbres no son la verdad absoluta, sino que juzgamos severamente a quien pretende “cuestionar” las formas establecidas. Decir que la iglesia se está equivocando en el camino o que está errando en el énfasis u olvidando parte su misión es un “pecado” muy serio, porque, indirectamente se piensa: ¿Estas acaso criticando a aquel llamado por Dios? ¿Quién eres tú para hacerlo? Sin embargo, precisamente esta capacidad de autocrítica, basada en un conocimiento amplio de si mismo y del otro, permite un dialogo misionero, tal como lo hiciera Cristo con la samaritana.

Es hora de concluir

En Jesucristo se facilitan los encuentros en igualdad y libertad. Cruzando este puente se facilita también mantener la propia identidad, es más, profundizarla y crear una comunicación transparente con diálogos abiertos, que significa estar en medio de los distintos mapas intelectuales sin poner un absoluto entre ellos. Jesús nos muestra una posición abierta dispuesta a buscar lo común, comunicándose personalmente con el otro. Nos llama para un aprendizaje mutuo sin imponer ni perder, sino siempre ganar. ¿Cuánto de esto aplicamos a nuestro ministerio?

Esto es valioso en nuestros tiempos posmodernos. Nada y nadie es constante y, permanentemente, nos vemos obligado a cruzar fronteras de la misma forma que Cristo con la Samaritana. Ante esta realidad Jesús nos da un ejemplo para evitar los extremos de la pérdida de nuestra posición o el cerrarse en ella obcecadamente. No se trata de uniformar sino de unirse manteniendo identidad en unidad entendiendo que el Espíritu Santo está en medio de todo.

Pienso y pienso y, como siempre, debo admitir que Cristo rompe nuestros esquemas una vez más. Priorizando lo personal a lo masivo, aceptando la igualdad y recibiendo del otro, tener visión autocrítica. ¡Algo diferente a lo que se ve hoy! ¿Qué hacer, entonces, ante esto? ¿Quedarnos quietos, porque “así es la realidad y nunca va a cambiar”? ¿O acercarnos al modelo de Cristo? Sin chistar, escojo esto último.


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"El crecimiento neoplásico o la perspectiva de la masividad" y el presente post son el resumen de una monografía que hice junto a Ulrike Sallandt para un curso de la maestría en misiología del Centro de Misiología Andino Amazónica de Lima-Perú.

miércoles, 4 de octubre de 2006

¡Con la plata no te juegues…!

Sigo debiendo el tema del diezmo tratado con algo más de rigurosidad, pero va un adelanto pequeño, que ni siquiera puede ser llamado avance o borrador, sino sólo la pobre “publicación” de un par de casos que creo nos debe llevar a la reflexión y reacción.

Sobre este espinoso asunto a veces mi denominación se pasa de vueltas. No es la regla, pero igual se ven unas cosas que dan mucho que pensar.

Caso 1:

Aviso en el panel principal de la iglesia: “Recuerden que quien no está al día en sus diezmos no puede hacer la Santa Cena”. Claro, si eso de no diezmar es robar a Dios, ¿cómo entonces un ladrón puede participar del recordatorio del sacrificio de Cristo?

Caso 2:

Reunión de líderes: “Y desde ahora vamos a monitorear estrictamente sus números de diezmo para ver cómo van sus aportes. No puede ser que un líder comprometido en cosas espirituales no diezme fielmente a Dios. Por ello, desde ahora, líder que no diezme no podrá servir en la iglesia hasta que regularice su situación”. Lo mismo: ¿Cómo un ladrón puede ministrar a las ovejas del Señor?

Como dicen por allí, “en todas partes se cuecen habas”, pero esta cocción ya hiede un poco.

lunes, 25 de septiembre de 2006

No nos importa

Es ya casi un axioma -algo no necesita demostración-, a nosotros los evangélicos la pena de muerte no nos importa. En el Perú se ha generado un gran debate debido a la promesa electoral del ahora presidente Alan García de condenar a muerte a los violadores niños de menos de siete años y que provoquen su deceso. El conflicto ha sido serio entre algunos sectores del Congreso del Perú (sobre todo del partido de derecha Unidad Nacional) y la Iglesia Católica, que se ha pronunciado enfáticamente en contra del proyecto y, con todo, nosotros no hemos dicho nada.

Silencio.
Ausencia de palabras.
Vacío.

Bueno, en verdad muchas otras cosas no nos importan. O por lo menos, damos la imagen de que no nos interesan. ¿O es que no sabemos qué decir?

El pecado ha causado grandes deformaciones en la humanidad completa e inclusive en la creación material (Rom.8:22). La muerte de Cristo es, gracias a la misericordia de Dios, el puente, la medicina, mediante las cuales esas malformaciones son corregidas, parcialmente ahora, completamente cuando el Señor venga otra vez. La maldad del hombre es terrible, y a pesar de ella, Dios decidió hacer algo. A pesar de que el ser humano viola, asesina, miente, roba, abusa, manipula o tiraniza, igual, nos amó tanto que envió a su Hijo primogénito (Jn. 3:16).

Por ello, al pensar en temas como la pena de muerte, debemos recordar esta obra de Dios realizada para la salvación de la humanidad, a pesar de cómo somos. Dice el profeta Jeremías que "por la misericordia de Jehová no hemos sido consumidos, porque nunca decayeron sus misericordias. Nuevas son cada mañana. Grande es tu fidelidad” (Lm. 3:22-23). Merecemos como humanidad la destrucción, el castigo de la aniquilación por nuestro constante pecado y desobediencia a Dios. Pero Él, de puro amor, por bondad, no lo hizo, y no lo hace. Más bien, nos dio la solución, y nos da un marco a seguir.

Entonces, así como Dios nos redime, debemos intentar la redención del delincuente porque, ¿por qué pretender ser más estrictos que el Creador del universo? Si el Estado no quiere restaurar al delincuente, ¿para qué sirve el Estado entonces? ¿Para qué está? La discusión sobre el sistema penal es otra y podemos hablar sobre penas o regímenes penitenciarios pero en el fondo la lógica debe ser la recuperación del ser humano, su restauración y nueva integración a la sociedad.

Por lo tanto, le digo no a la pena de muerte.

lunes, 11 de septiembre de 2006

¿Qué tipo de iglesia me gustaría levantar?

Me gustaría levantar una iglesia horizontal, donde no exista la figura del pastor dominante que lo controla todo, que tiene la voz autorizada y que aparenta estar más cerca de Dios, sino la de los laicos comprometidos, quizá como la de un elder de iglesia norteamericana. Donde todos participemos de una manera más activa de la liturgia, desde el ejercer la Santa Cena hasta los matrimonios religiosos. Donde el líder sirva de verdad y no más bien sean los miembros que sirven al líder. Donde no exista el pastor gerente al que tengas que sacar cita, sino el líder que busca a la oveja perdida y cansada. Donde la iglesia se involucre en su mundo activamente y no se aísle de él, aplicando ese pasaje en el que dice que debemos servir: la iglesia debe servir al mundo. Una iglesia que participe en las actividades de su comunidad, de su ciudad y país, que viva realmente en él y que no brinde sólo oraciones y prédicas vacías, una iglesia que trate el problema de la injusticia y el sufrimiento humano sin ambages.

Quisiera una iglesia que sea menos rígida en el culto de los domingos. Una iglesia sin púlpito, para que no haya la sensación de superioridad por parte de quien habla allí, sino que quien enseñe la palabra esté en el mismo nivel de los oyentes, con discursos menos atados a los criterios homiléticos. Que la alabanza viva al correr de la cultura, y que no se condicione a la moda de la música cristiana, sino que sea espontánea, viva y artística, inclusiva en toda clase de ritmos. En lo posible, que las composiciones sean realizadas por miembros de la iglesia, para que lo que se diga sea parte de la propia realidad. Que los diezmos no existan sino que sean solamente ofrendas, para ser más bíblicos y no se presione a la congregación con ello.

Quisiera una iglesia más tolerante con el otro, menos juez y más amiga. Que sea firme en el conocimiento y que lo que cree lo sustente con propiedad, pero que entienda que otros hermanos en la fe usan otros criterios hermenéuticos y que creen distinto a nosotros, y que ese hecho no nos da permiso a decir que ellos están equivocados. Que respete a la persona de otra religión porque a pesar de lo que sabemos, entendemos que la fe que esa persona profesa tiene como génesis la inquietud espiritual puesta por Dios en todas las gentes. En resumen, quisiera una iglesia que simplemente ame de verdad, capaz de sacrificarse de ser necesario como Cristo lo hizo por nosotros.