viernes, 19 de enero de 2007

472

Al leer la Biblia percibo que de alguna manera para Dios el asunto espacial tenía cierta importancia: el ofrecimiento de la tierra prometida en un lugar específico –Canaán, desde Dan hasta Beerseba, entre la nación filistea y Galaad-; la ubicación precisa del Templo sobre el monte Moriah, una de las colinas de la vieja capital; la Palabra inspirada anhelando la tierra abandonada, como ese sublime Salmo 137 que emana añoranza y amor al lugar de dónde somos (RV60 adaptada libremente):

Junto a los ríos de Babilonia,
allí nos sentábamos, y aún llorábamos,
acordándonos de Sión.

Sobre los sauces en medio de ella
colgábamos nuestras arpas.
Y los que nos habían llevado cautivos nos pedían que cantásemos,
y los que nos habían desolado nos pedían alegría, diciendo:
Cántenos algunos de los cánticos de Sión.
¿Cómo cantaremos cántico de Jehová
en tierra de extraños?

Si me olvidase de ti, oh Jerusalén,
pierda mi diestra su destreza.
Mi lengua se pegue a mi paladar,
si de ti no me acordase;
Si no enalteciere a Jerusalén
Como preferente asunto de mi alegría.


Sí, parece que el lugar en donde uno nació o vivió importa aunque sea un poquito, es parte del móvil que nos empuja a continuar, y es aparente un aval divino al sentimiento de localía. García Márquez en “Cien años de soledad” habla de que uno se hace perteneciente a un lugar cuando comienza a enterrar a sus muertos allí. Sabato declara a Buenos Aires como su ciudad, y Sabina canta, esplendoroso, que “he llorado en Venecia, me he perdido en Manhattan, he crecido en La Habana, he sido un paria en París, México me atormenta, Buenos Aires me mata, pero siempre hay un tren que desemboca en Madrid”.

¿Y mi tren? ¿Llega a alguna parte? Sí, siempre a Lima, siempre a su garúa y su neblina, a sus playas de agua helada al sur, a su centro colonial, a su bazar suelo de libros usados, a sus mercados populares efervescentes, y a todos sus rincones, en uno de los cuales nací el invierno de 1977.

Lima ha cumplido el dieciocho de Enero 472 años de fundación española. Es la segunda ciudad del mundo en tamaño construida sobre un desierto (luego de El Cairo), tiene ocho millones de personas y es una típica ciudad latinoamericana que ha crecido exponencialmente por la migración que se dio en la segunda mitad del siglo pasado. Un río pequeño y sucio por la contaminación brutal que recibe, un tráfico brutal y ofensivo, un desarrollo sin planificación que la hace escasa de grandes vías que atraviesen la ciudad (como por ejemplo la 30 o la 40 de Madrid). Pobreza extrema en los arenales de las afueras y riqueza exultante cerca al mar, pegado al acantilado o a algunas estribaciones andinas. Contrastes, todo lleno de contrastes en esta Lima que es una y mil al mismo tiempo.

Siempre he pensado que soy territorial en el sentido del amor: amo la casa de mis padres en la que viví 26 años, mi barrio y sus calles (entre la Javier Prado, Las Palmeras, la Vía de Evitamiento, la Separadora Industrial y la Avenida La Molina), amo mi colegio, amo la universidad en donde estudié, amo Lima, mi ciudad. Me ha encantado siempre recorrer sus calles de extremo a extremo tomando buses o simplemente caminando, indagar leyendas surgidas en las esquinas dueñas del bullicio, compenetrarme con su alma de casi cinco siglos. Estoy enamorado de sus fotos antiguas, de esas de hace cien años que muestran el enorme valle –hoy, totalmente urbanizado-, el inicial trazo de las avenidas, los primeros autos. Me duelen los registros de la guerra del Pacífico con los relatos de la destrucción de Barranco, Chorrillos y Miraflores. Me alegran y conmueven las historias coloniales de Ricardo Palma cuando la urbe de hoy era la Ciudad de los Reyes y la más rica del Nuevo Mundo, me emociona lo que podría ser el centro de la ciudad restaurado, me sorprende la avalancha migrante (mis padres son parte de ella: él, de Cajamarca y ella, de Chiclayo) que le dio una cara absolutamente nueva a la ciudad y que ha hecho que quizá cerca de la mitad de pobladores de Lima no hayan nacido aquí. Todo esto es, definitivamente, parte de mí, un gran fragmento de mi ser melancólico.

Tantas vidas, tantos lugares, tantas historias ya perdidas y otras todavía vivas: una de ellas, chiquitita, la mía.

2 comentarios:

Caro dijo...

Hola Abel.
Me gustó mucho tu escrito. Refleja mucho de ti, de tu apego y cariño a manera de gruesas raices con Lima. Me llevas a imaginar cómo has estado acompañado en tus historias de vida con muchas personas, ahí constantes en etapa tras etapa de tu vida.
Un abrazo de otra melox melancólica.

Carolina

Abel dijo...

Una alegría muy grande tu comentario. Desde que descubrí tu blog, tuve la impresión de que teníamos en común la melancolía. Veo que tenía razón :)

Muchos saludos,


Abel.