domingo, 8 de agosto de 2010

Dejados atrás (30)

Los dos dólares

Hace unos meses, conversaba con Gema sobre la vez que les entregué los dos dólares a ella y a Gabriel. Ella recordaba claramente esa mañana de invierno en medio de Residencial Monterrico. Nos reímos bastante del hecho. A la luz de la distancia, por supuesto, es fácil divertirse, pero en su momento fue algo protocolar, casi solemne, como firmar una capitulación o intercambiar prisioneros de guerra. Especulamos qué pudo hacer Gabriel con su dólar.

Seguramente se compró cohetecillos― dijo Gema.

Yo no creo porque era septiembre. En esas fechas encontrar pirotécnicos es muy difícil, a menos que te vayas a la Carretera Central, allá donde hacen los castillos para las fiestas patronales. Tal vez Gabriel utilizó su dólar para comprarse alguna porquería comestible muy barata de esas que vendían en el colegio. O se los gastó en un par de horas de internet o de Starcraft o Age of Empires.

Entregar los dólares a mis hermanos fue una marca que impuse, simbolizando un tiempo nuevo independiente de un amor que se había hecho tóxico. Este libro es una especie de nuevos dos dólares, que entrego representando la despedida de una etapa que por mucho tiempo fue maravillosa pero que, al final, se tornó tumultuosa, un dolor permanente. Este libro es una frontera con la que descarto una época feliz y triste al mismo tiempo, una señal que marca el comienzo de un tiempo más grande, diferente, con retos mayores. Lo anterior jamás quedará en el olvido, como si nunca hubiera existido: nunca borraré de mi cabeza estos diecisiete años. Han sido muy importantes en mi vida, pero es hora que queden en su lugar definitivo: mi pasado.

Este libro no se ha escrito para acusar a nadie. La experiencia me enseñó que yo mismo fui bastante dañino hacia otras personas de la iglesia. Con frecuencia actué mal, impulsado por sentimientos poco santos, emociones pasajeras e impulsos sin control. Otras personas, laicos y clérigos, también actuaron negativamente, generando un daño fácilmente evitable si hubiéramos escuchado las palabras del maestro cuando nos dijo que nos amemos los unos a los otros como él nos había amado. No nos amamos, sino que buscamos el daño del otro, el beneficio propio. Eso es triste. Este libro se escribe para documentar un proceso que, con algo de temor, veo que se repite por todas partes, arruinando el espíritu de muchos cristianos. Espero que mi restringida experiencia, transcrita aquí, le sirva a otras personas para reflexionar, orar, recapacitar, o simplemente, conocer que la pena puede hacerse permanente en las iglesias, sin que nos demos cuenta, sin que la queramos ver. El cristianismo debe ser fuente de libertad, pero a veces se vuelve amigo de la esclavitud. Hermanos, esto no debe ser así jamás. Cristo vino para que las cosas sean distintas. Murió para salvarnos de verdad.

Los años finales de mi andadura eclesial se concentraron en confrontarme con las autoridades clericales. Encontré un liderazgo que afianzó su verticalidad y me desconcertó con su peligrosa espiritualización. Jamás pensé encontrar comportamientos que detesté en la política universitaria pública dentro del gremio pastoral, como la defensa de intereses personales con uñas y dientes, o la captura de cargos y privilegios. Nunca pensé que la mordaza a la comunidad pudiera encontrarla en mi propia iglesia, sino que inocentemente creí que eso era exclusividad de iglesias de corte neopentecostal, donde la manipulación, mediante apóstoles y homiléticas dominantes, es descarada. Aprendí, con dolor, que cuando uno tiene miedo, las decisiones que toma no son adecuadas, y que el orgullo y el miedo son una de las peores combinaciones porque no se quiere admitir la desesperante necesidad de ayuda. Comprendí, con certeza y convicción, que el modelo de pastor antiguo solemne y “perfecto” está colapsando. Las nuevas generaciones no lo aceptarán. El tiempo es clave, pero la iglesia aún no se da cuenta. Piensa pelear el siglo XXI con herramientas del siglo XX. No entiende la época, no intenta comprenderla, sin querer está quedando desfasada.

Una generación de jóvenes líderes casi completa de la iglesia se puso en riesgo con todos los conflictos eclesiales que se iniciaron el 2004. Muchos de ellos se fueron o están al margen de todo, asistiendo los domingos o solo yendo a reuniones celulares para matar el tiempo. ¿Quién asume esa responsabilidad? ¿Quién responde por aquellos que hoy están decepcionados del trato brindado por los que estaban llamados a servirlos? Los pastores de la iglesia quizá ni sean conscientes de ello, pero deberían responder por la generación que hoy ya no está. Como los ven como mano de obra, en realidad no les interesa, y es seguro que ellos le echen la culpa de su marcha a los propios jóvenes que dejaron el liderazgo, eximiéndose de todo error. ¿Eso puede ser don pastoral? No, eso es ser clérigos profesionales, que actúan no como el pastor que busca a la oveja faltante sino como el lobo que busca la cena del día.

Pero eso no fue todo. También sucedieron cosas excelentes. Por años en la iglesia me embargó un sentimiento de hermandad y profunda amistad que me hizo considerarla mi casa, mi hogar, mi cobijo. Hasta el día de hoy tengo amistades incondicionales que nacieron en el seno de la iglesia, tras vigilias, retiros, clases y múltiples reuniones, que permanecen y que sé, se mantendrán con los años. Muy a pesar del clero, esas cosas siempre aparecen y florecen, como aquellas plantas que tercamente florecen en los lugares más inesperados. Más allá de las disfuncionalidades, en la iglesia hay muchos cristianos excelentes, que trascendiendo los problemas, simplemente quieren vivir de acuerdo a las enseñanzas de la Biblia, tratando de ser los mejores cristianos posibles, sin importarles solicitudes constantes de diezmo, encargados de ministerio tiránicos, o intentos de manipulación. Cristo es más importante que el clero para ellos. Eso no es tan fácil de aprender. A mí, lo confieso, me cuesta mucho.

Nunca debemos olvidar volver a los fundamentos. Cuando perdemos el amor, nuestras manos listas a la caricia se convierten en sierras eléctricas. En el amor está la clave de la convivencia, de la vida. Soy consciente, como lo dije líneas arriba, que olvidé el amor con demasiada frecuencia. Si está el amor, el perdón se adosa siempre al lado, asumiendo su función de puente reconciliatorio. Por eso, pido perdón a mucha gente a la que dañé con mis palabras y acciones. También, con sinceridad, perdono a otros por las cosas que sucedieron. Por ejemplo ―menciono un par de cosas puntuales, pero generalizo a lo demás― perdono al pastor titular por sus palabras hirientes y al pastor de jóvenes por romper mi mejor amistad. Pido su perdón por mis actitudes insanas no dignas de un seguidor de Cristo. En este espíritu, aprovecho para darles un pequeño consejo. Tengan cuidado, no son un oráculo, sean más conscientes de quién realmente les habla en sus momentos de intimidad. Se están equivocando aunque crean que todo es perfecto, pero aún hay tiempo de recapacitar antes de que se hundan definitivamente. Un consejo hasta de un conejo, dice el adagio popular. Yo estoy dejando atrás una era, pero eso no significa que desaparezca el amor por la iglesia a la que estoy dejando. Me turba su condición, me sobrecoge el papel de ustedes, pastores, en la crisis, pero me anima su capacidad de hacer un borrón y cuenta nueva.

Mientras escribía este libro, publicando los avances en mi blog, dos hermanos católicos me sugerían cambiarme de rama, acercándome a ellos mediante una conversión a su confesión. Sé que su intención era la mejor, porque ellos querían ayudarme presentándome lo que les es relevante para sus almas. Los dos, con sus ejemplos y palabras, me ayudaron a respetar al catolicismo, uno digitalmente, mediante nuestras conversaciones en Twitter, Facebook y nuestros blog; el otro a través de muchas charlas en la universidad y una amistad sólida. Sin embargo, debí siempre declinar a tan cordial invitación. Primero, porque a pesar de todos los conflictos me siento muy evangélico. Quiero ayudar a la iglesia en donde crecí y me hice quien soy. Sé que los conflictos son grandes, los abusos severos, pero también comprendo que Dios está allí, presente. Por lo tanto, quiero estar disponible para ayudar en la purificación de mi iglesia. Segundo, porque los conflictos se dan en todas partes, y estoy documentado respecto a situaciones que se dan en el catolicismo. He visto tantos conversos venidos de ese lado… Tercero, porque jamás sería católico. Mi abuelo legal ―no el biológico. Es una larga historia― fue sacerdote católico en Cajamarca. Este solo hecho me inhibirá por siempre de cualquier intención de acercamiento a la iglesia de Roma. Cuando leo los comentarios y la defensa de hermanos católicos del celibato en foros y artículos apologéticos pienso en mi propio caso. Como pueden imaginar, es un gran conflicto.

¿Qué haré ahora? Si me lo permiten, seguiré vinculado a la vida académica teológica, desde donde ―creo― puedo contribuir de la mejor manera en la missio dei. Dictaré cursos, seguiré con la revista digital que dirijo, con suerte escribiré más. Espero seguir con la creatividad suficiente como para mantener el blog por unos años más. En paralelo continuaré con mi trabajo seglar y persistiré con ese maravilloso reto que es criar un hijo. Espero que Dios continúe andando conmigo, como en las noches confusas de los noventas, como en los paseos sabatinos en Larcomar, como en los tensos días del hospital, como en mis noches de computadora escribiendo posts. Espero que Dios continúe andando conmigo a pesar de mí.

Dios,
Eterno,
¿Me permites
dormir
en tu regazo
como antes?

Con estas palabras, termino. Esta línea de la palma de mi mano en forma de iglesia se ha borrado.



FIN

3 comentarios:

nicol dijo...

"Hola.
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"Antes de nada, perdona que te escriba esto como un comentario, pero es que no vi tu email en el tu blog
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"Soy el webmaster de publizida.es
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"Muchas Gracias por tu tiempo... y disculpa si no fue la mejor manera de darme a conocer.
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"Un saludo.
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"DAVID T.
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"Webmaster de Publizida.es
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Abel García García dijo...

Revisaré la página.

Un saludo,

Michael Ayala Alva dijo...

Hola Abel:

Genial la forma en la que escribes, suena muy auténtico y sincero. Espero que todo te esté yendo, tu blog es uno de los mejores que he leído.

Saludos