lunes, 19 de abril de 2010

Dejados atrás (9)

Los primeros meses de matrimonio para mí fueron muy complicados porque la adaptación a la vida marital fue difícil, en especial por la biculturalidad existente entre mi esposa y yo. Los conflictos eran diarios. Al mismo tiempo, mi trabajo me tenía harto por lo monótono, y quería renunciar. Estaba al borde del colapso. En esa circunstancia de extrema tensión, hice algo que fácilmente podía malinterpretarse, provocando un incómodo problema. Por ello, el nuevo pastor de jóvenes platicó conmigo. Fue la primera vez que tuvimos una conversación a solas, en abril de 2004. Acababa de reintegrarme al liderazgo de los adolescentes tras el receso post-boda.

“Por los informes que he recibido, se me ha comentado que tú eres una persona muy reacia a la consejería” –abrió con seriedad. Lo dijo con cierta molestia porque seguramente consideraba que yo debería ser más dependiente de las opiniones del clero, pero no era algo alejado de la realidad. Yo nunca atosigué a los pastores con mis líos y asuntos, a menos que sea algo demasiado importante. Yo tenía la filosofía de ir a consejería cuando necesitaba una opinión adicional. Luego, tras tener varios puntos de vista (amigos, profesores, algunas personas de confianza con más experiencia que yo), tomaba la decisión respectiva. Parece que eso no era de su agrado. Pretendía ser mi gurú. O simplemente quería algo de control sobre mí.

Meses después, en noviembre de 2004, el pastor me confrontó junto a un hermano de la iglesia. Pude irme sin problemas de esa reunión antes que inicie, pero un extraño sentimiento de molestia y rechazo causó el efecto contrario, como si la adrenalina me hubiera copado por el dos contra uno que estaba por acontecer. Ambos me dieron el sermón más serio que recuerden todos mis años eclesiales, que comenzó con un solemne “enseña la Biblia que cuando alguien está en falta y no lo quiere reconocer, hay que venir con un testigo. Por eso estamos aquí los dos…”. Yo era el malo, el pecador, el que necesitaba arrepentimiento, algo absolutamente injusto. El pastor, convencido de que tenia la verdad absoluta, necesitaba que yo, el inteligente rebelde, el que le hacía sombra, el extranjero independiente, uno de los que amenazaba su intelectualismo, le dijera: “Me arrepiento. Tienes razón”. Pero no lo hice. Me defendí agresivamente, sacando a flote mi espíritu de dirigente universitario. Comprendí, al salir, que su necesidad de tener la razón es tan fuerte que no le importaba el efecto en los demás. Primero, sus complejos; el resto, que se joda. Al final, realmente se jodió ese resto. Allí me di cuenta del nocivo efecto de la manía de meterse en la vida de los demás sin que los llamen, a pesar de los buenos deseos sacrosantos o éxtasis del Espíritu Santo.

Esa noche se quebró algo de forma irreversible.

Tan mal me sentía que le conté a mi esposa el incidente, y en la noche siguiente comenté de estas cosas a mi madre, mi hermana, y una amiga de mi madre que casualmente pasaron a visitarme. Ellas me hablaron de varios temas que acrecentaron mis afanes de revancha, y con en ánimo enervado fui al departamento del pastor con mi mamá y mi esposa. Mi madre tiene un carácter sumamente agresivo, y cuando está molesta es una fiera. Esa noche, ella ardía en cólera. El pobre pastor de jóvenes no sabía lo que le esperaba. Si ayer fue dos contra uno en cancha neutral, yo respondía con un tres contra uno directo a su espacio, en su propia sala.

Literalmente, lo destruimos. Quedó abrumado. La noche anterior, en la casa de mi amigo, el pastor me acusó de que mi esposa y yo nunca hicimos un esfuerzo por acercarnos a él. Yo le dije que mi esposa varias veces lo había invitado a almorzar, y él me corrigió con firmeza.

-“Con Dios como testigo, puedo decir que eso no es cierto. Es una mentira”

La noche siguiente, le recordé eso. Mi esposa allí presente le dijo:

-¿No recuerdas cuando nos encontramos en la puerta de mi departamento y te invité a almorzar? ¿Y la vez en la iglesia, tras una actividad de los jóvenes? ¿Y la otra vez, nuevamente, en la calle, muy cerca a la iglesia? – le increpó mi esposa, casi describiéndole hasta la ropa que llevaba puesta. El pastor quedó mudo. Su mentira había quedado en evidencia. Cuando lo tenía del cuello, listo para exterminarlo por completo, recordé que soy cristiano, hijo de Dios, seguidor del Maestro de maestros. No fui capaz de clavar la estocada final.

-Tranquilo, pastor, la gente se olvida de las cosas. Tú te olvidas, yo también me olvido. Lo que no debemos hacer es insistir e insistir con algo cuando en el fondo sabemos que no estamos seguros.

En ese momento no me di cuenta, pero su enorme inseguridad agravada por creerse el dueño de la verdad lo ponía en riesgo y, al llegar situaciones comprometedoras, no tenía dudas en mentir. A mí, por ejemplo, me afirmó algo. Eso, para él, era verdad absoluta, ex - cathedra. Yo, le refuto con pruebas (la palabra de mi esposa). Él se desconcierta porque no esta acostumbrado a que le rebatan; no sabe qué decir, por lo que aseguró que lo dicho por mi esposa es mentira, y llega a jurar ante Dios para afirmar su verdad absoluta. Jamás pensó en que las cosas irían más allá, pero el día siguiente no pudo invocar a Dios nuevamente cuando mi esposa, con detalles, le dijo las veces en que lo invitó a almorzar con nosotros. Quedó como un mentiroso, pero sólo era su manera de enfrentar su inseguridad. Tristemente, eso se repitió con otras personas. Estaba solo contra el monstruo llamado iglesia de clase media alta. Nadie lo auxilió. Se lo comieron los miedos, el no saber qué hacer, el sentimiento de inferioridad. Yo, que quizá era el llamado a socorrerlo, lo dejé a la deriva. Lamentablemente era demasiado orgulloso para pedir ayuda.

Debes reconocer tus limitaciones. ― le dije ― Por ejemplo, por tu soltería la consejería a parejas se hace muy incompleta.
Pablo era soltero ― me responde, como si me mostrara la joya más valiosa de la familia ― Él era capaz de aconsejar a todo el mundo.

Salí de su departamento con el deseo de venganza satisfecho, pero al mismo tiempo con una profunda desilusión por mi papel, porque hasta mi madre controló sus ímpetus, actuando correctamente. Me había dejado llevar por mi carne. Había vengado la afrenta, la injusticia, pero, ¿era un accionar cristiano? Sabía que no. El domingo, apenado, mi esposa y yo nos disculpamos con él por lo que sucedió. Pero su afán por decir siempre la última palabra lo llevó a una actitud que rayó con el ridículo.

Los perdono por irrumpir en mi casa. Y a usted, señora, también la perdono por usar mi baño sin permiso.

Quedamos anonadados, literalmente con la boca abierta por lo surreal de lo que acabábamos de escuchar. Era la prueba evidente de que el problema se le había ido de las manos por completo, por lo que no le quedó otra opción que esperar a que el pastor titular regrese de sus vacaciones para que apague el incendio. Toda rezago de sobreestimación a la posición pastoral terminó de agonizar esa mañana, en la puerta de la iglesia. Era como si el cinturón de fuego del Pacífico estuviera trabajando al máximo de su capacidad, sacudiendo mi estructura ya maltratada hasta derrumbarla. Ese hogar cálido, la sede de la familia, el edificio construído años atrás para que sea mi refugio más seguro, fue dinamitado hasta los cimientos. Al estilo de los guerreros de antaño, ni siquiera dejaron las huellas de donde estuvo mi estructura. Quedó un terreno baldío, un páramo, un suburbio de Marte, rojo y muerto.

Me robaron todo.

Días después presenté mi renuncia definitiva al liderazgo de adolescentes, a la academia bíblica y al comité de misiones de la iglesia. Me sentía literalmente vomitado. La reunión de fin de año con los adolescentes fue muy triste para mí porque sentía un gran cariño por cada uno de ellos. Eran de lo mejor, merecedores de nuestros más sobresalientes esfuerzos. La casa de mis padres, como tantas otras veces, acogió la pena que bebí como un trago de tequila, con los ojos cerrados, muy rápido para sentirla lo menos posible. 2004 se moría con una parte de mi alma, sintiendo que había defraudado a los chicos por mi tonta actitud. El tsunami opresor me había destruido

Después vino el vacío total.

6 comentarios:

Borrego Lanudo dijo...

Estás en profeción errada, deberías ser escritor.
Asta cuando escribirá tu libro? Parece mas una enciclopédia.
No lo puedo negar, eres un buen escritor.

Abel García García dijo...

Escribir libros es algo que no me desagrada en lo absoluto. Alguien me ha dicho que podríamos editar esta historia que ahora mismo estoy escribiendo, pero... no sé. Ya veremos

Un saludo para ti.

Rohan dijo...

en lo personal me huele a chamuchina, y chismorreo, claro que es injusto que hayas vivido todo eso, pero es mas grande tu orgullo que tu misericordia, y usaste tu blog para vomitarla....

Abel García García dijo...

He tratado de ser lo más objetivo posible con los relatos de esta serie; parece que no lo estoy logrando. Según tú, ¿qué debí hacer? ¿Olvidarme del asunto? ¿Perdonar y seguir adelante? Son preguntas sinceras.

Lo que también es cierto es que el texto deberá valorarse desde la perspectiva del escrito completo, de la historia finiquitada. Espero terminarla pronto y quizá allí podemos hablar más al respecto.

Un saludo,

Anónimo dijo...

De acuerdo contigo Abel, por callar estas cosas, es que cada vez hay más gente que se desanima de Dios, cuando El precioso Señor no tiene nada que ver con la incoherencia de sus supuestos representantes visibles llámense pastores acomplejados, curas pervertidos, toda autoridad dominante y demás hirebas, te felicito Abel, eres valiente: Carolina

Abel García García dijo...

Yo soy de la política de la transparencia y, en cierta manera, de la documentación, que no es más que el registrar los eventos con el fin de aprender de ellos y ser mejores personas-líderes-padres-amigos-hijos en el futuro. En cierta manera, como el mismo Dios hizo: actuó a través de la vida de la gente, haciéndola concreta y permanente mediante un texto escrito llamado Biblia. El problema es que se opta por callar, y así no se contribuye a mejorar sino a olvidarnos permanentemente de lo que ha pasado, obligandonos a cometer el mismo error vez tras vez... por cientos de años. Por otro lado yo corro un riesgo: el no ser objetivo, el colocarme en una posición de juez, en olvidarme del amor, en ser subjetivo por ser parte activa de lo que describo. En ese inestable equilibrio me muevo, y de verdad espero hacerlo bien.

Gracias por tu comentario.