lunes, 25 de setiembre de 2006

No nos importa

Es ya casi un axioma -algo no necesita demostración-, a nosotros los evangélicos la pena de muerte no nos importa. En el Perú se ha generado un gran debate debido a la promesa electoral del ahora presidente Alan García de condenar a muerte a los violadores niños de menos de siete años y que provoquen su deceso. El conflicto ha sido serio entre algunos sectores del Congreso del Perú (sobre todo del partido de derecha Unidad Nacional) y la Iglesia Católica, que se ha pronunciado enfáticamente en contra del proyecto y, con todo, nosotros no hemos dicho nada.

Silencio.
Ausencia de palabras.
Vacío.

Bueno, en verdad muchas otras cosas no nos importan. O por lo menos, damos la imagen de que no nos interesan. ¿O es que no sabemos qué decir?

El pecado ha causado grandes deformaciones en la humanidad completa e inclusive en la creación material (Rom.8:22). La muerte de Cristo es, gracias a la misericordia de Dios, el puente, la medicina, mediante las cuales esas malformaciones son corregidas, parcialmente ahora, completamente cuando el Señor venga otra vez. La maldad del hombre es terrible, y a pesar de ella, Dios decidió hacer algo. A pesar de que el ser humano viola, asesina, miente, roba, abusa, manipula o tiraniza, igual, nos amó tanto que envió a su Hijo primogénito (Jn. 3:16).

Por ello, al pensar en temas como la pena de muerte, debemos recordar esta obra de Dios realizada para la salvación de la humanidad, a pesar de cómo somos. Dice el profeta Jeremías que "por la misericordia de Jehová no hemos sido consumidos, porque nunca decayeron sus misericordias. Nuevas son cada mañana. Grande es tu fidelidad” (Lm. 3:22-23). Merecemos como humanidad la destrucción, el castigo de la aniquilación por nuestro constante pecado y desobediencia a Dios. Pero Él, de puro amor, por bondad, no lo hizo, y no lo hace. Más bien, nos dio la solución, y nos da un marco a seguir.

Entonces, así como Dios nos redime, debemos intentar la redención del delincuente porque, ¿por qué pretender ser más estrictos que el Creador del universo? Si el Estado no quiere restaurar al delincuente, ¿para qué sirve el Estado entonces? ¿Para qué está? La discusión sobre el sistema penal es otra y podemos hablar sobre penas o regímenes penitenciarios pero en el fondo la lógica debe ser la recuperación del ser humano, su restauración y nueva integración a la sociedad.

Por lo tanto, le digo no a la pena de muerte.

lunes, 11 de setiembre de 2006

¿Qué tipo de iglesia me gustaría levantar?

Me gustaría levantar una iglesia horizontal, donde no exista la figura del pastor dominante que lo controla todo, que tiene la voz autorizada y que aparenta estar más cerca de Dios, sino la de los laicos comprometidos, quizá como la de un elder de iglesia norteamericana. Donde todos participemos de una manera más activa de la liturgia, desde el ejercer la Santa Cena hasta los matrimonios religiosos. Donde el líder sirva de verdad y no más bien sean los miembros que sirven al líder. Donde no exista el pastor gerente al que tengas que sacar cita, sino el líder que busca a la oveja perdida y cansada. Donde la iglesia se involucre en su mundo activamente y no se aísle de él, aplicando ese pasaje en el que dice que debemos servir: la iglesia debe servir al mundo. Una iglesia que participe en las actividades de su comunidad, de su ciudad y país, que viva realmente en él y que no brinde sólo oraciones y prédicas vacías, una iglesia que trate el problema de la injusticia y el sufrimiento humano sin ambages.

Quisiera una iglesia que sea menos rígida en el culto de los domingos. Una iglesia sin púlpito, para que no haya la sensación de superioridad por parte de quien habla allí, sino que quien enseñe la palabra esté en el mismo nivel de los oyentes, con discursos menos atados a los criterios homiléticos. Que la alabanza viva al correr de la cultura, y que no se condicione a la moda de la música cristiana, sino que sea espontánea, viva y artística, inclusiva en toda clase de ritmos. En lo posible, que las composiciones sean realizadas por miembros de la iglesia, para que lo que se diga sea parte de la propia realidad. Que los diezmos no existan sino que sean solamente ofrendas, para ser más bíblicos y no se presione a la congregación con ello.

Quisiera una iglesia más tolerante con el otro, menos juez y más amiga. Que sea firme en el conocimiento y que lo que cree lo sustente con propiedad, pero que entienda que otros hermanos en la fe usan otros criterios hermenéuticos y que creen distinto a nosotros, y que ese hecho no nos da permiso a decir que ellos están equivocados. Que respete a la persona de otra religión porque a pesar de lo que sabemos, entendemos que la fe que esa persona profesa tiene como génesis la inquietud espiritual puesta por Dios en todas las gentes. En resumen, quisiera una iglesia que simplemente ame de verdad, capaz de sacrificarse de ser necesario como Cristo lo hizo por nosotros.