miércoles, 22 de enero de 2014

Es en nosotros

Jesús comienza su ministerio de manera abierta en algún paraje del río Jordán cerca a Betábara (Jn. 1.28), cuando su primo Juan el Bautista, de ya exitoso ministerio a esas alturas del partido, lo bautiza a pesar de su oposición totalmente razonable: “Yo necesito ser bautizado por ti, ¿y tú vienes a mí?” (Mt. 3:14). El evangelista Lucas es más detallado sobre lo que había significado Juan el Bautista para su nación predicando casi sin nada en el desierto palestino, mendicante, sucio, pero con un giño gigante hacia la figura de uno de los profetas más grandes del Antiguo Testamento: Elías. El pueblo desesperado por la pobreza extrema, la violencia y los romanos, se vuelca a él, se entusiasma esperanzado de que quizá fuera el Mesías tan añorado, el que los liberaría del yugo opresor que los aplastaba. “Yo no soy el Cristo” (Jn. 1:20) les dijo de manera directa a los representantes del poder religioso local. Sin embargo, anuncia que aquel a quien ni siquiera puede atar las correas de su calzado anda por allí, entre la gente. Era, pues, inminente la llegada de un nuevo orden espiritual, de magnitudes impensables, que incluso abrió los cielos el primer día (Mt. 3:16). 

Cristo se bautiza, y pronto consiguió sus primeros discípulos según el relato juanino. Rápido se fue al desierto, a una dura jornada de ayuno, cosa poco común en nuestros tiempos tan edulcorados de malls repletos de consumismo y redes sociales adictivas. ¿Por qué hacerlo? No era tampoco un ayudo en reclusión, al amparo de la sombra, era en el sol furioso de medio oriente, que aturde inevitablemente. Luego de un tiempo largo, larguísimo, dice el evangelio que se acercó el tentador (Mt. 4:3a), quien de manera directa reta la naturaleza especial de hijo de Dios que tenía Jesús. Satisface tu hambre –porque tienes mucha-, deja que el Dios Padre te salve si te lanzas al vacío –lo dice la Biblia-, adórame –pero no gratis. ¡Tendrás poder!-. No eran cosas sencillas de resistir este apetitoso triplete. Demasiados han caído a través de la historia. 

Debemos ir mucho más allá de concentrarnos en la literalidad simple del texto, ya que es evidente de que no hay montaña desde la que pueda verse todo el mundo y tampoco era cosa simple el acceder al pináculo del templo de Jerusalén. La combinación del desierto, la soledad, el poderoso ejercicio espiritual previo al inicio del ministerio de Jesús nos dice algo en extremo claro, con una obviedad extrema: hasta para Cristo, el Emmanuel, el combate fundamental se gesta en uno mismo; en nuestro corazón se da el conflicto más importante de todos, donde resistimos, cedemos o morimos. Ya es claro el por qué Cristo se fue al desierto antes de la tarea tan enorme que ya estaba comenzando. Yo casi nunca fui a ese lugar de catarsis y templaza, y cuando lo hice fue para vivir otro tipo de aridez, muy distinta a la que sirve para aproximarnos a Dios.

jueves, 5 de diciembre de 2013

Integralidad N°14




Les presento la edición N° 14 de la revista digital Integralidad, que trabajamos desde el Centro Evangélico de Misiología Andino-Amazónica (CEMAA) en Lima (Perú). Sus comentarios serán bienvenidos. Para acceder a ella sólo tienen que hacerle click a la imagen de arriba.

lunes, 18 de noviembre de 2013

Dios en la esperanza

Cristo en la cruz clamaba por el desamparo de Dios Padre, desnudo frente a la multitud que lo aclamaba como a un rey días atrás y ese viernes pascual, extasiada, lo veía morir clavado como vil sedicioso cananista. ¿Negaremos este hecho? ¿Nos haremos de la vista gorda ante la realidad comprobada de que hay ocasiones en que Dios parece dormir, luciendo como si se hubiera ido de viaje, como si hubiera declarado asueto por un feriado largo? ¿Iremos en contra de la dominante alabanza que se concentra en las promesas, en el bienestar al lado de Dios, en declaraciones de victoria, de júbilo, en éxito? ¿Negaremos los tiempos oscuros, los valles de sombra de muerte, los escapes donde nos alimenta un mísero cuervo al lado de un arroyo escuálido? 

No nos hace menos cristianos el admitir la oscuridad que domina a veces a los senderos de la fe. Así, la sensación de desamparo la sentimos en la misma sangre, el sinsentido domina, el caos anda boyante, burlón. Dios brilla, pero por su ausencia helada, y parece que todo está perdido, que todo hiede, que no hay más que hacer. Parece que nos empujan a la rendición, a entregar el alma a la nada, a la renuncia irrevocable. ¿Es que, de verdad, no hay nada, realmente todo está perdido? ¿A dónde ver en tiempos agrios? ¿A la tierra prometida? ¿A la nube de fuego en la noche, que nos guíe? ¿A la tierra abandonada a la cual volveremos tras el exilio? ¿A dónde dirigir la mirada? 

 Quizá pidamos demasiado, quizá queremos que se nos abra el mar, o que rompa el velo del templo de arriba a abajo, algo así de contundente. ¡Queremos que nos lleven al cielo en carros de fuego! Y en realidad, el ver el firmamento en su inmensidad esperando la transformación de lo que nos está sucediendo hace que no veamos los márgenes desde donde Dios suele hablar, donde gusta manifestarse. No vemos el trajinar del padre, o el cielo azul recargado de las estrellas de medianoche. No escuchamos la voz amiga, el viento calmo a través de las palabras del confidente. No olemos el aroma reconfortante. No sentimos nada. Creemos que no hay esperanza, pero ésta surge de muchos pequeños lugares, y en todos éstos, está Dios, comunicándose con nosotros, animándonos a seguir respirando, recordándonos que está allí, hablándonos bajito y caminando con nosotros. A la esperanza no le gusta lo aparatoso. 

 Pero no queremos ver a Dios y seguimos ciegos en el gran túnel, ignorando las luciérnagas de la esperanza. ¡Siempre Dios es esperanza! Y ésta nunca se va, siempre está allí, pequeña a veces, grande también, pero siempre allí. ¿No es fuente de esperanza la sonrisa de la niña que nos hace bien a pesar de que el mundo se esté partiendo en dos? ¿No es fuente de esperanza la manifestación de Dios a través de la persona amada y el sentimiento compartido? Sí, eso y más. Por eso, a veces debemos dejarnos llevar y sentir la dulce palabra de Dios hablada desde lo pequeño, desde lo discreto, de donde nunca nos dijeron que era posible escucharlo.

sábado, 7 de septiembre de 2013

Integralidad N°13




Les presento la edición N° 13 de la revista digital Integralidad, que trabajamos desde el Centro Evangélico de Misiología Andino-Amazónica (CEMAA) en Lima (Perú). Sus comentarios serán bienvenidos. Para acceder a ella sólo tienen que hacerle click a la imagen de arriba.

sábado, 23 de marzo de 2013

El voto santo

En el Perú existe poca tolerancia al voto ajeno. Nos cuesta aceptar que el otro tiene una lógica distinta a la hora de elegir. Más aún, para agravar el asunto nos invade una gran tendencia a etiquetar peyorativamente a la competencia: corrupto, ineficiente, mafioso, rojo, caviar, facha, progre, o lo que quieras. La sociedad sale magullada cada vez que tenemos que votar, aunque los políticos -sea el resultado que sea- acaben tomando un café en el Haití o cenando en Las Brujas de Cachiche, como los mejores amigos del mundo. Como si todo lo que se dijeran en campaña no fuera más que un libreto preparado para azuzar a las masas, para ponerle emoción, para conseguir los votos de los incautos que aman el formato talk show. 

Cuando hablamos del voto evangélico (si es que existe una cosa así) concurrimos a un panorama que no es muy distinto al de la sociedad como un todo, aunque el hecho de decidir por quién votar tiene sus justificantes particulares. Como a todos, cuesta aceptar otras lógicas a la forma de elegir, y también etiquetamos al otro. Sin embargo, existe un argumento más poderoso que, desde el punto de vista del que lo expone, es categórico: el hecho de que mi decisión electoral es avalada por mis principios cristianos y bíblicos. Dicho de una manera menos implícita: el aval lo de alguien más grande: el creador de los cielos y la tierra, el mismo Jahveh. 

¿Qué se puede decir ante eso? Muy poco, en realidad. La afirmación implícita de que Dios estuvo detrás de mi decisión electoral es categórica, y el punto de partida para la intolerancia más absurda a pesar del hecho obvio: dos personas con el mismo móvil (principios cristianos y bíblicos) votan distinto. La última elección limeña, por la revocatoria de la alcaldesa Susana Villarán, lo mostró con demasiada claridad. Como ella había participado en algunas marchas de colectivos pro-gays abogando por la no discriminación, el hecho de removerla de su cargo por apoyar algo tan pecaminoso era, hasta cierto punto, necesario para algunos. De esto se aprovechó el pastor Linares, juntándose con Marco Tulio Gutierrez, para recolectar las firmas necesarias para iniciar el proceso de revocación. Lo demás fue causa-efecto: votar SI (a la revocación) se hizo, para muchos, votar contra la iniquidad y la degeneración representada por la alcaldesa. En concreto, la causa anti-gay se hizo el móvil por el SI y las otras cosas, como la ineficiencia de la gestión municipal, fueron cuestiones secundarias. No importaba si los promotores de la revocatoria habían estado involucrados en actos de vil corrupción: el asunto gay estaba por encima de cualquier cosa. 

El voto, entonces, se hizo santo. Los cristianos que estábamos por el NO (a la revocación) nos convertimos, repentinamente, en defensores de Sodoma y Gomorra, en prácticamente no cristianos ante una masa agresiva de corte fundamentalista. Qué increíble suena eso, pero así fue. Pero ganó el NO, y se hizo una pequeña crisis. Si la Biblia dice que Dios pone y saca reyes, fue entonces su voluntad que la alcaldesa se quede en el cargo. ¿Está tolerando, entonces, a alguien que apoya a los gays? ¿Por qué, entonces, no seguir el ejemplo que el mismo Dios parece dar? ¿No había revelado Dios que el SI ganaría? ¿Es que Dios no reveló? ¿Quién lo hizo? ¿No será que, quizá, Dios deja en nuestra cancha los asuntos electorales, y no interviene? Este último parece reflexionar en el camino adecuado.

sábado, 5 de enero de 2013

Integralidad N°12




Les presento la edición N° 12 de la revista digital Integralidad, que trabajamos desde el Centro Evangélico de Misiología Andino-Amazónica (CEMAA) en Lima (Perú). Sus comentarios serán bienvenidos. Para acceder a ella sólo tienen que hacerle click a la imagen de arriba.

martes, 1 de enero de 2013

Integralidad N°11




Les presento la edición N° 11 de la revista digital Integralidad, que trabajamos desde el Centro Evangélico de Misiología Andino-Amazónica (CEMAA) en Lima (Perú). Sus comentarios serán bienvenidos. Para acceder a ella sólo tienen que hacerle click a la imagen de arriba.

lunes, 24 de diciembre de 2012

Esa noche


Esa noche. Común,
como cualquier otra
en apariencia.

El mundo atareado
en sus quehaceres
indiferentes.

En el silencio de un pesebre
Dios se hizo uno de nosotros.
Se encarnó.

Dejó privilegios, dejó lo sublime
reemplazándolo con pobreza
con dificultad

Nada de poder
ni riqueza,
ni ejércitos.

Y así lo hizo todo.
Así comenzó su camino
hacia el sacrificio.

Todo comenzó esa noche.
Nuestra vida comenzó
esa noche


(12/01)

miércoles, 23 de mayo de 2012

Incertidumbre


Escucho la música de 1995, año tan determinante, donde me perdí en los infiernos y subí a los cielos. Fue un año bisagra, donde conocí el sinsabor de la depresión, pero también la vida de la conversión al cristianismo. Pienso en la experiencia, y aún me emociona (y se entiende el énfasis en el primer amor que hizo el apóstol Juan). Hoy, casi diecisiete años después, otra vez me encuentro en un punto de inflexión; la fe se cuestiona, y se reconstruye. Antes fue la aceptación de que Dios no hacía basura en este mundo: yo, por lo tanto, no lo era. Hoy, es distinto. De nuevo: la fe se cuestiona.

¿Por qué eso? Por años luché contra la idea de salir a la iglesia. Finalmente, logré el éxito en ese propósito, pero luego se me presentó un vacío extraño. Pensando en él, creo que se dio porque tenía la idea de replicar el pasado. Hablaba de cristiano sin iglesia, claro está, pero asumía eso como cuestión temporal, teniendo clara la idea de que pronto, tarde o temprano y en algún rincón de Lima, encontraría una comunidad estática, donde replicaría los años vividos en mi antigua iglesia. Buscama mi templo, mi púlpito, las clases de academia bíblica en un lugar más sano que el anterior. ¿De verdad sería así? ¿Eso me habían enseñado las variopintas experiencias del pasado? ¿No apuntaban mis reflexiones hacia otras direcciones? ¿Tanto pensamiento y texto para nada?

En realidad, quería calma, suelo duro y estable, escenarios perfectamente predictibles, pero eso no llegó a nivel de la fe. Superé la etapa de la iglesia local, pero no me di cuenta que añoraba algo de ella. Añoraba la firmeza, la predictibilidad, el control que sentía al entrar bajo su techo. Seguridad, a fin de cuentas. Sin embargo, el mundo me había enseñado, con golpes constantes, que la firmeza no existe. Que en realidad flotamos, que no existe certeza de las cosas. Somos hijos de la incertidumbre, y eso no me gustaba. Lo rechazaba. Siempre hacía esfuerzos para hacer mi vida lo más certera y estable, desde el lado económico, académico o religioso.Tomé a los golpes como enseñanzas, pero ignoraba uno de sus principales postulados. Luchaba con miedos de niñez, que allí se sentían, pero había que vencerlos.

La fe se cuestiona porque me resistía a entender y aceptar su componente de incertidumbre.

Entonces estoy en esas. Debo aceptar que no sé qué escenario vendrá. No se qué mundo aparecerá mañana, no sé si estaré aquí, no sé qué rostro de Dios paseará por Lima esta semana. Nada sabemos. Solo nos queda esperar que la incertidumbre nos favorezca. Y esto lo debo aceptar no solo en la cabeza, sino también en el corazón.

sábado, 19 de mayo de 2012

Entre tú y yo


Incrustado en el palo mayor del barco, con vientos huracanados que amenazan la vida de los tripulantes, así me siento ahora y te grito. Grito fuerte, desesperado, buscando tu respuesta. Te digo que no hundirás mi barco, te digo que la tormenta que trajiste es un juego de niños, insignficante como una burla de un desconocido. Grito por mi vacío, por mi marcha, porque no estoy encontrando nada en este caminar sigiloso y a tientas. Del vacío de la falsa religiosidad que te dice que la verdad te hará libre (pero es una libertad esclava) he pasado al vacío de tu ausencia. Porque sí, tu ausencia, la soledad de ti es vacío, aunque sea terco en decir lo contrario, aunque quiera disimular el espacio que he creado como si no existiera. Quiero decir que no importas, que no estás, pero mi corazón en lo más profundo sabe que eso es mentira. ¿Qué debo hacer para verte? ¿Qué debo hacer para reconciliarme contigo, para perdonarnos mutuamente? Porque en ese acto de perdón puede estar la llave que abra la puerta de contacto. ¿O es que debo ver la realidad de una manera diferente?

Puede ser eso. Mi percepción es errada: la culpa no es tuya, Dios; es un poco mía, un poco de los que se llaman tus representantes, un poco de los imponderables de la vida. Debe ser un error llamar inoperancia al no ver ningún accionar tuyo ante las actitudes escandalosas de tus llamados. Quizá sí operas en silencio o discretamente, quizá esperas el momento, quizá simplemente dejas que las cosas pasen, a la espera de que el azar y la probabilidad hagan su trabajo. Quizá todo lo veo mal, quizá deba replantearlo todo.

Y si quiero replantearlo todo, ¿por dónde comienzo? La teología no me ayuda. Estorba en esta andadura. Debe ser algo más íntimo, más cercano. ¿Cuál fue el primer momento en que sentí tu accionar? Era sensible a ti desde pequeño, lo recuerdo con claridad, pero quizá exista un momento en que te percibí actuando, en serio, con contundencia.

Aunque parezca insólito, ese momento existe.

De ese momento partiré: Dios, por favor, comencemos de nuevo, vayamos a esa noche de fines de los ochenta, en que hice el pedido más inverosímil posible, y tú lo escuchaste. Allí me tuviste, aquí la sensibilidad a tus cosas que tenía desde pequeño se transformó en certeza de tu presencia, en promesa de tiempos mejores, en esperanza. Comencemos desde allí; esta vez sin pequeños grandes milagros (a menos, claro, que tú lo quieras hacer)

Y lo hiciste. Una de esas cosas cotidianas a las que antes prestaba atención, algo pequeñito, pero valioso.

viernes, 30 de diciembre de 2011

Cuestión de imagen

Ya pasaron algunas semanas desde el gran escándalo que los medios periodísticos generaron por el particular juramento de la ministra evangélica Ana Jara y la posterior entrevista con Beto Ortiz en su noticiario mañanero. 






Nuestra mediocre prensa fue inmisericorde con ella, catalogándola –con un nivel supremo de ignorancia y prejuicio- como una fanática cucufata (esos fueron los términos más amables). Por supuesto, ellos, muy sabihondos, comentaban sobre lo que es el evangelicalismo, mezclaban términos con un profundo desconocimiento y de inmediato la tacharon, como si el hecho de tener una fe y profesarla fuera un causal potente para no ser un funcionario público de confianza. Hace años que perdí el respeto por la prensa peruana, y esta actitud parcializada que una vez más mostró no me sorprendió en lo absoluto. Como le comenté a una amiga por Twitter, si es tan evidente la desinformación de estos periodistas sobre lo evangélico, y a pesar de “estar en la calle” en los temas que comentan, tratan de mostrar una imagen de conocimiento ante sus lectores, ¿en cuántos otros temas pasa lo mismo? La respuesta se cae de madura: en bastante de lo demás. 

Fuera de ese asunto, hay varias cuestiones que han quedado manifiestas. La primera, la ya mencionada: la pobreza de la prensa. La segunda, la inocencia de la ministra, que en la entrevista con Beto Ortiz mostró una candidez política en sus respuestas que la hizo presa fácil de los buitres mediáticos. Lo tercero, la opinión generalizada de que la religión no debe intervenir en la política. Entiendo que el estado debe ser laico, que las iglesias como instituciones deben permanecer al margen de las decisiones políticas excepto la inevitable misión profética, pero de allí a satanizar a gente que cree en algún Dios, y mueve su vida de acuerdo a la forma en que interpreta a ese mismo Dios, es demasiado. Uno tiene una especial cosmovisión, y el hecho de que ésta sea teísta no me descarta para la función pública, en especial si tengo los conocimientos y habilidades profesionales necesarias (el cual es el caso de la ministra). ¿Por qué debe restringirse mi participación pública, a la cual tengo derecho como cualquier ciudadano, por el simple hecho de tener una cosmovisión teísta? ¿Qué la hace inferior a una cosmovisión no teísta? ¿Qué la hace descartable? ¿Por qué una cosmovisión personal que puede basarse en traumas y prejuicios sería necesariamente superior a una basada en la enseñanza de una iglesia de dos mil años de antigüedad? 

Además, creo que es necesario que se tome nota de esa percepción de una parte de la sociedad respecto a los evangélicos. Siempre existirá, por supuesto, una visión restringida de algunas personas a las cuales hemos contribuido con nuestras particulares taras, pero la pregunta real es si esa imagen que estamos dando es la adecuada en términos de participación política. Porque es evidente que la política nos empieza a interesar cada vez más, pero también es claro que la imagen que tanto ha servido para el crecimiento explosivo de las últimas décadas puede ser contraproducente desde el lado político, porque ser representante de una comunidad implica serlo de todos, no solo de los que son como uno mismo. Esto comienza en asuntos pequeños como el de someternos a un juramento o nuestro desenvolvimiento en una entrevista con un periodista complicado.

jueves, 29 de diciembre de 2011

Integralidad N°10




Les presento la décima edición de la revista digital Integralidad, que trabajamos desde el Centro Evangélico de Misiología Andino-Amazónica (CEMAA) en Lima (Perú). Sus comentarios serán bienvenidos. Para acceder a ella sólo tienen que hacerle click a la imagen de arriba.

miércoles, 7 de diciembre de 2011

Inevitable obsolescencia

Supongamos la existencia de una realidad “R”. “R” está afectada por una serie de variables “X” en una relación de causalidad directa. Imaginemos que son tres mil las variables “X” que determinan la realidad “R”. Es decir: 

 
No tenemos idea de la ecuación exacta que relaciona las tres mil variables “X” con la realidad “R”. Jamás lo sabremos porque es imposible de determinar. Sin embargo, tenemos la necesidad de interpretar a “R”, de explicarla, de entenderla. Por eso, podemos hacer simplificaciones y tomar, en lugar de las tres mil variables “X”, solo tres o cuatro de ellas -cantidad de variables más manejable para nuestro intelecto limitado-, las más importantes a nuestro parecer, y con ellas establecer relaciones de causalidad. Por ejemplo, tendríamos lo siguiente: 

 
Son miles de posibilidades, y cada analista de la realidad puede tomar diferentes alternativas. La combinatoria es grande, y aunque es un número que puede calcularse, no es relevante para el propósito de este pequeño post. Lo que debemos tener en cuenta es que relacionamos a “R” con dos sets distintos pero limitados de variables “X”, ya no con las enormes tres mil variables apabullantes. Sin embargo, aparece un problema: yo no sé cómo se determina la relación entre las limitadas variables “X” y la realidad “R”. Se me ocurren las siguientes maneras a manera de ejemplo: 


Tendré miles posibles ecuaciones que intentan explicar “R”. Cada una de ellas es un modelo, esto es, una aproximación de la realidad. Dicho de una manera un poquito diferente, el resultado de mis ecuaciones será una simplificación, un modelo que tratará de explicar el funcionamiento de la realidad “R” de manera aproximada. Mis modelos jamás lograrán explicar a plenitud “R”, y esto es así porque no considero todas las variables. Siempre será lo siguiente, para cualquier modelo: 


Existirá una tendencia del modelo a la realidad, pero no llegaremos a ella. Ahora, imaginemos que nuestro set de variables es el siguiente: 


Las cuales son modelizadas de la siguiente manera: 


Supongamos que este modelo explica muy bien la realidad. Digamos que en un 95%. Somos felices con nuestro nivel de interpretación de “R”. Ahora imaginemos que la realidad “R” es dinámica, esto es, que las tres mil variables cambian en el tiempo, que las que eran importantes antes ya no lo son ahora, que las que antes eran despreciables ahora son relevantes, o que variables desconocidas aparezcan por modificaciones en el entorno. Digamos que estos cambios afectan a nuestro modelo, y dos de nuestras tres variables se hacen irrelevantes, y una de ellas sirve poco en el nuevo escenario. El poder de explicación del modelo ha bajado, digamos que a un 20%. El modelo ya no sirve, y debe ser reemplazado completamente, o quizá solo ajustado. Esto quiere decir que los modelos se hacen obsoletos, y tienen que ser cambiados cuando las variables “X” que explican a la realidad “R” son dinámicas, y cambian continuamente. Creo que no vale la pena explicar el hecho de que nuestro mundo es ferozmente dinámico. 

En resumen, podemos decir que: 

(1) Para explicar la realidad “R”, hago simplificaciones y solo tomo algunos aspectos relevantes de ella, descartando los demás. 

(2) Mis explicaciones, dependiendo de su nivel de complejidad, pueden ser simples opiniones o puntos de vista, pero pueden llegar a ser modelos o doctrinas sumamente elaboradas. 

(3) Estas explicaciones serán siempre aproximaciones a la realidad “R”. No pueden pretender abarcarlo todo por su origen simplicador. Nunca una explicación toma todas las variables. Pretender abarcarlo todo, explicando toda la realidad “R” con un modelo o doctrina, es un error serio. 

(4)La realidad es dinámica. Lo que antes era significativo, ahora no importa. Lo que hoy es fundamental, ayer no existía. 

(5) El hecho de que la realidad sea dinámica, significa que nuestras opiniones o puntos de vista, o nuestros modelos o doctrinas, se hacen obsoletos. Por lo tanto, deben formarse nuevas opiniones y puntos de vista, y deben hacerse nuevos modelos y doctrinas. Insistir con un modelo que puede ser caduco, es un error serio. 

“R” puede ser múltiples cosas. Puede ser, por ejemplo, las relaciones económicas. Las aproximaciones pueden ser, por ejemplo, teorías económicas como el neo-keynesianismo, la teoría neoclásica, el monetarismo, el marginalismo, el liberalismo o el marxismo. Todas, aproximaciones particulares de la realidad, todas simplificaciones, todas sujetas a la obsolescencia inevitable. “R” también puede ser la realidad teológica, y encontraremos la misma lógica: aproximaciones a la Divinidad que, inevitablemente, se harán obsoletas. Por eso, y como lección final, no se puede asumir un modelo o doctrina expuesta a la obsolescencia como un gemelo, un equivalente a una realidad dinámica. Mucho menos endiosarla. Eso ya es casi irracional, aunque, tristemente, es un mal generalizado.

domingo, 27 de noviembre de 2011

Exilio que no es exilio

Nicolás Panotto acaba de escribir un texto en su blog sobre los cuestionamientos hacia las personas que hacen teología desde el exilio, esto es, fuera del cobijo de la iglesia tradicional. Desde que supe que reflexionaría sobre eso en Facebook, me interesé en su escrito de una manera intensa. La razón es evidente: hablaría de mí, alguien que asistió a una iglesia por dieciséis años, sirviendo activamente por más de la mitad de ese tiempo, y que demoró cinco larguísimos años en tomar la decisión de abandonar las paredes del templo a pesar de que la situación dentro era, en verdad, un real desastre, un conflicto abierto e inmisericorde que había dejado en el camino muchos muertos y heridos; yo, entre ellos. 

Recuerdo cuando hice unas pocas lecturas sobre las experiencias de muchos cristianos que, por una razón u otra, decidieron vivir sin la iglesia. Poco a poco observé el fenómeno con más atención, en paralelo a los tiempos de convulsión y enfrentamiento que vivía con el clero de mi iglesia local; no obstante eso, no consideraba la idea de dejar la iglesia. Tenía mis serios rechazos a cristianos independientes, lo reconozco hoy. No podía comprender cómo una persona fuera del fuego de un templo, podría reflexionar, enseñar, tener comunión con un Dios que dejó una enseñanza expresa respecto al congregarnos. No lo lograba entender. Tenía los paradigmas eclesiales aún incrustados en la cabeza. 

Un día llegué un punto en que no pude más. Luego de un tiempo en que, en la práctica, faltaba más domingos de los que asistía, dejé de jugar al visitante ocasional cortando completamente los lazos. Estaba fuera. Sin intenciones de volver. Auto-expulsado. Sin embargo, aún me interesaban los temas teológicos, aún me interesaba Dios, como cuando era niño y pedí con toda la inocencia de mis diez años por un imposible que al día siguiente por la tarde me fue increíblemente concedido. Me sentía aún cristiano, aunque no de la misma forma en que lo era diez años atrás. Las palabras de algunos amigos –orientados hacia afuera- se hicieron más relevantes. Aunque siempre me fue claro que es fundamental vivir en relación con otros cristianos, descubrí, con estupor y maravilla al mismo tiempo, que no necesariamente la iglesia es sinónimo de comunidad. Que la comunidad de fe puede encontrarse en lugares inimaginables, y que uno puede construir el reino de Dios fuera de los usuales convencionalismos: campañas, prédicas y retiros. Hay mucho más que eso. La cosa es que nos demos cuenta. 

Decidí salir para detener el daño, para evitar profundizar más las heridas, para curarlas. Afuera, sin necesidad de encontrar congregación nueva (el requerimiento de mucha gente, que me lo hacía saber con frecuencia) encontré una comunidad de verdad. Un lugar de apoyo desde donde la fe podía, a pesar de lo aplastante de la oposición de tantas cosas que este mundo tiene, ser cobijada. Esa comunidad, de una u otra forma, es sostén de la vida, del espíritu y el alma, convirtiendo el exilio en no-exilio. Esa comunidad me acoge desde Lima pero también de otros lugares, con gente que con el tiempo se ha hecho muy cercana. Junto a esta comunidad, en la que cada uno mantiene sus propias dinámicas en sus particulares espacios, he podido avanzar en la labor de hacer teología desde el camino y no desde el balcón. Se puede hacer. Y me atrevería a decir que se debe hacer, sin falta. En esos espacios también Dios se manifiesta.

sábado, 5 de noviembre de 2011

Una mirada a los riesgos subyacentes del crecimiento eclesial