miércoles, 16 de junio de 2010

Dejados atrás (20)

A) La neoplasia

Cuando los miembros de lo que fue la primigenia congregación de mi iglesia local partieron de su iglesia-madre con el fin de comenzar su obra en la zona este de Lima en septiembre de 1991, poseían parámetros definidos de lo que sería el alcance a la clase media-alta, sustentados en los principios de iglecrecimiento desarrollados por Donald McGavran en el Seminario Fuller de California, enfatizando dos aspectos: primero, la receptividad / resistencia del pueblo oyente del mensaje de salvación (debemos ir a los lugares que son receptivos al mensaje del evangelio y descartar los que son resistentes, porque así la iglesia crecerá más rápido) y, segundo, el respeto a las unidades homogéneas (la gente escuchará y se convertirá con gente similar a ella, no con personas distintas). Para los gurúes de la denominación, la poca rigurosidad en el seguimiento del segundo principio llevó al fracaso del primer proyecto de alcance de la clase media-alta de Lima. La iglesia que se fundó con ese fin a fines de los setentas se llenó de gente de otros estratos sociales porque estaba ubicada en una avenida importante de la ciudad, convirtiéndose con los años en una iglesia de carácter metropolitano. Esta vez, se corregiría la estrategia, fundando una iglesia discreta, no masiva, “exclusiva”, oculta, sin letrero, sin mezclas con otros estratos sociales. No se quería una iglesia grande de más de mil miembros como las que ya abundan en todo el país, sino que se buscaba algo más pequeño, de máximo unos quinientos miembros. Ese era el plan inicial.

Pero el tiempo es inmisericorde y las cosas cambian inevitablemente, a veces para bien, a veces para mal. Quizá el pastor titular, que enseño Iglecrecimiento en el seminario, se dejó llevar por los principios de ventas y mercadeo que caracterizaba al modelo. O le ganó el deseo de ser el líder de una iglesia importante tanto numérica como económicamente dentro de la denominación. No sé en verdad qué motivó su cambio, pero en un momento decidió liderar una iglesia más grande, descartando el proyecto inicial más modesto. Es bien conocido que la principal medida de éxito de un pastor es el crecimiento numérico de la iglesia o grupo que dirige, aunque muchas veces esto se hace de forma irresponsable. Se busca llenar las iglesias de nuevos convertidos sin un soporte eficiente de líderes que permita a los neófitos crecer en la fe y conocer más de las verdades que la Biblia contiene. Interesa más las manos levantadas en un culto o la gente que asistió a un evento que el trabajo que implica atenderlos a todos. De acuerdo, somos más, pero ¿cuántos se quedaron en el camino? ¿Cuánto costó? ¿Qué pasa con todos aquellos cristianos que llegaron primero y se ven abandonados porque se prioriza la conversión de nuevos creyentes? ¿Es este acaso el costo de la expansión, el dejar a los que tienen algunos años a la deriva de su propio impulso?

Todo crecimiento no es bueno. Puede obesidad o, mucho peor, una neoplasia invasora. Se ha pensado, a lo Macchiavello, que el fin justifica los medios. No importa si no tengo la capacidad de recibir a doscientos convertidos porque Dios proveerá lo necesario. ¿Tienen que crecer en la fe, tengo que atenderlos pastoralmente y no tengo recursos? No interesa, lo importante es engordar, el Espíritu Santo ya se encargará del resto. Quizá nuestra misión sea solo plantar semillas. Además, lo fundamental es la conversión, porque con ella aseguramos la eternidad. Discipular es secundario. ¿Qué motiva ese crecimiento tan desordenado? ¿Podría ser el orgullo del pastor? ¿Captar fondos para alguna cosa en especial ―no necesariamente enriquecimiento del clero― de matiz sacrosanto, como construir un templo, un colegio, un orfanato? ¿Me importa la foto, la imagen, el ego?

El versículo principal que sustenta esta actitud es Mateo 28:19, la Gran Comisión. Se asume que este último pasaje es una prescripción para ser obedecida, el cumplimiento de un mandato que Cristo dio a sus discípulos que nos compromete con la predicación del evangelio a todas las naciones de la tierra. Por lo tanto, si me ordenan hacer discípulos, entonces el crecimiento es la señal directa del buen desempeño. Tan simple como la tabla del uno.

La evangelización ha sido entendida considerando al receptor del mensaje como parte de una multitud enorme y necesitada, lo que podríamos llamar como “perspectiva de la masividad”. Probablemente tenga que ver con el término “a todas las naciones” y con la cosmovisión cristiana de perspectiva dual que hace una distinción entre los que se salvan por su decisión personal e individual, y la gran masa de perdidos que forman una unidad esencial: sea donde estén y hagan lo que hagan, desde el punto de vista religioso irán al infierno, son todos de la misma condición. Por ello la estrategia de los colosales eventos en estadios, grandiosas campañas, conciertos que llenen el más grande coliseo de la ciudad, congresos enormes. Tú, Juan Pérez ―un individuo con un nombre y una historia―, eres uno de los 500 pecadores convertidos en la campaña del evangelista de moda en el Estadio Nacional de Lima. Nada más que eso. Tú no eres objetivo, sólo uno entre millones que necesitan la salvación.

Esta misión de tipo masivo es vinculada directamente con la Gran Comisión, pero, ¿era la intención del autor del evangelio? En realidad, recién a partir de 1940 se empezó a considerar a Mateo 28:19 desde el punto de vista misionero. En la actualidad, la erudición está de acuerdo en que el contenido de todo el Evangelio apunta hacia estos versículos finales, pero no de la manera en que el evangelicalismo lo entiende. Se presume que Mateo perteneció a una comunidad judeocristiana que huyó de Judea antes de la guerra del 70 d.C para establecerse en una región mayormente gentil. Estos cristianos todavía participaban en la vida religiosa hebrea ya que aún no se entendían como un cuerpo separado de los judíos. Sin embargo, con la destrucción del templo de Jerusalén todo cambió ya que se disolvió el lazo entre ellos y la sinagoga, generándoles un hondo desconcierto. Mateo escribe su evangelio antes de la ruptura definitiva con la sinagoga, cuando su comunidad aún creía tener el derecho de ser vista como el verdadero Israel. Le escribe a su comunidad en colapso, aislada de sus raíces, con una identidad vapuleada, necesitada de orientación, temerosa ante el futuro. A pesar de las distintas tendencias dentro de la comunidad, que iban desde el legalismo extremo basado en la Ley al espíritu como agente de milagros, Mateo no maquilla las diferencias sino que va más allá, preparando el camino para la reconciliación, el perdón y el amor mutuo dentro de su comunidad. Les ofrecía una salida a la crisis.

Mateo, al parecer, plantea como única manera de salir de la confusión y el conflicto que los aqueja el unir esfuerzos para emprender una misión entre los gentiles con los que conviven. Esto último es sumamente revelador: Mateo quiere mostrarle a su comunidad en trance una visión nueva que consiste en abandonar el encierro en sí mismos y en el judaísmo, para ver el amplio horizonte de la gentilidad como campo de misión, de identidad. Mateo no quiere hablar de masa, simplemente desea que sus lectores cambien su mirada, desde dentro hacia fuera. “Ir a todas las naciones” no es un llamado de multitudes: es el reto a para un grupo de gente acostumbrada a implosionar constantemente. Por lo tanto, la Gran Comisión no nos da pautas sobre el cómo hacer misión, sino simplemente sobre el dónde: más allá de nosotros mismos. No justifica una conquista del mundo, solo un viraje de rumbo.

Sin embargo, el crecimiento neoplásico domina hoy en toda Latinoamérica. El modelo tiene características propias y exige una serie de elementos para que pueda funcionar adecuadamente. Como en las empresas, requiere metas exigentes que demandan mucho esfuerzo: en el mundo laboral se trabaja hasta tarde, se viene hasta sábados y domingos con tal de salir bien en la foto de fin de mes, pero en la iglesia es algo distinto, el matiz es otro. Concretamente, el modelo de crecimiento neoplásico exige involucrarnos de lleno en el objetivo del crecimiento, que demanda muchísimas actividades. Una característica importante de la vida evangélica es precisamente su activismo feroz dentro del templo. Intenso, muchas veces atractivo, emotivo en ocasiones, también divertido con frecuencia. El activismo exige mucho tiempo de los miembros de las iglesias, y esto lo sé de primera mano ya que yo fui un church-colic (iglesio-cólico). La hiperactividad es regla en la iglesia.

El pastor titular, en una clase que llevamos juntos, me dijo que la absorción del tiempo por parte de nuestra iglesia y su hiperactivismo era un mito, que no tenía razón de ser. Para tratar de demostrar la falacia de su afirmación, hice un pequeño ejercicio, muy simple. Me pregunté: ¿Cuánto tiempo a la semana pasa un evangélico promedio en la iglesia? ¿Podemos medir esto? Claro que sí; basta con un sencillo cálculo donde sumemos el tiempo destinado en nuestras agendas para la iglesia. Como todo modelo, contiene supuestos que pueden ser rebatidos, pero a mi entender son bastante razonables.

La semana tiene 168 horas, de las cuales pasamos en sueño 56 (asumiendo 8 horas). El tiempo efectivo es, entonces, 168 – 56 = 112 horas. En el trabajo pasamos 40 horas a la semana; transportarnos hacia él serán unas 7.5 horas (1.5 * 5 días); el período de acicalamiento mañanero más el descanso de fin del día pueden tomar unas 12.5 horas (2.5 * 5 días). Esto nos da un total de 52 horas libres a la semana, que deben repartirse entre las múltiples actividades que tenemos como opción, como la familia, el deporte, la lectura, la televisión o las reuniones sociales.

¿Qué porcentaje de esas 52 horas consume un evangélico en su iglesia? Imaginemos una iglesia de dinamismo medio (no tiene actividades todos los días) y una persona líder que participa en dos ministerios (el que le corresponde por su edad y estado civil ―adolescentes, jóvenes, jóvenes adultos, matrimonios, adulto mayor―, y uno extra ―caballeros, damas, escuela dominical, alabanza, anfitrión―¬). El culto son dos horas, la academia bíblica son dos horas más, la reunión o célula del ministerio principal son dos horas, la reunión secular de afianzamiento de vínculos ―si eres un líder que realmente hace su trabajo― usualmente sabatina demandan dos horas adicionales, los respectivos comités de actualización y logística son 1.5 horas, el ministerio extra 2.5 horas y actividades especiales (campañas, retiros, reuniones adicionales, consejerías) 1 hora a la semana. Dentro de este tiempo se incluye la actividad previa, como preparar temas, clases o el tiempo de llegada anticipada a la iglesia. En total tenemos 13 horas a la semana dentro de actividades eclesiales.

La matemática es bastante simple. 13 horas en las actividades entre 52 horas del total de tiempo libre dan un total de 0.25 o, si prefieren leerlo así, un evangélico líder consume 25% de su tiempo libre dentro de la iglesia. Es una proporción mayor a la del dinero que se suele entregar: 10% del diezmo más un 5% en promedio de ofrendas de los ingresos netos (aunque algunos pastores sostienen que debería ser de los ingresos brutos). Un notable 10% de diferencia. La cifra puede aumentar si nuestro modelo es cambiado. Podemos asumir que la persona trabaja medio día del sábado (horas libres totales = 45h. Tiempo consumido = 28.9%), o todo el sábado (horas libres totales = 40h. Tiempo consumido = 32.5%). E inclusive ampliar nuestro horario de trabajo, y el indicador superaría la barrera del 35%. Pero siendo conservadores, una cifra de 25% resulta más que adecuada.

El problema es que implícitamente se sugiere que a más ratio, más santos somos. En otras palabras, mientras más involucrados estemos en actividades en la iglesia, mientras más ministerios tengamos, mientras vayamos a más reuniones de oración, a más cultos, a más congresos, nos vinculemos en lo más posible, seremos mejores cristianos. Se cree esto porque como el mundo es pecaminoso, le pertenece al diablo y va camino a la destrucción. Por lo tanto, no vale la pena involucrarse en él más que lo mínimo necesario ―el trabajo usualmente es este mínimo― por lo que todo puede y debe realizarse dentro del templo, llenado las agendas de los feligreses de actividades (“¿Por qué hacer tesoros en la tierra si todo es corrompible? ¡Hay que hacer tesoros en el cielo!”). ¿Puede el activismo reemplazar la esencia de la vida cristiana? ¿Los retiros, las células, las comisiones, los cursos pueden ser un sucedáneo del amor al prójimo o la comunión? A mi entender, no. Pero es un grandísimo peligro tan igual como el legalismo o la falta de fe. Y un asunto adicional es que muchos pastores incentivan eso ―aunque si les preguntas directamente lo negarán, aduciendo alguna excusa―, al extremo de tener en su cabeza de forma inconsciente un indicador de madurez basado en el número de actividades realizadas. Lo miro con frialdad: ¿quién sale ganando con estas muchas horas-hombre de costo cero?

La exigencia por el crecimiento viene del lado pastoral con su énfasis ministerial, explicando parcialmente el comportamiento de la gente que ocupa tanto de su tiempo libre en la iglesia. Hay otra causa que he observado con interés. Se origina en el propio laicado, y la denomino como la “perspectiva de la adicción”. Bastaba ver los boletines del 2008 y hacer un conteo. Tres o cuatro retiros matrimoniales al año de cuarenta a cincuenta parejas cada uno, retiros de damas, caballeros, niños, jóvenes, jóvenes adultos, células, cursos, congresos, conferencias, campamentos, reuniones diversas, que sirven de herramientas evangelísticas. Una característica casi todos los “encuentros” es la manipulación emocional: remueven cosas del pasado al hablar de temas específicos según tu edad (padres, madres o enamorados para los jóvenes, por ejemplo), las sacan a flote en las sesiones de compartir grupal, lloras, te retuerces, te dejan vulnerable, te dan una salida presentándote a Cristo. Todo sucede en un ambiente perfecto, con personas sonrientes a cada instante, totalmente dispuestas a ayudarte. Es todo muy emotivo, formándose conexiones intensas en un ambiente propicio cuidadosamente preparado. La mayoría suele quedar impactadísima con el programa y, con ese enganche, se entregan con pasión a las actividades de la iglesia. Se vuelven adictas al programa, al pastor titular que les dijo alguna frase bonita, a las lágrimas del retiro, a las emociones a flor de piel. Se quedan porque quieren repetir lo vivido. Otros evitaron mediante el “encuentro” superar una situación compleja como una crisis matrimonial o un problema de baja autoestima, afianzando aún más su adicción. Lo he visto con frecuencia: se comprometen con todo. Irán a las reuniones, células, cultos o lo que haya. Invitarán a todos sus amigos para que descubran el nuevo mundo que acaban de encontrar. Sin embargo, pronto se acabará el primer amor, se agota el interés porque acaban dándose cuenta que los “encuentros” se mueven en un escenario artificial, falso, sintético. Pero no se preocupen porque el nuevo retiro viene, comenzando nuevamente el cíclico proceso. Entre encuentro y encuentro, algunos se quedan en la iglesia pero la mayoría se va. El programa de encuentros tiene un efecto marginal en el crecimiento de la iglesia, pero tiene un flujo muy alto, que tiene la propiedad de prolongar la adicción por largos períodos.



La neoplasia es, entonces, como una moneda. Cara es la perspectiva de la masividad que proviene de los pastores y requiere una hiperactividad grande por parte de los feligreses; sello es la perspectiva de la adicción que viene de los propios laicos, adictos a los programas, cultos, células, campañas evangelísticas, pastores. Tristemente ambas convergen y se complementan perfectamente. Ambas atrapan a clero y laicado, que no se da cuenta de esa condición, aunque por las estructuras de poder el laicado tiene todas las de perder. Ambas quitan la libertad real, ambas reemplazan a la Biblia por empujes humanos que se alimentan de nuestras propias pasiones y deseos. Al observar cuidadosamente, comprendí que ambas perspectivas dominaban la iglesia pero todos parecen muy felices, aparentan no darse cuenta del mal que los aqueja.

8 comentarios:

Sandra dijo...

Como anillo al dedo me viene, y aunque la iglesia evangelica en Espagna tiene su origen en la de los eeuu (igual que latinoamerica), no deben de haber mas de dos iglesias con mas de 1000 miembros en madrid capital (de 4 millones de personas), no son comparables. Tras 10 agnos de creyente y casi 10 agnos de activismo, me replanteo muy en serio todas estas cosas

Sandra dijo...

me ovidaba de un detalle. Yo me ^convert'i^ despu'es de uno de esos retiros super emocionales

Abel García García dijo...

Claro Sandra, me acuerdo cómo llorabas ;-) En un punto yo estaba tan sugestionado que me bastaba escuchar una canción para sentir una emoción que quería apresarme. En ese momento me di cuenta que algo andaba mal....

Abel García García dijo...

Ser una iglesia de más de 1000 miembros es algo que codician muchos. No sé, es como ser el consejero delegado de una gran empresa supongo, un símbolo del éxito de la carrera profesional. O sea, normal si las cosas se dan así, pero pienso que con mucha frecuencia la motivación por crecer es incorrecta, no está basada en el amor por la gente, sino en motivaciones subalternas. Eso es lo que sucede ahora en nuestra ex-iglesia, tristemente.

Colapso dijo...

Un comentario para pensar... los cristianos que alguna vez vivimos en ese ambiente de hiper efusividad y adicción a las actividades eclesiásticas, ¿cuántos amigos fuera de la iglesia hicimos en ese tiempo? a mi me tocó la etapa en la época universitaria y tengo que decir que me volví más amigo de mis compañeros de la universidad cuando ya no estuve tan involucrado en la iglesia, cuando pude dedicarles tiempo para conversar con ellos y tomarme una chela en lugar de salir corriendo a la reunión de tutores... entonces, pude poco a poco irles mostrando a Jesucristo en mi vida, pude CUMPLIR LA GRAN COMISIÓN... curioso que lo hice cuando en la iglesia me tildaron relajado de haberme ido al mundo por "abandonar" a los sacrosantos ministerios eclesiásticos.

Esto se corresponde con el verdadero significado de "hacer discípulos" como bien lo explicó Abel, no se trata de llenar estadios y manipular emocionalmente para que la gente tome una "decisión" inmediatista que ni siquiera es bíblica, se trata de llevar de la mano a la gente, como lo hizo Jesús... por 03 años!!! para crear un verdadero impacto en la sociedad.

Hemos perdido la Brújula...

Abel García García dijo...

Si me pongo a pensar en tu observación, creo que llegaría a la conclusión de que hay una fuerte correlación inversa entre el nivel de compromiso con la iglesia y la relación con los entornos no cristianos. O sea, ¿cuántos amigos no cristianos (potenciales creyentes) tenía alguien cuando recién llegaba a la iglesia? Muchos. ¿Y cinco años después? Pocos. Ahora me voy al otro extremo: ¿Cuántos amigos no cristianos (amigos, no conocidos ni relacionados de manera colateral) tendrá el pastor titular de la iglesia que ya sabes? ¿Cuántos amigos no cristianos tendrá el pastor de jóvenes de esa misma iglesia? Respuesta obvia: cero. A más compromiso, menos relación con el "mundo". A más compromiso, menos capacidad personal de (evangelización). ¿Contradictorio? Para nada. Como no tienes vínculos amicales-afectivos con el "mundo", toda la gente te es igual, te da lo mismo... y explica el porqué vemos a la multitud perdida como una masa: el acercamiento personal no me interesa, todos están en la misma condición. Muy, muy mal.

Piensa en la cantidad de amigos que los líderes de años tienen. Se han aislado en el microclima eclesial. ¿Y la imitación de Cristo? ¿Dónde andan nuestras mujeres samaritanas, nuestros Zaqueos, nuestras mujeres adúlteras, nuestra mujeres con flujo de sangre, nuestro centuriónn romano, nuestras Magdalenas, nuestros leprosos? Ellos y ellas andan fuera. Nosotros estamos felices bien encerraditos. Porquería, todo es porquería. Bien lo dices: la brújula se perdió hace años. Como dice la Biblia, son ciegos guiándos entre ellos mismos.

Y así se dicen espirituales. Así creen tener la voz de Dios. Es su propia voz la que escuchan.

Anónimo dijo...

...y el mundo muere, muere,¡muere! sin ver la luz...

Abel García García dijo...

La luz está, pero nosotros la ocultamos con nuestra religiosidad, nuestro pecado. Hay que denunciar a quienes ocultan la luz. Hay que limpiarnos para que seamos quienes contienen la luz. Hay que ser humildes para no apagar esa luz. Hay que rebosar amor para no trocar la luz por oscuridad.