sábado, 10 de julio de 2010

Dejados atrás (22)

C) La indispensabilidad

Casi todo el mundo odia los monopolios. Que nos impongan el precio (esto es así por la especial condición de precio-decisor que poseen. Si soy el único que vende un bien, puedo cobrar un poco más), que estemos atados ante un mal servicio, que nos llenen de rodeos ante nuestros pedidos de explicación, que se apropien de parte del beneficio social que nos corresponde, es detestable. Ningún monopolio es popular, pero existen y, con frecuencia, su formación se hace inevitable, un mal necesario.

No es raro que una empresa sea la única que vende un producto sin que exista otro bien que se comporte como un sustituto cercano. Los economistas tenemos un consenso respecto a la causa fundamental del monopolio: no es más que es el establecimiento de barreras a la entrada. ¿Qué significa esto? Que otras empresas no pueden competir con un monopolio debido a una serie de mecanismos que le impiden ingresar al mercado. ¿Por qué se da esto? A veces, un recurso clave es propiedad de una empresa, como ciertos componentes de los medicamentos o el código de un software especial. Puede pasar que los gobiernos permiten monopolios: recordemos a Telefónica con sus dos mil millones de dólares; a muchos la empresa ibérica no les gusta pero a pesar de todo trajo una expansión exponencial de la telefonía fija y celular en el país. En ocasiones, sin embargo, el surgimientos de monopolios es algo natural debido a la propia naturaleza del negocio (la competencia encarecería la producción de los bienes). ¿Se imaginan 3 compañías distribuidoras de agua? Nuestras calles serían un desorden total porque tendríamos tres sistemas de tuberías, una sobre la otra. Si el tráfico es espantoso hoy, ¿Cómo sería en ese escenario? Un cataclismo. Por eso, es mejor una sola compañía en situación monopólica: nos hace la vida más fácil.

El interés del monopolista es, por supuesto, mantener las barreras a la entrada para conservar su condición de precio-decisor. En otras industrias se trata de replicar este principio, limitando el acceso de otros competidores al mercado. Por ejemplo, no cualquiera puede entrar con éxito al mercado cervecero, sino recordemos los célebres conflictos entre Ambev y Backus por las botellas de tamaño estándar. Los grupos profesionales hacen lo mismo, sólo permitiendo ejercer sus profesiones si se está colegiado, certificado o si se tienen determinados títulos. Aquí en Perú, por ejemplo, un premio Nobel en Economía no podría enseñar, si así lo desease, en un colegio público. Vargas Llosa no podría enseñar Literatura, Teófilo Cubillas no podría enseñar educación física, y Gustavo Gutiérrez no podría dictar un curso de Religión. Sólo pueden ser profesores los que tienen un diploma de pedagogía, sin importar si estudiaron en el instituto más mediocre del mundo o en la Universidad del Chavo del Ocho. Kiko y la Chilindrina podrían compartir de quinto de secundaria, pero Hernando de Soto no podría enseñar economía. Cosa de locos, cosa absurda, cosa de las barreras a la entrada. Es un asunto de protección de intereses que no necesariamente es negativo.

Con facilidad encontraremos las barreras a la entrada en muchos lugares. Basta con ser observadores.

Por ejemplo, el clero protestante también ha creado sus barreras a la entrada particulares. Primero, habla de un supuesto llamado del Espíritu Santo que debe ser sometido a discernimiento, claro está, auscultado por el mismo clero. Luego, delimita estrictas normas de conducta para los postulantes, con un período de observación (que usualmente coincide con la vida natural eclesial) donde otros pastores evalúan su comportamiento. Recuerdo mi entrevista de acceso al seminario, donde una misionera gringa, soltera y mayor me preguntaba si había tenido enamorada, si la había toqueteado, si le había contado a los pastores sobre eso. En realidad el filtrado es necesario porque la posición pastoral es una labor sensible, no apta para espíritus débiles o personas con problemas irresolutos. No es suficiente que sientas algo en el pecho que te llama a cambiar el mundo sino que se hace perentorio minimizar el riesgo de daños a los cristianos que se tendrán a cargo. En este sentido, el clero en Perú ha estado colando el mosquito y tratando el camello, permitiendo el acceso de personas con altos niveles de incompetencia y, lo que es peor, con serios problemas de personalidad que en ocasiones rayan en lo psiquiátrico. Como en el fondo lo sabe, invoca a su panacea (el Espíritu Santo, que les arreglará todo) y demonizan a su amenaza (las ciencias sociales, pero en especial la psicología), llamándola inútil, de origen pecaminoso, humana y no divina. El clero jamás admitirá que una parte considerable de sus miembros tienen problemas psicológicos muy serios; no hablo de los sacerdotes pedófilos que es harina de otro costal, sino de los pastores controladores, dominantes y manipuladores que adornan nuestro universo de cordilleras, punas, selvas y playas. Problemas con el género opuesto, una distorsionada visión del sexo, serios problemas de autoestima, profundos complejos, actitudes mesiánicas, afán por el control, tendencias a espiritualizarlo todo, u otras patologías que el trabajo pastoral profundiza con los años. Sin embargo, jamás aceptarán exámenes psicológicos, y mucho menos psicoterapias para los ungidos. Es una afrenta, una falta de fe al poder transformador del Espíritu Santo. Aclaro que no niego la labor de la tercera persona de la Trinidad, pero sí creo que el Espíritu no te arreglará todo: la libertad que Dios nos ha regalado también se aplica aquí, la sociedad con Dios que él ha definido hace que él no repare todos los problemas, sino que opte por colaborar con nosotros en el largo proceso de superación de conflictos internos. Hay cosas que deben arreglarse de otras maneras, y lo mejor que disponemos por ahora es la psicología hasta nuevo aviso o el surgimiento de una nueva ciencia.

El pastor titular creó su propia barrera a la entrada para eliminar cualquier vestigio de competencia en su contra. Él viene de una familia acomodada, de los estratos profesionales de Lima, sin mucho dinero, pero tampoco con carencias. Nunca fueron de clase alta, pero aparentemente él parecía identificarse con ella de una manera aspiracional. Al menos tenía algo en común con ella: su cabello claro y la ausencia de melanina en su piel que también caracteriza a las élites peruanas. Es muy probable que desde muy joven se propusiera evangelizar a los ricos aunque él no pertenecía a esa clase: el no tener herencias, ni activos y tener ciertas privaciones materiales en los primeros años de su pastorado lo denota con suma claridad. Sin embargo, en el escenario inicial, recién egresado del instituto bíblico, viviendo en un barrio residencial en contraste de casi todos los demás que venían de distritos más populosos, quizá era el candidato más idóneo de su generación, dado mi anterior comentario sobre los apuros de ministrar a la clase media-alta y alta cuando no perteneces a ella. Él tendría menos dificultades comparado a los otros clérigos.

Cuando se forma la que fue mi iglesia local en 1991, el pastor titular manifestó a los otros pastores de la denominación que sólo él estaba capacitado para alcanzar a la clase alta de Lima, cosa que los demás aceptaron, recordándolo de vez en cuando en las múltiples reuniones que ellos tienen a nivel denominacional. Había creado el monopolio exclusivo con una formidable barrera a la entrada: sólo él podía ser el pastor titular de mi iglesia, y no había otros en las demás congregaciones que sean adecuados para el puesto. “Será así por ahora”, decían los colegas, esperando que en algún tiempo llegasen al seminario de la denominación los primeros estudiantes provenientes de mi iglesia. Un detalle que me enseñaron en el mismo seminario es que el tiempo promedio para formar una persona “pastorable” en una iglesia local es de 5 años en promedio, tras lo cual es hora de llevarlo a realizar estudios más profundos. ¿Cuántos seminaristas, completamente apoyados por el pastor titular, fueron enviados desde mi iglesia? Yo fui casi por mi cuenta (una entrevista de una hora, una presentación ante la congregación y un par de libros de hermenéutica prestados no pueden llamarse apoyo real, ¿o sí?) y una chica también lo hizo así. Por lo tanto, la respuesta a la pregunta es cero estudiantes enviados al seminario con su aval completo. Por lo tanto, si dices que no hay nadie en la denominación que tenga las capacidades de alcanzar a la clase alta y al mismo tiempo no impulsas a personas de la propia congregación a la profundización de estudios teológicos, ergo, ir al seminario para prepararlos para que sea tus sucesores a medio plazo, entonces lo que estás creando es una barrera a la entrada aún más grande. El pastor titular creó el mito de la indispensabilidad. Sólo él y nadie más que él podía realizar ese trabajo. Lo malo del asunto es que mucha gente en la iglesia lo siente de la misma manera. Un círculo vicioso difícil de romper.

No puedo ser mezquino diciendo que el pastor titular nunca tuvo interés en formar personas de apoyo ministerial porque la academia bíblica ofreció con frecuencia cursos bastante interesantes y existieron posibilidades de ministerio, pero todo estaba restringido a la colaboración laica, solo a que lo ayuden en su trabajo pastoral, que inclusive podía llegar al monitoreo de futuras congregaciones satélites a su cargo, pero siempre reportando a la central, a él.

“Las nuevas tendencias del pastorado requieren líderes profesionales involucrados que ayuden en la obra, no hacen falta pastores, como antes se creía. Por eso, no es necesario ir al seminario; llenarnos de pastores no es algo que estemos considerando” ― me dijo alguna vez el pastor titular. Esta es una perspectiva que le es totalmente favorable.

En el contexto de formación de líderes laicos que dirijan sus futuras iglesias satélites (por supuesto, sacrificialmente, o sea, ad-honorem), se forma la extensión del seminario de la denominación en la misma iglesia local, con horrendos resultados. ¿Pueden imaginarse que todos los cursos de la universidad se los dicten dos o tres docentes? Es imposible. El propio seminario tiene profesores con un pobre nivel académico, con poca especialización en tópicos del conocimiento particulares, pero en las iglesias locales esto se hace mucho peor. La capacidad homilética (que el pastor titular evidentemente posee) no alcanza para enseñar una carrera completa de seminario, no puedes dictar Historia de la Iglesia, Teología Contemporánea, Misiología o Escatología con la misma calidad que un especialista en los temas por más que el verbo florido que se manifiesta en una prédica disimule la carencia o la superficialidad. ¿Por qué esa idea de la colaboración laica a su cargo? Primero, enseñando eso establece la gran barrera a la entrada que le da la indispensabilidad; segundo, no desea competencia, no quiere otras personas que le serruchen el piso, quiere líderes en un nivel inferior a él que pueda controlar con facilidad, que no tengan ataduras económicas con la iglesia y que puedan ser desechados ante cualquier indicio de rebeldía. A un líder laico opositor lo remueves con facilidad; un pastor disidente requiere de mucho más trabajo, aunque al final terminas deshaciéndote de él.

En la denominación existe otra manera de establecer barreras a la entrada, más sutil pero más poderosa: establecer a los clérigos con la categoría de pastor vitalicio; en otras palabras, determina que un pastor que no será removido de su cargo hasta que él mismo lo decida. ¿Qué significa esto? La siguiente historia puede ilustrarnos un poco al respecto desde la ironía.

Pastor Caifás: ¡Juan! ¿Cómo va todo? ¿Ya estás en tu semana de exámenes finales en la universidad?
Juan Rebelde: Todavía no pastor. Todo me va bien excepto un curso medio complicado que se llama "Administración y gestión de las organizaciones". Dicen los profesores que es muy útil pero a mi no me gusta.
Pastor Caifás: A veces es así. ¿Pero no hay nada que te gusta?
Juan Rebelde: En realidad sí. Me hicieron hacer un trabajo interesante del cual siempre traté de hablar con el pastor Anás, pero él para ocupado en sus juntas, reuniones de trabajo, comités, consejos y esas cosas.
Pastor Caifás: ¿Y de qué trataba tu tarea?
Juan Rebelde: Bueno, en el curso dijeron que en las organizaciones modernas el tiempo de labor de los trabajadores en cada puesto que ocupen, sea el nivel en el que sea, debe ser de en promedio de cinco años. Y nos pidieron que evaluemos esta regla de la administración en alguna empresa a nuestro alcance.
Pastor Caifás: ¿Y en dónde investigaste? ¿En la clínica en la que haces tus prácticas?
Juan Rebelde: No... lo hice en la denominación.
Pastor Caifás: ¿Qué? ¿Cómo que en la denominación?
Juan Rebelde: Sí, y encontré muchas cosas interesantes.
Pastor Caifás: Creo que te metiste en problemas. La iglesia es otro tipo de organismo. ¿Qué encontraste, según tú?
Juan Rebelde: A ver... el pastor Anás, de nuestra iglesia, tiene 15 años en su función y ha sido reelegido por 10 años más. El pastor Ananías, de la iglesia del Centro, tiene 22 años como pastor titular. Elí, de la iglesia del Sur, tiene 18 años como titular y con reelección perpetua. Diotrefes, de la iglesia del Norte, es el récord porque tiene 23 años y, en dos meses, la asamblea de su iglesia se reunirá para ver si le dan la perpetuidad. Descubrí también que los cuatro son los miembros del Consejo Directivo Denominacional, la máxima instancia de la iglesia (de cuatro miembros), y que, además, los cuatro son de la misma promoción del Seminario.
Pastor Caifás: ¿Es malo eso, acaso?
Juan Rebelde: Según las normas de la teoría de la administración que aprendí en el curso, sí, es malísimo. ¿Perpetuidad? ¿Qué es esto? ¿Los tiempos de Anás XIV y su despotismo ilustrado?
Pastor Caifás: Juan, no puedes usar los criterios humanos en la iglesia. La voluntad de Dios está por sobre nuestros pensamientos limitados.
Juan Rebelde: Bueno, si es así, ¿Por qué nuestra iglesia tiene misión y visión, como lo dice el planeamiento estratégico si no se pueden usar los criterios humanos?
Pastor Caifás: Por favor, no seas insolente, respeta a la autoridad que Dios ha puesto sobre ti y sométete a tus pastores. Ellos responderán ante Dios por sus actos. Si hay algo malo, el Espíritu Santo purificará a su iglesia.
Juan Rebelde: Pastor Caifás, yo lo respeto mucho y sólo le he contado lo que hice en mi trabajo. Si se pone así, mejor no le digo lo que me puso el profesor como comentario. Eso sí que es "insolente" y quizá merecedor de su excomunión... y bueno, quizá también el hecho de recordarle que usted también tiene 15 años aquí como pastor asistente. ¿Lo harán perpetuo pronto? Mejor me voy antes que se moleste más. ¡Hasta luego, pastor Caifás!

Mediante este curioso sistema, los pastores en la denominación pueden quedarse por largos años dirigiendo las congregaciones, probablemente hasta su jubilación o más aún. En lo personal, me parece una pésima política. Primero, porque la renovación es buena para el propio pastor, que no se oxida perdiendo energías, y buena para la congregación, que así evoluciona con las visión y nuevos aires de las nuevas personas. Segundo, porque evitamos en empantanamiento que nos hace insistir siempre con los modelos antiguos, que funcionaron una vez pero que probablemente se quedaron en el tiempo, en perspectivas añejas, no abriéndonos a lo que traen los nuevos desarrollos, las nuevas reflexiones teológicas, misiológicas y eclesiológicas. Por ejemplo, he comentado que la iglesia local está adosada a los encuentros de todo tipo, siendo en la práctica como su joya de la abuela: el encuentro matrimonial es la base de todo. Como el pastor titular se mira a si mismo como alguien permanente, definitivo en la iglesia, no tiene incentivos a mejorar, a interesarse en verdad por la gente, a ser creativo, a intentar nuevas formas de hacer misión. Por lo tanto, como no necesita hacer algo porque nada lo sacará del puesto, porque nadie lo presiona, nadie lo objeta, todos temen confrontarlo, las cosas quedan igual, no se mueven, están paralizadas. Casi 20 años han pasado haciendo lo mismo (encuentros y más encuentros, lo único que ahora saben hacer), mientras otras iglesias han evolucionado, leyendo un tanto mejor los tiempos, aproximándose a la gente de maneras más efectivas e inteligentes. La obsolescencia es una característica del ministerio del pastor titular.

Es que si nadie mide mi rendimiento, si nadie me saca de mi puesto, el síndrome del funcionario público aparece, se hace inevitable como una profecía auto cumplida. Y no vale la energía acumulada o la hiperactividad: se irá la creatividad, me aburguesaré, hundiendo a la iglesia en el tedio. Un tedio que agrega al que se crea por el cortoplacismo. Finalmente, la gente terminará yéndose.

Vale la pena mencionar que pronto el pastor titular buscará su perpetuidad. Parece que no este año por ciertas condiciones que no le favorecen, sino el próximo. Tristemente, seguro conseguirá ser vitalicio porque muchos en la congregación son adictos a él. Cuando eso suceda, las cosas se harán peores. La mejor decisión es que voluntariamente salga de la iglesia, pero antes que eso pase el Perú clasificará al mundial de fútbol. El que lee, entienda.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Lo que has escrito Abel, ha sido terapéutico para mí, gracias. Ayer, en otra iglesia, escuché este versículo. Creo más que nada, lo que se necesita el liderazgo es humildad.

....si se humilla mi "iglesia," sobre el cual mi nombre es invocado, y oran, y buscan mi rostro, y se convierten de sus malos caminos; entonces yo oiré desde los cielos, perdonaré sus pecados y sanaré su "iglesia."
-2 Crónicas 7:14

Abel García García dijo...

Eso mismo: harta humildad es lo que necesitamos. Si no, estamos condenados.

Nada que agradecer. Si el texto te fue útil, si te ayudó, el propósito se ha cumplido.

Un saludo,