sábado, 2 de julio de 2011

Mi papá

Mi papá tuvo una vida muy poco convencional, muy diferente a la mía, tan convergente a las reglas establecidas del manual de las cosas-correctas: colegio, universidad, trabajo, matrimonio, hijo, maestría, futurista etcétera. Nació en 1940 en Cajamarca, cuando la ciudad era un pueblo grande y aún aislado. Varias veces mi papá me contó de sus tiempos en el Colegio San Ramón, el principal de la ciudad, con los juegos al lado de sus amigos, palomilladas pueriles incluidas. Vino a Lima de 14 años, solo, como parte de aquellas pioneras olas migrantes que le cambiaron la cara por completo a la aún Lima señorial. Tuvo múltiples oficios, logrando adaptarse con facilidad a la cultura capitalina. Pronto se hizo bien criollo. Comenzó a andar por muchos lados. Por el año 1960 se fue a la selva, como una especie de colono de la zona del río Aguaytía. Recuerdo que teníamos una sola foto de esos tiempos, blanco y negro con borde irregular y amarillento, donde un grupo de gente (él incluido) posaba con una gran piel de serpiente. Luego fue marino mercante, y viajó por muchos lugares. Sus dos tatuajes, uno en cada brazo, testificaban de esos años. Me hablaba con frecuencia del Monumento a Colón que hay en Barcelona, al lado del mar, el cual visité con curiosidad en 2008, y de una estadía forzada en Nueva York, mientras reparaban su barco. Luego dejó la Marina Mercante e hizo algo distinto. En nuestros tiempos, si uno tiene conciencia social o interés por la gente, pues hace una ONG, se mete a una ayudantía, se hace miembro de una iglesia, desarrolla esquemas teológicos, o integra las múltiples alternativas de asistencia social que existen. Las opciones abundan. En sus tiempos eso también había, pero los jóvenes buscaban soluciones que corrigieran el problema desde la raíz, no cuestiones meramente asistenciales o teóricas. Por eso, por 1965 se hizo guerrillero. A veces hablaba de esos años, de sus paseos y combates con el ejército, de conspiraciones y alguna detención que tuvo por ahí (registrada en una pequeña nota del ABC de Madrid). Nos habló de que su grupo estaba por ir a Bolivia a apoyar al “Che” Guevara, pero que todo se canceló al enterarse de su muerte violenta.

Yo siento que aquí hay un hito, marcado quizá por la derrota contundente del movimiento guerrillero, pero él se alejó por completo de ese mundo aunque conservó su pensamiento de izquierda que lo hacía hablar muy bien de, por ejemplo, Alfonso Barrantes, ex-alcalde de Lima. En 1970 quiso, con unos amigos, ir al mundial de México en 1970, emocionado por la clasificación peruana en La Bombonera de Boca Juniors. Se fueron en carro a lo que venga, pero ya en tierras cafeteras descubrieron que no hay carretera que una Panamá y Colombia. El transporte marítimo era demasiado caro, así que no les quedó otra que dar media vuelta a Lima. A inicios de los setentas decidió estudiar en la universidad (Derecho), y luego se involucró en otras actividades que le hicieron ganar algo de dinero. Por esos años conoce a mi mamá (hermana de un amigo cercano), e inician su relación en 1975. Ella tenía 17 y él 35. Casi un escándalo para nuestros estándares.

El tiempo adyacente a 1980 es muy complejo. Para inicios de los ochenta, donde comienzan mis recuerdos, es ya una persona distinta. Otro hito se marca aquí. La familia se fue juntando por partes, y la carencia económica arreció muy fuerte, con la gran casa como testigo de todo, recodando con su gigantez los años de esplendor ya idos. Miles de cosas fueron sucediendo, pero de niño me llevaba muy bien con él. En la adolescencia, siguiendo la naturaleza de las relaciones entre padres e hijos, las cosas cambiaron. Creo que es algo casi natural que el desencuentro de padres e hijos se haga latente. Yo no entendía cómo él parecía otro, cuando en realidad el que estaba mutando era yo. Ahora me doy cuenta que para mi papá era difícil, ya que creció sin padre, sin algún modelo de dónde asirse. El punto más álgido fue mi elección de carrera, ya que él quería que estudie agronomía, pero yo no. Acepté en cierto momento por cuestiones totalmente subjetivas y endebles, pero al final me retracté. Crack. Luego anduve entre la arquitectura y la economía, decantando en esta última opción. Por esos años anduvimos alejados, desde 1995, pero luego le pedí perdón por eso, en presencia de Gema y Gabriel, mis hermanos adolescentes, en la cocina de la casa en 2002. No era posible que como cristiano tenga una actitud de distanciamiento con mi papá.

Más o menos por el 2000 se hace cristiano en serio. Es curioso, pero lo hacía más feliz mis estudios teológicos (que comencé en marzo de 2001 en el seminario de mi denominación) que los universitarios. Se hace una persona de mucha fe. Sentía que se entristecía por mis conflictos en la iglesia, y no fue feliz cuando le dije que dejaría la congregación de manera definitiva. Oraba mucho, era medio solemne, y leía la Biblia con frecuencia. Tenía preferencia por ciertos pasajes, en especial los apocalípticos, porque mi papá tenía una obsesión por el fin del mundo, los cielos nuevos y la nueva tierra, y los extraterrestres: quería comprar tierras en la sierra cajamarquina para esperar allí el cataclismo final (de allí su insistencia para que estudie agronomía. Tenía cierto sentido, ¿no creen?), y pudiéramos ser los pobladores de la nueva tierra. Un libro leído en sus años mozos lo impactó, y era frecuente que me interrogue respecto al significado de ciertos pasajes. Su hijo teólogo, yo, siempre sonreía por sus especulaciones futuristas.

El comenzó a ponerse mal de una manera muy, muy lenta. No sé cuándo inicia el proceso. Tal vez desde la enfermedad de mi hermano, que él soportó estoicamente en lacónica soledad. Yo me quebré por completo varias veces, pero tengo en la memoria algunas en especial: cuando mi mamá me llama para decirme que Gabriel tenía leucemia; cuando llegué corriendo a mi casa (la casa de mis padres, en realidad) al enterarme de la muerte de mi hermano; cuando mi papá lloró al pie de la tumba el día del velorio, descargando toda la pena contenida, pena más grande que todo lo que había sufrido hasta ese día, la pena de la extinción inevitable. No sé, pero quizá desde allí comenzó a deteriorarse. O podría ser desde el día que vendieron la gran casa, en mayo de 2007, la que él mismo construyó para sus hijos y que todos amábamos. No sé cuándo, pero poco a poco comenzó a irse. Lentamente caminó con más dificultad; luego sólo lo podía hacer dentro de la casa. Luego no podía ponerse de pie, luego comenzaron las dificultades para comer. A inicios de 2011 las cosas se hicieron más complicadas y el desenlace ya se venía venir.

Horas antes de su muerte, en el caos del área de Emergencias del Hospital Rebagliati, estuve sentado afuera, donde llegan las ambulancias. Mi mamá logró hacerme entrar como a las dos de la mañana. Allí estuvimos con ella, Gema y Génesis rodeando su camilla. Él, consciente pero muy mal, ya no podía hablar, pero nos miraba y lloraba. Mi mamá le dijo que regresaríamos el día siguiente temprano. Todos estábamos con esa idea, aunque sabíamos que estábamos en la cuenta regresiva. Yo pensé: “hablaré mañana”. Al final, no lo hice. No pude decirle las cosas básicas, las que de verdad valían la pena. De eso me arrepiento ahora: entre nosotros, hombres peruanos, todo era tácito, el cariño y el afecto era sobreentendido, ya se sabía, por lo tanto, para qué insistir con ese asunto medio espinoso. Así nomás estaba bien.

Yo, de manera positiva y negativa, soy hechura de mi papá, él ha forjado algunos de mis fundamentos. Cosas que hago ahora, formas de ver la vida, las aprendí de él por imitación o por contraste. Solo quiero mencionar cinco cosas que mi papá me trasmitió, y que llevaré conmigo hasta el final:

(1) Yo amo Lima, quiero profundamente al Perú. Y es por él, que de tierna edad me enseñaba Lima. Qué micro tomar, dónde bajar, cómo ir a una oficina, a la otra, a la casa de uno de mis tíos, a la de otro, cómo regresar a la casa, ubicar los rincones del centro, Miraflores, Barranco, de todas partes. Con su guía e instrucción, desde muy pequeño, Lima se me hizo mía, para siempre. Derivado de esto, aprendí a tener un buen sentido de la orientación, y eso transmitido por él. A los seis años, en 1984, hice mi primer viaje solo, saliendo de Camacho, yendo a varios lugares del centro, a Breña, luego a San Isidro, y de allí de regreso a la casa. Después hacía muchos encargos de mi papá, yendo a todas partes siempre en micro. La prueba máxima de que mi orientación era buena fue cuando un micro, el “Tawantisuyo”, cambió de la ruta “A” a la “B” y, en lugar de llevarme al cruce de las avenidas Los Constructores con La Molina, me dejó al lado del Mercado Mayorista de Frutas, en las faldas del cerro el Pino de la picante La Victoria. Fue poco tiempo después de mi primer viaje solo. Pero no tuve problemas porque recordé la regla básica que mi papá me enseñó: la Javier Prado y la Av. La Marina parten Lima en dos. Cualquier carro que vaya del norte al sur o viceversa, tienen que cruzar esa línea por algún punto, de allí a la casa ya es muy fácil. Así que pensé tomar un micro, pero después noté que Salamanca estaba bastante cerca, así que caminé por Circunvalación hasta el arco de Salamanca, de allí fui por Paracas, Quechuas, crucé la Evitamiento y listo, ya estaba en el barrio. Si aprendí a amar Lima por conocer sus rincones y a ubicarme con rapidez fue por él. Enormes gracias a mi papá.

(2) Fui a la universidad, estudio en este momento una maestría, y un día espero hacer un doctorado. Si ese ánimo y énfasis existe, es por él. A pesar de las dificultades, todos pisamos tierra y estudiamos en la mejor universidad pública que pudimos. Aunque fue mi mamá la que operativizó el deseo, fue mi papá quien sembró la semilla: desde niño yo la tenía clarísima respecto a lo que haría al terminar el colegio. Lo que también sembró fue lo que jamás debía estudiar: Derecho. No quería que fuera abogado como él (al contrario de muchos padres), y me enseñó, in situ, toda la corrupción e irregularidades que conviven en el mundo judicial. Le hice mucho caso, y descarté la idea de ser abogado desde el primer instante.

(3) En 2004, mi cachimba hermana Gema conversó con un profesor de la universidad, el cual le cuenta que en los sesenta estuvo en una guerrilla. Gema, le dice: “mi papá también estuvo en una”. “¿Cómo se llama tu papá?” le pregunta el profesor… y tras eso, descubrimos algo secreto de la vida de mi padre, algo que jamás nos había contado. Entrenamiento militar en Cuba, jefe de columna, retorno clandestino al Perú vía Europa Oriental para despistar al enemigo, de país en país acabando en España para regresar al Perú en barco. Una cosa que nos dejó anonadados. Mi papá nos dijo: “Ah, sí, eso hicimos una vez” sonriendo. En ese punto yo fui confrontado. Él, con menos años que yo, se comprometió con su realidad y actuó como hijo de su tiempo; yo, en cambio, estaba perdido en la “profesionalidad”, en la indiferencia de la multiplicidad de ocupaciones laborales y eclesiales. Algo debía hacer, y lo natural es que se comience por lo amado. Esto, entre tantas otras cosas, me hizo comenzar por la iglesia. Lo que vino ya está escrito.

(4) Algo que siempre aprecié de mi papá es que él respetaba la independencia de la gente. No se metía en lo que no le incumbía. Respetaba los criterios de cada uno, y me dio mucha libertad, a pesar de que pensaba muy distinto a él. Yo de joven post-adolescente, influenciado por un exceso de pasión evangélica, hacía lo contrario –en particular con mis hermanos adolescentes- pero luego me di cuenta que eso no es correcto, y tomé los ejemplos paternos. Cada uno responderá por sí mismo.

(5) Mi papá me enseñó a leer cuando estaba comenzando el nido, a los cuatro años. Claro está, con métodos de enseñanza poco ortodoxos: leyendo el “Extra”, el diario popular de los ochenta, y castigándome con no ver “El Chavo del Ocho” si no terminaba el cuadernillo de escritura del abecedario. Parece que aprendí rápido, y que mostré bastante interés. Mi mamá siempre decía eso. Recuerdo leyendo todo el periódico, hasta los avisos de los brujos y farmacias informales que solucionaban los retrasos menstruales. Era inmensamente feliz por poder leer y escribir, en especial porque en el nido recibía las hojas de trabajo, leía las instrucciones, hacía lo indicado, y terminaba mucho antes que los demás. No olvido la vez que la profesora me increpó. “Abelito, ¿qué haces?” “Profesora, hago lo que dice aquí. Pinta esto de verde y lo otro de azul”. Tampoco olvido sus ojos de sorpresa. Aquí, definitivamente, nació mi afán por la lectura y por escribir. Quizá también por aquí surge mi intensa vocación por la enseñanza, ya que recuerdo enseñarle a mis amigos las letras, qué decían los papeles y letreros del nido. Esta es una de las herencias más grandes y preciadas de mi papá. La que llevo en el alma.

El murió casi al amanecer del 3 de marzo, tras una vida quizá no tan larga en comparación con otras, pero sí llena de eventos de todo tipo. Veinte existencias convencionales no copan la suya. Muchas de sus experiencias yo no viviré: las altas volatilidades no caracterizan mi vida, como buen analista de riesgos que soy. Hoy, cuatro meses después de su partida, escribo estas líneas y resumo todo en un gracias por todo, y una exclamación de perdón por los años perdidos. Desde aquí estaré pensando en él, hasta aquel reencuentro que la esperanza cristiana promete.



¿Te acuerdas
cuando me mostrabas
tus calles
tu esquina varada
tu vieja casa
oscura y vetusta?

¿Te acuerdas
de esa vez
cuando me protegiste
con tu cuerpo recio
de aquel feroz
rochabús infernal?

No lo parecía
pero yo recuerdo
casi todo
de aquel mundo
que con calma
me mostrabas

2 comentarios:

George dijo...

conmovedor, aunque entiendo que la idea es de homenaje.
mis respetos mister.

Abel García García dijo...

Remembranza-homenaje, una cosa así.
Un abrazo. Gracias por el comentario.